• 13 Nov

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: Hoy es el día en que se cierra el año de la Misericordia en todas las diócesis del mundo a nivel celebrativo, y el próximo domingo se hará en Roma en el domingo de Cristo Rey con una celebración que clausurará el jubileo extraordinario de la Misericordia. Para muchos cristianos ha sido un año de gracia, un año de bendiciones por la Misericordia de Dios, que han recibido a través de los sacramentos y por haber aceptado la Palabra de Dios en sus vidas.

    Nos encontramos pues en un período excepcional, una gracia singular que ni siquiera sabían algunos que existía, pero han sido dóciles al impulso del Espíritu y se han llevado la sorpresa de que el Señor había preparado un encuentro de gracia, y ha sido para ellos una sorpresa llena de gozo. No se podían imaginar que el Señor hubiese esperado tanto tiempo hasta que ellos se pusieran por fin en marcha después de tantas inspiraciones que el Señor les había regalado. Cuando por fin han secundado esa gracia, han descubierto lo grande que es el Señor, su ternura infinita.

    ¿No os dais cuenta, hermanos, los que todavía no habéis decidido pasar por la puerta de la Misericordia, que la bondad de Dios es inagotable, que nunca es tarde mientras vivimos en este mundo, y que no hemos de perder un minuto si hemos escuchado en nuestro interior la voz de Dios en su Palabra y hemos atendido y apreciado que esa Palabra estaba dirigida a ti en concreto? Creer que Dios te habla a ti a través de su Palabra es una gracia muy grande. Y no seguir ese camino de gracia es exponerse a que no se repita, a encontrar dificultades enormes de vencer cuando quiera seguirlo más tarde, mientras que ahora la oportunidad está a nuestro alcance en abundancia.

    No podemos cerrar los ojos ante las leyes persecutorias para los creyentes que se están promulgando por todas partes del mundo y en nuestra patria también. No tenemos que ser tan ciegos como para no darnos cuenta que esas leyes son un adoctrinamiento laicista que cala en nuestra sociedad, y nos paraliza, y hace que nuestra mente se haga perezosa y cobarde para manifestar su fe. Es un acoso ante el que hemos perdido la capacidad de respuesta y de protesta colectiva. Miramos con envidia santa lo que han hecho en unos pocos países los cristianos que han sufrido tales vejaciones en grado mortal. Pues bien, si tales proezas colectivas no se dan entre nosotros, como antaño hicieron nuestros antepasados, sí que está a nuestro alcance la respuesta personal y decidida de no dejarnos arrastrar por el ambiente paganizado que respiramos.

    Cada uno tiene que hablar directamente con el Señor, dedicarle un tiempo cada día, aunque sean diez minutos para empezar, para pedirle consejo, para suplicarle que le dé luz en su entendimiento, y sepa tomar decisiones que sean conformes a su voluntad. Aquel que, frente a un crucifijo, o imagen del Señor, o de nuestra Madre, y mejor todavía si es ante el Sagrario, dedica cada día unos instantes a hablar de corazón a corazón con el Señor, sentirá enseguida que ha encontrado un tesoro. Si eso lo hace en la Santa Misa y se toma la molestia de hacerlo todos los días con lealtad probada de quien sabe está vivo allí su Redentor, y que renueva su sacrificio en el Calvario y lo hace en ese momento por él, entonces verá que ese tiempo y ese esfuerzo y ese ir contra corriente de lo que hace todo el mundo insensatamente, es un tesoro que compensa con creces todos sus esfuerzos, sufrimientos y luchas diarias.

    Nos quejamos, y nos duele, que cada vez se nos ponga más dificultades para vivir nuestra fe: el Evangelio de hoy nos habla de ello con crudeza, pero con verdad y sin edulcorar la realidad, como solemos hacer nosotros, y no nos damos cuenta que el Señor nos promete la luz del Espíritu Santo en nuestra oración, pero sobre todo en la Santa Misa, que es el centro y culmen de toda la vida cristiana.

    ¿No hemos escuchado en la primera lectura que “a los que honran mi nombre les iluminará un Sol de justicia que lleva la salvación?” El cristiano debe conocer no sólo su fe, sino valorarla como es debido. Hay muchos que gastan sus ojos leyendo libros e informaciones sobre la fe, y las vicisitudes que viven los creyentes, y las declaraciones que hacen unos y otros sobre ella, pero no se empeñan con la misma intensidad en orar, en confesar sus pecados ante el Señor en el sacramento de la penitencia, en escuchar la Palabra de Dios en su corazón, y no sólo en leerla. De ahí viene la diferencia entre el que sólo se ilustra en su fe, y aquel que además se esfuerza por vivirla, por orarla y reformar su vida conforme a la voluntad de Dios.

    El Señor nos ha hablado en la primera lectura y en el Evangelio del “Día del Señor”. Un día que será precedido de signos cósmicos y sociales, de sucesos inauditos en el orden natural y el ordenamiento habitual de la vida social.

    Pero llegará ese día en que hablarán las piedras, porque les hemos privado de credibilidad a los profetas que tenían la misión de disponernos a estar vigilantes, para que no nos sorprendiese como ladrón (Apoc 3,3). Y eso es lo que nos transmiten las lecturas, e incluso la oración colecta de hoy.

