• 6 Jan

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La solemnidad de la Epifanía del Señor queda muchas veces en un segundo plano en su significado más profundo. La vivencia familiar y tradicional de la “fiesta de los Reyes Magos”, de indudable cuño cristiano y verdaderamente entrañable, realza la virtud moral de la generosidad y el compartir y transmitir alegría, sobre todo a los niños.

    Pero, aun en su sentido cristiano, eso es en realidad el aspecto secundario de la solemnidad, pues lo que en este día propiamente celebra la Iglesia es la “Teofanía” o “Epifanía” del Señor, esto es, su manifestación a todos los pueblos, anunciando que ha venido al mundo para salvar a todos los hombres y no solamente a los judíos. El Niño que ha nacido en Belén es el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”, y es el verdadero “Mesías”, el “Cristo”, el “Ungido”; es realmente “Jesús”, el “Salvador” del mundo. Por eso, desde Jerusalén y Judea, donde la gloria del Señor ha amanecido, el profeta Isaías (Is 60,1-6) señala que esa luz ilumina ahora a la tierra que estaba cubierta de tinieblas y a los pueblos que caminaban en oscuridad. Es el misterio que San Pablo expone a los Efesios y que antes estaba reservado sólo a los judíos (Ef 3,2-3a.5-6): “que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio”.

    La Iglesia antigua celebraba juntos tres aspectos de esta Epifanía o Teofanía, como tres elementos de una misma manifestación del Dios Salvador a todos los hombres: la adoración de los Magos, el Bautismo de Jesús en el Jordán y el milagro de las bodas de Caná. Todavía hoy la Iglesia, y muy singularmente los monjes, recordamos los tres hechos en el canto de una preciosa antífona de Laudes. En el Oriente cristiano se mantiene muy clara la conciencia de la vinculación de los tres aspectos y para la Iglesia de Etiopía es la gran fiesta del año litúrgico.

    La adoración de los Magos, recogida por el relato de San Mateo (Mt 2,1-12), reviste un encanto que nos sigue cautivando y que ha calado a nivel popular. Nos encontramos ante unos hombres venidos de tierras lejanas de Oriente para adorar al Niño-Dios. No eran judíos, pero debían de conocer la Sagrada Biblia y las profecías que se referían al Mesías. Casi seguro eran sacerdotes de la religión de Persia reformada por Zoroastro o Zaratustra, como el nombre de “magos” refleja, seguidores de los libros sagrados del Avesta, adoradores de un dios cuasi-monoteísta ‒Ahura-Mazdah‒ y del fuego que lo representaba, y estudiosos de los astros a partir de los conocimientos de la antigua civilización mesopotámica. Es posible que alguno viniera de otras tierras, como Etiopía o Yemen y el sur de Arabia (las regiones de Saba), según las profecías y el origen geográfico de los regalos pudieran sugerir, aunque también los podían haber adquirido por su difusión comercial en el antiguo Oriente. Nada obsta a que además pudieran tener condición regia, como la tradición afirma conforme a las profecías mesiánicas, entre ellas la del salmo 71 que se ha cantado, pues en aquellos momentos el mundo persa vivía una situación de fragmentación en reinos de diverso tamaño y poder a raíz de la descomposición del antiguo Imperio desde su conquista por Alejandro Magno y algunos de ellos estaban gobernados por “magos”, por reyes-sacerdotes. Los historiadores incluso han identificado alguno de esos reyes con los nombres que la Tradición cristiana atribuye a los personajes del relato evangélico.

    Aquellos hombres, dejándose llevar por la estrella que los guiaba, nos enseñan a buscar al único Salvador, rendirle culto y proclamarlo a todos. El mensaje de la Epifanía es un mensaje esperanzador, que nos anuncia la buena nueva de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres. Cristo ha venido a salvarnos y debemos gozarnos de ello y transmitirlo a todos.

    Las tradiciones añejas que giran en torno a la figura de estos Magos o Reyes Magos, sin que en realidad tenga mayor o menor importancia su fundamento histórico, apuntan en su simbolismo a ese sentido profundo de la Epifanía como manifestación de Dios a todos los pueblos: en el número de tres, sustentado sobre los tres regalos presentados al Niño Jesús (pues no se dice explícitamente en el Evangelio que los Magos fueran tres), se ha visto con frecuencia a las tres grandes razas humanas del Viejo Mundo (blanca, negra y amarilla) y las tres edades del hombre adulto (joven, mediana y anciana). Y esto, porque Jesucristo ha venido a salvar a todos los hombres y en todos se reconoce su dignidad. Con mayor fundamento exegético, la Tradición de la Iglesia ha comprendido que los tres regalos representan tres aspectos de la realidad de Jesucristo: el oro como Rey, el incienso como Dios y la mirra como Hombre verdadero (pues se trataba de un elemento de carácter funerario y, por tanto, profetizaba su muerte redentora).

