• 18feb

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Con la celebración de hoy damos comienzo a la Cuaresma, tiempo litúrgico especialmente orientado a la conversión interior, a una vuelta hacia Dios, del que nos hemos venido apartando por el pecado. Es una oportunidad que Él nos concede, pero que exige de nosotros la respuesta adecuada. De hecho, tal vez nos pueda sorprender un poco la invitación que hace San Pablo en la segunda lectura, tomada de su segunda Carta a los Corintios (2Cor 5,20-6,2): “Dejaos reconciliar con Dios”; y un poco más adelante, nos dice: “Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios”.

    El Apóstol nos pide que nos dejemos reconciliar con Dios: evidentemente, está diciendo que, si nosotros libremente no queremos que Él nos perdone, no nos podrá perdonar, porque Él respeta nuestra libertad. El perdón exige sólo una cosa: arrepentimiento sincero. Si el pecador no se arrepiente, no se le perdona, porque él mismo se niega a ser perdonado. No es falta de misericordia por parte de Dios, sino falta de sinceridad por nuestra parte cuando nos empeñamos en mantenernos en nuestro pecado, tal vez en nuestra vida de falsedad e hipocresía.

    El arrepentimiento, en efecto, debe ser sincero. Si sólo es de palabra y externo, se queda en nada. Quizá a otros hombres podamos engañarlos, pero a Dios nunca, pues Él conoce lo más secreto de nuestro corazón. Por eso el rey-profeta David ha rogado en el Salmo 50, el Salmo “Miserere”: “Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”. Y el profeta Joel también ha transmitido la invitación de Dios a convertirnos de todo corazón, rasgando los corazones, no las vestiduras (Jl 2,12-18).

    La Cuaresma es un tiempo para la conversión. Conversión auténtica, sincera, interior, del corazón y del alma. No puede quedarse meramente en lo externo. Es a lo que tanto Joel como el propio Jesús nos exhortan: de nada valen la limosna, la oración y el ayuno, de nada sirven la penitencia y las palabras piadosas, si realmente no queremos cambiar por dentro. Ninguna validez tienen las promesas devotas que luego no se cumplen. Hace falta arrepentimiento sincero. Con Dios no se juega: a Él no se le engaña. No podemos jugar diciendo hoy una cosa y mañana otra, cambiando de parecer ante Dios o ante los hombres según nos conviene, haciendo cálculos humanos para ver qué situación nos resulta más propicia a nuestros intereses en cada momento. Tal vez engañemos a los hombres, pero no a Dios.

    Y para que el arrepentimiento sea sincero y creíble, debe existir además verdadero propósito de la enmienda, es decir, una intención firme de corregirnos en aquello que fue nuestro pecado o en aquello que lo motivó; y, en la medida de lo posible, también debemos tener la intención firme de reparar el daño ocasionado.

    Todo esto, evidentemente, exige otra cosa más, una virtud fundamental que para San Benito es la que debe ser la virtud principal en todo monje: la humildad (RB VII). Ante Dios sólo podemos presentarnos con humildad, porque Él es nuestro Creador y, por medio de su Hijo Unigénito, nos ha hecho además ser hijos adoptivos suyos. Ante Dios no podemos reclamar nuestros derechos, como lo pretendió Lucifer y luego lo hizo Adán tentado por éste. Ante Dios no cabe, por nuestra parte, más que la mirada humilde, sencilla y sincera, la del que se reconoce pequeño y pecador, la del que mira con ojos limpios y transparentes, la del que pide perdón sin esperar nada a cambio.

    Si no lo hacemos así, echaremos en saco roto la gracia de Dios, según nos ha amonestado el Apóstol. Lo repito: a Dios no se le engaña; ni siquiera el hombre más hábil para engañar a los demás logra engañar a Dios.

    Sin embargo, si logramos en esta Cuaresma adquirir las actitudes y las virtudes que hemos señalado, no dudemos que alcanzaremos la Misericordia amorosa de Dios. Experimentaremos entonces su dulzura y su perdón. Por medio de la penitencia exterior y de la conversión interior, participando de los padecimientos de Cristo en la Pasión, participaremos después también de la gloria de su Resurrección y Ascensión (cf. RB Pról., 50). Porque la Cuaresma no se cierra en sí misma, sino que se abre a su culminación en la Pascua: es camino que nos conduce al Cielo.

    Que María Santísima nos ayude a vivir este tiempo con espíritu de conversión y de humildad.

