• 22mar

    P. Juan Pablo Rubio

  • Hermanos:

    El Evangelio de este domingo es verdaderamente sugestivo. Por un lado, nos presenta a un grupo de griegos, simpatizantes del judaísmo, que pide ver a Jesús, encontrarse con él. Por otro, la respuesta sorprendente de Jesús encierra toda una revelación sobre el sentido de su misión y sobre la llegada de su «hora».

    San Juan narra, en efecto, que un grupo de gentiles, que había acudido a Jerusalén con motivo de la Pascua, se dirige al apóstol Felipe y le expresa su deseo de ver a Jesús. Hombres seguramente religiosos, habrían oído hablar de aquel maestro que realizaba signos admirables y sentían curiosidad por conocerle en persona. «Quisiéramos ver a Jesús»: en esta petición se percibe el anhelo secreto de la humanidad entera de conocer la verdad, el sentido de la vida; percibimos también la profunda aspiración y la inquietud de nuestro corazón que quiere encontrarse y unirse con ese Dios que nos ha hecho para sí.

    La reacción del Señor cuando le comunican el deseo de aquellos gentiles nos sorprende. Jesús comienza a hablar inmediatamente de su «hora», como si la reconociese en esa petición de verle (A. Vanhoye). Y con sus palabras contesta a los apóstoles de forma indirecta, como si dijera: «Si quieren verme, que me vean en la cruz» (M. Iglesias). Hay aquí un cambio de tono en ese discurso premonitorio de su propia Pasión. La «hora», en el Evangelio de san Juan, no indica una precisión temporal, sino que se refiere a la llegada del momento salvífico, como si fuera a entrar en escena el desenlace final. No es la primera vez que el evangelista emplea esta expresión tan significativa. Desde el comienzo de su ministerio público, con ocasión del primer signo obrado en Caná, Jesús había respondido a su madre: «Todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2, 4), algo que se sucede hasta este momento crucial, en el que declara: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre» (Jn 12, 23). La «hora» del Hijo es la hora de su muerte. No se trata de una muerte cualquiera, sino una muerte enteramente asumida por amor; se trata de una cruz convertida en icono del amor supremo y transformada en «causa de salvación eterna». Desde aquí se entiende que san Juan presente la Pasión, con todo lo que de humillante y dolorosa tiene, como una verdadera glorificación de Jesucristo. La gloria de Jesús no es otra que la de haber amado hasta el extremo a través del sufrimiento.

    Por otra parte, el Señor habla de su «hora» recurriendo a la metáfora del grano de trigo. Para dar fruto en abundancia ha de caer en tierra y morir. Él, que ha descendido por la Encarnación hasta nuestra humanidad, debe además morir para tener una fecundidad universal (A. Vanhoye). Este proceso de abajamiento podemos aplicarlo a la vida cristiana: cuando aparentemente todo está perdido y arruinado, surge allí la vida, con una fecundidad y una fuerza inesperadas (J. Sanz); es la fecundidad propia del amor crucificado.

    En estas palabras de Jesús, hay también un detalle que nos revela su interior, que nos permite penetrar en sus sentimientos más íntimos: «Ahora mi alma está agitada…» (Jn 12, 27). El pensamiento de la pasión es desconcertante para él, y sin embargo, no pide verse libre de ella, sino la glorificación del nombre del Padre: no piensa en salvar su propia vida, sino en la salvación de todo el mundo.

    Nosotros vislumbramos aquí el camino exigente del discípulo de Cristo: es necesario abandonarse a la gracia de Dios para revestirse de la lógica del amor y de la donación, para convertir la propia vida en servicio a los demás. Vislumbramos también que los momentos de sufrimiento pueden ser los más fecundos en nuestra vida. Cuando nos vemos rodeados de oscuridad debemos conformarnos con los pequeños pasos de la vida cotidiana, que son los únicos pasos posibles de nuestro caminar hacia el amor. Sin amistad y relación personal con Cristo, no es posible encontrar sentido a la vida en los momentos de prueba, de soledad y de silencio de Dios (J. Esquerda).

    En esos momentos es esencial la oración. Precisamente la segunda lectura que acabamos de escuchar nos muestra a un Cristo orante en el momento supremo de afrontar la angustia de la pasión: a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al Padre. Jesús intensifica la plegaria al llegar su «hora», es decir, intensifica el diálogo de amor y de comunión con el Padre, mostrándonos cómo actuar nosotros cuando nos veamos sacudidos por cualquier clase de prueba o tribulación.

