• 14 Sep

    P. D. Anselmo Álvarez

  • Hoy toda la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, una expresión que alude a la gloria de la Cruz de Cristo, en la que tuvo lugar una muerte transitoria y una victoria definitiva sobre la misma muerte, tanto en su dimensión espiritual, el pecado, como física. Así fue y así serán todas las que los hombres decidamos imponer a Dios: fugaces y simbólicas, porque Dios sólo muere una vez (cf Rom 6, 8). Pero la cruz no es sólo el símbolo de un acontecimiento pasado, sino una realidad presente de otra forma. En ella sigue muriendo Cristo, aunque nadie puede amordazar su memoria, su palabra y su obra, y menos aun el amor que le abrazó a ella y a la humanidad.

    Mucho menos, nadie puede anular la expectativa de su resurrección en el presente, como nadie pudo sospechar ni impedir la primera, aunque hoy volvamos a repetir: “que Su Nombre no se pronuncie más” (Jer 11, 19), y nos parezca que hemos echado el sello definitivo a su tumba. En realidad, quien hoy está en agonía no es Cristo, sino el mundo. Y lo está precisamente porque hemos eliminado la eficacia de ese signo de salvación y de reconstrucción de lo humano, y hemos silenciado la voz del que ha pronunciado las únicas palabras de verdad que se han escuchado en la historia.

    Han sido las palabras de quien es Cabeza de la Humanidad, y en Quien serán recapituladas todas las realidades de la tierra y del universo. Él representa la humanidad de todos los tiempos. Ninguna otra Voz volverá a resonar en ellos, ni habrá ninguna humanidad distinta a la que Ella inspiró. La humanidad sucumbe cuando apaga la luz y el espíritu que le han dado vida. En ellas está la fuente que todavía sostiene la vida de este mundo, y de la que brota el manantial de la vida eterna.

    “Dios reina desde la Cruz”, proclama la Iglesia en un texto litúrgico, pero nosotros respondemos como en el pasado: “no queremos que Éste reine sobre nosotros” (Luc 19, 14). Nosotros queremos construir el hombre y el mundo nuevos desde unos cimientos nuevos, hechos a nuestra imagen. Es el proyecto por el que viene trabajando desde hace mucho tiempo la nueva sociedad. Pero esto significa la insurrección, a la vez, contra la soberanía de Dios y contra la realidad el hombre. Contra su deber y derecho de vivir en armonía con el Creador, consigo mismo y con los demás hombres. Es una sedición que repite el “no serviré” de Luzbel, para el que sólo hay la respuesta con la que aquel grito fue respondido: “quién como Dios?”.

    Pero después de haber sustituido, supuestamente, a Dios y al hombre, nos estamos aplicando a transformar, mediante lo que llamamos ideología de género, nuestro espacio natural, en el que hasta ahora hemos reconocido la huella divina. De hecho, se está escenificando la elevación del mundo a nueva divinidad y la supremacía en él del oponente de Dios. Se pretende convertir a Dios en la idea de lo antihumano, y la naturaleza creada por Él en lo más opuesto a nuestra naturaleza. El orden racional y moral que llamamos orden natural es rechazado como opuesto a nuestra realidad.

    El mundo concebido por Dios ha seguido, así, su mismo destino. Separado de Él y entregado a su propia dinámica, es conducido por leyes sin ley, es decir, por fuerzas ciegas y decisiones arbitrarias, que empujan a un transformismo delirante de las nociones más axiomáticas, justificado en que las concepciones del pasado son producto de una historia embrionaria. Entonces el hombre se dedica a jugar con la naturaleza, a inventarla e invertirla. Declara así su señorío sobre ella, tratando de imprimir en la misma el signo de este hombre nuevo, lo que, en realidad, conduce a la abolición de la civilización mediante un juego descerebrado.

    Pero este hombre ya no es el hombre, ni mucho menos el superhombre, porque ningún sello que no refleje en él la efigie de Dios le dará una realidad distinta a la que ha sido grabada en él. Ni la constitución ni la biología del hombre no queda bajo su dirección de manera que pueda alterarla, manipularla o degradarla, sino sólo para ponerla al servicio de las leyes que determinan su naturaleza. No hay odio en respetar esa naturaleza. El odio aparece más bien en el intento de abolir el orden establecido por Dios, en el que se expresaba Su primer gesto hacia las criaturas, obras de Su amor. Esa naturaleza que hemos recibido y vivido no es la obra del odio, sino del amor. No ha sido una obra contra el hombre, sino la obra de quien es el Padre y el Creador.

    Por otra parte, el género y la naturaleza, que hoy sonprioritarias en esta fase final de la revolución en marcha, no son materia de ideología, no son algo que se pueda descomponer o reconstruir o interpretar a nuestro arbitrio. Todas las cosas reciben un ser, no forjado por sí mismas, y en el que subsisten. Como ocurre con la familia, que es el modelo de comunión sobre el que se evalúan todas las relaciones humanas. Son realidades troncales, acabadas, inalterables; no se juega con ellas porque nos gusten o disgusten; ellas son el soporte del mundo que habitamos. El orden natural es la impronta de Dios en la naturaleza, como la gracia lo es en el orden del espíritu.

