• 16nov

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: En este domingo la Palabra de Dios nos descubre un secreto muy valioso para alcanzar con seguridad nuestra salvación. Tenemos que venir siempre con ese anhelo profundo. Es lo más importante en nuestra vida. El joven rico le hizo esa pregunta que siempre debemos hacernos: “¿Qué debo hacer para ganar la vida eterna?” Lo demás es secundario. La salvación o la condenación no son un misterio que se nos revela cuando nos presentamos al juicio particular cuando muramos. En este mundo, en nuestra vida terrena, sabemos ya si nos vamos a salvar o a condenar.

    Corrijamos desde el principio nuestro lenguaje humano tan imperfecto cuando trata de lo sobrenatural. La vida eterna no la puede ganar el hombre con sus merecimientos en sentido absoluto. Es un regalo, un don de Dios. Pero no es un regalo barato. Porque nuestra pequeña contribución a nosotros nos cuesta superar una carrera de obstáculos durante toda la vida. Y, a pesar de nuestro gran esfuerzo, es un regalo de la infinita misericordia divina. Así que sobre todo es don. Pero el mismo Evangelio es el que usa la expresión “ganar” la vida eterna. Nuestros méritos son muy importantes, pero no dejan de ser una chispita en comparación con el gran precio de la Redención que Cristo ha pagado con su muerte y resurrección.

    Vamos por orden. En el Antiguo Testamento se nos revela cómo uno debe aprovechar la vida para hacer el bien a los demás: como la mujer ideal, buena administradora de una parte de la hacienda familiar. Pero la posible alusión a la vida eterna queda muy velada. El libro de los Proverbios considera la simpatía y hermosura de una mujer, que para una mirada superficial es lo principal, un baremo engañoso, e incluso puede convertirse en un impedimento para alcanzar la vida eterna si se convierte en una idolatría por parte del hombre o de la mujer. Lo único que tiene consistencia, es si una persona teme al Señor. Es la expresión típica de los libros sapienciales. Pero no dice por qué. En el Antiguo Testamento sólo de una manera velada e incipiente, pero segura, se habla de la retribución eterna. Era algo grabado en el fondo en la conciencia del israelita, no lo ignoraba, pero no podía dar muchas explicaciones de ella.

    El Salmo 127 que ha cantado el salmista considera que un hogar con muchos hijos es signo de la bendición divina.

    En cambio, en el Nuevo Testamento ya se habla con toda claridad de la retribución eterna. En la carta a los Tesalonicenses se aborda el tema del día del Señor, expresión que usan con frecuencia los profetas del Antiguo Testamento y constituye el tema central del Apocalipsis: todo el libro es la descripción del día del Señor (Ap 1,10). San Agustín comenta que ese día es un período en el que el Señor instaura su Reino en este mundo y que abarca también la purificación previa, denominada gran tribulación. Es un punto importante del símbolo de nuestra fe: “Y de nuevo vendrá a juzgar a vivos y muertos”. Se trata de un juicio intrahistórico diferente del juicio particular que tiene lugar inmediatamente que uno muere y del juicio final, el cual tiene lugar como colofón del fin del mundo.

    San Pablo también nos da unas claves muy importantes para estar preparados para el día del Señor, que viene como ladrón, no porque el Señor no nos dé señales abundantes y claras, sino porque una de las calamidades que se procuran los hombres que dan la espalda a Dios en los últimos tiempos es precisamente la ceguera o incapacidad para interpretar los signos de los tiempos. Lo tenemos ante los ojos, lo comentamos incluso a menudo, pero nos falta la clarividencia espiritual para aplicárnoslo a nuestra propia vida. No somos capaces de tomar las medidas pertinentes que nos pondrían a salvo de sucumbir en la persecución por la fe y ser uno más de tantos apóstatas. Nos arriesgamos a no ser capaces de dar testimonio de Cristo en el momento de la prueba. Si no estamos firmemente anclados en la fe el miedo nos arrastrará a la apostasía como a muchos creyentes que no fueron fortalecidos por sus pastores, previniéndoles de lo que iba a suceder y que está anunciado en tantísimos lugares de la Sagrada Escritura, además de que en la misma Escritura hay dos libros expresamente dedicados a ello, uno en el Antiguo Testamento, el libro de Daniel, y otro en el Nuevo, el ya mencionado Apocalipsis. Es necesario estar vigilantes por medio de la oración y el examen de conciencia y la sobriedad, cuya falta hace que caigamos en el sopor y olvido de la venida del Señor y de los signos de su advenimiento.

