• 14 Oct

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: estamos disfrutando en este momento una gracia muy especial, porque somos oyentes de la Palabra de Dios y a nuestros oídos ha llegado la Buena Noticia o el evangelio de nuestra salvación, que no tiene nada que ver con leer un periódico o libro donde se cuenta o se aprende algo. En la lectura de la Palabra de Dios bajo el influjo del Espíritu Santo se nos hace partícipes de una luz que antes no estaba en nosotros, nuestro espíritu se llena de una convicción invisible, pero que ahora creemos verdadera por la autoridad del que habla: Dios. Él nos ha creado y a pesar de nuestro pecado y nuestra rebelión contra Él, nos perdona generosamente e invita a participar de su vida divina si no solo reconocemos nuestro error, sino que damos un paso más y nos dolemos de haber menospreciado su amor y nos proponemos rectificar y vivir según sus mandamientos de vida eterna.

    Hemos pedido al Señor que perdone nuestros pecados en la procesión de entrada: “Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de Ti procede el perdón” y le hemos suplicado que su gracia nos preceda y acompañe y nos sostenga continuamente en nuestras acciones para así obrar siempre el bien. Por eso la Palabra de Dios no es información, sino diálogo y comunicación de Dios con sus hijos a través de una historia de salvación, historia viva de amor totalmente distinta de cualquier otro tipo de historia, porque se refiere a mi relación personal con las tres personas divinas, con los santos, con los ángeles y con mi prójimo.

    La primera lectura ha proclamado las maravillas de esa Sabiduría que vale mucho más que el poder y las riquezas. Por esa Sabiduría merece la pena dar todo, porque es portadora de una luz que nos hace ver mucho más allá de lo que se ve con los ojos y gustar de bienes espirituales que llenan pero no hastían ni fatigan ni los corroe la polilla ni los roban los ladrones. Esa Sabiduría se nos ha revelado que es Cristo, que no es una colección de saberes, sino una persona que perdona mis pecados, me recompensa de forma inimaginable y me libera de mis intereses egoístas.

    La lectura de Hebreos nos ha llevado a un nivel de comprensión de la Palabra que no habíamos pensado. Nos creemos justos y que todo lo hacemos muy bien. Pero cuando leemos la Palabra de Dios en apertura al Espíritu, que juzga los deseos e intenciones del corazón, quedan al descubierto nuestras miserias y en nuestra absoluta pobreza, nuestra única opción válida es arrojarnos en los brazos misericordiosos del Padre.

    En el Evangelio se nos manifiesta la figura de Jesús, Sabiduría encarnada de Dios y ante el cual se postraba la gente. Él nos propone seguirle cumpliendo los mandamientos, camino verdadero y seguro para la salvación, dejándolo todo por seguir a Jesús. Ese paso asustó al joven rico, que no quería desprenderse de sus muchas riquezas. Pero merece todo sacrificio alcanzar esa Sabiduría que es la persona misma de Jesús y la comunión con su vida divina. ¡Qué importante es que haya católicos que pongan toda su vida en manos de Jesús, en pobreza, castidad y obediencia, para atraer y facilitar a otros encontrarse con Él y asegurar la salvación propia y ajena! No es un mandamiento exigible para todos, sino un consejo para los que se comprometen con Jesús a entregar su vida por el Evangelio. Ese es el sentido y la incomparable belleza de la vida consagrada. Dedicarse a la oración es ya una predicación para el pueblo de Dios, que ve cómo todo en la vida es pasajero y solo es necesario vivir en comunión con Dios en la tierra para vivir en dicha comunión eternamente en el cielo. El que no ame a Dios en esta vida, tampoco lo amará en la futura.

    Para llevar a buen puerto este santo propósito, acudamos a nuestra Madre del cielo con el S. Rosario. Como muchos ya sabéis, en la fiesta de S. Miguel Arcángel, el Papa Francisco invitó a los fieles de todo el mundo a rezar el S. Rosario cada día del mes mariano de octubre y a unirse así en comunión y penitencia para pedir a la Santa Madre de Dios y a S. Miguel Arcángel que protejan a la Iglesia del diablo. El Santo Padre invita a terminar el S. Rosario con Sub tuum praesidium (“Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh, siempre virgen, gloriosa y bendita!”) y con la oración de León XIII a S. Miguel Arcángel, que recitaremos al acabar esta eucaristía. Esa abadía os invita a rezar el S. Rosario, con el que podéis ganar indulgencia plenaria, los domingos a las 10.30 en esta basílica.

