• 17may

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Al igual que la Resurrección del Señor, su Ascensión a los cielos es un hecho real y verdadero, acontecido en un momento histórico determinado y en un lugar geográfico concreto. No se trata de un hecho imaginario ni de un producto de la sugestión de los Apóstoles, que eran bastante incrédulos hacia este tipo de fenómenos extraordinarios. Tanto el relato de los Hechos de los Apóstoles como el del Evangelio del mismo autor, San Lucas, que no corresponde leer este año, lo dicen expresamente. El primero nos ha indicado que los Apóstoles “lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista” y que ellos “miraban fijos al cielo, viéndole irse”, cuando dos ángeles les aseguraron que volvería (Hch 1,9-11). En cuanto al Evangelio de San Lucas, dice que “mientras los bendecía, se separó de ellos subiendo hacia el cielo” (Lc 24,51).

    La Ascensión del Señor es, por tanto, una verdad que debemos creer y por eso lo vamos a profesar al rezar el Credo. Ya en el Antiguo Testamento nos encontramos con una prefiguración de este acontecimiento en la asunción de Enoc (Gén 5,24; Sir 44,16) y en la del profeta Elías (2Re 2,11; Sir 48,12).

    De las varias lecciones que podemos extraer de este hecho, hay dos que quizá debamos destacar ahora.

    Por una parte, la Ascensión hace efectivo el cumplimiento de la promesa de Nuestro Señor de enviarnos al Espíritu Santo como Paráclito, como Abogado, como Defensor y Consolador que iluminará y dará fuerza a la Iglesia naciente para predicar el Evangelio: “os conviene que Yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito” (Jn 16,7). Jesucristo no nos abandona, pues lo ha dicho claramente en el Evangelio de hoy: “sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Esta presencia, que nos da fuerza para anunciar la buena nueva, se hace efectiva por la misión del Espíritu Santo, por el envío de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo alienta la vida de la Iglesia, hace eficaz la gracia divina que se derrama a través de los sacramentos, de la oración y de las buenas obras, y nos permite conocer así a Jesucristo, quien a su vez nos muestra al Padre y nos conduce a Él (cf. Jn 14,6-11). La acción del Espíritu Santo, que se ha hecho posible plenamente a raíz de la Ascensión de Jesús, nos introduce de este modo en la vida de la Santísima Trinidad.

    Otra lección muy importante de la Ascensión del Señor es la promesa del Cielo para nosotros. Jesucristo nos ha abierto el camino a la gloria eterna. El descenso de su alma humana al seno de Abraham después de la muerte en la Cruz, yendo a rescatar a los justos del Antiguo Testamento para llevarlos al Cielo, así como su Resurrección en la carne, nos dan la clave de su misión entre nosotros: Cristo ha venido al mundo, enviado por el Padre, para rescatarnos del pecado, para reconciliarnos con Dios y para abrirnos las puertas de la gloria eterna. Su cuerpo resucitado nos enseña el estado glorioso al que nuestro cuerpo está llamado también cuando tenga lugar la resurrección de la carne al final de los tiempos, algo que no sólo la fe nos enseña, sino que además la realidad metafísica de la persona humana exige, como enseña la filosofía iluminada por la fe.

    San Beda el Venerable, monje inglés de los siglos VII-VIII, lo expresa claramente: “He aquí que con la Ascensión al cielo del Mediador entre Dios y los hombres hemos sabido que les había sido abierta a éstos la puerta de la patria celestial. Por tanto, apresurémonos con todo nuestro afán hacia la eterna felicidad de esa patria” (Homilía en la Ascensión del Señor).

    Este mismo Doctor exhorta a buscar el cielo por medio de las obras de caridad. En esta semana podemos centrar de un modo especial nuestra caridad en la oración y también en la ayuda económica a favor de los cristianos perseguidos, acogiendo la iniciativa de la Iglesia y de un modo muy especial de la Iglesia española y de nuestro Arzobispo. Todos sabemos la cruda realidad que están viviendo hermanos nuestros de fe en muchos países, sobre todo en estos tiempos en varias naciones del Próximo Oriente y de África bajo la presión del islamismo más violento, que además supone una amenaza para Europa y el mundo entero. La pretensión de esos grupos islamistas es acabar por completo con las minorías religiosas y de un modo particular con el cristianismo, y se corre el riesgo auténtico de que esto llegue a suceder, como estamos comprobando en Irak. Sin embargo, a pesar de esa presión y del terror más salvaje, no deja de sorprendernos el ejemplo heroico de aquellos cristianos, que en no pocas ocasiones están afrontando el martirio de manera admirable, con la mirada puesta únicamente en Dios y en la vida eterna. En medio de nuestras comodidades, ellos deben ser un estímulo para nuestra fe aletargada.