    Pero es en el Evangelio donde se nos reserva la sorpresa maravillosa capaz de unificar toda nuestra vida en torno a una clave que ordene nuestra vida espiritual bajo un enfoque que nos evite caminar como sonámbulos. Vayamos por partes. La parábola de los talentos es tan conocida y popular que ha obrado una transformación semántica por la que de una moneda histórica de Palestina ha catapultado su significación para significar en el lenguaje corriente las cualidades de una persona. “Esta es una persona que tiene muchos o pocos talentos”, solemos decir. Pero algún avisado comentador, que por desgracia no abundan, propone con notable acierto, dar la significación a la palabra talento de la parábola a toda ocasión que se nos presenta en el día a día de convertir las cosas pequeñas o grandes, las desgracias o cruces que solemos decir en el lenguaje espiritual basado en el Evangelio, y también las alegrías y dones que nos da el Señor, en ocasión de unirnos a la Voluntad de Dios o de rebelarnos contra esa Voluntad que contraría nuestros planes, o se nos presenta como un sufrimiento o una dificultad que no estamos dispuestos a afrontar. Nuestra vida pasaría de este modo a ser una continua ofrenda hecha al Señor de los mil y un instantes del día en que a nuestra libertad se nos presenta una elección : acepto o no la realidad a la que no puedo negarme sin un mayor o menor quebranto para mí y los que me rodean. Nuestra vida es en realidad un mosaico inmenso de momentos en los que nuestra libertad tiene que decidir entre dos opciones : o bien acepto lo que se me presenta en este instante como ofrenda agradable a Dios por mi elección en comunión con la Voluntad de Dios, o me cierro en banda y digo que no, que yo por ahí no paso, que ya estoy harto, que todo en la vida tiene un límite, que la cruz es para aquellos que van de santos por la vida, que yo me apeo y me organizo mi vida a mi antojo que ya soy mayorcito y que me dejen en paz.

    En la parábola se nos presenta a los dos primeros empleados que aceptan el reto de su señor que se va de viaje y les hace un depósito de dinero para que negocien con él. Se toman la cosa como suya. Asumen lo que les plantea su señor, se fían de él y lo ven proporcionado a sus fuerzas. No lo ven ni como una trampa, ni como una responsabilidad desmedida. Pero el tercero se niega a entrar en el juego y le contesta al señor: “fui a esconder bajo tierra tu talento. Aquí tienes lo tuyo”. Para este empleado el señor es un explotador que siega donde no siembra y recoge donde no esparce. Pero el señor de la parábola no se inmuta ante la acusación y demuestra al empleado que es injusto al catalogarle de esa manera, pues aceptaba como trabajo justificativo simplemente llevar el dinero al banquero. El empleado en realidad no se fía de su señor ni de los banqueros, de nadie.

    La consecuencia queda patente para nosotros: nuestra salvación es una empresa que tiene su dificultad. Pero sería injusto acusar a Dios de jugar sucio y estar a la altura de los explotadores con los obreros indefensos por la falta de trabajo bien retribuido. Si somos capaces de fiarnos de Dios, de apostar por este Padre bondadoso que busca nuestro bien aunque en ocasiones tengamos que trabajar sin ver el fruto de nuestros sudores, o tarde en llegar la recompensa, para aquilatar el grado de nuestra confianza, si confiamos en Dios nuestra salvación está asegurada. Pero ojo no es una confianza facilona o barata, como la presentan ciertos pastores que han dimitido de su función: aquí todo el mundo se salva porque Dios es bueno y nadie se condena. Eso es falso.

    Nuestra salvación requiere un esfuerzo, el esfuerzo de asegurarnos con la meditación concienzuda de la Palabra de Dios y con el trato personal en la oración, además del repaso de nuestra experiencia bien objetivada, de que Dios es tan bueno que nadie puede acusarle de no ayudar a sus hijos, ni nadie es capaz de superar su bondad. Nadie puede acusarle de tacaño en sus dones. Si creo que esto no es verdad tendré que volver a leer con honestidad su Palabra y ver por mí mismo si Dios es de fiar o no.

    Pero una vez que estoy seguro de la bondad de Dios soy el más afortunado de los hombres. He encontrado un tesoro. Estoy seguro de que el más mínimo esfuerzo que yo haga encontrará una correspondencia increíble en el Padre más amoroso que jamás pueda imaginar. Me veré envuelto en un halo de luz, porque mi vida ha encontrado un sentido jamás imaginado. Ahora la confianza en Dios unifica mi existencia. No necesito otro polo de atracción. Es el resorte que me hace afrontar trabajos pesados, que me hace perdonar ofensas que me parecían imperdonables, que me capacita para sufrir mortificaciones a mis gustos, contradicciones a mis opiniones, privaciones que antes no podía soportar y ahora me parecen livianas. Por fin tengo la certeza de que voy a alcanzar la salvación. Porque podré cometer pecados que me priven de ella, pero como sé que Dios quiere mi salvación y no me ha tendido una trampa, aunque me avergüence mi pecado iré presuroso a pedir perdón me cueste lo que me cueste, porque sé que hallaré misericordia y paz para mi espíritu. Una paz y una felicidad eternas que nada ni nadie fuera de Dios me puede dar. Este Evangelio nos abre horizontes insospechados. Todos nos debemos decir: Si tengo confianza en Dios lo tengo todo. Nadie puede poseer una riqueza más grande. Si alguien quiere persuadirme de lo contrario me reiré de sus argumentos y me dará pena la actitud de quien me contradiga, pero mi opción es de por vida. Quien contradiga la confianza que un creyente tiene en Dios comete el pecado imperdonable contra el Espíritu Santo. Deposito en manos de la Santísima Virgen mi opción para que por su intercesión no permita me desdiga nunca de ella y ruego sea esta la opción de todo creyente incluso si no profesa nuestra fe católica. Que la sangre de la que participamos en esta Eucaristía rubrique nuestro compromiso de por vida.

