• 13abr

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Con la celebración del Domingo de Ramos entramos de lleno en la semana más grande del año litúrgico, la que contiene de forma más sintetizada el misterio del amor infinito de Dios por el hombre. Los misterios de la Semana Santa son misterios de dolor y de muerte, pero también de la vida que finalmente triunfa de forma gloriosa. Tocan lo más íntimo del hombre, porque reflejan el misterio mismo de la existencia humana y revelan de forma nítida al Dios que por amor se ha hecho hombre en la persona del Hijo para morir en la Cruz y darnos la vida eterna. La Semana Santa nos descubre así un amor que lo ha dado todo: Dios nos ha entregado a su Hijo Unigénito (Jn 3,16-17) y Éste mismo nos ha amado hasta el extremo (Jn 13,1), entregándose voluntariamente a la muerte más cruel para devolvernos la vida.

    En los dos Evangelios de hoy, el previo a la procesión de los ramos y el relato cantado de la Pasión (Mt 21,1-11; 26,14-27.66), podemos observar la variabilidad del carácter humano, la inconsistencia de nuestra forma de ser, que se refleja con claridad en la hábil manera con la que quienes detentan el poder y se proclaman representantes del pueblo manipulan a las mayorías a su antojo: ¿cómo se puede comprender que las multitudes que proclamaban a Jesús como el Mesías esperado y anunciado por los profetas, saliendo a recibirlo triunfalmente en Jerusalén, unos pocos días después exigieran para Él la crucifixión y prefirieran a Barrabás?

    Pero esto no sólo refleja la triste realidad de la manipulación de las masas, sino también, como hemos dicho, la variabilidad del carácter humano, que nos lleva con frecuencia a la infidelidad, a la deslealtad, a la traición, como aquella de Judas y como la de los otros Apóstoles al huir y abandonar a Jesús, traición en este caso hecha por miedo y luego compensada por el arrepentimiento y la conversión. Frente a esa infidelidad, Jesús se nos muestra como modelo máximo de fidelidad y lealtad por amor: al Padre, a quien somete su voluntad para entregarse a su Pasión redentora, y a nosotros, muriendo para salvarnos. Aunque nosotros le seamos infieles, Él permanece fiel (cf. 2Tim 2,13).

    La Pasión de Cristo, a los ojos de una mirada superficial, podría ser la historia de una debilidad y de un fracaso. Sin embargo, su aparente fracaso humano es en realidad su éxito verdadero, su aparente derrota es su victoria y su Muerte nos ha dado la vida. Por la Muerte se llega a la Resurrección y la Gloria. La Resurrección de Cristo será su triunfo sobre el pecado y sobre la muerte, la victoria que nos ha devuelto la gracia perdida y nos conduce a la vida eterna y a la contemplación del supremo misterio de amor: el amor existente entre las tres personas de la Santísima Trinidad. La Cruz se ha convertido así en símbolo de vida, señal de honor y anuncio de gloria. Cristo ha vencido en la Cruz y por tal motivo podemos hablar del Triunfo de la Cruz. La Cruz, por Jesucristo, es señal de esperanza, manifiesto de perdón y redención, expresión máxima del amor de Dios: "nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15,13).

    Por todo esto, la meditación de la Pasión de Cristo, como lo han entendido todos los santos a lo largo de los siglos, es fuente de consuelo para nosotros y en ella encontramos a Cristo como el modelo de todas las virtudes. Santo Tomás Moro lo expresó poco antes de su martirio con respecto a la Agonía en el Huerto: "La meditación sobre la agonía produce un gran alivio en quienes tienen el corazón lleno de tribulaciones, […] porque para consolar al afligido […] quiso dar a conocer nuestro Salvador, en su bondad, su propio dolor" (La agonía de Cristo, I, 6).

    La Pasión ha sido la fuente de nuestra salvación y lo sigue siendo, pues se realiza de nuevo, ahora de forma incruenta, cada vez que se celebra la Santa Misa. Por eso no existe nada igual al Santo Sacrificio de la Misa sobre la faz de la tierra. De ahí que una vivencia auténtica de la Semana Santa deba animar no sólo a la participación en las procesiones, sino también en los Santos Oficios del Jueves y del Viernes Santo, en la Vigilia Pascual y en las Misas del Domingo de Ramos y del Domingo de Resurrección, además de conducir a la asistencia a la Misa dominical a lo largo del año ?y mejor aún si es más frecuente y diaria? y a una vida de oración y de búsqueda de Dios.

    En conclusión, que la meditación de estos misterios de la Pasión nos lleve a vivir la Semana Santa en una dimensión contemplativa y orante. Que podamos descubrir el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, el misterio de nuestra Redención, el misterio del amor desbordante e infinito de un Dios hecho hombre para levantarnos hasta Él. Y que todo ello lo hagamos junto a María Santísima, que permaneció fiel al pie de la Cruz, sostuvo luego a Jesús muerto en sus brazos y anheló con la virtud de la esperanza la alegría de su Resurrección.