    El que vive profundamente la fe cristiana siempre está alegre, aunque oiga malas noticias que a los faltos de fe desconciertan. Porque realmente solo se encuentra el equilibrio y la serenidad en servir a Dios, creador de todo bien, y ahí reside el gozo pleno y verdadero.

    El Papa Francisco ha tenido un gesto muy significativo al no permitir se cambiaran las lecturas de este domingo, como si no fuesen adecuadas para cerrar el jubileo de la Misericordia. ¿La Palabra de Dios puede ser un inconveniente en alguna de sus páginas para clausurar este evento profético del jubileo? Una visión tan raquítica de la Palabra de Dios es la que lleva a suprimir u ocultar con la no lectura a los fieles, o la deformación por traducciones falsas, o comentarios en notas e introducciones que ocultan el mensaje verdadero que contiene. Y por esta vez no se han salido con la suya, los que utilizan la Palabra para fines nada claros.

    Por el contrario, si nosotros hacemos una lectura orante de la Palabra de Dios, aunque esa lectura nos hable de los castigos que ha de recibir la humanidad por sus pecados, descubriremos que eso es misericordia divina, puesto que Dios no quiere que nadie se condene, sino que en el castigo reaccionen y se den cuenta que su pecado les lleva a la perdición, que por el pecado se hicieron cómplices del príncipe de las tinieblas, y que siguiendo una conducta contraria a los mandamientos no sólo ofenden a Dios, sino que hacen mal a todos los hombres y le llevan a su degradación y a la muerte no sólo corporal, sino eterna.

    La lectura de la Palabra de Dios no puede ser curiosa o meramente informativa; de la lectura debemos pasar a meditarla y aplicarla a nuestra vida, haciendo examen si nuestra vida concuerda con esa sabia norma divina y llegar a convertirse en diálogo amoroso con quien nos está hablando a través de ella. Un diálogo con Jesús que culmina en contemplación de su bondad y su grandeza, de su misericordia y de su justicia, igualmente admirables.

  • 23 Oct

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Las lecturas de hoy no necesitan comentario. Uno teme disminuir la fuerza que tiene la Palabra de Dios por sí misma. Las lecturas son tan claras que no requieren explicación, y sin embargo, la predicación es un deber sagrado, porque la fe se transmite por una experiencia en la que interviene la gracia de Dios como factor principal. El sacerdote está al servicio de la Palabra. Y todo fiel cristiano debe descubrir su misión con respecto a la Palabra de Dios. Nuestros padres fueron los primeros en transmitirnos la fe en el hogar. Quien la vive como cristiano con fidelidad también la está predicando; su testimonio se puede percibir en sus actitudes. Los ministros ordenados de la Palabra la debemos vivir y predicar. ¿Qué añadir cuando está tan clara? Nuestra misión como sacerdotes es exhortar a vivirla, exhortar a escucharla cada cual en silencio, pues en la intimidad con Dios adquirirá ecos muy personales, ya que es una palabra viva y palpitante. Este es un descubrimiento que tenemos que hacer cada uno y volver cada día a revivir esa experiencia fundamental para un cristiano. Quien desconoce esta realidad le queda una asignatura pendiente importante por aprobar, es nada menos que su relación personal con Dios.

    Hoy celebramos el Domund : Domingo mundial de la propagación de la fe, o de la misión evangelizadora de la Iglesia en el mundo. Hoy se hacen colectas en las iglesias católicas para sostener a los misioneros, sean sacerdotes o religiosas y laicos, que entregan generosamente su vida al servicio de la fe en países en los que la fe no está implantada o está todavía en fase de primera evangelización. La colecta que se hace hoy va destinada a estos esforzados misioneros que dejan su patria y familia y llevan lo más precioso que hay en este mundo, la fe en Dios a los que no le conocen y no le pueden amar si no hay quien se lo anuncie.

    De la primera lectura los misioneros nos podrían contar cómo han visto cumplidas estas palabras, y otras muchas de la Sagrada Escritura, en miles de historias en que los habitantes de lejanas zonas sin cristianizar oraban a su manera, y se sintieron escuchados cuando por fin llegaron los misioneros a anunciarlos que Cristo había muerto y resucitado por ellos. Les predicaron que si se bautizaban serían hijos de Dios y recibirían la vida eterna como herencia de un Padre amoroso, que desde la eternidad les había destinado a vivir en comunión con Él. “Los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansa,” hemos escuchado. Una experiencia que comprobamos casi a diario, por así decir: cuando todo nos sale bien somos muy tardos en agradecer al Señor, y, en cambio, cuando nos vemos sobrepasados por las dificultades, o por las deslealtades, o abrumados por nuestros propios pecados, y hemos recurrido a Dios, impulsados por el Espíritu,como un pobre afligido nos ha llenado una paz y ha florecido en nuestro interior una confianza nueva en el auxilio divino en toda clase de necesidades, bien sean materiales y mucho más cuando lo que pedimos es lo que le encanta a Dios que le pidamos: el amor a Él y a su Reino de amor y de justicia. Como cuando rezamos el Padre nuestro y decimos de corazón:“Venga a nosotros tu Reino”. Pero un misionero que vivió la guerra del Vietnam contaba, que siempre reza para sí de esta manera: “Venga a nosotros tu Reino y cuanto antes”. Él había experimentado de cerca cómo actúan los poderes de este mundo cuando se prescinde de la fe, en lo que se convierte un mundo sin Dios; y pide a gritos que venga pronto su Reino, pues ya le resulta intolerable la tardanza. A nosotros, en cambio, apegados a la figura de este mundo que pasa, donde no hemos sentido las angustias de no tener casa y temer a cada instante nos alcancen las balas o las bombas, nos atormenta la perspectiva de tener que padecer la purificación necesaria profetizada en la Sagrada Escritura para dar a luz el nuevo Reino de amor y de paz. No deseamos que nos toque beber esa medicina tan amarga. Pero a nosotros nos tendría que afligir la opresión en que se halla la fe en nuestra sociedad y las leyes que persiguen a los que enseñan la moral inscrita en la naturaleza y en la ley de Dios, los mandamientos. Ése tendría que ser el motivo de nuestro dolor y preocupación, que se niegue al Señor y se le impida reinar en los corazones de los hombres y la sociedad, que se impulse esa falsa cultura de la muerte con la proliferación de sectas satánicas, películas, la fiesta satánica de halloween enmascarada como una divertida fiesta de disfraces y reparto de golosinas, y juegos que dan poder al demonio en nuestros corazones y que impulsan a la violencia, al crimen del aborto y al enfrentamiento continuo entre las personas en todos los ámbitos.

