• 15 Aug

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El papa Venerable Pío XII definió en 1950 el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen a los Cielos en cuerpo y alma, llevada por los ángeles, como broche de oro y coronación de todos los privilegios marianos (Munificentissimus Deus, 3, 8 y 15-16), en conformidad con la Tradición de la Iglesia, que contempla a María como la “figura portentosa en el cielo”, la “mujer vestida del sol, con la luna por pedestal, coronada con doce estrellas”, según se nos ha dicho en la lectura del Apocalipsis (Ap 12,1). En la Tradición de la Iglesia y muy especialmente entre los cristianos orientales, se venera también este misterio como la “Dormición” o el “Tránsito” de María.

    María compartió la vida y la misión redentora de su Hijo de tal manera que resultaba conveniente que fuera asociada a la gloria de Jesucristo resucitado y reinante en el Cielo. Eso fue lo que reconoció Pío XII cuando proclamó el dogma de la Asunción y a los cuatro años instituyó la fiesta de la Realeza de María, que celebraremos dentro de una semana. En la segunda lectura, tomada de la primera carta de San Pablo a los Corintios (1Cor 15,20-26), hemos escuchado que Cristo ha resucitado el primero de todos, como primicia de la resurrección de los cuerpos y garantía de la inmortalidad del alma. María ha sido la primera en compartir esta misma realidad. Es uno de los muchos motivos por los que, a partir de su Maternidad divina, que es la raíz de todos los privilegios marianos, Nuestra Señora viene siendo felicitada por todas las generaciones, pues el Poderoso ha hecho obras grandes en Ella, su humilde esclava, según hemos escuchado en el Evangelio (Lc 1,39-56).

    La Asunción de María nos recuerda las realidades eternas, nos hace caer en la cuenta de la meta a la que estamos llamados, nos habla del Cielo. Nuestros objetivos reales no deben estar aquí en la tierra, pues todas nuestras aspiraciones temporales al final se evaporarán y se quedarán en nada, como humo que se disipa. Somos peregrinos en este mundo y nuestra meta última es el Cielo, donde María Santísima reina junto con su Hijo.

    Pero estamos llamados al Cielo, a la dicha eterna, no sólo con nuestra alma, sino también con nuestro cuerpo, que al final de los tiempos habrá de resucitar gloriosamente como el de Cristo. La Santísima Virgen, siguiendo los pasos de su divino Hijo, no conoció la corrupción del sepulcro y ha sido asunta al Cielo con su cuerpo en estado glorioso. El ser humano es una realidad completa de cuerpo y alma y se constituye en persona en esa unidad. Y el cuerpo hace del ser humano una realidad sexuada, como nos enseña el Génesis: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” (Gn 1,27). La realidad sexuada del cuerpo humano define a la persona completa, es un principio lógico de cualquier antropología construida desde la evidencia de la naturaleza.

    A este respecto, quiero hacer un inciso y recomendar vivamente que leáis la nota publicada el pasado 7 de agosto por los obispos de Getafe y Alcalá sobre la reciente ley de género de la Comunidad de Madrid y quiero reproducir las palabras del papa Francisco a los obispos polacos el 27 de julio: “En Europa, en América, en África, en algunos países de Asia, hay auténticas colonizaciones ideológicas. ¡Y una de ellas –lo digo claramente con ‘nombre y apellidos’- es la ideología de género! Hoy a los niños (¡a los niños!) se les enseña esto en el colegio: que cada uno puede escoger su sexo. ¿Y por qué enseñan esto? Porque los libros son de las personas e instituciones que te dan el dinero. Son las colonizaciones ideológicas, sostenidas también por países muy influyentes. Y esto es terrible. Hablando con el papa Benedicto, que está bien y tiene un pensamiento claro, me decía: ‘Santidad, ¡ésta es la época del pecado contra Dios Creador!’ ¡Qué inteligente es! Dios ha creado el hombre y la mujer. Dios ha creado el mundo así, y así, y así… y nosotros estamos haciendo lo contrario”.

    Son palabras del papa Francisco y en las que nos transmite otras del papa emérito Benedicto XVI. No es el pensamiento de unos pocos obispos, sino la doctrina de la Iglesia, que debemos proclamar sin miedo, dispuestos a padecer lo que por ello tengamos que padecer.

    Por tanto, el ser humano, la persona, goza de una dignidad en su realidad completa de cuerpo y alma. El cuerpo humano goza de una dignidad altísima como obra de Dios y, cuando nos encontramos en estado de gracia, es templo del Espíritu Santo, según nos enseña San Pablo (1Cor 6,19-20). Por eso, en el estado presente de viadores, de peregrinos en este mundo terreno, debemos procurar nuestra santificación completa y hemos de revalorizar el sentido natural y sobrenatural casi perdido del pudor, que es la custodia de la intimidad, y la virtud de la castidad, que ordena y encauza adecuadamente a su fin nuestros instintos carnales y nos conserva en nuestra integridad para la donación total de la persona por amor.