    En este día, encomendemos con los Magos la conversión de todos los pueblos y recordemos especialmente a los pueblos de Oriente, sobre todo a los cristianos que sufren una persecución angustiosa en aquellas regiones, asistiendo con frecuencia a la destrucción de sus iglesias y de sus casas y negocios, al asesinato de muchos de ellos (con frecuencia en una muerte martirial por una bomba en una iglesia, como ha sucedido aún hace poco en El Cairo), a la marginación y a la expulsión de sus lugares de residencia. Es nuestro deber orar por ellos y ayudarles en cuanto podamos, por ejemplo a través de la organización pontificia “Ayuda a la Iglesia Necesitada”.

    Con María Santísima y con los santos Magos que la conocieron al adorar a su divino Hijo, seamos portadores del mensaje de la Epifanía, de la manifestación de Dios al mundo para anunciar la salvación a todos los pueblos.

  • 25 Dec

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Esta noche celebrábamos el nacimiento del Hijo de Dios como hombre verdadero, encarnado en el seno de la Santísima Virgen por obra del Espíritu Santo y nacido de Ella en Belén, conforme a las profecías mesiánicas referidas a Él. En esta noche santa, Jesucristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo de Dios, el Hijo de Dios hecho hombre, se nos manifestaba como la luz que alumbra a todo hombre y que ilumina al pueblo que antes caminaba en tinieblas. Y ahora, en esta Misa del día de Navidad, después del misterio encantador de la noche del nacimiento en Belén, parece como si la propia claridad del día quisiera proponernos penetrar en la profundidad del misterio mismo del Verbo encarnado. Así, por lo menos, lo sugieren las lecturas que la Sagrada Liturgia nos propone.

    Desde luego, el texto de la Carta a los Hebreos que hemos escuchado en la segunda lectura (Hb 1,1-6) es de una riqueza teológica indudable. Hemos podido escuchar que el Hijo de Dios es “el reflejo de su gloria” –de la gloria del Padre– e “impronta de su ser”, al que el Padre ha dicho: “Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado”. El Padre sólo puede haber dicho esto a su Hijo unigénito, engendrado por Él eternamente, en ese “hoy” que es el “hoy” eterno. Al conocerse y amarse a Sí mismo, el Padre engendra eternamente una Imagen perfecta de Sí mismo, que es el Hijo, el Verbo. Por eso decimos en el Credo niceno-constantinopolitano, frente a la vieja herejía de Arrio, que Jesucristo es “engendrado, no creado”, y en la exactísima formulación griega y latina afirmamos que es “consubstancial” al Padre”, homoousios. También San Pablo dice en la Carta a los Colosenses que Jesucristo es “imagen del Dios invisible” (Col 1,15). Y en la literatura sapiencial del Antiguo Testamento, la Sabiduría divina, identificada en la Tradición de la Iglesia con la persona del Verbo, es “una exhalación de la potencia de Dios y un limpio efluvio de la gloria del Todopoderoso”, “irradiación esplendorosa de la eterna luz y espejo inmaculado de la energía de Dios y una imagen de su bondad” (Sab 7,25-26).

    Riquísimo es sin lugar a dudas asimismo el comienzo del Evangelio de San Juan que acabamos de escuchar (Jn 1,1-18). En él se nos presenta la realidad del Verbo de Dios, el Logos, la Palabra: el Hijo unigénito de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, existente desde el principio, coeterno con el Padre, que está junto a Dios, en el seno del Padre, y Él mismo es Dios.

    Por el Verbo, como dice el evangelista, se hizo todo, pues Dios Padre ha obrado la Creación por la Palabra, por el Verbo. Así lo entendieron los Padres de la Iglesia cuando, al meditar y explicar el relato del Génesis sobre la Creación (Gn 1), observaron que Dios ordenaba la creación de los seres por medio de su Palabra, que es el mismo Hijo de Dios. Y esto, culminado además en la obra redentora, es lo que constituye a Jesucristo en el “primogénito de toda criatura”, como dice la Carta a los Colosenses, “porque en Él fueron creadas todas las cosas, celestes y terrestres, visibles e invisibles” (es decir, tanto los seres materiales y el hombre como los ángeles), y “todo fue credo por Él y para Él” (Col 1,15-17). Hasta tal punto la Creación depende de Él, que, como dice la misma carta, no sólo “Él es anterior a todo”, sino que “todo se mantiene en Él” (Col 1,18): es decir, Jesucristo, por el Espíritu Santo, sostiene la existencia y la vida del mundo. Y así será que, según se afirma en la Carta a los Efesios, en la plenitud de los tiempos y conforme a su plan eterno, Dios recapitulará e instaurará todas las cosas en Cristo, tanto las del cielo como las de la tierra (Ef 1,10).

    Si maravilloso es todo esto, todavía lo es más, si cabe, considerar el modo en que el Verbo de Dios ha asumido la naturaleza humana, de tal modo que, sin dejar de ser verdadero Dios, es perfecto hombre y modelo del hombre nuevo, pues con ello nos ha abierto la vía de nuestra dignificación e incluso de nuestra deificación. Lo hemos rezado en la oración colecta de este día: “¡Oh Dios!, que de forma admirable has creado al hombre a tu imagen y semejanza y de un modo más admirable todavía elevaste su condición por Jesucristo; concédenos compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana”. Esta realidad teológica está presente en el rito de la mezcla del agua y del vino por el sacerdote.

