• 12may

    P. D. Anselmo Álvarez

  • "El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse" (1ª Lect.). Esta ha sido la fe de la Iglesia desde el primer día. Los cristianos de todos los tiempos han vivido en la fe de la resurrección y de la ascensión y en la expectativa del retorno de Cristo, tal como está formulado en las Escrituras. Esta fe ha constituido el núcleo central de la existencia espiritual, y también humana, de las sucesivas generaciones mientras el cristianismo se ha mantenido vivo. Hasta que se ha producido la inversión que conocemos. Hoy son mayoría los que piensan que el tiempo cristiano ha pasado y con él todo lo que ha representado la figura de Cristo y cuanto le ha tenido como centro de referencia. Por eso, las palabras del ángel a los testigos de la ascensión tienen para nosotros un acento muy especial, porque nos ponen ante una historia que no ha terminado.

    También, respecto a Jesús, la mayoría de su pueblo creyó, cuando le contempló muerto en la cruz y vio su sepulcro sellado, que aquel profeta se había eclipsado y con Él el movimiento que había surgido en su entorno. Sin embargo, algunas horas después de esos acontecimientos todo había cambiado. La muerte –libremente aceptada- y el sepulcro quedaron atrás; la pretensión humana de poner fin a su presencia en el mundo fue respondida por su reasunción plena de la vida y por la extensión de su Nombre y de su Evangelio entre todos los pueblos. El hecho más determinante de la historia ha sido esa presencia humana de Dios en nuestra tierra y el despliegue en el tiempo de su acción entre los hombres para devolverles a la realidad de su destino. Algo que nadie ni nada ha podido impedir y que todos colaboran a mantener vivo, tanto cuando acogen o combaten su memoria, o cuando intentan construir la historia del revés, dirigiéndola en la dirección opuesta al curso natural que Dios le ha señalado.

    De hecho, todo en su vida se opuso a Él, pero Él se sobrepuso a todo: al rechazo, a la condena, a la muerte: Él es "el que estuvo muerto y volvió a la vida" (Ap. 1, 8). Así volverá a ocurrir, a pesar de que nos encontramos en una fase muy avanzada de la demolición del reinado de Cristo y de la abolición de todo lo que lleva su Nombre, su huella y su memoria. Una exclusión que alcanzará también a los que le permanezcan fieles, e igualmente a toda realidad que refleja la presencia del Creador en el mundo que, porque ese mundo sigue hablando de Él, mostrando una sabiduría, una belleza y un amor que los adversarios de Cristo y de Dios no pueden soportar.

    Pero todo eso es transitorio y, de alguna manera, aparente, efecto de la furia del príncipe de este mundo, que ya se sabe juzgado (Jn 16, 11). Lo cierto es que la existencia de Cristo entre nosotros concluyó con el episodio triunfal de la ascensión: su elevación a lo más alto de los cielos, donde se sienta a la derecha del Padre, de quien recibe la gloria y el poder sobre todo lo creado. Esa ascensión es el símbolo del acontecimiento central que se desarrolla gradualmente en la historia, oculto a los ojos humanos pero patente a la visión de la fe.

    De hecho, todo camina en una dirección irreversible, hacia una meta necesaria y preestablecida, que la palabra de Dios describe como la "recapitulación en Cristo de todas las cosas" (Ef 1, 10). ¿Qué significa esto? Significa que Cristo ha de llegar a ser el fundamento, la piedra angular de toda realidad; que todo está destinado a confluir hacia Él, de manera que Él sea el coronamiento de toda realidad en el cielo y en la tierra, a fin de que todo sea consumado, ultimado y perfeccionado en Él y por Él.

    En Él está el origen, el centro y el destino de toda la creación y de toda la humanidad. Él es el eje sobre el que convergen todas las líneas vitales que recorren el universo y la historia. Como escribió un monje medieval (San Bonifacio): "la relación que todas las cosas tienen con Cristo" constituye el saber máximo que nos interesa. La Escritura afirma que "todo fue creado por Él y para Él, y que todo se mantiene en Él" Col 1, 18); que Él es "el alfa y la omega, el principio y el fin" (Ap 21, 6), al que se le ha "entregado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28, 168) a fin de que todo vuelva a reintegrarse en su origen. Es la condición para que "Cristo sea todo en todos" (Col 3, 1) y para que la humanidad recupere la autenticidad de sí misma según el designio de Dios.

    De hecho, todo se dirige indefectiblemente hacia Cristo cuando parece que todo camina en la dirección contraria. Como ya sucedió en el tiempo de su vida, Cristo entra definitivamente en la historia precisamente cuando se da por hecho que ha sido expulsado de ella. Y no sólo porque ‘este es el plan de Dios trazado desde antiguo’, sino porque en Él, en Cristo, se cumplen todas las aspiraciones del hombre.

    Cristo es la reserva de la humanidad: toda esperanza y toda promesa, toda expectativa y plenitud, están contenidas en Él. En Él está todo lo que los hombres buscan pero que no encuentran porque lo buscan fuera de Él, en quien está la ‘plenitud de quien lo acaba y lo llena todo en todos’ (cf Ef 1, 23), Aquel "por quien y para quien ha sido hecho todo" (…) y en el que todo se encuentra a nuestra disposición, en espera de que los hombres le reconozcamos como nuestra Cabeza.

