• 26oct

    P. Alberto Soria

  • Las lecturas bíblicas nos enseñan, queridos hermanos, que nuestra vida de relación con Dios no puede estar separada de la relación con nuestros semejantes. Los hombres y Dios formamos una familia irrompible. Si el hombre se empeña en poner barreras que le separen de los hombres, se aleja de Dios también y se pone en conflicto con quien le ha creado y redimido. Si el hombre, por el contrario, se precia de tener una buena relación con los hombres, pero se separa y aleja de Dios, esa pretendida buena relación con los hombres es inconsistente y acaba por desaparecer o por limitarse a un grupo de amigos, con los que concuerda solo en pequeños objetivos, pero que al final acaban enfrentándose por pequeñas cosas, porque han dejado de lado la fuente misma del amor. Solo con la ayuda de Dios puede uno ser leal a los demás hombres.

    El amor a Dios y al prójimo no son dos mandamientos iguales el uno al otro. Hay una jerarquía que se impone por sí misma. Principal y primero es el amor a Dios, como es lógico para quien conozca su obra creadora y redentora. Dios nos ama con amor infinito. No debemos tanto al hermano como a Dios. El amor al prójimo tiene que estar fundado e inspirado por el amor a Dios. Nada más y nada menos porque es su fuente, de la que parte todo, también el conocimiento del lugar que ocupa el amor a Dios y al prójimo.

    Otras religiones, al carecer de una revelación sobrenatural conocen el carácter principal del amor a Dios, pero no son capaces de relacionarlo bien con el amor al prójimo. Cuando los cristianos afirmamos que el amor a Dios es el mandamiento principal y primero, según la revelación de Dios, no por eso consideramos que el amor al prójimo sea irrelevante o muy secundario. Aunque no sea el principal, su importancia es tanta, que si se suprime el amor al prójimo, el amor a Dios queda falsificado y simplemente desaparece en aquel que persistiera en esa actitud. Porque también se puede decir que el mandamiento del amor es uno solo con dos vertientes. Pero aunque una de sus vertientes sea la principal y primera, la una sin la otra dejan de ser el mandamiento que Dios nos ha revelado y enseñado en su propia vida.

    Si hemos escuchado en la lectura del Éxodo que no se debe oprimir ni ofender al extranjero, la vida y enseñanza de Jesús es mucho más exigente y coherente con la revelación que Dios nos ha hecho de su misericordia. Dios nos ha perdonado faltas que por nuestros propios méritos somos incapaces de satisfacer. Y sólo nos pide que cumplamos el mandamiento en sus dos vertientes: pidiendo perdón de corazón a Dios y perdonando al prójimo setenta veces siete, es decir siempre. ¿Es posible vivir en paz sin el perdón de Dios? Demos esa pequeña misericordia del perdón de las deudas que pudiera tener nuestro semejante con nosotros y a cambio obtendremos el perdón de la gran deuda que todos tenemos con Dios por nuestros pecados, pues todos ellos son ofensa a Dios.

    Pidamos a Ntra. Sra. del Valle que interceda ante su Hijo para que nos conceda a todos la gracia de cumplir con todas las exigencias del amor a Dios y al prójimo. Que así sea.

  • 19oct

    P. Juan Pablo Rubio

  • Muy queridos hermanos:

    Nuestra comunidad benedictina se alegra al celebrar hoy con vosotros la eucaristía dominical en la que el Señor nos invita a participar en la mesa del Pan y de la Palabra. Todos necesitamos acudir cada domingo a este sagrado banquete para reponer nuestras fuerzas espirituales, para resituarnos ante Dios, nuestro Creador y nuestro Padre, para revisar, en cierto modo, nuestra vida y así entregarnos a Él con fidelidad y servirle con un corazón sincero y generoso (cf. Oración colecta). Qué importante es, hermanos, celebrar el día del Señor, reavivando en nuestro interior los valores perennes del Evangelio (la fe, la esperanza, el amor), a fin de aclamar con el salmista la gloria y el poder del Señor (salmo responsorial).

    La liturgia de este día nos invita a contemplar un relato polémico de la vida de Jesús, en el que fariseos y herodianos –dos grupos radicalmente enfrentados entre sí– acuerdan conspirar contra el Señor. Tal era su odio hacia aquel Maestro que cautivaba a los sencillos de corazón, que predicaba la ley del amor y del perdón y que se atrevía a llamar “Padre” a Dios. San Mateo nos revela las intenciones ocultas y perversas de aquella pregunta que le dirigieron: Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad… Ciertamente parecían nobles esas palabras, pues Cristo era y es la Verdad misma y el camino que nos conduce hacia Dios: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre si no es por mí. Sin embargo, su intención no era recta. Lo que pretendían era tentarle, tenderle una trampa. Dinos, pues, qué opinas: –prosiguieron– ¿es lícito pagar impuesto al César o no? Mirad, si Jesús respondía que sí era lícito, los fariseos le desacreditarían frente al pueblo judío, que se oponía a la dominación de Roma; por el contrario, si respondía que no era lícito, daría pie a los partidarios de Herodes para poder denunciarle ante las autoridades romanas. Éstas eran las verdaderas intenciones de quienes le interrogaron.