  • 15nov

    P. Santiago Cantera

  • Querido Fray Miguel:

    Cuenta la vida del antiguo monje celta irlandés San Enda, del siglo V-VI († 530), que era un valiente guerrero y rey de clan que llegó a comprender, gracias a su hermana Santa Fanchea, que nada de aquello en lo que había puesto hasta entonces su corazón podría darle la plena felicidad: ni el poder, ni la gloria terrena y la fama, ni un amor humano como el de la chica de la que se había enamorado y acababa de morir. Sólo Dios podría de verdad hacerle del todo feliz. Entonces acabaría abrazando la vocación monástica y fundando un monasterio en la isla de Inishmore, en un ambiente duro y con un clima severo, pero ante el cual él exhortaba a sus monjes diciendo que “no se puede sentir frío en los corazones que arden por el amor de Dios”.

    El amor de Dios era la condición esencial que ponía a los candidatos a la vida monástica un verdadero “Padre del Desierto” de nuestro tiempo, el monje copto egipcio Matta el Meskin (1919-2006), impulsor del monasterio de San Macario en pleno desierto de Escete - Wadi el-Natroun: “A quien quiere entrar en el monasterio, yo simplemente le pregunto: ‘¿Amas al Señor?’ Y si él me responde: ‘Sí’, yo le hago otra pregunta más importante: ‘y ¿has sentido que Jesús te ama?’ Si a esta pregunta también responde ‘sí’, entonces puede entrar. En efecto, es el amor del Señor que nos ha reunido y quien conduce día a día nuestra vida: el único objetivo de nuestra vida es el de someternos a la voluntad de Dios por amor a él”.

    San Benito exige examinar ante todo esto mismo en el candidato a la vida monástica: “si de veras busca a Dios, si es solícito para la obra de Dios (el Oficio Divino), la obediencia, las humillaciones” (RB 58, 7).

    Nuestra vida, querido Fray Miguel, queda vacía de contenido si de ella desplazamos a Dios, si lo dejamos en un lugar secundario, si sustituimos su centralidad y su primacía por otras cosas, otros intereses u otros afectos internos o externos al monasterio, si nos llenamos de sucedáneos sin contenido. Estaremos totalmente equivocados si, como monjes, buscamos fuera de Dios lo que sólo en Dios podemos encontrar. Nada ni nadie será capaz de darnos jamás lo que sólo Dios es capaz de dar: la verdadera paz interior, la alegría espiritual, la felicidad del alma aun en medio de las dificultades y de los sufrimientos, que se han de vivir siempre en clave de cruz redentora, en clave de participación en la obra salvadora de Cristo.

    Nuestra vida no es fácil, a pesar de que un monasterio benedictino como el nuestro no ofrezca las austeridades de las islas de la costa occidental de Irlanda ni de los desiertos de arena de Egipto. No es fácil porque exige de uno mismo crecer en el amor de Dios a través de un seguimiento absoluto de Cristo mediante el esfuerzo ascético de las virtudes, en la renuncia de sí mismo por el camino de la humildad y de la obediencia, y que culmina en la imitación y la identificación total con Él en la Cruz. Y los términos “esfuerzo, virtudes, renuncia, humildad, obediencia y cruz” no son hoy precisamente los más populares, quizá incluso entre nosotros mismos. Sin embargo, son los que mejor permiten al hombre perfeccionarse como hombre, mirándose en el Modelo perfecto, “el Hombre Jesucristo” (cf. 1Tim 2,5), que es verdadero Dios y verdadero Hombre y como tal nos da la clave de la perfección humana según la medida de Dios.

    Los votos que vas a profesar por tres años son los clásicos de la Tradición monástica: estabilidad, conversión de costumbres y obediencia (RB 58, 17), el segundo de los cuales conlleva la pobreza y la castidad. Porque, ciertamente, abrazas el seguimiento y la imitación de Cristo viviendo los consejos evangélicos: pobreza, obediencia y castidad. Y al hacerlo, quieres llevar a sus últimas consecuencias lo que recibiste a la hora del Bautismo, como nos recuerda San Juan Pablo II: “En la Tradición de la Iglesia, la profesión religiosa es considerada como una singular y fecunda profundización de la consagración bautismal en cuanto que, por su medio, la íntima unión con Cristo, ya inaugurada con el Bautismo, se desarrolla en el don de una configuración más plenamente expresada y realizada, mediante la profesión de los consejos evangélicos” (Vita consecrata, 30).