    Cuando esta realidad se invierte entramos en una desintegración vertiginosa, y nos entregamos a una fiesta iconoclasta. Por eso, en este empeño por construir un hombre y un mundo nuevos estamos abatiendo los fundamentos de la tierra y del hombre. Fundamentos que reposan en el Verbo de Dios, en quien fueron creados los cielos, la tierra y el hombre, y para éste la Palabra y el Pan de la Vida, la Ley divina y natural, la Gracia. Dios y todo lo que le atañe, está siendo reducido a subcultura, una subcultura que ésta elevada al prestigio máximo de nuestro tiempo. Para preservar la soberanía de nuestra la libertad hemos anulado la voluntad divina, el deber ser, la verdad, el bien común, la sensatez y la prudencia.

    Por lo que a nosotros atañe, (a España), lo que hemos ganado no es la libertad. Porque vivimos en el reino de la mentira, consagrada como ideología nacional, destinada a nutrir la nueva sabiduría de los españoles, obligados a convivir en una España entregada a la mentira, a la amoralidad y a la irracionalidad.

    Lo que hoy guardan todavía en su corazón muchos españoles mientras pasa esta hora entregada al poder de las tinieblas, tendrá el renacimiento que corresponde a lo que no pasa, porque tiene su origen en Dios y en el ser original del hombre. Los sobresaltos externos no deben perturbar la serenidad interior con que esperamos la hora de la Verdad, la hora del Resucitado, de Aquel cuya Cruz aparecerá en los cielos cuando venga a decir Su palabra sobre la historia humana.

  • 4 Sep

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos, muy especialmente vosotros, peregrinos portugueses, que todos los meses participáis en nuestra celebración: la Palabra de Dios que se nos ha proclamado, seleccionada por la Iglesia para nosotros, es alimento para nuestra vida, es el aliento que Dios nos ofrece para caminar en este mundo con una meta segura, sabiendo dónde nos dirigimos y las dificultades que nos esperan en cada encrucijada de la vida. Sin esta orientación divina, andaríamos errantes de un lado para otro y dañándonos a nosotros mismos, como sucede a tanta gente que no la conoce o que la rechaza y que acaba perjudicándose a sí misma con lo que piensa que va a ser su placer y su felicidad.

    Las lecturas de hoy aparentemente carecen de conexión lógica y sin embargo hay un diálogo, una pregunta y respuesta entre ellas. En el libro de la Sabiduría el autor sagrado se pregunta cómo conocer la voluntad de Dios. El evangelio nos ofrece una respuesta desconcertante: Dios quiere posponer lo más querido para nosotros, nuestros padres y familiares más cercanos y que hasta la negación de uno mismo sea el centro de su vida. Continúa diciendo que es preciso cargar con la cruz y seguir a Jesús. La exigencia va subiendo de tono hasta concluir con un lapidario: “el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”. Estos bienes van mucho más allá de las personas y comprenden riquezas, comodidades, prestigio, fama, curriculum y todo tipo de placeres y satisfacciones, incluso los más legítimos.

    El único alivio que encuentra uno en estas palabras es que esa cruz hay que llevarla detrás de Jesús, con Jesús al lado, que no se va a separar de nosotros si queremos caminar junto a Él, además de que concede el honroso título de discípulo suyo a quien quiera seguirle. Ese reconocimiento que ofrece Jesús de ser uno de sus discípulos y esa inmediatez de trato con Él es lo único que hace asequibles estas palabras. La prueba de su poder de convicción es la legión de santos que han convertido en lema de su vida estas palabras o similares, por ejemplo, Sta. Teresa de Calcuta, hoy canonizada.

    Pero todavía quedan en nosotros ciertas preguntas ante las exigencias tan desconcertantes de Jesús. Ahora dirigimos la pregunta al libro de la Sabiduría por ver si allí hay algo que esclarezca el designio de Dios que encontramos en el evangelio. Después de dejar bien claro lo vanos que son los esfuerzos puramente humanos, acaba diciendo que es posible al menos aceptar el plan divino si Dios envía su santo Espíritu desde el cielo. En este momento de la revelación del Antiguo Testamento, no se dice que ese santo Espíritu sea una persona divina, pero va preparando el camino a la revelación completa de Jesús. Nos vemos respondidos en nuestra inquietud: tenemos que pedir al Espíritu Santo que nos haga comprender lo que no comprendemos, al menos adaptado a nuestra capacidad, en la medida básica para ponernos en marcha, para aceptar la cruz sin dudas ni repugnancias.