    Él es la reserva de la humanidad porque es la fuente de la energía vital que la recorre, el surtidor de Vida y de Verdad que en ella "salta hasta la vida eterna". La humanidad nació de sus manos. En ellas se sigue creando y renovando. Él es su dinamismo interior, en el que se alimentan todas las energías humanas, aunque el hombre crea que brotan de su propia vitalidad. Es en Él donde nosotros "vivimos, nos movemos, y existimos" (Hch 17, 27), como San Pablo trató de explicar a los atenienses en los comienzos de la evangelización cristiana. A Él está encomendada la reinstauración del hombre, de la tierra y de los cielos nuevos, que Cristo está ya formando sobre las ruinas de lo que nosotros hemos devastado.

    Ante este Jesús que asciende a los cielos pero que desde allí prepara su retorno, nosotros repetimos las palabras del salmo 67: "alfombrad el camino del que avanza por el desierto", del que es la ‘estrella luciente de la mañana’, cuya luz volverá a iluminar los caminos de nuestro mundo.

  • 05may

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos en Cristo Jesús: las lecturas proclamadas nos llevan de la mano a alabar a Dios, porque la promesa de los profetas en cuanto a su venida se ha cumplido en Jesús, hecho hombre para nuestra salvación. No nos ha defraudado, no es una promesa electoral para embaucar a los votantes con falsas esperanzas de solucionar los problemas y colmar las expectativas de bienestar sin esfuerzo y en poco tiempo. Las promesas de Dios se han cumplido en Jesús hasta el punto de que no sólo ha sido el Dios-con-nosotros, el Dios que no iba a permitir que su pueblo pasara calamidades materiales. Se nos prometía la custodia permanente de Dios de nuestros bienes indispensables y de la paz frente a agresiones de los enemigos nacionales: su alianza como bendición y reflejo de la presencia constante de Dios en su templo santo. Sólo unos pocos del pueblo de Israel vislumbraron la vertiente espiritual de la bendición prometida por Dios y la vivieron en el deseo esperanzado que les hacía adelantarla en su interior.

    La vida nueva que Jesús nos ha proporcionado con su muerte y resurrección, por la que nos comunica su propia vida, está por descubrir para muchos de nosotros, asiduos a estas celebraciones sacramentales. Dios nos llama a vivir en plena comunión de amor con Él y eso nos parece demasiado, porque tenemos que renunciar a nuestras pequeñas satisfacciones, placeres y egoísmo de alcanzar la felicidad por nuestros caminos distintos de los mandamientos y porque preferimos el dominio de los demás al suave yugo del dominio del Corazón de Cristo sobre nosotros.

    La primera lectura nos muestra cómo actúa el Espíritu, a pesar de nuestros intentos de optar por la ley meramente externa que se aplica a los demás para dominarles, en lugar de la ley del Espíritu, que compromete a la persona y sin embargo se atiene a lo esencial: el amor que viene de Dios y lleva a Él. ¿Cómo es la Jerusalén que baja del cielo según la segunda lectura? Si es simbólica, si es una bella idealización que se cumple desde la redención de Cristo, la Palabra de Dios se vacía de contenido y de sentido. Pero si es espiritual, ello no quita para que sea real, para que el Reino de Dios pase de estar oculto en los corazones a manifiesto en la sociedad. Aunque no conozcamos en qué consistirán los nuevos cielos y tierra, en esta revelación definitiva del Apocalipsis en la que el centro lo ocupa el Cordero, cuya gloria ilumina la ciudad, sabemos que el lugar de la confusión que reina hoy en nuestro mundo lo ocuparán el conocimiento de Dios y los carismas del Espíritu, que nos hacen apetecer tanto la segunda venida del Señor.

    En el Evangelio convergen todas nuestras esperanzas, pues las promesas de una vida plenamente unida a Dios son también para hacerlas presentes a partir del sacrificio redentor de Cristo en la cruz. A partir de su muerte y resurrección y del envío del Espíritu Santo, todo el que está en gracia es morada de la santísima Trinidad, de una comunión de amor sin interrupción. Y si es triste que tan pocos cristianos vivamos este gran misterio, la puerta de la esperanza desde entonces está abierta para nosotros. Esta Eucaristía nos puede abrir los ojos de la fe, como a los discípulos de Emaús al partir el pan y abrirnos horizontes insospechados.

    Por ultimo, en este año de la fe, la Conferencia Episcopal recientemente ha difundido un mensaje titulado “Firmes y valientes testigos de la fe”, con motivo de la beatificación de unos 500 nuevos mártires víctimas de la persecución religiosa durante la II República, que se unen a los ya más de mil beatificados y a los once canonizados. Entre ellos habrá un nutrido grupo de benedictinos y un número todavía indeterminado de caídos, que se unirán a los 15 beatos enterrados en esta basílica. Nos dice el Concilio de Trento: “Los fieles han de venerar también los santos cuerpos de los mártires y los de los otros santos que viven con Cristo, pues fueron miembros vivos de Cristo y templos del Espíritu Santo”. Pidamos muy especialmente a Ntra. Sra. del Valle que interceda ante su Hijo tanto para que este lugar, del que es patrona, sea fermento de la vida cristiana del Pueblo de Dios, de apostolado litúrgico y un remanso de paz, de reconciliación, como para que conceda el descanso eterno y acoja en el cielo sin excepción a todos los enterrados en este inmenso relicario que es esta basílica. Que así sea.