    En el tramo final de nuestro itinerario cuaresmal, ojalá nos reconozcamos en el deseo de aquellos gentiles de querer ver a Jesús, atraídos por Él, seducidos por su amor extremado (Gál 2, 20). Y ojalá que suscitemos ese mismo deseo en tantos hermanos nuestros que buscan a Dios, aun sin saberlo, a veces por caminos que Dios jamás frecuenta y se niegan a emprender los senderos en los que Él les está esperando. Este es nuestro desafío: caminar hacia el encuentro con Jesús y ayudar a otros a que lo conozcan y lo amen.

    A santa María le pedimos en este domingo, cercano ya a la celebración de la Pascua, que como el apóstol Felipe, guiemos a otros hermanos hasta Jesús desde nuestra experiencia del Dios vivo. Que María, presente en el sacrificio de su Hijo, nos ayude a comprender que el amor de donación es la clave para descifrar la «hora» de la cruz.

  • 12mar

    P. Santiago Cantera

  • Queridos P. Eufrasio y P. Primitivo, querida Comunidad y queridos hermanos en el Señor:

    Celebrar 70 años de profesión monástica es un motivo de inmensa alegría para los monjes que los cumplen y para toda su comunidad, porque constituye un testimonio de fidelidad a la vocación que un día abrazaron: que ya iniciaron siendo aún niños y a ella se comprometieron muy jóvenes. Nuestro querido P. Primitivo padece una enfermedad que limita sus capacidades, pero el Señor sabrá cómo bendecirle especialmente con su gracia en este día, tal vez ahondando más en él la infancia espiritual que tanta ternura nos suscita. Tenemos presente hoy además al P. Mariano Palacios, que permaneció en la Abadía de Santo Domingo de Silos aunque sería prior administrador de la nuestra durante un tiempo, y que en aquel 12 de marzo de 1945 emitió junto con nuestros dos monjes los votos monásticos. Recordamos asimismo a los que ya han partido de este mundo y pedimos al Señor que los haya acogido en el Cielo.

    En aquel Silos austero de la posguerra, la vida no era nada fácil, pero se vivía con ilusión, como en líneas generales sucedía en otros ámbitos de la sociedad. En nuestros días, sin embargo, ocurre lo contrario: los hombres y los propios monjes tenemos de todo, pero con frecuencia hemos perdido la esperanza. Es algo que nos debería hacer recapacitar acerca del verdadero valor de las cosas materiales y del sentido auténtico de la vida, como insistía muchas veces San Gregorio Magno, a quien antes de la última reforma litúrgica se celebraba el 12 de marzo.

    San Gregorio Magno fue el primer Papa-monje y el biógrafo de San Benito: de ese San Benito al que el P. Eufrasio ha dedicado el último de sus libros. Y siguen siendo de actualidad las enseñanzas de San Benito y el proyecto de vida que propuso a los monjes, que fundamentalmente se resume en la búsqueda de Dios siguiendo a Jesucristo en la observancia de los tres votos monásticos propuestos en la Santa Regla. Estos votos no son reminiscencias del pasado, sino valores intemporales y compromisos que nos conducen hacia la vida eterna: la estabilidad, la conversión de costumbres y la obediencia (RB LVIII, 17).

    La estabilidad es uno de los grandes valores que la vida monástica puede transmitir al mundo de hoy, a este mundo del cambio constante, de la inquietud permanente, del disgusto continuado con uno mismo, de la insatisfacción más completa ante la vida. El Papa Francisco ha señalado en varias ocasiones que hoy impera una “cultura de lo provisional”, de la carencia del compromiso definitivo por una opción, de la inestabilidad. Él mismo ha invitado a ir contracorriente y romper esta dinámica, apostando por una elección de por vida. Así, el voto benedictino se fundamenta en una experiencia fructífera de siglos y a la vez rompe con todos los moldes de un mundo que parece buscar su propio suicidio por una inestabilidad constante, pero que en el fondo es aquella tentación de la acedia que los Padres del Desierto supieron detectar con sabia discreción y combatir con firmeza interior ya en el siglo IV.

    La conversión de costumbres, por su parte, nos exige vivir con entrega absoluta los compromisos de la vida monástica: abrazar nuestra vocación, renunciar al mundo y a nosotros mismos, asumir las observancias grandes y pequeñas de lo que debe ser nuestro estilo de vida, aceptar la carencia de la propiedad personal y amar la virginidad del celibato consagrado para pertenecer sólo a Dios.

    En fin, la obediencia es el termómetro de las virtudes, es la clave que nos permite conocer el estado de nuestra humildad, que San Benito considera a su vez como la virtud fundamental del monje (RB VII). Llega a decir que “el primer grado de humildad es la obediencia sin demora”, “propia de quienes nada estiman más que a Cristo” (RB V, 1-2). Cuando falla la obediencia, falla todo. Esto es algo difícil de asumir para el hombre de nuestro tiempo, embebido de un sentimiento liberal de total autonomía e independencia. Sin embargo, sabemos que en realidad nada podemos sin Dios y que necesitamos de Él: en consecuencia, como dice San Benito, “la obediencia que se presta a los superiores, se presta a Dios” (RB V, 15), y es el mismo Cristo quien nos ha enseñado una obediencia hasta la muerte, y una muerte de cruz (Flp 2,8).