    Como nos ha dicho San Juan en el Evangelio, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria y de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Jesucristo, el Verbo encarnado, ha venido a comunicarnos la vida divina por medio del Espíritu Santo, elevando nuestra dignidad para hacernos hijos de Dios (cf. Jn 1,12; Ef 1,5; 1Jn 3,1-2), para participar de la misma naturaleza y vida divinas, al decir de San Pedro en su definición de la gracia (cf. 2 Pe 1,4). Conforme al Magisterio de la Iglesia en los primeros concilios ecuménicos, el Hijo de Dios se encarnó por nosotros y en Él su divinidad está unida a su humanidad en una unión real, perfecta, sin mezcla, sin confusión, sin alteración, sin división, sin separación. En Él se mantienen todas las propiedades de la divinidad y todas las propiedades de la humanidad, juntas en una unión real, perfecta, indivisible e inseparable.

    Hermanos: meditemos el misterio de Cristo en toda su profundidad y enamorémonos de Él, de tal modo que podamos llegar a decir con San Pablo: “ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,19), y por eso “para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21). Así lo vivieron muchos santos monjes, como el Beato Pablo Giustiniani, que afirmó: “Feliz el alma aniquilada en sí misma, convertida enteramente a Dios, que no vive más en sí, sino en Cristo, toda absorta en su amor. Más feliz aún el alma licuada al fuego del amor, aniquilada a sí misma y a Cristo, que no vive ni siquiera en Cristo, sino que vive sólo porque Cristo vive en ella”.

    Que María Santísima nos lleve a contemplar estos misterios y a hacer nuestra vida una con la de Cristo. Para todos, Feliz Navidad.

  • 24 Dec

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Esta noche, como hemos rezado en la oración colecta después del canto del Gloria, es una “noche santa”, porque ha sido iluminada con el nacimiento de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación. Él es “la luz verdadera”, como también hemos recitado en la misma oración; es “la luz grande” que anunció el profeta Isaías, según hemos escuchado en la primera lectura (Is 9,2-7).

    Jesucristo es la luz enviada por el Padre, “irradiación esplendorosa de su gloria”, según se nos dice en el libro de la Sabiduría y lo repite la Carta a los Hebreos (Sab 7,25; Heb 1,3). Por eso, “el pueblo que caminaba en tinieblas”, al decir de Isaías, ahora ha recibido la luz de Cristo para caminar sobre seguro: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). El pueblo de Israel aguardaba al Mesías, al Salvador, y Éste no es otro que Cristo. Nosotros también caminamos en tinieblas cuando olvidamos que sólo Cristo puede iluminar nuestra vida en este mundo; caminamos en tinieblas cuando ponemos nuestros objetivos y nuestros anhelos en otras cosas que excluyen a Cristo; caminamos en tinieblas cuando, ante los sufrimientos que nos pueden venir en la vida, no miramos a Cristo para encontrar en Él consuelo, aliento y esperanza. Sin Cristo caminamos en tinieblas; con Él, caminamos en la luz.

    El mismo nacimiento de Cristo nos ofrece luz para muchas cosas en nuestra vida, como les sucedió a los pastores a los que el ángel anunció este acontecimiento, según hemos escuchado en el texto del Evangelio de San Lucas (Lc 2,1-14): a ellos, se ha dicho, “la gloria del Señor los envolvió de claridad”.

    Primero, y ante todo, se nos ha manifestado que Él es el Salvador, el Mesías, el Señor. Y exactamente eso es lo que San Pablo expresa en la carta a Tito que hemos leído: es “el gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo” (Tt 2,11-14). Isaías le ha llamado “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz”. Por eso, no busquemos otros redentores y salvadores; es inútil que procuremos encontrar fuera de nuestra fe católica las respuestas a las preguntas fundamentales que se hace el ser humano acerca de la vida y de la muerte; es absurdo sustituir a Jesucristo por un líder político, por una ideología, por el dinero o por cosas vanas que mañana ya no tienen ningún valor, ni siquiera material.

    La segunda gran enseñanza del nacimiento de Cristo, de ese Mesías Salvador que es verdadero Rey y Señor, es la humildad, que es la virtud sobre la que pivota fundamentalmente la espiritualidad de la Regla de San Benito. Jesucristo ejerce su realeza y su señorío por su condición divina, pues como Dios es Señor de toda la Creación, pero nos ha dado ejemplo de cómo ejercerlo desde la humildad y el abajamiento, desde lo que en griego se denomina la kénosis. Él, siendo Dios, se ha abajado asumiendo la naturaleza humana para elevarnos a nosotros hacia Dios e introducirnos en la vida divina, vida de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Todo un Dios eterno y omnipotente se ha hecho Hombre y ha nacido Niño por nosotros. En la noche que ahora celebramos, su abajamiento se nos presenta ante todo en su Infancia, en este hacerse Niño y en su nacimiento, no en un palacio, como correspondería al verdadero Rey que es Cristo, sino en un pobre pesebre, porque ni siquiera había sitio en la posada para Él (Lc 2,7).