  • 15feb

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos en Cristo Jesús: El peor mal que puede padecer el hombre es sin duda perder la conciencia del pecado. La liturgia de este domingo es un regalo del Señor abriéndonos los ojos ante el peligro tan serio que nos amenaza siempre, pero que es el mal de nuestro tiempo. Vivimos en oscuridad y confusión a pesar de que tendemos a pensar que nunca hemos sido tan lúcidos para detectar las posibles amenazas que nos envuelven. El hombre de hoy se autoengaña y piensa que los males que nos aquejan y nos hacen infelices son económicos o políticos. Pero nunca queremos enfrentarnos a la raíz del mal: nuestro pecado. Pensamos que el pecado no tiene que ver con el desarrollo de la historia.

    La lectura del Levítico, con sus prescripciones sobre la lepra, puede parecer a primera vista inadecuada para el hombre de hoy, un resto arqueológico venerable como documento histórico, pero nada más. Sin embargo, hermanos, nos ayuda a abrir nuestra mente a un nivel de comprensión más elevado: la que acepta que Dios creó todo bueno, pero que el pecado apareció en el mundo y lo tiene sojuzgado. Debemos trasladar al pecado, conforme ha hecho la tradición de la Iglesia, las minuciosas prescripciones del Levítico acerca del diagnóstico que debe emitir el sacerdote sobre la lepra y el aislamiento a que debe estar sometido el leproso para no contagiar. ¡Qué inmensos beneficios se seguirían para nuestro tiempo si aplicásemos al pecado las mismas precauciones que el Levítico aplica al leproso! ¡Qué rumbo tan diferente tomarían nuestras vidas si ante las ocasiones de pecado nos gritásemos interiormente!: “¡Impuro, impuro!”. Sin embargo, dada nuestra debilidad, jugueteamos incautamente con ellas o no acudimos a la oración para evitarlas.

    San Pablo se atreve a ponerse como modelo ante los corintios, pero enseguida dice que él sigue el ejemplo de Cristo. Si Cristo ha sufrido por nosotros, nosotros también debemos hacer la pequeña parte que nos toca sin queja ninguna, pues el Señor ya ha retirado lo que está por encima de las fuerzas de nuestra naturaleza caída en el pecado.

    En el Evangelio la lepra es vista bajo una perspectiva diferente: Jesús se acerca al leproso y hasta lo toca, en contra de las prescripciones de la ley mosaica, porque ni la enfermedad ni el pecado pueden nada contra Él. Es más, Jesucristo anuncia así con sus gestos que ha venido a salvar del peor mal, del pecado y una prueba contundente es que puede curar en un instante la lepra, enfermedad incurable hasta hace pocas décadas. Hay otro aspecto mucho más profundo en la misión salvadora del Mesías: Jesús, como el Siervo doliente de los cánticos de Isaías, llega a ser considerado un leproso en su Pasión. Y añade el profeta: “sus heridas nos han curado”. Es decir, Jesús sufre en lugar de nosotros: no nos ha ahorrado todo dolor, pero la parte mayor la ha asumido Él. ¡Cómo tendríamos que agradecerle en cada Eucaristía, que significa acción de gracias, esta parte mayor de la pena que nos corresponde por nuestros pecados!

    Nuestra parte, queridos hermanos, es confesarnos, superar la vergüenza por haber pecado y la pereza para acudir al confesor, estar vigilantes con la oración, prevenir y alejarnos de las ocasiones de pecado, ver con realismo nuestra debilidad y no desafiar al pecado orgullosamente. La súplica del leproso debería acudir a nuestros labios con simplicidad pero con plena confianza: “Si Tú quieres, puedes limpiarme”. Y también nos toca proclamar las maravillas que ha obrado Dios en nosotros: dar testimonio de tantas veces como la confesión ha supuesto para nosotros palpar la misericordia de Dios que nos fortalecido y nos ha dado paz cuando estábamos inquietos. Es decir, también debemos ayudar a los que viven en pecado y advertirles con toda caridad que no pueden comulgar hasta que el pecado desaparezca. Muchas veces se recibe por ignorancia el Señor sacramentado en un cuerpo rehén de Satanás. Ni debemos pasar de largo ni actuar con prepotencia o haciendo sufrir al que peca no por estar en pecado, sino por la forma tan falta de humildad y delicadeza como a veces se lo decimos.