    Que Santa María, Reina de los monjes, y Nuestro Padre San Benito sigan llevando a nuestros queridos PP. Eufrasio y Primitivo y a todos nosotros hasta la meta que él nos propuso: que perseverando en la vida monástica hasta la muerte y participando de los sufrimientos de Cristo, merezcamos compartir también su reino (RB Pról., 50).

  • 01mar

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: En el tiempo de Cuaresma la Iglesia prepara a los catecúmenos que van a recibir el bautismo, y a los fieles, que van a celebrar en la Pascua la Redención de Cristo, a renovar las promesas de renuncia a Satanás y de vivir unidos al Padre, al Hijo y al Espíritu que hicieron cuando recibieron el sacramento del bautismo por el que el que se sumergieron con Cristo en su muerte y resucitaron a una vida nueva. De ahí que el itinerario cuaresmal es una profundización en la fe. La Iglesia, pues, nos enseña en este tiempo a valorar la fe como un gran don del amor de Dios que nos hace confiar en Él hasta el punto de que nuestro pasado y nuestro futuro lo ponemos en sus manos. Esa enseñanza nos viene impartida por la misma Sagrada Escritura. Pero nuestra situación vital en la historia de nuestro tiempo en occidente es que esta fe está siendo perseguida con leyes que van contra el derecho natural y no respetan los principios básicos racionales basados en la naturaleza, y menos aún la fe, a la que se la considera un sentimiento íntimo que no debe tener manifestación externa ninguna. Por tanto debemos prepararnos para estar desasidos de este mundo, que no lo estamos, y tenemos que tomar conciencia de que somos peregrinos, que tenemos que caminar hacia la meta final y no caminar como si fuéramos a quedarnos siempre en este mundo.

    ¿Qué hizo Abraham, nuestro padre en la fe, cuando Dios le propuso abandonar su tierra o, más adelante en una prueba aún más difícil, cuando ya le había dado un hijo milagrosamente haciendo fecunda a su mujer estéril, como hemos escuchado en la primera lectura? Abraham se fio de Dios tanto cuando le ponía a prueba haciéndole renunciar a todo su pasado, como cuando al sacrificar a su único hijo le proponía renunciar a todo su futuro. Y es que en realidad con estas enseñanzas el Señor nos está diciendo que Él viene a instaurar un Reino de paz sobre estas guerras contra la fe de los cristianos de oriente y occidente. Viene a instaurar un Reino de amor sobre el odio y la ingratitud, un Reino de justicia sobre tanta mentira. Pero también los cristianos necesitamos ser purificados y necesitamos rectificar nuestro camino. Nosotros caminamos hacia la eternidad y dejaremos este mundo. El príncipe de este mundo sólo quiere la perdición de nuestras almas y es por lo que quiere engancharnos a este mundo hasta no poder soltarnos de él. Tenemos que pedir ayuda constante a Dios para no escucharle ni hacerle caso, pues actualmente ya somos discípulos suyos aventajados. No nos tienen que afligir tanto las cosas de este mundo, pues acabará. En cambio, debemos esperar cada día con alegría y amor que el Hijo del hombre venga a instaurar el Reino de Dios a este mundo perdido y sin rumbo, cuyo final es la desolación. No nos preocupemos por el mañana, pues no sabemos si el minuto en que vivimos acabará por cumplirse entero. Preocupémonos por nuestra salvación y la salvación de todos los hombres.

    El Señor con estas lecturas que se han proclamado nos insta a la conversión, a la paz entre nosotros, a caminar con alegría por este mundo caduco. Todo terminará y sólo quedará el amor con que hayamos hecho lo que teníamos que hacer. No nos distraigamos con lo que sucederá mañana: es un engaño del maligno que nos quiere distraer de la Gracia que hoy está derramando sobre nosotros para que la perdamos y no dé fruto.

