• 17 Jul

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos en Cristo Jesús: Cada Eucaristía que celebramos es una visita del Señor, un banquete que toma con nosotros y también una invitación a participar en su sacrificio, en su misma muerte y resurrección. Tal es la grandeza de este misterio que, incluso para vivirlo en toda su profundidad, debemos prolongarlo en adoración, en trato de amistad con quien sabemos que nos ama y desea sigamos escuchando el eco de su palabra en nuestro corazón y le respondamos con el afecto más íntimo en la oración. La visita de los tres personajes a Abraham y Sara y la que Jesús haría a la casa de los hermanos Lázaro, Marta y María puede aplicarse a nuestros encuentros con el Señor en los sacramentos o en la intimidad de la oración.

    En la visita junto a la encina de Mambré se pone de relieve la caridad tan obsequiosa de Abraham y de su mujer, que le secunda con su trabajo silencioso y absorbente. Pero después de atender esa necesidad corporal son llamados los dos esposos para recibir la comunicación de la que era objeto la misión que traían los tres visitantes. La promesa no es el pago por la hospitalidad con que eran obsequiados, sino un don que viene del Señor y que no tiene precio. Pero los dones especiales los otorga el Señor o bien cuando les preceden detalles amorosos y desinteresados, con Él o con el prójimo o bien cuando el Señor sabe que esa persona va a ser muy agradecida con lo recibido previamente. Se ha proclamado cómo Abraham se volcó con sus huéspedes sin esperar nada, pero también sabemos de su fe inconmovible en la promesa de Dios, a pesar de no tener esperanza humana de que su mujer, anciana y estéril, le pudiera dar una descendencia numerosa como las estrellas del cielo.

    María, hermana de Marta y de Lázaro, conquista el corazón del Señor por el interés tan grande en escuchar su Palabra. María también sentía el gusto de obsequiar a Jesús preparándole una comida exquisita, pero guiada por el Espíritu Santo descubrió que Jesús suspiraba por otro alimento, como diría a sus apóstoles en el pozo de Sicar: “Mi alimento es hacer la Voluntad del Padre”. María supo que Jesús gozaba mucho más que con un banquete cuando había alguien que tenía hambre y sed de la Palabra de Dios y acudía a Él deseando escucharle. La voz del Padre en su bautismo y en la Transfiguración nos dio un solo consejo: “Éste mi Hijo amado, mi predilecto, escuchadle”.

    María y Abraham fueron pues excelentes anfitriones del Señor, se dejaron instruir por el Espíritu Santo y acogieron en su corazón la palabra de Dios y sus promesas, cualquiera de sus inspiraciones como cimiento de toda su vida, como luz en su camino, que permanece aun cuando tratasen de imperar en sus vidas las tinieblas de las dudas o la propia voluntad o vanidad intentasen llevarlos por sendas equivocadas.

    S. Pablo es otro hombre convencido de que el mensaje del Señor había que anunciarlo completo, sin disminución interesada introducida por la voluntad humana, plenamente obediente a la Voluntad de Dios. Eso le acarreó sufrimientos y discrepancias dolorosas con S. Pedro. Pero lealmente le hizo ver que no se podía rebajar el mensaje de Cristo y había que anunciarlo tal cual. Sin eso no se puede llegar a la madurez de la vida cristiana.

    De esta Eucaristía tendríamos que salir convencidos de que en la Palabra de Dios hay un tesoro que no debemos dar de lado, cuya escucha reclama toda nuestra atención y todas nuestras fuerzas, para dar gloria a Dios y conducir nuestras vidas y las de nuestros hermanos a la salvación. La Eucaristía es un momento fuerte de esa escucha, pero no debe ser el único. Y no solo es escuchar la Palabra, también debemos meditarla y convertirla en oración, entrar en comunicación directa con el Señor, hablarle de corazón a corazón, como dos enamorados. La oración no debe ser sólo pedir cosas. También debemos consolar al Señor con nuestro amor, sintiendo con Él todos los desprecios, blasfemias, indiferencias y esa tibieza tan extendida entre los que nos decimos sus seguidores. Eso le duele enormemente. ¿Hemos pensado alguna vez en reparar tantas agresiones a su amor? ¿Vamos por fin a llevar a cabo nuestro propósito, siempre diferido, de realizar una buena confesión y mejor todavía si es general? ¿Vamos a prescindir de nuestros respetos humanos y a animar por fin a nuestros familiares y amigos a que antes de noviembre se confiesen para no dejar escapar esta oportunidad del jubileo de la misericordia?

    Precisamente en este año de la misericordia, por deseo de Su Santidad el Papa Francisco, Santa María Magdalena se eleva al grado de fiesta desde este viernes 22 de julio, para resaltar la figura de esta mujer, a la que confió, antes que a nadie, la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual. Fue la primera en ver el sepulcro abierto y en escuchar la verdad de la Resurrección, experimentó la misericordia divina en lo más hondo de su ser y mereció ser apóstol de apóstoles, por lo que su celebración tendrá el mismo grado de fiesta que ellos.

