06may
P. Santiago Cantera
Queridos hermanos en Cristo Jesús:
El texto del Evangelio de hoy, tomado del relato de San Juan (Jn 15,1-8), es sumamente rico para toda una serie de consideraciones, de las que vamos a realizar algunas.
Por una parte, estamos ante un símil que Jesús establece para presentarse a sí mismo: Él es la vid y nosotros los sarmientos. Nos encontramos ante una de esas afirmaciones en que dice de sí mismo: “Yo soy”. Es la fórmula que utiliza también en otros momentos y que muy especialmente recoge el apóstol y evangelista San Juan: “Yo soy el pan de la vida” (Jn 6,35), “Yo soy el pan vivo bajado del cielo” (Jn 6,51), “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12), “Yo no soy de este mundo” (Jn 8,23), “Yo soy la puerta de las ovejas” (Jn 10,7.9), “Yo soy el buen pastor” (Jn 10,11), “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25), “Yo soy el camino, y la verdad y la vida” (Jn 14,6), “Yo soy rey” (Jn 18,37). Ya en el diálogo con la samaritana, al referirse ella al Mesías, Jesús le había contestado afirmando con contundencia: “Yo soy, el que habla contigo” (Jn 4,26). Jesucristo está dando abierto testimonio de sí mismo como Hijo y enviado del Padre, según lo recoge nuevamente San Juan: “Yo doy testimonio de mí mismo, y lo da también el Padre que me ha enviado” (Jn 8,18). Más aún, asevera con claridad: “Yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn 10,30). Y con sólo decir en el momento del prendimiento en el Huerto de los Olivos: “Yo soy” (Jn 18,5.8), la turba que había ido a detenerle cayó a tierra. Todo ello es sin duda una afirmación constante de su divinidad, de su condición de Hijo de Dios, al emplear la misma fórmula con que Dios se había manifestado a Moisés en el Horeb: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” (Ex 3,6); “Yo soy el que soy” (Yahveh) (Ex 3,14). Por eso Jesús dirá: “Si no creyereis que ‘Yo soy’ moriréis en vuestros pecados” (Jn 8,24).
Jesucristo no puede ser asimilado a cualquier otro fundador de una religión o de una filosofía, porque no se ha presentado como patriarca originario de un pueblo o liberador y legislador al estilo de Abraham y de Moisés, respectivamente (quienes precisamente apuntan hacia Cristo), ni tampoco como profeta anunciador de una revelación divina a la manera de Zaratustra o de Mahoma, ni como el receptor de una iluminación que abre un camino para sus seguidores como Buda, ni como un gran maestro del conocimiento y de la sabiduría de la vida semejante a numerosos creadores de escuelas filosóficas en Oriente y en Occidente. Jesucristo los supera infinitamente a todos ellos porque habla de sí mismo presentándose como verdadero Dios, como el verdadero Hijo de Dios que es uno con el Padre y el Espíritu Santo. Cada vez que dice: “Yo soy”, está afirmando su propia divinidad. Esto es algo sin precedentes y sin parecidos posteriores dignos de resaltar. Él no ha dicho que venga a traer un camino de verdad y de vida, sino que Él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida. Y esto sólo puede decirlo porque es verdadero Dios.
De ahí toda la fuerza de la imagen de la vid y los sarmientos que nos ofrece. Por ser verdadero Dios, es la verdadera vid de la que dependen los sarmientos. Éstos nada pueden separados de la vid, porque el hombre nada puede sin Dios. Frente a la típica tentación diabólica que acecha constantemente al hombre y que consiste en pretender proclamar o al menos alcanzar de hecho su independencia respecto de Dios, Jesucristo nos está avisando de que fuera de Él nada podemos. En el mundo contemporáneo, la experiencia de todas las utopías sin Dios a las que han pretendido conducir las ideologías ha sido siempre la de un final trágico para el propio ser humano. La misma crisis económica que sufre hoy el Occidente es la plasmación del fracaso social del materialismo capitalista, y no deja de ser terrible constatar que, en medio del empobrecimiento de muchas personas, hay quienes en el ámbito de la gran banca y la alta finanza se están enriqueciendo a base del endeudamiento ajeno.
Sin Cristo nada podemos; Él mismo nos lo acaba de decir: “sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Por eso debemos permanecer en la vid, unidos a ella. Pero esta unión no es impuesta, sino fundamentada en el amor: “permaneced en mí y yo en vosotros” (Jn 15,4). De ahí que entonces podremos pedir con confianza todo lo que deseemos y se realizará (Jn 15,7). El amor, en grado de caridad como virtud teologal, es ciertamente la trabazón íntima del Cuerpo Místico de Cristo, imagen utilizada por San Pablo y que coincide de lleno con ésta de la vid y los sarmientos: “Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual Él es el Salvador”. Por eso “la Iglesia está sujeta a Cristo”, ya que “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5,23-25). El Apóstol de los Gentiles emplea con frecuencia esta imagen, de tal modo que en otra carta señala: “vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno por su parte es miembro de ese cuerpo” (1Cor 12,27), con una diversidad de dones concedidos por el Espíritu Santo y una organización jerarquizada de funciones (1Cor 12).