    Tenemos que perseverar en el culto a Dios no sólo en la Misa dominical, eso es el mínimo imprescindible. Pero para que eso no se lo lleve el maligno por una pequeña tentación de pereza o de falsa prudencia humana tenemos que acudir con frecuencia a estar con el Señor en el Sagrario. A veces hay consagrados con votos o sacerdotes que nunca encuentran tiempo para estar con el Señor y ahí le dejamos solo. Hermanos, seamos sinceros: Cuántas veces, en tantas iglesias está el Señor solo, incluso en una basílica como ésta en la que pasa mucha gente por delante y entra, pero al Señor que está en el Sagrario, pasa desapercibido. Y no hablo del que no tiene fe. Hablo de nosotros que estamos aquí y ahora. ¿Es que no se nos ocurre acompañar al Señor con nuestro amor y nuestra oración no sólo por nosotros mismos, que tanto lo necesitamos, sino también y mucho más por nuestros hermanos, por el Papa, por todos los que deben regir la Iglesia santa de Dios. Pidamos no cosas caducas, que son las que tenemos en el corazón, por desgracia, sino por la cosas verdaderas: por el amor entre los hombres, por la paz en las familias y dentro de la Iglesia, por la unión de todos los cristianos para Gloria de Dios y para darle al Señor la alegría de ver reunidos en torno a Pedro a todos sus hijos.

    Hermanos, nuestra conversión pasa por esforzarnos en amarnos todos sin excepción ninguna. Cuántas discordias, cuántas críticas, cuántos disgustos le damos al Señor nosotros que nos decimos sus hijos fieles, por no ceder ante el hermano. Seamos sinceros, estamos llenos de orgullo y soberbia, no somos humildes. Y resulta que sólo si somos humildes podemos ser agradables a nuestro Padre y honramos de esa manera el sacrificio de Cristo en la Cruz. ¿Nos creemos que con solo tener una cruz en casa o llevarla incluso en el pecho honramos al Señor? No hagamos sufrir al Señor con altercados en su nombre; en su Nombre nunca puede haber altercados; en su Nombre nunca puede haber desamor; en su Nombre se entrega la vida por amor, pero nunca se hiere al hermano. No lo olvidemos. Si hacemos sufrir al hermano, nunca es en su Nombre. Cuando corrijamos al hermano, sea con caridad extrema. Pongámonos en la Cruz de Cristo, quedémonos crucificados con Él, y entonces amonestemos sus faltas; pero Dios no permita que nos subamos al pedestal para corregir; siempre desde la Cruz de nuestro Señor.

    Para eso nos tenemos que armar de paciencia, de paciencia santa, la que espera contra toda esperanza, la que pone todo en manos del Señor y guarda la paz en el corazón, la que no se irrita por la impaciencia ni el desánimo, sino que como hoja al viento, espera el momento en que el viento la depositará en el suelo o en cualquier otro lugar, y aun así no piensa en quedarse allí, sino que puede volver a echarla de un lado a otro. Esa es la paciencia que quiere el Señor en nosotros. No nos sintamos dueños de nosotros mismos, porque no lo somos. El Señor es nuestro Dueño y Él sabe dónde nos posará, pero puede volvernos a desinstalar; todo para su Gloria y bien de nuestras almas.

    No nos tenemos que irritar en las circunstancias de esta vida; es necesario para nuestra salvación y la de nuestros hermanos el sufrir lo que estamos pasando y lo que ya está a las puertas. ¿Por qué no dejamos al Señor que sea quien elija nuestra vida? ¿Por qué nos resistimos tanto a su Voluntad? ¡Por qué tenemos miedo? El Señor solo a tres de sus discípulos les permitió ser testigos de su transfiguración para que confortaran después de su muerte a los demás. ¿No nos fiamos nosotros de Quien nos ama tanto que dio su vida en la Cruz por nosotros?

    Que esta Eucaristía nos convierta en testigos del amor de Dios a los hombres con obras y palabras. El mundo no conoce el Amor de Dios. Hablémosle nosotros de su Amor. El mundo está necesitado de nuestra entrega sin límites, de nuestra confianza en Dios sin límites. Que todo el mundo sepa por nuestro testimonio, cuánto ama Dios a sus hijos alejados.

  • 18feb

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Con la celebración de hoy damos comienzo a la Cuaresma, tiempo litúrgico especialmente orientado a la conversión interior, a una vuelta hacia Dios, del que nos hemos venido apartando por el pecado. Es una oportunidad que Él nos concede, pero que exige de nosotros la respuesta adecuada. De hecho, tal vez nos pueda sorprender un poco la invitación que hace San Pablo en la segunda lectura, tomada de su segunda Carta a los Corintios (2Cor 5,20-6,2): “Dejaos reconciliar con Dios”; y un poco más adelante, nos dice: “Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios”.

    El Apóstol nos pide que nos dejemos reconciliar con Dios: evidentemente, está diciendo que, si nosotros libremente no queremos que Él nos perdone, no nos podrá perdonar, porque Él respeta nuestra libertad. El perdón exige sólo una cosa: arrepentimiento sincero. Si el pecador no se arrepiente, no se le perdona, porque él mismo se niega a ser perdonado. No es falta de misericordia por parte de Dios, sino falta de sinceridad por nuestra parte cuando nos empeñamos en mantenernos en nuestro pecado, tal vez en nuestra vida de falsedad e hipocresía.