    Por último, queridos hermanos, el 17 de julio de 1958, hace hoy 58 años, en la fiesta litúrgica del triunfo de la S. Cruz, en el aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa, se inició la vida monástica en el Valle de los Caídos. Durante los 7 papas que en estos años se han sucedido, esta comunidad, muchas veces contra viento y marea y contra toda esperanza, ha resistido todo tipo de tribulaciones. Sin embargo, nuestra mirada debe estar llena de optimismo, sabiendo que Dios nunca nos abandonará. Cuando un monje renueva sus primeros votos en la profesión jubilar, utiliza una fórmula muy apropiada para un día de acción de gracias a Dios como hoy: “agradecido por el pasado y lleno de humilde confianza para el futuro, apoyado en la misericordia de Dios y en la oración de los hermanos”. Necesitamos vuestra oración, queridos hermanos, para seguir desarrollando nuestra labor espiritual aquí.

    No quisiera terminar sin evocar el mensaje de S. Juan XXIII al Cardenal Cicognani con motivo de la dedicación de esta basílica en 1960: “Los anales gloriosos de España, los encantos de su paisaje, lo que de grande y elevado se ha forjado con su dolor en los años duros del pasado, se han dado cita en ese hermoso valle, bajo el signo de la paz y concordia fraternas, a la sombra de esa cruz monumental que dirige al Cielo las oraciones de la fervorosa Comunidad Benedictina y de los devotos visitantes por la cristiana prosperidad de la Nación, y que quedará como en alerta permanente para transmitir la antorcha de la fe y de las virtudes patrias a las generaciones venideras”. Y continuaba diciendo el papa bueno y santo: “Nuestra súplica confiada va en estos momentos a la Virgen Santísima, venerada con tanta devoción en España, la que en sus más significativas advocaciones tiene puesto de honor en ese Santuario y a la que pedimos cobije bajo su manto las almas de cuantos en él duermen fraternamente unidos su último sueño. Que Ella proteja a esa grande Nación y a los que rigen su suerte”. Que así sea.

  • 3 Jul

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: Qué regalo tan grande estar reunidos como asamblea del Señor, como pueblo suyo que somos para proclamar las grandezas del que nos sacó de las tinieblas y nos ha traído a su luz maravillosa, la luz de la Verdad. La Verdad que es Jesucristo. El cual no sólo habla y dice la Verdad. Sino que su misma persona toda es la Verdad. Es la Verdad del hombre, pues cuando el hombre responde mejor a la imagen y semejanza de Dios su vida también se llena de verdad, de coherencia entre lo que cree y lo que vive, y se llena de armonía con su Creador y Redentor del que depende, aunque respeta nuestra libertad, y eso que somos rebeldes e ignorantes, y obramos en contra de Él tantas veces.

    La Palabra de Dios debe ser meditada y objeto de nuestra oración cada día. Que no falte nuestro encuentro cotidiano con ella, porque ahí nos espera el Señor para hablarnos, consolarnos, fortalecernos. Aprovechemos ahora que la tenemos a nuestro alcance, pues el Señor, por el profeta Amós, nos dice que llegará el día, antes de que Él restaure todas las cosas, en los días y años previos de purificación, en que tendremos hambre y sed de la Palabra de Dios y entonces sufriremos por no encontrarla y disponer de ella como ahora.

    Acabamos de escuchar esa revelación grandiosa guiados por el profeta Isaías en que el Señor anuncia cómo todas las naciones acudirán a Jerusalén con todas sus riquezas deseosas de dar culto y honrar al Señor, y allí se manifestará la mano del Señor a sus siervos. Ese día de su segunda venida o Parusía que esperamos ansiosos y anhelantes como cantamos después de la Consagración del pan y del vino para convertirse en Cuerpo y Sangre del Señor: «Ven, Señor, Jesús.» Pues ese día tiene otros muchos anticipos no tan clamorosos y brillantes, pero nada desdeñables, cada vez que dejamos que el Señor actúe en nuestras vidas y recibimos los sacramentos con la debida preparación y agradecimiento.

