• 10feb

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El tiempo de Cuaresma al que hoy damos inicio es, ante todo, un período de profunda conversión, según se nos ha exhortado en la lectura del profeta Joel: “Convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones, no las vestiduras: convertíos al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas” (Jl 2,12-13).

    En estas palabras, así como en el salmo “Miserere” (Sal 50) que se ha cantado, se descubre la realidad de la Misericordia divina, en la que el Papa Francisco ha querido incidir de un modo especial proclamando un año jubilar con este motivo. Nuestro Dios, el único Dios verdadero, es un Dios cuya entraña íntima es el amor, según lo proclama San Juan (1Jn 4,8.16). La vida de Dios es una vida de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Por ese amor infinito ha querido comunicar el ser y el amor llevando a cabo la obra de la Creación y restaurándola por medio de la Redención. Ciertamente, la Redención realizada por Jesucristo es la expresión máxima del amor y la misericordia de Dios por el hombre: al ver al hombre caído por el pecado original, el Dios que es amor y misericordia nos ha enviado a su Hijo para hacerse hombre –según hemos celebrado recientemente en la Navidad– y para salvarnos muriendo en la Cruz y resucitando gloriosamente, como celebraremos en la Semana Santa y el Tiempo Pascual, hacia el cual apunta la Cuaresma.

    Dios está siempre dispuesto a perdonarnos, pero exige de nosotros solamente una cosa: el arrepentimiento y el espíritu de conversión; sólo nos pide un corazón contrito y humillado, con propósito de la enmienda para cambiar de vida. Dios respeta nuestra libertad: por eso pide nuestro arrepentimiento, pero no lo fuerza. Si nosotros, por soberbia y orgullo, nos resistimos, no nos arrepentimos de nuestros pecados y no queremos convertirnos de verdad, la misericordia de Dios no puede actuar en nosotros. Somos nosotros mismos los que nos condenamos al cerrarnos a su acción salvadora, igual que el enfermo que se niega a ser curado.

    Por eso la Cuaresma, como nos ha advertido apóstol San Pablo en la segunda carta a los Corintios, es “tiempo de gracia” y “día de salvación” (2Cor 6,2). Aprovechémosla para reconocer nuestros pecados, arrepentirnos de ellos y volvernos hacia Dios, con el propósito firme y veraz de cambiar (no valen las promesas vacías ni las simples palabras externas).

    Y todo esto hace que, frente a esa imagen negativa y oscura que con frecuencia se tiene de la Cuaresma, sea en realidad un tiempo que apunta a la alegría de la salvación: de hecho, habrá de culminar en la Pascua. El carácter penitencial es inherente a la Cuaresma y debe reafirmarse sin temor, pero en no pocas ocasiones será necesario explicar con nitidez el espíritu con que se deben afrontar las prácticas penitenciales. Ante todo, la penitencia se hace con miras a la obtención de un gran fin: la conversión interior del corazón y el retorno del pecador al cobijo misericordioso de Dios.

    Esto es lo que hemos podido observar al escuchar las palabras de Jesús en el texto del Evangelio que la liturgia nos propone para este día: Él, que pasó cuarenta días con sus cuarenta noches de rigurosa penitencia en el desierto antes de iniciar su vida pública, nos anima a entregarnos a la oración, al ayuno y a la limosna, debiendo hacerlo no de un modo hipócrita con el que pretendamos alcanzar las alabanzas humanas que nos hagan tener fama de hombres piadosos, sino desde la intimidad del corazón, donde nuestra oración, nuestro ayuno y nuestra limosna serán conocidos y recompensados por Dios (Mt 6,1-8.16-18). Más aún, Jesús nos dice que debemos vivir nuestras prácticas piadosas, penitenciales y caritativas con alegría: “Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido” (Mt 6,18).

    También San Benito nos anima a los monjes a vivir la Cuaresma con espíritu alegre, hablándonos de estos “días santos” en los que nuestros ofrecimientos deben hacerse “con gozo del Espíritu Santo”, “lleno de anhelo espiritual” a la espera de “la santa Pascua” (RB 49).

    Que María Santísima nos ayude a vivir la Santa Cuaresma con estas actitudes para imitar a su divino Hijo y poder unirnos a Él.