    Pero Jesús, que conoce el corazón humano hasta lo más profundo, advierte aquel engaño y destapa su hipocresía. Entonces pide que le muestren la moneda del impuesto que se pagaba al emperador y les replica: Pagadle al César lo que es del César, pagadle la moneda material que lleva grabada su imagen; eso es lo que le corresponde al César, pero nada más. Con sus palabras, Jesús reconocía el poder civil y sus derechos y señalaba como parte de la voluntad de Dios el cumplimiento fiel de los deberes cívicos.

    Pero su respuesta no se detiene ahí, sino que añade una segunda parte, un reverso inesperado, cuya profundidad ellos no alcanzaron a comprender: Pagadle al César lo que es del César y pagadle también a Dios lo que es de Dios. ¿Qué significaban estas palabras? ¿Con qué moneda ha de pagar el hombre a Dios? ¿Qué es lo que le pertenece a Dios realmente? A Dios le perteneces tú; Él te ha creado a imagen suya por puro amor. La moneda de Cristo es el hombre –dirá san Agustín–. En él está la imagen de Cristo, en él el nombre de Cristo, la función de Cristo y los deberes de Cristo (Homilía 90, 10). Así pues, aquella pregunta malintencionada fue ocasión de una bella enseñanza para nosotros. La moneda que debemos a Dios es nuestra vida, nuestra vida entera. Por eso, tenemos que recuperar la imagen del hombre perfecto, Jesucristo, grabada en nosotros pero desfigurada con nuestros pecados. Necesitamos mirar a Cristo, conocerle mejor, imitarle más, suplicarle que sea Él nuestra imagen, que sea el sello indeleble de nuestro ser, que nos revistamos de sus mismos sentimientos hasta poder decir con san Pablo: Es Cristo quien verdaderamente vive en mí.

    Os invito a considerar, a la luz de esta palabra de vida, qué estamos tributando al César y qué estamos tributando a Dios. A semejanza de los cristianos de Tesalónica, demos testimonio con la actividad de nuestra fe, con el esfuerzo de nuestro amor y con el aguante de nuestra esperanza. No podemos excusarnos en los tiempos, ciertamente adversos en muchos sentidos; los tiempos somos nosotros, los tiempos dependen también de nuestro compromiso y de nuestra fidelidad al Evangelio. El Espíritu Santo busca en esta hora testigos audaces y enamorados de Cristo, dispuestos a dar un testimonio auténtico y visible de vida cristiana.

    Como sabéis, hoy la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las misiones con un lema inspirado en palabras del papa Francisco: «Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría». Que nuestro donativo generoso en ayuda de las misiones sea una preciosa contribución en favor de la vida digna y la alegría de muchos hermanos necesitados.

    A María nuestra Madre le pedimos que nos ilumine y nos aliente para salir de nuestra tibieza, de nuestros miedos y amarguras, y seamos capaces de darle a Dios lo que es suyo, y de hacer siempre amable la verdad. Que así sea.

  • 05oct

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en Cristo: Toda celebración de la Eucaristía es una actualización del misterio pascual de Cristo, de su muerte redentora y de la resurrección que nos ha devuelto la vida. Estábamos muertos por el pecado y ahora estamos alegres porque la muerte eterna ha sido vencida, y en su lugar la nueva vida en Cristo se comunica a aquellos que están unidos a Cristo por los sacramentos. Esta Eucaristía nos tiene que unir más estrechamente en Cristo. Hemos venido aquí sedientos de vida, sedientos de una esperanza que impulse nuestro vivir cotidiano y le dé un sentido. No queremos andar como sonámbulos en este mundo. Necesitamos una luz que nos guíe, un camino seguro que nos conduzca a ese puerto definitivo que nuestro corazón anhela sin conocerle bien del todo. Nos gustaría despejar las muchas dudas que nos asaltan cuando las angustias de la vida se nos presentan de pronto.

    Nos preguntamos cómo esclarecer este camino de la vida, pues muchas veces nos da la impresión de recorrerlo a tientas, porque no comprendemos los cambios tan súbitos que se producen a nuestro alrededor en la manera de pensar de la gente, en la desesperación por no encontrar salidas a las necesidades materiales que la crisis económica hace cada vez más acuciantes y tantas otras cuestiones. ¿Por qué antes que se acudía de una forma tan natural a pedir ayuda a Dios, a la Santísima Virgen, a los santos, y ahora en cambio parece que el hombre en vez de volverse con confianza a quien tiene poder para ayudarle en sus necesidades, se atreve a desafiar a Dios, a dictar leyes que van contra el hombre mismo que legitiman la muerte del inocente en el seno de la madre, que destruyen lo que es el fundamento de la sociedad, la familia y hasta se atreven a increpar a Dios, e incluso hay otros que prefieren ignorarlo por completo?

    No hemos llegado a este punto de decadencia social por pura inercia de la vida, como si forzosamente la vida humana individual y colectivamente tuviese que llegar a un punto de inflexión en que no pudiese evitar precipitarse en el vacío y acabase desmoronándose sin más. Dios no es responsable de este fracaso colectivo de la humanidad. Nos lo hemos buscado nosotros con nuestros pecados, con nuestro reiterado alejamiento de la casa paterna. Pero Dios, en su conocimiento del futuro, que nos deja admirados, ya había puesto en boca de tantos profetas que se iba a precipitar la humanidad en esta marea negra de apostasía. En otras épocas hemos padecido herejías, que son desviaciones de la fe. La fe entonces estaba más apagada, padecía esa enfermedad. Pero ahora somos testigos de la apostasía entre nosotros, que es el rompimiento con Dios. Es decir, la muerte de la fe.