  • 01may

    P. Santiago Cantera

  • Rvdmo. Sr. Obispillo, Ilmos. Sr. Vicario y Sr. Secretario; queridos P. Abad, Comunidad benedictina y hermanos todos en Cristo Jesús:

    De nuevo celebramos la Fiesta del Obispillo en nuestra Escolanía, trasladada hace ya muchos años al 1 de mayo, Fiesta de San José Obrero. Ésta fue instituida por el Papa Pío XII con el fin de realzar el sentido cristiano del trabajo y de proponer al santo Carpintero como modelo para los trabajadores del mundo entero. Hoy debemos tener muy presentes a todos los que sufren el drama del paro, que en España supera ya con creces los seis millones de personas y ofrece además el terrible dato de que casi dos millones de familias tienen a todos sus miembros desempleados. Es urgente esforzarse por la justicia social y al mismo tiempo volcarse en obras de caridad, tal como está llevando a cabo la Iglesia Católica a través sobre todo de Caritas.

    A esta gigantesca crisis económica que se vive a nivel mundial, pero que se acentúa en Europa y más todavía en países como España, se ha llegado como consecuencia de una crisis moral mucho más profunda. Ya el Papa Pío XI advirtió con relación a la gran crisis de 1929 que la avaricia y la codicia se encontraban en su raíz, como también lo señaló Benedicto XVI para la crisis actual. La especulación financiera de la gran banca, sumada al despilfarro y a la corrupción política, han conducido a lo que hoy sufrimos. Pero también todos nosotros, de un modo o de otro, hemos asumido el materialismo imperante y hemos pretendido durante mucho tiempo vivir por encima de las posibilidades reales, hasta que todo ha reventado, porque estábamos viviendo una fantasía.

    Esa crisis moral, manifestada en el terreno económico-laboral en la codicia y el materialismo, afecta a todas las facetas de la vida del Occidente. La destrucción de la familia, el menosprecio de la vida humana llegando hasta la eliminación del no nacido y la manipulación de embriones, y el abandono de la práctica y de la fe religiosa, entre otros elementos, son signos patentes de una profunda crisis de valores. Vosotros mismos, queridos padres, lo comprobáis día a día en vuestros lugares de residencia, al observar cómo cada día se degrada más el ambiente juvenil e incluso desciende progresivamente hasta el infantil. Sois vosotros los que nos comentáis que, cada vez en más poblaciones, niños de 12, de 11 y hasta de 10 años se inician en el tabaco, el alcohol y el botellón e incluso en las drogas. Por eso muchos nos decís que os sentís tranquilos al estar vuestros hijos en la Escolanía.

    Y es verdad: la Escolanía tiene que ser una escuela del ser humano que lo preserve de peligros que lo pueden destruir, tanto en su infancia como de cara a toda su vida. Tiene que ser una escuela del ser humano que lo comprenda en su realidad más auténtica e íntima: aquella que lo reconoce como hijo de Dios. Por eso la vida de vuestros hijos aquí discurre bajo la acción de la gracia divina, de la vida de amor de la Santísima Trinidad que se les comunica a través de los Sacramentos. Pocos colegios habrá hoy en España donde los alumnos tengan el privilegio (pues es un verdadero privilegio) de asistir diariamente a la Santa Misa, comulgar en ella y confesarse con la frecuencia con que aquí lo hacen. Y es posible además comprobar en la sonrisa y la expresión de estos niños que son felices y cómo saben jugar, incluso con mayor inocencia y un mayor desarrollo de la imaginación que los niños de fuera. Buena muestra de esa felicidad es observar cómo los escolanos que han terminado siguen viniendo con entusiasmo y cariño casi semana tras semana, algo que he querido facilitar e impulsar desde el año pasado para mantener el vínculo a una edad como la adolescencia, que es clave en el desarrollo de su personalidad, mientras no logremos alcanzar otro proyecto deseable. Personalmente siento la responsabilidad moral de seguir procurando el bien de unos chicos que han estado bajo mi custodia y han permanecido hasta el final completando aquí una parte muy importante de su formación. Por eso, los que acaban este año deben saber también que la Escolanía seguirá siendo siempre su casa y estará abierta a ellos.

    Pero es fundamental que los padres os comprometáis a ser los primeros en no romper esta dimensión espiritual tan esencial al ser humano. Es necesario que vosotros mismos vayáis con ellos a Misa los domingos cuando se encuentran en vuestras casas. Es necesario que estéis atentos a conocer las amistades que les rodean en vuestras poblaciones. Y es necesario que tengáis bajo vuestro conocimiento y control el uso que hagan de la televisión, del móvil y del internet. Poco podremos hacer nosotros si fuera de aquí se convierten en consumidores de telebasura y si se les permite un uso abusivo e inadecuado de ciertos medios. Lo malo que aprendan fuera, lo pueden traer aquí.