    El arrepentimiento, en efecto, debe ser sincero. Si sólo es de palabra y externo, se queda en nada. Quizá a otros hombres podamos engañarlos, pero a Dios nunca, pues Él conoce lo más secreto de nuestro corazón. Por eso el rey-profeta David ha rogado en el Salmo 50, el Salmo “Miserere”: “Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”. Y el profeta Joel también ha transmitido la invitación de Dios a convertirnos de todo corazón, rasgando los corazones, no las vestiduras (Jl 2,12-18).

    La Cuaresma es un tiempo para la conversión. Conversión auténtica, sincera, interior, del corazón y del alma. No puede quedarse meramente en lo externo. Es a lo que tanto Joel como el propio Jesús nos exhortan: de nada valen la limosna, la oración y el ayuno, de nada sirven la penitencia y las palabras piadosas, si realmente no queremos cambiar por dentro. Ninguna validez tienen las promesas devotas que luego no se cumplen. Hace falta arrepentimiento sincero. Con Dios no se juega: a Él no se le engaña. No podemos jugar diciendo hoy una cosa y mañana otra, cambiando de parecer ante Dios o ante los hombres según nos conviene, haciendo cálculos humanos para ver qué situación nos resulta más propicia a nuestros intereses en cada momento. Tal vez engañemos a los hombres, pero no a Dios.

    Y para que el arrepentimiento sea sincero y creíble, debe existir además verdadero propósito de la enmienda, es decir, una intención firme de corregirnos en aquello que fue nuestro pecado o en aquello que lo motivó; y, en la medida de lo posible, también debemos tener la intención firme de reparar el daño ocasionado.

    Todo esto, evidentemente, exige otra cosa más, una virtud fundamental que para San Benito es la que debe ser la virtud principal en todo monje: la humildad (RB VII). Ante Dios sólo podemos presentarnos con humildad, porque Él es nuestro Creador y, por medio de su Hijo Unigénito, nos ha hecho además ser hijos adoptivos suyos. Ante Dios no podemos reclamar nuestros derechos, como lo pretendió Lucifer y luego lo hizo Adán tentado por éste. Ante Dios no cabe, por nuestra parte, más que la mirada humilde, sencilla y sincera, la del que se reconoce pequeño y pecador, la del que mira con ojos limpios y transparentes, la del que pide perdón sin esperar nada a cambio.

    Si no lo hacemos así, echaremos en saco roto la gracia de Dios, según nos ha amonestado el Apóstol. Lo repito: a Dios no se le engaña; ni siquiera el hombre más hábil para engañar a los demás logra engañar a Dios.

    Sin embargo, si logramos en esta Cuaresma adquirir las actitudes y las virtudes que hemos señalado, no dudemos que alcanzaremos la Misericordia amorosa de Dios. Experimentaremos entonces su dulzura y su perdón. Por medio de la penitencia exterior y de la conversión interior, participando de los padecimientos de Cristo en la Pasión, participaremos después también de la gloria de su Resurrección y Ascensión (cf. RB Pról., 50). Porque la Cuaresma no se cierra en sí misma, sino que se abre a su culminación en la Pascua: es camino que nos conduce al Cielo.

    Que María Santísima nos ayude a vivir este tiempo con espíritu de conversión y de humildad.

  • 15feb

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos en Cristo Jesús: El peor mal que puede padecer el hombre es sin duda perder la conciencia del pecado. La liturgia de este domingo es un regalo del Señor abriéndonos los ojos ante el peligro tan serio que nos amenaza siempre, pero que es el mal de nuestro tiempo. Vivimos en oscuridad y confusión a pesar de que tendemos a pensar que nunca hemos sido tan lúcidos para detectar las posibles amenazas que nos envuelven. El hombre de hoy se autoengaña y piensa que los males que nos aquejan y nos hacen infelices son económicos o políticos. Pero nunca queremos enfrentarnos a la raíz del mal: nuestro pecado. Pensamos que el pecado no tiene que ver con el desarrollo de la historia.

    La lectura del Levítico, con sus prescripciones sobre la lepra, puede parecer a primera vista inadecuada para el hombre de hoy, un resto arqueológico venerable como documento histórico, pero nada más. Sin embargo, hermanos, nos ayuda a abrir nuestra mente a un nivel de comprensión más elevado: la que acepta que Dios creó todo bueno, pero que el pecado apareció en el mundo y lo tiene sojuzgado. Debemos trasladar al pecado, conforme ha hecho la tradición de la Iglesia, las minuciosas prescripciones del Levítico acerca del diagnóstico que debe emitir el sacerdote sobre la lepra y el aislamiento a que debe estar sometido el leproso para no contagiar. ¡Qué inmensos beneficios se seguirían para nuestro tiempo si aplicásemos al pecado las mismas precauciones que el Levítico aplica al leproso! ¡Qué rumbo tan diferente tomarían nuestras vidas si ante las ocasiones de pecado nos gritásemos interiormente!: “¡Impuro, impuro!”. Sin embargo, dada nuestra debilidad, jugueteamos incautamente con ellas o no acudimos a la oración para evitarlas.