    Participar de la Eucaristía es un don inmerecido, pero ya que se nos da, no dejemos de comulgar por descuido de confesarnos a tiempo ni por pereza de acudir a la Eucaristía, pues de nuestra participación en ella puede depender la conversión de muchos, incluso de vuestros propios hijos, que quizás se hayan alejado, pero que a lo mejor tampoco estamos haciendo por ellos todo lo que está en nuestras manos. Es un gran misterio, pero la salvación de muchos depende del sacrificio y oración de unos pocos.

    Por último hermanos, con este domingo se cierra la 1ª parte del tiempo ordinario, pues estamos a tres días del inicio de la Cuaresma. Aunque el próximo miércoles no es de precepto, si no recibierais la ceniza sería empezar con mal pie la Cuaresma, tiempo favorable para nuestra conversión personal, sobre todo con los 3 medios que la Iglesia nos propone: oración, ayuno y limosna. Miércoles de ceniza y Viernes Santo son los dos únicos días al año en que el ayuno obliga a una sola comida, aunque pudiendo tomar algo de alimento por la mañana y por la noche, guardando las legítimas costumbres en la cantidad y calidad de los alimentos. La abstinencia de carne no puede sustituirse por otras mortificaciones, limosnas, obras de piedad o de caridad, los viernes de Cuaresma, salvo dispensa.

    Queridos hermanos: pidamos a la Virgen del Valle que interceda ante su Hijo para que nos conceda la gracia de vivir esta Cuaresma con humildad y pobreza de espíritu, dominio de nuestros instintos y obediencia a la voluntad de Dios, esperando la Pascua con gozo de espiritual anhelo. Si en la tentación acudimos a María, Ella nos ayudará en el combate cristiano contra las fuerzas del mal. Que así sea. Y ahora pongámonos en pie para recitar la profesión de fe.

  • 02feb

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    En este día de hoy, la Iglesia ha celebrado tradicionalmente de forma conjunta tres aspectos de una misma fiesta: la Presentación del Señor en el Templo, la Purificación de la Santísima Virgen María y la Candelaria o Fiesta de Simeón, quizá lo más llamativo litúrgicamente por la procesión de las candelas. Los tres aspectos aparecen perfectamente explícitos en la lectura del Evangelio (Lc 2,22-40).

    En la Presentación del Señor y la Purificación de María contemplamos la humildad y la obediencia de Jesús y de su Santísima Madre al observar fielmente los preceptos de la Ley mosaica: todo primogénito varón hebreo debía ser redimido en el Templo a los cuarenta días de su nacimiento para quedar consagrado a Dios y la madre debía someterse al rito de la purificación (Ex 13). Jesús y María, sin necesidad de hacerlo, han querido cumplir lo que establecía la Ley.

    En esta circunstancia, el Evangelio recoge la profecía del anciano Simeón y de Ana, que estaban aguardando el advenimiento del Mesías. Simeón, en concreto, exclamó las palabras del Nunc dimittis (Lc 2,29-32): “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. Unas palabras en las que Cristo es denominado lumen Gentium, “luz de las gentes”, “luz de las naciones”, la luz que alumbra a todos los pueblos.

    En efecto, en la fiesta de hoy descubrimos a Cristo como la única luz verdadera, la luz que alumbra a todos los hombres, según Él mismo se ha presentado: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). Sólo Él puede iluminar y hacer comprender el misterio del hombre, del mundo y de Dios.

    Y también sólo Él puede ser el fundamento de la vida religiosa y consagrada, cuyo día celebramos hoy. En consecuencia, los consagrados no debemos hacer perder a Cristo la centralidad absoluta que siempre debe tener en nuestra vida, en nuestra vocación; no debemos sustituirlo por sucedáneos que al final nos harán insoportables la vida en comunidad, los votos religiosos y hasta el sentido mismo de una vida dedicada a Dios. Podemos correr el riesgo de dejarnos seducir por sucedáneos que nos lleven a buscar fuera de Dios lo que sólo en Dios podemos encontrar. A este peligro estamos sometidos todos, más aún si tenemos en cuenta que el demonio aborrece los votos religiosos y trata de arrebatar a Dios las almas enteramente consagradas a su servicio y a su amor. Por eso es fundamental que cada persona consagrada haga diariamente un examen de conciencia en el que se pregunte si el centro real de su vida sigue siendo Jesucristo o lo ha desplazado por algo humano.

    En fin, en este día debemos pedir también a Jesucristo, verdadera luz del mundo, por las vocaciones religiosas, y más concretamente en nuestro caso por las vocaciones monásticas. Hoy hacen falta jóvenes capaces de dar una respuesta generosa a la llamada de Dios, jóvenes conscientes de que sólo Dios es capaz de llenar el alma y la vida entera como nadie ni nada es capaz de hacerlo. Que María Santísima, Modelo para todos los consagrados, nos alcance de Dios esta gracia para la Iglesia.