    La Escolanía del Valle de los Caídos es ante todo de Dios y para Dios. Vuestros hijos son fundamentalmente los niños cantores de Dios, cumpliendo una misión de ángeles en la tierra. Son los niños cantores de Cristo y de María, y por eso el acto más importante de este curso ha sido el realizado el pasado 8 de abril en el Cerro de los Ángeles, cuando todos consagramos nuestras personas y la Escolanía como institución a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Ésta es la mayor protección del Cielo que la Escolanía ha podido alcanzar, al quedar inscrita ella y el nombre de cada uno de vuestros hijos en el seno del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María. Fue precioso hacerlo en aquel santuario del Cerro de los Ángeles, donde una Comunidad de Monjas Carmelitas reza y se entrega diariamente por la reparación de las ofensas de los pecadores, por la salvación de España y por el Reinado de Cristo, según la promesa de Nuestro Señor a Santa Maravillas de Jesús.

    Queridos niños de la Escolanía: aquello que dijo uno de vosotros en televisión hace unos años sigue siendo cierto: “nosotros cantamos para Dios, no para los hombres”. O en todo caso, cantáis también para elevar los corazones de los hombres hasta Dios. Vuestra labor aquí es importantísima y sabemos de muchas personas que se han convertido al oíros cantar en la Santa Misa. Incluso cuando algunos días estamos en la Basílica sólo los monjes y los escolanos, vuestras voces hacen que desde este lugar metido bajo la tierra en la sierra que cruza el centro de España suba un canto de amor y de alabanza hasta Dios. A Dios le agrada vuestro canto y os bendice por ello. Es más importante eso que aspirar a hacerse rico y famoso el día de mañana. Felicidades a todos vosotros, por tanto, en este día del Obispillo.

  • 28abr

    P. Juan Pablo Rubio

  • Hemos iniciado esta celebración, queridos hermanos, con palabras tomadas del salmo 97: "Cantad al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas". ¿De qué cántico se habla aquí? ¿dónde radica la novedad de ese canto al cual se nos invita? Mirad, el "cántico nuevo", en realidad, sois cada uno de vosotros, que por el bautismo habéis vuelto a nacer gracias a la Resurrección de Jesucristo. La novedad de vuestro canto consiste en la santidad de vuestra vida. Somos un cántico nuevo cuando vivimos santamente (cf. san Agustín), somos un cántico nuevo cuando damos testimonio real del amor de Cristo. Este es el corazón de la liturgia de este día: ser un cántico nuevo que actualice el mandamiento siempre nuevo del amor de Jesús. Lo hemos escuchado en el evangelio: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado".

    Este domingo, por tanto, en el marco de la celebración gozosa de la Pascua, viene a ser una llamada a restaurar el signo distintivo de nuestra vida cristiana, es una invitación a "hacerse disponible para amar", a reaccionar amando en toda circunstancia por difícil que sea. Dios ha tomado la iniciativa amándonos a cada uno con amor irrepetible. Nuestra misión consiste en desplegar todo nuestro ser como impronta de Dios-Amor, consiste en comprometerse cada vez más a pensar como Cristo (fe), a valorar las cosas como Cristo (esperanza) y a reaccionar amando como Cristo (caridad).

    "Hacerse disponible para amar" suena bien, pero no es fácil; significa tomar una postura de irse configurando día tras día con Jesús para tener su misma "fisonomía" y su misma "voz". Es un proceso que pasa por varias etapas: abrir los ojos a los planes de Dios-amor, sentir la llamada acuciante de cambio, palpar la propia pobreza, enrolarse en el caminar de la Iglesia, descubrir al Señor escondido en las circunstancias concretas y ordinarias y entablar una amistad profunda con Él para correr su misma suerte.

    Es verdad, muchas veces nos pesa –diría que hasta nos vence– nuestro pasado. Hemos de reconocer que no hemos amado bastante a Dios y a los hermanos, y debemos sentir una profunda pena por ello. Ante Cristo crucificado, que tantas veces ha sido un "adorno" para mí, debo preguntarme: ¿qué he hecho yo por Él? ¿qué hago yo por Jesús? ¿qué debo hacer? (san Ignacio). Esta realidad, lejos de desalentarnos, nos debe estimular a dar un "sí" hondo y auténtico. ¡Urge un cambio para amar! Juan Pablo II repetía que "no somos la suma de nuestras debilidades y fracasos, sino [la suma] del Amor de Dios y de nuestra capacidad de comenzar siempre de nuevo". Dios sabe muy bien que puede brotar una gran generosidad incluso allí donde hay debilidad y pecado.

    El mandamiento nuevo del amor nos urge porque formamos un solo cuerpo, una comunión, una fraternidad, ascendemos juntos hacia la cumbre, "encordados" unos con otros; es decir, mis actos y omisiones repercuten en toda la Iglesia, en toda la humanidad y la creación. Nuestra fecundidad apostólica está también en relación directa con esta fidelidad de amor.

