• 12 Jun

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: En este año de la misericordia, que ha sido convocado por el Papa Francisco y que es el signo distintivo de un pontificado que se está definiendo en torno a este atributo divino que unifica muchas de las principales actuaciones y compromisos, las lecturas de este domingo nos ayudan a sacar provecho de esta oportunidad de gracia, de este paso del Señor a nuestro lado perdonando y sanando las heridas de nuestro interior, a la vez que impulsando nuestro amor a dilatarse en la misericordia ofrecida a nuestro prójimo. La misericordia no es solo don divino que nos restaura: es también gracia que mueve a conquistar la amistad de los que no conocen a Cristo o tienen una imagen deformada de su persona. Es una ocasión extraordinaria de evangelización perdonar o pedir perdón a la persona que nos ha ofendido o a la que hemos causado algún daño.

    La confesión de su pecado por parte del rey David da lugar a una gran revelación de Dios: dos pecados tan graves son perdonados por Dios por la humilde confesión y la confianza depositada en la misericordia divina. Ese perdón inmediato parece algo sumamente llevadero en comparación con la gravedad o frecuencia de nuestros pecados, aunque todos nos beneficiamos agradecidos de tanto como nos facilita el Señor la reconciliación con Él. El perdón no cuesta obtenerlo del Señor, aunque uno deba aceptar la pena del pecado, es decir una cierta reparación compensatoria, a todas luces sumamente justa y llevadera. A David le costó vivir siempre instigado por los enemigos, que no le permitían disfrutar en paz su reinado, porque “la espada no se apartará nunca de tu casa”. Pero, por el perdón de Dios, evitó la condenación eterna.

    En la carta de San Pablo a los Gálatas se ilumina con mayor claridad esta facilidad en obtener el perdón de Dios. Si Dios es justo, ¿por qué no nos aplica una pena equivalente al pecado cometido? La razón no es otra sino que la justificación no proviene del cumplimiento de la ley, sino de que Cristo ha sufrido una muerte injusta para pagar nuestra deuda. Su muerte sería inútil si la justificación fuera efecto de la ley. Eso le hizo a San Pablo entregar de lleno toda su vida a la evangelización, cuya fuerza arrolladora provenía de que vivía sin perder de vista un momento que Cristo le amó hasta entregarse por Él. La gracia de Dios para él significaba el perdón de sus pecados y la reparación casi completa por los méritos de Jesucristo al morir por nuestros pecados, pero también esa gracia era una fuerza que le movía a poner de su parte una contribución al tiempo insignificante con el don recibido, pero igualmente tan costosa para las escasas fuerzas humanas, ya que sin su gracia no seríamos capaces de llevarla a cabo.

    En el Evangelio la revelación de Dios es la misma, pero bajo un punto de vista mucho más comprensible y personal. Jesús perdona a una pecadora que actúa con gestos sumamente humildes y comprometedores para Él mismo, porque el fariseo estaba pensando lo que suele pasar por una mente humana que no está iluminada por la gracia divina. El fariseo no ve el corazón arrepentido de la mujer. Está fijo en el pasado de esa mujer, reconocida por todos los cercanos a ella como pecadora. Jesús en cambio tiene acceso al corazón, a lo que está sucediendo en su interior y en su conciencia ella estaba aborreciendo su pasado de pecado, pues se había sentido atraída por la misericordia del Salvador, de alguien que ha demostrado que está lleno de Dios por su poder de sanación corporal y espiritual. Esta mujer estaba siendo iluminada por el Espíritu Santo para ver aquello que no se había revelado a los que no aspiran a la sabiduría de Dios y se contentan con la sabiduría que los hombres utilizan para dar una falsa solución a problemas materiales o sociales.

    ¿No nos está poniendo ante los ojos este pasaje del evangelista de la misericordia, San Lucas, que el verdadero arrepentimiento no se contenta con decir los pecados al confesor, sino que conlleva lavar, secar, ungir al Señor o al prójimo en reparación del mal cometido? La mujer lavó los pies con lágrimas, los besó, los secó con sus propios cabellos y se los ungió con perfume. El Señor solo le reprochó al fariseo algo mucho menos costoso: disponer un recipiente con agua para lavarse él mismo los pies, besarle en la cara y ungir la cabeza. Todo eso quiere decir que al Señor le agrada cualquier pequeño gesto de amor, aunque no alcancemos a ser tan humildes como esa mujer, pero lo podemos aplicar de mil maneras: la confesión, la visita al Señor en el Santísimo, la ayuda al prójimo, etc.