    Vayamos pues a la Palabra de Dios de donde sin duda hallaremos la luz que ilumine la deriva alocada que nos ha tocado vivir. Allí encontraremos la esperanza y el camino de la verdadera alegría. Hemos escuchado la profecía de Isaías sobre la viña plantada con esmero en lugar propicio, pero que no dio uvas a su tiempo, sino agrazones. Y nos dice el profeta que esa es la imagen de la respuesta que había dado Israel a los desvelos de Dios. En vez de cumplir los mandamientos, que equivale a cumplir su parte en el compromiso de la Alianza por cuidar Dios de esta nación pequeña, no fue capaz de ser fiel. Dios la había elegido para ser el germen de un pueblo único de Dios sin fronteras. Pero en su misericordia llega Jesús, el Mesías esperado durante siglos y de nuevo invita a renovar su alianza y anuncia la misericordia de Dios para ese pueblo infiel. Jesús empezó su predicación anunciando la misericordia de Dios. El Evangelista Lucas nos refiere esta misma parábola de la viña de Isaías que acabamos de escuchar. En Isaías, por no dar fruto a su tiempo, el Señor la abandona y la destruye. Pero Jesús al comienzo de su predicación anuncia la Buena noticia, eso es el Evangelio, y queriendo resumir la historia de las resistencias de su pueblo a su amor recrea la parábola de Isaías, pero hay un mensaje nuevo: el viñador, lleno de compasión, al comprobar que sus esfuerzos han sido inútiles con una higuera, en un derroche de misericordia vuelve a multiplicar sus esfuerzos para sacarla adelante: «Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?”. Pero el viñador respondió: “Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar”» (Lc 6,6-9).

    Jesús y sus discípulos después de tres años de predicación comprobaban que lejos de alegrarse por esa misericordia tan generosa por parte de Dios la gente les recibía mal en los pueblos donde iban. Y es que los hombres religiosos de su pueblo se le habían adelantado a los lugares por donde iba Jesús a predicar para advertir a la gente que no le recibieran a Él y a sus discípulos. San Juan lo dice en el prólogo del evangelio: «Vino a su casa y los suyos no le recibieron» (1,11) Ante esta oposición, Jesús, a esos mismos que tanto se le oponían, les dice esta otra parábola que se ha proclamado en que predice su muerte a las afueras de la ciudad santa, y no por eso dejó de recibir su justo castigo.

    Nosotros hemos de leer la Palabra de Dios no como historias pasadas que no van con nosotros, sino como la realidad palpitante de nuestra realidad actual. Es una palabra viva dirigida a nosotros. Después de dos mil años de cristianismo en que la Buena noticia se ha extendido por todo el mundo hemos llegado a apostatar de Dios en un sentido general, pero comprobable por cada uno de nosotros.

    ¿Qué va a hacer Dios ante esta situación? Lo que ha hecho siempre: hacer justicia y derramar el bálsamo de su misericordia de manera inaudita. Va a venir una segunda vez. Está pendiente su Parusía, esa visita benéfica restauradora de todo, los cielos nuevos y la nueva tierra. Dice san Pablo que hasta la creación está expectante de esta venida recapituladora de todas las cosas en Cristo.

    Pero Dios es también justo y no puede mirar a otra parte ante lo que hemos hecho, ante la dureza de nuestro corazón. Por eso está anunciada la gran persecución contra la fe disfrazada de una solución secular de nuestros problemas al margen de Dios. Se nos está persuadiendo de que nuestra religión es un fanatismo. Los sicólogos, manipulados por los grandes poderes fácticos ocultos, tratan de catalogar a nivel internacional la fe católica como una enfermedad sicológica. Es una de tantas. Nuestros hermanos en la fe en el próximo Oriente, en África, en China, en la India están sufriendo persecución a muerte. Nos están dando ejemplo de fortaleza en la fe. En nuestras latitudes muchos se van a acoger a estos poderes a nivel mundial que se presentan como nuestros salvadores, los únicos capaces de solucionar la grave crisis moral y económica que se irán agudizando todavía más. Pero eso sí, a costa de pedirnos la apostasía de nuestra fe, la claudicación ante la mentira, el apartamiento de la verdad. Lo que ellos digan eso será verdad, aunque sea evidente la mentira.

    Hermanos, si hemos venido a esta Eucaristía es para fortalecernos ante tan gran prueba. Ante las pequeñas pruebas de cada día, y ante lo que Dios nos tenga destinado. Nuestra meta ha de ser la de estar en gracia de Dios para estar siempre preparados para dar razón de nuestra fe.