    En fin, la Asunción de María nos sitúa ante Ella misma y ante su Hijo; nos sitúa ante la Santísima Virgen, nuestra Madre celestial, nuestra intercesora principal, nuestra Abogada, el acueducto por el que Dios derrama las gracias necesarias para nuestra santificación y salvación, esas gracias que su Hijo nos ha obtenido por su obra redentora. Por María descubrimos a su Hijo divino, Jesucristo, y por Ella y por Él podemos penetrar en la vida íntima del misterio trinitario, del misterio del Dios uno y trino que es misterio de amor eterno, a cuya contemplación y a cuya participación por amor estamos llamados. Acudamos a Ella para poder llegar al Cielo y gozar de la compañía eterna de Dios en unión de todos los ángeles y santos.

  • 14 Aug

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos en Xto. Jesús: el hombre, cuando ha padecido un fracaso muy grande, suele preguntarse qué sentido tiene su vida y cómo vencer esa oposición que se presenta como única solución aun en la misma familia y que uno percibe que debe superar animosamente. Es el combate de la fe, esa presencia íntima del Señor a la que tan pocas veces acudimos, pero que sabemos que no deja nunca de estar ahí, que nos dice que debemos reorientar nuestra vida, lo que algunos llaman segunda conversión. Después de una vida rutinaria se encuentra uno ante una encrucijada: luchar contra el pecado o someterse a él.

    Las lecturas de hoy dirigen una mirada retrospectiva a situaciones históricas en las que Jeremías o Jesús superaron esa tentación de dejarse absorber por el abismo de la desesperación. La infidelidad del pueblo escogido, en tiempos de Jeremías y del Mesías, llegó al colmo de no reconocer su pecado y de rechazar el correctivo que le curaría de su infidelidad a la alianza con Dios. Lo peor no fue la infidelidad, pues es imposible para el hombre cumplir los mandamientos sin la ayuda misericordiosa de Dios, sino rechazar en Jeremías y en Jesús a Aquel que prometió su amor misericordioso (“Yo estaré con vosotros”) sellado con una alianza irrevocable por su parte.

    La carta a los Hebreos nos da una visión más profunda de esa lucha contra el pecado y de la salvación. Cuando uno se cree solo ante los que se oponen a la fe, tiene “una nube ingente de espectadores que le rodea” y que interceden por nosotros. El secreto es fijar los ojos “en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que renunciando al gozo inmediato soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del Padre”.

    El Evangelio nos sorprende siempre con su hondura inagotable y con la proyección hacia una vivencia en la vida diaria, vivencia que describe patéticamente como una lucha interna entre la familia y a la que parece no dar respuesta. ¿Cómo no dejarse atrapar por los encantos de un mundo perecedero? ¿Cómo no sucumbir al pesimismo cuando el mal parece asentarse en lugares sagrados, en normas inicuas, en las relaciones sociales y en tantos corazones que abandonan la lucha para no sucumbir? El Evangelio nos señala que lo primero es la confianza en Dios, que no se arrepiente de su alianza: “No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino”, proclamaba el Evangelio del domingo pasado. ¿Qué hacer con el eco aún de esta promesa del Señor? Seguir el camino de Jesús, pasar por un bautismo de sangre, asumir la Cruz de nuestros pecados y de recibir la salvación no como la recompensa de nuestros méritos, sino como un regalo, con las condiciones que Dios ha marcado en la misma vida de Jesús: la Cruz de ser incomprendido por los más cercanos, de no poder presentar ante Dios una hoja de servicios impecable y los méritos de perdonar al que nos debe las insignificantes deudas de los roces cotidianos para que se nos perdone la inmensa deuda de haber ofendido a todo un Dios bondadoso y fiel.

    Pero la lucha de la fe no se limita a los enemigos externos. Si uno no aprecia lo que es vivir en gracia, acaba odiando a Dios: es un arma del demonio para alejar de Dios completamente. Solo luchando animosamente para no permanecer en el pecado hay salvación. El alma que permanece en pecado y no recupera la gracia vivificante no está combatiendo y acaba rechazando la salvación. Hermanos: no podemos permanecer de brazos cruzados cuando hay tantas almas en esta postración. Nos pueden tachar de rigoristas o de inmisericordes, pero si nos miramos ante el Señor en la oración, Él aguarda nuestra ayuda, por todos los medios a nuestro alcance, para que esas almas deseen la salvación.