    San Pablo se atreve a ponerse como modelo ante los corintios, pero enseguida dice que él sigue el ejemplo de Cristo. Si Cristo ha sufrido por nosotros, nosotros también debemos hacer la pequeña parte que nos toca sin queja ninguna, pues el Señor ya ha retirado lo que está por encima de las fuerzas de nuestra naturaleza caída en el pecado.

    En el Evangelio la lepra es vista bajo una perspectiva diferente: Jesús se acerca al leproso y hasta lo toca, en contra de las prescripciones de la ley mosaica, porque ni la enfermedad ni el pecado pueden nada contra Él. Es más, Jesucristo anuncia así con sus gestos que ha venido a salvar del peor mal, del pecado y una prueba contundente es que puede curar en un instante la lepra, enfermedad incurable hasta hace pocas décadas. Hay otro aspecto mucho más profundo en la misión salvadora del Mesías: Jesús, como el Siervo doliente de los cánticos de Isaías, llega a ser considerado un leproso en su Pasión. Y añade el profeta: “sus heridas nos han curado”. Es decir, Jesús sufre en lugar de nosotros: no nos ha ahorrado todo dolor, pero la parte mayor la ha asumido Él. ¡Cómo tendríamos que agradecerle en cada Eucaristía, que significa acción de gracias, esta parte mayor de la pena que nos corresponde por nuestros pecados!

    Nuestra parte, queridos hermanos, es confesarnos, superar la vergüenza por haber pecado y la pereza para acudir al confesor, estar vigilantes con la oración, prevenir y alejarnos de las ocasiones de pecado, ver con realismo nuestra debilidad y no desafiar al pecado orgullosamente. La súplica del leproso debería acudir a nuestros labios con simplicidad pero con plena confianza: “Si Tú quieres, puedes limpiarme”. Y también nos toca proclamar las maravillas que ha obrado Dios en nosotros: dar testimonio de tantas veces como la confesión ha supuesto para nosotros palpar la misericordia de Dios que nos fortalecido y nos ha dado paz cuando estábamos inquietos. Es decir, también debemos ayudar a los que viven en pecado y advertirles con toda caridad que no pueden comulgar hasta que el pecado desaparezca. Muchas veces se recibe por ignorancia el Señor sacramentado en un cuerpo rehén de Satanás. Ni debemos pasar de largo ni actuar con prepotencia o haciendo sufrir al que peca no por estar en pecado, sino por la forma tan falta de humildad y delicadeza como a veces se lo decimos.

    Participar de la Eucaristía es un don inmerecido, pero ya que se nos da, no dejemos de comulgar por descuido de confesarnos a tiempo ni por pereza de acudir a la Eucaristía, pues de nuestra participación en ella puede depender la conversión de muchos, incluso de vuestros propios hijos, que quizás se hayan alejado, pero que a lo mejor tampoco estamos haciendo por ellos todo lo que está en nuestras manos. Es un gran misterio, pero la salvación de muchos depende del sacrificio y oración de unos pocos.

    Por último hermanos, con este domingo se cierra la 1ª parte del tiempo ordinario, pues estamos a tres días del inicio de la Cuaresma. Aunque el próximo miércoles no es de precepto, si no recibierais la ceniza sería empezar con mal pie la Cuaresma, tiempo favorable para nuestra conversión personal, sobre todo con los 3 medios que la Iglesia nos propone: oración, ayuno y limosna. Miércoles de ceniza y Viernes Santo son los dos únicos días al año en que el ayuno obliga a una sola comida, aunque pudiendo tomar algo de alimento por la mañana y por la noche, guardando las legítimas costumbres en la cantidad y calidad de los alimentos. La abstinencia de carne no puede sustituirse por otras mortificaciones, limosnas, obras de piedad o de caridad, los viernes de Cuaresma, salvo dispensa.

    Queridos hermanos: pidamos a la Virgen del Valle que interceda ante su Hijo para que nos conceda la gracia de vivir esta Cuaresma con humildad y pobreza de espíritu, dominio de nuestros instintos y obediencia a la voluntad de Dios, esperando la Pascua con gozo de espiritual anhelo. Si en la tentación acudimos a María, Ella nos ayudará en el combate cristiano contra las fuerzas del mal. Que así sea. Y ahora pongámonos en pie para recitar la profesión de fe.