  • 30mar

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos en Cristo:

    La tradición litúrgica multisecular ha denominado al IV domingo de Cuaresma «domingo Laetare», que es algo así como llamarlo domingo de la alegría o del gozo. Y ello porque el canto de entrada toma un texto poético del profeta Isaías que dice: Laetare Ierusalem… «Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis; alegraos de su alegría los que por ella llevasteis luto» (Is 66, 10). La alegría y el gozo dan el tono de esta celebración cuaresmal que incluso ofrece la posibilidad de utilizar un color más claro en sus ornamentos. ¿Cuál es el motivo para que la liturgia invite a los fieles al gozo festivo en la mitad de este itinerario penitencial? La Iglesia, nueva Jerusalén, divisa ya cercana la luz regeneradora del gran misterio de la Pascua, por el que tenemos acceso a Dios y por el que entramos en comunión de vida con Él. Dios te ofrece su luz, te ofrece su vida, te ofrece su salvación.

    Permitid que me refiera también a los Ejercicios espirituales que la comunidad benedictina acaba de iniciar y que durarán toda esta semana. En realidad, toda la vida de los monjes, en especial su oración litúrgica, es un ministerio de amor dentro de la Iglesia. Como sabemos, en la Iglesia son numerosos los carismas y los ministerios, es decir, todas esas formas de servicio que, con enorme creatividad, ha desplegado a lo largo de los siglos y continúa desplegando hoy. Ahora bien, a nosotros nos sucede que, cuando pensamos en el servicio de la Iglesia, pensamos en la pastoral, la predicación, la misión, la educación, la asistencia a los pobres, a los enfermos, a los ancianos… Sin embargo, no sólo existe en la Iglesia el ministerio o servicio de la evangelización y de la caridad. Hay también un ministerio de respuesta a Dios, un ministerio de adoración, un ministerio de agradecimiento por sus dones, un ministerio de meditación constante de su Palabra, un servicio de súplica e intercesión por las necesidades de la humanidad entera; éste es el «servicio de amor de la Iglesia orante» (J. Castellano). A las comunidades monásticas este ministerio las convierte en icono de la Iglesia «que cree y que ora», según la hermosa expresión de Pablo VI. Durante estos días de mayor retiro y soledad, queremos comprometernos más aún con nuestro servicio silencioso a la Iglesia y a la sociedad humana.

    Para el segundo escrutinio de los catecúmenos, que tenía lugar en este domingo, resuena un evangelio bautismal, el de la curación de un ciego de nacimiento por Jesús. Se trata de un magnífico relato que destaca por su belleza literaria y su capacidad de enunciar el bautismo como una iluminación. Podemos advertir, pues, el valor que tiene en nuestra celebración el simbolismo de la luz, verdadero hilo conductor de la enseñanza bautismal. Aquí se deja entrever una especie de «miopía del corazón». En el camino hacia la Luz pascual, la Iglesia hoy nos invita a comprobar la vista de nuestro corazón y el amor de nuestra mirada.

    En el relato aparecen dos tipos de ceguera: la ceguera física del hombre ciego de nacimiento, y la ceguera espiritual de los fariseos, que se oponen a Jesús, luz del mundo. En realidad, la curación que Jesús obra en aquel invidente untándole barro en los ojos «simboliza la obra divina de la curación espiritual y manifiesta al mismo tiempo la misericordia de Dios» (A. Vanhoye). Tocamos aquí como en tantos otros pasajes la compasión que Jesús siente por todas las personas que sufren enfermedad.

    Lejos de ver la ceguera de aquel hombre como consecuencia de un pecado precedente (no es una ceguera culpable la suya), el Señor la considera una ocasión para que Dios manifieste su bondad. También nuestras pruebas y nuestros sufrimientos pueden constituir un momento de gracia, de crecimiento, de iluminación, donde resplandece el amor y la misericordia divinas.

    El ritual que Jesús prescribe al ciego de nacimiento de ir a lavarse a la piscina de Siloé (nombre que significa «enviado») tiene un precioso trasfondo pascual: todos los cristianos hemos sido lavados en las aguas bautismales; es más, la celebración del misterio Pascual nos brinda la oportunidad de recuperar la vista que tantas veces se nos nubla a causa del pecado. Al mismo tiempo, el bautizado es un «enviado»: con el testimonio de su vida y con su palabra ha de iluminar a quienes viven cerca de él.