    En el Evangelio se nos ha dicho cómo los 72 enviados a los Samaritanos, como anticipo de la gran misión a todo el mundo después de la Resurrección, volvieron contentos de ver los signos que Dios había obrado en su predicación curando enfermos y arrojando demonios. Todavía hoy tienen lugar esos signos cuando se administran los sacramentos, pues son la huella de Cristo. Cada vez que se reciben bien la Eucaristía y la Reconciliación o Penitencia obra hoy el Señor esos signos en nuestras almas. Por eso es necesario que nosotros nos aprovechemos de esas ayudas que el Señor pone a nuestro alcance, para que cuando venga la gran prueba de nuestra fe estemos bien dispuestos. Una confesión general bien preparada es sumamente conveniente como paso para disponerse a esa confrontación en la que «todo el ejército del enemigo» como acabamos de escuchar en el Evangelio proclamado va a desplegar sus filas contra los creyentes. Somos pecadores, pero amados hasta el extremo por nuestro Señor, que nos espera y aguarda fundirse con nosotros en un abrazo de misericordia. Él nos espera en el sacramento de la Penitencia. Acudamos a él. Lavemos en ese encuentro con Cristo, a través del sacerdote, nuestras manchas. No lo dejemos para cuando no podamos encontrar sacerdotes, pues posiblemente sean los más perseguidos. Invitad vosotros a los sacerdotes a llenar los confesionarios de todas las iglesias con su presencia. Que esperen, que el Señor no dejará de impulsar a los fieles y a los mismos sacerdotes a beneficiarse de la Buena Nueva del Perdón en este año de gracia promulgado por el Papa Francisco, sin duda por una inspiración profética.

    San Pablo declara que, en la lucha contra la confusión reinante en su tiempo, al abandonar el judaísmo y definir lo propio del cristianismo, se requiere tener claro qué es lo que justifica o salva a una persona, y también es imprescindible que la fe vaya unida al abrazarse a la Cruz de Cristo. Es decir, no sólo confesar que nuestra salvación se debe a la Redención obrada por la muerte de Cristo en la Cruz, sino que tan innegociable es la aceptación de la cruz, del sufrimiento y del fracaso en nuestra vida como el adherirse a la fe en Cristo y no renegar de Él. Hoy día se pretende en amplios sectores eclesiales relajar la enseñanza del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio y se pretende que, sin dejar de afirmar esa verdad de fe, en la práctica habría casos en los que se podría autorizar o aprobar vivir en adulterio y recibir la comunión sacramental. Este sería uno de tantos casos en los que nos sentimos tentados a no aceptar la Cruz de Cristo en nuestra vida de cristianos.

    La participación en esta Eucaristía es una confesión de nuestra fe, es un paso adelante en nuestra adhesión a Cristo. No podemos descuidar nuestra vivencia de la fe en unos momentos en los que si flaqueamos nos arriesgamos a ser arrastrados por lo que piensa la mayoría, ese pensamiento único del mundo en el que no hay lugar para Cristo, porque el príncipe de este mundo quiere desplazar a Dios para colocarse en su lugar, empezando por ocupar el primer lugar en nuestros corazones. Si no le queremos dar cabida es necesario recurrir al ejemplo de la primera comunidad cristiana: se nos dice que «perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y las oraciones» (Hch 2,42). Dicho con otras palabras: nuestro diario encuentro con la Palabra de Dios, la comunión o caridad de unos con otros y el restablecimiento de la misma por el sacramento de la reconciliación, la Eucaristía y la oración.

  • 26 Jun

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos en Cristo:

    En el tiempo de verano que acabamos de comenzar nuestro corazón siente también la necesidad de escuchar palabras que iluminan y dan sentido a la vida. En medio de tantos mensajes fascinadores y seductores, a menudo vacíos y efímeros, nuestro interior se encuentra muchas veces como tierra reseca y sedienta, que anhela ser empapada por el rocío del Espíritu Santo. La celebración eucarística nos brinda la oportunidad semanal de saciarnos con la palabra de Dios, palabra verdadera, palabra de vida eterna. Nos ayuda también a tomar conciencia de que formamos un cuerpo en Jesucristo, una preciosa comunión en Él. Podríamos decir que la misa dominical afianza nuestro corazón en la «cultura del nosotros», de la pertenencia a la comunidad cristiana. Necesitamos participar en ella para resistir a la «cultura del yo», al feroz individualismo que invade el pensar y el actuar del hombre contemporáneo. Reunidos en torno al altar experimentamos una gran certeza: que somos amados por Dios, lo cual nos hace sentirnos valiosos y empujados a salir hacia fuera, en dirección al hermano (J.Mª. Fernández-Martos). Aquí Dios toca nuestro corazón; lo toca y lo transforma en un corazón abierto y entregado a los demás, que presenta a Dios las calamidades del mundo, que arriesga por los otros, que se implica, que se alegra, que sufre y que comparte.

    A mi modo de ver, dos palabras están en el corazón de la liturgia de este domingo: seguimiento y libertad. El seguimiento es fruto de una llamada, de una vocación. Nos habla de la iniciativa de Dios: Él es el primero, el que comienza, quien llama y envía. El hombre es el segundo, es quien responde. Dios es el protagonista; el hombre es eco de su palabra. Hay una gran sabiduría en conservar esta certeza a lo largo de la vida: Dios tomó la iniciativa conmigo y yo, tras su llamada, respondí y convertí mi existencia en un sí; un sí que me hace libre porque me hace vivir en la verdad. Seguimiento de Cristo, libertad y verdad son realidades que no se pueden separar.