  • 07feb

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: al comienzo del tiempo ordinario leemos, tanto en el Evangelio como en los profetas, sus respectivas vocaciones al ministerio de la predicación. Los profetas eran considerados en el Antiguo Testamento los hombres que hablaban de pa45rerte de Dios instruyendo y advirtiendo al pueblo de sus pecados. Sus profecías sobre el Mesías ocupa gran parte de sus escritos. Predijeron dónde y cuándo había de nacer, la paz que traería consigo su nacimiento y los sufrimientos que había de padecer para salvar a su pueblo.

    Pero Jesús también elige a los apóstoles para que sean sus testigos ante el mundo de su vida y de sus palabras. Su misión es incluso más importante que la de los profetas, pues iban a ser testigos de la muerte y resurrección de Cristo y su misión no se limitó al pueblo de Israel, sino que era a todo el mundo. Además no transmitían sólo la esperanza de un Mesías, sino la Redención que obró Jesucristo y el modo de vivir que había de tener el nuevo pueblo de Dios, su Iglesia.

    Pero hoy aquí en esta celebración eucarística nos podemos fijar en algo que nosotros podemos imitar tanto de los profetas como de los apóstoles. Ellos recibieron su vocación cuando contemplaron a Dios, cuando repasaron en su corazón el obrar divino en favor de los hombres; percibieron cómo Dios se hace cercano a nosotros al permitir ser visto de un ser mortal en su trono divino o cómo les ayuda de modo milagroso en su duro trabajo de procurar el sustento familiar. Al que es capaz de admirar y agradecer el comportamiento amoroso de Dios, se encuentra con que Dios le elige para ser, entre los hombres, anunciador de ese misterio de un Dios que se enamora de la debilidad humana y se enciende en amor cuando el hombre le contempla agradecido. Nadie puede anunciar lo que no ha visto. Pero hay muchos ciegos que no contemplan las maravillas de la misericordia divina.

    La Eucaristía no es una de tantas maravillas sino la maravilla por excelencia. Que Dios se digne darnos parte en su vida divina a través de medios tan ínfimos, ¿no es para tener hambre y sed de tan gran misericordia?

    La Eucaristía nos descubre el amor de Dios y lo acrecienta. Y para colmo no sólo podemos gustarla en la celebración, sino que su presencia permanente en el pan consagrado nos permite continuar la acción vivificante y reparadora de este admirable sacramento.

    Por otra parte el próximo miércoles, D.m., entramos en la Cuaresma, que empieza el miércoles de ceniza y no el I domingo de cuaresma. La Iglesia nos propone tres medios para nuestra conversión en todo tiempo y en especial en cuaresma: oración, ayuno y limosna. La oración se fortalece con el ayuno, que obliga sólo el miércoles de ceniza y Viernes Santo. Ambos días no olvidéis hacer una sola comida, aunque pudiendo tomar algo de alimento por la mañana y por la noche. Os recuerdo además la obligación de absteneros de carne todos los viernes de Cuaresma, obligación que puede cambiarse por una práctica piadosa únicamente los demás viernes fuera de Cuaresma.

    Precisamente el próximo viernes 12 será el día del ayuno voluntario a favor de Manos Unidas, una ONG católica de voluntarios, benéfica y sin ánimo de lucro, que lucha contra el hambre, la desnutrición, la miseria, la enfermedad, el subdesarrollo y la falta de medios educativos.

    Acudamos a los beatos mártires cuyas reliquias se custodian en esta basílica y a Ntra. Sra. la Virgen del Valle para pedirles que presenten todas nuestras intenciones al Señor.

  • 02feb

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    En esta fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, recordamos también según la Tradición de la Iglesia, la Purificación de la Santísima Virgen María y la Candelaria o Fiesta de Simeón, como hemos tenido presente en la procesión de las candelas. Son en realidad tres aspectos de una misma fiesta que contemplamos en la lectura del Evangelio (Lc 2,22-40).

    En la Presentación del Señor y la Purificación de María nos podemos maravillar ante la humildad y la obediencia de Jesús, recién nacido, y de su Santísima Madre, por su observancia fiel de los preceptos de la Ley dada a Moisés a este respecto (Ex 13). Es sin duda sorprendente que el Hijo de Dios sea presentado al mismo Dios y su Madre, libre de toda mancha de pecado y siendo toda pura, decida someterse obedientemente a la Ley de Dios en el rito de la purificación.