De esta imagen y realidad del Cuerpo Místico se deriva la “comunión de los santos” que proclamamos en el “Credo”: por Cristo, que es nuestra cabeza, existe una estrecha unión entre los diversos miembros de la Iglesia, de tal modo que podemos favorecernos espiritualmente entre unos y otros; no sólo entre los que pertenecemos a la Iglesia terrena, militante o peregrina, sino que también podemos ayudar a las almas de la Iglesia purgante con la celebración de la Santa Misa y con nuestras oraciones, penitencias y buenas obras, a la vez que podemos ser asistidos por los ángeles y los santos de la Iglesia celestial o triunfante acudiendo a su intercesión poderosa ante Dios.
Que María Santísima, Madre de la Iglesia y Madre de quien es cabeza de la Iglesia, nos lleve a un cada vez más intenso amor de Cristo, al que ojalá no antepongamos absolutamente nada, según el precepto de San Benito a sus monjes (“Santa Regla” IV, 21 y LXII, 11).
01may
P. Santiago Cantera
Rvdmo. Sr. Obispillo, Ilmos. Sr. Vicario y Sr. Secretario; queridos P. Abad, Comunidad benedictina y hermanos todos en Cristo Jesús:
Un año más celebramos en nuestra Escolanía la Fiesta del Obispillo, que ha venido teniendo lugar desde que se fundó la institución en 1958, dependiente de esta Abadía. La fiesta, como veréis esta tarde en los programas, vino ya del monasterio de Santo Domingo de Silos y echa sus raíces en la Edad Media europea, al menos desde inicios del siglo XIII. Por lo tanto, nos encontramos ante algo que hace relación a un elemento fundamental del monacato: la Tradición.
La Tradición es algo que se entrega, como su mismo nombre indica. Y así la Tradición monástica conlleva la idea de filiación, de arraigo y de perennidad de valores. Pero esto no significa inmovilismo y cerrazón estática, sino que la Tradición es algo vivo. Así, la Tradición «es el progreso hereditario», según la entendió un pensador español (Vázquez de Mella). Y la vida monástica, en cuanto Tradición, comprende permanencia de los valores y adhesión firme y perpetua a lo eterno, contemplación del Sumo Bien que no cambia, amor al Dios que es Amor.
¿Qué ofrece la Tradición monástica en nuestra Escolanía a los niños que se forman en ella? Ante todo, les ofrece el tesoro más grande que puede presentar la vida monástica: el encuentro con Dios. Nuestros niños viven su infancia con naturalidad en un ambiente sobrenatural: todos los días asisten a la Santa Misa, que es lo más grande que existe sobre la tierra, ya que es el mismo Sacrificio redentor de Cristo en la Cruz que se renueva y actualiza en el altar. Participan en ella como cantores y como monaguillos, solemnizando la celebración eucarística. Comulgan diariamente y acuden con frecuencia semanal o casi semanal al sacramento de la Penitencia o Reconciliación, de tal modo que están inmersos cada día en las mismas fuentes de la gracia, es decir, de la vida divina, del amor eterno existente entre las tres personas de la Santísima Trinidad. Por eso los padres debéis ser los primeros en no romper esta dimensión espiritual tan esencial al ser humano y debéis dar ejemplo yendo vosotros mismos con ellos a Misa los domingos cuando se encuentran en vuestras casas. Una sociedad que abandona la práctica religiosa deriva rápidamente hacia la decadencia moral e incluso hacia la crisis material, como hoy sucede en Occidente, cediendo terreno ante otras civilizaciones religiosamente más firmes, tales como el Islam. No os escandalicéis porque los musulmanes sean cada vez más fuertes y numerosos en vuestras poblaciones y lo demuestren al ir a la mezquita, si vosotros dejáis de ir a la iglesia.
En segundo lugar, el marco natural del Valle y este ambiente en el que viven los escolanos preserva en ellos algo fundamental que hoy con harta frecuencia se roba a los niños: la infancia y la inocencia. Vuestros hijos no son aquí esclavos de la televisión y de los diversos tipos de máquinas de juegos, sino que desarrollan la imaginación propia de la edad como sucedía antes y aprenden a jugar de verdad. No están sometidos a la influencia de amistades peligrosas que, como ocurre en muchos de sus lugares de procedencia, llevan a compañeros suyos de allí a embarcarse con 12 y 13 años e incluso con 10 y 11 en la corriente del “botellón”, del “porro” y del “todo vale”, que termina llevando a derroteros peores aún. Lamentablemente, esto no siempre se valora lo suficiente hasta una vez que salen de aquí.
Por otra parte, la Escolanía ofrece una enseñanza que, sin renunciar a las sanas innovaciones, prefiere en muchos aspectos la experiencia de lo clásico que ha funcionado siempre bien, que no el experimento de aventuras pedagógicas sin sentido. Y, en fin, ofrece también una formación inigualable en el canto sagrado, tanto en gregoriano como en polifonía, siendo en el primero heredera de la Tradición monástica y del estudio concienzudo de los benedictinos de la Congregación de Solesmes.