    Querido Fray Miguel, te voy a proponer, aplicadas a ti, las siguientes palabras que el Papa Francisco dirigió este verano en el encuentro con religiosos y religiosas en su viaje a Corea: “La firme certeza de ser amado por Dios está en el centro de tu vocación: ser para los demás un signo tangible de la presencia del Reino de Dios, un anticipo del júbilo eterno del cielo. Sólo si tu testimonio es alegre, atraerás a los hombres y mujeres a Cristo. Y esta alegría es un don que se nutre de una vida de oración, de la meditación de la Palabra de Dios, de la celebración de los sacramentos y de la vida en comunidad”.

    Por mi parte, y teniendo además en cuenta que hoy es sábado, te añado una cosa más: acude siempre a la Santísima Virgen, “mira la Estrella, invoca a María” (San Bernardo), Modelo para todo religioso. Estate seguro de que Ella jamás te fallará.

  • 07nov

    P. Santiago Cantera

  • Querido Fr. Pelayo:

    Cuenta un hermoso Apotegma de los Padres del Desierto, aquellos primeros monjes de Egipto, que en una ocasión el obispo Epifanio de Chipre, antiguo monje, quiso reencontrarse con el abad Hilarión, y que, en la comida, aquél le ofreció un ave, a lo que éste dijo: “Padre, discúlpame, pero desde que he vestido este hábito, no he comido carne”. A lo cual respondió el obispo Epifanio: “Y yo, desde que tomé este hábito, jamás he permitido que nadie se acostara teniendo algo contra mí ni yo me he dormido con resentimiento contra alguno”. Hilarión le contestó entonces: “Perdóname, tu práctica es mejor que la mía”.

    Son muchos los Apotegmas de los “Padres del Desierto” que exponen con una sencillez bellísima el valor del hábito como signo de una nueva vida. Aquellos monjes, revestidos de la “melota” o piel de camello, habían puesto sus ojos en los hábitos vestidos por Elías, Eliseo, los profetas del Antiguo Testamento que vivían en comunidad y San Juan Bautista: un manto, unas pieles, la descalcez… Todo ello exteriorizaba la austeridad y el desprendimiento de una vida que miraba a la consecución de la dicha eterna. Incluso dieron con frecuencia un significado espiritual particular a cada pieza del hábito, como lo reflejan Evagrio Póntico y Juan Casiano.

    También San Gregorio Magno nos cuenta cómo N. P. S. Benito, habiéndolo dejado todo para buscar únicamente a Dios, se retiró del mundo y recibió el hábito monástico de manos del monje Román (Diálogos, II, 1). En el monacato antiguo, la vestición de hábito venía a identificarse con la profesión de los votos monásticos. Y cuando San Gregorio Magno emplea la designación conversationis habitus al describir este pasaje, manifiesta la eso, un cambio a un nuevo estilo de vida, una transformación para abrazar toda una vida dedicada al servicio de Dios.

    En la Santa Regla, la toma de hábito y la profesión de los votos van unidas en el pensamiento de San Benito. Por eso, el abandono de las vestimentas seglares para recibir las monacales significa y conlleva el cambio total de vida, la asunción del estado monástico (RB 58, 26-28).

    El conocido dicho “el hábito no hace el monje” tiene una gran parte de verdad, pues lo que hará al monje ser realmente tal será su vida de monje. Sin embargo, también es verdad que el hábito puede y debe contribuir no poco a que el monje sea un auténtico monje, según nos recuerda Ludovico Blosio: “No traigas el hábito de monje en vano, haz obras de monje” (Espejo de monjes). El hábito, en efecto, conlleva una exigencia de vivir como monje; recuerda de continuo a quien lo lleva su consagración a Dios y sus deberes de estado, sus obligaciones y aquello que no es propio que haga. Su vigor queda realzado por el Magisterio reciente de la Iglesia: el Concilio Vaticano II (Perfectae caritatis, n. 17) y los Papas recientes (Bto. Pablo VI, Evangelica testificatio, n. 22; S. Juan Pablo II, Vita consecrata, n. 25) lo han definido como “signo de consagración” y han pedido vivamente su uso.

    Y el fundador de nuestra Congregación Solesmense, Dom Próspero Guéranger, nos recuerda que el hábito es “signo visible de la separación del mundo”. Por eso los monjes le tendrán un soberano respeto y se revestirán siempre con este sentimiento; se esforzarán en conservarlo con una gran limpieza y no se lo quitarán jamás sin necesidad (Notions sur la vie religieuse et monastique, I, 1).

    Querido Fray Pelayo: que la santa librea que ahora vas a vestir sea también de verdad para ti signo de esta nueva vida que deseas abrazar. La Iglesia establece unos tiempos prudenciales de discernimiento en la vocación religiosa, por parte del candidato y por parte de los formadores y de la comunidad que le acoge. Pero todos queremos confiar en que cada paso lo des con convencimiento y que la gracia de Dios se derrame sobre ti para ser un buen monje, viviendo las virtudes que el santo hábito exige. Y si principalmente eres capaz de vivir la humildad y la obediencia, en las que más insiste N. P. S. Benito, y buscas de veras a Dios y eres solícito en el Oficio Divino, como él pide, podrás correr con inefable dulzura de amor por el camino de sus mandamientos con el corazón ensanchado (RB, Pról., 49). Sé fiel al hábito que ahora vas a recibir y él te ayudará a ser fiel en la vida monástica.