    Este Sínodo de Obispos que comienza hoy en Roma es también una prueba para nuestra fe. Hay algunos que pretenden dar un giro de ciento ochenta grados al matrimonio. Otros tratan de ayudar a vivir esos compromisos, base de nuestra sociedad en un mundo que se les ha vuelto hostil. En estos quince días que dure el Sínodo debemos orar de modo especial y añadiendo los sacrificios oportunos, aunque sean pequeños, pero hechos mucho amor, para que esta en baza difícil la Iglesia no deje de dar testimonio valiente de las exigencias del Evangelio que siempre han sido fecundas y no sólo sufrimiento.

    San Pablo nos exhorta a que busquemos todo lo que es virtud o mérito ante Dios y que practiquemos lo que hemos aprendido de él en sus cartas. Y el Dios de la paz estará con nosotros. ¿Por qué no hacemos la prueba?

    Dios siempre está dispuesto a cuidar su viña y darnos nuevas oportunidades siempre que de corazón le pidamos perdón por nuestras traiciones. Es más, se adelanta a ello. En este tormentoso siglo veinte, testigo de tantas revoluciones y de tantos martirios, también envió Dios a sus profetas como Santa Faustina Kowalska, cuya memoria se celebra hoy, para que se diese culto a su divina Misericordia y así pueda el Señor derramarla más abundantemente sobre santos y pecadores, pues todos somos objetos de su misericordia.

  • 28sep

    P. Carlos Mata

  • Queridos hermanos en Xto Jesús:

    A lo largo de todo el Evangelio, de cuando en cuando, Xto hace afirmaciones de esas que consiguen desconcertarnos totalmente…; desconcertarnos pero nada más porque tras el desconcierto ponemos oídos de mercader, apartamos la mirada y seguimos a lo nuestro. En más de una ocasión, al hablar a los pastores del pueblo elegido, Xto les hace ver que la gente que ellos consideran pecadores, a todos aquellos que consideran menos que nada porque no viven según la Ley de Moisés o porque no se sujetan a una serie de tradiciones recibidas de sus mayores, les hace ver, como digo, que les precederán en el Reino de los Cielos. Evidentemente, los escribas, fariseos y demás jefes del pueblo no aceptan estas advertencias pues ellos se autoproclamaban los puros mientras que al resto los encasillaban como pecadores sin solución.

    Sin embargo, Xto intenta enseñar que Dios se fija en otras cosas más importantes, tal vez menos llamativas a nuestros ojos pero más acordes a los mandatos divinos. Dios no quiere bonitas palabras, no quiere ritos vacíos, no quiere sabiduría humana; a Dios no le agrada la ostentación, la vanidad o la soberbia; Dios se aleja del poder, de la ambición, del deseo de figurar.

    Xto no se contenta con una mera declaración de intenciones o con una especie de contrato legal en el que se recoja lo que debemos o no debemos hacer respecto a Él. Realmente nuestra relación con Dios no se basa en intenciones o en especulaciones, tampoco en resultados y en estadísticas; nuestra relación con Dios únicamente se basa en el amor que ponemos en nuestros actos.

    ¿Cómo determinar cuándo algo es agradable a Dios? No es sencillo pues nosotros no podemos sondear lo más profundo del corazón del hombre pero si nos fijamos en el Buen Ladrón podremos caer en la cuenta de qué es lo que Dios quiere de nosotros: que reconozcamos nuestra propia debilidad, que le pidamos perdón, que le amemos y que no desconfiemos jamás de Él. Los logros del Buen Ladrón no parecen que fueran espectaculares, sus actos fueron más que discutibles, su modo de vida estaba más que alejado de lo que prescribía la Ley mosaica y sin embargo, una simple frase le valió el Paraíso.

    Nosotros, por el contrario, queremos contar, medir y pesar nuestra relación, nuestra amistad y nuestro amor a Dios en cosas que nos hagan reconocernos, o hagan que el resto nos reconozca, como personas que, sin lugar a dudas, somos fieles discípulos de Xto. Somos algo así como el fariseo que se veía justificado porque cumplía con la Ley pero que condenaba al publicano. Porque, no nos engañemos, nos encanta figurar y aparentar ante los demás, nos vuelve locos ser el centro de atención; solemos hacer una campaña exhaustiva de marketing cuando hacemos algo. Eso de orar en lo escondido, de ocultar a la mano izquierda lo que hace la derecha, eso de hacer el bien sin que nadie se entere pues como que no, no nos atrae en absoluto.

    Tendemos a complicar las cosas pero Dios es más sencillo que todo eso: Xto nos pide que amemos a nuestro prójimo como Él nos amó. Ya está. Para entender esto no es preciso recurrir a grandes explicaciones teológicas ni recurrir a interpretaciones raras ni tan siquiera hay que consultar a nadie. Para entender esta frase solamente hay que ponerla en práctica porque el estado de la santidad no está al alcance de unos pocos privilegiados que estén versados en las Escrituras, está al alcance de todos y cada uno de los hombres y mujeres de este pobre mundo porque para alcanzarla tenemos que realizar el acto más humano y más divino que existe, el más común y sin el cual no podemos realizarnos como personas ni como nada. Simplemente tenemos que amar, pero amar de verdad y sin excepciones, tenemos que amar con desinterés, con humildad, con sacrificio, con autenticidad de espíritu.

    Este modo de vida no entra en el programa de ningún partido político ni en el ideario de ninguna empresa u organización humana. Únicamente lo podemos encontrar en la Iglesia fundada por Xto. Siendo fieles a ella seremos, consecuentemente, fieles a Dios y al amor que nos pide.