Todo esto, por supuesto, no elimina las limitaciones de quienes constituimos el equipo formador y docente. La Fiesta del Obispillo ofrece una lección de humildad que era perfectamente entendida en el ambiente espiritual de la Edad Media: los mayores deben tomar conciencia de lo provisional de sus puestos y ceder ante la inocencia de los niños que les relevan en sus cargos y que este día son los únicos y verdaderos protagonistas. Los formadores, como seres humanos que somos, debemos reconocer con humildad nuestros fracasos y nuestra incapacidad de alcanzar siempre los objetivos deseados, de ser capaces de llegar al corazón de los niños y de comprenderlos adecuadamente. De la espiritualidad benedictina deberíamos aprender la difícil virtud de la paciencia, que nace de una profunda paz interior cuyo origen no es otro que un corazón que vive arraigado en Dios. Ojalá llegáramos a ser ante los niños verdaderos espejos del amor de Dios, como lo es San José, quien cuidó del Niño Jesús como custodio y padre adoptivo. Ojalá nuestra única meta fuera la esforzada santidad.
San José es también un ejemplo para los padres: es un modelo de piedad religiosa, de obediencia a la voluntad de Dios, de esposo fiel, de padre entregado, de espíritu de trabajo. Él ha pasado humildemente por las páginas del Evangelio, sin dejar casi constancia de sus hechos, pero hablándonos de forma elocuente desde ese silencio. Nos ha dejado más ejemplos con sus hechos que con sus palabras, pues no se recoge ninguna salida de su boca en el texto sagrado.
Deseemos además que en este día en que también se celebra la Fiesta del Trabajo, San José Obrero, el Carpintero, a quien el Papa Pío XII quiso proponer como modelo para los trabajadores del mundo entero, constituya para todos un ejemplo de honradez y honestidad profesional, de esfuerzo en el cumplimiento de sus tareas, de vida laboriosa y de generosidad hacia los demás. Él ha de ser un modelo en medio de esta crisis económica que padece nuestra sociedad decadente y a la que se ha llegado a consecuencia de una más profunda crisis de valores, pues la codicia y la avaricia, el afán desmedido de ganar y tener y de disfrutar únicamente de las cosas terrenas, ha llevado a muchas instituciones, empresas y personas a un endeudamiento irreversible y a un duro empobrecimiento. Que San José Obrero alcance de Dios y de la Santísima Virgen el auxilio para tantos hermanos nuestros que sufren el drama del paro y de la pobreza y suscite en los corazones de todos la generosidad y el espíritu de justicia y de caridad.
29abr
P. Alfredo Maroto
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Queridos hermanos: hoy celebramos el IV Domingo de Pascua, el Domingo del Buen Pastor. Cristo es el Buen Pastor, el único Pastor. “Bajo el cielo, escucharemos en la primera lectura, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos”. Él ofrece su propia vida en sacrificio de amor por nosotros y por todos. Esto es lo que actualizamos cada vez que participamos en la Eucaristía. En nuestra oración, tendremos una intención especial: rezar por las vocaciones sacerdotales y religiosas, particularmente por las vocaciones nativas, a las que se destinará la colecta de este día. Dispongámonos todos a participar con fruto en esta celebración, incluidos todos aquellos que nos siguen por televisión, a quienes saludamos fraternalmente.
Homilía
Queridos hermanos: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues, ¡lo somos!” Con estas palabras,verdaderamente inspiradas, nos acaba de proclamar San Juan la realidad más honda de nuestro ser: que somos hijos de Dios, a semejanza del Hijo único del Padre, Jesucristo, nuestro Salvador y nuestro Buen Pastor.
Queridos hermanos: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues, ¡lo somos!” Con estas palabras,verdaderamente inspiradas, Somos objeto del amor infinito de Dios; somos el fruto de esa relación única, transcendente y maravillosa que tienen las tres divinas Personas entre sí. Como el Padre conoce al Hijo y el Hijo conoce al Padre, en un conocimiento sustancial que consiste en un darse y recibirse su mismo ser que es vida infinita, y en un amarse perfecto de íntimo gozo en la unión del Espíritu Santo, “Señor y dador de vida”, así también nosotros somos engendrados por Dios, elevados a la categoría de hijos suyos y metidos en esa misma corriente vital de conocimiento y de amor divinos. “Toda persona humana, escribe el Papa en su mensaje para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, es fruto de un pensamiento y de un acto de amor de Dios, amor inmenso, fiel, eterno. El descubrimiento de esta realidad es lo que cambia verdaderamente nuestra vida en lo más hondo”.
Por eso, cuando Jesús afirma que el Buen Pastor conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen, nos tenemos que sentir profundamente conmovidos, pues nos está revelando nuestra identidad y, al mismo tiempo, nuestro origen y nuestra meta. Dios nos conoce, penetra la hondura de nuestro ser, nos mira como a la obra de sus manos; ve reproducida en nosotros su imagen divina, por eso nos ama con tierno amor. Pero también nosotros debemos conocerle y amarle; debemos reconocer el timbre inconfundible de su voz de Buen Pastor, tan distinta y distante de todos los demás. En definitiva, somos suyos, le pertenecemos.