    Por lo tanto, y unida a la humildad, el nacimiento de Cristo también nos enseña el valor de la pobreza, virtud por la que San Francisco de Asís tenía una devoción singular. La pobreza, además de la pobreza de espíritu que es propiamente la humildad, significa sobre todo el desprendimiento de todo lo superfluo, de todo lo innecesario, de todo aquello que no necesitamos, de lo que nos ata a lo temporal y perecedero y nos impide volar libremente hacia las realidades celestiales y eternas, que son las más importantes y las que debemos esperar. En estos días de las fiestas navideñas, es muy importante no olvidar este valor de la pobreza rectamente entendida, ya que el consumismo que en estas fechas nos asalta nos hace olvidar fácilmente cuál es el verdadero objetivo de nuestra vida y nos hace olvidar también que hay pobres que necesitan de nuestra ayuda generosa.

    En fin, entre otras muchas lecciones más, el nacimiento de Cristo nos ofrece además la enseñanza y la lección de la vida familiar: la Sagrada Familia, formada por María, José y el Niño Jesús es el modelo de toda familia cristiana, de un matrimonio que vive la fidelidad mutua, de una familia unida, de una familia que vive inmersa en el amor de Dios, de una familia que vive en espíritu de oración y trabajo, de una familia que rehúye lo superfluo, de una familia que ha sabido vivir la pobreza y la humildad.

    Como todos los años, en esta noche quiero que tengamos un recuerdo para nuestros hermanos cristianos perseguidos, especialmente en Próximo Oriente. Su ejemplo nos alienta a quienes vivimos la fe tal vez más aletargados.

    Que María, José y el Niño os concedan a todos una Feliz Navidad.

  • 10 Dec

    P.Santiago Cantera

  • Querido Fr. Julio, querida Comunidad y queridos hermanos en el Señor:

    Las lecturas de hoy, propias de feria del sábado II de Adviento, resultan perfectamente adecuadas para la ocasión que celebramos: los 50 años de profesión de los votos religiosos de un monje benedictino. Tanto en la lectura del libro del Eclesiástico (Sir 48,1-4.9-11) como en la del Evangelio (Mt 17,10-13), se nos ha hablado de Elías. En el Eclesiástico se hace un elogio de este profeta, se refiere su ascenso al cielo y se nos habla de su regreso al final de los tiempos, cosa que también se anuncia en el Evangelio, donde además Jesús lo relaciona con San Juan Bautista, pues éste ciertamente vino al mundo con el espíritu profético de Elías.

    Las figuras de Elías y de San Juan Bautista han sido siempre un referente en la Tradición monástica, desde los primeros monjes del siglo IV, los Padres del Desierto. El primero y su discípulo Eliseo, por su retiro a los montes santos de Israel, su modelo de vida eremítica y también de vida comunitaria, su profunda oración y contemplación y su dimensión penitente. Y San Juan Bautista, por razones similares en su estilo de vida en el desierto, donde se manifestó como Precursor del Salvador. San Gregorio Magno establece en varias ocasiones paralelismos entre Elías y San Benito en el segundo libro de los Diálogos, donde, al igual que el hagiógrafo lo hace con Elías y Eliseo en los libros de los Reyes, concede a San Benito la designación de “hombre de Dios”. Asimismo, nos describe que Benito dedicó a San Juan Bautista un oratorio en Montecasino.

    Cincuenta años de vida monástica suponen la renovación de la consagración de una persona a Dios en esos elementos que vemos hechos realidad en Elías y San Juan Bautista: el retiro para la dedicación primordial a Dios mediante la penitencia y la oración, haciendo que Dios sea el centro de la vida. La vocación monástica ofrece la respuesta a la pregunta más fundamental que todo ser humano se puede realizar: ¿quién soy yo y qué hago en este mundo? ¿Qué es el hombre y para qué está aquí?

    Aprovecho que hay jóvenes aquí presentes, antiguos escolanos nuestros, para manifestarles cómo el mundo de hoy pretende seducirlos con engaños que jamás permitirán descubrir al hombre su propio misterio. Hoy las urgencias de los hospitales ven llegar y morir a niñas de 12 y 13 años con coma etílico, porque muchos jóvenes buscan erróneamente el sentido de la vida en una diversión falsa y vacía de contenido. Jamás se encontrará la respuesta a las preguntas fundamentales del ser humano en el alcohol y el botellón, en las drogas, en la pornografía y en el sexo desordenado de su recto fin, en el ansia de dinero o en la pantalla de un teléfono móvil.

    ¡Qué distinta otra niña que la Iglesia recuerda hoy, Santa Eulalia de Mérida, que con sólo 12 años supo renunciar a todas las seducciones del mundo porque encontró en Cristo el amor de su vida, hasta el punto de entregarle su virginidad y la propia sangre! Niñas y niños o adolescentes santos como Santa Eulalia, Santa Inés y Santa María Goretti, mártires de la fe y de la castidad a los 12 años, o San Pelayo y San José Sánchez del Río, a los 14, son un ejemplo para los niños y los jóvenes de nuestro tiempo de que la vida del ser humano sólo encuentra su verdadero sentido cuando descubre a Dios como su Creador y Padre y a Cristo como su Redentor.