  • 31ago

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos:

    Hemos comenzado la celebración con el canto de entrada gregoriano, en el que nos hemos dirigido a Dios con estas palabras del salmista: «Piedad de mí, Señor; que a ti te estoy llamando todo el día; porque tú eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan» (Sal 85, 3.5). El Dios único e infinito, que obra maravillas, es sobre todo admirable porque mira y escucha, atiende y responde a quien acude a Él con sencillez filial. El Dios que ha resucitado a Cristo de entre los muertos, en la aurora del domingo de Pascua, renueva hoy su oferta de salvación, su oferta de felicidad. De nosotros depende acercarnos a ese manantial o cavarnos cisternas agrietadas, colmar de sentido y de esperanza nuestra vida o marchar tras los ídolos que dejan vacío y seco nuestro corazón.

    La liturgia de la palabra, por su parte, nos interpela con un evangelio duro y exigente; diría que poco apto para este relajado tiempo del verano. El domingo anterior contemplábamos cómo Pedro, inspirado por Dios, confesaba la condición mesiánica de Jesús. Ahora el propio Maestro explica a los suyos qué significa esto en realidad: tiene que ir a Jerusalén y allí padecer mucho, ser ejecutado y resucitar al tercer día. Un programa como ése choca frontalmente con las expectativas de gloria y poder de los discípulos, que se disputaban los primeros puestos del nuevo reino. En este momento es cuando Pedro lo toma a parte y lo invita a cambiar de lenguaje, a variar el discurso, a no desalentar la moral de sus soldados: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no te puede suceder a ti».

    Si os fijáis, Simón se ha colocado delante del Maestro y se ha convertido, sin darse cuenta, en obstáculo, en tropiezo en el «camino» hacia Jerusalén. Y Jesús reacciona duramente, como diciéndole: —Cambia de mentalidad, Pedro, conviértete en discípulo; ponte detrás de mí y sígueme. Pedro, como a menudo hacemos nosotros, quiere enseñar a Dios lo que tiene que hacer. Demasiadas veces, en lugar de seguir al Señor, queremos precederlo, indicándole la dirección y las soluciones a los problemas, porque en el fondo no nos fiamos de su presencia ni de su acción.

    Vemos también en este pasaje de qué modo Jesús está decidido a abrazar la voluntad de Dios, porque sabe que es una voluntad llena de amor, que tiene un significado positivo. La pasión es necesaria, porque sin lucha no se puede obtener la victoria. Jesús debe enfrentarse al mal, al pecado y a la muerte para abrir un camino a través de estas realidades de la existencia humana (A. Vanhoye).

    Con este primer anuncio de la pasión por parte de Jesús comienza la etapa más difícil en el crecimiento de la fe. Los apóstoles han de purificar el sentimiento primero (Mt 4, 20); no sólo han de superar el sueño nacionalista de un triunfo político-religioso, sino que deberán superar el plano de la «sabiduría» de los hombres, para vivir en el plano de la sabiduría de Dios, en lo que san Pablo llama «la locura de la cruz» (M. Iglesias).

    Esta experiencia acontece también en nuestra vida, independientemente de nuestro estado. En la vida familiar, laboral, en la vocación sacerdotal o religiosa, al principio tenemos un gran ideal, mucho entusiasmo, y anhelamos conquistar nuestras aspiraciones más hermosas siguiendo a Cristo. Con el tiempo surgen las dificultades y las contrariedades. Las cosas ya no son como las imaginamos y el camino se llena de obstáculos y a veces de oscuridad. Es precisamente ahí cuando podemos dar un paso decisivo en nuestro seguimiento del Señor: de las meras motivaciones humanas a las motivaciones sobrenaturales.

    El profeta Jeremías experimentó una fuerte tensión interior algo similar a la que se creó entre Jesús y Pedro. La gente se burlaba del él, porque sus profecías anunciaban siempre desgracia, violencia, opresión. Por eso ya nadie quería oírle hablar. Él preferiría ser profeta de buenas noticias, pero se ha convertido en un insoportable aguafiestas, al que todos odian. Surge entonces la tentación de abandonar, pero a Jeremías le sujeta la fuerza irresistible de la Palabra de Dios, que actúa como una llama ardiente que lo ha seducido.

    La parte final del evangelio recoge la importante enseñanza que Jesús dirige a sus discípulos y también a nosotros, que queremos andar tras sus huellas. Esta enseñanza, cruda y directa, ajena a las leyes del marketing, se sintetiza en tres imperativos que resuenan como un gran reto. Si quieres ser discípulo mío: Niégate a ti mismo. No te pongas en el centro del universo, no quieras sobresalir ni hacer prevalecer tus criterios o interesas a toda costa. Sitúa a Cristo en el centro, con libertad de adulto, de hombre nuevo. Pero cuidado, negarse a sí mismo, renunciar al propio yo y a la voluntad propia, sólo vale si nace del amor. En segundo lugar, carga con tu cruz. No tengas miedo de amar hasta sufrir, de amar hasta perderte. Por desgracia, una cierta devoción ha terminado trastocando la simbología de la cruz y convirtiéndola en el emblema del dolor; la cruz, sin embargo, es para nosotros la medida del amor de Dios. Dios no ama el dolor, lo que sucede es que a veces amar significa también soportar y sufrir. Por último, sígueme. Comparte la elección de Jesús, su proyecto, su suerte. Seguir a Jesús significa cambiar el horizonte, conocer la Palabra y dejar que sea la fe quien motive y quien cambie nuestras opciones. El tiempo verbal del texto griego indica continuidad, porque seguir a Jesús no se hace de una vez para siempre, sino que debe renovarse día tras día.