A Dios, al contrario de los asalariados y de los falsos pastores, le importamos, y mucho. Y la prueba es que ha dado su vida por nosotros. ¡Que todo un Dios encarnado dé la vida por sus hijos rebeldes y desobedientes, es la expresión máxima, a lo humano, del amor infinito, gratuito e incondicional, que Él nos tiene! Por eso el Padre ama a Cristo, porque ha cumplido la voluntad divina de inmolar su vida en un acto de amor perfecto: “nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente”, dice Jesús.
¡Qué grande es ser hijo de Dios! ¡Qué grande es participar de ese mutuo conocimiento y amor de las tres divinas Personas! ¡Y qué honor para nosotros, aunque tan inmerecido, el haber sido regenerados por la sangre de Cristo! De ahí que San Juan concluya diciendo: “Ahora somos hijos de Dios”, pero cuando le veamos tal cual es, en el cielo, entonces se manifestará en plenitud nuestra filiación divina, el ser hijos en el Hijo.
Pero esta condición ya es aquí y ahora una realidad en nosotros por la gracia, si bien está velada por nuestra naturalezaespacio-temporal de criaturas. Pero ello no nos impide, si lo queremos de verdad, elevarnos por encima de nuestra fragilidad y participar, cada vez con mayor conciencia, de nuestra pertenencia a Dios.
Ésta es precisamente la razón, entre otras, de por qué existe la vida consagrada y sacerdotal en la Iglesia. Incontables hombres y mujeres a lo largo de los siglos cristianos, y también en nuestros días, han buscado y buscan con ansia anticipar ya desde esta vida temporal lo que un día viviremos todos en el cielo. De este modo se han apresurado a ir tras las huellas de Cristo reproduciendosu mismo modo de vida casto, pobre y obediente. Han comprendido que Cristo, “Imagen de Dios invisible” (Col 1, 15), resplandor de la gloria del Padre, es realmente el único que merece la pena. Todo lo demás es “basura” (Flp 3, 8), como escribe San Pablo.
Es cierto, hermanos, en la mirada de Cristo, el Buen Pastor, se percibe la profundidad de un amor eterno e infinito que toca las raíces del ser. Quien que se deja seducir y transformar por Él, abandona con gusto todo y no puede por menos que hacer de su vida una imitación lo más fiel posible de su vida, sus costumbres y sus enseñanzas (cf. VC, 18).
Recemos, pues, como nos pide hoy la Iglesia, por los sacerdotes y las personas consagradas, “para que su fervor y su capacidad de amar aumenten continuamente” (del mensaje del Papa). Al mismo tiempo, elevemos nuestras súplicas al Dueño de la mies para que siga enviando obreros a su Iglesia. ¡Qué nunca deje de haber en la Iglesia y en el mundo hombres y mujeres que, ya desde su juventud, se entreguen al Señor con valentía y decisión!
22abr
P. Alberto Soria
Queridos hermanos en Xto. Jesús:
El hilo conductor de las lecturas hoy proclamadas es la remisión de los pecados, que el Señor nos ha obtenido con los méritos de su Pasión. En la primera lectura, S. Pedro, con sus reproches a los judíos, pretende suscitar su arrepentimiento y conversión, para que puedan recibir el perdón de los pecados, al tiempo que muestra la misericordia divina. En la segunda lectura, S. Juan nos invita a no pecar. Jesús, con su pasión y resurrección, ha recibido la capacidad de ofrecernos el perdón de nuestros pecados y los del mundo entero. No podemos resignarnos al pecado, sino que debemos estar siempre dispuestos a cumplir los mandamientos. Nuestra disposición debe ser distinta de nuestras caídas. Santo no es el que nunca cae, sino el que siempre se levanta. Jesús nos obtiene el perdón de los pecados, un tema resaltado tanto en el evangelio del domingo anterior, II de pascua o de la divina misericordia, como en el de hoy: «el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén».
Queridos hermanos: es importante que si hace mucho que no os confesáis, lo hagáis cuanto antes, aunque sea durante esta S. Misa, porque eso es el primer requisito para comulgar en las debidas condiciones. No nos privemos del manjar de los ángeles, pero tampoco comulguemos a toda costa. Como dice el himno eucarístico, “He aquí el pan de los ángeles, hecho viático nuestro; verdadero pan de los hijos, no lo echemos a los perros”. Aunque nos privemos de los infinitos beneficios de una comunión bien hecha, no debemos comulgar si no estamos en condiciones. ¿Desde cuándo no nos hemos confesado? ¿Seguiremos diciendo o pensando que lo mejor es confesarse directamente con Dios? Quizá hace mucho que ni nos lo planteamos, porque la Sta. M. Iglesia, como decía algún santo, más que madre es abuela y solo exige “confesar los pecados al menos una vez al año”, segundo de los mandamientos de la Sta. M. Iglesia, que podéis ver en el Catecismo de la Iglesia Católica, ese libro que no debería faltar en ningún hogar católico. Precisamente este tiempo pascual es muy propicio para reconciliarnos con Dios, pues el tercer mandamiento de la Sta. M. Iglesia, como ya sabemos, es “recibir el sacramento de la Eucaristía al menos por Pascua”. El diablo nos engaña si no examinamos nuestra conciencia lo suficiente antes de comulgar.