    Y esto es precisamente lo que enseña la venerada sabiduría de los monjes. Así, San Benito da la respuesta al misterio del hombre al principio de la Santa Regla cuando nos exhorta a retornar por el camino de la obediencia hacia Dios, de quien nos habíamos apartado por la desidia de la desobediencia (RB, Pról., 2). Éste es el principio y fundamento del camino benedictino: el retorno a Dios, la búsqueda de Dios. El hombre pierde el sentido de su ser y de su existencia si pierde de vista a Dios. Por eso, la vida monástica descubre al hombre la profundidad de su misterio: le descubre su realidad de criatura salida de las manos de Dios. Más aún, le descubre su realidad de hijo amado por un Dios Padre, que por amor le ha dado como vía de retorno a Él al Hombre-Dios, Jesucristo. Por eso San Benito pone en el centro de la vida del monje el seguimiento de Cristo y le exhorta a “no anteponer nada al amor de Cristo” (RB 4, 21; 72, 11). Es lo que más recientemente ha dicho el Concilio Vaticano II al afirmar que, “en realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Gaudium et spes, n. 22).

    Cincuenta años de vida monástica nos deben hacer pensar a todos: primero, al propio monje que renueva sus votos, para, de cara a Dios, renovar su fidelidad y su entrega. En segundo lugar, a todos los demás, para reflexionar sobre el sentido de la vida y nuestra relación con Dios.

    Nuestro hermano Fr. Julio ha servido a Dios en esta Abadía con variadas ocupaciones en el monasterio, entre ellas la de hospedero, y en la Escolanía, pero de un modo muy especial hay que resaltar su función como sacristán de esta Basílica pontificia de la Santa Cruz, por la que muchos le conocen y saben de su amor a ella, resaltando por parte de él el papel que la Comunidad benedictina ocupa en cumplimiento de los compromisos fundacionales para que sea ante todo templo de la Iglesia católica y lugar de reconciliación entre los españoles, como fruto de la reconciliación entre Dios y el hombre alcanzada por el sacrificio redentor de Cristo en la Cruz. Por todo este servicio, nuestra Comunidad se siente agradecida a Fr. Julio, muchas veces sin duda cansado por el trabajo y las incomodidades que implica, y le desea que Nuestra Señora de Loreto, a quien se venera en una de las capillas de la Basílica como Patrona de la Aviación española, le siga sosteniendo y guiando en su camino monástico hacia Dios.

  • 8 Dec

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Según hemos escuchado en el Evangelio (Lc 1,26-38), el arcángel San Gabriel saludó a María llamándola “llena de gracia”. Este saludo lo pronunciamos cada vez que rezamos el Ave María, las más de las veces quizá sin reparar en la enorme profundidad de estas sencillas palabras, que son la traducción del griego kejaritomene (κεχαριτωμένη). Cuando pronunciamos esta expresión, reconocemos que María ha sido beneficiaria al máximo de la gracia de Dios. Y la gracia, al decir del apóstol San Pedro, es la “participación en la naturaleza divina” (2Pe 1,3-4): participación, por tanto, en la vida íntima de amor existente en el seno de la Santísima Trinidad, pues el Padre y el Hijo se aman en el Espíritu Santo.

    María es la “llena de gracia” porque en Ella se fijó la Santísima Trinidad para hacer su morada: el Padre la eligió para que en su seno se hiciera hombre su Hijo Unigénito por obra del Espíritu Santo, tal como anuncia San Gabriel. Por eso María vive en la intimidad del amor de Dios. Y esto, en razón de su Maternidad divina: puesto que María iba a ser la Madre de Dios y la primera Colaborad/ora en la obra de la Redención de Jesucristo, convenía que Ella recibiera en plenitud la gracia divina y fuera exenta de todo pecado, incluso del pecado original desde el mismo momento de su Concepción.

    Dios hizo que María fuera preservada de la mancha del pecado original sin por ello dejar de ser redimida: a diferencia de nosotros, Ella fue también redimida, pero previamente, en atención a los méritos de su Hijo Jesucristo, y por eso no se le transmitió el pecado original, que a nosotros se nos debe borrar por medio del sacramento del Bautismo en aplicación de la Redención de Cristo.

    Por todo esto, María es además “bendita entre las mujeres”; y la Iglesia, aplicándole las palabras del Cantar de los Cantares (Ct 4,7), la ha exaltado secularmente diciendo: “Toda hermosa eres, María, y no hay mancilla en ti”. También por eso, el salmo de hoy nos anima a cantar al Señor un cántico nuevo (Sal 97), pues ha hecho en María verdaderas maravillas, como Ella misma reconocería en el Magníficat (Lc 1,49). María es así la nueva Eva y la Mujer que, en el Protoevangelio –el texto del Génesis que hemos escuchado en la primera lectura–, aplasta la cabeza de la serpiente, vence al diablo y sus insidias (Gén 3,15).