    Aunque la Eucaristía aumenta la gracia, si la hemos perdido, primero debemos recuperarla en el sacramento de la reconciliación o penitencia. Pasar por la puerta de la misericordia supone no engañarse con una misericordia de Dios mal entendida. Es imprescindible arrepentirse de corazón de los propios pecados y hacer propósito de la enmienda no sólo de un genérico no pecar, sino de evitar las ocasiones de pecado, que no son sólo de acción, sino también de omisión: la carencia de lectura orante de la Biblia, la ausencia de adoración eucarística, la falta de generosidad y ayuda al prójimo, o sea, no practicar con el prójimo la misericordia de la que somos deudores, pues en tal caso de poco sirve pedir al Señor que tenga misericordia. No podemos ser perdonados si no perdonamos ni podemos ser amados si negamos al prójimo el perdón que le debemos. Vigilemos con todo cuidado si vamos por el camino de la salvación o si nos dirigimos a la condenación por falta de examen de conciencia. Se nos ha confiado el tesoro de nuestra salvación y si no acudimos al Señor y a la Stma. Virgen, nos presentaremos en el juicio de Dios con las manos vacías. La puerta de la misericordia está abierta hasta el 20 de noviembre, pero después, solo Dios sabe cuándo, viene el juicio. Dios es Padre misericordioso y también Juez de vivos y muertos. El Evangelio en todas sus páginas lo dice bien claro. Que cada cual lo repase en silencio y se convencerá por sí mismo.

    Queridos hermanos: acudamos a Ntra. Sra. del Valle para que nos ayude a interiorizar todas estas disposiciones del alma, que serán las únicas que nos darán la paz con Dios. Que así sea.

  • 25 Jul

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Los dos hijos de Zebedeo, los pescadores Santiago y Juan, fueron llamados por Jesús para seguirle y colaborar con Él en una gran misión (Mt 4,18.21; Mc 3,17), para fundar sobre ellos y sobre los otros Apóstoles su Santa Iglesia. Hizo de ellos Apóstoles, enviados para proclamar el Evangelio a los pueblos de la tierra. Ellos dos, junto con Simón Pedro, fueron sus más íntimos discípulos. Pero eso no quita que, por esa misma cercanía, que en algunos momentos a ellos les pudo llevar a dejar nacer la vanidad y la soberbia, les reprendiera con cariño o, en ocasiones, con notable severidad. Así, en el Evangelio que acabamos de escuchar (Mt 20,20-28), les dio y nos da a todos una enseñanza sobre la humildad. Y es que, ciertamente, Jesús, y después el Espíritu Santo enviado por Él para proseguir su misión, transformó por completo a todos los Apóstoles, entre ellos a Santiago el Mayor y a San Juan Evangelista, los “Hijos del Trueno”, como se observa en la lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hch 4,33.5.12) cuando todos ellos, encabezados por San Pedro, pierden el miedo a predicar el nombre de Cristo, llegando a ser Santiago el primero de los Doce en derramar su sangre por Él.

    Según una venerable tradición, Santiago vino a predicar el Evangelio a España y fue sostenido en su empeño por la Santísima Virgen. A partir de aquí, fue muy pronto tenido por Patrono de España, y así el monje San Beato de Liébana, a finales del siglo VIII o principios del IX, le invocó como “áurea cabeza de España, nuestro protector y patrono nacional” (Himno O Dei Verbum). En la misma Edad Media se rogó su intercesión frente a la invasión musulmana y se le denominó de forma habitual “luz de las Españas”. Gonzalo de Berceo le llamó “primado de España” (Vida de San Millán, estr. 422, v. 4) y el benedictino anónimo que compuso el Poema de Fernán González afirmaba que “fuertemente quiso Dios a España honrar cuando al santo apóstol quiso enviar” (cap. V).

    La figura de Santiago como Patrono nacional, por lo tanto, arraiga con firmeza desde los siglos medievales en los condados, reinos y coronas de España. Las peregrinaciones a su sepulcro en Compostela favorecieron la vinculación de España con el resto de Europa, de una Europa que era y es en su esencia cristiana, como recordara San Juan Pablo II. Y no sólo eso, sino que los misioneros españoles extendieron también su culto a América.

    El patriotismo es una virtud, la virtud del recto amor a la Patria, según lo comprendió el pensamiento clásico grecorromano, el de la China tradicional y la moral católica, que lo hace derivar de la piedad filial, del amor a los padres, del cuarto mandamiento de la Ley de Dios, como se expresa con claridad en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2239). San Juan Pablo II llegó a hablar incluso de una “teología de la Patria” (Memoria e identidad, Madrid, 2005, caps. 11-15). Hay un deber de gratitud hacia el legado de una rica tradición heredada de nuestros antepasados y que nosotros a su vez debemos transmitir a las generaciones futuras con fidelidad y enriqueciéndola, aspirando a contribuir en un proyecto de vida común.

    Hoy se nos hace urgente, una vez más, invocar a Santiago para que proteja a su Nación, como le canta el himno que se le entona con tanta devoción en la catedral de Compostela. Hoy España es casi irreconocible, al igual que muchas naciones de Europa a las que se viene tratando de ahogar sistemáticamente su alma cristiana. Aquel soneto de nuestro Quevedo, caballero de Santiago, resulta de perfecta actualidad: “Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados de la carrera de la edad cansados por quien caduca ya su valentía”.