  • 5 Jun

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos:

    Hemos comenzado la eucaristía, como cada domingo, con el bello canto del introito, mientras la procesión de escolanes, monjes y sacerdotes se dirigía hacia el altar. Ese momento de nuestra celebración –la procesión y la veneración del altar– está lleno de significado. San Ambrosio gustaba recordar a los cristianos de su tiempo altare Christus est: el altar es símbolo de Cristo, de su presencia en medio de sus discípulos. La procesión de los que cantan al Señor, en nombre de toda la asamblea, en dirección al altar, simboliza la Iglesia que peregrina en la historia hacia Cristo; simboliza también lo que ha de ser nuestra propia existencia: caminar hacia Jesús; Él es el centro, Él es la meta, Él es la luz que da sentido y que nos permite avanzar con esperanza, en medio de nuestras vicisitudes personales, a veces tan difíciles, complejas e incluso dolorosas. Así lo contemplamos en el mosaico de la cúpula, donde el Resucitado, en majestad, sostiene un libro en el que se lee: Ego sum lux mundi –Yo soy la luz del mundo, yo soy vuestra luz. Como veis, en la liturgia todo habla, todo tiene un sentido: el canto, los gestos, el altar, la cruz… Ojalá que nunca dejemos de caminar hacia Jesús, que no nos alejemos nunca de su luz.

    En este domingo Cristo, que se revela como el Camino y la Verdad, se nos manifiesta también como la Vida. Él con sus discípulos y un numeroso grupo de seguidores –nos cuenta san Lucas en el evangelio– se acercaba a una aldea de Galilea llamada Naín, a unos 10 kms. de Nazaret. La escena con la que se encontraron resultaba verdaderamente conmovedora: una madre asistía al entierro de su único hijo y, además, era viuda. La situación de aquella mujer era digna de lástima y mucha gente del pueblo la acompañaba en aquella hora tan amarga.

    Jesús al ver a la mujer se conmovió. Notemos aquí dos cosas: la primera es que Lucas nos muestra a un Jesús sensible y atento a un grupo social desvalorizado en aquel tiempo, como era el de las mujeres. Al preocuparse por aquella viuda, muestra que está cerca de los pequeños, que su predilección son aquellos que no cuentan, quienes no tienen el poder de las grandes decisiones. En segundo lugar, hay algo que pudo tocar el Corazón de Cristo: tal vez pensó en su propia madre, en María, que era viuda y que pronto iba a ver morir trágicamente a su único hijo (cf. M. Iglesias).

    Sea lo que fuere, el paso de Jesús por la aldea de Naín iba a cambiar radicalmente esa escena de dolor. Porque Jesús vio la escena, vio a aquella mujer que posiblemente se quedaba sola en la vida, y no sólo vio sino que además sintió compasión. De su corazón, lleno de bondad y de entrañas de misericordia, nace un milagro que nadie le pide en realidad. Al verla el Señor –dice el evangelio– se compadeció de ella y le dijo: no llores (Lc 7,13). Es muy bello, hermanos, contemplar a Jesús conmovido por las lágrimas de una madre que sufre. Diría que este detalle nos permite “tocar” el Corazón de Cristo, entrar en él. Se nos revela aquí un Dios que no es indiferente ante el sufrimiento humano; que se conmueve ante nuestras penas y nuestras lágrimas. Por eso, acude a Jesús, desahoga con Él tu corazón, cuéntale tus preocupaciones, tus angustias, tus miedos; hazlo cada día y tu alma se llenará de paz, y sentirás también la necesidad de enjugar las lágrimas de otros hermanos que sufren cerca de ti.