    Que María Santísima cubra con su manto protector a estos hermanos perseguidos y ruegue por nosotros para que el Espíritu Santo nos llene de semejante fe y fortaleza.

  • 10may

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos:

    En la celebración de la Pascua conmemoramos el acontecimiento central de nuestra fe: Jesús de Nazaret, el Crucificado, ha resucitado de entre los muertos al tercer día, según las Escrituras. Dios Padre ha aceptado su sacrificio por nosotros. La victoria de Cristo, que es la victoria de un amor llevado hasta el extremo, es también la nuestra. Por eso, como nos recuerda la oración colecta, estos son días de alegría y gozo: ¡Cristo vive resucitado y nos ha prometido su presencia hasta el final de la historia! La palabra de Dios, escuchada y meditada en nuestro interior, nos ayuda también en este otro sentido: la luz de la resurrección no hace desaparecer la cruz, sino que ayuda al creyente a comprender el misterio del amor que se desprende de ella (C.M. Martini). El tiempo pascual no se vive tratando de olvidar nuestras cruces o de evadirnos de nuestros problemas, sino mirándolos con ojos nuevos, a fin de penetrar en el valor y el sentido que tienen en nuestra propia vida.

    La palabra que vertebra e ilumina la celebración de este domingo es el amor; ese amor que ha alcanzado su expresión máxima en la muerte y la resurrección de Cristo. Las lecturas nos proporcionan dos de sus cualidades esenciales: que la fuente del amor es Dios, que ha tenido la iniciativa de amarnos primero, y que es universal, es decir, que alcanza a la humanidad entera.

    El relato evangélico nos indica que Dios es la fuente del amor: el amor procede del Padre, pasa a través del corazón de Jesús y llega hasta nosotros. Pensar que la fuente somos nosotros es una falsa ilusión. Es más, san Juan se atreve a decir que «Dios es amor», que no es una potencia despiadada, un juez intransigente o un tirano. La Biblia nos lo revela como generosidad absoluta y benevolencia infinita (A. Vanhoye). Estamos ciertamente en el punto más elevado de la revelación del Nuevo Testamento. La frase de san Juan no es el resultado de muchos años de estudio e investigación. El discípulo amado fue testigo de la hora de la Cruz y fue allí, contemplando a Jesús traspasado por nuestros pecados, perdonando a sus verdugos e implorando la misericordia de Dios sobre todos, fue allí –digo– donde Juan comprendió que el misterio de Dios es ante todo un misterio de Amor. Considerad, de nuevo, cómo el recuerdo de la Cruz a la luz de la Resurrección ayuda a entender el amor que Dios nos tiene. Por eso os decía que este tiempo es propicio para dirigir una mirada diferente, sanadora y esperanzada, hacia nuestras propias cruces, hacia nuestras pruebas y heridas, a fin de descubrir en ellas el sentido positivo que encierran en el proceso de asemejarnos a Cristo.

    Que Dios es amor o caridad, como traducen algunas biblias, indica al menos dos cosas: que en Jesucristo, Dios se ha manifestado a sí mismo como alguien que nos ama; y que Dios actúa así porque él mismo es pura donación personal desinteresada (M. Iglesias). Jesús es consciente de que recibe el amor del Padre, de que él es el mediador de ese amor y nos lo debe transmitir, y lo hace dando su vida por nosotros. En la Última cena dio gracias al Padre, que ponía en su corazón un amor infinito y al que se adhería con todo su ser humano y divino. Así, pretendía ofrecer su propia vida por las personas que amaba: no sólo por sus discípulos, sino también por todos los hombres.