    A nivel mundial se trata de imponer hoy un pensamiento único, desarraigando a las naciones de su ser; y naciones que han sido especialmente cristianas, como España, han sido tomadas como laboratorio de pruebas de una ingeniería social que, en estos momentos, aspira incluso a la disolución de la naturaleza del ser humano para que éste sea construido desde una nueva visión que parte de la negación misma de la realidad sexuada del ser humano que define su masculinidad o su feminidad. La llamada “cultura de la muerte”, la inversión del orden natural y la imposición del pensamiento único a nivel global, como ideología incapaz de sostener y de resistir un debate intelectual de carácter filosófico y científico, se establece entonces a fuerza de ley con sanciones de multa y de cárcel, amén de difundirse cada vez con mayor fuerza por la mayoría de los medios de comunicación, que aprovechan el sentimentalismo para calar en los corazones de la gente.

    Pero en los pueblos existirá siempre, al menos, un “resto” que se esforzará por mantener viva la esencia de sus patrias. Varias naciones del este europeo son hoy luz que nos están recordando la esencia cristiana del continente y la perpetuidad de los valores tradicionales, y por eso se las combate desde el poder globalizador. Y al mismo tiempo, en Europa occidental surgen muchas iniciativas que se niegan a la desaparición de la identidad de sus patrias históricas.

    Confiemos en que Santa María de España, como la invocó el rey Alfonso X el Sabio, juntamente con Santiago, conduzcan de nuevo a nuestra patria y a todas las patrias de Europa a descubrir y recuperar su esencia cristiana.

  • 17 Jul

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos en Cristo Jesús: Cada Eucaristía que celebramos es una visita del Señor, un banquete que toma con nosotros y también una invitación a participar en su sacrificio, en su misma muerte y resurrección. Tal es la grandeza de este misterio que, incluso para vivirlo en toda su profundidad, debemos prolongarlo en adoración, en trato de amistad con quien sabemos que nos ama y desea sigamos escuchando el eco de su palabra en nuestro corazón y le respondamos con el afecto más íntimo en la oración. La visita de los tres personajes a Abraham y Sara y la que Jesús haría a la casa de los hermanos Lázaro, Marta y María puede aplicarse a nuestros encuentros con el Señor en los sacramentos o en la intimidad de la oración.

    En la visita junto a la encina de Mambré se pone de relieve la caridad tan obsequiosa de Abraham y de su mujer, que le secunda con su trabajo silencioso y absorbente. Pero después de atender esa necesidad corporal son llamados los dos esposos para recibir la comunicación de la que era objeto la misión que traían los tres visitantes. La promesa no es el pago por la hospitalidad con que eran obsequiados, sino un don que viene del Señor y que no tiene precio. Pero los dones especiales los otorga el Señor o bien cuando les preceden detalles amorosos y desinteresados, con Él o con el prójimo o bien cuando el Señor sabe que esa persona va a ser muy agradecida con lo recibido previamente. Se ha proclamado cómo Abraham se volcó con sus huéspedes sin esperar nada, pero también sabemos de su fe inconmovible en la promesa de Dios, a pesar de no tener esperanza humana de que su mujer, anciana y estéril, le pudiera dar una descendencia numerosa como las estrellas del cielo.

    María, hermana de Marta y de Lázaro, conquista el corazón del Señor por el interés tan grande en escuchar su Palabra. María también sentía el gusto de obsequiar a Jesús preparándole una comida exquisita, pero guiada por el Espíritu Santo descubrió que Jesús suspiraba por otro alimento, como diría a sus apóstoles en el pozo de Sicar: “Mi alimento es hacer la Voluntad del Padre”. María supo que Jesús gozaba mucho más que con un banquete cuando había alguien que tenía hambre y sed de la Palabra de Dios y acudía a Él deseando escucharle. La voz del Padre en su bautismo y en la Transfiguración nos dio un solo consejo: “Éste mi Hijo amado, mi predilecto, escuchadle”.

    María y Abraham fueron pues excelentes anfitriones del Señor, se dejaron instruir por el Espíritu Santo y acogieron en su corazón la palabra de Dios y sus promesas, cualquiera de sus inspiraciones como cimiento de toda su vida, como luz en su camino, que permanece aun cuando tratasen de imperar en sus vidas las tinieblas de las dudas o la propia voluntad o vanidad intentasen llevarlos por sendas equivocadas.

    S. Pablo es otro hombre convencido de que el mensaje del Señor había que anunciarlo completo, sin disminución interesada introducida por la voluntad humana, plenamente obediente a la Voluntad de Dios. Eso le acarreó sufrimientos y discrepancias dolorosas con S. Pedro. Pero lealmente le hizo ver que no se podía rebajar el mensaje de Cristo y había que anunciarlo tal cual. Sin eso no se puede llegar a la madurez de la vida cristiana.