    Por otra parte, debemos contemplar la escena de la profecía del anciano Simeón y de la profetisa Ana, dos personas de edad avanzada que esperaban el advenimiento del Mesías. La Iglesia recita así desde antiguo, en el rezo de las Completas al final del día, las palabras de Simeón (Nunc dimittis, Lc 2,29-32), en las que Cristo es reconocido como lumen Gentium: “luz de las gentes”, “luz de las naciones”, la luz que alumbra a todos los pueblos gentiles de la tierra, además de ser la gloria de Israel. Ciertamente, sólo Cristo es la luz verdadera para todos los hombres. Él es “irradiación esplendorosa de su gloria (del Padre) / de la eterna luz” (Sab 7,25; Heb 1,3), Él es “la luz del mundo” (Jn 8,12). Sólo Él, por tanto, puede iluminar y hacer comprender el misterio del hombre, del mundo y de Dios.

    Hoy se clausura, por otra parte, el año que el Papa Francisco ha querido dedicar de un modo especial a la vida religiosa y consagrada, cuyo único fundamento no es otro que Jesucristo. La vida del consagrado o de la consagrada sólo tiene sentido en Él, sólo puede hallar fundamento en Él y sólo debe tender hacia Él como su fin. La persona que ha consagrado su vida a Dios siguiendo de lleno a su Hijo Jesucristo con la gracia recibida del Espíritu Santo, erróneamente buscará fuera de Dios lo que sólo en Dios puede encontrar. Por eso, como ha dicho el Papa, en la vida consagrada hay que entrar por la puerta, no por la ventana como los ladrones y los salteadores: este entrar por la puerta significa que es necesario abrazar y vivir la consagración a Dios con pureza de intención, con limpieza de corazón, no buscando otro objetivo más que a Dios mismo. Si esto no se vive así, entonces se vive en un engaño que acaba dañando a la propia persona y a los que la rodean. El peligro de los sucedáneos en la vida consagrada es muy grande: podemos pretender llenar una vida que nosotros mismos hayamos vaciado de contenido, pero al final esos sucedáneos dejan vacío, no llenan ni satisfacen. Por eso San Bernardo se examinaba a sí mismo con frecuencia, con relación a su vocación: “Bernardo, ¿a qué has venido?” Vivamos el consejo de San Benito: “No anteponer nada al amor de Cristo!” (RB IV, 21 y LXXII, 11).

    Que María Santísima nos ayude a los religiosos a ser fieles en nuestra consagración y a todos nos muestre la luz verdadera, que es su Hijo Jesucristo.

  • 17ene

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en N. Señor Jesucristo: Este domingo es como una prolongación de la solemnidad de la Epifanía, pues es la manifestación de Jesús como Mesías investido de su carisma profético para predicar y hacer signos que manifiestan la llegada del Reinado de Dios en su persona. El milagro de las bodas de Caná es el comienzo de los signos de Jesús, aunque parece esta afirmación contradecir las mismas palabras de Jesús: “Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora”. Jesús con esta negativa está provocando la manifestación de la fe de María, y, por supuesto, también la nuestra; para eso se escribieron los Evangelios, no como mera propaganda de Jesús, sino para que provocara adhesiones firmes e inquebrantables a su persona como la de su Madre. María no se echa atrás por esa negativa de Jesús, pues conoce tan a fondo el Corazón de su Hijo, que sabe no va dejar que unos novios que han tenido el detalle de invitarles a su Madre, a Él y a sus discípulos, se vean confundidos en su generosidad y amistad. Jesús hace maravillas en aquellos que le aman. En aquellos que hacen fructificar el amor primero de Dios. Basta con que uno tenga, con Aquel de quien todo lo ha recibido, un sincero gesto de amor, por pequeño que sea, para que provoque un desbordamiento del amor de quien es todo amor. En Caná se dieron cita el amor a Jesús y a sus discípulos por parte de los novios y de su Madre; y la sorpresa de los novios fue que quedaron sorprendidos los invitados y ellos mismos al ver el efecto que produjo el compartir generosamente con tantos el don de Dios que les hacía de quererse entrañablemente el uno al otro. El don recibido al ser compartido se convirtió en un don nuevo: el vino mucho mejor y sin medida del final de la boda.