    De esta manera, Jesús nos hace comprender que nuestro amor no puede reducirse a un amor afectivo, un sentimiento superficial, sino que ha de ser también efectivo, que se manifiesta en la observancia de sus mandamientos: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor». El amor ha de resplandecer en las obras de la vida concreta, debe brillar en las acciones y gestos cotidianos; de lo contrario, se torna un amor ilusorio.

    El reto que se nos plantea es amar como Jesús, pero esto nos resulta imposible si no tenemos en nuestro interior su mismo corazón. La Eucaristía tiene precisamente la finalidad de poner en nosotros el corazón de Jesús, de modo que éste sea eficaz en nuestra vida y toda ella esté guiada por sus sentimientos generosos (A. Vanhoye).

    Fijaos, además, que el Señor nos muestra un amor lleno de delicadeza y de generosidad: «Ya no os llamo siervos… A vosotros os llamo amigos». El amor de Jesús lleva el sello de la amistad. No sé hasta qué punto somos conscientes de que ser amigos de Jesús es algo extraordinario, porque él es el Hijo de Dios, lleno de santidad y de perfección. ¿Quiénes somos nosotros o qué hemos hecho para merecer su amistad y su amor? Esta amistad él la manifiesta con la confianza, con la comunicación de los pensamientos y de los sentimientos de Dios: «Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer». La vida cristiana es una vida de confianza con Jesús, y esto también es maravilloso. Naturalmente, por nuestra parte, debemos estar atentos para acoger sus mensajes de amor. Para ello es fundamental la oración: si no oramos, si no meditamos, no podremos acoger lo que Jesús quiere decirnos en el fondo de nuestra alma. Vivir en esta intimidad con Jesús, ser guiados por él, vivir en el amor efectivo es lo que infunde en nosotros la alegría más perfecta.

    Teresa del Niño Jesús, sobrecogida por este misterio, oraba así: «Dios mío, lo único que te pido es el Amor. No puedo hacer obras brillantes, pero mi vida se consumirá amándote». Y su programa era muy concreto: «aprovechar todas las pequeñas cosas y hacerlas por amor». Cuando descubrimos, como san Juan, que Dios es amor de donación, ya sólo tiene sentido en nuestra vida agradecer, alabar, hacerse disponible para amar en toda circunstancia. No esperes a que las cosas cambien para empezar a amar. En las circunstancias más adversas, no tienes nada que perder, puesto que nada ni nadie te puede impedir hacer lo mejor, que es amar. Cristo siempre pensó en ti amándote y esto te basta para no sentirte frustrado.

    Pidamos a María, que concibió al Hijo creyendo y creyendo esperó su resurrección, que nos disponga para dejarnos transformar por los misterios que estamos recordando y así seamos testigos audaces y valientes del Resucitado, presente en su Iglesia hasta el fin del mundo.

  • 05may

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos concelebrantes y monjes de las comunidades de El Paular y el Valle de los Caídos –y recordamos también a nuestros hermanos jerónimos de El Parral, que no han podido venir–, hermanos todos en el Señor:

    La Iglesia siempre mira a María como Madre que nos acoge y como modelo de virtudes, como estrella que nos guía y como puerta del Cielo. Sin Ella, la vida del cristiano sería mucho más triste. Y es que Dios, en su infinita bondad y en su conocimiento perfecto de la naturaleza humana que Él mismo ha creado, no ha querido dejar de darnos a los hombres aquello que más necesita un hijo: una Madre. Él mismo, desde toda la eternidad, dispuso dar una Madre a su propio Hijo, quien había de encarnarse para redimirnos del pecado y elevar nuestra condición introduciéndonos en la vida divina por la acción eficaz del Espíritu Santo.

    Elegida amorosamente por Dios desde la eternidad para ser la Madre de su Hijo, María es por eso la más perfecta, la más excelsa y la más hermosa de las criaturas salidas de sus manos de Dios, hasta el punto de que, siendo por naturaleza inferior a los ángeles, ha sido sin embargo elevada por Él a la dignidad de Reina de los Ángeles y a Ella le sirven como Señora todas las criaturas espirituales. La Maternidad divina es, en efecto, la raíz de todos los otros privilegios y gracias con que Dios ha ennoblecido a María.