    De esta Eucaristía tendríamos que salir convencidos de que en la Palabra de Dios hay un tesoro que no debemos dar de lado, cuya escucha reclama toda nuestra atención y todas nuestras fuerzas, para dar gloria a Dios y conducir nuestras vidas y las de nuestros hermanos a la salvación. La Eucaristía es un momento fuerte de esa escucha, pero no debe ser el único. Y no solo es escuchar la Palabra, también debemos meditarla y convertirla en oración, entrar en comunicación directa con el Señor, hablarle de corazón a corazón, como dos enamorados. La oración no debe ser sólo pedir cosas. También debemos consolar al Señor con nuestro amor, sintiendo con Él todos los desprecios, blasfemias, indiferencias y esa tibieza tan extendida entre los que nos decimos sus seguidores. Eso le duele enormemente. ¿Hemos pensado alguna vez en reparar tantas agresiones a su amor? ¿Vamos por fin a llevar a cabo nuestro propósito, siempre diferido, de realizar una buena confesión y mejor todavía si es general? ¿Vamos a prescindir de nuestros respetos humanos y a animar por fin a nuestros familiares y amigos a que antes de noviembre se confiesen para no dejar escapar esta oportunidad del jubileo de la misericordia?

    Precisamente en este año de la misericordia, por deseo de Su Santidad el Papa Francisco, Santa María Magdalena se eleva al grado de fiesta desde este viernes 22 de julio, para resaltar la figura de esta mujer, a la que confió, antes que a nadie, la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual. Fue la primera en ver el sepulcro abierto y en escuchar la verdad de la Resurrección, experimentó la misericordia divina en lo más hondo de su ser y mereció ser apóstol de apóstoles, por lo que su celebración tendrá el mismo grado de fiesta que ellos.

    Por último, queridos hermanos, el 17 de julio de 1958, hace hoy 58 años, en la fiesta litúrgica del triunfo de la S. Cruz, en el aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa, se inició la vida monástica en el Valle de los Caídos. Durante los 7 papas que en estos años se han sucedido, esta comunidad, muchas veces contra viento y marea y contra toda esperanza, ha resistido todo tipo de tribulaciones. Sin embargo, nuestra mirada debe estar llena de optimismo, sabiendo que Dios nunca nos abandonará. Cuando un monje renueva sus primeros votos en la profesión jubilar, utiliza una fórmula muy apropiada para un día de acción de gracias a Dios como hoy: “agradecido por el pasado y lleno de humilde confianza para el futuro, apoyado en la misericordia de Dios y en la oración de los hermanos”. Necesitamos vuestra oración, queridos hermanos, para seguir desarrollando nuestra labor espiritual aquí.

    No quisiera terminar sin evocar el mensaje de S. Juan XXIII al Cardenal Cicognani con motivo de la dedicación de esta basílica en 1960: “Los anales gloriosos de España, los encantos de su paisaje, lo que de grande y elevado se ha forjado con su dolor en los años duros del pasado, se han dado cita en ese hermoso valle, bajo el signo de la paz y concordia fraternas, a la sombra de esa cruz monumental que dirige al Cielo las oraciones de la fervorosa Comunidad Benedictina y de los devotos visitantes por la cristiana prosperidad de la Nación, y que quedará como en alerta permanente para transmitir la antorcha de la fe y de las virtudes patrias a las generaciones venideras”. Y continuaba diciendo el papa bueno y santo: “Nuestra súplica confiada va en estos momentos a la Virgen Santísima, venerada con tanta devoción en España, la que en sus más significativas advocaciones tiene puesto de honor en ese Santuario y a la que pedimos cobije bajo su manto las almas de cuantos en él duermen fraternamente unidos su último sueño. Que Ella proteja a esa grande Nación y a los que rigen su suerte”. Que así sea.

  • 3 Jul

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: Qué regalo tan grande estar reunidos como asamblea del Señor, como pueblo suyo que somos para proclamar las grandezas del que nos sacó de las tinieblas y nos ha traído a su luz maravillosa, la luz de la Verdad. La Verdad que es Jesucristo. El cual no sólo habla y dice la Verdad. Sino que su misma persona toda es la Verdad. Es la Verdad del hombre, pues cuando el hombre responde mejor a la imagen y semejanza de Dios su vida también se llena de verdad, de coherencia entre lo que cree y lo que vive, y se llena de armonía con su Creador y Redentor del que depende, aunque respeta nuestra libertad, y eso que somos rebeldes e ignorantes, y obramos en contra de Él tantas veces.

    La Palabra de Dios debe ser meditada y objeto de nuestra oración cada día. Que no falte nuestro encuentro cotidiano con ella, porque ahí nos espera el Señor para hablarnos, consolarnos, fortalecernos. Aprovechemos ahora que la tenemos a nuestro alcance, pues el Señor, por el profeta Amós, nos dice que llegará el día, antes de que Él restaure todas las cosas, en los días y años previos de purificación, en que tendremos hambre y sed de la Palabra de Dios y entonces sufriremos por no encontrarla y disponer de ella como ahora.