    En el desarrollo del relato, vemos cómo aquel ciego sanado en sábado, con el conflicto que ello desencadena, confiesa inicialmente una fe en la misión de Jesús. Así lo manifiesta cuando los fariseos le interrogaron: «Puesto que te ha abierto los ojos, ¿tú qué dices de él?»; y él respondió: «Que es un profeta». Esta fe irá madurando, de modo que el ciego irá viendo con claridad, también en un sentido espiritual. Es particularmente bello su encuentro final con Jesús, después de haber sido expulsado por los propios fariseos. El Señor le pregunta: «¿Crees en el Hijo del hombre?». Su respuesta es un sobrecogedor acto de fe: «Creo, Señor», y se postró ante Jesús, para expresar la hondura de su fe. Este ciego ha sido iluminado espiritualmente. Su curación física ha sido como una primera etapa para recibir el don de la fe en Dios.

    La ceguera de los fariseos era mucho más compleja y difícil de sanar porque estaba ideologizada y les impedía reconocer lo evidente: que un ciego de verdad, de verdad veía. Se afanan en un capcioso interrogatorio: preguntan al ciego, a sus padres, al ciego de nuevo... pero no quieren oír cuando lo que escuchan no coincide con sus previsiones. La gran diferencia entre el ciego y los fariseos estaba en que el primero reconocía su ceguera sin más, y por eso acogió la Luz, mientras que los segundos decían que veían y por eso permanecían en su oscuridad, en su pecado. No les bastaba a ellos con estar en la si¬nagoga, como no nos basta a nosotros con estar en la Iglesia, si nuestro estar no está iluminado y no es luminoso, si no caminamos como hijos de la luz buscando lo que agrada al Señor. Este es nuestro reto (J. Sanz).

    En el ciego de nacimiento vemos un prototipo del auténtico cristiano. Jesús nos abre los ojos interiores para ver de otra forma el mundo que nos rodea y las cosas que hacemos todos los días. Al abrir estos ojos nuevos, el hombre descubre su dignidad y abraza la libertad. El Evangelio de hoy es una llamada a la humildad. No es un pecado ser ciego pero sí es un tremendo pecado no querer abrir los ojos. Un hombre nace cuando abre los ojos a la vida. El cristiano nace cuando es capaz de mirar a la vida a la luz de Jesucristo.

    Pidamos a santa María, que nos alcance de su Hijo una conversión profunda; que nos ayude a no aferrarnos a la ceguera de nuestro pecado; que por su intercesión conservemos en nuestro corazón la alegría de amar a Jesús y seamos capaces de compartir esa alegría con todos los hombres.

  • 05mar

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Existe con frecuencia una imagen extremadamente negativa y oscura de la Cuaresma, originada tanto por la mala comprensión que de ella tienen muchos cristianos, como por la visión que del cristianismo han querido y quieren dar los enemigos de él. El choque entre “Don Carnal” y “Doña Cuaresma” viene reforzado en tiempos recientes por la exaltación neopagana de las fiestas de Carnaval, celebradas de un modo tanto más chabacano y vulgar cuanto menos arraigo histórico poseen en determinadas poblaciones.

    El carácter penitencial es inherente a la Cuaresma y debe reafirmarse sin temor, pero en no pocas ocasiones será necesario explicar con nitidez el espíritu con que se deben afrontar las prácticas penitenciales. Ante todo, la penitencia no se hace por masoquismo, sino con miras a la obtención de un gran fin: la conversión interior del corazón y el retorno del pecador al cobijo misericordioso de Dios. La Cuaresma, por tanto, es un período de profunda conversión del cristiano y así se nos recuerda en la lectura del profeta Joel que hemos escuchado: “Convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones, no las vestiduras: convertíos al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas” (Jl 2,12-13). En consecuencia, como nos ha dicho también el apóstol San Pablo: “ahora es tiempo de gracia, ahora es día de salvación” (2Cor 6,2).

    Y, ¿a qué nos exhorta Nuestro Señor Jesucristo, que pasó cuarenta días con sus cuarenta noches de rigurosa penitencia en el desierto antes de iniciar su vida pública? Nos anima a entregarnos a la oración, al ayuno y a la limosna, debiendo hacerlo no de un modo hipócrita con el que pretendamos alcanzar las alabanzas humanas que nos hagan tener fama de hombres piadosos, sino desde la intimidad del corazón, donde nuestra oración, nuestro ayuno y nuestra limosna serán conocidos y recompensados por Dios (Mt 6,1-8.16-18). Más aún, Jesús no nos dice que debamos estar tristes al vivir nuestras prácticas piadosas, penitenciales y caritativas, sino que, al contrario, hemos de hacerlo con alegría: “Cuando ayunéis no andéis cabizbajos, como los farsantes […]. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido” (Mt 6,16-18).

    Este espíritu alegre es el que desea San Benito en el monje, al que recuerda que, aunque su vida “debería responder en todo tiempo a la observancia cuaresmal, sin embargo, como son pocos los que tienen semejante fortaleza, por eso invitamos a guardar la propia vida en toda su pureza en estos días de Cuaresma, y borrar, todos juntos, en estos días santos, todas las negligencias de otros tiempos” (RB 49, 1-3). “Días santos”, por tanto, denomina Nuestro Padre San Benito a este tiempo, en el cual anima a entregarse a la oración, la lectura, la compunción del corazón y la abstinencia, añadiendo con permiso del abad algunas pequeñas cosas en lo que de ordinario hacemos y ofrecemos, también en el trabajo. Por eso resalta Dom Paul Delatte, tercer abad de Solesmes, que San Benito no sugiere prácticas extraordinarias en este tiempo, sino un cumplimiento íntegro y más generoso de nuestros simples deberes de estado (Comentario a la Regla de San Benito, cap. XLIX).