    Que Santa María, Reina de los monjes, y todos los santos de nuestra Orden, a los que hoy conmemoramos, intercedan ante Dios para que te conceda la fidelidad.

  • 02nov

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Todo el mes de noviembre, pero muy especialmente el día de hoy, está dedicado a la intercesión por las almas de los difuntos. Ayer celebrábamos la solemnidad de Todos los Santos, que nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad ante Dios, a la salvación eterna, a gozar de la dicha del Cielo con Él. Por su parte, la conmemoración litúrgica de hoy fue instituida por un abad benedictino, el cluniacense San Odilón a inicios del siglo XI, y nos recuerda la verdad del Purgatorio y el deber que tenemos de ofrecer nuestras oraciones, penitencias, limosnas y el Santo Sacrificio de la Misa para que las almas que se encuentran en ese estado puedan pasar a disfrutar de Dios. Ésta es la verdadera celebración cristiana de los difuntos: no adoptemos modas subculturales venidas de fuera y de remotos orígenes paganos e incluso con un trasfondo demoníaco, como la fiesta de “Halloween”, que ha recibido las acertadas críticas de numerosos obispos. Evitemos también que nuestros niños y jóvenes caigan en prácticas y juegos espiritistas como la “ouija”, donde no se respeta el descanso de los difuntos y se abren las puertas a la acción del demonio, según avisan continuamente los exorcistas.

    La Iglesia Católica afirma la existencia del Purgatorio y lo definió solemnemente como un dogma en el II Concilio de Lyon en 1274. Por lo tanto, no es materia opinable, que a uno le pueda parecer aceptable y a otro no, sino que todos los católicos debemos creer en esta verdad. En la Sagrada Escritura, pero muy especialmente en los libros de los Macabeos, hay numerosos textos en los que se fundamenta la fe en el Purgatorio o unas penas purgatorias, pues, para poder pasar a contemplar la belleza infinita de Dios en la eternidad, las almas deben estar limpias de toda mancha dejada por sus pecados. Lo mismo que cuando una persona asiste a una boda o a un encuentro importante tiene que ir con un vestido limpio, para ver a Dios tenemos que estar perfectamente purificados.

    Entre los Padres de la Iglesia, San Agustín y el papa San Gregorio Magno fueron algunos de los que trataron el tema del Purgatorio con mayor profusión. El segundo incidió mucho en la fuerza inmensa del Santo Sacrificio de la Misa ofrecido por las almas de los difuntos para que queden liberadas de las penas purgantes y puedan pasar a la gloria celestial. Esa fuerza viene del propio valor de la Santa Misa, porque en ella se realiza la renovación y actualización del Sacrificio de Cristo en el Calvario, así como de su Resurrección y Ascensión. Por eso, no hay nada más grande sobre la faz de la tierra que la Santa Misa. A ella debiéramos acudir siempre con devoción, con admiración y con asombro renovado ante lo que sucede delante de nosotros. El milagro más grande posible se produce cada vez que el Cuerpo y la Sangre de Cristo se hacen realmente presentes en las manos del sacerdote al pronunciar las palabras de la Consagración. Y por este motivo, la Iglesia permite en el día de todos los Fieles Difuntos que los sacerdotes puedan celebrar tres Misas.

    El mes de noviembre, por lo tanto, nos coloca ante las realidades de lo que tradicionalmente se ha conocido como los “Novísimos” y de los cuales hoy por desgracia no hablamos mucho los sacerdotes.

    Nunca debemos olvidar que el bien o el mal que hagamos en esta vida tienen repercusiones de cara a nuestra salvación eterna, a la que Dios nos invita. Nuestra vida no se termina con la muerte: más bien comienza. Todos debiéramos meditar acerca de la muerte, no con un sentido tétrico, sino como una realidad de la vida humana ante la que ésta encuentra su sentido y ante la que debe decantarse por el bien o por el mal, teniendo presente que tras ella vendrá la realidad eterna, ya de gloria en el Cielo, ya de pena en el Infierno, porque éste también existe. El Infierno no lo ha originado un Dios cruel, sino la obstinación diabólica y humana en el mal hasta el último momento, que se cierra a la misericordia divina.

    El mes de noviembre, por lo tanto, nos introduce de lleno en la meditación de una parte de los “Novísimos”, mientras que en el Adviento que le sigue podremos penetrar en la otra parte de ellos: aquella que se refiere al final de los tiempos, la aparición del Anticristo, la Parusía o segunda venida de Jesucristo y el Juicio Final. Pero los “Novísimos” se deben meditar siempre con esperanza. Es erróneo hacerlo con espíritu morboso, tétrico, catastrofista o adivinatorio. La actitud cristiana es de esperanza, virtud teologal infundida por Dios en nuestra alma para confiar en la grandeza de la Bondad y de la Misericordia de Dios, que nos invita al arrepentimiento y a la conversión para alcanzar la vida eterna.