    Las palabras del Señor ante el cuerpo sin vida de aquel joven todavía nos estremecen: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate! Todos quedaron sobrecogidos, porque el muerto se levantó y Jesús se lo entregó a su madre con vida. Y la tristeza de aquella mujer se tornó en alegría por el gesto del Señor. A nosotros también Jesús nos dice hoy: «Levántate de tu postración y acércate a mí que soy la luz y la Vida». Es decir, el Señor nos invita a alzarnos de nuestras bajezas, de nuestros pecados y egoísmos, que son alejamiento de Él y de los hermanos, que son muerte y causa de tristeza.

    ¡Cristo es la Vida! (cf. Jn 14,6). Así se nos revela en este domingo. Nos ofrece vivir en una comunión íntima con Él, como los sarmientos que se alimentan de la savia de la vid y se secan separados de ella. Seguir a Cristo, ser sus discípulos, sólo es posible si sacamos de Cristo mismo la energía y la vida.

    Creo que la liturgia de este día tiene dos enseñanzas preciosas para nosotros: Jesucristo es vida para el alma. Si sabemos injertar nuestra vida en la suya podremos sentirle siempre a nuestro lado, incluso en la hora de la prueba o de la tribulación. Ahora bien, su vida nos la comunica a través de la eucaristía y de la confesión, nos la comunica cuando rezamos y cuando ayudamos a los demás. La segunda enseñanza es que Jesucristo tiene entrañas de compasión, se conmueve ante el dolor de los hombres. Si sientes que el peso de las pruebas te desborda, invócale con las palabras del salmista: «en mi angustia te busco, Señor mío» (Sal 76,3), «acuérdate de mí con misericordia por tu bondad» (Sal 24). Pero además abre tus ojos, mira a tu alrededor y busca a quién puedes hacer el bien, quién necesita tu ayuda: la compasión de Cristo nos interpela y nos ha de mover a ser compasivos, a curar las heridas de nuestros hermanos. Sólo en la medida en que consolamos a los demás hallamos también nosotros el consuelo.

    A la Virgen María, le rogamos hoy que nos guíe por el camino de la confianza en Dios, que nos introduzca en esa comunión de vida con Jesús que nos contagia su manera de ser y de pensar, y le pedimos también que nos ayude a pensar lo que es recto y a cumplirlo con la ayuda de la gracia. Que así sea.

  • 29 May

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi) que hoy celebramos tiene sus orígenes principalmente en la segunda mitad del siglo XIII en la diócesis de Lieja (Bélgica), en torno a la abadía de Cornillón, donde la superiora, Santa Juliana, impulsó la devoción eucarística mediante la exposición y bendición del Santísimo y la procesión eucarística de hoy, así como con el uso de las campanillas durante la elevación en la consagración en la Misa. A partir de ahí se difundieron estos elementos del culto y la Iglesia los instituyó de forma regular en la Liturgia.

    Ciertamente, este sacramento merece nuestro máximo honor y amor. El Concilio Vaticano II ha definido la Eucaristía como “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (Lumen gentium, 11), porque ella “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo” (Presbyterorum ordinis, 5). Por eso ya decía San Ireneo de Lyon en el siglo II que es el compendio y la suma de nuestra fe.

    Como todos los sacramentos, la Eucaristía ha sido instituida por Jesucristo. Fue anunciada y prefigurada en el Antiguo Testamento por el sacrificio de Isaac, el maná con que el Señor alimentó a los israelitas en el desierto, los diversos sacrificios de la Ley de Moisés, el cordero pascual y especialmente el sacrificio de Melquisedec, según hemos escuchado en la primera lectura (Gén 14,18-20; Hb 6,20-7,19). Todo esto lo recuerda Santo Tomás de Aquino en su bella y devota secuencia Lauda Sion, de la cual cantaremos una parte en el momento de la exposición dentro de la procesión final. En concreto, el sacrificio de Melquisedec es figura clara que profetiza a Cristo como Rey y Sumo Sacerdote ofreciendo el supremo Sacrificio de sí mismo al Padre: Melquisedec, rey y sacerdote de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, ofreció pan y vino y bendijo a Abraham; y Jesucristo es Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec, como se ha cantado en el salmo (Sal 109,4).