    Acabamos de escuchar esa revelación grandiosa guiados por el profeta Isaías en que el Señor anuncia cómo todas las naciones acudirán a Jerusalén con todas sus riquezas deseosas de dar culto y honrar al Señor, y allí se manifestará la mano del Señor a sus siervos. Ese día de su segunda venida o Parusía que esperamos ansiosos y anhelantes como cantamos después de la Consagración del pan y del vino para convertirse en Cuerpo y Sangre del Señor: «Ven, Señor, Jesús.» Pues ese día tiene otros muchos anticipos no tan clamorosos y brillantes, pero nada desdeñables, cada vez que dejamos que el Señor actúe en nuestras vidas y recibimos los sacramentos con la debida preparación y agradecimiento.

    En el Evangelio se nos ha dicho cómo los 72 enviados a los Samaritanos, como anticipo de la gran misión a todo el mundo después de la Resurrección, volvieron contentos de ver los signos que Dios había obrado en su predicación curando enfermos y arrojando demonios. Todavía hoy tienen lugar esos signos cuando se administran los sacramentos, pues son la huella de Cristo. Cada vez que se reciben bien la Eucaristía y la Reconciliación o Penitencia obra hoy el Señor esos signos en nuestras almas. Por eso es necesario que nosotros nos aprovechemos de esas ayudas que el Señor pone a nuestro alcance, para que cuando venga la gran prueba de nuestra fe estemos bien dispuestos. Una confesión general bien preparada es sumamente conveniente como paso para disponerse a esa confrontación en la que «todo el ejército del enemigo» como acabamos de escuchar en el Evangelio proclamado va a desplegar sus filas contra los creyentes. Somos pecadores, pero amados hasta el extremo por nuestro Señor, que nos espera y aguarda fundirse con nosotros en un abrazo de misericordia. Él nos espera en el sacramento de la Penitencia. Acudamos a él. Lavemos en ese encuentro con Cristo, a través del sacerdote, nuestras manchas. No lo dejemos para cuando no podamos encontrar sacerdotes, pues posiblemente sean los más perseguidos. Invitad vosotros a los sacerdotes a llenar los confesionarios de todas las iglesias con su presencia. Que esperen, que el Señor no dejará de impulsar a los fieles y a los mismos sacerdotes a beneficiarse de la Buena Nueva del Perdón en este año de gracia promulgado por el Papa Francisco, sin duda por una inspiración profética.

    San Pablo declara que, en la lucha contra la confusión reinante en su tiempo, al abandonar el judaísmo y definir lo propio del cristianismo, se requiere tener claro qué es lo que justifica o salva a una persona, y también es imprescindible que la fe vaya unida al abrazarse a la Cruz de Cristo. Es decir, no sólo confesar que nuestra salvación se debe a la Redención obrada por la muerte de Cristo en la Cruz, sino que tan innegociable es la aceptación de la cruz, del sufrimiento y del fracaso en nuestra vida como el adherirse a la fe en Cristo y no renegar de Él. Hoy día se pretende en amplios sectores eclesiales relajar la enseñanza del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio y se pretende que, sin dejar de afirmar esa verdad de fe, en la práctica habría casos en los que se podría autorizar o aprobar vivir en adulterio y recibir la comunión sacramental. Este sería uno de tantos casos en los que nos sentimos tentados a no aceptar la Cruz de Cristo en nuestra vida de cristianos.

    La participación en esta Eucaristía es una confesión de nuestra fe, es un paso adelante en nuestra adhesión a Cristo. No podemos descuidar nuestra vivencia de la fe en unos momentos en los que si flaqueamos nos arriesgamos a ser arrastrados por lo que piensa la mayoría, ese pensamiento único del mundo en el que no hay lugar para Cristo, porque el príncipe de este mundo quiere desplazar a Dios para colocarse en su lugar, empezando por ocupar el primer lugar en nuestros corazones. Si no le queremos dar cabida es necesario recurrir al ejemplo de la primera comunidad cristiana: se nos dice que «perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y las oraciones» (Hch 2,42). Dicho con otras palabras: nuestro diario encuentro con la Palabra de Dios, la comunión o caridad de unos con otros y el restablecimiento de la misma por el sacramento de la reconciliación, la Eucaristía y la oración.

  • 26 Jun

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos en Cristo:

    En el tiempo de verano que acabamos de comenzar nuestro corazón siente también la necesidad de escuchar palabras que iluminan y dan sentido a la vida. En medio de tantos mensajes fascinadores y seductores, a menudo vacíos y efímeros, nuestro interior se encuentra muchas veces como tierra reseca y sedienta, que anhela ser empapada por el rocío del Espíritu Santo. La celebración eucarística nos brinda la oportunidad semanal de saciarnos con la palabra de Dios, palabra verdadera, palabra de vida eterna. Nos ayuda también a tomar conciencia de que formamos un cuerpo en Jesucristo, una preciosa comunión en Él. Podríamos decir que la misa dominical afianza nuestro corazón en la «cultura del nosotros», de la pertenencia a la comunidad cristiana. Necesitamos participar en ella para resistir a la «cultura del yo», al feroz individualismo que invade el pensar y el actuar del hombre contemporáneo. Reunidos en torno al altar experimentamos una gran certeza: que somos amados por Dios, lo cual nos hace sentirnos valiosos y empujados a salir hacia fuera, en dirección al hermano (J.Mª. Fernández-Martos). Aquí Dios toca nuestro corazón; lo toca y lo transforma en un corazón abierto y entregado a los demás, que presenta a Dios las calamidades del mundo, que arriesga por los otros, que se implica, que se alegra, que sufre y que comparte.