    La primera lectura nos remonta a la vocación profética de Eliseo. Elías había recibido el encargo de ungirle como sucesor suyo. Mientras estaba arando con los bueyes, Elías pasó a su lado y le echó encima su manto, para significar que tomaba posesión de él y lo convertía en discípulo suyo (A. Vanhoye). Después de despedir a su familia, Eliseo siguió a su maestro y se puso a su servicio.

    El Evangelio, por su parte, nos presenta de modo muy escueto algunas escenas en las que Jesús llama o en las que alguien muestra deseos de seguirle; todo ello sucede de camino hacia Jerusalén, donde sabe que va a consumar su ministerio. En todos los casos, queda de manifiesto es que la llamada de Jesús es exigente. Él es consciente de la importancia radical de su propia misión, por eso no admite la mínima duda, la mínima demora por parte de sus seguidores. Cuando Jesús llama, uno debe mostrarse dispuesto a seguirle. Es más, para seguir a Jesús es preciso dejarlo todo; es necesario dejar la propia comodidad y aceptar una situación difícil. Esto no debe hacernos olvidar, sin embargo, que la exigencia de Jesús es una exigencia inspirada en el amor, no en la severidad. Él ha venido para salvar al mundo, y él nos llama y nos envía –según el estado de cada uno– para colaborar en esa misión de suprema importancia.

    La segunda lectura, tomada de la Carta a los Gálatas, nos ofrece un mensaje que completa la perspectiva del Evangelio. San Pablo explica que, en la nueva condición de hijos de Dios, los cristianos no están obligados a cumplir todas las prescripciones de la ley de Moisés. El apóstol insiste en que Cristo nos ha liberado con su muerte y añade esta frase: «Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche el egoísmo». La libertad cristiana no puede confundirse con el libertinaje, con la vida disoluta, sino que va en la dirección del amor y del servicio: «sed esclavos unos de otros por amor». La verdadera libertad no consiste en satisfacer el propio egoísmo, sino en el ejercicio del amor generoso (A. Vanhoye).

    Esta enseñanza de Pablo es siempre actual y la debemos poner en relación con el seguimiento. Seguir a Jesús implica tomar nuestra cruz cada día y caminar tras sus huellas; exige comprometerse con él en el amor a Dios y en el amor al prójimo. Es el seguimiento coherente el que nos hace verdaderamente libres, desprendidos de las ataduras del materialismo y del hedonismo, libres para amar, para servir y para adorar.

    Hoy asistimos a la eucaristía probablemente con cierta inquietud ante el resultado de las elecciones que se celebran. Disipemos todo temor. Dios sabe escribir derecho en los renglones torcidos de los hombres; sabe sacar un bien incluso cuanto las cosas parecen torcerse. Suscita testigos valientes y audaces cuando los tiempos lo requieren. Un apóstol cercano a nosotros, en una situación tremendamente difícil, oraba con esta confianza: «Yo me siento, más que nunca, en las manos de Dios. Es lo que he deseado toda mi vida, desde mi juventud. Y eso es también lo único que sigo deseando ahora. Pero con una diferencia: hoy toda la iniciativa la tiene el Señor. Le doy gracias por ello y me abandono totalmente en sus manos» (cf. P. Arrupe). No lo olvidemos, hermanos, a Dios no se le ido de las manos la historia de los hombres, ni la historia de España. Él sigue guiando y protegiendo la nave la Iglesia, sigue iluminando y dando fuerza a sus hijos para que den testimonio de la única esperanza que nos puede salvar.

    Pidamos al Señor, por mediación de María, que nos haga mensajeros intrépidos de su evangelio allí donde transcurre nuestra vida; que nos ayude a comprender y secundar su proyecto de ternura y misericordia sobre el mundo; que nos dé su gracia para combatir y vencer el mal sólo con la fuerza del bien, para ser instrumentos de su paz; pidámosle que sostenga nuestra plegaria para que aumenten los obreros de la mies y para que nuestra alegría consista en que nuestro nombre se halla inscrito en el libro de la vida.

  • 12 Jun

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: En este año de la misericordia, que ha sido convocado por el Papa Francisco y que es el signo distintivo de un pontificado que se está definiendo en torno a este atributo divino que unifica muchas de las principales actuaciones y compromisos, las lecturas de este domingo nos ayudan a sacar provecho de esta oportunidad de gracia, de este paso del Señor a nuestro lado perdonando y sanando las heridas de nuestro interior, a la vez que impulsando nuestro amor a dilatarse en la misericordia ofrecida a nuestro prójimo. La misericordia no es solo don divino que nos restaura: es también gracia que mueve a conquistar la amistad de los que no conocen a Cristo o tienen una imagen deformada de su persona. Es una ocasión extraordinaria de evangelización perdonar o pedir perdón a la persona que nos ha ofendido o a la que hemos causado algún daño.