    Y, ¿qué espíritu desea San Benito en el monje? Al igual que Nuestro Señor Jesucristo, no pide un ánimo triste, sino que se haga “con gozo del Espíritu Santo”, de tal modo que “con un gozo lleno de anhelo espiritual espere la santa Pascua” (RB 49, 6-7). Se trata, pues, de unos “días santos”, cuya finalidad es preparar la celebración del gran acontecimiento del misterio cristiano: la Pascua del Señor, la gloriosa Resurrección de Jesucristo, nuestro Redentor.

    Acojamos así, con este espíritu, este santo tiempo de Cuaresma: tiempo de oración, de ayuno y penitencia y de limosna y caridad; tiempo de mayor dedicación a Dios, de vuelta a Él, de conversión a Él, y de conversión generosa también hacia las necesidades de nuestro prójimo. Un buen ayuno espiritual será que nos privemos de hacer críticas y malos comentarios relativos a nuestros hermanos, eso que San Benito tanto detesta: la murmuración y la detracción.

    Que la Santísima Virgen María nos ayude a vivir la Santa Cuaresma con estas actitudes para imitar a su divino Hijo y poder unirnos a Él.

  • 02mar

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: hoy se celebra el Día de Hispanoamérica. Hace siglos muchos misioneros salieron de España y Portugal para evangelizar América. De allí ha venido el Papa Francisco, que nos invita a llevar a los demás la alegría del Evangelio. De ahí el lema de esta jornada: “La alegría de ser misionero”. Desde 1949 más de 2300 sacerdotes diocesanos, entre ellos el difunto P. Benito, antes de ser monje de esta abadía, se han acogido a la Obra de Cooperación Sacerdotal con Hispano América. Allí siguen más de 300 y cada año se repiten los envíos. El Cardenal presidente de la Pontificia Comisión para América Latina ha afirmado en su mensaje de este año: “También el ministerio misionero se realiza de rodillas. Solo implorando día a día la gracia del Señor, que se irradia por los sacramentos, que se cultiva en la oración y que se manifiesta en el amor lle¬no de misericordia y ternura hacia quienes nos han sido confiados, y especialmente a los más pobres, reviviremos la alegría de ser misioneros. Solo así reviviremos la alegría de nuestro primer “sí”, como el de María, la alegría de nues¬tra primera respuesta a la vocación de ser misioneros”. El apóstol de los leprosos, S. Damián de Molokai o Sta. Ángela de la Cruz, que hoy celebramos, eran personas de carne y hueso que, para que su labor apostólica fructificase, llevaban un exigente plan de vida espiritual que incluía reservarse un tiempo para su oración personal y su formación teológica. Esta realidad está muy lejos de nuestra idea estereotipada de que los misioneros pasan las 24 hs. atendiendo a los demás. Si así fuese, su labor sería humanamente muy benemérita, pero se acabarían convirtiendo en voluntarios de ONG.

    El Papa Francisco en su mensaje del DOMUND 2013 indicaba: “Estoy agradecido especialmente a los misioneros y misioneras, a los presbíteros fidei donum, a los religiosos y religiosas y a los fieles laicos cada vez más numerosos que, acogiendo la llamada del Señor, dejan su patria para servir al Evangelio en tierras y culturas diferentes de las suyas”. Al hilo de estas palabras del Papa, planteo una pregunta especialmente a vosotros, queridos padres de familia: ¿Habéis hablado alguna vez con vuestros hijos adolescentes de la posibilidad de que sean sacerdotes o monjas misioneros, como una opción seria para su futuro? … En esa respuesta está lo que en el fondo pensáis del sacerdocio y de la vida religiosa: algo bueno y deseable para vuestros hijos o en cambio algo para otros o equivocado o que ni siquiera debe plantearse. Si fuera este segundo caso, ¿por qué nos quejamos entonces de que no haya vocaciones, de la falta de buenos y santos sacerdotes y monjas y de que se está perdiendo la fe? ¿Nos da igual o de verdad nos lo tomamos en serio? ¿Dónde se despiertan casi siempre las vocaciones sino en las familias católicas, que se mantienen unidas gracias a que en ellas se vive un auténtico clima de fe y de oración y se enseña a los hijos a rezar? ¿No deberíais hablar con vuestros hijos cuanto antes sobre un plan que quizás Dios les tenga reservado?