    Por otra parte, en la fuerza y la belleza del amor radica la verdadera esperanza. Y es esta esperanza la que debemos irradiar. Pablo y Bernabé recorrían incansables las comunidades cristianas animando a todos y exhortándoles a perseverar en la fe (1ª lectura). Qué importante es que nos iniciemos en esa ascética de alentar, aconsejar y animar a nuestro alrededor (J. Esquerda). El desaliento nace del ver la realidad a medias. Hemos de llegar a ser personas positivas que sepan construir sin destruir a otros. Alentar nace de un convencimiento de que, en medio de cualquier problema, puedes caminar a la luz de la esperanza cristiana.

    Siempre es posible hacer lo mejor: reaccionar amando como Cristo. En las circunstancias más adversas, no tengo nada que perder, puesto que nada ni nadie me puede impedir hacer lo mejor, que es amar. Se trata de un amor siempre atento a las necesidades de los hermanos. Un amor ágil, rápido, que no conoce lentitudes; un amor tangible y real, que posee nombre y rostro; un amor que es alegre. Si no hay alegría en el servicio generoso, significa que no hay verdadero amor. Un amor que cuida los pequeños detalles. Santa Teresa de Lisieux lo pedía en una preciosa oración: "Dios mío, lo único que te pido es el Amor. No puedo hacer obras brillantes, pero mi vida se consumirá amándote. No tengo otro medio de probarte mi amor que no dejar escapar ningún pequeño sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra, aprovechar todas las pequeñas cosas y hacerlas por amor, pues el más pequeño gesto de puro amor te es de más valor que todas las obras juntas". Teresa había comprendido que "el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo".

    La novedad del anuncio del Señor, hermanos, está lejos del consumismo reinante que nos destruye y nos agota, en un afán desmedido de usar y tirar, de querer estrenar constantemente sensaciones. La novedad de Cristo se encuentra en el corazón que ama, del que brota sin cesar el manantial transparente, que vence el odio, la violencia y el resentimiento, porque no deja resquicio a la envidia, ni al orgullo, ni al amor propio, sino que en situaciones límite, busca el perdón, la ayuda fraterna, la compasión y la misericordia. Cuando practicamos el mandamiento nuevo del amor, se cumple y se experimenta la descripción del vidente del Apocalipsis, porque se enjugan las lágrimas, se acompaña el dolor, se potencia la capacidad de bondad, se alcanza la experiencia necesitada de saberse amado, se difunde la consolación del alma (A. de Buenafuente). El secreto de la novedad reside en el amor que nos tengamos.

    Que santa María, nos ayude a comprender que por nuestros gestos de amor, por pequeños que sean, hacemos presente a Cristo en el mundo; que ella nos enseñe a dar siempre fiel testimonio de aquel amor que Dios ha querido que sea el distintivo de los discípulos de Jesús.

  • 21abr

    P. D. Anselmo Álvarez

  • La del Buen Pastor es una de las imágenes con que el Evangelio ha querido representar la presencia y la acción de Dios entre los hombres. Una imagen literaria llena de calor y de fuerza que nos transmite uno de los rasgos con los que Dios desea ser reconocido en medio de ellos. Podemos recordar que hay otras figuras por las que en el Evangelio se representa la misma idea de la unidad bajo la que Dios quiere agrupar a los hombres en torno a Sí. Son las que conocemos, entre otros, con los nombres de familia, pueblo, nación santa, cuerpo, grey, reino o Iglesia. Cada una contiene un matiz de esa realidad única que es la comunidad de los hijos de Dios, convocados por el Padre común.

    La idea genérica es que Dios se encuentra en medio de los suyos, conviviendo con ellos, nutriendo su vida espiritual, fortaleciendo su cohesión y conduciéndoles hacia la patria futura. El sueño de Dios fue la formación de ese pueblo de hijos y de hermanos de Cristo, que incluso después del pecado original viviera a su sombra, reunido en torno a su amor y a su ley, siendo para ellos camino, verdad y vida durante su trayecto por la existencia. Él sería Padre y Rey, Pastor y Maestro, y sería también su alimento.

    No ha desistido de este sueño, y lo persigue con tanto mayor empeño cuanto más el hombre rehúsa participar en él. Dios sabe que fuera de esta opción, que es la máxima que Dios puede hacer al hombre, no hay otra para él. Por eso la reitera en cada momento, y espera que el número de los que viven en sintonía con ella o de los que la recuperan si se han distanciado, sea el máximo posible. De ahí que Dios nunca ha dejado de actuar como ese buen Pastor que proporciona a los suyos el mejor sustento, es decir, la abundancia de su casa y de su mesa, o que sigue el rastro de los que se alejan en busca de otros horizontes supuestamente más atractivos.

    El misterio pascual que estamos celebrando es el testimonio de la fidelidad de Dios al hombre: la fidelidad de quien da la vida por restituir el único redil a los extraviados y de sentarles de nuevo a su mesa, en la que les ha preparado un maná que posee todos los sabores, o mejor aun el cordero preparado por el padre del hijo pródigo, en el que se representaba el mismo Cordero sacrificado en la Cruz, repartido en la cena de la última noche, y resucitado en la mañana del Domingo de Pascua. Cristo, que nos nutre con el festín de su cuerpo y su sangre.