  • 25ene

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos:

    Los evangelios de los domingos posteriores a la fiesta del Bautismo del Señor nos presentan los comienzos del ministerio de Jesús, los primeros pasos de su vida pública. Los evangelistas muestran a ese maestro que recorría los caminos de Galilea anunciando la llegada del reino de Dios, proclamando los tiempos mesiánicos, enseñando, curando enfermos, consolando afligidos. Tal vez al contemplar a ese Cristo peregrino, un autor de nuestro tiempo se atrevió a decir que «el verdadero protagonista de la historia es el Mendigo: Cristo mendigo del corazón del hombre». Esta bella imagen no la podemos separar de esta otra: «el corazón del hombre [es] mendigo de Cristo» (L. Giussani). Sí, hermanos, hemos venido a esta celebración porque nuestra alma está sedienta de verdad, sedienta de plenitud, ansía escuchar palabras de vida eterna y sabemos que sólo él, Jesús, mendigo que llama a la puerta de nuestro corazón, puede saciarnos y colmar de sentido y esperanza nuestra realidad.

    Después de haber escuchado la Palabra de Dios, me gustaría compartir con vosotros dos reflexiones que se desprenden del relato evangélico. La primera es el mensaje de Jesús: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio». La segunda es su iniciativa de llamar a unos hombres como discípulos. Ambos, mensaje y llamada, constituyen dos hechos que encierran una enseñanza profunda y positiva para nosotros.

    Jesús exhorta a la conversión. Su llamada es apremiante como la de Jonás a los ninivitas o la de san Pablo a los corintios. Se trata de cambiar completamente de orientación y de conducta; se trata también de creer, de acoger la buena noticia, que consiste en que Dios va a intervenir para nuestra salvación y nos pide eliminar todo obstáculo. A nosotros el lenguaje de la conversión nos recuerda la Cuaresma y nos produce un cierto rechazo, porque lo relacionamos en seguida con privaciones, ascesis, erradicación de vicios y pecados tan arraigados en nuestra vida. Pero, en realidad, tenemos que agradecer esta llamada, debemos dar gracias por esta exhortación al arrepentimiento y al cambio: porque Dios quiere derramar su amor sobre nosotros, quiere transformar nuestra existencia para que sea bella, fecunda y plena de alegría. El de Jesús, además, es un anuncio positivo y esperanzador. Es como si dijera: «creed que la etapa final de la historia ha comenzado con mi presencia entre vosotros». Él es el Evangelio, anuncio de una victoria que lleva a los hombres la paz y el bienestar (A. Vanhoye).

    Podríamos añadir que la conversión en la Biblia incluye al menos dos aspectos o realidades: una conversión religiosa y una conversión ética. La conversión religiosa es la decisión de poner a Dios por encima de todo. No significa llegar a ser santos en seguida, pero indica la determinación radical de situarle sobre todas las cosas y de someternos a él. Se trata de un cambio de horizontes fundamental e importantísimo: mi vida tiene en cuenta la primacía de Dios y de él dependo en todo. La conversión ética, por su parte, es la manifestación visible y externa de la anterior: consiste en la decisión de no servir a los ídolos, de no ser esclavos del dinero, del placer desordenado, del éxito o el poder. Esta conversión es un don de Dios, no es fruto únicamente de nuestro esfuerzo; es el Espíritu Santo en nosotros, es Cristo que vive y actúa en nosotros. Por tanto, la decisión consiste en aceptar la idea de someternos a la guía del Espíritu Santo y de abrazar una vida nueva según el Espíritu (C.M. Martini). Estas dimensiones de la conversión son las que difunden el reinado de Dios en nuestro entorno y en nuestra sociedad.

    El segundo aspecto que quisiera comentar es la iniciativa de Jesús que llama a los primeros discípulos inmediatamente después del anuncio de la buena noticia. Se dirige a unos hermanos que trabajaban como pescadores en el lago de Tiberíades: Simón y Andrés, Santiago y Juan. Por un lado, el esquematismo de estas escenas de vocación encierra un significado doctrinal. La síntesis de una vocación cristiana es que Jesús ve, llama y el llamado lo sigue sin condiciones (M. Iglesias). Como veis, la iniciativa es toda de Jesús; a los discípulos no se les pide que tengan unas cualidades humanas especiales, sino una obediencia pronta. San Marcos nos dice que lo dejaron todo, abandonaron todo lo que tenían y a sus seres queridos, y fueron en pos de Jesús. Su camino posterior será un seguirle y estar con él, descubriendo lo que ha hecho de ellos sin mérito por su parte, aunque exigiéndoles la disponibilidad y el desprendimiento de todo lo que poseen y han sido hasta entonces.