    “Dios quiere que todos los hombres sean salvos” (1Tim 2,3-4), dice San Pablo. Y Jesús nos habla de la inmortalidad y de que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos están vivos” (Mc 12, 27; Lc 20,38). Dios desea que todos podamos llegar a gozar del Cielo, de la visión de Él mismo. Y por eso quiere que le roguemos por la liberación de las ánimas benditas del Purgatorio, que esperan nuestras oraciones y sacrificios y que ofrezcamos por ellas el Santo Sacrificio de la Misa. En todo el mes de noviembre se puede ganar en esta Basílica indulgencia plenaria aplicable por las almas del Purgatorio, con las debidas condiciones de confesión sacramental, comunión eucarística, oración por el Papa y aversión al pecado.

    Que María Santísima, que esperó con fe la Resurrección de su Hijo, interceda por las ánimas del Purgatorio y nos lleve a meditar en los misterios que ahora la Iglesia nos propone.

  • 01nov

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Al celebrar la solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia honra a todos aquellos hermanos nuestros que han alcanzado ya la gloria celestial para toda la eternidad, tanto los que están oficialmente beatificados y canonizados, como aquella ingente multitud de hombres y mujeres que, habiendo pasado en su mayor parte desapercibidos y siendo desconocidos para nosotros, vivieron la vida cristiana con fidelidad a Dios y ejercitando las virtudes. Entre ellos pueden contarse muchos familiares y amigos nuestros cuya imagen seguramente nunca veremos en una hornacina o en un altar, pero que han sido para todos los que los conocieron un verdadero ejemplo de vida cristiana.

    Una de las cuatro notas de la verdadera Iglesia, según lo vamos a proclamar en el Credo, es la santidad: la Iglesia es santa. Lo dice el Salmo 92: “La santidad es el adorno de tu casa” (Sal 92,5). Y lo es porque su fundador, Nuestro Señor Jesucristo, es santo y envía sobre ella el Espíritu Santo para que la vivifique y la santifique, produciendo en ella frutos de santidad. Por eso, desde sus mismos orígenes, la Iglesia rindió un culto especial a los mártires y los tomó como modelo, y muy pronto asoció a ellos a otros hombres y mujeres que, sin haber derramado su sangre por Cristo, vivieron con una fidelidad y una entrega a veces semejables incluso al martirio. Entre esos mártires y santos de los primeros siglos, no debemos olvidar que un número destacable de ellos son niños y niñas, porque a la santidad estamos llamados todos desde que nacemos.

    San Bernardo de Claraval apreciaba el valor de los santos como mediadores y como ejemplo para nosotros, además de merecer nuestro reconocimiento por haber logrado la corona de la gloria. Nos enseña que ellos no necesitan los cantos y los homenajes de los hombres, pues están saciados por el Señor, pero la celebración de su memoria nos es muy provechosa a los hombres de la tierra y suscita en nosotros el que Cristo se nos manifieste como nuestra vida, lo mismo que a ellos, y el deseo de que seamos glorificados en Él. En definitiva, “tres cosas debemos considerar en las fiestas de los santos: la ayuda que nos dan, su ejemplo y nuestra confusión” (Sermón en la vigilia de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo). Entendamos aquí por “confusión” el hecho de que todavía nos encontramos en medio de las penalidades de la vida terrena.

    La santidad y el logro de la salvación eterna es la meta del cristiano, porque suponen la fidelidad y entrega absoluta a Dios y el disfrute de su contemplación para siempre. Por eso, el ideal cristiano debe seguir cifrándose en la santidad: “¡Ser santos!”, han proclamado y exhortado muchos santos. “¡Hagámonos santos, que todo lo demás es tiempo perdido!”, nos han dicho muchos de ellos. Y no se referían a la santidad reconocida públicamente y a un deseo de ser un día oficialmente venerados, sino que se referían a la santidad a los ojos de Dios. Como enseñaba un bonito devocionario de nuestra guerra de 1936-39: “Ante Dios nunca serás héroe anónimo”.

    La santidad consiste básicamente el ejercicio heroico de las virtudes. Hoy se habla poco de virtudes, porque suponen un esfuerzo ascético de autosuperación, de dominio de sí, de vencimiento sobre las pasiones ilícitas y sobre las malas tendencias, de victoria sobre el pecado y el vicio. Pero la virtud, que es una disposición permanente del alma para obrar el bien y evitar el mal, es condición sine qua non para la santidad; y para poder ejercitarla de un modo perfecto necesitamos la ayuda de la gracia divina, que es ya un anticipo de la gloria celestial y se nos comunica por medio de los sacramentos, la oración y las buenas obras.