    Una de las gracias del sacramento de la reconciliación o penitencia recibido con regularidad es que nos ayuda a combatir nuestros defectos habituales, que se resisten a cargar con la cruz y nos proporciona una presencia más viva del Espíritu Santo, que nos impulsa a tomar la voluntad de Dios como meta de nuestra vida. En este año de la misericordia no deberíamos desaprovechar las ventajas de abrirnos a este gran medio de santificación. Nos ayudaría a llevar bien nuestra cruz y a comprender el valor de la misma en nuestra vida, a no rebelarnos contra el Señor por cargar con esa montaña inaccesible para nosotros. Es la solución de lo que suele ser un conflicto espiritual, no resuelto en muchos casos por falta de aprecio y formación adecuada sobre este sacramento.

    La Eucaristía no puede comprenderse en su profundidad si se la priva del sacramento de la reconciliación. La frecuencia en recibir con fruto la Eucaristía exige una pureza que solo puede proporcionar la gracia de Dios a través de dicho sacramento. Aun cuando nuestra conciencia se viera libre en general del peso del pecado mortal, por lo que tendríamos que dar muchas gracias a Dios, la confesión sacramental contribuye a darnos la fuerza para no caer.

    Queridos hermanos: a las puertas del final del jubileo extraordinario de la misericordia, pidamos una y otra vez, como señalaba el Santo Padre Francisco en la bula de convocación, que “en este año jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar. La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso: Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos”. Encomendémoslo a la Virgen Mª, cuyo misterio de su natividad celebraremos el próximo jueves, por intercesión de la nueva santa, Teresa de Calcuta. Que así sea.

  • 28 Aug

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: El hombre de todos los tiempos, pero sobre todo el de nuestros días, debido al trastorno que introdujo el pecado original en el mundo, se resiste a ser humilde, y tiene a gala el sujetar a su dominio a toda persona que entra relación con él. La Sagrada Escritura, que hemos tenido el don de escuchar, choca con el ambiente de nuestros días constantemente.

    En contraste con este panorama actual, nosotros cada domingo celebramos en la Eucaristía el sacrificio de Cristo en la Cruz, su muerte ignominiosa y su resurrección gloriosa. Vamos en contra de la tendencia generalizada. Pero tenemos la suerte de habernos puesto en buenas manos. Por nosotros mismos no somos capaces de darnos la salvación. Únicamente Jesucristo puede salvar definitivamente al hombre, por su muerte y resurrección.

    La Palabra de Dios que hemos escuchado nos enseña el camino para ir a Dios. Nos muestra el único camino posible, el de la humildad. Una virtud que se nos escapa de las manos. Es un don de Dios como todas, pero la humildad no se deja atrapar. O la recibimos como don o no hay manera de hacerse con ella. Hemos de pedirla constantemente. Pero no basta con eso. Hemos de estar dispuestos a cada momento a comprobar que nos falta mucho para alcanzarla y con serenidad seguir intentando vivir en la verdad. Tenemos muy arraigada la tendencia a aparentar. A dar buena imagen y que esa buena imagen nadie nos la empañe con comentarios o actitudes contrarios. Pero ésta no es la actitud correcta. Tenemos que agradecer a Dios y al hermano o a la circunstancia que descubre nuestra pobreza o limitación, que nos ponga ante nuestra verdad.

    Es duro bajar siempre al último puesto. Pero es porque no miramos a Jesús. Él se rebajó, tomó la condición de esclavo y pasó por uno de tantos. En Nazaret logró pasar desapercibido treinta años. Lo mismo que su Madre y san José. En cambio a nosotros se nos nota en seguida cuándo nos salen bien las cosas y cuándo hemos sido contrariados por alguna circunstancia.

    Pero se nos olvida muy a menudo pensar cuántas veces hemos dejado nosotros en el último puesto a Dios. El mandamiento primero es también el más importante. Pero cuántas y cuántas veces ni le consultamos al Señor, ni nos encomendamos a Él, ni le damos gracias si todo nos ha ido bien.

    Y en cambio el Señor nos ha regalado con algo que nos sorprende. Nuestros hermanos mayores los judíos en el Éxodo, al salir de Egipto y mientras caminaban por el desierto, vieron signos admirables, e incluso pidieron a Moisés que no fueran tan sobrecogedores. A nosotros nos promete el Señor signos llenos de paz, de dicha, de la compañía sin fin de los santos ante la faz de Dios. Hemos de ser conscientes que no tenemos razón para alejarnos de Dios. Y hemos de volver a Él. Y ayudar a que otros también lo hagan. En el Evangelio el Señor nos ha instado a invitar a pobres de cosas materiales, de pan y de salud corporal. Hoy quizás nos encontramos sobre todo con pobres de formación espiritual, con personas que llevan heridas en su alma que les impiden acercarse a Dios y a la Iglesia. Para nosotros esto ha de ser una llamada a quitar esos bloqueos para que recuperen su conciencia de ser hijos de Dios y la vivan y alimenten con los sacramentos. Cuanto más se va ennegreciendo el horizonte para los creyentes, tanto más hemos de esperar nos va a ayudar el Señor en este año de gracia a nosotros y a recuperar para Él a aquellos que se han alejado de su rebaño. Tenemos que colaborar con el Señor en esta tarea. Salir a los lugares frecuentados por la gente y allí proponerles volver a Jesús de quien se habían apartado por no conocerle bien. Pero para ello es muy importante que hagamos una confesión general para aprovechar la gracia del año de la misericordia y de esa manera ser nosotros mejor imagen de Jesús para que otros se acerquen a Él. En este año de gracia Dios hace que nos abramos mucho más a Él. Está haciendo nuestras almas más permeables a su misericordia. Los corazones de los alejados también están más abiertos y dispuestos a acoger la Buena Noticia de su salvación.