    Jesús se manifiesta, se da a conocer para provocar nuestro amor, para que caigamos en la cuenta de lo que hemos recibido y lo sepamos revertir a Aquel que nos lo da. Pero también nos revela quién es su Madre, y que no sólo le ama a Él, sino que es ejemplo y cauce de la gracia de Dios. Si aceptamos acercarnos a Jesús a través de María descubriremos que nuestra relación con Jesucristo y con el Padre y el Espíritu Santo se vuelve mucho más fácil, segura y eficaz. ¿Por qué? Sencillamente porque eligió a María para introducirse en este mundo asumiendo nuestra naturaleza, luego el camino para ir a Jesús se facilita si uno humildemente utiliza esta mediación participada del Mediador, que es Jesucristo. Nosotros mismos nos ponemos muchas trabas por nuestros pecados y apegos para acudir a Jesucristo, y eso que es pura misericordia. Pero todavía nos ha dado un medio más seguro de alcanzar misericordia, éste consiste en poner nuestra oración y todos los méritos que podamos alcanzar en manos de María, para que preserve ese cúmulo de méritos y evitemos echarlos a perder porque en algún momento de nuestra vida nos alejamos de Dios. Para que eso no suceda, consagrémonos a María. Busquemos una festividad mariana y preparémonos a hacer esa Consagración a Jesús por medio de María, renovándola a menudo. Los santos han meditado este Evangelio de las bodas de Caná y otras palabras de Jesús y han penetrado en ellas con unas clarividencia y profundidad que solo puede dar el Espíritu Santo. He ahí un medio muy eficaz para nuestra conversión, la lectura orante de la Palabra de Dios. ¡Cuántas horas dedicamos a la información y al pasatiempo con los medios modernos y para leer y orar con el Evangelio no tenemos tiempo! Los santos dedicaron mucho tiempo a profundizar en las palabras y hechos de Jesús. ¿Vamos a desaprovechar su experiencia y perder la oportunidad de poner nuestra salvación eterna a buen recaudo?

    En la segunda lectura se ilumina lo que es la misión de María de una manera especial, y también la nuestra, pues al enseñarnos san Pablo que todos los dones proceden de un mismo Espíritu y que “en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”, comprendemos mucho mejor que la vida de María fue enteramente entregada a los demás, nada encerrada en sí misma en el sentido de una vida egoísta, sino dedicada a secundar la obra de su Hijo, la Redención de todos los hombres.

    En esta celebración podemos profundizar también lo que significa cada Eucaristía para nosotros a través de las palabras de la primera lectura del profeta Isaías en que se nos dice: “como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó”. Estos desposorios de Dios con el hombre empezaron en las aguas del bautismo, donde comenzamos a ser hijos de Dios, y en la Confirmación donde el Espíritu selló nuestra unión con Dios. Pero también somos capaces los hombres de empañar nuestra unión con Dios por el pecado venial, y aún de romperla por el pecado mortal, y, en cambio, por el sacramento de la Reconciliación volvemos a recibir u espíritu nuevo. Pero en la Eucaristía esa unión del hombre con Dios que se realizó en el ara de la cruz, aunque presente en todos los sacramentos, en la Eucaristía se actualiza de manera muy especial y significativa en el altar. Cristo se inmola, se entrega a la Iglesia y a cada uno de nosotros, y por nuestra parte debemos entregarnos a Él, y no quedarnos como espectadores pasivos y mudos. Entonces se cumple lo que continúa diciendo la lectura: “la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo.” ¿Seremos capaces de perseverar y profundizar cada domingo en esta verdad tan consoladora de nuestra fe, que en cada Eucaristía se celebra ese desposorio místico entre el alma y nuestro Redentor, esposo fiel tantas veces traicionado, pero otras tantas dispuesto no sólo a perdonar, sino a renovar esa alianza nupcial que se llevó a cabo en la Cruz y que se actualiza en cada Eucaristía? ¿Seguiremos viviendo de una manera rutinaria la Misa cuando por parte de Jesús está reclamando nuestro amor a pesar de nuestras infidelidades? Que esta Eucaristía suponga para nosotros la renovación de una alianza de amor redescubierta y enriquecida con nuevas experiencias del amor agradecido y otorgado tanto a Dios como a sus hijos en los que desea que le mostremos nuestra fidelidad.