El Señor nos da muchas oportunidades para arrepentirnos de nuestros errores, pero si no las tomamos en serio, nuestro corazón se irá endureciendo hasta que no haya forma de ablandarlo. No estamos aquí para pasar el tiempo. Jesús quiere darnos la gracia, pero, si dormimos, no podremos recibirla y ¿quién nos asegura que tendremos después fuerza para despertar? A muchas almas las ha sorprendido la muerte en medio de un profundo sueño y ¿dónde y cómo han despertado? Hermanos: está en juego nuestra salvación eterna, la posibilidad de gozar con Dios por toda la eternidad, algo que “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman”. Tomemos en serio la confesión. Como dijo un santo de nuestros tiempos, “hagamos de hijo pródigo todas las jornadas, incluso repetidamente en las 24 horas del día; ajustemos nuestro corazón contrito en la confesión, verdadero milagro del amor de Dios”. Detengámonos en la meditación de la parábola del hijo pródigo. Sólo Dios puede perdonar los pecados a través de este gesto de alegría y de amor que es la confesión sacramental con absolución individual.
Por último, quisiera referirme a una circunstancia escasamente conocida por la mayoría de los presentes: los difuntos sepultados en el Valle. Es evidente que los más conocidos, por derecho propio, son los caídos, que se cuentan por decenas de miles y que en un alto porcentaje recibieron la palma del martirio. Quince de ellos han sido ya declarados beatos por la Iglesia, otros tantos están en proceso de ser declarados muy pronto y muchos más lo serán próximamente, con lo que es muy probable que, en no demasiado tiempo, los beatos caídos sepultados en la basílica se cuenten por bastantes decenas.
Pero también, al otro lado de la montaña que separa abadía y basílica, en nuestro cementerio monástico, reposan los difuntos de esta comunidad, un colectivo quizá no siempre suficientemente recordado. Aunque en circunstancias muy distintas a las de los caídos, estos casi veinte monjes gastaron su vida al servicio de esta comunidad benedictina y sin duda que ahora desde el cielo no dejan de interceder por ella. También algunos de ellos murieron con una cierta fama de santidad, entre otros nuestro tercer P. Abad, el P. Emilio Mª Aparicio, cuyo aniversario hoy celebramos y que durante muchos años fue capellán mayor de la basílica de la Virgen de los desamparados de Valencia.
Queridos hermanos: en la hora de la prueba acudamos a nuestro ángel custodio, para que nos proteja contra el diablo y nos inspire pensamientos elevados. Recurramos también a la frecuencia en los sacramentos, de la oración, de la limosna, de los sacramentales, pero sobre todo seamos humildes y pidamos a Ntra. Sra. del Valle que nos ayude a no caer en la tentación y a levantarnos cuanto antes si por desgracia cayéramos. Que así sea.
15abr
P. Juan Pablo Rubio
Muy queridos hermanos:
La celebración de la Pascua debe inundar de gozo el corazón de los creyentes en Cristo. Ella es memorial del acontecimiento central de nuestra fe: Jesús de Nazaret, el Crucificado, ha resucitado de entre los muertos al tercer día, según las Escrituras. Dios Padre ha aceptado su sacrificio por nosotros. La victoria de Cristo, que es la victoria de un amor llevado hasta el extremo, es también la nuestra. Esto no es un slogan para cobrar ánimo en tiempos difíciles, sino que es la realidad más verdadera y definitiva de nuestra vida. Desechemos, pues, todo pesimismo: ¡Cristo vive resucitado y nos ha prometido su presencia y su cercanía!
El evangelio de este domingo, con el que culmina la octava de Pascua, narra la aparición de Jesús resucitado a sus discípulos; primero, en ausencia de Tomás y, más tarde, también en presencia de éste. Se trata de un texto que sin duda todos conocéis bien; lo habéis escuchado muchas veces. Abramos nuestro corazón para dejar que su mensaje ilumine nuestro itinerario pascual y transforme nuestra propia vida. Como los otros relatos de apariciones, éste de san Juan conserva la frescura y la espontaneidad primera: no se oculta el sentimiento de fracaso de los apóstoles, ni sus temores y dudas, ni la presencia inesperada de Jesús.
¿Cuál era la situación en que se encontraban los discípulos tras la crucifixión de su Maestro? Juan nos dice que habían cerrado las puertas de la casa por miedo. Temían ser denunciados ante los judíos y correr la misma suerte que Jesús; todavía no habían superado la prueba que supuso el escándalo de la cruz. Ahora, reunidos de nuevo, se encuentran indecisos, desorientados, abatidos… ¿Qué cabía esperar después de aquel fracaso? Es entonces cuando el Resucitado se hace presente en medio de ellos: «Entró Jesús, se puso en medio y les dijo: —Paz a vosotros» (Jn 20, 19). Se trata de un encuentro realmente conmovedor. El primer mensaje del Señor es la paz; podría traer castigos contra quienes lo habían abandonado y negado, y en cambio, trae su paz, una paz conquistada a través del sufrimiento, una paz que sana todas las heridas y restaña todas las llagas. Antes ya les había dicho: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo» (Jn 14, 27). La paz de Jesús es fruto del amor y se encuentra sólo en la comunión y la amistad con Dios.