    De esta Eucaristía debemos salir dispuestos a hacer mejor nuestras confesiones, a no hacerlas apresuradas y sin un dolor de corazón y un propósito verdadero, porque el Mediador de la nueva alianza Jesús se hace más cercano y el encuentro con Él en la confesión debe ser más sincero y estrecho, más profundo y frecuente. De esa manera, cuando Él vuelva a visitarnos, a encontrarse con cada uno de nosotros, nos hallará más prontos a aceptar el dolor de haberle traicionado y ofendido tantas veces y a acoger su misericordia como nuestro único refugio y salvación. No olvidemos que ayudar a otro a encontrar el camino de la salvación equivale a remover los obstáculos que hemos acumulado con nuestros pecados y asegurar nuestra eterna bienaventuranza.

  • 15 Aug

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El papa Venerable Pío XII definió en 1950 el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen a los Cielos en cuerpo y alma, llevada por los ángeles, como broche de oro y coronación de todos los privilegios marianos (Munificentissimus Deus, 3, 8 y 15-16), en conformidad con la Tradición de la Iglesia, que contempla a María como la “figura portentosa en el cielo”, la “mujer vestida del sol, con la luna por pedestal, coronada con doce estrellas”, según se nos ha dicho en la lectura del Apocalipsis (Ap 12,1). En la Tradición de la Iglesia y muy especialmente entre los cristianos orientales, se venera también este misterio como la “Dormición” o el “Tránsito” de María.

    María compartió la vida y la misión redentora de su Hijo de tal manera que resultaba conveniente que fuera asociada a la gloria de Jesucristo resucitado y reinante en el Cielo. Eso fue lo que reconoció Pío XII cuando proclamó el dogma de la Asunción y a los cuatro años instituyó la fiesta de la Realeza de María, que celebraremos dentro de una semana. En la segunda lectura, tomada de la primera carta de San Pablo a los Corintios (1Cor 15,20-26), hemos escuchado que Cristo ha resucitado el primero de todos, como primicia de la resurrección de los cuerpos y garantía de la inmortalidad del alma. María ha sido la primera en compartir esta misma realidad. Es uno de los muchos motivos por los que, a partir de su Maternidad divina, que es la raíz de todos los privilegios marianos, Nuestra Señora viene siendo felicitada por todas las generaciones, pues el Poderoso ha hecho obras grandes en Ella, su humilde esclava, según hemos escuchado en el Evangelio (Lc 1,39-56).

    La Asunción de María nos recuerda las realidades eternas, nos hace caer en la cuenta de la meta a la que estamos llamados, nos habla del Cielo. Nuestros objetivos reales no deben estar aquí en la tierra, pues todas nuestras aspiraciones temporales al final se evaporarán y se quedarán en nada, como humo que se disipa. Somos peregrinos en este mundo y nuestra meta última es el Cielo, donde María Santísima reina junto con su Hijo.

    Pero estamos llamados al Cielo, a la dicha eterna, no sólo con nuestra alma, sino también con nuestro cuerpo, que al final de los tiempos habrá de resucitar gloriosamente como el de Cristo. La Santísima Virgen, siguiendo los pasos de su divino Hijo, no conoció la corrupción del sepulcro y ha sido asunta al Cielo con su cuerpo en estado glorioso. El ser humano es una realidad completa de cuerpo y alma y se constituye en persona en esa unidad. Y el cuerpo hace del ser humano una realidad sexuada, como nos enseña el Génesis: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” (Gn 1,27). La realidad sexuada del cuerpo humano define a la persona completa, es un principio lógico de cualquier antropología construida desde la evidencia de la naturaleza.

    A este respecto, quiero hacer un inciso y recomendar vivamente que leáis la nota publicada el pasado 7 de agosto por los obispos de Getafe y Alcalá sobre la reciente ley de género de la Comunidad de Madrid y quiero reproducir las palabras del papa Francisco a los obispos polacos el 27 de julio: “En Europa, en América, en África, en algunos países de Asia, hay auténticas colonizaciones ideológicas. ¡Y una de ellas –lo digo claramente con ‘nombre y apellidos’- es la ideología de género! Hoy a los niños (¡a los niños!) se les enseña esto en el colegio: que cada uno puede escoger su sexo. ¿Y por qué enseñan esto? Porque los libros son de las personas e instituciones que te dan el dinero. Son las colonizaciones ideológicas, sostenidas también por países muy influyentes. Y esto es terrible. Hablando con el papa Benedicto, que está bien y tiene un pensamiento claro, me decía: ‘Santidad, ¡ésta es la época del pecado contra Dios Creador!’ ¡Qué inteligente es! Dios ha creado el hombre y la mujer. Dios ha creado el mundo así, y así, y así… y nosotros estamos haciendo lo contrario”.