    A mi modo de ver, dos palabras están en el corazón de la liturgia de este domingo: seguimiento y libertad. El seguimiento es fruto de una llamada, de una vocación. Nos habla de la iniciativa de Dios: Él es el primero, el que comienza, quien llama y envía. El hombre es el segundo, es quien responde. Dios es el protagonista; el hombre es eco de su palabra. Hay una gran sabiduría en conservar esta certeza a lo largo de la vida: Dios tomó la iniciativa conmigo y yo, tras su llamada, respondí y convertí mi existencia en un sí; un sí que me hace libre porque me hace vivir en la verdad. Seguimiento de Cristo, libertad y verdad son realidades que no se pueden separar.

    La primera lectura nos remonta a la vocación profética de Eliseo. Elías había recibido el encargo de ungirle como sucesor suyo. Mientras estaba arando con los bueyes, Elías pasó a su lado y le echó encima su manto, para significar que tomaba posesión de él y lo convertía en discípulo suyo (A. Vanhoye). Después de despedir a su familia, Eliseo siguió a su maestro y se puso a su servicio.

    El Evangelio, por su parte, nos presenta de modo muy escueto algunas escenas en las que Jesús llama o en las que alguien muestra deseos de seguirle; todo ello sucede de camino hacia Jerusalén, donde sabe que va a consumar su ministerio. En todos los casos, queda de manifiesto es que la llamada de Jesús es exigente. Él es consciente de la importancia radical de su propia misión, por eso no admite la mínima duda, la mínima demora por parte de sus seguidores. Cuando Jesús llama, uno debe mostrarse dispuesto a seguirle. Es más, para seguir a Jesús es preciso dejarlo todo; es necesario dejar la propia comodidad y aceptar una situación difícil. Esto no debe hacernos olvidar, sin embargo, que la exigencia de Jesús es una exigencia inspirada en el amor, no en la severidad. Él ha venido para salvar al mundo, y él nos llama y nos envía –según el estado de cada uno– para colaborar en esa misión de suprema importancia.

    La segunda lectura, tomada de la Carta a los Gálatas, nos ofrece un mensaje que completa la perspectiva del Evangelio. San Pablo explica que, en la nueva condición de hijos de Dios, los cristianos no están obligados a cumplir todas las prescripciones de la ley de Moisés. El apóstol insiste en que Cristo nos ha liberado con su muerte y añade esta frase: «Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche el egoísmo». La libertad cristiana no puede confundirse con el libertinaje, con la vida disoluta, sino que va en la dirección del amor y del servicio: «sed esclavos unos de otros por amor». La verdadera libertad no consiste en satisfacer el propio egoísmo, sino en el ejercicio del amor generoso (A. Vanhoye).

    Esta enseñanza de Pablo es siempre actual y la debemos poner en relación con el seguimiento. Seguir a Jesús implica tomar nuestra cruz cada día y caminar tras sus huellas; exige comprometerse con él en el amor a Dios y en el amor al prójimo. Es el seguimiento coherente el que nos hace verdaderamente libres, desprendidos de las ataduras del materialismo y del hedonismo, libres para amar, para servir y para adorar.

    Hoy asistimos a la eucaristía probablemente con cierta inquietud ante el resultado de las elecciones que se celebran. Disipemos todo temor. Dios sabe escribir derecho en los renglones torcidos de los hombres; sabe sacar un bien incluso cuanto las cosas parecen torcerse. Suscita testigos valientes y audaces cuando los tiempos lo requieren. Un apóstol cercano a nosotros, en una situación tremendamente difícil, oraba con esta confianza: «Yo me siento, más que nunca, en las manos de Dios. Es lo que he deseado toda mi vida, desde mi juventud. Y eso es también lo único que sigo deseando ahora. Pero con una diferencia: hoy toda la iniciativa la tiene el Señor. Le doy gracias por ello y me abandono totalmente en sus manos» (cf. P. Arrupe). No lo olvidemos, hermanos, a Dios no se le ido de las manos la historia de los hombres, ni la historia de España. Él sigue guiando y protegiendo la nave la Iglesia, sigue iluminando y dando fuerza a sus hijos para que den testimonio de la única esperanza que nos puede salvar.