    La parábola del fariseo y el publicano que se ha proclamado en esta santa asamblea de los hijos de Dios, entre otras cosas nos enseña cómo es bueno comenzar nuestra oración por el dolor de nuestros pecados, para así poner la base imprescindible de nuestra relación con Dios: quién es Él, el que tanto nos ama y el que acaba ocupando el último lugar en nuestra vida contrariamente a lo que confesamos en el primer mandamiento; y quién soy yo, el que se resiste a cada paso a aceptar el amor y sabiduría de Dios que me viene de mi Padre celestial y el que pretende darse su propia ley, apropiándome de lo que había recibido para obrar sólo según la Voluntad de Dios.

    Que esta Eucaristía nos haga conscientes de que el Señor espera que andemos por el camino del bien y de la salvación eterna, que Él nos está esperando para ayudarnos y amarnos. Veamos cómo extiende sus brazos de misericordia para perdonarnos nuestros pecados en el sacramento de la confesión, y allí va a secar las lágrimas de nuestros dolores y aliviará la carga de nuestra vida. Si hacemos una confesión general este Jubileo de la Misericordia, será toda nuestra vida envuelta en la gracia de Dios y no sólo el pequeño período desde nuestra última confesión. Nos hará comprender y entender los misterios de esta vida y de la hora presente que nos ha tocado vivir y así caminaremos seguros de su mano.

    Qué maravilla sería, si contemplando en nuestro interior o contemplando este monumental crucifijo que tenéis ante vuestros ojos, fuésemos capaces de oír los latidos del Corazón de Jesús y cuánto dolor y cuánto amor se encierra en Él por las almas de cada uno de nosotros, los hombres. ¿Es que no nos estremece su dolor y su santo Amor? ¿Por qué no le ayudamos a encontrar a esas almas perdidas que le pertenecen y que se las está apropiando el Maligno? Ayudémosle a traerlas al redil, a donde estarán a salvo del demonio. Dejemos los respetos humanos, ¡dejémoslos ya! Hablemos sin vergüenza ni reparos del Amor de nuestro Salvador por ellos, que ha padecido una muerte ignominiosa para salvarlos, para que un día estemos con Él en el cielo. Se nos acaba el tiempo y muchas almas se perderán víctimas del dragón infernal. A todas las almas nos tuvo presentes en el momento de su muerte, el cual vamos a actualizar ahora en esta Eucaristía. Por todos ofreció este santo sacrificio que ahora se renueva. Pero sus hijos no le quieren, huyen de su Salvación; el pecado ha corrompido sus almas y no quieren saber de su Amor y de su Gracia. Vayamos nosotros a por ellos de la mano del Señor y de su Madre santísima. Que no nos importen los insultos y desprecios. Busquémoslos en sus escondrijos, en sus pecados, y llevémoslos a su Misericordia.

    La forma más efectiva de llevarlo a cabo es si nosotros mismos hacemos esta experiencia de la Misericordia de Dios en nuestra vida haciendo nuestra confesión general de toda la vida, para que la lluvia de gracia del Señor nos llene de su luz y podamos transmitirla a otros.

  • 16 Oct

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: la oración es el arma más maravillosa y poderosa de todo cristiano. Un cristiano que ora hace temblar a todos los demonios y enemigos de Dios. Pero el Evangelio de hoy deja abierta una pregunta inquietante para todos nosotros: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”. Porque no sabemos cuándo, pero no nos quepa ni la más mínima duda de que, como se ha proclamado en la segunda lectura, “Cristo Jesús ha de juzgar a vivos y muertos”.