Inmediatamente, les mostró las manos y el costado. Es éste un gesto que encierra un significado más profundo que el mero hecho de darse a conocer. Jesús enseña las marcas de la pasión no como el horrible resultado de la maldad humana, sino como la manifestación suprema de su amor; son llagas gloriosas precisamente por este motivo. Al mostrarlas, Jesús quiere decir: «Mirad hasta qué punto os he amado, vedlo, alegraos y confiad en mí» (A. Vanhoye). Aquellas huellas transfiguradas del sufrimiento pasado ya no son motivo de tristeza, sino que llenan de alegría el corazón de los discípulos. Encontrarse con el Resucitado es la fuente de paz y gozo verdaderos.
Ahora bien, sabemos que en aquella ocasión extraordinaria faltaba Tomás. Y él permaneció escéptico y perplejo ante el testimonio de sus compañeros, que le decían: «Hemos visto al Señor» (Jn 20, 24). Tomás querrá reconocer a Jesús resucitado justamente a través de las marcas de la pasión. No se le pasó por la cabeza que la resurrección pudiera haber borrado esas señales de su amor extremado. Por ello, el segundo encuentro con Jesús en el Cenáculo, ocho días más tarde, tiene un valor precioso para nosotros. Jesús invita a su amigo incrédulo a «tocarlo», y Tomás toca; y esto lo convierte en testigo directo de su resurrección. La respuesta del apóstol es una conmovedora profesión de fe en la divinidad de Jesús: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 27-28). Os invito, hermanos, a renovar hoy la profesión de fe de Tomás, repitiendo estas palabras mismas en vuestro interior durante la celebración, sobre todo en el momento de acercaros a la comunión.
La contemplación de este pasaje evangélico nos lleva a otra consideración. Cada uno de nosotros puede verse tentado por la incredulidad de Tomás. Basta pensar en el flagelo del hambre, en las enfermedades incurables, en las guerras, en el desprecio de la vida… en los mil rostros que hoy adquiere la violencia. ¡Cuántas heridas, cuánto dolor en el mundo! Y eso sin contar nuestras propias cruces… Todo ello pone a prueba nuestra fe. Sin embargo, precisamente ahí, la incredulidad de Tomás cobra un gran valor, porque nos ayuda a purificar toda concepción falsa de Dios y a descubrir su verdadero rostro: el rostro de un Dios que, en Cristo, ha cargado con las llagas de la humanidad. La fe de Tomás, que estaba casi muerta, ha renacido gracias al contacto con las heridas que Cristo no ha escondido, sino que ha mostrado y sigue mostrándonos en las penas y sufrimientos de cada ser humano. Estas llagas que Cristo ha contraído por nuestro amor nos ayudan a entender quién es Dios y a repetir también: «¡Señor mío y Dios mío!». Solamente un Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor es digno de fe (Benedicto XVI).
No quisiera concluir sin mencionar la misión encomendada por el Señor a sus discípulos: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20, 21). Vencido todo temor, los apóstoles comprometieron su vida entera en el anuncio del evangelio. Hoy nuestra generación necesita también ver en nosotros testigos valientes y creíbles de Cristo vivo y presente; necesita encontrarlo y poder conocerlo como verdadero Dios y verdadero Hombre. Cuando muchas personas de nuestro entorno apenas conocen el mensaje cristiano ni se acercan a la Iglesia, nosotros debemos ser evangelio hecho vida, en el que muchos puedan leer y sentir cada día el amor y la paz de Jesús resucitado.
Pidamos a María, que concibió al Hijo creyendo y creyendo esperó su resurrección, que nos haga testigos audaces y valientes del Resucitado, presente en su Iglesia hasta el fin del mundo. Que así sea.
08abr
P. D. Anselmo Álvarez
“Cuando se cumplió todo lo que estaba escrito de Él lo bajaron del madero y lo sepultaron. Pero Dios lo resucitó de la muerte” (Hch 13, 29 Pablo). Esta fue el tema central de la predicación de los apóstoles, y lo es de la Iglesia en todos los tiempos. En su laconismo, ese texto resume la historia y el misterio de este hecho central de la historia de Cristo y de la humanidad.
El hecho inaudito de la resurrección es la prueba de que los hombres, los acontecimientos, la historia humana, están bajo el señorío de Cristo. Mediante este hecho, y de forma asombrosa para nosotros pero totalmente natural para Él, reconduce esa historia de acuerdo con los proyectos eternos de Dios, trastornando todo lo que se les opone, de manera que no sea la libertad humana la que imponga finalmente su signo, sino la voluntad omnipotente de Aquel a quien están sometidas todas las cosas en el cielo y en la tierra. Una voluntad inspirada por el Amor, la Sabiduría y la Gloria de Dios, y que es la demostración de que el pretendido poder de eliminar a Cristo, entonces o ahora, es una fantasía: “yo tengo poder para entregar mi vida y para volver a tomarla (…),advirtió Jesús a los mismos que le iban a condenar.