    Hemos dicho que es Madre que nos acoge. Ella ha estado asociada estrechamente a su Hijo como auténtica Corredentora y Él nos la ha querido dejar por Madre a todos los hombres desde la Cruz, cuando se la encomendó a San Juan Evangelista y a él se lo entregó como hijo. De aquí nace su Maternidad espiritual sobre la Iglesia y sobre toda la humanidad, que Ella ejerce como Abogada y Medianera de todas las gracias desde el Cielo. En consecuencia, como bien se le dice en la bella oración del “Acordaos”, “jamás se ha oído decir que ninguno que haya acudido a Vos, implorado vuestra asistencia o reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos”. Por eso acudimos desde las dificultades de la vida confiados en que nos escuchará y nos sostendrá. Como la invocamos en las letanías lauretanas, María es verdaderamente para nosotros salud, refugio, consuelo y auxilio.

    También es modelo de todas las virtudes. Colmada por Dios de gracias y privilegios en razón de su Maternidad divina, es el ejemplo más sublime de pureza de alma y de cuerpo por su Virginidad intacta, y al ser verdaderamente Inmaculada desde el mismo instante de su Concepción, a Ella debemos acudir en nuestra lucha contra el pecado. María reúne en sí la síntesis más completa y más perfecta de todas las virtudes: las teologales, las cardinales y las otras virtudes morales. En su fiat al ángel descubrimos su fe, en su serenidad ante la muerte de Jesús y a la expectativa de su Resurrección encontramos una Mujer llena de esperanza, y en su solicitud hacia todos los que la rodean palpamos su caridad desbordante. En Ella observamos asimismo la justicia, la prudencia, la fortaleza, la templanza, la obediencia, la humildad, la laboriosidad y todas las virtudes que podamos buscar.

    En consecuencia, María es la estrella que nos guía en esta vida y la puerta que nos abre el Cielo. Es conocida la homilía de San Bernardo en la que exhorta repetidamente al fiel a buscar el amparo de María, la “estrella del mar”: ante la duda, ante la tribulación, ante la tentación, ante el peligro, como una barca en el mar –nos dice él–, “mira la estrella, invoca a María” (En alabanza de la Virgen Madre, homilía II, 17).

    Por tanto, María, que es el Acueducto por el que Dios nos envía sus gracias y es nuestra Abogada ante Él, es igualmente la puerta del Cielo, como nos recuerda el nombre de una de las cartujas españolas. Ella, Madre de misericordia, nos alcanza el perdón de Dios para poder llegar al Cielo, donde reina sobre toda la Creación en unión de su Hijo.

  • 01may

    P. Santiago Cantera

  • Rvdmo. Sr. Obispillo, Ilmos. Sres. Vicario y Secretario, queridos hermanos todos en el Señor:

    La Iglesia celebra hoy la Fiesta de San José Obrero, instituida por el Papa Pío XII para realzar el sentido cristiano del trabajo y de proponer al santo Carpintero como modelo para los trabajadores del mundo entero. En realidad, la primera gran fiesta de los trabajadores, obra del cristianismo, fue la institución del domingo y del obligado descanso para todos en ese día, a partir de la cristianización del Imperio Romano.

    El hombre, por medio del trabajo, colabora a la obra creadora de Dios en el mundo y se realiza como persona. Si bien en la parte que conlleva de agotamiento fue una carga impuesta a consecuencia del pecado original, Dios sabe sacar bien del mal y así ha hecho que el trabajo sea en su conjunto una dimensión fundamental del ser humano en su estado de viador, de peregrino en la tierra que camina hacia la eternidad.

    Este sentido de provisionalidad de las realidades presentes es precisamente un aspecto sobre el que se quería incidir en la Fiesta del Obispillo que hoy celebra nuestra Escolanía. Cuando esta fiesta surgió en la Edad Media cristiana, una época de fuertes convicciones religiosas, se quería ofrecer una lección de humildad para los adultos, quienes deben tomar conciencia de lo provisional de sus puestos y ceder ante la inocencia de los niños que les relevan en sus cargos y que este día son los únicos y verdaderos protagonistas. Por eso, por ejemplo, había catedrales donde los niños cantores se sentaban en las sillas altas del coro, mientras que las dignidades y los canónigos lo hacían en las bajas, intercambiando así sus puestos ordinarios. Por lo tanto, aprendamos que nuestros cargos y los honores que podamos recibir a veces son temporales para esta misma vida y, en cualquier caso, aun cuando puedan prolongarse en el tiempo, no nos los llevaremos necesariamente a la vida eterna y el desempeño de nuestras funciones será materia de juicio.