  • 02feb

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    En este día de hoy, la Iglesia ha celebrado tradicionalmente de forma conjunta tres aspectos de una misma fiesta: la Presentación del Señor en el Templo, la Purificación de la Santísima Virgen María y la Candelaria o Fiesta de Simeón, quizá lo más llamativo litúrgicamente por la procesión de las candelas. Los tres aspectos aparecen perfectamente explícitos en la lectura del Evangelio (Lc 2,22-40).

    En la Presentación del Señor y la Purificación de María contemplamos la humildad y la obediencia de Jesús y de su Santísima Madre al observar fielmente los preceptos de la Ley mosaica: todo primogénito varón hebreo debía ser redimido en el Templo a los cuarenta días de su nacimiento para quedar consagrado a Dios y la madre debía someterse al rito de la purificación (Ex 13). Jesús y María, sin necesidad de hacerlo, han querido cumplir lo que establecía la Ley.

    En esta circunstancia, el Evangelio recoge la profecía del anciano Simeón y de Ana, que estaban aguardando el advenimiento del Mesías. Simeón, en concreto, exclamó las palabras del Nunc dimittis (Lc 2,29-32): “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. Unas palabras en las que Cristo es denominado lumen Gentium, “luz de las gentes”, “luz de las naciones”, la luz que alumbra a todos los pueblos.

    En efecto, en la fiesta de hoy descubrimos a Cristo como la única luz verdadera, la luz que alumbra a todos los hombres, según Él mismo se ha presentado: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). Sólo Él puede iluminar y hacer comprender el misterio del hombre, del mundo y de Dios.

    Y también sólo Él puede ser el fundamento de la vida religiosa y consagrada, cuyo día celebramos hoy. En consecuencia, los consagrados no debemos hacer perder a Cristo la centralidad absoluta que siempre debe tener en nuestra vida, en nuestra vocación; no debemos sustituirlo por sucedáneos que al final nos harán insoportables la vida en comunidad, los votos religiosos y hasta el sentido mismo de una vida dedicada a Dios. Podemos correr el riesgo de dejarnos seducir por sucedáneos que nos lleven a buscar fuera de Dios lo que sólo en Dios podemos encontrar. A este peligro estamos sometidos todos, más aún si tenemos en cuenta que el demonio aborrece los votos religiosos y trata de arrebatar a Dios las almas enteramente consagradas a su servicio y a su amor. Por eso es fundamental que cada persona consagrada haga diariamente un examen de conciencia en el que se pregunte si el centro real de su vida sigue siendo Jesucristo o lo ha desplazado por algo humano.

    En fin, en este día debemos pedir también a Jesucristo, verdadera luz del mundo, por las vocaciones religiosas, y más concretamente en nuestro caso por las vocaciones monásticas. Hoy hacen falta jóvenes capaces de dar una respuesta generosa a la llamada de Dios, jóvenes conscientes de que sólo Dios es capaz de llenar el alma y la vida entera como nadie ni nada es capaz de hacerlo. Que María Santísima, Modelo para todos los consagrados, nos alcance de Dios esta gracia para la Iglesia.

  • 25ene

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos:

    Los evangelios de los domingos posteriores a la fiesta del Bautismo del Señor nos presentan los comienzos del ministerio de Jesús, los primeros pasos de su vida pública. Los evangelistas muestran a ese maestro que recorría los caminos de Galilea anunciando la llegada del reino de Dios, proclamando los tiempos mesiánicos, enseñando, curando enfermos, consolando afligidos. Tal vez al contemplar a ese Cristo peregrino, un autor de nuestro tiempo se atrevió a decir que «el verdadero protagonista de la historia es el Mendigo: Cristo mendigo del corazón del hombre». Esta bella imagen no la podemos separar de esta otra: «el corazón del hombre [es] mendigo de Cristo» (L. Giussani). Sí, hermanos, hemos venido a esta celebración porque nuestra alma está sedienta de verdad, sedienta de plenitud, ansía escuchar palabras de vida eterna y sabemos que sólo él, Jesús, mendigo que llama a la puerta de nuestro corazón, puede saciarnos y colmar de sentido y esperanza nuestra realidad.

    Después de haber escuchado la Palabra de Dios, me gustaría compartir con vosotros dos reflexiones que se desprenden del relato evangélico. La primera es el mensaje de Jesús: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio». La segunda es su iniciativa de llamar a unos hombres como discípulos. Ambos, mensaje y llamada, constituyen dos hechos que encierran una enseñanza profunda y positiva para nosotros.