    Pidamos al Señor, por mediación de María, que nos haga mensajeros intrépidos de su evangelio allí donde transcurre nuestra vida; que nos ayude a comprender y secundar su proyecto de ternura y misericordia sobre el mundo; que nos dé su gracia para combatir y vencer el mal sólo con la fuerza del bien, para ser instrumentos de su paz; pidámosle que sostenga nuestra plegaria para que aumenten los obreros de la mies y para que nuestra alegría consista en que nuestro nombre se halla inscrito en el libro de la vida.

  • 12 Jun

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: En este año de la misericordia, que ha sido convocado por el Papa Francisco y que es el signo distintivo de un pontificado que se está definiendo en torno a este atributo divino que unifica muchas de las principales actuaciones y compromisos, las lecturas de este domingo nos ayudan a sacar provecho de esta oportunidad de gracia, de este paso del Señor a nuestro lado perdonando y sanando las heridas de nuestro interior, a la vez que impulsando nuestro amor a dilatarse en la misericordia ofrecida a nuestro prójimo. La misericordia no es solo don divino que nos restaura: es también gracia que mueve a conquistar la amistad de los que no conocen a Cristo o tienen una imagen deformada de su persona. Es una ocasión extraordinaria de evangelización perdonar o pedir perdón a la persona que nos ha ofendido o a la que hemos causado algún daño.

    La confesión de su pecado por parte del rey David da lugar a una gran revelación de Dios: dos pecados tan graves son perdonados por Dios por la humilde confesión y la confianza depositada en la misericordia divina. Ese perdón inmediato parece algo sumamente llevadero en comparación con la gravedad o frecuencia de nuestros pecados, aunque todos nos beneficiamos agradecidos de tanto como nos facilita el Señor la reconciliación con Él. El perdón no cuesta obtenerlo del Señor, aunque uno deba aceptar la pena del pecado, es decir una cierta reparación compensatoria, a todas luces sumamente justa y llevadera. A David le costó vivir siempre instigado por los enemigos, que no le permitían disfrutar en paz su reinado, porque “la espada no se apartará nunca de tu casa”. Pero, por el perdón de Dios, evitó la condenación eterna.

    En la carta de San Pablo a los Gálatas se ilumina con mayor claridad esta facilidad en obtener el perdón de Dios. Si Dios es justo, ¿por qué no nos aplica una pena equivalente al pecado cometido? La razón no es otra sino que la justificación no proviene del cumplimiento de la ley, sino de que Cristo ha sufrido una muerte injusta para pagar nuestra deuda. Su muerte sería inútil si la justificación fuera efecto de la ley. Eso le hizo a San Pablo entregar de lleno toda su vida a la evangelización, cuya fuerza arrolladora provenía de que vivía sin perder de vista un momento que Cristo le amó hasta entregarse por Él. La gracia de Dios para él significaba el perdón de sus pecados y la reparación casi completa por los méritos de Jesucristo al morir por nuestros pecados, pero también esa gracia era una fuerza que le movía a poner de su parte una contribución al tiempo insignificante con el don recibido, pero igualmente tan costosa para las escasas fuerzas humanas, ya que sin su gracia no seríamos capaces de llevarla a cabo.

    En el Evangelio la revelación de Dios es la misma, pero bajo un punto de vista mucho más comprensible y personal. Jesús perdona a una pecadora que actúa con gestos sumamente humildes y comprometedores para Él mismo, porque el fariseo estaba pensando lo que suele pasar por una mente humana que no está iluminada por la gracia divina. El fariseo no ve el corazón arrepentido de la mujer. Está fijo en el pasado de esa mujer, reconocida por todos los cercanos a ella como pecadora. Jesús en cambio tiene acceso al corazón, a lo que está sucediendo en su interior y en su conciencia ella estaba aborreciendo su pasado de pecado, pues se había sentido atraída por la misericordia del Salvador, de alguien que ha demostrado que está lleno de Dios por su poder de sanación corporal y espiritual. Esta mujer estaba siendo iluminada por el Espíritu Santo para ver aquello que no se había revelado a los que no aspiran a la sabiduría de Dios y se contentan con la sabiduría que los hombres utilizan para dar una falsa solución a problemas materiales o sociales.

    ¿No nos está poniendo ante los ojos este pasaje del evangelista de la misericordia, San Lucas, que el verdadero arrepentimiento no se contenta con decir los pecados al confesor, sino que conlleva lavar, secar, ungir al Señor o al prójimo en reparación del mal cometido? La mujer lavó los pies con lágrimas, los besó, los secó con sus propios cabellos y se los ungió con perfume. El Señor solo le reprochó al fariseo algo mucho menos costoso: disponer un recipiente con agua para lavarse él mismo los pies, besarle en la cara y ungir la cabeza. Todo eso quiere decir que al Señor le agrada cualquier pequeño gesto de amor, aunque no alcancemos a ser tan humildes como esa mujer, pero lo podemos aplicar de mil maneras: la confesión, la visita al Señor en el Santísimo, la ayuda al prójimo, etc.

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