El cementerio de la abadía
Los restos de cuatro abades y trece monjes yacen en el cementerio del monasterio, situado a continuación de los campos de deportes de los niños de la Escolanía y dejando el llamado “Parque” a la derecha, en un marco natural maravilloso. Nada tétrico nos inspira el lugar, sino esperanza cristiana y paz profunda en el alma.
Llegando al cementerio, al que se entra por una puerta de hierro de color gris, se descubre previamente a la izquierda, en alto, la Pustinia, una ermita construida bajo la inspiración de la riquísima espiritualidad monástica rusa: este nombre, ciertamente, hace referencia al “desierto” espiritual, a la vida eremítica de los grandes místicos rusos, tales como un San Serafín de Sarov. El morador de la Pustinia en aquellos lares es el pustinik, un monje que se convierte en maestro espiritual, un starets que, desde su soledad, atrae las miras de los hombres que quieren encontrar a Dios.
En la Pustinia del Valle no vive un pustinik, pero los monjes se pueden retirar a ella por unas horas si lo desean para meditar, orar, contemplar… El interior está decorado al modelo oriental, con unos iconos de Cristo y de la Virgen, y en el centro el famoso icono de Ruvlev, en el que aparece representada la teofanía de Mambré, la aparición de los tres jóvenes (la Santísima Trinidad) a Abraham al pie de una encina, según la narración del libro del Génesis. En el exterior, por la parte de la cabecera de la ermita, hay dos campanas que resuenan cuando se entierra a un monje o el día en que se reza un responso por las almas de los que allí se encuentran sepultados. A esta Pustinia se puede subir por unas escaleras que parten de una zona que ahora se encuentra en fase de reestructuración, porque el P. Primitivo, que es la cabeza organizadora de todo el conjunto del cementerio y de la Pustinia, está preparando un jardín japonés.
Una vez que se traspasa la puerta, una vía enlosada nos va llevando a las tumbas de los monjes, a la derecha y a la izquierda de la pequeña calzada. Pronto se descubren simbolismos sugerentes, como una raíz de árbol que, completamente natural, tiene forma de pez, y por eso el P. Primitivo la identificó con aquel ijthis (“pez”, en griego) de los primeros cristianos: Iesus Christos Theou Hyos Soter, “Jesucristo Hijo de Dios Salvador”. Más adelante, iremos viendo en otros lugares un pavo real, signo de la resurrección y de la vida eterna, e inscripciones en griego con frases del Génesis que hacen referencia a la creación de la luz, precisamente allí por donde el sol apunta al amanecer, y a la Resurrección.
Subiendo por la mencionada calzada, al frente y a lo alto se divisa un precioso Cristo resucitado en bronce, obra de Juan de Ávalos, del año 2001: su última obra en el Valle, costeada por los monjes con la ayuda de varios donantes. Es el signo incuestionable de la victoria sobre la muerte y de la apertura de las puertas del Cielo. Al pie de la imagen, una tumba recoge los restos de algunas personas seglares que quisieron reposar aquí. El lugar quiere evocar incluso físicamente el Santo Sepulcro.
Al llegar a las tumbas más altas, se puede optar por dos caminos. Se propone tal vez ir por la izquierda y subir al punto del amanecer hasta Cristo resucitado. Se observará a la izquierda una especie de cromlech megalítico, un conjunto de piedras formando un óvalo en torno a otra central. Pero nada pagano o druídico se quiera descubrir aquí: el tema no es sino Jesús con los Apóstoles y las Santas Mujeres.
Al subir hasta la escultura de Cristo resucitado, es posible pasar por delante de ella y cruzar al otro lado, bajar unas escaleritas y girar por la izquierda hacia la Pustinia de puerta abierta, otro espacio que invita a la contemplación. Una puerta estrecha (pues estrecha es la puerta para entrar en el Cielo) nos introduce en este lugar ajardinado, con una imagen bastante hierática de la Santísima Virgen y varios sitios para poder sentarse, meditar y orar. Esta Pustinia al aire libre ofrece vistas preciosas hacia el monte Abantos y el pico de la Naranjera por la derecha; hacia el valle de Cuelgamuros, la Sierra de Guadarrama y la llanura descendente de la Meseta que nos encamina a Madrid al frente, y hacia el Risco de la Nava y la Cruz por la izquierda. Desde el interior, amojonado por unos antiguos postes de carretera que le proporcionan un aspecto almenado, nos podremos adentrar en nuestro interior, pues tiene el significado del “castillo interior” y de las “moradas” de Santa Teresa, y desde ahí elevar nuestra mirada y nuestra alma hasta la infinitud del Amor divino.
Para regresar, en vez de volver por Cristo resucitado, podemos seguir de frente y nos encontraremos, antes de las tumbas, con un pequeño jardín con dos olivos, que evoca a Getsemaní, donde el Redentor oró y veló asumiendo su Pasión salvadora.
El claustro
El claustro, como se indica en otro lugar, es para los benedictinos lugar de comunicación de distintas estancias del monasterio y al mismo tiempo sirve como espacio de meditación y de oración: por él se puede pasear en silencio, rezar el Santo Rosario, etc. Además, en los momentos de recreo comunitario es un buen lugar para charlar mientras se pasea… en la forma habitualmente tan curiosa en que lo hacen los monjes y que suele llamar la atención de quienes visitan el monasterio: se hacen dos líneas y unos caminan hacia el frente y los otros hacia atrás, con el fin de poder verse las caras y de entablar una misma conversación.
El claustro tiene algunas imágenes escultóricas que le dan calor espiritual. En un extremo, se encuentra un magnífico busto del Papa Pío XII (quien dio el breve por el que se fundó la Abadía), obra de Juan de Ávalos. En el ángulo del claustro, hay una representación de Nuestra Señora, que conocemos como “la Virgen de la Luz”, ya que porta al Niño Jesús en un lado como si fuera una vela que ilumina, y ante ella cantan los escolanes y los monjes las “Flores” de mayo todas las noches de ese mes. También en el ángulo del claustro, existe una imagen de San Benito con sus discípulos San Mauro y San Plácido, dos niños procedentes de la nobleza romana y que son patronos del Noviciado y protectores también de los escolanes. Cerca de este conjunto, hay otra escultura de Santo Domingo de Silos, que porta la cogulla monástica de la antigua Congregación española de San Benito de Valladolid y en una mano lleva el báculo de abad y en la otra los grilletes, en referencia a su labor y sus milagros en el rescate de cautivos cristianos apresados por los musulmanes.
Otro elemento que confiere color al claustro son las plantas de Fray Filiberto, quien se sabe los nombres vulgares y los latinos de todas ellas y cuándo se las regalaron. Él es el jardinero, zapatero, panadero… y cuida con gran esmero estas plantas, entre las cuales destacan algunas tan curiosas como la colección de cactus o los ejemplares de “costillas de Adán” y la “dama de noche”.
En el patio exterior, un precioso conjunto de casi mil rosales ofrece un vistoso espectáculo cuando florecen.