    Y en la actualidad tenemos un problema que ocupa la atención de todos los españoles: nuestra falta de acuerdo para convivir pacíficamente y proporcionar un gobierno equilibrado a la nación. Nos hemos apartado de Dios y queremos vivir al margen de sus mandamientos. Nos creemos que no es necesaria su ayuda para organizar nuestra armonía social y resulta que estamos en un callejón sin salida. ¿No somos capaces de reconocer que se cumple la palabra de Jesús: “Sin Mí no podéis hacer nada”? Si fuésemos capaces de orar todos unidos para pedir humildemente que Dios nos ayude, cambiarían las cosas sin duda. Siempre hemos oído decir que España es tierra de María. Si una parte pequeña de los españoles rezásemos y nos dirigiésemos a nuestra Madre con el rezo del santo Rosario, España superaría esta situación angustiosa en que vive y evitaríamos dar una solución falsa de la que resultase un gran daño para todos.

  • 06ene

    P. D. Anselmo Álvarez

  • “El Señor nos ha dado a conocer su salvación”, ha venido repitiendo la liturgia del tiempo de Adviento y de Navidad, utilizando un texto del A. T. Es la salvación que Cristo llevó a cabo mediante su encarnación, muerte y resurrección, dentro del único acontecimiento del pasado que permanece presente para la Iglesia y para el mundo gracias a que protagonista, Cristo, es de ayer, de hoy y de siempre. Uno de los acontecimientos de esa historia es el encuentro de los Magos con quien han descubierto como el esperado de las naciones.

    El Evangelio de San Juan se abre mostrándonos a Jesús como Palabra eterna del Padre, como resplandor de Aquel que está en el origen de todo cuanto es en el cielo y en la tierra. Palabra que, al mismo tiempo, nos permite descubrir el misterio de Dios y de la Trinidad, que son las realidades primordiales para cuyo conocimiento y participación hemos sido creados. Cristo es el esplendor del Padre, la figura e imagen de su ser, de manera que “el que me conoce a Mí conoce al Padre” (Jn 14, 9), porque Él expresa la realidad eterna y sin medida de Dios.

    De este Cristo nos enseña la Escritura que es preexistente a toda realidad, a toda existencia y a toda vida. Que en Él estaba la Vida y que todo ha sido hecho por Él y para Él, por tanto, que todo vive en Él, en Cristo, o de lo contrario todo vuelve a la nada y es nada fuera de Él. Este “Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14) para que nosotros participáramos en el conocimiento y en la vida de la Trinidad. Tal es el designio divino que permanece vigente en todos los tiempos, también en los nuestros.

    Un designio que, entre otros fines, nos permite contrastar la cercanía o la distancia en que hoy estamos respecto a Dios, y que mide el éxito o el fracaso de nuestra historia personal y colectiva. El hecho mismo de que tal vez ignoremos esta realidad es el comienzo de un fracaso, ante el cual todos los demás éxitos que se nos ocurra contabilizar son pura ficción. Sabemos que esta ha sido la obsesión del hombre en los tiempos que llamamos del progreso: una obsesión por jugar a ser y a hacer nada, mientras imaginamos que estamos construyendo el mundo nuevo. Como escribieron Jeremías (51, 58) y Habacuc (2, 13), “se fatigan los pueblos por nada”. Pero donde Cristo no es lo nuevo permanente todo es prehistórico y prehumano.

    En cuanto Palabra del Padre, Jesús viene también para reiterar el mensaje que Dios había entregado desde el primer momento al hombre, al trasmitirle la vida y con ella el sentido de la misma: su participación en la misma vida divina, durante su tiempo en la tierra y durante la eternidad. El hombre fue educado en el modo de vivir esa vida en Dios desde antes de que ocurriera el pecado, y después Dios ha reconstruido todos los puentes que nos unían a Él, y ha reafirmado su voluntad original respecto al destino del hombre.

    Ese Niño, buscado obstinadamente por los Magos a través de las estrellas, es la Palabra viva y eterna, irrefutable e inmutable. Ella juzga todas las demás palabras y sobre ella se establece el único juicio recto acerca de todo lo que es. Nosotros nos apropiamos de esa Palabra y nos configuramos según Ella, o renunciamos a la Verdad y a la Vida. Todo lo que el hombre ha oído al margen de Dios es mentira y demagogia. También lo que ha oído de la razón cuando ésta no ha escuchado a la Palabra del Padre, a la Razón divina. Sobre ella está llamada a edificarse la verdadera ciudad del hombre a imitación de la Ciudad de Dios. Porque la Palabra, el Verbo de Dios, no sólo precede a las cosas sino que es principio y cimiento de todas las cosas.