    Otra lección para los adultos es la inocencia de los niños. “Si no sois como niños, no entraréis en el reino de los cielos”, nos ha dicho Jesús (Mt 18,2). Santa Teresa de Lisieux elaboró a partir de aquí el “caminito” de la infancia espiritual que la ha llevado a ser declarada Doctora de la Iglesia. Y es que de los niños, como nos dice San Juan Crisóstomo explicando este pasaje evangélico, debiéramos aprender bastantes cosas: no guardan rencor y se acercan pronto como amigos a quien les ha ofendido, aman a su madre aunque ella les corrija y azote y no sienten pena por las cosas que nosotros lamentamos, como la pérdida del dinero, ni ponen en éste sus alegrías (Homilías sobre San Mateo, 62, 4).

    Por último, es necesario incidir en un aspecto más que todos necesitamos y que de un modo especial deben ejercerlo los docentes: la paciencia, una virtud propia de la espiritualidad benedictina. Por eso, en la importancia que ella adquiere para quienes se dedican a la enseñanza, no sólo han incidido grandes autores modernos de la pedagogía católica como San José de Calasanz o San Juan Bosco, y ni siquiera hace falta que nos fijemos en un benedictino del siglo XX que va camino de los altares, como es Dom Pío de Hemptinne. Mucho antes ya, encontramos en autores de nuestra Orden exhortaciones a la paciencia, como la hecha por San Anselmo. Para nuestra impaciencia, es más fácil enfadarnos y castigar, incluso sin proporción adecuada a la falta cometida y a la intencionalidad. Y esto no quita la necesidad pedagógica del castigo en ocasiones. Pero San Anselmo, nuestro gran filósofo y teólogo del siglo XI, cuando algunos le decían desesperados que no sabían cómo educar a los niños, porque les parecían más perversos cuanto más les amenazaban y castigaban, contestó diciendo que ahí estaba precisamente el error. Por el contrario, con los niños que están plantados en el jardín de la Iglesia por su especial consagración a Dios (y tal es el caso de los escolanos), es necesario el ejercicio de la paciencia para ganarlos para Dios (Eadmero, Vida de San Anselmo, 30-31).

    En fin, fijémonos todos en el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret: en Jesús, José y María. En ese hogar encontraremos el modelo de vida de familia, de piedad, de laboriosidad y de todas las virtudes en las que es necesario crecer. Que Santa María y San José nos permitan conocer más de cerca a Jesús y penetrar en el estilo de vida de Nazaret en nuestro camino hacia el Cielo.

  • 19abr

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos queridos en el Señor Jesús: La celebración de la Pascua nos está abriendo perspectivas de esperanza de salvación, de perdón de nuestros pecados, de vida en el espíritu, en un mundo que se niega a tener otras miras que las egoístas centradas en el tener, en el poder y en el placer. Este cambio de horizonte no nos resulta fácil a ninguno. Pero cuando hemos tenido experiencia de lo bueno que es el Señor no queremos que se nos borre de nuestro ser este conocimiento tan rico de la vida sobrenatural.

    Las lecturas ilustran cómo se ha producido en la historia humana el cambio que ha tenido lugar con la muerte y resurrección de Jesucristo.