    En los Evangelios se encuentran anticipos y anuncios de la Eucaristía, como las multiplicaciones de los panes y los peces (así, la que nos ha relatado hoy San Lucas; Lc 9,11-17) y el discurso o sermón del Pan de vida que recoge San Juan (Jn 6,25-59). Pero el momento en el que Nuestro Señor Jesucristo instituyó la Eucaristía fue la Última Cena en el Cenáculo con sus Apóstoles, según lo narran los tres evangelios sinópticos (Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22, 19-20) y San Pablo, por tradición transmitida a él, en la primera Carta a los Corintios que hemos escuchado (1Cor 11,23-26).

    La Iglesia Católica ha afirmado siempre la presencia real de Cristo en la Eucaristía. En este Santísimo Sacramento se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y, por lo tanto, Cristo entero. Las afirmaciones de la Sagrada Escritura son muy claras: en la institución, Jesucristo dice explícitamente y no de manera metafórica: “esto es mi Cuerpo”, “éste es el cáliz de mi Sangre”. En el discurso del Pan de vida (Jn 6) dice: “Yo soy el Pan de la vida”, “el Pan que Yo daré es mi Carne”, “quien come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna […]; pues mi Carne es verdadero alimento y mi Sangre es verdadera bebida”. También San Pablo afirma: “El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es acaso comunión con la Carne de Cristo?” (1Cor 10, 16).

    Por tanto, en cada una de las especies consagradas está realmente Cristo entero. De ahí que la comunión bajo una sola de las dos especies sea verdaderamente comunión completa. Y por lo mismo, en la más mínima partícula del pan consagrado está Cristo entero, por lo cual todas las partículas deben ser recogidas y consumidas por el sacerdote o el diácono con la máxima reverencia y adoración; algunos Padres de la Iglesia las comparaban al “polvo de oro” que con tanta delicadeza recogen los orfebres. De ahí que los sacerdotes deban purificar con el mayor respeto, cuidado y amor la patena y el cáliz. Y de ahí una de las causas por las que, aunque la Iglesia permite la comunión en la mano, es más conveniente, según la sabia experiencia de siglos, la comunión en la boca y el uso de la bandeja, para evitar que las partículas, en las que está Cristo realmente presente, acaben en el suelo, en la ropa o en el pelo.

    En fin, al comulgar en las debidas condiciones, tengamos presente lo que dice San Agustín poniendo en boca de Jesús las siguientes palabras dirigidas al cristiano: «me comerás, sin que por eso me transforme en ti, como si fuese el alimento de tu carne, sino que tú te transformarás en mí» (Confesiones, lib. VII, cap. 16). Y es que, por la sagrada Comunión, Cristo nos une tan íntimamente a sí que llega a transformarnos en Él, haciendo al hombre partícipe de la vida divina.

    Meditemos todo esto con María, que concibió y llevó en su seno el Cuerpo del Redentor.

  • 15 May

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La solemnidad de Pentecostés, conocida a veces antiguamente como “Pascua del Espíritu Santo”, nos lleva a recordar y celebrar de un modo especial lo que sucedió a los cincuenta días de la Resurrección de Jesucristo, según hemos escuchado en la lectura de los Hechos de los apóstoles (Hch 2,1-11): el momento en que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, infundiéndoles luz y fuerza para anunciar al mundo entero sus enseñanzas y su salvación. En ese momento, la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, estaba con ellos.

    Jesús se lo había prometido a los apóstoles en el discurso de despedida antes de sufrir la Pasión: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. […] Mora en vosotros y está en vosotros” (Jn 14,16-17). “El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14,26). Él haría posible que los apóstoles dieran testimonio de Cristo (Jn 15,26-27).

    Por lo tanto, el Espíritu Santo acompaña, sostiene y alienta a la Iglesia en su caminar en el tiempo que va de la Ascensión de Jesucristo a los cielos hasta la Parusía, su segunda venida gloriosa al final de los tiempos. El Espíritu Santo es quien vivifica y santifica la Iglesia como enviado del Padre y del Hijo (cf. Jn 15,26). Por eso, como ha expuesto San Pablo en la primera carta a los Corintios, Él suscita la diversidad de dones, servicios, funciones y carismas para el bien común de la Iglesia (1Cor 12,3b-7.12-13). En la aparición recogida en el Evangelio de hoy (Jn 20,19-23), Jesús concedió ya el Espíritu Santo a los Apóstoles, pero no lo recibirían en plenitud hasta el día de Pentecostés.