    El dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen fue proclamado por el Beato Pío IX en 1854 y la Virgen Santísima lo confirmaría a Santa Bernardita en Lourdes cuatro años después. Y, como los Papas han reconocido muchas veces, España se distinguió a lo largo de los siglos por defender este privilegio mariano cuando todavía no era dogma. Por eso es la Patrona de España.

    Pero quisiera destacar especialmente, pues en 2017 se celebrará el quinto centenario de la muerte de Francisco Jiménez de Cisneros, conocido entonces como “el Cardenal de España”, el papel que él ejerció en la promoción de la devoción a la Inmaculada Concepción en nuestra Patria. Como hijo fiel de la Orden Franciscana, heredó la defensa del privilegio mariano de autores como el Beato Duns Escoto y el mallorquín Ramón Llull (que está representado en nuestra cúpula). Fue persona de confianza de la Reina Isabel la Católica, que es Sierva de Dios y cuya Positio historica del proceso de beatificación consta de 27 gruesos volúmenes preparados por historiadores de prestigio. Isabel, mujer virtuosa, esposa fiel, madre entregada y reina cristiana, lo escogió como confesor, pues buscaba siempre confesores de vida santa y virtuosa, y el Cardenal Cisneros también tiene abierto el proceso de beatificación y está declarado ya Venerable por la Iglesia. Isabel la Católica estaba muy impregnada del espíritu franciscano y junto con Cisneros promovió la devoción a la Inmaculada e hizo posible el nacimiento de una Orden, la de las monjas concepcionistas, ayudando a la fundadora Santa Beatriz de Silva e impulsándola junto con otras mujeres santas del entorno de la Reina, como Beatriz Galindo y Teresa Enríquez, ésta última también en proceso de beatificación.

    Así, el Cardenal Cisneros, el mismo que junto con la Reina Isabel completó la Reconquista del suelo español; el mismo que con ella emprendió la reforma de la Iglesia española, anticipándose en medio siglo al Concilio de Trento y evitando que en España se produjera la quiebra de Lutero; el mismo que con ella protegió la dignidad y la libertad de los nativos del Nuevo Mundo y de África; el mismo que impulsó la cultura especialmente con la Universidad de Alcalá de Henares; el mismo que con la Reina Isabel emprendió tantas tareas encomiables y a su muerte fue regente en dos ocasiones, también él mismo con ella promovió la devoción a la Concepción Inmaculada de la Virgen María.

    En fin, hoy se acercan por primera vez a la Sagrada Comunión varios niños nuevos de nuestra Escolanía: Alejandro y Eduardo, Leonardo, José Luis, Eduardo, Miguel y Rodrigo. Recibid con el corazón limpio a Jesús. Dadle gracias por haberos traído a esta Escolanía para servirle como si fuerais ángeles en la tierra, alabándole con vuestras voces. Mantened vuestras almas puras como la cogulla blanca que lleváis. Dejad a Jesús que habite dentro de vosotros y recibidle siempre con sencillez y devoción. Imitad a la Virgen Inmaculada y acudid a Ella como vuestra Madre del Cielo en todo lo bueno y lo malo que os pase.

  • 4 Dec

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: nuestros días no distan mucho de la situación de tiempos remotos como los que relatan las lecturas proclamadas este domingo. Allí tanto el profeta Isaías como el evangelista S. Mateo nos presentan una situación social de agotamiento, de vacío de ideales, en la que el hombre caído ha buscado soluciones falsas a sus problemas y ha tomado atajos que le han apartado de Dios. Este alejamiento progresivo del Señor desencanta enseguida, porque surgen enfrentamientos y desajustes familiares y sociales que hacen mucho más insoportable la convivencia, ya de por sí difícil para el hombre que sufre las consecuencias del pecado original.

    Israel sufrió el cautiverio en Babilonia por su infidelidad al Señor. La dinastía davídica, depositaria de las promesas mesiánicas, incluso desapareció. Cuando el Señor promete un vástago en el que se pose el Espíritu del Señor en su plenitud, ha de reconocer la bondad del Señor, su fidelidad puesta a prueba por un pueblo desagradecido e indiferente a las muchas muestras de amor que Dios le había ofrecido en su camino por el desierto para formar un pueblo predilecto, llamado a ser depositario de sus promesas y beneficiario de su sabiduría divina como ningún otro.

    La situación del Israel de las promesas se repite con el Israel de la última etapa de la historia, como denomina S. Pablo a esta edad histórica en la que el Mesías ha venido y ha redimido a los hombres. Pero el corazón humano es terco y vuelve a separarse de Dios y se atreve a realizar su epopeya humana sin Dios. El resultado es que las ideologías que quieren sustituir la confianza en Dios se revelan sumamente perniciosas para el hombre, pues directamente lo destruyen, aunque bajo apariencia de ser la solución de todos los problemas que el hombre tiene que resolver en su lucha por la subsistencia.

    El Bautista se presenta como alguien que no pretende atraer la atención sobre sí mismo, pues el que ha de venir es mucho más digno y sus dones mucho mayores en comparación: “El que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Pero a pesar de este discurso tan humilde para autocalificarse, el Bautista no se parece en nada a esos predicadores que se hacen la propaganda y que se sirven de la religión para crecer y autoprestigiarse y apropiarse de un poder que les ha sido dado para que se encaminen hacia Jesús.