    Aunque todos los padres quieren que sus hijos triunfen en la vida y tengan éxito en sus estudios y trabajos, si a alguno de vuestros hijos Dios les concede la gracia de la vocación, no cometáis la torpeza de desanimarlo. Aunque de entrada os cueste, porque pensáis que lo perdéis para siempre, al final será el consuelo de vuestra vejez. Porque cuando un joven decide seguir su vocación consagrada, todo son pegas y zancadillas incluso por parte de los que más le quieren. A todos nos cuesta mucho cumplir la máxima evangélica de “buscad el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura”.

    Queridos hermanos: pidamos a la Virgen del Valle que interceda ante su Hijo para que nos conceda la gracia de vivir esta Cuaresma con humildad y pobreza de espíritu, con dominio de nuestros instintos y obediencia a la voluntad de Dios, esperando la Pascua con gozo de espiritual anhelo. Si en la tentación acudimos a María, Ella nos ayudará en el combate cristiano contra las fuerzas del mal. Que así sea.

    Y ahora pongámonos en pie para recitar la profesión de nuestra fe.

  • 09feb

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La semana pasada, al celebrar la fiesta de la Presentación del Señor, Purificación de María y la Candelaria, hemos contemplado a Jesucristo, el Hijo de Dios, como verdadera luz de las naciones (Lc 2,32). Él mismo ha dicho de sí: "Yo soy la luz del mundo" (Jn 8,12). Pero, ¿qué nos dice en el Evangelio de hoy (Mt 5,13-16)?: "Vosotros sois la luz del mundo".

    Jesús acaba de trasladar aquí a nosotros la luz, su luz, y, por tanto, también la responsabilidad de iluminar al mundo. Más aún, unas líneas antes nos dice: "Vosotros sois la sal de la tierra". Está poniendo en nuestras manos una misión grandiosa: la evangelización del mundo, no sólo por medio de nuestras palabras, sino también, y sobre todo, a través de nuestras obras: "Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo".

    No podemos profesar una fe y vivir otra realidad en nuestro día a día. Debemos ser coherentes con los principios cristianos en los que hemos crecido y que hemos abrazado, dando testimonio de ellos en nuestra vida privada y pública, sin distinciones ni divisiones hipócritas. Hemos de mantener una unidad de vida. Y, desde esa coherencia, estamos llamados a ser entonces la sal de la tierra y la luz del mundo.

    Pero, ¿cómo se puede volver sosa la sal y cómo puede dejar de alumbrar la luz? Esto sucede cuando se aparta de la verdadera y única fuente de luz y de salinización, que es Cristo. Los sarmientos no pueden dar fruto si se separan de la vid (Jn 15,1-11), y es Él mismo quien nos ha dicho: "Yo soy la vid, vosotros los sarmientos" (Jn 15,5). La sal enriquece la tierra, pero se puede volver sosa cuando se aparta de Cristo.

    Por eso, para ser verdadera sal de la tierra y verdadera luz del mundo, nos es esencial permanecer unidos a Jesús: "Quien permanece en mí y Yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15,5). Si no cuidamos la vida de la gracia, nos desarraigaremos de Cristo. Y la vida de la gracia se alimenta por tres medios fundamentales: los sacramentos, la oración y las buenas obras. No podremos dar fruto si dejamos de lado los sacramentos, sobre todo aquellos dos a los que habitualmente podemos y debemos acudir: la Penitencia o Reconciliación y la Sagrada Eucaristía, a la cual nos debemos acercar para recibirla en las debidas condiciones. Lamentablemente, hoy abundan quizá mucho más las comuniones que las confesiones: ¿estará realmente en condiciones de comulgar una persona que se acerca poco al confesionario? Será un error, por otra parte, no ver la confesión como el gran medio que la Misericordia de Dios nos ofrece para reconciliarnos con Él y liberarnos de nuestra basura interior.

    Viviendo así, en la vida de la gracia, unidos a Cristo por medio de los sacramentos y de la oración, daremos frutos de buenas obras. Entonces podremos, como dice San Pablo en la segunda lectura (1Cor 2,1-5), predicar "a Jesucristo, y éste crucificado", gracias a la acción del Espíritu Santo en nosotros. Y esas buenas obras iluminarán a los hombres, de forma notable en el desarrollo de la caridad, como dice Jesús y nos exhorta la lectura de Isaías (Is 58,7-10): "Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo y no te cierres a tu propia carne".

    Hoy precisamente, la Iglesia en España celebra la jornada central de la campaña contra el hambre en el mundo, promovida por la institución eclesial "Manos Unidas". Este año, el Papa ha propuesto una gran campaña por parte de "Caritas Internacional" para combatir de lleno ese mal, de una manera muy distinta, desde luego, a la que propone cierta organización internacional inspirada en los principios de la francmasonería. Tal organización sostiene la hipótesis neomalthusiana y trata de que sea asumida como un dogma irrebatible. Dicha hipótesis afirma que el crecimiento de la población mundial es muy superior a las posibilidades de alimentarla y, por lo tanto, se debe reducir la población, sobre todo en el Tercer Mundo, pues ese organismo está empeñado en mantener una economía de capitalismo salvaje y a la vez difundir la subversión del orden natural con un progresismo moral con el que dice querer acabar con el hambre por medio del aborto y del negocio de los métodos anticonceptivos (que en realidad favorecen la promiscuidad y los contagios), a la par que imponiendo a los diversos países la ideología de género.