    Hemos sido hechos para la plenitud de la vida, para la felicidad. Hemos sido hechos, ante todo, para amar. Por tanto, debemos orientarnos en la dirección de progresar en el amor, de intentar ofrecer nuestra vida por amor a Jesús. En ese mismo sentido va la enseñanza de san Pablo, que exhorta –en la segunda lectura– a ofrecer nuestros cuerpos como sacrificio vivo. El sacrificio es una realidad positiva, porque significa abrir nuestra propia vida al amor que viene de Dios. Para hacer esto, es necesario renunciar a la mentalidad de este mundo, que consiste en la búsqueda de los placeres, el dinero y el poder. Todas ellas son búsquedas egoístas que llenan de insatisfacción. El apóstol nos invita, en cambio, a renovar nuestras mentes a fin de poder discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada. Y su voluntad consiste en que vivamos en el amor, no en el egoísmo (A. Vanhoye).

    Acojamos en esta Eucaristía esta propuesta tan exigente, sí, pero también tan prometedora. Seamos siempre discípulos que van detrás del maestro, siempre buscadores, nunca satisfechos. Que santa María, primera discípula de la nueva Ley, nos ayude con su intercesión maternal para que, haciendo más religiosa nuestra vida, el Señor acreciente el bien en nosotros y, a través de nosotros, llegue también a muchos hermanos.

  • 24ago

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: El Señor nos ha convocado a reunirnos en su casa de oración para hacernos partícipes de sus dones. Pero no siempre estamos preparados para recibir estos dones suyos, porque no nos hemos parado a considerar qué dones son ésos y si nos convienen. Generalmente despachamos el asunto con la pregunta implícita de si nos gustan, no si nos convienen. Y la respuesta que damos a esa pregunta se contenta con el análisis del aspecto más superficial e inmediato. Su aspecto nos parece poco cómodo e ingrato. No estamos para meternos en profundidades: tenemos muchas cosas que hacer, tenemos que pisar tierra, -nos decimos- y damos de lado lo más necesario para nuestra existencia impelidos por lo urgente valorado según lo que hace la inmensa mayoría, que es pasar de preguntas y necesidades trascendentes y contentarse con las fugaces necesidades físicas y sensibles del momento.

    El Señor nos ha convocado a escucharle a Él, pues su Palabra y sus dones no se limitan a las necesidades materiales del momento o al bienestar físico actual. El Señor tiene una visión muy amplia de la realidad. La nuestra es miope, desfigura lo que está mínimamente alejado de nuestros ojos. La oración colecta que hemos rezado al principio nos descubre lo que ha hecho el Señor con nosotros sin darnos cuenta sensiblemente: "Oh, Dios que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo". Si nosotros le agradecemos al Señor esa gracia de despertarnos a su amor continuamente Él multiplicará sus dones, como en definitiva hace pues le pedimos a continuación, inspirados por su Espíritu: "inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría".

    Vamos pues a ver cuál es esa verdadera alegría del corazón humano y qué hay que hacer para alcanzarla. La Palabra de Dios es la que nos proporciona esa seguridad de no andar equivocados en lo que nos conviene verdaderamente, en andar acertados y salir al encuentro de Dios que es el primero que toma la iniciativa y además nos da fuerza para resistir la tentación de refugiarnos en la superficialidad.

    La primera lectura nos ha relatado la comunicación que le hace el profeta Isaías de parte de Dios a Sobna, mayordomo del palacio de David, de que iba ser sustituido por Eliacín, del que se dice algo tan extraordinario que los intérpretes, gracias a Dios, convienen en que no se refiere a él mismo sino a Jesucristo, el Mesías. Nosotros podríamos decir que esta lectura es una promesa mesiánica y quedarnos tan satisfechos. Y ciertamente no es para menos. Lo que ocurre es que toda la palabra de Dios es elocuente, no sólo determinadas frases, mientras nos saltamos otras muy comprometidas para nuestros intereses rastreros. La cuestión es cómo debemos leer la Sagrada Escritura. Una buena manera de llegar a la verdad sobre nosotros mismos es buscar nuestro nombre escrito tras aquellos personajes que no quedan bien en el relato. Tenemos que tener el valor de decir: ése Sobna orgulloso que se labraba un sepulcro en un altozano para ser honrado por la posteridad aprovechándose de su poder, ése soy yo.