    Juan Bautista dice de sí mismo palabras que le relegan a segundo plano, pero eso no impide que también cumpla su tarea de desenmascarar el formalismo fariseo y el materialismo saduceo de entonces y de ahora. Su atuendo y su lugar de predicación, si por una parte coincide con el del profeta Elías (y así lo certifica Jesús de él al desvelar que S. Juan Bautista era el Elías que había de venir), descarta ese reprobable método pastoral consistente en deslumbrar a los fieles con escenificaciones que aseguren el éxito de una gran concurrencia, pero a los que se engaña con sucedáneos, en vez de dar el verdadero alimento y sanación proveniente de los sacramentos y de la Palabra de Dios. Es un fraude utilizar los sacramentos y la S. Escritura como plataformas para lanzar un mensaje ajeno a la naturaleza de estos medios que Dios ha determinado que distribuyamos en su nombre. Ello nos obliga constantemente a todo colaborador de la viña del Señor, ordenado o seglar, padre de familia o catequista, a mirarnos en el espejo de la predicación de Jesús, sobre todo, pero también en el del Bautista, como la Iglesia pone hoy a nuestra consideración.

    Este morador del desierto, cuya austeridad sobrecoge, no rechaza a fariseos y saduceos, pero les presenta la verdad de su situación moral delante de sus ojos, sin esconder las oscuridades tan llamativas, que le hacen exclamar: “Ya toca el hacha la base de los árboles y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego”. Este mensaje sobrecogedor del Bautista no nos debe dejar indiferentes. ¿Qué hacer con la gracia del Señor, que no nos va a faltar? Sus ministros debemos distribuir los sacramentos con una pureza de intención que mire solo a la gloria de Dios, sin interponer intereses mundanos que impidan o disminuyan su efecto en las almas. Los destinatarios de la gracia sacramental, que nos incluye a los ordenados, debemos recibirlos con pura devoción y con las debidas disposiciones, evitando a toda costa los sacrilegios derivados de recibir la S. Comunión en pecado mortal por no delatar nuestra falta de estado de gracia o por descuido de nuestro examen de conciencia antes de recibirla. Y en cuanto a la confesión, nunca dejemos de confesar un pecado grave por vergüenza.

    Queridos hermanos: nuestra vida debe estar dispuesta a la venida del Señor, que se realiza en cada instante si le abrimos nuestro corazón para recibirlo con frecuencia y con las debidas disposiciones. Oremos en todo momento por los que no conocen a Jesucristo y por los que le han conocido y se han apartado de Él o sin dejar de recibir los sacramentos, no los reciben debidamente, con lo que le causan un dolor espantoso que no podemos dejar que se prolongue sin hacer todo lo que está a nuestro alcance, que es mucho, aunque sea silencioso y oculto. En estos días de la novena de la Inmaculada, pidamos a Ntra. Sra. del Valle que consiga que el corazón de su Hijo nos conceda todas estas gracias. Que así sea

  • 13 Nov

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: Hoy es el día en que se cierra el año de la Misericordia en todas las diócesis del mundo a nivel celebrativo, y el próximo domingo se hará en Roma en el domingo de Cristo Rey con una celebración que clausurará el jubileo extraordinario de la Misericordia. Para muchos cristianos ha sido un año de gracia, un año de bendiciones por la Misericordia de Dios, que han recibido a través de los sacramentos y por haber aceptado la Palabra de Dios en sus vidas.

    Nos encontramos pues en un período excepcional, una gracia singular que ni siquiera sabían algunos que existía, pero han sido dóciles al impulso del Espíritu y se han llevado la sorpresa de que el Señor había preparado un encuentro de gracia, y ha sido para ellos una sorpresa llena de gozo. No se podían imaginar que el Señor hubiese esperado tanto tiempo hasta que ellos se pusieran por fin en marcha después de tantas inspiraciones que el Señor les había regalado. Cuando por fin han secundado esa gracia, han descubierto lo grande que es el Señor, su ternura infinita.

    ¿No os dais cuenta, hermanos, los que todavía no habéis decidido pasar por la puerta de la Misericordia, que la bondad de Dios es inagotable, que nunca es tarde mientras vivimos en este mundo, y que no hemos de perder un minuto si hemos escuchado en nuestro interior la voz de Dios en su Palabra y hemos atendido y apreciado que esa Palabra estaba dirigida a ti en concreto? Creer que Dios te habla a ti a través de su Palabra es una gracia muy grande. Y no seguir ese camino de gracia es exponerse a que no se repita, a encontrar dificultades enormes de vencer cuando quiera seguirlo más tarde, mientras que ahora la oportunidad está a nuestro alcance en abundancia.