    Hoy sigue ejerciendo esta función de buen Pastor, saliendo de nuevo a las encrucijadas de todos los caminos, haciéndose presente en todos los rincones a través de sus siervos y profetas de nuestro tiempo, proclamando el año de gracia y convocando a todos a la penitencia y a la conversión porque el Reino de Dios está cerca. Una tarea a la que se asocia su Madre, María, mediadora celeste en la preparación de los cielos y la tierra nuevos, que acompaña a su Hijo a recoger el rebaño antes de que anochezca.

    Donde está presente el pecado interviene siempre la acción del Buen Pastor, que sale a los caminos en busca de los extraviados y que da la vida por sus ovejas, Aquel al que la Escritura llama “pastor y guardián de nuestras vidas”. El mismo que sigue llamando a otros pastores para que sean su palabra, la que continúe proclamando el Evangelio; para que sean sus obreros en la mies sembrada por Él, sus pies que recorren los caminos anunciando la paz, sus manos que consagran y reparten el pan de la gracia, del perdón y de la Vida, su corazón que, con el de Cristo, sigue dando vida al mundo.

    Manos débiles, como nosotros mismos, los llamados a este ministerio, tenemos a veces la experiencia amarga. Y manos escasas, porque muchas veces no hay respuesta a la llamada. Pero manos imprescindibles, porque ellos están llamados a que en ellos se cumplan las palabras proféticas que hemos oído a San Pablo aplicarse a sí mismo (1ª lect.): “Yo te haré luz de las naciones para que mi salvación se extienda hasta el extremo de la tierra” (Hch 13, 47).

    Precisamente hoy se celebra la Jornada mundial de Oración por las Vocaciones: al sacerdocio, a la vida religiosa, a los institutos seculares, a las misiones. La vocación es un asunto de todos, no sólo de los llamados. Porque esos hombres y mujeres son, de diversas maneras, los mediadores de la salvación y los instrumentos de la misericordia. Como lo son hoy también, en medida tan notable, los testigos de Cristo que, con su palabra, su vida y su oración, difunden el mensaje del Evangelio.

    No es sólo la Iglesia la que necesita esas manos y esas existencias consagradas. Es toda la comunidad cristiana y humana la que no puede prescindir del ministerio de gracia y de salvación que ejercen. Ellos son hombres y mujeres universales, como Cristo lo fue al servicio de su Padre y del mundo, cuando se ponen al servicio de la Iglesia, porque ella misma no vive para sí, sino para aquellos que le han sido confiados. Aquellos de quien Jesús dice en el Evangelio que hemos escuchado: “Yo les doy la vida eterna, de manera que no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano” (Jn 10, 28).

    Cuando oramos por estas vocaciones estamos dando cumplimiento a aquel mandato de Jesús: “la mies es mucha pero pocos los obreros. Orad al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 37). Obreros y vocaciones según el corazón de Dios, que nos guien por las sendas de este mundo con la luz de Cristo, de manera que todos los hombres lleguemos a ser un himno a la gloria de su gracia.

  • 14abr

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos en Cristo Jesús:

    La Resurrección de Jesucristo y el envío del Espíritu Santo transformaron a los Apóstoles y dieron vigor a la Iglesia incipiente, como observamos en las lecturas de hoy. En la primera, del libro de los Hechos (Hch 5,27b-32.40b), encontramos a San Pedro y a los demás Apóstoles llenos de fe y valentía ante la persecución, sin miedo a predicar a Cristo resucitado. Es más, el ultraje de los azotes les llena de alegría y de ánimo para seguir adelante. También nosotros debemos anunciar a Cristo resucitado, aun sabiendo que el mundo actual quisiera eliminar su nombre. No debe extrañarnos poder sufrir persecución, pues lo avisó Jesús: "Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros" (Jn 15,18). El propio San Pedro supo encontrar motivos de alegría en la persecución y así exhortó a afrontarla: "estad alegres en la medida que compartís los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocéis de alegría desbordante. Si os ultrajan por el nombre de Cristo, bienaventurados vosotros" (1Pe 4,13-14). En realidad, se trata de vivir la última bienaventuranza (Mt 5,11-12; Lc 6,22-23).

    A los Apóstoles les llenaba de paz, esperanza y alegría haber sido testigos de la Resurrección de Jesucristo y haber comprendido que era un hecho real, como se descube en la lectura del Evangelio (Jn 21,1-19). San Juan, ciertamente, lo reconoce y le dice a San Pedro: "Es el Señor". Ninguno se atrevía luego a preguntarle quién era, porque sabían bien que era Él y que no se trataba de un fantasma. La certeza de la verdad de la Resurrección aumentaba su esperanza en el triunfo absoluto de Jesucristo al final de los tiempos y en la vida eterna del Cielo, reflejada en la revelación del Apocalipsis que hemos leído también (Ap 5,11-14).