    Pero la hipótesis neomalthusiana es absolutamente falsa desde el punto de vista científico, como hoy ya está sobradamente demostrado con cifras. En la actualidad, los recursos para sostener la población mundial crecen a un ritmo mucho mayor que ésta. ¿Dónde está, entonces, el problema? En la injusta distribución de los bienes y recursos. Los países ricos concentran la mayor parte de los beneficios e incluso se permiten destruir sobrantes de alimentos. La solución real al problema del hambre está en una promoción del desarrollo de las diversas sociedades humanas desde dos virtudes cristianas fundamentales: la justicia y la caridad. Esto es lo que trata de promover "Manos Unidas", que en el año 2012 realizó 185 proyectos educativos, 99 sociales, 94 agrícolas, 89 sanitarios y 83 de promoción de la mujer, en África, Asia e Hispanoamérica. Las actividades sociales y caritativas nacidas de la Iglesia Católica gozan de una garantía de la que no pueden presumir todas las demás organizaciones, pues siempre hacen llegar a su destino los fondos reunidos. La colecta de hoy es para "Manos Unidas".

    En el desarrollo de la caridad y en la lucha por la justicia social, la Iglesia encuentra en su Historia ejemplos de santidad que revelan su carácter sobrenatural y la autenticidad de su mensaje y de su obra: santos que han luchado por la libertad de los cautivos y de los esclavos como Pedro Nolasco, Juan de Mata, Pedro Claver o Daniel Comboni; santos que han dado su vida contagiándose al cuidar a los enfermos o a cambio de otra persona como Bernardo Tolomei, Damián de Veuster o Maximiliano Kolbe; santos que han creado instituciones hospitalarias como Juan de Dios o Camilo de Lelis; santas que se han volcado en los ancianos, como Juana Jugan y Teresa Jornet; santos que han dado amor y dignidad a quienes su sociedad se lo negaba, como la Beata Teresa de Calcuta; santos que han promocionado a los obreros y su justa actividad sindical, como Alberto Hurtado y los Beatos Jerzy Popieluszko y José Gafo, enterrado en esta Basílica.

    Que todos ellos, amantes siempre de María Virgen, sean para nosotros un ejemplo y estímulo.

  • 02feb

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La Iglesia ha celebrado tradicionalmente en este día de forma conjunta tres fiestas o, si se prefiere, tres aspectos de una misma fiesta: la Presentación del Señor en el Templo, la Purificación de la Santísima Virgen María y la Candelaria o Fiesta de Simeón, que en cierto modo es lo más llamativo desde el punto de vista litúrgico por la procesión de las candelas. Los tres aspectos aparecen perfectamente explícitos en la lectura del Evangelio (Lc 2,22-40).

    En los dos primeros ?la Presentación del Señor y la Purificación de María?, contemplamos claramente la humildad y la obediencia de Jesús, recién nacido, y de su Santísima Madre, virtudes manifestadas en la observancia fiel de los preceptos de la Ley dada a Moisés. A raíz del Éxodo de Egipto, todo primogénito varón hebreo debía ser presentado y redimido en el Templo a los cuarenta días de su nacimiento para así quedar consagrado a Dios y la madre debía someterse al rito de la purificación (Ex 13). Pero aquí está lo sorprendente: ¡el Hijo de Dios es presentado al mismo Dios, y su Madre, exenta del pecado original y de cualquier pecado, siendo Ella toda pura, se somete obedientemente a la Ley de Dios! ¡Qué ejemplo de obediencia y de humildad, de sencillez y también de pobreza, como ha recalcado el Papa Francisco al señalar que "fue presentado en el Templo junto con dos pichones, la ofrenda de quienes no podían permitirse pagar un cordero!" (Evangelii gaudium, n. 197; cf. Lc 2,24; Lv 5,7).

    El tercer aspecto de la fiesta de hoy incide en la profecía del anciano Simeón y en la profetisa Ana. Ambas figuras han resultado tratadas con simpatía en la literatura y en el arte cristianos, porque se trata de dos personas de edad avanzada que estaban aguardando el advenimiento del Mesías. Por eso Simeón, inspirado por el Espíritu Santo, que es quien concede el don de profecía, pudo exclamar las palabras que la Iglesia recita desde antiguo en el rezo de las Completas al final del día: el Nunc dimittis (Lc 2,29-32). Y en estas palabras se nos presenta a Cristo como lumen Gentium: "luz de las gentes", "luz de las naciones", la luz que alumbra a todos los pueblos gentiles de la tierra, además de ser la gloria de Israel, el pueblo escogido por Dios desde el principio.