    Si no encontramos el sentido de la oración y esta no pasa a ser el alimento de nuestra fe, acabaremos convirtiéndonos en una ONG. ¿Qué hemos hecho con la oración? ¿Rezamos hoy como se hacía hace tan solo 15, 20 o 50 años? ¿No han cambiado vertiginosamente nuestras costumbres y no precisamente en la dirección correcta? Ya no se respeta el silencio ni el decoro en el vestir en las iglesias. Muchas personas, cuando entran, ya no se arrodillan ante el Santísimo. Se quejan si el sacerdote se alarga en la misa unos minutos más que otro que predica más brevemente o que celebra más rápidamente. La mayoría de los fieles, cuando comulgan, no hacen siquiera un gesto de reverencia que manifieste su fe en la presencia viva de Jesucristo en la eucaristía y muchos se acercan sin la modestia ni la vestimenta adecuadas. Estos y otros muchos cambios, que no son de poca monta, significan que a nivel social nuestra fe se ha debilitado de forma alarmante.

    “La Sagrada Escritura nos puede dar”, nos dice hoy a través de la carta de S. Pablo a Timoteo, “la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación”. Si volvemos al Señor, nuestros ojos serán capaces de recuperar la luz necesaria para retomar el camino que lleva a la salvación; de lo contrario, nuestra única alternativa es la perdición y la muerte eterna. Esta palabra de vida “nos enseña, nos reprende, para corregir, para educar en la virtud: y así el hombre de Dios estará equipado para toda obra buena”.

    El Señor no niega su ayuda a nadie que le invoque cuando pide la salvación y busca la luz para su alma. “El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”, ha proclamado el cantor en el salmo responsorial. El Evangelio nos ha dado también una pista importante proclamada por el Señor: “Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?”. Esta búsqueda del sentido de la vida y de la salvación debe ser nuestra súplica constante: imitemos a esa mujer tan insistente, pero no para perseguir tantas mundanidades que nos atraen. Eso significaría que lo queremos de verdad, que es para nosotros el bien supremo que engloba todos los demás, por el que seríamos capaces de perder todos los otros bienes con tal de permanecer en amistad con Dios.

    Si no tenemos esa fe, la debemos pedir y si nos vemos sin fuerza para poner a Dios por encima de todo, acudamos a la eucaristía para no pedir ninguna otra cosa que la salvación para todos para nosotros y para todo el mundo. La eucaristía es fuente y culmen de la vida cristiana, es la ocasión de centrarnos en lo esencial. Tratemos de vivir cada eucaristía como el epicentro de nuestra vida y anticipo de la vida celestial y así alcanzaremos la vida eterna. En algunas sacristías todavía cuelga este cuadro: “Sacerdote, celebra tu misa como si fuera tu primera misa, como si fuera tu última misa, como si fuera tu única misa”. Aunque la frase está dirigida a los sacerdotes, es plenamente aplicable a todo fiel participante en la eucaristía. Acudamos con frecuencia al sacramento de la reconciliación, para comulgar con las debidas disposiciones, porque quien come de este pan tiene vida eterna.

    Todo ello debe ser motivo de nuestra profunda reflexión, especialmente en el día de hoy, en el que se canoniza en Roma al obispo de Málaga y Palencia, Manuel González, apóstol de los sagrarios abandonados y fundador de la Unión Eucarística Reparadora. Él no se limitó a pasar largas horas ante el sagrario, sino que desplegó una amplísima labor caritativa y educativa. Como ejemplo, cuando se le nombró obispo auxiliar, organizó un banquete multitudinario al que no invitó a las autoridades, sino a tres mil niños pobres que le acompañaron al palacio episcopal. Hoy también se canoniza a José Luis Sánchez del Río, mártir del régimen de Plutarco Elías Calles, el más radicalmente anticlerical en la historia de México. A las objeciones de su madre para que se uniera a los cristeros, el niño cristero respondía: “Mamá, nunca ha sido tan fácil como ahora ir al paraíso”. Fue encarcelado en el bautisterio donde había sido bautizado 14 años antes. La parroquia había sido transformada en cárcel de católicos y en caballeriza del ejército gubernamental y el presbiterio y el sagrario en gallinero, propiedad del jefe político de la región, por lo que el desde hoy santo mató a los gallos de pelea, sin miedo a la amenazas de muerte de aquel jefe, que había sido su padrino de primera comunión. Sus verdugos le cortaron la piel de las plantas de los pies y le obligaron a caminar sobre granos grandes de sal rumbo al cementerio. Le ofrecieron perdonarle la vida si gritaba "muera Cristo Rey", pero él gritó “Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe”. Ante su tumba fue martirizado a sangre fría en un ritual elaborado. Fue víctima de una sangrienta y legalizada persecución religiosa, como se ve en la película Cristiada. Pidamos a este valioso intercesor que oremos sin desánimos. Encomendemos esta intención a Ntra. Sra. del Valle. Que así sea.

  • 14 Sep

    P. D. Anselmo Álvarez

  • Hoy toda la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, una expresión que alude a la gloria de la Cruz de Cristo, en la que tuvo lugar una muerte transitoria y una victoria definitiva sobre la misma muerte, tanto en su dimensión espiritual, el pecado, como física. Así fue y así serán todas las que los hombres decidamos imponer a Dios: fugaces y simbólicas, porque Dios sólo muere una vez (cf Rom 6, 8). Pero la cruz no es sólo el símbolo de un acontecimiento pasado, sino una realidad presente de otra forma. En ella sigue muriendo Cristo, aunque nadie puede amordazar su memoria, su palabra y su obra, y menos aun el amor que le abrazó a ella y a la humanidad.