    Pero cabe incidir en la belleza y la profundidad espiritual del triple interrogatorio que Jesús hace a San Pedro en el texto del Evangelio de hoy. No sólo consolida el ministerio petrino, ya establecido en el capítulo 16 de San Mateo a raíz de la profesión de fe del Príncipe de los Apóstoles (Mt 16,16-19), sino que de este diálogo de amor podemos extraer importantes enseñanzas para nuestra vida interior. Si los cuatro evangelistas recogen las tres negaciones de Pedro en la Pasión y su previo anuncio por Jesucristo (Mt 26,33-35.69-75; Mc 14,29-31.66-72; Lc 22,31-34.54-62; Jn 13,36-38; 18,15-1825-27), sólo San Juan aporta este precioso pasaje del que hubo de ser testigo presente o al menos hallarse muy cercano, según se deduce del texto que sigue (Jn 21,15-23). Como dice San Agustín comentándolo, "la triple negación es compensada con la triple confesión, para que la lengua no fuese menos esclava del amor que del temor" (In Ioannis Evangelium Tractatus, CXXIII, 4).

    Puede suceder que, en algunos momentos de nuestra vida, también el Señor nos pregunte interiormente a cada uno: "¿Me amas?" Tal vez, muy seguros de nosotros mismos, hayamos creído hasta entonces que efectivamente amábamos a Dios, sin caer en la cuenta de que en realidad nos amábamos más a nosotros mismos que a Él. La primera pregunta de Jesús, a cada uno de nosotros como a Pedro, nos puede causar sorpresa y seguramente nos asalte en un momento de prueba interior y de tribulación. "¿Qué es esto que me dice el Señor? ¡Claro que le amo!", diremos nosotros. Y entonces le contestamos con relativa seguridad: "Sí, Señor, tú sabes que te amo".

    Pero la sorpresa se ve sucedida por la turbación, porque la prueba sigue y Jesús nos interroga por segunda vez: "¿Me amas?" Nos quedamos estupefactos: si ya le hemos dicho que sí, ¿por qué nos vuelve a preguntar? Todo nuestro interior comienza a tambalearse, empezamos a pensar que duda de nosotros, quizá porque realmente no le hemos amado de verdad como correspondía. Y, más aún, esto no queda aquí, sino que el Señor nos vuelve a decir una tercera vez: "¿Me amas?" Entonces ya sucumbimos del todo, nos adviene la tristeza porque parece que Él duda de nosotros y acabamos siendo conscientes, ahora sí, de que nuestro amor hacia Él ha sido y es realmente muy pobre, pero que así todo debemos dárselo y expresárselo: "Sí, Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo". Nuestra actitud ha de llegar a ser la del reconocimiento absoluto de su sabiduría, ante la cual no existe nada oculto; no podemos esconderle nuestra interioridad, porque la conoce mejor que nosotros: "Tú lo sabes todo; por lo tanto, Tú sabes también que te amo, aún a pesar de mis defecciones anteriores y de mis miserias". Veámonos reflejados en San Pedro, en quien Jesús echa por tierra su presunción, su fanfarronería, su autosuficiencia, su seguridad en sí mismo, para hacerle reconocer que sin Él nada puede.

    La prueba interior, por lo general venida en forma de tribulación y de vivencia de cruz, llama a nuestra vida como una fase necesaria de purificación espiritual. Aquí se dirimen las grandes crisis personales, que pueden desembocar en una crisis vocacional en la vida religiosa, sacerdotal o matrimonial e incluso concluir en una crisis de fe y en lo que coloquialmente llamamos una actitud de "rebote", o, por el contrario, solventarse en una consolidación en el amor de Dios y en la propia vocación. A lo primero se llega cuando el orgullo y la soberbia son más fuertes y, no dejando entrar a Dios en el interior del alma para que limpie la basura del propio pecado, se abre la puerta al demonio para que culpe de todos nuestros males reales o supuestos a los demás y nos conduzca a la rebeldía y la amargura. Por el contrario, si nos despojamos y vaciamos de la soberbia, del orgullo y de la vanidad y reconocemos la propia pequeñez y que todo lo necesitamos de Dios, Él mismo nos hará salir de la oscuridad para entrar en un nuevo camino de luz. Es ahí cuando se comprende lo que enseña San Juan de la Cruz: "el amar es obrar en despojarse y desnudarse por Dios de todo lo que no es Dios", para que así nuestra alma se transforme en Dios (Subida del Monte Carmelo, II, cap. 5, 7). Entonces se alcanza esa humildad que el mismo Doctor místico español describe en otro lugar: "Humilde es el que se esconde en su propia nada y se sabe dejar a Dios" (Dichos de luz y amor, 172).

    Roguemos a María Santísima, modelo de humildad y de entrega al Señor, que permaneció firme en la Pasión y esperanzada en la Resurrección, que nos guíe en el camino de la vida interior, purificándonos de nuestras imperfecciones para que su Hijo entre y more en nuestra alma juntamente con el Padre y el Espíritu Santo.