    ¡Cuántas luces falsas y efímeras pretenden hoy iluminar el mundo y con qué facilidad sucumbimos ante ellas! El dinero que tan pronto abunda como falta, la fama que dura dos días, el poder que genera un ansia insaciable, el sexo convertido en ídolo y que es causa de múltiples esclavitudes, el internet que usado de forma inmoderada nos hace perder absurdamente el tiempo, las promesas de tantos políticos que no se cumplen, la estrella de los famosos que se apaga en breve y un largo etcétera. ¿No ha sido una luz falsa y efímera la que nos ha hecho vivir por encima de nuestras posibilidades reales hasta que ha sobrevenido la crisis económica, porque se había estado nadando en el materialismo y la avaricia? ¿No prometían las ideologías de este mundo alcanzar un paraíso terrenal y sólo han sido capaces de generar miseria y destrucción donde decían que iban a traer riqueza y un mundo nuevo? Todas estas luces se apagan y por lo general son incapaces de volverse a encender.

    ¡Sólo Cristo es la luz verdadera, la luz que alumbra a todos los hombres! Él es la luz enviada por el Padre, "irradiación esplendorosa de su gloria / de la eterna luz" (Sab 7,25; Heb 1,3). Él mismo lo ha dicho: "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8,12). Y por eso, sólo Él puede iluminar y hacer comprender el misterio del hombre, del mundo y de Dios. Con razón dice el santo Maestro y Doctor Juan de Ávila en un sermón de la fiesta de hoy, (en parte valiéndose de palabras de San Pablo y de San Bernardo): "Jesucristo es vuestro con [tal] que seáis vosotros de Jesucristo (cf. 1Cor 3,22). Si sois de Jesucristo, todo es vuestro; si no, no tenéis nada. […] La vida sin Jesucristo, infierno es".

    Y solamente Jesucristo puede ser el fundamento de la vida religiosa y consagrada. La Iglesia celebra hoy la jornada dedicada a ella y el Beato Juan Pablo II recordó que la vida de quien se ha consagrado a Dios supone una existencia "cristiforme" (Vita consecrata, n. 14). Pero si los consagrados sustituimos a Jesucristo por otros sucedáneos, al final se nos harán insoportables la vida en comunidad, los votos religiosos y hasta el sentido mismo de una vida dedicada a Dios. Y es muy fácil buscar sucedáneos ?a veces cosas buenas en su origen? con los que pretendamos llenar una vida que nosotros mismos podemos haber vaciado de contenido: nuestras propias ocupaciones cotidianas, una actividad pastoral, el estudio, un pasatiempo, el internet, las salidas externas, la amistad meramente humana de una persona, etc. Algunas de estas tentaciones se pueden presentar del modo más sutil y hasta con apariencia espiritual. ¡Y cómo nos engañan con facilidad y nos dejamos seducir poco a poco! ¡Qué gran peligro el de buscar fuera de Dios lo que sólo en Dios podemos encontrar! Ninguno podemos considerarnos exentos de peligros y mejores que los demás, porque a todos nos ataca el demonio por una u otra vía, generalmente por la que sabe que somos más vulnerables.

    Es importantísimo que la persona consagrada haga diariamente un examen de conciencia en el que indague si el centro real de su vida sigue siendo Jesucristo o lo ha desplazado por algo humano. San Bernardo se preguntaba a sí mismo con frecuencia: "Bernardo, ¿a qué has venido?" ¡Cuánta falta hacen hoy jóvenes deseosos de entregarse sin reservas y por completo a Jesucristo, de consagrar sus vidas a Él, de convertirle en el centro de todo, tal como nos exhorta San Benito a los monjes: "No anteponer nada al amor de Cristo!" (RB IV, 21 y LXXII, 11). Hacen falta respuestas generosas a la llamada de Dios y superar los miedos a la vocación religiosa, sabiendo que sólo Dios llena el alma y la vida completa del ser humano, como nadie ni nada es capaz de hacerlo. ¡Qué alegría cuando un joven escucha la llamada de Jesús a dejarlo todo por Él y se lo entrega todo! ¡Y qué ejemplo el de una persona que ha vivido hasta el final de sus días dedicado a Dios por completo, no a medias tintas, sino con fidelidad en la observancia y sin fisuras! Miremos, en fin, a Jesús presentado en el Templo y a su Madre, la gran consagrada a Dios, para que sean siempre nuestro modelo.