    Son palabras del papa Francisco y en las que nos transmite otras del papa emérito Benedicto XVI. No es el pensamiento de unos pocos obispos, sino la doctrina de la Iglesia, que debemos proclamar sin miedo, dispuestos a padecer lo que por ello tengamos que padecer.

    Por tanto, el ser humano, la persona, goza de una dignidad en su realidad completa de cuerpo y alma. El cuerpo humano goza de una dignidad altísima como obra de Dios y, cuando nos encontramos en estado de gracia, es templo del Espíritu Santo, según nos enseña San Pablo (1Cor 6,19-20). Por eso, en el estado presente de viadores, de peregrinos en este mundo terreno, debemos procurar nuestra santificación completa y hemos de revalorizar el sentido natural y sobrenatural casi perdido del pudor, que es la custodia de la intimidad, y la virtud de la castidad, que ordena y encauza adecuadamente a su fin nuestros instintos carnales y nos conserva en nuestra integridad para la donación total de la persona por amor.

    En fin, la Asunción de María nos sitúa ante Ella misma y ante su Hijo; nos sitúa ante la Santísima Virgen, nuestra Madre celestial, nuestra intercesora principal, nuestra Abogada, el acueducto por el que Dios derrama las gracias necesarias para nuestra santificación y salvación, esas gracias que su Hijo nos ha obtenido por su obra redentora. Por María descubrimos a su Hijo divino, Jesucristo, y por Ella y por Él podemos penetrar en la vida íntima del misterio trinitario, del misterio del Dios uno y trino que es misterio de amor eterno, a cuya contemplación y a cuya participación por amor estamos llamados. Acudamos a Ella para poder llegar al Cielo y gozar de la compañía eterna de Dios en unión de todos los ángeles y santos.

  • 14 Aug

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos en Xto. Jesús: el hombre, cuando ha padecido un fracaso muy grande, suele preguntarse qué sentido tiene su vida y cómo vencer esa oposición que se presenta como única solución aun en la misma familia y que uno percibe que debe superar animosamente. Es el combate de la fe, esa presencia íntima del Señor a la que tan pocas veces acudimos, pero que sabemos que no deja nunca de estar ahí, que nos dice que debemos reorientar nuestra vida, lo que algunos llaman segunda conversión. Después de una vida rutinaria se encuentra uno ante una encrucijada: luchar contra el pecado o someterse a él.

    Las lecturas de hoy dirigen una mirada retrospectiva a situaciones históricas en las que Jeremías o Jesús superaron esa tentación de dejarse absorber por el abismo de la desesperación. La infidelidad del pueblo escogido, en tiempos de Jeremías y del Mesías, llegó al colmo de no reconocer su pecado y de rechazar el correctivo que le curaría de su infidelidad a la alianza con Dios. Lo peor no fue la infidelidad, pues es imposible para el hombre cumplir los mandamientos sin la ayuda misericordiosa de Dios, sino rechazar en Jeremías y en Jesús a Aquel que prometió su amor misericordioso (“Yo estaré con vosotros”) sellado con una alianza irrevocable por su parte.

    La carta a los Hebreos nos da una visión más profunda de esa lucha contra el pecado y de la salvación. Cuando uno se cree solo ante los que se oponen a la fe, tiene “una nube ingente de espectadores que le rodea” y que interceden por nosotros. El secreto es fijar los ojos “en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que renunciando al gozo inmediato soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del Padre”.

    El Evangelio nos sorprende siempre con su hondura inagotable y con la proyección hacia una vivencia en la vida diaria, vivencia que describe patéticamente como una lucha interna entre la familia y a la que parece no dar respuesta. ¿Cómo no dejarse atrapar por los encantos de un mundo perecedero? ¿Cómo no sucumbir al pesimismo cuando el mal parece asentarse en lugares sagrados, en normas inicuas, en las relaciones sociales y en tantos corazones que abandonan la lucha para no sucumbir? El Evangelio nos señala que lo primero es la confianza en Dios, que no se arrepiente de su alianza: “No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino”, proclamaba el Evangelio del domingo pasado. ¿Qué hacer con el eco aún de esta promesa del Señor? Seguir el camino de Jesús, pasar por un bautismo de sangre, asumir la Cruz de nuestros pecados y de recibir la salvación no como la recompensa de nuestros méritos, sino como un regalo, con las condiciones que Dios ha marcado en la misma vida de Jesús: la Cruz de ser incomprendido por los más cercanos, de no poder presentar ante Dios una hoja de servicios impecable y los méritos de perdonar al que nos debe las insignificantes deudas de los roces cotidianos para que se nos perdone la inmensa deuda de haber ofendido a todo un Dios bondadoso y fiel.