    Los apóstoles lo pasaron muy mal cuando tuvieron que decir la verdad sobre la muerte de Jesucristo. Las autoridades judías no dejaron de responder con la violencia para disuadirles de predicar tales cosas, que les hacían a ellos responsables de una muerte homicida. Pero enseguida, en armonía con las palabras de Jesús en la cruz, añaden que lo hicieron por ignorancia. Y así es: los hombres no somos capaces de entrar en la hondura del pecado. Cuando estamos en contacto con el pecado solo pasamos una pizca del horror que le acompaña. Sólo Dios alcanza a ver el horror del pecado. Y sin embargo somos responsables de nuestros pecados conscientes, aunque gracias a esa ignorancia de la inmensidad del pecado Dios encuentra una buena excusa para perdonarnos si hay por nuestra parte suficiente arrepentimiento. El apóstol no da un rodeo para no hablar del pecado: dice que lo entregaron cuando Pilato ya estaba decidido a soltarlo, que prefirieron el indulto del asesino y la muerte del inocente, matan al autor de la vida que resucita. Pues bien este que muere y resucita es el Salvador de los hombres e intercede día y noche por nosotros.

    Pedro, cabeza de la Iglesia naciente no está resentido con los perseguidores judíos que había dado muerte a su querido Maestro de Galilea y lo único que les pide que se arrepientan y se conviertan. Les invita a que se hagan beneficiarios de su amor. En la historia humana esto nunca se ha visto: que alguien por impulso humano perdone tan gran culpa y encima le invite a participar de sus riquezas. Solo de Dios puede venir tanto amor, o de personas que están llenas de Dios.

    Otro tanto hace el Apóstol Juan quien recomienda al que cometa pecado que pida a Jesús que abogue ante el Padre Dios, porque Él es víctima de propiciación de nuestros pecados. Esto es lo que celebramos en cada Eucaristía. El Señor se olvida de que le hemos ofendido cuando pedimos perdón. ¿Qué nos pide Dios? Que nos alejemos del pecado, que cambiemos nuestras vidas, y que vivamos felices en Su Amor. El Señor nos ama tanto y nos bendice. Guardemos Su Palabra. Seamos fieles a Sus mandamientos y esperemos el gran día que ha de llegar. Si nos pide compasión para su pobre Corazón que sufre día a día la ignominia de nosotros, que somos un pueblo rebelde y malvado. ¿A quién odiamos? A nuestro Hacedor, a nuestro Salvador, a quien nos ama desde el Sagrario, en un amor insondable y perdido. ¿No vamos a cambiar ante tanto amor que se nos ofrece tan generosa, tan gratuitamente?

    Los discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan. Es la oportunidad que tenemos hoy aquí y ahora. No podemos perder esta oportunidad. Es el año de gracia que ha convocado el papa Francisco. Y que no hay que esperar al día de la Inmaculada para aprovecharnos de él. Siempre es año santo para el que asiste a la Eucaristía con renovado amor, con la confianza de que las palabras de salvación que ha escuchado iban dirigidas a él. San Benito nos dice en la Regla que cuando hagamos esto, apartarnos del mal y hacer el bien, buscar la paz y seguirla, el Señor nos dirá: “pondré mis ojos sobre vosotros y mis oídos atenderán a vuestros ruegos, y antes de que me invoquéis os diré: Aquí me tenéis”. Y sigue san Benito: “Qué cosa más dulce para nosotros, hermanos carísimos, que esta voz del Señor que nos invita? Ved cómo en su piedad nos muestra el Señor el camino de la vida.”

  • 05abr

    P. Santiago Cantera

  • Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo Emérito de Segovia; Rvdmo. P. Abad Emérito y queridas Comunidad Benedictina y Escolanía; queridos hermanos todos en el Señor:

    Como hemos escuchado al final del relato del Evangelio (Jn 20,1-9), estaba profetizado: Cristo “había de resucitar de entre los muertos”. Las santas mujeres y los Apóstoles estaban desconcertados ante su Muerte, ante su aparente fracaso, y no daban crédito al principio de lo que había sucedido con la Resurrección. Pensaban incluso que se lo había llevado alguien del sepulcro. Tuvieron que verlo ya resucitado con sus ojos, palparlo con sus manos e incluso hasta comer con Él e introducir –en el caso de Santo Tomás– su dedo en los agujeros de los clavos y la mano en la herida de su costado, para creer realmente que aquello era verdadero, que realmente había resucitado. Por eso resulta imposible pensar que los Apóstoles inventasen el relato de la Resurrección: lo que los evangelistas recogen es una realidad y una verdad ante la que se toparon los primeros discípulos y que no estaban predispuestos a creer y menos aún a inventar.