    Según profesaremos al rezar el Credo, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Como sabemos, es la tercera persona de la Santísima Trinidad; es el Amor que une al Padre y al Hijo; es el Don, el regalo que ellos nos hacen, que nos dan, para que nos llene de vida y de santidad. Es el Fuego que enciende nuestras almas en el amor de Dios para conducirnos hasta el Cielo. Es el Paráclito, el Abogado, el Defensor que Jesús nos ha prometido al volver Él junto al Padre. Por eso el Espíritu Santo recibe todos esos nombres, como se reconoce en los bellísimos himnos a Él dedicados y en la secuencia que se ha cantado antes del aleluya.

    Lamentablemente, nuestra devoción al Espíritu Santo suele ser muy tenue, muy escasa, y en ocasiones incluso nula. Parece que nos resulta la persona más desconocida de la Santísima Trinidad, la más lejana, la más abstracta. Y sin embargo, Él es quien hace posible, no sólo la vida y la santidad de la Iglesia, sino la propia vida espiritual y la santificación de cada creyente. Como nos enseña San Pablo en la carta a los Romanos, por el Espíritu Santo recibimos la adopción filial de Dios, somos hechos hijos adoptivos de Dios en su Hijo unigénito, que es Jesucristo (Rm 8,14-17).

    El Espíritu Santo, según hemos dicho recordando las palabras de Jesús, mora en nosotros y está en nosotros (cf. Jn 14,17). ¿Cuándo sucede esto? Cuando nos encontramos limpios de pecado mortal (pues existe un pecado de muerte, como nos recuerda la primera carta de San Juan: cf. 1Jn 5,16-17); cuando nos hallamos en estado de gracia, el Espíritu Santo habita en nuestra alma. Y no sólo Él, sino que Él hace posible que habite en nuestra alma la Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo y el mismo Espíritu Santo. Jesús lo anunció también a los apóstoles: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23).

    Ésta es la inhabitación trinitaria en el alma, que es fuente inmensa de vida espiritual para el cristiano consciente de tal maravilla, pues de ella extrae una riquísima vida interior de unión con Dios, como la vivieron en su comunidad contemplativa la Beata carmelita Isabel de la Trinidad y en su vida seglar la oblata benedictina Ítala Mela. Y por eso, como se ha cantado en la secuencia antes del aleluya, llamamos al Espíritu Santo “dulce huésped del alma”. Él nos concede sus siete dones para que seamos dóciles a sus inspiraciones, elevarnos hasta Dios y asemejarnos a Él: son los dones de sabiduría, de inteligencia o entendimiento, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad y de temor de Dios. Y también nos concede sus doce frutos para la vida espiritual.

    En fin, puesto que el Espíritu Santo alienta la vida de la Iglesia, pidámosle por la Iglesia, encomendemos al Papa, a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a todos los fieles. Con frecuencia nos resulta más fácil criticar la Iglesia y criticar a otros. Pero, ¿rezamos por estas intenciones? ¿Rezamos por los que detentan responsabilidades, para que no se equivoquen en su gestión? Nuestras críticas forman parte de eso que el Papa llama con razón “la lengua que mata”. A veces justificamos nuestras críticas diciendo que son “constructivas”, pero en realidad son sólo destructivas y, si además caen en la difamación y en la calumnia, podemos estar al borde de incurrir en pecado mortal, si no es que caemos de lleno. En vez de tanto criticar, oremos, pues la murmuración deja en un estado de amargura, mientras que en la oración siempre encontramos paz.

  • 5 May

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos concelebrantes y monjes de las comunidades de Santa María de El Paular, Santa María de El Parral y Santa Cruz del Valle de los Caídos, hermanos todos en el Señor:

    Un año más, los monjes de las tres mencionadas comunidades próximas nos reunimos fraternalmente para celebrar esta memoria de Nuestra Señora del Valle, la fiesta de la Santísima Virgen como Patrona de este santuario enclavado en el centro de España como lugar de oración y de culto, de paz y de encuentro con Dios. María nos abraza a las tres comunidades como Patrona de todas y de cada una de ellas y nos abraza a todos los discípulos de Cristo, señalándonos cómo debemos buscar, seguir e imitar a su divino Hijo, a quien, como nos exhorta San Benito, nada debemos anteponer, y a quien, como nos enseña San Jerónimo, debemos conocer leyendo con amor la Sagrada Escritura.