  • 19ene

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos en Xto. Jesús: El domingo pasado comenzábamos la trayectoria apostólica de Jesús con su bautismo. Hoy la liturgia de la Palabra nos invita a reflexionar sobre ese Elegido que no sólo ha de restaurar el pueblo de Israel, sino que va a ser luz de todas las naciones y sobre quiénes forman el nuevo Pueblo de Dios, los santos, como los llama S. Pablo. El Evangelio proclamado da un paso más: el Elegido no es un profeta como los otros, es el Hijo de Dios, es el Verbo de Dios hecho carne, del cual los cristianos proclamamos diariamente sus alabanzas con la boca, pero nuestro corazón todavía está lejos de Él, pues estamos divididos y no logramos romper las barreras que nos separan.

    El octavario de oración por la Unidad de los cristianos pertenece a esas jornadas de sensibilización de una tarea eclesial o de una necesidad imperiosa de la vida intraeclesial que nos propone la Iglesia a lo largo del año, porque requieren nuestra atención, pero que suelen presentar algún problema pastoral al integrarlas en el ciclo litúrgico. Este octavario es una excepción, porque en varios puntos importantes concuerda con las lecturas de este domingo, en el que se nos propone el comienzo del itinerario de la vida pública de Jesús o ministerio profético.

    El primero es la superación del estrecho horizonte de la religión natural propia de cada pueblo y la revelación directa de Dios en que nos anuncia la salvación universal y que hemos escuchado en la primera lectura del profeta Isaías: "Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob,… te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra". A ningún profeta de Israel se había encomendado una misión tan ambiciosa que supera las fuerzas humanas. Ni siquiera los medios modernos de comunicación pueden hacerlo factible, aunque ingenuamente crean muchos que hoy día está al alcance de cualquiera con cierto carisma mediático o un buen aparato propagandístico.

    La salvación es un don de Dios que está muy por encima de esos medios técnicos para estar supeditada a ellos, aunque pueda servirse de ellos. Y lo sorprendente es que pudiendo haberla realizado Jesús mismo sirviéndose de su poder divino, no hizo alarde de su categoría divina y se limitó a una dura tarea de misionero itinerante visitando pueblo a pueblo sin apenas fruto. Quiso que sus apóstoles de todos los tiempos imitáramos sus medios pobres para darse a conocer y le dejáramos a Él manifestarse por los frutos ocultos en los corazones y sólo en parte visibles en las conversiones y cambios que se perciben en actitudes diferentes a las que se tenían antes de ser tocados por la gracia de Dios.

    Los mismos cristianos hemos desacreditado la misión mesiánica de Jesucristo en su gloria externa, hemos retrasado su avance por todas partes, la hemos deformado y desprovisto de su fuerza salvífica. Dios ha prometido que su salvación llegará hasta el último rincón y así ha sido, aunque los llamamientos de los últimos papas inviten a una nueva evangelización, pues el objetivo es la conversión de todos los corazones. Basados en tal promesa no podemos desanimarnos, porque el Señor está dispuesto a hacer fecunda la predicación del Evangelio allí donde se haga según su voluntad y porque Él difundirá su Espíritu de forma que no habrá obstáculo que le impida penetrar en los corazones bien dispuestos.

    Otra coincidencia es el remedio contra la desunión, esa dramática situación de la que queremos salir. S. Pablo nos ofrece las pautas en esta brillante obertura cristológica de la carta a los Corintios. La realidad sobrenatural de una comunidad cristiana es nada menos que ser una asamblea de hombres llamados por el Padre a ser santos, es decir, personas entregadas a Dios en cuerpo y alma. Eso significa que han de estar dedicados al servicio de la voluntad del Padre mediante su unión con Cristo. Y aún más: no es posible identificarse con la santidad a la que Dios nos llama si esa comunidad cristiana carece de la unión afectiva y efectiva con los hermanos de otras comunidades. Baste para rematar esta coincidencia con los objetivos de este octavario el tema central del Evangelio proclamado: sólo basados en una confesión y vivencia de los dones de Cristo tal cual se nos ha revelado en su palabra, podremos estar unidos y atraer a los que todavía no conocen a Cristo o se han alejado de Él.

    Por último, en su mensaje para la Jornada mundial del emigrante y del refugiado, que hoy se celebra bajo el lema «Emigrantes y refugiados, hacia un mundo mejor», el Papa Francisco ha afirmado: "El fundamento de la dignidad de la persona no está en los criterios de eficiencia, de productividad, de clase social, de pertenencia a una etnia o grupo religioso, sino en el ser creados a imagen y semejanza de Dios y, más aún, en el ser hijos de Dios; cada ser humano es hijo de Dios. En él está impresa la imagen de Cristo. Se trata, entonces, de que nosotros seamos los primeros en verlo y así podamos ayudar a los otros a ver en el emigrante y en el refugiado no sólo un problema que debe ser afrontado, sino un hermano y una hermana que deben ser acogidos, respetados y amados, una ocasión que la Providencia nos ofrece para contribuir a la construcción de una sociedad más justa […] y una comunidad cristiana más abierta, de acuerdo con el Evangelio". Pidamos a Mª, en su advocación de Ntra. Sra. del Valle, que así sea.

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