  • 07abr

    P. Carlos Mata

  • Queridos hermanos en Xto, el Señor;

    Hoy, domingo de la octava de Pascua, la Iglesia celebra el día de la divina misericordia. Es decir, celebra el hecho de que todo un Dios se digne tener compasión de nosotros y perdone todos nuestros pecados y miserias. Hablar de la misericordia divina, lleva implícito otro adjetivo que es inseparable a Dios: me refiero al de infinito. Por tanto, Dios perdona todo siempre. Y si Dios perdona nuestros pecados, deberá ser, únicamente porque los cometemos. Las malas acciones de los hombres, no siempre pueden ser catalogados simplemente como una vulneración de un código ético o jurídico, sino que va contra la misma naturaleza del hombre, y constituye un atentado al mismo Dios.

    En nuestra sociedad, el ordenamiento jurídico va recogiendo poco a poco, las distintas leyes que la sociedad se da a sí misma para protegerse y para darse ciertas normas de conducta. Estas leyes, se van aprobando o derogando en función de las necesidades y costumbres de la sociedad, y se puede asegurar que el ordenamiento jurídico de una nación, en muchos casos, es un reflejo fiel de la moralidad y de la forma de vida de sus habitantes. Los gobernantes de las naciones terminan por elevar a rango de ley determinadas aspiraciones de sus gobernados; de este modo nos encontramos que la norma jurídica de una sociedad, la va constituyendo las formas de vida, los cambios de pensamiento e incluso las modas que se vayan arraigando en dicha sociedad.

    No obstante, no siempre las leyes, las formas de vida sociales, los cambios de pensamientos o las modas de un momento determinado, se pueden clasificar como moralmente aceptables: situaciones totalmente legales son también totalmente inmorales y son pecados en sí mismos, al margen de su consideración jurídica o social: por ejemplo, los malos tratos.

    Por otro lado, tanto los gobernantes como gran parte de la sociedad alega, cada uno en su ámbito, que los tiempos cambian y que las situaciones sociales van variando en función de ciertas necesidades; se dice, que todo el mundo ve bien determinadas formas de vida o determinadas acciones, y que por lo mismo éstas ya no pueden ser motivo de condena. Y así, lo que antes era considerado como malo o pecaminoso, pasa ahora a ser tenido como bueno y perteneciente a la normalidad de la vida. Hoy vemos mal ciertas cuestiones como la discriminación o el tráfico ilegal de niños para la adopción. Todos estamos seguros de que son inmorales. Pero hemos de tener en cuenta que la discriminación, por ejemplo, está legalizada y aceptada, total o parcialmente, en algunos países y culturas, por lo que debería ser considerada pecado en ciertos lugares mientras que en otros no. O, en el caso del tráfico ilegal de niños, podemos pensar que ahora lo vemos inmoral, pero pudiera suceder, como ha sucedido con otras materias como el aborto, que las generaciones futuras lo tengan por una costumbre perfectamente normal, por lo que ya no podría ser reprensible.

    Así, llegamos a un situación ridícula en la que lo moral o lo inmoral, lo que constituye o no el pecado, lo dictan los momentos históricos, las sociedades o los ordenamientos jurídicos de las naciones. El hombre cambia, cierto, pero Dios es inmutable. Dios no da leyes de actuación con fecha de caducidad. Existen actos buenos y actos malos; existen los actos pecaminosos y los actos virtuosos. Y estos son siempre los mismos, por encima del espacio y del tiempo. No podemos engañarnos y justificar nuestras conciencias afirmando que lo que ayer era motivo de condenación hoy no lo es. Otra cuestión será el modo de enfocar un pecado determinado, en función de las circunstancias sociales, culturales o personales de cada cual.

    Lo que hoy está sucediendo es que estamos tratando de negar, simple y llanamente, la misma existencia del pecado; intentamos barnizar lo malo con un tinte bueno, y caemos de este modo en el único pecado que se puede considerar realmente peligroso, en el sentido de que Dios no lo perdona porque el hombre así lo quiere. La misericordia de Dios es infinita y todo, absolutamente todo, lo perdona; todos los hombres pueden acogerse al perdón divino con la más completa seguridad de que, efectivamente, siempre serán perdonados de todos sus pecados, independientemente de cuáles sean estos. Pero, cuando Dios se encuentra con un hombre que no acepta su perdón, nada puede hacer. Una sociedad inmoral podrá ser convertida pero una amoral está condenada al fracaso.

    Sin embargo, nadie tiene el derecho de condenar al pecador, por muy horrible que sea el pecado cometido. El pecador que se arrepiente y confiesa su pecado a Dios, a través del sacramento de la penitencia, siempre deberá ser acogido por el sacerdote con la mayor caridad y comprensión, pues se trata nada más y nada menos de un alma que quiere volver a Dios; lo cual es suficiente título para ser totalmente respetada y animada, no para ser humillada y condenada. Todos tenemos la capacidad de cometer las mejores acciones o los más viles pecados, por lo que nadie, absolutamente nadie, tiene el derecho de señalar a su prójimo y considerarse superior a él. Dios juzgará a cada cual en el momento que El tenga dispuesto; nosotros no nos adelantemos y no juguemos a ser Dios, que seguro que lo haremos peor que El.

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