    También del hombre. El hombre es palabra de la Palabra. Está hecho a su imagen y es epifanía de Cristo en cuanto está llamado a reproducir los rasgos de la vida divina a escala humana. De igual manera que Jesús sólo dice las palabras que ha oído al Padre, cada hombre sólo debiera pronunciar, con su vida, aquello que le ha sido transmitido por la palabra del Creador, porque ello es la condición para que el hombre haga realidad su auténtica humanidad.

    Previamente a la Palabra había aparecido la Luz, porque ella, la Palabra, es la “luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9). Y había aparecido también la luz de la estrella que guió a los Magos al lugar donde se encontraba la Palabra encarnada. Esa Luz brillaba en las tinieblas, y a quienes la reciben las hace capaces de ser hijos de Dios” (Jn 1, 12). Siguiendo su huella, los Magos buscaron a Cristo, como los pastores que, envueltos por la claridad de los Ángeles, dejaron sus rebaños para ir al encuentro de aquel Niño que ‘pastorea a los hombres y a las naciones’. “La Palabra era Vida y la Vida era la Luz de los hombres” (Jn 1, 4). Identificarse con esa palabra y revestirse de esa Luz es la tarea y la plenitud de nuestra existencia.

    El gesto de los Magos tiene vigencia particularmente en nuestro tiempo. Ellos reconocieron la presencia de Dios en el mundo, le buscaron con esfuerzo y perseverancia, le adoraron como Dios y como Rey, le ofrecieron sus mejores dones. Es la única actitud razonable del hombre ante la decisión divina que le ha puesto en la existencia para caminar al encuentro de Dios

    Nuestra historia es válida y fecunda en la medida en que, como los Magos y la propia estrella, corren hacia Cristo: para reconocerle como el esperado de las naciones, como Dios y como Hombre, primogénito de la humanidad auténtica, Señor de la historia, único en la eternidad y centro del tiempo, principio y fin de cuanto es. El que es Sabiduría, Justicia y Paz para el mundo; Salvador del hombre a la vez que Juez inapelable de sus obras.

    Frente a Dios nadie es más que un hombre. Nadie puede elevarse sobre Él, ni medirse con Él, ni preguntarle por qué. Nadie sofoca su Luz ni su Palabra. A Dios no le impresionan las opiniones humanas, ni le alteran las decisiones políticas o democráticas. Le preocupan únicamente en la medida en que muestran los despropósitos a que se pueden entregar las masas y sus conductores cuando prefieren las sombras a la Luz. Porque el espíritu del hombre se alimenta del Espíritu de Dios, y cuando no es así el hombre se eclipsa.

    Dios es la única realidad que ha recorrido todos los tiempos y ha acompañado a cada generación, la única que sigue y seguirá en la memoria de todos, tanto si le reconocen como si le niegan. Dios no depende de nuestro capricho, ni de nuestras negaciones o afirmaciones. Por eso nos sobrevive a todos y hace posible que todos sobrevivamos en Él. Y, por eso, Él va a ser el último en abandonar esta historia: Él la ha abierto y Él la cerrará cuando vuelva a pronunciar sobre ella aquellas palabras: “todo está concluido” (Jn 19, 30). Entonces será la humanidad la que inclinará la cabeza y expirará, no para extinguirse en la nada, sino para abrirse al “hombre, a la tierra y al cielo nuevos”.

    La tarea central de hoy vuelve a ser la de rehacer el mundo y al hombre desde la Palabra creadora (cf Jn 1, 3, 10). Fuera de ella el mundo se encuentra desarticulado y al borde del vacío. Fuera de ese Resplandor el mundo camina en tinieblas, a pesar de esa gran Luz que nos ha salido al paso.

  • 03ene

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: la liturgia nos invita en este domingo II después de navidad a fijarnos en nuestra relación con Dios: una relación realmente íntima y estrecha mediante la encarnación de Jesús en el seno de la Santísima Virgen.

    La primera lectura nos habla de la sabiduría, que hace su propio elogio en el fragmento proclamado: “Yo salí de la boca del Altísimo”. En esta personificación de la sabiduría existe ya una preparación de la revelación del Verbo de Dios. Pero todavía no tenemos una revelación plena, porque la sabiduría aparece presentada como una criatura y no como el Hijo de Dios increado. Además, la sabiduría todavía no se ha encarnado, porque el libro del Eclesiástico la identifica más adelante con la ley de Moisés. La sabiduría no es pues aquí una persona sino una institución.