    La confesión de su pecado por parte del rey David da lugar a una gran revelación de Dios: dos pecados tan graves son perdonados por Dios por la humilde confesión y la confianza depositada en la misericordia divina. Ese perdón inmediato parece algo sumamente llevadero en comparación con la gravedad o frecuencia de nuestros pecados, aunque todos nos beneficiamos agradecidos de tanto como nos facilita el Señor la reconciliación con Él. El perdón no cuesta obtenerlo del Señor, aunque uno deba aceptar la pena del pecado, es decir una cierta reparación compensatoria, a todas luces sumamente justa y llevadera. A David le costó vivir siempre instigado por los enemigos, que no le permitían disfrutar en paz su reinado, porque “la espada no se apartará nunca de tu casa”. Pero, por el perdón de Dios, evitó la condenación eterna.

    En la carta de San Pablo a los Gálatas se ilumina con mayor claridad esta facilidad en obtener el perdón de Dios. Si Dios es justo, ¿por qué no nos aplica una pena equivalente al pecado cometido? La razón no es otra sino que la justificación no proviene del cumplimiento de la ley, sino de que Cristo ha sufrido una muerte injusta para pagar nuestra deuda. Su muerte sería inútil si la justificación fuera efecto de la ley. Eso le hizo a San Pablo entregar de lleno toda su vida a la evangelización, cuya fuerza arrolladora provenía de que vivía sin perder de vista un momento que Cristo le amó hasta entregarse por Él. La gracia de Dios para él significaba el perdón de sus pecados y la reparación casi completa por los méritos de Jesucristo al morir por nuestros pecados, pero también esa gracia era una fuerza que le movía a poner de su parte una contribución al tiempo insignificante con el don recibido, pero igualmente tan costosa para las escasas fuerzas humanas, ya que sin su gracia no seríamos capaces de llevarla a cabo.

    En el Evangelio la revelación de Dios es la misma, pero bajo un punto de vista mucho más comprensible y personal. Jesús perdona a una pecadora que actúa con gestos sumamente humildes y comprometedores para Él mismo, porque el fariseo estaba pensando lo que suele pasar por una mente humana que no está iluminada por la gracia divina. El fariseo no ve el corazón arrepentido de la mujer. Está fijo en el pasado de esa mujer, reconocida por todos los cercanos a ella como pecadora. Jesús en cambio tiene acceso al corazón, a lo que está sucediendo en su interior y en su conciencia ella estaba aborreciendo su pasado de pecado, pues se había sentido atraída por la misericordia del Salvador, de alguien que ha demostrado que está lleno de Dios por su poder de sanación corporal y espiritual. Esta mujer estaba siendo iluminada por el Espíritu Santo para ver aquello que no se había revelado a los que no aspiran a la sabiduría de Dios y se contentan con la sabiduría que los hombres utilizan para dar una falsa solución a problemas materiales o sociales.

    ¿No nos está poniendo ante los ojos este pasaje del evangelista de la misericordia, San Lucas, que el verdadero arrepentimiento no se contenta con decir los pecados al confesor, sino que conlleva lavar, secar, ungir al Señor o al prójimo en reparación del mal cometido? La mujer lavó los pies con lágrimas, los besó, los secó con sus propios cabellos y se los ungió con perfume. El Señor solo le reprochó al fariseo algo mucho menos costoso: disponer un recipiente con agua para lavarse él mismo los pies, besarle en la cara y ungir la cabeza. Todo eso quiere decir que al Señor le agrada cualquier pequeño gesto de amor, aunque no alcancemos a ser tan humildes como esa mujer, pero lo podemos aplicar de mil maneras: la confesión, la visita al Señor en el Santísimo, la ayuda al prójimo, etc.

  • 5 Jun

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos:

    Hemos comenzado la eucaristía, como cada domingo, con el bello canto del introito, mientras la procesión de escolanes, monjes y sacerdotes se dirigía hacia el altar. Ese momento de nuestra celebración –la procesión y la veneración del altar– está lleno de significado. San Ambrosio gustaba recordar a los cristianos de su tiempo altare Christus est: el altar es símbolo de Cristo, de su presencia en medio de sus discípulos. La procesión de los que cantan al Señor, en nombre de toda la asamblea, en dirección al altar, simboliza la Iglesia que peregrina en la historia hacia Cristo; simboliza también lo que ha de ser nuestra propia existencia: caminar hacia Jesús; Él es el centro, Él es la meta, Él es la luz que da sentido y que nos permite avanzar con esperanza, en medio de nuestras vicisitudes personales, a veces tan difíciles, complejas e incluso dolorosas. Así lo contemplamos en el mosaico de la cúpula, donde el Resucitado, en majestad, sostiene un libro en el que se lee: Ego sum lux mundi –Yo soy la luz del mundo, yo soy vuestra luz. Como veis, en la liturgia todo habla, todo tiene un sentido: el canto, los gestos, el altar, la cruz… Ojalá que nunca dejemos de caminar hacia Jesús, que no nos alejemos nunca de su luz.