    La solemnidad de Todos los Santos, por tanto, es un doble estímulo a ser santos en la tierra y a alcanzar la gloria de los santos en el Cielo. Los santos son los que, con su vida y con su ejemplo, han sido capaces de aportar al mundo caridad y justicia. Pero además, nos sirven de modelo para alcanzar la dicha eterna en el Cielo. Son un aliciente para la esperanza cristiana, la cual es una virtud teologal infundida por Dios en la voluntad, por la cual confiamos con plena certeza alcanzar la vida eterna y los medios necesarios para llegar a ella apoyados en el auxilio omnipotente de Dios. Lo dijo San Juan Pablo II: “No podemos vivir sin esperanza. Hay que tener una finalidad en la vida, un sentido para nuestra existencia. Tenemos que aspirar a algo. Sin esperanza, comenzamos a morir” (Los Ángeles, 1987). “La fe cristiana y la esperanza cristiana miran más allá de la muerte. Pero ni la fe ni la esperanza son mero consuelo en el más allá. Transforman ya ahora nuestra vida terrena” (Salzburgo, 1988).

    Viviendo santamente en la tierra y transformando así la realidad que nos rodea, aspiremos al Cielo, a la vida eterna. Deseemos vivir las Bienaventuranzas que Jesús nos ha proclamado en el Evangelio (Mt 5,1-12) y anhelemos pertenecer al séquito de los santos que eternamente glorifican a Dios, según la descripción del Apocalipsis (Ap 7,2-4.9-14), sabiendo que entonces como nos ha dicho el Apóstol San Juan en su primera carta, “seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,1-3). ¡Qué gozo, queridos hermanos, alcanzar la gloria eterna, la contemplación eterna de Dios en compañía de los ángeles y los santos, aquello que con nuestras limitaciones terrenas ahora nos es imposible comprender bien! Entonces, como dice San Agustín, “allí descansaremos y contemplaremos; contemplaremos y amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que será la dicha que no tiene fin” (De civ. Dei, XXII, 30). Que la Santísima Virgen, la toda santa y asunta al Cielo, nos ayude a llegar a esta meta.

  • 26oct

    P. Alberto Soria

  • Las lecturas bíblicas nos enseñan, queridos hermanos, que nuestra vida de relación con Dios no puede estar separada de la relación con nuestros semejantes. Los hombres y Dios formamos una familia irrompible. Si el hombre se empeña en poner barreras que le separen de los hombres, se aleja de Dios también y se pone en conflicto con quien le ha creado y redimido. Si el hombre, por el contrario, se precia de tener una buena relación con los hombres, pero se separa y aleja de Dios, esa pretendida buena relación con los hombres es inconsistente y acaba por desaparecer o por limitarse a un grupo de amigos, con los que concuerda solo en pequeños objetivos, pero que al final acaban enfrentándose por pequeñas cosas, porque han dejado de lado la fuente misma del amor. Solo con la ayuda de Dios puede uno ser leal a los demás hombres.

    El amor a Dios y al prójimo no son dos mandamientos iguales el uno al otro. Hay una jerarquía que se impone por sí misma. Principal y primero es el amor a Dios, como es lógico para quien conozca su obra creadora y redentora. Dios nos ama con amor infinito. No debemos tanto al hermano como a Dios. El amor al prójimo tiene que estar fundado e inspirado por el amor a Dios. Nada más y nada menos porque es su fuente, de la que parte todo, también el conocimiento del lugar que ocupa el amor a Dios y al prójimo.

    Otras religiones, al carecer de una revelación sobrenatural conocen el carácter principal del amor a Dios, pero no son capaces de relacionarlo bien con el amor al prójimo. Cuando los cristianos afirmamos que el amor a Dios es el mandamiento principal y primero, según la revelación de Dios, no por eso consideramos que el amor al prójimo sea irrelevante o muy secundario. Aunque no sea el principal, su importancia es tanta, que si se suprime el amor al prójimo, el amor a Dios queda falsificado y simplemente desaparece en aquel que persistiera en esa actitud. Porque también se puede decir que el mandamiento del amor es uno solo con dos vertientes. Pero aunque una de sus vertientes sea la principal y primera, la una sin la otra dejan de ser el mandamiento que Dios nos ha revelado y enseñado en su propia vida.

    Si hemos escuchado en la lectura del Éxodo que no se debe oprimir ni ofender al extranjero, la vida y enseñanza de Jesús es mucho más exigente y coherente con la revelación que Dios nos ha hecho de su misericordia. Dios nos ha perdonado faltas que por nuestros propios méritos somos incapaces de satisfacer. Y sólo nos pide que cumplamos el mandamiento en sus dos vertientes: pidiendo perdón de corazón a Dios y perdonando al prójimo setenta veces siete, es decir siempre. ¿Es posible vivir en paz sin el perdón de Dios? Demos esa pequeña misericordia del perdón de las deudas que pudiera tener nuestro semejante con nosotros y a cambio obtendremos el perdón de la gran deuda que todos tenemos con Dios por nuestros pecados, pues todos ellos son ofensa a Dios.

    Pidamos a Ntra. Sra. del Valle que interceda ante su Hijo para que nos conceda a todos la gracia de cumplir con todas las exigencias del amor a Dios y al prójimo. Que así sea.