    Jesús es el Mesías, es Dios de quien nos dice san Pablo -en las breves, pero densas palabras de la carta a los Romanos que se han proclamado-, que es origen, guía y meta del universo. Y san Pedro también confesó que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y Jesús le colocó al frente de su Iglesia. Pero aunque no se haya leído el resto del relato todos sabéis que Pedro se atrevió a contradecir a Jesús cuando les anunció a los apósotoles que iba a ser condenado a muerte ignominiosa por los dirigentes religiosos de su pueblo. Y sorprendentemente Jesús le llama Satanás, porque de esa manera se oponía al plan de Dios sobre el Mesías, que era el del Siervo sufriente del profeta Isaías y no el Mesías Rey triunfador sobre los enemigos políticos de Israel.

    En alguna ocasión sale a relucir en los Evangelios esa pretensión de los Apóstoles, antes de ser transformados el día de Pentecostés, de dar órdenes a Jesús.

    Confesar a Jesús como Mesías sin nosotros reconocer que somos pobres criaturas, sin ponernos en nuestro lugar ante Dios es una confesión inconsistente. En cuanto veamos que queda al descubierto nuestra fragilidad intentaremos salirnos del plan de Dios y entonces ya nos estamos arrogando el poder discutirle a Dios su voluntad en un plano de igual a igual. Sorprende cómo los hombres y mujeres espirituales de todos los tiempos en cuanto los hombres les alaban rebaten enseguida sus palabras, porque no quieren perder su imagen de criatura y cambiarla por la de poseedor por derecho de conquista de una virtud incuestionable o de un poder espiritual superior. Tal es así que un monje del siglo VII, Isaac el Sirio, pronunció estas palabras que evidencian una perspectiva espiritual en la que el hombre reconoce que no puede discutir a Dios sus disposiciones, sino aceptar siempre que los hombres somos infieles a la alianza de amor e incapaces de cumplir todos los mandamientos:

    «Aquel que reconoce sus propios pecados… es más grande que aquel que, por su oración resucita a los muertos. Aquel que gime durante una hora por su alma es más grande que aquel que abraza al mundo por su contemplación. Aquel a quien se le ha dado ver la verdad sobre sí mismo es más grande que aquel a quien se le ha dado ver a los ángeles.»

    Para nosotros son sumamente apetecibles esos carismas espirituales que dan tanto prestigio, como ha ocurrido en las vidas de los santos. Y nos engañamos porque para nosotros pecadores sería el comienzo de nuestra perdición. Ha habido santos que han resucitado muertos, que han tenido una contemplación muy elevada, etc, pero también que ha habido otros que después de gozar de carismas extraordinarios se han perdido. Isaac el Sirio como todos los verdaderos espirituales prefirieron no tener esos gracias extraordinarias e incluso verse pecador y llorar su pecado para asegurar que sólo la misericordia de Dios puede asegurar su salvación y no sus fuerzas y méritos.

    El reconocimiento no sólo de nuestra pequeñez sino aún de nuestro pecado, —lo cual supone descender mucho más—, no seríamos capaces de hacerlo sin una confianza inquebrantable en la misericordia de Dios. Tan imprescindible es nuestra humildad como la confianza en su misericordia. Si falta una u otra de modo absoluto estaríamos instalados en un pecado contra el Espíritu Santo. Ofensa es el pecado contra los mandamientos, pero el que desconfía de la misericordia de Dios y no pone los medios para alcanzarla hiere profundamente el Corazón de un Padre cuya esencia es amar. Es un insulto muy grave a su persona.

    Al participar en la Eucaristía las normas litúrgicas establecen unos ritos que nos ayudan a manifestar nuestra adoración ante este hecho trascendente que celebramos: que Dios se haya hecho hombre y dado su vida por rescatarnos de la muerte eterna a la que nos conducen nuestros pecados. Así por ejemplo siempre que se pronuncia el nombre de Jesús se ha de hacer una inclinación de cabeza y profunda cuando en el Credo se dicen las palabras: «Y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre». Y también ayuda a recibir bien la sagrada comunión hacerlo de rodillas como signo corporal de adoración, pues además de no tener pecado mortal que nos lo impida, el hacerlo de rodillas nos recuerda que el poder comulgar siempre es un regalo de la misericordia de Dios. Pero se necesita vencer respetos humanos, pues la costumbre mayoritaria de hacerlo de pie y en la mano es ya una barrera social. Con lo cual cuesta vencer la vergüenza y después la vanidad.

    En los cantos de esta celebración nos ayudan a los monjes los participantes en el Curso de Canto Gregoriano que tiene lugar esta semana en nuestra hospedería. Además de agradecerles esta valiosa colaboración pidamos también para ellos que aquello que cantan sea también objeto de su oración y aún lleguen a testimoniarlo con su vida.

    Y sobre todo sea objeto de nuestra oración constante la persecución de los cristianos en el próximo Oriente y en África de parte de extremistas musulmanes. Ellos son un ejemplo profético para nosotros, pues la persecución amenaza a extenderse a occidente en breve plazo.