    En este año de la Misericordia, el abrazo de María a estos sus hijos espirituales, que somos los miembros de la Iglesia, se intensifica como Madre de Misericordia. Por eso los cristianos la invocamos con amor, devoción y respeto, con fe y esperanza, confiando en la fuerza poderosa de su intercesión ante Dios en nuestro favor.

    María es la más perfecta, la más excelsa y la más hermosa de todas las criaturas salidas de las manos de Dios. Más aún: siendo por naturaleza inferior a los ángeles, ha sido sin embargo elevada por Él a la dignidad de Reina de los Ángeles. A Ella la honran y sirven estas criaturas espirituales por ser la Madre del Verbo encarnado, a quien contemplan y alaban. La razón de esta singular dignidad y excelsitud de María radica en que, desde la eternidad, Dios la eligió amorosamente para ser la Madre de su Hijo. Por lo tanto, la Maternidad divina es la raíz de todos los otros privilegios y gracias con que Dios la ha ennoblecido. En verdad, María no es únicamente Madre de Jesús-hombre, sino Madre de Jesucristo entero, verdadero Dios y verdadero Hombre, como en su momento sentenció de manera bien clara el Concilio de Éfeso.

    La estrechísima unión existente entre María y su Hijo ha llegado hasta tal punto que Él la asoció a su obra redentora: por su fiat en la Anunciación nos llegó el Salvador, luego lo crio y lo cuidó amorosamente, más tarde lo acompañó muchas veces y finalmente unió su dolor al suyo en la Pasión, sufriendo una verdadera “Compasión”, es decir, “padeciendo con” Cristo. Por eso es la primera Colaboradora a la obra de la redención y con acierto el papa Pío XI no dudó en denominarla “Corredentora”.

    Tan asociada estuvo a su Hijo, que Éste nos la quiso dejar por Madre a la Iglesia y a todos los hombres desde la Cruz, cuando se la encomendó a San Juan Evangelista y a él se lo entregó como hijo. De aquí nace la Maternidad espiritual de María, que Ella ejerce como Abogada y Medianera de todas las gracias desde el Cielo. Y de esta Maternidad espiritual procede el que los hombres la invoquemos como particular Patrona en las naciones, en las regiones, en las poblaciones, en los barrios, en los monasterios, en las asociaciones piadosas, en las cofradías, en diversas entidades e instalaciones religiosas, civiles y militares, etc.

    Los monjes del Valle hemos comprobado muchas veces la protección de María: en momentos turbulentos y en situaciones adversas, el recurso a Ella ha detenido la mano amenazante, ha paralizado el mal que se cernía, ha disuelto misteriosamente el peligro inminente. Su manto maternal ha cubierto nuestras vidas y ha protegido a nuestro monasterio y al Valle del ataque de la vieja serpiente. No deberíamos olvidar la lección, sino aprenderla y recordar que, asistiendo a María, mirando e invocando a la Estrella que es María –como exhortaba San Bernardo– podremos salir adelante en todas las dificultades personales y comunitarias, internas y externas.

    Que la “llena de gracia” nos alcance de su divino Hijo a los monjes de las tres comunidades hermanas las gracias necesarias para nuestra salvación y la gracia de vivir santamente y con fidelidad nuestra vida monástica, como monjes de Cristo y de Santa María. Y que Ella alcance también a todos los fieles la santidad en su estado de vida.