    En este domingo Cristo, que se revela como el Camino y la Verdad, se nos manifiesta también como la Vida. Él con sus discípulos y un numeroso grupo de seguidores –nos cuenta san Lucas en el evangelio– se acercaba a una aldea de Galilea llamada Naín, a unos 10 kms. de Nazaret. La escena con la que se encontraron resultaba verdaderamente conmovedora: una madre asistía al entierro de su único hijo y, además, era viuda. La situación de aquella mujer era digna de lástima y mucha gente del pueblo la acompañaba en aquella hora tan amarga.

    Jesús al ver a la mujer se conmovió. Notemos aquí dos cosas: la primera es que Lucas nos muestra a un Jesús sensible y atento a un grupo social desvalorizado en aquel tiempo, como era el de las mujeres. Al preocuparse por aquella viuda, muestra que está cerca de los pequeños, que su predilección son aquellos que no cuentan, quienes no tienen el poder de las grandes decisiones. En segundo lugar, hay algo que pudo tocar el Corazón de Cristo: tal vez pensó en su propia madre, en María, que era viuda y que pronto iba a ver morir trágicamente a su único hijo (cf. M. Iglesias).

    Sea lo que fuere, el paso de Jesús por la aldea de Naín iba a cambiar radicalmente esa escena de dolor. Porque Jesús vio la escena, vio a aquella mujer que posiblemente se quedaba sola en la vida, y no sólo vio sino que además sintió compasión. De su corazón, lleno de bondad y de entrañas de misericordia, nace un milagro que nadie le pide en realidad. Al verla el Señor –dice el evangelio– se compadeció de ella y le dijo: no llores (Lc 7,13). Es muy bello, hermanos, contemplar a Jesús conmovido por las lágrimas de una madre que sufre. Diría que este detalle nos permite “tocar” el Corazón de Cristo, entrar en él. Se nos revela aquí un Dios que no es indiferente ante el sufrimiento humano; que se conmueve ante nuestras penas y nuestras lágrimas. Por eso, acude a Jesús, desahoga con Él tu corazón, cuéntale tus preocupaciones, tus angustias, tus miedos; hazlo cada día y tu alma se llenará de paz, y sentirás también la necesidad de enjugar las lágrimas de otros hermanos que sufren cerca de ti.

    Las palabras del Señor ante el cuerpo sin vida de aquel joven todavía nos estremecen: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate! Todos quedaron sobrecogidos, porque el muerto se levantó y Jesús se lo entregó a su madre con vida. Y la tristeza de aquella mujer se tornó en alegría por el gesto del Señor. A nosotros también Jesús nos dice hoy: «Levántate de tu postración y acércate a mí que soy la luz y la Vida». Es decir, el Señor nos invita a alzarnos de nuestras bajezas, de nuestros pecados y egoísmos, que son alejamiento de Él y de los hermanos, que son muerte y causa de tristeza.

    ¡Cristo es la Vida! (cf. Jn 14,6). Así se nos revela en este domingo. Nos ofrece vivir en una comunión íntima con Él, como los sarmientos que se alimentan de la savia de la vid y se secan separados de ella. Seguir a Cristo, ser sus discípulos, sólo es posible si sacamos de Cristo mismo la energía y la vida.

    Creo que la liturgia de este día tiene dos enseñanzas preciosas para nosotros: Jesucristo es vida para el alma. Si sabemos injertar nuestra vida en la suya podremos sentirle siempre a nuestro lado, incluso en la hora de la prueba o de la tribulación. Ahora bien, su vida nos la comunica a través de la eucaristía y de la confesión, nos la comunica cuando rezamos y cuando ayudamos a los demás. La segunda enseñanza es que Jesucristo tiene entrañas de compasión, se conmueve ante el dolor de los hombres. Si sientes que el peso de las pruebas te desborda, invócale con las palabras del salmista: «en mi angustia te busco, Señor mío» (Sal 76,3), «acuérdate de mí con misericordia por tu bondad» (Sal 24). Pero además abre tus ojos, mira a tu alrededor y busca a quién puedes hacer el bien, quién necesita tu ayuda: la compasión de Cristo nos interpela y nos ha de mover a ser compasivos, a curar las heridas de nuestros hermanos. Sólo en la medida en que consolamos a los demás hallamos también nosotros el consuelo.

    A la Virgen María, le rogamos hoy que nos guíe por el camino de la confianza en Dios, que nos introduzca en esa comunión de vida con Jesús que nos contagia su manera de ser y de pensar, y le pedimos también que nos ayude a pensar lo que es recto y a cumplirlo con la ayuda de la gracia. Que así sea.