Este Cristo ha sido designado heredero de todo, por el cual han sido realizadas las edades del mundo, aquel que en los comienzos cimentó la tierra y cuyas manos formaron los cielos, el que sostiene el universo con su palabra poderosa, aquel cuyo trono permanece para siempre porque es siempre el mismo, y cuyos años no se acaban, el mismo que ama la justicia y odia la impiedad’ (Hb 1)
Hoy vuelve a suceder lo mismo, cuando parece que Dios ha sido recluido en un sepulcro mejor custodiado que el del Gólgota. También hoy, esta noche, hemos escuchado: “Cristo ha resucitado”, y este hecho es más decisivo que todas las perturbaciones espirituales, morales y humanas, de las que somos y vamos a ser testigos por un tiempo, tal vez hasta límites insospechados.
Una resurrección que demuestra que Él es el único Señor de la muerte y de la vida, y que esta realidad sustenta la garantía de que el futuro del mundo y del hombre le pertenece y que, en Él, pertenece al hombre, pero que sin Él el futuro del hombre sería la nada y el presente una frustración sin esperanza.
Sabemos que Dios está preparando algo que no figura en nuestros planes: un hombre, una tierra y un cielo nuevos. El primer movimiento en esa dirección se produjo en la resurrección de Jesús. En Él reapareció la figura de ese hombre en el que el pecado había casi anulado la conciencia de su origen y de su imagen divinos, desfigurando sus señas de identidad: “todos los hombres habían corrompido sus caminos”, leemos en Génesis; los hombres de las primeras generaciones y los de hoy. Pero Jesús “ha resucitado para nuestra justificación” (Rm 4, 25): para devolvernos la comunión con Dios, pero también la seguridad de que todo está bajo su tutela, de que los poderes, las amenazas y los acontecimientos desencadenados por el hombre los administra Él según unos designios cuya clave sólo a Él pertenece. Es claro que quien ha vencido a la muerte y a quienes la provocaron tiene poder para dominar el mal y hacernos participar en esa misma victoria y resurrección.
Éste fue el desenlace inevitable de la historia humana de Jesús, y lo será de todos lo que llevan el signo de Cristo. Así es porque “suyo es el tiempo y la eternidad”, porque Él es el ‘Alfa y la Omega, el Principio y el Fin’ (liturgia de la Vigilia Pascual). Este es el regalo de Pascua de Cristo a la humanidad, a la pasada y a la futura, aun para aquellos que no lo van a aceptar.
Cristo resucita para decirnos que nuestro porvenir no es la muerte, ni la nada, sino la vida, y una vida completamente superior a la presente: “Dios no es un Dios de muertos sino de vivos”. Vivimos siempre que llevamos a Dios en el corazón, aunque sea en el sufrimiento o en la misma muerte del cuerpo. Con Él llevamos la fuente de la vida y la esperanza de la resurrección. De hecho, la historia humana está sumergida en una historia divina. Por eso la fe nos urge a construir en nosotros desde ahora el hombre nuevo, el que busca “las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, no las de la tierra” (Col 3); porque “os habéis revestido de Cristo” (Gal 3, 27).
Se trata de ese hombre nuevo invitado ya a habitar en las alturas, y para el que la tierra es el escabel de sus pies, su apoyo y su tarea transitoria. El hombre y La tierra nuevos se podrán establecer cuando sea nuevo el hombre que la habita y que la transfigura según un modo nuevo de estar en ella sin ser de ella. Revestidos de la gloria y majestad de Cristo, de su poder y sabiduría; revestidos de Dios.
Escuchamos a S. Pablo: “Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra predicación, vana vuestra fe” (1 Cor 15, 17). Por tanto, vano sería el cristianismo, vana su historia, vana la Iglesia, vana nuestra vida, vana toda esperanza, y vano el hombre con su escaso, y tantas veces amargo, número de días. Si Cristo no ha resucitado, entonces no habría otros días, eternos en número y felicidad; y sería vana la existencia y el mundo para los cuales no habría ni nuevos cielos ni nueva tierra, ni hombre nuevo que los habitara con un alma nueva, rejuvenecida con la vida y la gloria del Resucitado.
“Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido” (Col 1, 13). Por eso, “quien guarde mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre” (Jn 8, 51).
06abr
P. D. Anselmo Álvarez
“Oh Cruz, esperanza única”, canta la Iglesia en estos días de la pasión de Cristo, ante el signo de la salvación. Un signo que pertenece a los cristianos, pero también a todos los hombres, como el propio Cristo, que desde la Cruz abarca a la humanidad entera en un abrazo de perdón y redención que extiende a todas las generaciones. Esa fue y es la respuesta del Hijo de Dios en un tiempo en que, como el suyo y el nuestro, todo se confabula contra Él para borrar su memoria. Tal es el significado de la Cruz y del Viernes Santo cuando escuchamos en el relato de la pasión: “inclinada la cabeza, expiró” (Jn 19, 30). Momentos antes había exclamado: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).