    Siempre debemos afirmarlo, por tanto, y lo repito tal cual lo decía esta noche en la Vigilia Pascual: la Resurrección de Cristo es una verdad fundamental de nuestra fe y un auténtico dogma que hay que creer sin temor. Se trata de un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia (Catecismo de Iglesia Católica, nn. 639, 647 y 656). No fue una sugestión colectiva de los Apóstoles y discípulos, ni una presencia simplemente espiritual entre ellos. El cuerpo de Jesucristo realmente resucitó. Jesucristo realmente salió del sepulcro y se apareció en los días siguientes, con un cuerpo glorioso, a las santas mujeres, a los Apóstoles y a otros discípulos.

    La Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es la culminación de su Pasión redentora, que hemos celebrado y conmemorado especialmente estos días, pues con ella ha vencido a la muerte, al pecado y al demonio. Los misterios de dolor conducen a los misterios de gloria, y su Ascensión a los Cielos hará posible también que sea enviado sobre la Iglesia el Paráclito, el Espíritu Santo. Por eso la realidad de la Resurrección define y determina por completo la vida de la Iglesia y del cristiano.

    El relato expuesto por San Lucas en la lectura de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado (Hch 10,14.37-43), resume a la perfección esta verdad: Jesús pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, y luego lo mataron colgándolo de un madero. Hasta aquí, todo podría haber sido una gran labor social y de predicación moral y religiosa, pero habría sido un fracaso si terminara ahí. Ciertamente, el nombre de Jesús podría haber pasado a la historia como el de una persona buena que habría muerto injustamente y nos habría dejado un ejemplo, pero su obra habría quedado incompleta. Por eso añade San Lucas: “Pero Dios lo resucitó al tercer día” y lo hizo ver “a los testigos que Él había designado” para dar “solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos”. Por tanto, Jesucristo ha triunfado, ha vencido sobre la muerte, sobre el pecado y sobre el demonio; ha resucitado y vive eternamente y es el Juez supremo, como verdadero Dios que es, y es el único Mediador entre Dios y los hombres, como Dios y Hombre verdadero que es.

    Nuestra fe es una fe de esperanza porque cree de lleno en la Resurrección de Cristo. San Pablo lo dijo claramente a los Corintios: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe. […] Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados. […] Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad” (1Cor 15,14.17.19).

    En efecto, si todo hubiera terminado con la muerte en la Cruz, habría sido realmente un fracaso. Sin embargo, Jesucristo es verdadero Dios y una de las pruebas más grandes de su divinidad es precisamente su Resurrección gloriosa. Gracias a ella, nosotros podemos tener la esperanza de nuestra inmortalidad, la certeza de que nuestra alma es inmortal y de que nuestro cuerpo resucitará como el suyo al final de los tiempos para reunirse definitivamente con el alma. Gracias a su Resurrección, podemos estar seguros de la existencia de la vida eterna y de que estamos llamados a gozar de Dios en ella. Así puede decir entonces San Pablo en la misma primera Carta a los Corintios: “Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto” (1Cor 15,20). Él ha sido el primero en resucitar para siempre, abriéndonos la esperanza de la vida eterna que habíamos perdido por el pecado de Adán.

    Pidamos a María Santísima, que vivió con singular gozo la alegría de la Resurrección de su Hijo, que seamos capaces de penetrar en la comprensión de estos misterios de gloria para poder llegar al Cielo.

    A todos, feliz Pascua de Resurrección.

  • 04abr

    P. Santiago Cantera

  • Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo Emérito de Segovia y Rvdmo. P. Abad Emérito, queridas Comunidad Benedictina y Escolanía, queridos hermanos todos en el Señor:

    La frase que acabamos de escuchar en el Evangelio de San Marcos (Mc 16,1-8), expresada por el ángel a las santas mujeres en el Sepulcro de Jesús, define esencialmente nuestra fe: “Ha resucitado”. En efecto, la Resurrección de Cristo es una verdad fundamental de nuestra fe y es un auténtico dogma que hay que afirmar sin temor. Se trata de un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia como nos recuerda el Catecismo de Iglesia Católica (nn. 639, 647 y 656). No fue una sugestión colectiva de los Apóstoles y los otros discípulos ni una presencia simplemente espiritual entre ellos. El cuerpo de Jesucristo realmente resucitó. Jesucristo realmente salió del sepulcro y se apareció en los días siguientes, con un cuerpo glorioso, a las santas mujeres, a los Apóstoles y a otros discípulos.