  • 29 May

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi) que hoy celebramos tiene sus orígenes principalmente en la segunda mitad del siglo XIII en la diócesis de Lieja (Bélgica), en torno a la abadía de Cornillón, donde la superiora, Santa Juliana, impulsó la devoción eucarística mediante la exposición y bendición del Santísimo y la procesión eucarística de hoy, así como con el uso de las campanillas durante la elevación en la consagración en la Misa. A partir de ahí se difundieron estos elementos del culto y la Iglesia los instituyó de forma regular en la Liturgia.

    Ciertamente, este sacramento merece nuestro máximo honor y amor. El Concilio Vaticano II ha definido la Eucaristía como “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (Lumen gentium, 11), porque ella “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo” (Presbyterorum ordinis, 5). Por eso ya decía San Ireneo de Lyon en el siglo II que es el compendio y la suma de nuestra fe.

    Como todos los sacramentos, la Eucaristía ha sido instituida por Jesucristo. Fue anunciada y prefigurada en el Antiguo Testamento por el sacrificio de Isaac, el maná con que el Señor alimentó a los israelitas en el desierto, los diversos sacrificios de la Ley de Moisés, el cordero pascual y especialmente el sacrificio de Melquisedec, según hemos escuchado en la primera lectura (Gén 14,18-20; Hb 6,20-7,19). Todo esto lo recuerda Santo Tomás de Aquino en su bella y devota secuencia Lauda Sion, de la cual cantaremos una parte en el momento de la exposición dentro de la procesión final. En concreto, el sacrificio de Melquisedec es figura clara que profetiza a Cristo como Rey y Sumo Sacerdote ofreciendo el supremo Sacrificio de sí mismo al Padre: Melquisedec, rey y sacerdote de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, ofreció pan y vino y bendijo a Abraham; y Jesucristo es Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec, como se ha cantado en el salmo (Sal 109,4).

    En los Evangelios se encuentran anticipos y anuncios de la Eucaristía, como las multiplicaciones de los panes y los peces (así, la que nos ha relatado hoy San Lucas; Lc 9,11-17) y el discurso o sermón del Pan de vida que recoge San Juan (Jn 6,25-59). Pero el momento en el que Nuestro Señor Jesucristo instituyó la Eucaristía fue la Última Cena en el Cenáculo con sus Apóstoles, según lo narran los tres evangelios sinópticos (Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22, 19-20) y San Pablo, por tradición transmitida a él, en la primera Carta a los Corintios que hemos escuchado (1Cor 11,23-26).

    La Iglesia Católica ha afirmado siempre la presencia real de Cristo en la Eucaristía. En este Santísimo Sacramento se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y, por lo tanto, Cristo entero. Las afirmaciones de la Sagrada Escritura son muy claras: en la institución, Jesucristo dice explícitamente y no de manera metafórica: “esto es mi Cuerpo”, “éste es el cáliz de mi Sangre”. En el discurso del Pan de vida (Jn 6) dice: “Yo soy el Pan de la vida”, “el Pan que Yo daré es mi Carne”, “quien come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna […]; pues mi Carne es verdadero alimento y mi Sangre es verdadera bebida”. También San Pablo afirma: “El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es acaso comunión con la Carne de Cristo?” (1Cor 10, 16).

    Por tanto, en cada una de las especies consagradas está realmente Cristo entero. De ahí que la comunión bajo una sola de las dos especies sea verdaderamente comunión completa. Y por lo mismo, en la más mínima partícula del pan consagrado está Cristo entero, por lo cual todas las partículas deben ser recogidas y consumidas por el sacerdote o el diácono con la máxima reverencia y adoración; algunos Padres de la Iglesia las comparaban al “polvo de oro” que con tanta delicadeza recogen los orfebres. De ahí que los sacerdotes deban purificar con el mayor respeto, cuidado y amor la patena y el cáliz. Y de ahí una de las causas por las que, aunque la Iglesia permite la comunión en la mano, es más conveniente, según la sabia experiencia de siglos, la comunión en la boca y el uso de la bandeja, para evitar que las partículas, en las que está Cristo realmente presente, acaben en el suelo, en la ropa o en el pelo.

    En fin, al comulgar en las debidas condiciones, tengamos presente lo que dice San Agustín poniendo en boca de Jesús las siguientes palabras dirigidas al cristiano: «me comerás, sin que por eso me transforme en ti, como si fuese el alimento de tu carne, sino que tú te transformarás en mí» (Confesiones, lib. VII, cap. 16). Y es que, por la sagrada Comunión, Cristo nos une tan íntimamente a sí que llega a transformarnos en Él, haciendo al hombre partícipe de la vida divina.

    Meditemos todo esto con María, que concibió y llevó en su seno el Cuerpo del Redentor.