    Hoy Jesús, peregrino y mendigo, maestro y Señor, pasa también por nuestra vida, pasa junto a nosotros que andamos a menudo encerrados en nuestros quehaceres, cegados en nuestras ocupaciones, sin más horizonte que el terreno, con una fe pobre y adormecida… Y el Señor nos ofrece el don de ser sus discípulos; discípulos disponibles y audaces, que contagien la alegría de creer en el Evangelio, el gozo de servir en la propagación del reino de Dios. En realidad, no tienes que hacer cosas extraordinarias: basta que le escuches, que le mires, que le prestes atención, porque la vocación es una palabra que nos es dirigida, una semilla que nace y crece dentro de la relación con Dios. La vocación es aceptar un diálogo en el que yo no digo ni la primera ni la última palabra: sólo tengo que contestar.

    A los más jóvenes que participáis en esta eucaristía, os diría que una de las cosas más bellas de la vida es discernir la llamada del Señor. Sea cual sea la llamada, respondedle con prontitud y con generosidad, como hicieron los primeros discípulos, que no eran ricos, pero lo dejaron todo por él. El camino no es otro que tomar en serio la Escritura como palabra dirigida a ti. Su meditación diaria, perseverante, hace posible que Dios ilumine tu vida y la dirección que has de tomar.

    A la virgen María, primera discípula de Cristo, le suplicamos que nos ayude a alcanzar la verdadera libertad para vivir en estado de conversión y en una gratitud constante, porque la presencia de Jesús es el Evangelio capaz de dar vida al mundo.

  • 04ene

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos:

    Durante este tiempo de Navidad la Iglesia nos invita a tomar conciencia del acontecimiento central de la Encarnación, contemplando a Jesús recién nacido. Hacedlo con toda sencillez, sin pretender buscar elevadas reflexiones o elaborar demasiados razonamientos. Se trata sobre todo de llenarse de una presencia, de estar ante Él en silencio, en pobreza y humildad de corazón, adorándole y permaneciendo a su lado con amor y con inmensa gratuidad. Es ésta la mejor actitud con la que podemos presentarnos ante el niño Jesús. Él está aquí: ¡Jesús se encuentra en medio de nosotros, es «Dios con nosotros»! No habla, no actúa, no puede pronunciar palabras que nos iluminen, no sabe hacer nada útil; simplemente está. Y esto es lo que importa: que haya venido a estar entre nosotros. Permanecer ante él puede convertirse en una plegaria fecunda y provechosa para nuestra alma, en fuente de paz y de gozo, porque el niño Jesús cambia el corazón de quien lo contempla y lo adora, otorgándole un corazón de hijo de Dios.

    El pasado domingo, dentro de la octava del Nacimiento del Señor, contemplábamos a la familia humana de Jesús. Resulta conmovedor ese realismo con que el Hijo de Dios se ha insertado en nuestra historia: Jesús se encuentra con nosotros, aceptando desde el principio los inconvenientes de una existencia pobre; ha tomado sobre sí toda nuestra debilidad e impotencia. Lo cual constituye un testimonio de amor verdadero: «Tenía que hacerse en todo semejante a sus hermanos», subraya la Carta a los Hebreos. San Lucas por tres veces escribe que el niño fue depositado en un pesebre que se utilizaba para los animales. Este detalle apunta la extraordinaria precariedad de su primera situación en la tierra.

    La liturgia de hoy, por su parte, está centrada en nuestra relación con Dios: una relación que se ha vuelto verdaderamente estrecha, íntima, muy bella, mediante la Encarnación de Jesús. El Prólogo del evangelio de san Juan manifiesta que la Palabra de Dios es el Hijo unigénito de Dios, que se ha encarnado: «La Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios». Por consiguiente, existe una unión estrechísima entre la Palabra y Dios. Y al final del Prólogo se llama a la Palabra «Hijo único». La Palabra no es, por tanto, una criatura, sino una persona divina; es «Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero» como confesamos en el Credo (A. Vanhoye).