    Si los Apóstoles y los otros primeros discípulos de Jesús hubieran querido inventar la historia de su Resurrección, no lo habrían podido hacer peor. En los Evangelios, ciertamente, lo que se refleja es su sorpresa, su estupefacción y hasta su incredulidad. No creen la noticia hasta que no comprueban por sí mismos que es verdad. En el relato que acabamos de escuchar, las santas mujeres “salieron corriendo del sepulcro, temblando de espanto, y no dijeron nada a nadie, del miedo que tenían”. Por lo tanto, no es posible decir que se trate de un relato inventado por los primeros discípulos para superar el golpe psicológico ocasionado entre ellos por la Muerte de Jesús. Esa actitud aterrada y escéptica de las santas mujeres, de los Apóstoles y de los otros primeros discípulos, es una de las pruebas más evidentes de la verdad de la Resurrección.

    Y la verdad de la Resurrección define esencialmente nuestra fe, porque supone la certeza de la victoria de Cristo como auténtico Mesías Salvador, como Hijo de Dios hecho hombre, sobre la muerte, el pecado y el demonio. Es la demostración más clara de que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, que ha asumido nuestra naturaleza humana hasta identificarse con nosotros en el sufrimiento y en la muerte, y que por su naturaleza divina es también capaz de recuperar la vida.

    La Resurrección de Cristo define además nuestra fe porque nos sitúa ante una nueva postura en la vida: estamos llamados a andar en una nueva vida, según nos la dicho San Pablo en la carta a los Romanos (Rom 6,3-11). “Porque, si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya”, hemos escuchado. Con la Resurrección de su Hijo, Dios ha obrado una nueva creación del hombre, ha realizado la recreación del hombre, ha elevado aún más la dignidad del hombre, nos ha propuesto el modelo del “hombre nuevo” del que habla San Pablo en varias cartas (así, Ef 4,22-25; Col 3,9-10). Y esta nueva creación del hombre, esta nueva vida a la que estamos llamados y que culminará con la resurrección del cuerpo al final de los tiempos y la gloria eterna, se nos transmite desde que recibimos el sacramento del Bautismo y se nos aumenta cada vez que recibimos la Sagrada Eucaristía. Lo ha señalado también San Pablo en la carta que hemos leído: “los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”.

    Esta vida nueva es la vida de la gracia, que culminará en la gloria celestial. Exige de nosotros, por tanto, el rechazo al pecado y la lucha contra el demonio y contra nuestras malas tendencias, derivadas de la herida causada por el pecado original. Para esta batalla contamos precisamente con ese auxilio de la gracia divina, de la vida nueva en Cristo alentada por el Espíritu Santo: un auxilio, el de la gracia, al que debemos colaborar por nuestro libre albedrío.

    ¡Qué grande es, por tanto, hermanos, la obra creadora de Dios al haber dado origen a la naturaleza humana, y cuánto más grande aún la nueva creación que ha realizado por medio de la Encarnación y de la obra salvadora de su Hijo, culminada en la Resurrección! La oración del sacerdote en la mezcla del agua y del vino para su posterior consagración lo expresa maravillosamente, sobre todo en su formulación más clásica, vigente en la forma extraordinaria del rito latino: “¡Oh Dios!, que de modo admirable has creado la dignidad de la naturaleza humana y de un modo más admirable aún la has restaurado; concédenos, por este misterio del agua y del vino, participar de la divinidad de Aquel que se ha dignado participar de nuestra humanidad, Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor”.

    En fin, que la Resurrección nos transmita la alegría pascual, propia del cristiano consciente de esta victoria de Cristo. Que la alegría pascual nos transforme interiormente como les acabaría sucediendo a las santas mujeres, a los Apóstoles y a todos los discípulos. Vivamos esta alegría con María Santísima, a la que, según la Tradición de la Iglesia y aunque no lo recojan los Evangelios, su divino Hijo se aparecería antes que a nadie.

    A todos, feliz Pascua de Resurrección.

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