    Mucho menos, nadie puede anular la expectativa de su resurrección en el presente, como nadie pudo sospechar ni impedir la primera, aunque hoy volvamos a repetir: “que Su Nombre no se pronuncie más” (Jer 11, 19), y nos parezca que hemos echado el sello definitivo a su tumba. En realidad, quien hoy está en agonía no es Cristo, sino el mundo. Y lo está precisamente porque hemos eliminado la eficacia de ese signo de salvación y de reconstrucción de lo humano, y hemos silenciado la voz del que ha pronunciado las únicas palabras de verdad que se han escuchado en la historia.

    Han sido las palabras de quien es Cabeza de la Humanidad, y en Quien serán recapituladas todas las realidades de la tierra y del universo. Él representa la humanidad de todos los tiempos. Ninguna otra Voz volverá a resonar en ellos, ni habrá ninguna humanidad distinta a la que Ella inspiró. La humanidad sucumbe cuando apaga la luz y el espíritu que le han dado vida. En ellas está la fuente que todavía sostiene la vida de este mundo, y de la que brota el manantial de la vida eterna.

    “Dios reina desde la Cruz”, proclama la Iglesia en un texto litúrgico, pero nosotros respondemos como en el pasado: “no queremos que Éste reine sobre nosotros” (Luc 19, 14). Nosotros queremos construir el hombre y el mundo nuevos desde unos cimientos nuevos, hechos a nuestra imagen. Es el proyecto por el que viene trabajando desde hace mucho tiempo la nueva sociedad. Pero esto significa la insurrección, a la vez, contra la soberanía de Dios y contra la realidad el hombre. Contra su deber y derecho de vivir en armonía con el Creador, consigo mismo y con los demás hombres. Es una sedición que repite el “no serviré” de Luzbel, para el que sólo hay la respuesta con la que aquel grito fue respondido: “quién como Dios?”.

    Pero después de haber sustituido, supuestamente, a Dios y al hombre, nos estamos aplicando a transformar, mediante lo que llamamos ideología de género, nuestro espacio natural, en el que hasta ahora hemos reconocido la huella divina. De hecho, se está escenificando la elevación del mundo a nueva divinidad y la supremacía en él del oponente de Dios. Se pretende convertir a Dios en la idea de lo antihumano, y la naturaleza creada por Él en lo más opuesto a nuestra naturaleza. El orden racional y moral que llamamos orden natural es rechazado como opuesto a nuestra realidad.

    El mundo concebido por Dios ha seguido, así, su mismo destino. Separado de Él y entregado a su propia dinámica, es conducido por leyes sin ley, es decir, por fuerzas ciegas y decisiones arbitrarias, que empujan a un transformismo delirante de las nociones más axiomáticas, justificado en que las concepciones del pasado son producto de una historia embrionaria. Entonces el hombre se dedica a jugar con la naturaleza, a inventarla e invertirla. Declara así su señorío sobre ella, tratando de imprimir en la misma el signo de este hombre nuevo, lo que, en realidad, conduce a la abolición de la civilización mediante un juego descerebrado.

    Pero este hombre ya no es el hombre, ni mucho menos el superhombre, porque ningún sello que no refleje en él la efigie de Dios le dará una realidad distinta a la que ha sido grabada en él. Ni la constitución ni la biología del hombre no queda bajo su dirección de manera que pueda alterarla, manipularla o degradarla, sino sólo para ponerla al servicio de las leyes que determinan su naturaleza. No hay odio en respetar esa naturaleza. El odio aparece más bien en el intento de abolir el orden establecido por Dios, en el que se expresaba Su primer gesto hacia las criaturas, obras de Su amor. Esa naturaleza que hemos recibido y vivido no es la obra del odio, sino del amor. No ha sido una obra contra el hombre, sino la obra de quien es el Padre y el Creador.

    Por otra parte, el género y la naturaleza, que hoy sonprioritarias en esta fase final de la revolución en marcha, no son materia de ideología, no son algo que se pueda descomponer o reconstruir o interpretar a nuestro arbitrio. Todas las cosas reciben un ser, no forjado por sí mismas, y en el que subsisten. Como ocurre con la familia, que es el modelo de comunión sobre el que se evalúan todas las relaciones humanas. Son realidades troncales, acabadas, inalterables; no se juega con ellas porque nos gusten o disgusten; ellas son el soporte del mundo que habitamos. El orden natural es la impronta de Dios en la naturaleza, como la gracia lo es en el orden del espíritu.

    Cuando esta realidad se invierte entramos en una desintegración vertiginosa, y nos entregamos a una fiesta iconoclasta. Por eso, en este empeño por construir un hombre y un mundo nuevos estamos abatiendo los fundamentos de la tierra y del hombre. Fundamentos que reposan en el Verbo de Dios, en quien fueron creados los cielos, la tierra y el hombre, y para éste la Palabra y el Pan de la Vida, la Ley divina y natural, la Gracia. Dios y todo lo que le atañe, está siendo reducido a subcultura, una subcultura que ésta elevada al prestigio máximo de nuestro tiempo. Para preservar la soberanía de nuestra la libertad hemos anulado la voluntad divina, el deber ser, la verdad, el bien común, la sensatez y la prudencia.

    Por lo que a nosotros atañe, (a España), lo que hemos ganado no es la libertad. Porque vivimos en el reino de la mentira, consagrada como ideología nacional, destinada a nutrir la nueva sabiduría de los españoles, obligados a convivir en una España entregada a la mentira, a la amoralidad y a la irracionalidad.