    No podemos cerrar los ojos ante las leyes persecutorias para los creyentes que se están promulgando por todas partes del mundo y en nuestra patria también. No tenemos que ser tan ciegos como para no darnos cuenta que esas leyes son un adoctrinamiento laicista que cala en nuestra sociedad, y nos paraliza, y hace que nuestra mente se haga perezosa y cobarde para manifestar su fe. Es un acoso ante el que hemos perdido la capacidad de respuesta y de protesta colectiva. Miramos con envidia santa lo que han hecho en unos pocos países los cristianos que han sufrido tales vejaciones en grado mortal. Pues bien, si tales proezas colectivas no se dan entre nosotros, como antaño hicieron nuestros antepasados, sí que está a nuestro alcance la respuesta personal y decidida de no dejarnos arrastrar por el ambiente paganizado que respiramos.

    Cada uno tiene que hablar directamente con el Señor, dedicarle un tiempo cada día, aunque sean diez minutos para empezar, para pedirle consejo, para suplicarle que le dé luz en su entendimiento, y sepa tomar decisiones que sean conformes a su voluntad. Aquel que, frente a un crucifijo, o imagen del Señor, o de nuestra Madre, y mejor todavía si es ante el Sagrario, dedica cada día unos instantes a hablar de corazón a corazón con el Señor, sentirá enseguida que ha encontrado un tesoro. Si eso lo hace en la Santa Misa y se toma la molestia de hacerlo todos los días con lealtad probada de quien sabe está vivo allí su Redentor, y que renueva su sacrificio en el Calvario y lo hace en ese momento por él, entonces verá que ese tiempo y ese esfuerzo y ese ir contra corriente de lo que hace todo el mundo insensatamente, es un tesoro que compensa con creces todos sus esfuerzos, sufrimientos y luchas diarias.

    Nos quejamos, y nos duele, que cada vez se nos ponga más dificultades para vivir nuestra fe: el Evangelio de hoy nos habla de ello con crudeza, pero con verdad y sin edulcorar la realidad, como solemos hacer nosotros, y no nos damos cuenta que el Señor nos promete la luz del Espíritu Santo en nuestra oración, pero sobre todo en la Santa Misa, que es el centro y culmen de toda la vida cristiana.

    ¿No hemos escuchado en la primera lectura que “a los que honran mi nombre les iluminará un Sol de justicia que lleva la salvación?” El cristiano debe conocer no sólo su fe, sino valorarla como es debido. Hay muchos que gastan sus ojos leyendo libros e informaciones sobre la fe, y las vicisitudes que viven los creyentes, y las declaraciones que hacen unos y otros sobre ella, pero no se empeñan con la misma intensidad en orar, en confesar sus pecados ante el Señor en el sacramento de la penitencia, en escuchar la Palabra de Dios en su corazón, y no sólo en leerla. De ahí viene la diferencia entre el que sólo se ilustra en su fe, y aquel que además se esfuerza por vivirla, por orarla y reformar su vida conforme a la voluntad de Dios.

    El Señor nos ha hablado en la primera lectura y en el Evangelio del “Día del Señor”. Un día que será precedido de signos cósmicos y sociales, de sucesos inauditos en el orden natural y el ordenamiento habitual de la vida social.

    Pero llegará ese día en que hablarán las piedras, porque les hemos privado de credibilidad a los profetas que tenían la misión de disponernos a estar vigilantes, para que no nos sorprendiese como ladrón (Apoc 3,3). Y eso es lo que nos transmiten las lecturas, e incluso la oración colecta de hoy.

    El que vive profundamente la fe cristiana siempre está alegre, aunque oiga malas noticias que a los faltos de fe desconciertan. Porque realmente solo se encuentra el equilibrio y la serenidad en servir a Dios, creador de todo bien, y ahí reside el gozo pleno y verdadero.

    El Papa Francisco ha tenido un gesto muy significativo al no permitir se cambiaran las lecturas de este domingo, como si no fuesen adecuadas para cerrar el jubileo de la Misericordia. ¿La Palabra de Dios puede ser un inconveniente en alguna de sus páginas para clausurar este evento profético del jubileo? Una visión tan raquítica de la Palabra de Dios es la que lleva a suprimir u ocultar con la no lectura a los fieles, o la deformación por traducciones falsas, o comentarios en notas e introducciones que ocultan el mensaje verdadero que contiene. Y por esta vez no se han salido con la suya, los que utilizan la Palabra para fines nada claros.

    Por el contrario, si nosotros hacemos una lectura orante de la Palabra de Dios, aunque esa lectura nos hable de los castigos que ha de recibir la humanidad por sus pecados, descubriremos que eso es misericordia divina, puesto que Dios no quiere que nadie se condene, sino que en el castigo reaccionen y se den cuenta que su pecado les lleva a la perdición, que por el pecado se hicieron cómplices del príncipe de las tinieblas, y que siguiendo una conducta contraria a los mandamientos no sólo ofenden a Dios, sino que hacen mal a todos los hombres y le llevan a su degradación y a la muerte no sólo corporal, sino eterna.

    La lectura de la Palabra de Dios no puede ser curiosa o meramente informativa; de la lectura debemos pasar a meditarla y aplicarla a nuestra vida, haciendo examen si nuestra vida concuerda con esa sabia norma divina y llegar a convertirse en diálogo amoroso con quien nos está hablando a través de ella. Un diálogo con Jesús que culmina en contemplación de su bondad y su grandeza, de su misericordia y de su justicia, igualmente admirables.

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