    Pero la lucha de la fe no se limita a los enemigos externos. Si uno no aprecia lo que es vivir en gracia, acaba odiando a Dios: es un arma del demonio para alejar de Dios completamente. Solo luchando animosamente para no permanecer en el pecado hay salvación. El alma que permanece en pecado y no recupera la gracia vivificante no está combatiendo y acaba rechazando la salvación. Hermanos: no podemos permanecer de brazos cruzados cuando hay tantas almas en esta postración. Nos pueden tachar de rigoristas o de inmisericordes, pero si nos miramos ante el Señor en la oración, Él aguarda nuestra ayuda, por todos los medios a nuestro alcance, para que esas almas deseen la salvación.

    Aunque la Eucaristía aumenta la gracia, si la hemos perdido, primero debemos recuperarla en el sacramento de la reconciliación o penitencia. Pasar por la puerta de la misericordia supone no engañarse con una misericordia de Dios mal entendida. Es imprescindible arrepentirse de corazón de los propios pecados y hacer propósito de la enmienda no sólo de un genérico no pecar, sino de evitar las ocasiones de pecado, que no son sólo de acción, sino también de omisión: la carencia de lectura orante de la Biblia, la ausencia de adoración eucarística, la falta de generosidad y ayuda al prójimo, o sea, no practicar con el prójimo la misericordia de la que somos deudores, pues en tal caso de poco sirve pedir al Señor que tenga misericordia. No podemos ser perdonados si no perdonamos ni podemos ser amados si negamos al prójimo el perdón que le debemos. Vigilemos con todo cuidado si vamos por el camino de la salvación o si nos dirigimos a la condenación por falta de examen de conciencia. Se nos ha confiado el tesoro de nuestra salvación y si no acudimos al Señor y a la Stma. Virgen, nos presentaremos en el juicio de Dios con las manos vacías. La puerta de la misericordia está abierta hasta el 20 de noviembre, pero después, solo Dios sabe cuándo, viene el juicio. Dios es Padre misericordioso y también Juez de vivos y muertos. El Evangelio en todas sus páginas lo dice bien claro. Que cada cual lo repase en silencio y se convencerá por sí mismo.

    Queridos hermanos: acudamos a Ntra. Sra. del Valle para que nos ayude a interiorizar todas estas disposiciones del alma, que serán las únicas que nos darán la paz con Dios. Que así sea.

  • 25 Jul

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Los dos hijos de Zebedeo, los pescadores Santiago y Juan, fueron llamados por Jesús para seguirle y colaborar con Él en una gran misión (Mt 4,18.21; Mc 3,17), para fundar sobre ellos y sobre los otros Apóstoles su Santa Iglesia. Hizo de ellos Apóstoles, enviados para proclamar el Evangelio a los pueblos de la tierra. Ellos dos, junto con Simón Pedro, fueron sus más íntimos discípulos. Pero eso no quita que, por esa misma cercanía, que en algunos momentos a ellos les pudo llevar a dejar nacer la vanidad y la soberbia, les reprendiera con cariño o, en ocasiones, con notable severidad. Así, en el Evangelio que acabamos de escuchar (Mt 20,20-28), les dio y nos da a todos una enseñanza sobre la humildad. Y es que, ciertamente, Jesús, y después el Espíritu Santo enviado por Él para proseguir su misión, transformó por completo a todos los Apóstoles, entre ellos a Santiago el Mayor y a San Juan Evangelista, los “Hijos del Trueno”, como se observa en la lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hch 4,33.5.12) cuando todos ellos, encabezados por San Pedro, pierden el miedo a predicar el nombre de Cristo, llegando a ser Santiago el primero de los Doce en derramar su sangre por Él.

    Según una venerable tradición, Santiago vino a predicar el Evangelio a España y fue sostenido en su empeño por la Santísima Virgen. A partir de aquí, fue muy pronto tenido por Patrono de España, y así el monje San Beato de Liébana, a finales del siglo VIII o principios del IX, le invocó como “áurea cabeza de España, nuestro protector y patrono nacional” (Himno O Dei Verbum). En la misma Edad Media se rogó su intercesión frente a la invasión musulmana y se le denominó de forma habitual “luz de las Españas”. Gonzalo de Berceo le llamó “primado de España” (Vida de San Millán, estr. 422, v. 4) y el benedictino anónimo que compuso el Poema de Fernán González afirmaba que “fuertemente quiso Dios a España honrar cuando al santo apóstol quiso enviar” (cap. V).

    La figura de Santiago como Patrono nacional, por lo tanto, arraiga con firmeza desde los siglos medievales en los condados, reinos y coronas de España. Las peregrinaciones a su sepulcro en Compostela favorecieron la vinculación de España con el resto de Europa, de una Europa que era y es en su esencia cristiana, como recordara San Juan Pablo II. Y no sólo eso, sino que los misioneros españoles extendieron también su culto a América.