    Lo que hoy guardan todavía en su corazón muchos españoles mientras pasa esta hora entregada al poder de las tinieblas, tendrá el renacimiento que corresponde a lo que no pasa, porque tiene su origen en Dios y en el ser original del hombre. Los sobresaltos externos no deben perturbar la serenidad interior con que esperamos la hora de la Verdad, la hora del Resucitado, de Aquel cuya Cruz aparecerá en los cielos cuando venga a decir Su palabra sobre la historia humana.

  • 4 Sep

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos, muy especialmente vosotros, peregrinos portugueses, que todos los meses participáis en nuestra celebración: la Palabra de Dios que se nos ha proclamado, seleccionada por la Iglesia para nosotros, es alimento para nuestra vida, es el aliento que Dios nos ofrece para caminar en este mundo con una meta segura, sabiendo dónde nos dirigimos y las dificultades que nos esperan en cada encrucijada de la vida. Sin esta orientación divina, andaríamos errantes de un lado para otro y dañándonos a nosotros mismos, como sucede a tanta gente que no la conoce o que la rechaza y que acaba perjudicándose a sí misma con lo que piensa que va a ser su placer y su felicidad.

    Las lecturas de hoy aparentemente carecen de conexión lógica y sin embargo hay un diálogo, una pregunta y respuesta entre ellas. En el libro de la Sabiduría el autor sagrado se pregunta cómo conocer la voluntad de Dios. El evangelio nos ofrece una respuesta desconcertante: Dios quiere posponer lo más querido para nosotros, nuestros padres y familiares más cercanos y que hasta la negación de uno mismo sea el centro de su vida. Continúa diciendo que es preciso cargar con la cruz y seguir a Jesús. La exigencia va subiendo de tono hasta concluir con un lapidario: “el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”. Estos bienes van mucho más allá de las personas y comprenden riquezas, comodidades, prestigio, fama, curriculum y todo tipo de placeres y satisfacciones, incluso los más legítimos.

    El único alivio que encuentra uno en estas palabras es que esa cruz hay que llevarla detrás de Jesús, con Jesús al lado, que no se va a separar de nosotros si queremos caminar junto a Él, además de que concede el honroso título de discípulo suyo a quien quiera seguirle. Ese reconocimiento que ofrece Jesús de ser uno de sus discípulos y esa inmediatez de trato con Él es lo único que hace asequibles estas palabras. La prueba de su poder de convicción es la legión de santos que han convertido en lema de su vida estas palabras o similares, por ejemplo, Sta. Teresa de Calcuta, hoy canonizada.

    Pero todavía quedan en nosotros ciertas preguntas ante las exigencias tan desconcertantes de Jesús. Ahora dirigimos la pregunta al libro de la Sabiduría por ver si allí hay algo que esclarezca el designio de Dios que encontramos en el evangelio. Después de dejar bien claro lo vanos que son los esfuerzos puramente humanos, acaba diciendo que es posible al menos aceptar el plan divino si Dios envía su santo Espíritu desde el cielo. En este momento de la revelación del Antiguo Testamento, no se dice que ese santo Espíritu sea una persona divina, pero va preparando el camino a la revelación completa de Jesús. Nos vemos respondidos en nuestra inquietud: tenemos que pedir al Espíritu Santo que nos haga comprender lo que no comprendemos, al menos adaptado a nuestra capacidad, en la medida básica para ponernos en marcha, para aceptar la cruz sin dudas ni repugnancias.

    Una de las gracias del sacramento de la reconciliación o penitencia recibido con regularidad es que nos ayuda a combatir nuestros defectos habituales, que se resisten a cargar con la cruz y nos proporciona una presencia más viva del Espíritu Santo, que nos impulsa a tomar la voluntad de Dios como meta de nuestra vida. En este año de la misericordia no deberíamos desaprovechar las ventajas de abrirnos a este gran medio de santificación. Nos ayudaría a llevar bien nuestra cruz y a comprender el valor de la misma en nuestra vida, a no rebelarnos contra el Señor por cargar con esa montaña inaccesible para nosotros. Es la solución de lo que suele ser un conflicto espiritual, no resuelto en muchos casos por falta de aprecio y formación adecuada sobre este sacramento.

    La Eucaristía no puede comprenderse en su profundidad si se la priva del sacramento de la reconciliación. La frecuencia en recibir con fruto la Eucaristía exige una pureza que solo puede proporcionar la gracia de Dios a través de dicho sacramento. Aun cuando nuestra conciencia se viera libre en general del peso del pecado mortal, por lo que tendríamos que dar muchas gracias a Dios, la confesión sacramental contribuye a darnos la fuerza para no caer.

    Queridos hermanos: a las puertas del final del jubileo extraordinario de la misericordia, pidamos una y otra vez, como señalaba el Santo Padre Francisco en la bula de convocación, que “en este año jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar. La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso: Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos”. Encomendémoslo a la Virgen Mª, cuyo misterio de su natividad celebraremos el próximo jueves, por intercesión de la nueva santa, Teresa de Calcuta. Que así sea.