    El Evangelio nos muestra en cambio que la Palabra de Dios es el Hijo unigénito de Dios, que se ha encarnado. Existe una unión estrechísima entre la Palabra y Dios. Y al final del Prólogo de S. Juan, se llama a la Palabra “Hijo único”. La Palabra es una persona divina, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, como decimos en el Credo. Esta persona divina se ha encarnado verdaderamente. Así disponemos para orientar nuestra vida no sólo de una institución, sino de una persona que se ha encarnado y ha asumido una naturaleza como la nuestra.

    El Hijo único de Dios nos permite llegar a ser hijos adoptivos de Dios. Participamos en esta filiación de la Palabra encarnada. Ese es el objetivo de la Encarnación: el Hijo único de Dios se ha hecho hombre no sólo para estar entre nosotros, sino para ser uno de nosotros e introducirnos en una relación íntima con el Padre celestial. Jesús nos trae esta adopción filial y nos otorga una dignidad extraordinaria.

    S. Pablo nos hace reflexionar, en la segunda lectura, sobre este maravilloso plan de Dios del que somos beneficiarios. Con actitud de gracias, afirma que Dios nos ha predestinado a ser hijos adoptivos suyos por obra de Jesucristo; nos eligió antes de la creación del mundo. Esto debería llenarnos de una gran alegría y debería iluminar toda nuestra vida. Jesucristo se encarnó precisamente para llevar a cabo el proyecto de amor de Dios sobre nosotros. S. Pablo pide para los cristianos de Éfeso la gracia de saber apreciar este don, de comprenderlo bien y de abrirse a la luz maravillosa de la Palabra de Dios, que es luz y vida para los hombres.

    Nuestra mirada con excesiva frecuencia es demasiado terrena y estamos preocupados por una enormidad de cosas materiales. Todo esto es secundario y no debería hacernos olvidar lo más importante: que el Hijo de Dios se ha encarnado para que podamos llegar a ser con Él hijos de Dios. Es la dignidad más grande que podamos imaginar. Y la alegría que de ahí brota es la más pura, fuerte y completa que podemos lograr en esta vida.

    En este tiempo litúrgico de Navidad pidamos la gracia de ser iluminados interiormente para comprender el don que Dios nos ha hecho. Debemos pedir la gracia de comprender lo que recibimos, para poder exaltar de alegría y poder vivir en la admiración de la obra divina, en la gratitud filial y en el amor. Pidámoslo por mediación de la Santísima Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora del Valle. Que así sea.

  • 27dic

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos:

    Durante este tiempo de Navidad celebramos el acontecimiento central de nuestra fe: ha nacido el Hijo de Dios y esto lo cambia todo en nuestras vidas, aporta una nueva luz en la historia. Cristo entra en la oscuridad del mundo, entra en la oscuridad de nuestras ruinas interiores y exteriores para rehacer la unidad entre Dios y el hombre. En cada Navidad somos “tocados” por este acontecimiento que nos salva. Dedicad algún tiempo a la oración, porque Jesús colma de paz y de gozo el corazón de quien lo contempla y lo adora.

    El acontecimiento de la Navidad es como un abrazo de Dios a la humanidad, a cada hombre. Hace unos días leía la historia de Haidar, un niño de tres años que iba al colegio en la ciudad de Beirut. Junto al coche en el que viajaba con sus padres estalló una bomba. En medio del caos, alguien vio las manos de Haidar, que estaba vivo, milagrosamente protegido por el cuerpo de su madre. En un acto reflejo, ella, al sentir la explosión, había abrazado con todas sus fuerzas a su hijo. Y lo salvó. A este niño le quedará grabado para siempre el dolor de haber perdido a sus padres, pero también el gesto de su madre, que lo envolvió y lo protegió.

    Visto desde la fe, creo que se puede relacionar este hecho tan desgarrador con el misterio que celebramos estos días. Cuando revivimos el nacimiento de Cristo en nuestra carne frágil y mortal, ¿no estamos siendo acaso “abrazados” por ese Dios que ama inmensamente a cada uno de sus hijos? La Navidad es como el abrazo de Dios a la criatura humana cuando parecen triunfar el poder del mal y la fuerza del pecado. Si una madre es capaz de proteger a su hijo, aunque le cueste la vida, ¿qué no hará Dios, que es Padre y Madre, lleno de entrañas de ternura y de misericordia, y que desea que todos los hombres se salven?