    Jesús exhorta a la conversión. Su llamada es apremiante como la de Jonás a los ninivitas o la de san Pablo a los corintios. Se trata de cambiar completamente de orientación y de conducta; se trata también de creer, de acoger la buena noticia, que consiste en que Dios va a intervenir para nuestra salvación y nos pide eliminar todo obstáculo. A nosotros el lenguaje de la conversión nos recuerda la Cuaresma y nos produce un cierto rechazo, porque lo relacionamos en seguida con privaciones, ascesis, erradicación de vicios y pecados tan arraigados en nuestra vida. Pero, en realidad, tenemos que agradecer esta llamada, debemos dar gracias por esta exhortación al arrepentimiento y al cambio: porque Dios quiere derramar su amor sobre nosotros, quiere transformar nuestra existencia para que sea bella, fecunda y plena de alegría. El de Jesús, además, es un anuncio positivo y esperanzador. Es como si dijera: «creed que la etapa final de la historia ha comenzado con mi presencia entre vosotros». Él es el Evangelio, anuncio de una victoria que lleva a los hombres la paz y el bienestar (A. Vanhoye).

    Podríamos añadir que la conversión en la Biblia incluye al menos dos aspectos o realidades: una conversión religiosa y una conversión ética. La conversión religiosa es la decisión de poner a Dios por encima de todo. No significa llegar a ser santos en seguida, pero indica la determinación radical de situarle sobre todas las cosas y de someternos a él. Se trata de un cambio de horizontes fundamental e importantísimo: mi vida tiene en cuenta la primacía de Dios y de él dependo en todo. La conversión ética, por su parte, es la manifestación visible y externa de la anterior: consiste en la decisión de no servir a los ídolos, de no ser esclavos del dinero, del placer desordenado, del éxito o el poder. Esta conversión es un don de Dios, no es fruto únicamente de nuestro esfuerzo; es el Espíritu Santo en nosotros, es Cristo que vive y actúa en nosotros. Por tanto, la decisión consiste en aceptar la idea de someternos a la guía del Espíritu Santo y de abrazar una vida nueva según el Espíritu (C.M. Martini). Estas dimensiones de la conversión son las que difunden el reinado de Dios en nuestro entorno y en nuestra sociedad.

    El segundo aspecto que quisiera comentar es la iniciativa de Jesús que llama a los primeros discípulos inmediatamente después del anuncio de la buena noticia. Se dirige a unos hermanos que trabajaban como pescadores en el lago de Tiberíades: Simón y Andrés, Santiago y Juan. Por un lado, el esquematismo de estas escenas de vocación encierra un significado doctrinal. La síntesis de una vocación cristiana es que Jesús ve, llama y el llamado lo sigue sin condiciones (M. Iglesias). Como veis, la iniciativa es toda de Jesús; a los discípulos no se les pide que tengan unas cualidades humanas especiales, sino una obediencia pronta. San Marcos nos dice que lo dejaron todo, abandonaron todo lo que tenían y a sus seres queridos, y fueron en pos de Jesús. Su camino posterior será un seguirle y estar con él, descubriendo lo que ha hecho de ellos sin mérito por su parte, aunque exigiéndoles la disponibilidad y el desprendimiento de todo lo que poseen y han sido hasta entonces.

    Hoy Jesús, peregrino y mendigo, maestro y Señor, pasa también por nuestra vida, pasa junto a nosotros que andamos a menudo encerrados en nuestros quehaceres, cegados en nuestras ocupaciones, sin más horizonte que el terreno, con una fe pobre y adormecida… Y el Señor nos ofrece el don de ser sus discípulos; discípulos disponibles y audaces, que contagien la alegría de creer en el Evangelio, el gozo de servir en la propagación del reino de Dios. En realidad, no tienes que hacer cosas extraordinarias: basta que le escuches, que le mires, que le prestes atención, porque la vocación es una palabra que nos es dirigida, una semilla que nace y crece dentro de la relación con Dios. La vocación es aceptar un diálogo en el que yo no digo ni la primera ni la última palabra: sólo tengo que contestar.

    A los más jóvenes que participáis en esta eucaristía, os diría que una de las cosas más bellas de la vida es discernir la llamada del Señor. Sea cual sea la llamada, respondedle con prontitud y con generosidad, como hicieron los primeros discípulos, que no eran ricos, pero lo dejaron todo por él. El camino no es otro que tomar en serio la Escritura como palabra dirigida a ti. Su meditación diaria, perseverante, hace posible que Dios ilumine tu vida y la dirección que has de tomar.

    A la virgen María, primera discípula de Cristo, le suplicamos que nos ayude a alcanzar la verdadera libertad para vivir en estado de conversión y en una gratitud constante, porque la presencia de Jesús es el Evangelio capaz de dar vida al mundo.

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