  • 24 Apr

    P. Juan Pablo Rubio

  • Hemos iniciado esta celebración, queridos hermanos, con palabras del salmo 97: «Cantad al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas». ¿Qué cántico es éste al cual se nos invita? En realidad, el «cántico nuevo» sois cada uno de vosotros, que por el bautismo habéis vuelto a nacer, gracias a la Resurrección de Jesucristo. La novedad de vuestro canto consiste en la santidad de vuestra vida. Somos un cántico nuevo cuando vivimos santamente (cf. san Agustín), somos un cántico nuevo cuando damos testimonio real del amor de Cristo. Este es el corazón de la liturgia de este día: ser un cántico nuevo que actualice el mandamiento siempre nuevo del amor de Jesús. Lo acabamos de escuchar en el evangelio: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado».

    Este domingo, por tanto, en el marco de la Pascua, viene a ser una llamada a afianzar el signo distintivo de nuestro compromiso cristiano, es una invitación a «hacerse disponible para amar», a reaccionar amando en toda circunstancia por difícil que sea. Dios ha tomado la iniciativa amándonos a cada uno con amor irrepetible.

    «Hacerse disponible para amar» suena bien, pero no es fácil; significa tomar una postura de irse configurando día tras día con Jesús: comprometerse cada vez más a pensar como Él, a valorar las cosas como Él y a reaccionar amando como Él. Muchas veces nos pesa y hasta nos vence nuestro pasado o nuestra fragilidad. Hemos de reconocer que no hemos amado bastante a Dios y a los hermanos, y debemos sentir una profunda pena por ello. Ahora bien, lejos de desalentarnos, esto nos debe estimular a dar un «sí» hondo y auténtico. Juan Pablo II repetía que «no somos la suma de nuestras debilidades y fracasos, sino [la suma] del Amor de Dios y de nuestra capacidad de comenzar siempre de nuevo». Dios sabe muy bien que puede brotar una gran generosidad incluso allí donde hay debilidad y pecado. Ante Cristo crucificado, que tantas veces ha sido un «adorno» para mí, debo preguntarme: ¿qué hago yo por Jesús? ¿qué debo hacer por Él? (san Ignacio).

    El mandamiento nuevo del amor nos urge porque formamos un solo cuerpo, una comunión, una fraternidad, ascendemos juntos hacia la cumbre, «encordados» unos con otros; es decir, mis actos y omisiones repercuten en toda la Iglesia, en toda la humanidad y la creación. Nuestra fecundidad apostólica está también en relación directa con esta fidelidad de amor.

    Por otra parte, en la fuerza y la belleza del amor radica la verdadera esperanza. Y es esta esperanza la que debemos irradiar a nuestro alrededor. Pablo y Bernabé recorrían incansables las comunidades cristianas animando a todos y exhortándoles a perseverar en la fe (cf. Primera lectura). ¡Qué importante es que nos iniciemos en esa ascética de alentar, aconsejar y animar! (J. Esquerda). El desaliento nace del ver la realidad a medias. Hemos de llegar a ser personas positivas que sepan construir y alentar, desde la convicción de que, en medio de cualquier problema, se puede caminar con esperanza.

    Siempre es posible reaccionar amando como Cristo. En las circunstancias más adversas, no tienes nada que perder, puesto que nada ni nadie te puede impedir hacer lo mejor, que es amar. Se trata de un amor siempre atento a las necesidades de los hermanos. Un amor ágil, rápido, que no conoce lentitudes; un amor tangible y real, que posee nombre y rostro; un amor que es alegre. Si no hay alegría en el servicio generoso, significa que no hay verdadero amor. Un amor que cuida los pequeños detalles. Santa Teresa de Lisieux lo pedía en una preciosa oración: «Dios mío, lo único que te pido es el Amor. No puedo hacer obras brillantes, pero mi vida se consumirá amándote. No tengo otro medio de probarte mi amor que no dejar escapar ningún pequeño sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra, aprovechar todas las pequeñas cosas y hacerlas por amor». Teresa había comprendido que «el amor encierra en sí todas las vocaciones [y] que el amor lo es todo».

    La novedad del anuncio del Señor, hermanos, está lejos del consumismo reinante que nos destruye y nos agota, en un afán desmedido de usar y tirar, de querer estrenar constantemente sensaciones. La novedad de Cristo se encuentra en el corazón que ama, que no deja resquicio a la envidia, ni al orgullo, ni al amor propio, sino que en situaciones límite, busca el perdón, la ayuda fraterna, la compasión y la misericordia. Cuando practicamos el mandamiento nuevo del amor, se cumple y se experimenta la descripción del vidente del Apocalipsis, porque se enjugan las lágrimas, se acompaña el dolor, se potencia la capacidad de bondad, se alcanza la experiencia necesitada de saberse amado, se difunde la consolación del alma (A. de Buenafuente). El secreto de la novedad reside en el amor que nos tengamos.