    Esta persona divina se ha encarnado verdaderamente. De este modo, ahora, para orientar nuestra vida, no sólo disponemos de una ley o de una institución, sino de una persona que ha asumido una naturaleza como la nuestra. Por eso Jesús se ha hecho camino para nosotros. Los ejemplos de su vida entre los hombres son verdadera norma de conducta, senda por la que caminar seguros hacia Dios y hacia la felicidad eterna. Desde que Jesús se ha hecho camino y se ha considerado siervo («Yo estoy entre vosotros como el que sirve», dirá), nuestra vida cristiana encuentra en el servicio a Dios y al prójimo uno de sus núcleos más fuertes y fecundos. El camino del servicio sencillo, alegre y discreto está en la base de nuestra espiritualidad. Si llegamos a gozar de ser servidores tendremos alegría permanente A la beata Teresa de Calcuta le gustaba decir que el fruto del silencio es la oración, el fruto de la oración es la fe, el fruto de la fe es el amor, el fruto del amor es el servicio y el fruto del servicio es la paz. En la realización del servicio de amor, que cada uno realiza según su vocación y carisma, podemos tener presente también la frase atribuida a san Ignacio de Loyola: «Trabaja como si todo dependiera de ti, sabiendo que todo depende de Dios». Se trata de la indiferencia: haz las cosas lo mejor que puedas, pero recuerda que eres sólo un servidor, así que deja que las cosas fructifiquen por sí mismas. Deja a Dios hacer su trabajo.

    Ahora bien, el Hijo único de Dios, que acampó entre nosotros, no nos ha reducido a una servidumbre sin horizontes. Es Él quien nos da la posibilidad de llegar a ser hijos adoptivos de Dios. Nosotros no somos dioses como lo es Jesús, pero participamos de una manera profunda en esta filiación de la Palabra encarnada. Dice san Juan: «A cuantos recibieron [la Palabra] les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre». Ése es el objetivo de la Encarnación: el Hijo único de Dios se ha hecho hombre no sólo para estar entre nosotros, sino para ser precisamente uno de nosotros e introducirnos en una relación íntima con el Padre celestial. Jesús nos trae esta adopción filial y nos confiere una dignidad extraordinaria. Acojamos y agradezcamos este magnífico don.

    En vísperas de la gran solemnidad de la Epifanía, tomemos conciencia de la única seguridad en la que podemos apoyarnos: la seguridad de ser amados por Dios, de amarle y amar a todos. Las cosas materiales, los regalos están bien en la medida en que son un gesto de amor y apertura hacia los demás. Pero no nos quedemos ahí. Dios mismo quiere entregársenos como don supremo, el único don que puede saciar nuestra sed de felicidad, de dicha en plenitud. Al mismo tiempo no deja de llamarnos para anunciar la persona de Cristo, convirtiéndonos así en don para los demás. Que nuestra meditación de este gran misterio se traduzca en servicio, en disponibilidad, en testimonio de Jesús hecho hombre por amor a nosotros.

    Que por la intercesión maternal de la Virgen María gocemos de los bienes de esta vida como don de lo alto y que agradezcamos siempre el abajamiento del Verbo encarnado que se ha hecho camino y nos ha alcanzado la gracia de ser hijos de Dios.

  • 25dic

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El texto del Evangelio de San Juan de hoy (Jn 1,1-18) sintetiza y resume a la perfección, en unas palabras breves y a la vez profundas, todo el misterio de Jesucristo. Él es la Palabra, el Verbo de Dios, el Logos divino coeterno con el Padre y que ha asumido la naturaleza humana, haciéndose verdadero hombre sin dejar de ser Dios.

    Con acierto se ha indicado en muchas ocasiones que el cristianismo, a diferencia de otras religiones, no es tanto una doctrina y un culto, como más bien fundamentalmente una Persona: Jesucristo. Él es el Hijo de Dios hecho hombre para religar al hombre con Dios, para redimir al hombre caído, para devolverle la dignidad perdida a consecuencia del pecado y conducirle de nuevo a la comunión amorosa con el Dios que es comunión de Personas en el amor. Jesucristo, verdadero Dios, ha traído al hombre la plenitud de la revelación del Dios vivo: por eso nos ha dicho San Juan que Él es “la luz verdadera que alumbra a todo hombre”; Él, “el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”, quien nos hace posible conocer al Dios único en esencia y trino en Personas.