    El patriotismo es una virtud, la virtud del recto amor a la Patria, según lo comprendió el pensamiento clásico grecorromano, el de la China tradicional y la moral católica, que lo hace derivar de la piedad filial, del amor a los padres, del cuarto mandamiento de la Ley de Dios, como se expresa con claridad en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2239). San Juan Pablo II llegó a hablar incluso de una “teología de la Patria” (Memoria e identidad, Madrid, 2005, caps. 11-15). Hay un deber de gratitud hacia el legado de una rica tradición heredada de nuestros antepasados y que nosotros a su vez debemos transmitir a las generaciones futuras con fidelidad y enriqueciéndola, aspirando a contribuir en un proyecto de vida común.

    Hoy se nos hace urgente, una vez más, invocar a Santiago para que proteja a su Nación, como le canta el himno que se le entona con tanta devoción en la catedral de Compostela. Hoy España es casi irreconocible, al igual que muchas naciones de Europa a las que se viene tratando de ahogar sistemáticamente su alma cristiana. Aquel soneto de nuestro Quevedo, caballero de Santiago, resulta de perfecta actualidad: “Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados de la carrera de la edad cansados por quien caduca ya su valentía”.

    A nivel mundial se trata de imponer hoy un pensamiento único, desarraigando a las naciones de su ser; y naciones que han sido especialmente cristianas, como España, han sido tomadas como laboratorio de pruebas de una ingeniería social que, en estos momentos, aspira incluso a la disolución de la naturaleza del ser humano para que éste sea construido desde una nueva visión que parte de la negación misma de la realidad sexuada del ser humano que define su masculinidad o su feminidad. La llamada “cultura de la muerte”, la inversión del orden natural y la imposición del pensamiento único a nivel global, como ideología incapaz de sostener y de resistir un debate intelectual de carácter filosófico y científico, se establece entonces a fuerza de ley con sanciones de multa y de cárcel, amén de difundirse cada vez con mayor fuerza por la mayoría de los medios de comunicación, que aprovechan el sentimentalismo para calar en los corazones de la gente.

    Pero en los pueblos existirá siempre, al menos, un “resto” que se esforzará por mantener viva la esencia de sus patrias. Varias naciones del este europeo son hoy luz que nos están recordando la esencia cristiana del continente y la perpetuidad de los valores tradicionales, y por eso se las combate desde el poder globalizador. Y al mismo tiempo, en Europa occidental surgen muchas iniciativas que se niegan a la desaparición de la identidad de sus patrias históricas.

    Confiemos en que Santa María de España, como la invocó el rey Alfonso X el Sabio, juntamente con Santiago, conduzcan de nuevo a nuestra patria y a todas las patrias de Europa a descubrir y recuperar su esencia cristiana.

  • 17 Jul

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos en Cristo Jesús: Cada Eucaristía que celebramos es una visita del Señor, un banquete que toma con nosotros y también una invitación a participar en su sacrificio, en su misma muerte y resurrección. Tal es la grandeza de este misterio que, incluso para vivirlo en toda su profundidad, debemos prolongarlo en adoración, en trato de amistad con quien sabemos que nos ama y desea sigamos escuchando el eco de su palabra en nuestro corazón y le respondamos con el afecto más íntimo en la oración. La visita de los tres personajes a Abraham y Sara y la que Jesús haría a la casa de los hermanos Lázaro, Marta y María puede aplicarse a nuestros encuentros con el Señor en los sacramentos o en la intimidad de la oración.

    En la visita junto a la encina de Mambré se pone de relieve la caridad tan obsequiosa de Abraham y de su mujer, que le secunda con su trabajo silencioso y absorbente. Pero después de atender esa necesidad corporal son llamados los dos esposos para recibir la comunicación de la que era objeto la misión que traían los tres visitantes. La promesa no es el pago por la hospitalidad con que eran obsequiados, sino un don que viene del Señor y que no tiene precio. Pero los dones especiales los otorga el Señor o bien cuando les preceden detalles amorosos y desinteresados, con Él o con el prójimo o bien cuando el Señor sabe que esa persona va a ser muy agradecida con lo recibido previamente. Se ha proclamado cómo Abraham se volcó con sus huéspedes sin esperar nada, pero también sabemos de su fe inconmovible en la promesa de Dios, a pesar de no tener esperanza humana de que su mujer, anciana y estéril, le pudiera dar una descendencia numerosa como las estrellas del cielo.

    María, hermana de Marta y de Lázaro, conquista el corazón del Señor por el interés tan grande en escuchar su Palabra. María también sentía el gusto de obsequiar a Jesús preparándole una comida exquisita, pero guiada por el Espíritu Santo descubrió que Jesús suspiraba por otro alimento, como diría a sus apóstoles en el pozo de Sicar: “Mi alimento es hacer la Voluntad del Padre”. María supo que Jesús gozaba mucho más que con un banquete cuando había alguien que tenía hambre y sed de la Palabra de Dios y acudía a Él deseando escucharle. La voz del Padre en su bautismo y en la Transfiguración nos dio un solo consejo: “Éste mi Hijo amado, mi predilecto, escuchadle”.