Lo que en realidad quisimos hacer, entonces y ahora, a través de aquella muerte, fue silenciarle, a Él que es el Verbo, la Palabra eterna. Y por eso dijimos: “talemos el árbol en su lozanía, arranquémosle de la tierra de los vivos, que su Nombre no se pronuncie más“ (Jer 11, 11,19). Él mismo tuvo que preguntar pocos días antes de su condena: “muchas buenas obras he hecho entre vosotros; ¿por cuál de ellas queréis apedrearme?” (Jn 10, 32). Siglos antes había dicho por el profeta “Me odiaron gratuitamente”, sin motivo alguno.
Jesús fue al encuentro de la muerte movido por la extrema gravedad de nuestra desviación, a fin de asumir en Sí el pecado y su expiación: “nos compraste con tu sangre para Dios” (Ap 5, 9). “En la Cruz Él cargó sobre su cuerpo nuestros pecados para que, muertos a ellos, vivamos para la justicia (1 Pe 2, 24).
Lo que hemos querido silenciar en Cristo es la verdad: “¿por qué queréis matar al hombre que os ha dicho la verdad”, preguntó también Él mismo (Jn 8, 40). Ayer contemplamos a Jesús como fuente de Vida para el mundo. Hoy Él es la Verdad a la que se confronta ese mundo. Porque la Vida y la Verdad fueron crucificadas, aunque por la Eucaristía y la Cruz han sido recuperadas en plenitud para el hombre.
Cristo no murió en nombre de una doctrina o de una verdad que fueran las de un hombre particular, sino por la Verdad, la que él representa en su condición de Dios, que le lleva a decir: “Yo soy la Verdad” (Jn 14, 6). Verdad acerca de lo esencial: de cuanto concierne a Dios y al hombre, a partir de la cual es posible la comprensión de todo lo que hemos de saber y la ordenación de todo lo que hemos de realizar en la existencia. Es la verdad sobre las que se estructura la visión completa de la vida, en la cual Dios es la piedra angular. La verdad de que el orden divino que rige la existencia es inmutable y que él es la única garantía de que la historia humana se desarrolle fecunda y armónicamente, en la paz del hombre con Dios y consigo mismo.
Verdad que habla al hombre de su vinculación radical a Dios, en cuya naturaleza participa, y de las pautas de conducta –humana, moral y espiritual- que corresponden a quien tiene a Dios como origen y destino. Es la Verdad que le fue comunicada desde el principio, y que a través de la revelación fue completada e ilustrada, hasta que se hizo personalmente manifiesta en Jesús de Nazaret, por lo que el hombre ha sido suficientemente capacitado para conocerla y comprometerse con ella.
La finalidad de la presencia de Cristo en la historia, y especialmente en la Cruz, fue la de dar testimonio de esta verdad divina que no pasa, y hacerse “oblación y víctima” (Ef 5, 2) por todas las transgresiones y prevaricaciones, pasadas y futuras, contra ella.
Jesús murió para reafirmar esa Verdad indefectible, y para mostrar que las acciones contra ella, a favor de la mentira, sólo engendran lo que la Escritura llama “obras muertas” (Hbr 6, 1), es decir, estériles, o provocadoras de la muerte. Así ocurrió en el paraíso, así sucedió en la Cruz, y así se produce cada día. La mentira, en forma de pecado y de violación habitual de la ley divina, anula al hombre, aunque éste crea que en ello está el camino para llegar a ser como Dios. ¿Cuántas paginas estériles de nuestra personal hemos escrito?
Cristo murió víctima de los pecados del mundo, que son pecados contra la verdad de Dios y del hombre. Desde el principio estamos huyendo de esa verdad, por lo que desde el principio estamos negando a Dios y al hombre. Es una opción dada a la libertad. Pero cuando la libertad elige contra la verdad corrompemos la condición humana y nos alzamos contra los designios de Dios.
La cruz es la cátedra que nos enseña cuál es la realidad del hombre y cuál el precio cuando se falsifica esa realidad. Desde ella escuchamos que no somos nosotros quien nos damos el modelo, la norma y la medida de nuestra verdad. Por el contrario, es la norma establecida por Dios la que exige que todas las cosas y todas las criaturas ocupen su puesto, su orden, la finalidad para la que fueron creadas.
Por eso, el Viernes Santo representa el desenlace de una historia que Dios redacto de una manera y que el hombre decidió escribir de otra, cuando quisimos oponer nuestra ley a quien es la Ley del mundo. Es el intento que se viene repitiendo desde el paraíso. En aquel Viernes Santo el hombre se impuso aparentemente a Dios; le juzgó y le dio muerte en la cruz, de la misma forma que ahora intenta excluir a Dios de la esfera humana. Pero es evidente que este conflicto se va a resolver a favor de Dios, como ya fue anticipado en la Resurrección, a las pocas horas de la condena y muerte de Jesús. Por eso, su Cruz permanece ante los hombres como la única Verdad del mundo y, por tanto, como única referencia de libertad y de esperanza.