    En la Carta a los Hebreos hemos escuchado (Heb 1,1-6) que el Hijo de Dios es “el reflejo de su gloria” ?de la gloria del Padre? e “impronta de su ser”. Y tal como se nos dice, está por encima de los ángeles, porque Dios no dijo jamás a un ángel: “Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado”; el Padre sólo puede haber dicho esto a su Hijo Unigénito, engendrado por Él eternamente, en ese “hoy” que es el “hoy” eterno. Al conocerse y amarse a Sí mismo, el Padre engendra eternamente una Imagen perfecta de Sí mismo, que es el Hijo, el Verbo. En efecto, San Pablo dice a los Colosenses que es “imagen del Dios invisible” (Col 1,15) y ya en el libro de la Sabiduría se anunciaba que es “una exhalación de la potencia de Dios y un limpio efluvio de la gloria del Todopoderoso”, “irradiación esplendorosa de la eterna luz y espejo inmaculado de la energía de Dios y una imagen de su bondad” (Sab 7,25-26). La generación del Verbo por el Padre, por tanto, se realiza en un “hoy” eterno, sin un antes y un después temporal. Por eso decimos en el Credo niceno-constantinopolitano, frente a la vieja herejía de Arrio, que es “engendrado, no creado”, y en la exactísima formulación griega y latina afirmamos que es “consubstancial” al Padre”, homoousios.

    San Juan nos ha dicho que se hizo carne, se hizo hombre, y habitó entre nosotros. Efectivamente, se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno virginal de María, que es así verdadera Madre de Dios. Y al llevar esto a cabo, Jesucristo, verdadero Hombre, ha elevado la naturaleza humana a la máxima dignidad al asumirla perfectamente y llevarla a su glorificación.

    Por todo ello, el cristianismo hace gala de su nombre y es cristocéntrico. Jesucristo es sin lugar a dudas el centro y el eje de la Historia, el Esperado de las naciones (Is 42,4 y Mt 12,21; Is 11,10.12 y Rom 15,12), manifestado en la plenitud de los tiempos (Gal 4,4; 1Pe 1,20), nacido de una Mujer (Gal 4,4) que es verdadera Madre de Dios. En la Carta a los Hebreos (Heb 1,1-6) hemos escuchado también una afirmación de esta centralidad de Jesucristo como eje de la Historia de la Salvación y de la Historia entera del mundo, pues “ahora, en esta etapa final, [Dios] nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo”.

    Autores cristianos antiguos han explicado la Historia precisamente en torno a esta idea de “las edades del mundo” culminantes en Jesucristo: San Agustín, San Gregorio Magno, San Isidoro de Sevilla, San Beda el Venerable y todos Padres de la Iglesia que han expuesto una teología de la Historia con mayor o menor profusión han recogido y expuesto esta visión.

    En fin, con el deseo de tener presente en nuestro recuerdo y en nuestra oración a los cristianos del Próximo Oriente que están viviendo una época especialmente dura de persecución y violencia, podría ser bueno y hermoso meditar en estos días el misterio del Verbo encarnado conforme a los textos de las fórmulas y declaraciones cristológicas comunes que con los Papas Pablo VI y Juan Pablo II, beato ya el primero y santo el segundo, se alcanzaron con diversas Iglesias separadas de aquellas tierras, siendo la primera de ellas la del Beato Pablo VI y el Patriarca Copto Shenuda III de Egipto en 1973, en la cual, lejos de toda sospecha de herejía monofisita que antes se atribuía erróneamente a los coptos no católicos, se hacen afirmaciones tan bellas como la confesión en que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo Único de Dios, se encarnó por nosotros y “en Él su divinidad está unida a su humanidad en una unión real, perfecta, sin mezcla, sin confusión, sin alteración, sin división, sin separación. Su divinidad no se separó de su humanidad ni un solo instante, ni un abrir y cerrar de ojos. Él, siendo Dios eterno e invisible, se hizo visible en la carne y tomó sobre Él la forma de siervo. En Él se mantienen todas las propiedades de la divinidad y todas las propiedades de la humanidad, juntas en una unión real, perfecta, indivisible e inseparable”.

    Que María, a quien los católicos y todos estos cristianos orientales separados confesamos como verdadera Madre de Dios, les conceda a ellos la paz y a todos alcanzar un día la unidad en la contemplación del misterio del Verbo encarnado. Feliz Navidad para todos.

  • 24dic

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Desde niños, todos vivimos esta noche con un gozo especial. Incluso cuando en ocasiones puede transcurrir con dureza por la falta de alguien que ya no está físicamente entre nosotros o por alguna circunstancia que nos causa dolor, hay algo siempre que la traspasa y la llena de un sentido especial. Ese algo no son los adornos, las luces de colores, las cenas o las reuniones familiares. Es, por supuesto, algo mucho más trascendente lo que da un significado especial a esta noche. Aun por oscura que en ocasiones nos pueda sobrevenir, en ella brilla una luz, como nos ha dicho la oración colecta de la Misa: es el Nacimiento de Cristo, la luz verdadera. Éste es el acontecimiento que ilumina esta noche, como sucedió en Belén.