  • 25jul

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Cuando Jesús vio a los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, repasando las redes junto al mar de Galilea, los llamó para una gran misión (Mt 4,18.21; Mc 3,17), para fundar sobre ellos y sobre los otros Apóstoles su Santa Iglesia. Hizo de ellos Apóstoles, enviados para proclamar el Evangelio a los pueblos de la tierra. Y fue grande el privilegio que les concedió haciéndoles sus más íntimos junto con Simón Pedro. A San Juan le hizo vivir por más tiempo, quedando el último de sus testigos más directos, mientras que a Santiago le otorgó la gracia de morir mártir el primero de todos los Apóstoles. San Juan proclamó la fe de Cristo en su Evangelio y en sus otros escritos y su hermano Santiago lo hizo derramando su sangre en la persecución de Herodes, según hemos leído en los Hechos de los Apóstoles (Hch 4,33. 5.12.27b-33; 12,1b), haciendo así que en él se cumpliera la profecía de que bebería su mismo cáliz (Mt 20,20-28).

    Conforme a la tradición, Santiago vino a predicar el Evangelio a España y fue sepultado en Compostela, lugar que ha sido punto de confluencia de los pueblos de Europa. Santiago se ha convertido en una estrella iluminadora para España y para Europa entera recordando sus raíces cristianas, como señaló San Juan Pablo II.

    Hoy España debiera mirar de nuevo hacia ese astro refulgente a quien en los siglos medievales se invocaba como “luz y espejo de las Españas”. Parece como si en España tuviéramos miedo o vergüenza a hablar hoy de Patria y de patriotismo, cuando el citado San Juan Pablo II nos decía que la Patria es un patrimonio, “el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados”, que “incluye también valores y elementos espirituales que integran la cultura de una nación” (Memoria e identidad, 2005, p. 78). Y nos recordaba que el patriotismo es parte del cuarto mandamiento de la Ley de Dios y que “significa amar todo lo que es patrio: su historia, sus tradiciones, la lengua y su misma configuración geográfica. Un amor que abarca también las obras de los compatriotas y los frutos de su genio”. Frente al riesgo del nacionalismo, que quiere sólo el bien de la propia nación sin contar con los derechos de las demás, el santo Papa proponía precisamente el patriotismo, porque es un amor social ordenado, un amor a la Patria que reconoce a todas las otras naciones los mismos derechos que reclama para la propia (ibid., pp. 85-88).

    Lamentablemente, España atraviesa hoy uno de sus períodos más estremecedores y que más hacen peligrar su futuro. Nada se puede construir de cara al mañana sin arraigarse en el pasado. Y hoy, sin embargo, se pretende construir una España que, renegando de la fe católica que la configuró a los largo de los siglos y de su Tradición, llegue a ser algo absolutamente nuevo y, en realidad, desconocido. Como bien dijo nuestro P. Abad hace unos años, “España ha llegado a ser la antítesis de sí misma”.

    Si España pierde la fe católica, esencial a ella porque históricamente la configuró, pierde también irremediablemente el sentido de la unidad de sus pueblos en torno a una Tradición y a un proyecto comunes, como hoy podemos comprobar. Si la moral católica se relega o desaparece, surge a mansalva la corrupción, porque no hay valores que limiten la insaciabilidad de la ganancia, la codicia, la avaricia. La actual crisis económica hunde sus raíces, más que en la misma economía, en una más profunda crisis moral y espiritual.

    Asimismo, es altamente preocupante asistir hoy, tanto en España como a nivel mundial, al proyecto global de invertir y subvertir el orden natural, atentando contra la verdad de la vida humana, del matrimonio y de la familia. En Galicia, región de la que Santiago es Patrono particular, se ha aprobado en abril una ley (Ley 2/2014, de 14 de abril; DOG nº 79 de 25 de abril) en la que, entre otras cosas, se define la familia como “la derivada del matrimonio, de la unión entre dos personas del mismo o distinto sexo, en relación de afectividad análoga a la conyugal, registrada o no, del parentesco, de la filiación o de la afinidad […]” (art. 15) y se establece que “no exista ninguna discriminación por razón de orientación sexual o identidad de género” a la hora de la adopción de niños (art. 16). Además, se ordena que la Consejería de Educación incorpore “la realidad homosexual, bisexual, transexual, transgénero e intersexual en los contenidos transversales de formación de todo el alumnado de Galicia” y que se visibilicen en la educación “los diferentes modelos de familia establecidos en esta Ley” (art. 22). ¡Una minoría está imponiendo a nivel mundial sus hipótesis! ¡Y los católicos callamos ante políticos que ingenuamente pensamos que son “un mal menor”!

    Pero, al lado de todo esto, Dios nos da razones para la esperanza. La actitud ejemplar de tantos estudiantes jóvenes en las últimas semanas en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense frente al proyecto laicista de eliminar la capilla es un estímulo para confiar en que la verdadera España sigue viva. Han velado día y noche junto a la capilla y a la entrada de la Facultad, superando sin odio los insultos y sin miedo a posibles venganzas y suspensos injustos. Con bastantes profesores que han testimoniado su fe, han asistido a las Misas de campaña que los capellanes han celebrado a la puerta de la capilla. Todos ellos han sido verdaderos apóstoles, venciendo al peor enemigo de un apóstol, en palabras del cardenal Wyszynski y del Beato Popieluszko: “el peor defecto en un apóstol es el miedo”.

    Que ejemplos como éste, por tanto, y que nos recuerdan a nuestras Misas de campaña hace unos años, sostengan nuestra esperanza en el Señor y en el auxilio de la Santísima Virgen, como ellos sostuvieron la fe de Santiago para afrontar el martirio que le llevó a la gloria eterna.

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