    Pidamos a santa María que nos ayude a comprender que por nuestros gestos de amor, por pequeños que sean, hacemos presente a Cristo en el mundo; que ella nos enseñe a dar siempre fiel testimonio de aquel amor que Dios ha querido que sea el distintivo de los discípulos de Jesús.

  • 17 Apr

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: En este IV Domingo de Pascua, en el que el Evangelio nos presenta a Jesús como Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, en España se celebran, por acuerdo de la conferencia episcopal dos jornada mundiales: de oración por todas las vocaciones y de oración por las vocaciones nativas. Casi el 40% de las circunscripciones en las que se organiza la Iglesia Universal dependen directamente de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Son iglesias implantadas en territorios de misión que todavía no son capaces de mantenerse por sí mismas, y reciben por tanto la ayuda de la Obra Misional Pontificia de San Pedro Apóstol. Esta Obra Misional Pontificia es la menos conocida de las 3 que se celebran durante el año, junto con la santa infancia en enero y el domund en octubre, pero la jornada y la colecta de hoy son tan obligatorias como las de las otras 2 jornadas. La colecta que luego se recogerá con vuestras aportaciones se destinará pues a este fin.

    En esta jornada se nos recuerda que debemos orar con perseverancia al Señor de la mies para que sigan surgiendo vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en esos territorios de misión, pues es allí donde precisamente Dios hoy suscita la mayoría de vocaciones. Jesucristo necesita sacerdotes, religiosos y laicos que lleven al mundo la buena noticia de la salvación. Dios nos ha dado muestras más que suficientes para fiarnos de Él. A través de Jesucristo nos ha mostrado la vocación última a la que nos llama: ser hijos suyos. Todos los cristianos estamos llamados a concretar esta actitud fundamental en una vocación específica. El Señor sigue suscitando vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales comprometidas con la misión de su Iglesia de anunciar a todos los hombres la buena noticia. Debemos rezar incesantemente al Señor, el dueño de la mies, para que suscite vocaciones en su Iglesia, confiando en Él, que tiene la iniciativa en toda llamada vocacional, ámbito y espacio eclesial. La Iglesia necesita hombres y mujeres que, con generosidad y confianza, entreguen su vida a Dios y a sus hermanos.

    El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda oportunamente que la iniciativa libre de Dios requiere la respuesta libre del hombre. Una respuesta positiva que presupone siempre la aceptación y la participación en el proyecto de Dios sobre cada uno; una respuesta que acoja la iniciativa amorosa del Señor y llegue a ser para todo el que es llamado una exigencia moral vinculante, una ofrenda agradecida a Dios y una total cooperación en el plan que Él persigue en la historia. Atraídos por Él, desde los primeros siglos del cristianismo, muchos han abandonado familia, riquezas y todo lo humanamente deseable, para seguir generosamente a Cristo y vivir sin ataduras su Evangelio, que se ha convertido para ellos en escuela de santidad radical. El testimonio de esos hermanos recuerda al pueblo de Dios “el misterio del Reino de Dios que ya actúa en la historia, pero que espera su plena realización en el cielo”, como decía S. Juan Pablo II. Todavía hoy muchos avanzan por ese mismo camino exigente de perfección evangélica y realizan su vocación con la profesión de los consejos evangélicos.

    Mª, Madre especialmente de los sacerdotes y de las personas consagradas, es el modelo de toda vocación cristiana. Ella, que confió en Dios y respondió con generosidad a su llamada, nos enseña hoy a confiar y a responder a la llamada que Dios nos hace. Encomendemos a Mª, en su advocación de Virgen del Valle, a cuantos descubren la llamada de Dios para encaminarse por la senda del sacerdocio ministerial o de la vida consagrada, para que sientan siempre su maternal protección. Que así sea.

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