    Cristo es la luz que ilumina los corazones y las almas, que da calor al mundo, que alumbra el camino de nuestra existencia, que aclara el misterio de la vida y de la muerte, que brilla en medio de las tinieblas para la Iglesia que se deja guiar por Él (cf. Is 9,2-7, primera lectura). La luz es necesaria para no tropezar, para descubrir la ruta que tenemos que seguir, para saber alcanzar la meta. Jesucristo es la verdadera luz de nuestra vida y no hay otra. Él es la luz enviada por el Padre, “irradiación esplendorosa de su gloria”, como nos dice el libro de la Sabiduría y lo repite la Carta a los Hebreos (Sab 7,25; Heb 1,3). Él mismo lo ha dicho: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).

    ¿Por qué puede hacer esta afirmación de Sí mismo? Porqué Él, como nos han advertido todas las lecturas y el salmo de hoy, es el Mesías, el Salvador. Él es verdaderamente el Hijo unigénito de Dios, que viene a salvarnos, habiéndose encarnado en el seno virginal de María y naciendo como verdadero hombre. Al haber asumido nuestra naturaleza, uniéndola a la naturaleza divina en la única persona del Verbo de Dios, ha querido compartir nuestra flaqueza y nuestra debilidad para redimirnos del pecado y elevarnos hasta Dios. Así se ha mostrado como verdadero Salvador, superando la distancia existente entre Dios y el hombre.

    Queridos hermanos: en esta noche y en estas fechas siempre tenemos presentes a todos aquellos que queremos y cuya compañía no podemos compartir o sabemos que pasan por circunstancias difíciles e incluso dolorosas. Extendiendo nuestra mirada más allá de los más próximos por motivos familiares o de amistad, debemos tener muy presentes en esta noche y en estos días a tantos hermanos nuestros, a tantos cristianos que especialmente en Siria e Irak están padeciendo una de las más crueles persecuciones religiosas de toda la Historia de la Iglesia y una de las situaciones de mayor violencia de todos los tiempos. Nuestro pensamiento y nuestro corazón no deben olvidar hoy a tantas personas y familias que habrán de pasar la Navidad expulsados de sus hogares y de sus iglesias, con miembros de su familia asesinados y secuestrados y con la carencia para poder cubrir sus necesidades básicas.

    No podemos dejar de pensar en los cristianos de la llanura de Mosul, la antigua Nínive, en Irak, comarca en la que este año no se escuchará el sonido de las campanas anunciando el Nacimiento de Cristo. No podemos dejar de pensar en estos cristianos iraquíes que, en el mejor de los casos, han podido llegar refugiados a la región norteña del Kurdistán. No podemos dejar de pensar en el pueblo sirio, del cual más de la mitad se encuentra desplazado de sus hogares.

    Sin embargo, en medio del dolor causado por esta situación de guerra y de terrorismo, la luz que es Jesucristo sigue iluminando la noche. En medio del sufrimiento, la luz de Cristo alumbra infundiendo esperanza a los cristianos de aquellas tierras y de todo el mundo. Como ha dicho el Papa Francisco, la realidad que allí se vive está haciendo posible un “ecumenismo del martirio”, porque éste lo están padeciendo tanto cristianos católicos como ortodoxos y está favoreciendo el camino de la deseada unidad. Ahora se hace posible, por tanto, incidir con esperanza en la fe común que nos une: después de muchos siglos de incomprensiones, la Iglesia Católica y las Iglesias orientales han ido profundizando en lo que parecía separarlas y descubriendo la misma fe en Jesucristo, siendo necesario aún penetrar en otros puntos que nos diferencian. Por ceñirnos al caso de Irak, cabe recordar la Declaración cristológica común de San Juan Pablo II y el Patriarca de la Iglesia Asiria Mar Dinkha IV en 1994, donde, lejos de toda sospecha de la vieja herejía nestoriana, se confiesa a Jesucristo como verdadero Dios y verdadero hombre, cuya divinidad y cuya humanidad están unidas en la única persona divina del Verbo, y se reconoce que María es verdadera Madre de Dios.

    Que Ella, que alumbró en Belén a la Luz del mundo, traiga la paz a esos pueblos y os conceda a todos una Feliz Navidad.

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