  • 15 May

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La solemnidad de Pentecostés, conocida a veces antiguamente como “Pascua del Espíritu Santo”, nos lleva a recordar y celebrar de un modo especial lo que sucedió a los cincuenta días de la Resurrección de Jesucristo, según hemos escuchado en la lectura de los Hechos de los apóstoles (Hch 2,1-11): el momento en que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, infundiéndoles luz y fuerza para anunciar al mundo entero sus enseñanzas y su salvación. En ese momento, la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, estaba con ellos.

    Jesús se lo había prometido a los apóstoles en el discurso de despedida antes de sufrir la Pasión: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. […] Mora en vosotros y está en vosotros” (Jn 14,16-17). “El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14,26). Él haría posible que los apóstoles dieran testimonio de Cristo (Jn 15,26-27).

    Por lo tanto, el Espíritu Santo acompaña, sostiene y alienta a la Iglesia en su caminar en el tiempo que va de la Ascensión de Jesucristo a los cielos hasta la Parusía, su segunda venida gloriosa al final de los tiempos. El Espíritu Santo es quien vivifica y santifica la Iglesia como enviado del Padre y del Hijo (cf. Jn 15,26). Por eso, como ha expuesto San Pablo en la primera carta a los Corintios, Él suscita la diversidad de dones, servicios, funciones y carismas para el bien común de la Iglesia (1Cor 12,3b-7.12-13). En la aparición recogida en el Evangelio de hoy (Jn 20,19-23), Jesús concedió ya el Espíritu Santo a los Apóstoles, pero no lo recibirían en plenitud hasta el día de Pentecostés.

    Según profesaremos al rezar el Credo, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Como sabemos, es la tercera persona de la Santísima Trinidad; es el Amor que une al Padre y al Hijo; es el Don, el regalo que ellos nos hacen, que nos dan, para que nos llene de vida y de santidad. Es el Fuego que enciende nuestras almas en el amor de Dios para conducirnos hasta el Cielo. Es el Paráclito, el Abogado, el Defensor que Jesús nos ha prometido al volver Él junto al Padre. Por eso el Espíritu Santo recibe todos esos nombres, como se reconoce en los bellísimos himnos a Él dedicados y en la secuencia que se ha cantado antes del aleluya.

    Lamentablemente, nuestra devoción al Espíritu Santo suele ser muy tenue, muy escasa, y en ocasiones incluso nula. Parece que nos resulta la persona más desconocida de la Santísima Trinidad, la más lejana, la más abstracta. Y sin embargo, Él es quien hace posible, no sólo la vida y la santidad de la Iglesia, sino la propia vida espiritual y la santificación de cada creyente. Como nos enseña San Pablo en la carta a los Romanos, por el Espíritu Santo recibimos la adopción filial de Dios, somos hechos hijos adoptivos de Dios en su Hijo unigénito, que es Jesucristo (Rm 8,14-17).

    El Espíritu Santo, según hemos dicho recordando las palabras de Jesús, mora en nosotros y está en nosotros (cf. Jn 14,17). ¿Cuándo sucede esto? Cuando nos encontramos limpios de pecado mortal (pues existe un pecado de muerte, como nos recuerda la primera carta de San Juan: cf. 1Jn 5,16-17); cuando nos hallamos en estado de gracia, el Espíritu Santo habita en nuestra alma. Y no sólo Él, sino que Él hace posible que habite en nuestra alma la Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo y el mismo Espíritu Santo. Jesús lo anunció también a los apóstoles: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23).

    Ésta es la inhabitación trinitaria en el alma, que es fuente inmensa de vida espiritual para el cristiano consciente de tal maravilla, pues de ella extrae una riquísima vida interior de unión con Dios, como la vivieron en su comunidad contemplativa la Beata carmelita Isabel de la Trinidad y en su vida seglar la oblata benedictina Ítala Mela. Y por eso, como se ha cantado en la secuencia antes del aleluya, llamamos al Espíritu Santo “dulce huésped del alma”. Él nos concede sus siete dones para que seamos dóciles a sus inspiraciones, elevarnos hasta Dios y asemejarnos a Él: son los dones de sabiduría, de inteligencia o entendimiento, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad y de temor de Dios. Y también nos concede sus doce frutos para la vida espiritual.

    En fin, puesto que el Espíritu Santo alienta la vida de la Iglesia, pidámosle por la Iglesia, encomendemos al Papa, a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a todos los fieles. Con frecuencia nos resulta más fácil criticar la Iglesia y criticar a otros. Pero, ¿rezamos por estas intenciones? ¿Rezamos por los que detentan responsabilidades, para que no se equivoquen en su gestión? Nuestras críticas forman parte de eso que el Papa llama con razón “la lengua que mata”. A veces justificamos nuestras críticas diciendo que son “constructivas”, pero en realidad son sólo destructivas y, si además caen en la difamación y en la calumnia, podemos estar al borde de incurrir en pecado mortal, si no es que caemos de lleno. En vez de tanto criticar, oremos, pues la murmuración deja en un estado de amargura, mientras que en la oración siempre encontramos paz.

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