  • 28 Aug

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: El hombre de todos los tiempos, pero sobre todo el de nuestros días, debido al trastorno que introdujo el pecado original en el mundo, se resiste a ser humilde, y tiene a gala el sujetar a su dominio a toda persona que entra relación con él. La Sagrada Escritura, que hemos tenido el don de escuchar, choca con el ambiente de nuestros días constantemente.

    En contraste con este panorama actual, nosotros cada domingo celebramos en la Eucaristía el sacrificio de Cristo en la Cruz, su muerte ignominiosa y su resurrección gloriosa. Vamos en contra de la tendencia generalizada. Pero tenemos la suerte de habernos puesto en buenas manos. Por nosotros mismos no somos capaces de darnos la salvación. Únicamente Jesucristo puede salvar definitivamente al hombre, por su muerte y resurrección.

    La Palabra de Dios que hemos escuchado nos enseña el camino para ir a Dios. Nos muestra el único camino posible, el de la humildad. Una virtud que se nos escapa de las manos. Es un don de Dios como todas, pero la humildad no se deja atrapar. O la recibimos como don o no hay manera de hacerse con ella. Hemos de pedirla constantemente. Pero no basta con eso. Hemos de estar dispuestos a cada momento a comprobar que nos falta mucho para alcanzarla y con serenidad seguir intentando vivir en la verdad. Tenemos muy arraigada la tendencia a aparentar. A dar buena imagen y que esa buena imagen nadie nos la empañe con comentarios o actitudes contrarios. Pero ésta no es la actitud correcta. Tenemos que agradecer a Dios y al hermano o a la circunstancia que descubre nuestra pobreza o limitación, que nos ponga ante nuestra verdad.

    Es duro bajar siempre al último puesto. Pero es porque no miramos a Jesús. Él se rebajó, tomó la condición de esclavo y pasó por uno de tantos. En Nazaret logró pasar desapercibido treinta años. Lo mismo que su Madre y san José. En cambio a nosotros se nos nota en seguida cuándo nos salen bien las cosas y cuándo hemos sido contrariados por alguna circunstancia.

    Pero se nos olvida muy a menudo pensar cuántas veces hemos dejado nosotros en el último puesto a Dios. El mandamiento primero es también el más importante. Pero cuántas y cuántas veces ni le consultamos al Señor, ni nos encomendamos a Él, ni le damos gracias si todo nos ha ido bien.

    Y en cambio el Señor nos ha regalado con algo que nos sorprende. Nuestros hermanos mayores los judíos en el Éxodo, al salir de Egipto y mientras caminaban por el desierto, vieron signos admirables, e incluso pidieron a Moisés que no fueran tan sobrecogedores. A nosotros nos promete el Señor signos llenos de paz, de dicha, de la compañía sin fin de los santos ante la faz de Dios. Hemos de ser conscientes que no tenemos razón para alejarnos de Dios. Y hemos de volver a Él. Y ayudar a que otros también lo hagan. En el Evangelio el Señor nos ha instado a invitar a pobres de cosas materiales, de pan y de salud corporal. Hoy quizás nos encontramos sobre todo con pobres de formación espiritual, con personas que llevan heridas en su alma que les impiden acercarse a Dios y a la Iglesia. Para nosotros esto ha de ser una llamada a quitar esos bloqueos para que recuperen su conciencia de ser hijos de Dios y la vivan y alimenten con los sacramentos. Cuanto más se va ennegreciendo el horizonte para los creyentes, tanto más hemos de esperar nos va a ayudar el Señor en este año de gracia a nosotros y a recuperar para Él a aquellos que se han alejado de su rebaño. Tenemos que colaborar con el Señor en esta tarea. Salir a los lugares frecuentados por la gente y allí proponerles volver a Jesús de quien se habían apartado por no conocerle bien. Pero para ello es muy importante que hagamos una confesión general para aprovechar la gracia del año de la misericordia y de esa manera ser nosotros mejor imagen de Jesús para que otros se acerquen a Él. En este año de gracia Dios hace que nos abramos mucho más a Él. Está haciendo nuestras almas más permeables a su misericordia. Los corazones de los alejados también están más abiertos y dispuestos a acoger la Buena Noticia de su salvación.

    De esta Eucaristía debemos salir dispuestos a hacer mejor nuestras confesiones, a no hacerlas apresuradas y sin un dolor de corazón y un propósito verdadero, porque el Mediador de la nueva alianza Jesús se hace más cercano y el encuentro con Él en la confesión debe ser más sincero y estrecho, más profundo y frecuente. De esa manera, cuando Él vuelva a visitarnos, a encontrarse con cada uno de nosotros, nos hallará más prontos a aceptar el dolor de haberle traicionado y ofendido tantas veces y a acoger su misericordia como nuestro único refugio y salvación. No olvidemos que ayudar a otro a encontrar el camino de la salvación equivale a remover los obstáculos que hemos acumulado con nuestros pecados y asegurar nuestra eterna bienaventuranza.

  • 15 Aug

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El papa Venerable Pío XII definió en 1950 el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen a los Cielos en cuerpo y alma, llevada por los ángeles, como broche de oro y coronación de todos los privilegios marianos (Munificentissimus Deus, 3, 8 y 15-16), en conformidad con la Tradición de la Iglesia, que contempla a María como la “figura portentosa en el cielo”, la “mujer vestida del sol, con la luna por pedestal, coronada con doce estrellas”, según se nos ha dicho en la lectura del Apocalipsis (Ap 12,1). En la Tradición de la Iglesia y muy especialmente entre los cristianos orientales, se venera también este misterio como la “Dormición” o el “Tránsito” de María.