    María y Abraham fueron pues excelentes anfitriones del Señor, se dejaron instruir por el Espíritu Santo y acogieron en su corazón la palabra de Dios y sus promesas, cualquiera de sus inspiraciones como cimiento de toda su vida, como luz en su camino, que permanece aun cuando tratasen de imperar en sus vidas las tinieblas de las dudas o la propia voluntad o vanidad intentasen llevarlos por sendas equivocadas.

    S. Pablo es otro hombre convencido de que el mensaje del Señor había que anunciarlo completo, sin disminución interesada introducida por la voluntad humana, plenamente obediente a la Voluntad de Dios. Eso le acarreó sufrimientos y discrepancias dolorosas con S. Pedro. Pero lealmente le hizo ver que no se podía rebajar el mensaje de Cristo y había que anunciarlo tal cual. Sin eso no se puede llegar a la madurez de la vida cristiana.

    De esta Eucaristía tendríamos que salir convencidos de que en la Palabra de Dios hay un tesoro que no debemos dar de lado, cuya escucha reclama toda nuestra atención y todas nuestras fuerzas, para dar gloria a Dios y conducir nuestras vidas y las de nuestros hermanos a la salvación. La Eucaristía es un momento fuerte de esa escucha, pero no debe ser el único. Y no solo es escuchar la Palabra, también debemos meditarla y convertirla en oración, entrar en comunicación directa con el Señor, hablarle de corazón a corazón, como dos enamorados. La oración no debe ser sólo pedir cosas. También debemos consolar al Señor con nuestro amor, sintiendo con Él todos los desprecios, blasfemias, indiferencias y esa tibieza tan extendida entre los que nos decimos sus seguidores. Eso le duele enormemente. ¿Hemos pensado alguna vez en reparar tantas agresiones a su amor? ¿Vamos por fin a llevar a cabo nuestro propósito, siempre diferido, de realizar una buena confesión y mejor todavía si es general? ¿Vamos a prescindir de nuestros respetos humanos y a animar por fin a nuestros familiares y amigos a que antes de noviembre se confiesen para no dejar escapar esta oportunidad del jubileo de la misericordia?

    Precisamente en este año de la misericordia, por deseo de Su Santidad el Papa Francisco, Santa María Magdalena se eleva al grado de fiesta desde este viernes 22 de julio, para resaltar la figura de esta mujer, a la que confió, antes que a nadie, la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual. Fue la primera en ver el sepulcro abierto y en escuchar la verdad de la Resurrección, experimentó la misericordia divina en lo más hondo de su ser y mereció ser apóstol de apóstoles, por lo que su celebración tendrá el mismo grado de fiesta que ellos.

    Por último, queridos hermanos, el 17 de julio de 1958, hace hoy 58 años, en la fiesta litúrgica del triunfo de la S. Cruz, en el aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa, se inició la vida monástica en el Valle de los Caídos. Durante los 7 papas que en estos años se han sucedido, esta comunidad, muchas veces contra viento y marea y contra toda esperanza, ha resistido todo tipo de tribulaciones. Sin embargo, nuestra mirada debe estar llena de optimismo, sabiendo que Dios nunca nos abandonará. Cuando un monje renueva sus primeros votos en la profesión jubilar, utiliza una fórmula muy apropiada para un día de acción de gracias a Dios como hoy: “agradecido por el pasado y lleno de humilde confianza para el futuro, apoyado en la misericordia de Dios y en la oración de los hermanos”. Necesitamos vuestra oración, queridos hermanos, para seguir desarrollando nuestra labor espiritual aquí.

    No quisiera terminar sin evocar el mensaje de S. Juan XXIII al Cardenal Cicognani con motivo de la dedicación de esta basílica en 1960: “Los anales gloriosos de España, los encantos de su paisaje, lo que de grande y elevado se ha forjado con su dolor en los años duros del pasado, se han dado cita en ese hermoso valle, bajo el signo de la paz y concordia fraternas, a la sombra de esa cruz monumental que dirige al Cielo las oraciones de la fervorosa Comunidad Benedictina y de los devotos visitantes por la cristiana prosperidad de la Nación, y que quedará como en alerta permanente para transmitir la antorcha de la fe y de las virtudes patrias a las generaciones venideras”. Y continuaba diciendo el papa bueno y santo: “Nuestra súplica confiada va en estos momentos a la Virgen Santísima, venerada con tanta devoción en España, la que en sus más significativas advocaciones tiene puesto de honor en ese Santuario y a la que pedimos cobije bajo su manto las almas de cuantos en él duermen fraternamente unidos su último sueño. Que Ella proteja a esa grande Nación y a los que rigen su suerte”. Que así sea.

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