    Vivamos estos días, hermanos, como quien recibe el abrazo del amor infinito de Dios, que nos protege de todo lo malo, que nos sana, que disipa nuestros miedos e inseguridades. En estas fechas, llenas de luces y colores, de regalos y adornos, no olvidemos lo más importante: permanecer en el regazo de Dios que nos abraza en Jesús, hecho niño en Belén. Por amor ha asumido nuestra naturaleza pecadora sin avergonzarse de llamarnos hermanos, se ha vuelto vulnerable y ha ofrecido su vida por nosotros. En la cruz, Jesús sigue abriendo sus brazos como si nos dijera que en su regazo cabemos todos, con nuestras miserias, egoísmos y pecados.

    Nuestra mirada se dirige hoy de una manera especial hacia la familia humana de Jesús. Resulta conmovedor el realismo con que el Hijo de Dios se ha insertado en nuestra existencia humana: Jesús se encuentra con nosotros, aceptando desde el principio los inconvenientes de una existencia pobre. Ha tomado sobre sí toda nuestra debilidad e impotencia, lo cual constituye un testimonio de verdadero amor. Tenía que hacerse en todo semejante a sus hermanos, dice la Carta a los Hebreos. San Lucas por tres veces repite que el niño fue depositado en un pesebre que se utilizaba para los animales, subrayando la extraordinaria precariedad de su primera situación en la tierra.

    El relato evangélico muestra que en la sagrada Familia no todo fue siempre tranquilidad, sino que en ella hubo también pruebas y dificultades. María y José sufren por la desaparición de Jesús en Jerusalén. Durante dos días le buscan angustiados y, por fin, le encuentran en el templo, en medio de los doctores. Cuando sus padres le hallan, María expresa sus sentimientos: ?Hijo, ¿por qué nos has tratado así? La respuesta de Jesús adolescente manifiesta que ya está en posesión de su personalidad y ha tomado su orientación de vida: pretende dedicarse al servicio de su Padre celestial. Ser padres y educadores no es una tarea fácil. Los niños crecen y empiezan a manifestar su personalidad; cuando llega este momento es preciso orientar esa personalidad en la dirección adecuada, pero también es necesario respetarla y aceptar que se exprese en formas inesperadas. Así les ocurrió a José y María, que debieron aceptar el crecimiento de Jesús, la evolución de su personalidad, a veces de una manera inesperada (A. Vanhoye).

    La frase final del evangelio tiene también una especial relevancia: Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres. Aquí se muestra la realidad de la Encarnación, que no es algo ficticio, sino que supone que Jesús asumió verdaderamente nuestra existencia y recorrió las etapas del crecimiento humano. Jesús compartió nuestra situación y conoció todas las dificultades y las alegrías, las esperanzas y las aspiraciones propias del crecimiento humano.

    Recordemos, por último, que a Jesús en Nazaret le esperan treinta años de vida escondida, humilde y obediente. Nazaret ilumina nuestra vida vulgar y rutinaria. A veces nos pesa la monotonía de los días intrascendentes, nos fatiga hacer el mismo servicio de tantos años que tal vez nadie agradece. Tenemos que acudir al Señor y decirle: «Enséñame a santificar mis trabajos más humildes y escondidos; enséñame a hacerlos como para servirte a Ti». Si contemplamos a Jesús en Nazaret nos encontraremos bien gastando la vida en el servicio a los demás, por muy escondido que se esté.

    Unámonos a María, que contemplaba y penetraba el sentido de los acontecimientos, unámonos al fiat silencioso que ella pronunció durante treinta años en el humilde hogar de Nazaret. Por su intercesión y la de san José, pidamos hoy que las familias cristianas se afiancen en el amor y en la concordia, de un modo especial las que atraviesan dificultades o problemas; que en estos días sintamos el abrazo misericordioso de Dios y vivamos en un amor agradecido.

  • Mapa web

    Términos y condiciones de uso

  • Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos

    Carretera de Guadarrama/El Escorial. 28209 San Lorenzo del Escorial.

    Madrid. España


    Tf: +34 91.890.54.11. Fax: +34 91.890.55.94

    Hospedería: +34 91.890.55.11

    Escolanía: +34 91.890.38.05

    e-mail: abadia@valledeloscaidos.es


    (c)Copyright 2010. Todos los derechos reservados