  • 19oct

    P. Juan Pablo Rubio

  • Muy queridos hermanos:

    Nuestra comunidad benedictina se alegra al celebrar hoy con vosotros la eucaristía dominical en la que el Señor nos invita a participar en la mesa del Pan y de la Palabra. Todos necesitamos acudir cada domingo a este sagrado banquete para reponer nuestras fuerzas espirituales, para resituarnos ante Dios, nuestro Creador y nuestro Padre, para revisar, en cierto modo, nuestra vida y así entregarnos a Él con fidelidad y servirle con un corazón sincero y generoso (cf. Oración colecta). Qué importante es, hermanos, celebrar el día del Señor, reavivando en nuestro interior los valores perennes del Evangelio (la fe, la esperanza, el amor), a fin de aclamar con el salmista la gloria y el poder del Señor (salmo responsorial).

    La liturgia de este día nos invita a contemplar un relato polémico de la vida de Jesús, en el que fariseos y herodianos –dos grupos radicalmente enfrentados entre sí– acuerdan conspirar contra el Señor. Tal era su odio hacia aquel Maestro que cautivaba a los sencillos de corazón, que predicaba la ley del amor y del perdón y que se atrevía a llamar “Padre” a Dios. San Mateo nos revela las intenciones ocultas y perversas de aquella pregunta que le dirigieron: Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad… Ciertamente parecían nobles esas palabras, pues Cristo era y es la Verdad misma y el camino que nos conduce hacia Dios: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre si no es por mí. Sin embargo, su intención no era recta. Lo que pretendían era tentarle, tenderle una trampa. Dinos, pues, qué opinas: –prosiguieron– ¿es lícito pagar impuesto al César o no? Mirad, si Jesús respondía que sí era lícito, los fariseos le desacreditarían frente al pueblo judío, que se oponía a la dominación de Roma; por el contrario, si respondía que no era lícito, daría pie a los partidarios de Herodes para poder denunciarle ante las autoridades romanas. Éstas eran las verdaderas intenciones de quienes le interrogaron.

    Pero Jesús, que conoce el corazón humano hasta lo más profundo, advierte aquel engaño y destapa su hipocresía. Entonces pide que le muestren la moneda del impuesto que se pagaba al emperador y les replica: Pagadle al César lo que es del César, pagadle la moneda material que lleva grabada su imagen; eso es lo que le corresponde al César, pero nada más. Con sus palabras, Jesús reconocía el poder civil y sus derechos y señalaba como parte de la voluntad de Dios el cumplimiento fiel de los deberes cívicos.

    Pero su respuesta no se detiene ahí, sino que añade una segunda parte, un reverso inesperado, cuya profundidad ellos no alcanzaron a comprender: Pagadle al César lo que es del César y pagadle también a Dios lo que es de Dios. ¿Qué significaban estas palabras? ¿Con qué moneda ha de pagar el hombre a Dios? ¿Qué es lo que le pertenece a Dios realmente? A Dios le perteneces tú; Él te ha creado a imagen suya por puro amor. La moneda de Cristo es el hombre –dirá san Agustín–. En él está la imagen de Cristo, en él el nombre de Cristo, la función de Cristo y los deberes de Cristo (Homilía 90, 10). Así pues, aquella pregunta malintencionada fue ocasión de una bella enseñanza para nosotros. La moneda que debemos a Dios es nuestra vida, nuestra vida entera. Por eso, tenemos que recuperar la imagen del hombre perfecto, Jesucristo, grabada en nosotros pero desfigurada con nuestros pecados. Necesitamos mirar a Cristo, conocerle mejor, imitarle más, suplicarle que sea Él nuestra imagen, que sea el sello indeleble de nuestro ser, que nos revistamos de sus mismos sentimientos hasta poder decir con san Pablo: Es Cristo quien verdaderamente vive en mí.

    Os invito a considerar, a la luz de esta palabra de vida, qué estamos tributando al César y qué estamos tributando a Dios. A semejanza de los cristianos de Tesalónica, demos testimonio con la actividad de nuestra fe, con el esfuerzo de nuestro amor y con el aguante de nuestra esperanza. No podemos excusarnos en los tiempos, ciertamente adversos en muchos sentidos; los tiempos somos nosotros, los tiempos dependen también de nuestro compromiso y de nuestra fidelidad al Evangelio. El Espíritu Santo busca en esta hora testigos audaces y enamorados de Cristo, dispuestos a dar un testimonio auténtico y visible de vida cristiana.

    Como sabéis, hoy la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las misiones con un lema inspirado en palabras del papa Francisco: «Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría». Que nuestro donativo generoso en ayuda de las misiones sea una preciosa contribución en favor de la vida digna y la alegría de muchos hermanos necesitados.

    A María nuestra Madre le pedimos que nos ilumine y nos aliente para salir de nuestra tibieza, de nuestros miedos y amarguras, y seamos capaces de darle a Dios lo que es suyo, y de hacer siempre amable la verdad. Que así sea.

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