    María compartió la vida y la misión redentora de su Hijo de tal manera que resultaba conveniente que fuera asociada a la gloria de Jesucristo resucitado y reinante en el Cielo. Eso fue lo que reconoció Pío XII cuando proclamó el dogma de la Asunción y a los cuatro años instituyó la fiesta de la Realeza de María, que celebraremos dentro de una semana. En la segunda lectura, tomada de la primera carta de San Pablo a los Corintios (1Cor 15,20-26), hemos escuchado que Cristo ha resucitado el primero de todos, como primicia de la resurrección de los cuerpos y garantía de la inmortalidad del alma. María ha sido la primera en compartir esta misma realidad. Es uno de los muchos motivos por los que, a partir de su Maternidad divina, que es la raíz de todos los privilegios marianos, Nuestra Señora viene siendo felicitada por todas las generaciones, pues el Poderoso ha hecho obras grandes en Ella, su humilde esclava, según hemos escuchado en el Evangelio (Lc 1,39-56).

    La Asunción de María nos recuerda las realidades eternas, nos hace caer en la cuenta de la meta a la que estamos llamados, nos habla del Cielo. Nuestros objetivos reales no deben estar aquí en la tierra, pues todas nuestras aspiraciones temporales al final se evaporarán y se quedarán en nada, como humo que se disipa. Somos peregrinos en este mundo y nuestra meta última es el Cielo, donde María Santísima reina junto con su Hijo.

    Pero estamos llamados al Cielo, a la dicha eterna, no sólo con nuestra alma, sino también con nuestro cuerpo, que al final de los tiempos habrá de resucitar gloriosamente como el de Cristo. La Santísima Virgen, siguiendo los pasos de su divino Hijo, no conoció la corrupción del sepulcro y ha sido asunta al Cielo con su cuerpo en estado glorioso. El ser humano es una realidad completa de cuerpo y alma y se constituye en persona en esa unidad. Y el cuerpo hace del ser humano una realidad sexuada, como nos enseña el Génesis: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” (Gn 1,27). La realidad sexuada del cuerpo humano define a la persona completa, es un principio lógico de cualquier antropología construida desde la evidencia de la naturaleza.

    A este respecto, quiero hacer un inciso y recomendar vivamente que leáis la nota publicada el pasado 7 de agosto por los obispos de Getafe y Alcalá sobre la reciente ley de género de la Comunidad de Madrid y quiero reproducir las palabras del papa Francisco a los obispos polacos el 27 de julio: “En Europa, en América, en África, en algunos países de Asia, hay auténticas colonizaciones ideológicas. ¡Y una de ellas –lo digo claramente con ‘nombre y apellidos’- es la ideología de género! Hoy a los niños (¡a los niños!) se les enseña esto en el colegio: que cada uno puede escoger su sexo. ¿Y por qué enseñan esto? Porque los libros son de las personas e instituciones que te dan el dinero. Son las colonizaciones ideológicas, sostenidas también por países muy influyentes. Y esto es terrible. Hablando con el papa Benedicto, que está bien y tiene un pensamiento claro, me decía: ‘Santidad, ¡ésta es la época del pecado contra Dios Creador!’ ¡Qué inteligente es! Dios ha creado el hombre y la mujer. Dios ha creado el mundo así, y así, y así… y nosotros estamos haciendo lo contrario”.

    Son palabras del papa Francisco y en las que nos transmite otras del papa emérito Benedicto XVI. No es el pensamiento de unos pocos obispos, sino la doctrina de la Iglesia, que debemos proclamar sin miedo, dispuestos a padecer lo que por ello tengamos que padecer.

    Por tanto, el ser humano, la persona, goza de una dignidad en su realidad completa de cuerpo y alma. El cuerpo humano goza de una dignidad altísima como obra de Dios y, cuando nos encontramos en estado de gracia, es templo del Espíritu Santo, según nos enseña San Pablo (1Cor 6,19-20). Por eso, en el estado presente de viadores, de peregrinos en este mundo terreno, debemos procurar nuestra santificación completa y hemos de revalorizar el sentido natural y sobrenatural casi perdido del pudor, que es la custodia de la intimidad, y la virtud de la castidad, que ordena y encauza adecuadamente a su fin nuestros instintos carnales y nos conserva en nuestra integridad para la donación total de la persona por amor.

    En fin, la Asunción de María nos sitúa ante Ella misma y ante su Hijo; nos sitúa ante la Santísima Virgen, nuestra Madre celestial, nuestra intercesora principal, nuestra Abogada, el acueducto por el que Dios derrama las gracias necesarias para nuestra santificación y salvación, esas gracias que su Hijo nos ha obtenido por su obra redentora. Por María descubrimos a su Hijo divino, Jesucristo, y por Ella y por Él podemos penetrar en la vida íntima del misterio trinitario, del misterio del Dios uno y trino que es misterio de amor eterno, a cuya contemplación y a cuya participación por amor estamos llamados. Acudamos a Ella para poder llegar al Cielo y gozar de la compañía eterna de Dios en unión de todos los ángeles y santos.

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