    Por último, muchos de los presentes nos habéis preguntado cómo ayudar a esta comunidad en la actual situación, que todos conocéis. Vuestra mejor ayuda sin ninguna duda es vuestra oración por los monjes: rezad para que todos los miembros de esta comunidad sigamos a los santos monjes y seamos hijos fieles de S. Benito. No podemos desanimarnos ni lo más mínimo por la tormenta desatada sobre este lugar. La receta infalible contra el desaliento es más oración y más sacrificio, por lo que esta comunidad os invita a la adoración eucarística de hoy en la capilla del Stmo. de 13.45-16.45. Todo lo que no sea oración y sacrificio son cataplasmas ineficaces con las que Satanás nos entretiene. Pidamos a la Virgen del Valle que interceda ante su Hijo para cumplir con su gracia este santo propósito. Contamos para ello con los nuevos santos, S. Pablo VI y S. Óscar Romero. Que así sea.

  • 30 Sep

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Queridos hermanos en N. S. Jesucristo: El Señor nos dice que su Palabra permanece para siempre. Con esta convicción hemos escuchado y queremos escuchar cada día la Palabra ante la cual nos confrontamos, pero la Palabra de Nuestro Amado Señor también es guía, la que nos señala el camino entre tantos caminos que llevan a la desesperación y la nada, la que ilumina nuestras oscuridades y contradicciones, la que nos reprocha, exhorta y consuela. Es increíble hasta donde llega su acción vivificante. Un poco de todo esto nos encontramos en las lecturas de hoy.

    Lo primero ha sido escuchar ese relato de la travesía del incipiente pueblo de Dios, forjado en el desierto entre Egipto y la tierra que Dios quiso darles como heredad. En la larga estancia en el desierto capitaneados por Moisés e instruidos por Dios, recibe Moisés la orden de nombrar a setenta ancianos para que le ayuden en su tarea de juez. Pero antes se reunieron y los que no acudieron a la reunión, también recibieron el Espíritu porque habían sido elegidos.

    El Espíritu sopla por donde quiere y el hombre no debe pretender limitar su acción justificándolo con cualquier excusa. Este principio de la trascendenciadeDiossupone que el hombre no puede juzgar a Dios. Debe conocerlo para amarlo. Debe meditar lo grande que es Dios y lo pequeño q es el hombre, y lo fácil que resulta al hombre equivocarse con respecto a Dios en sus especulaciones y cómo siempre debe estar precavido para no deformar con sus pensamientos la verdad sobria y perfecta que nos transmite la Sagrada Escritura.

    El Espíritu Santo en sus obras no es comparable con las pretensiones humanas de valerse por sí mismo y creerse que para eso le ha dado Dios fuerza, para que busque las soluciones a todo por sí, fiándose de sus capacidades.

    Tanto en la primera lectura como en el Evangelio se nos refieren dos actuaciones o juicios de los hombres, equivocados con respecto al obrar divino, y eso que tanto Josué como el apóstol San Juan eran unos elegidos de Dios. Hoy día se da esto muy a menudo y es necesario referirse a ello. Hay modaseclesiales o maneras de actuar en una determinada etapa de la historia de la Iglesia introducidas contra las normas vigentes, que por estar muy extendidas y no encontrar apenas oposición se dan por buenas. Así ha ocurrido en la etapa postconciliar con respecto a la Eucaristía. Un determinado sector del clero con pretensiones de renovar la vieja Iglesia, carente de atractivo para las nuevas generaciones, según ellos, se empeñó en introducir la costumbre de comulgar en la mano. La pretendida justificación provenía de que en la Iglesia primitiva, según su sesgada interpretación de los hechos, se comulgaba en la mano. Se omitió contar cómo la Iglesia abandonó enseguida esta práctica, no bien documentada ni generalizada como quieren suponer sus partidarios, porque se vio que de esa forma no se podía asegurar el respeto debido al Sacramento, ni la caída y consiguiente profanación de las partículas que quedan adheridas en la palma y los dedos de quien toma la sagrada forma. Hoy día se poseen medios técnicos de comprobar que hay partículas que no se aprecian a simple vista. Y se comprueba que esas partículas quedan en los dedos y palma de la mano de quien así toma la comunión. Y no sólo eso, sino que al comulgar de pie se olvida uno de los requisitos que se requieren para sustituir el comulgar de rodillas por el comulgar de pie: que es hacer un signo de adoración antes de comulgar, bien sea por medio de una genuflexión previa o, al menos, por una inclinación de cabeza. El resultado de tan renovadora moda eclesial ha sido que por la comunión de pie y en la mano se ha logrado que los fieles se olviden de hacer la adoración previa y que se pisen las partículas que caen al suelo profanando la Eucaristía, pues las partículas que quedan en las manos acaban en el suelo o en cualquier cloaca al lavarse. Y me vais a perdonar, hermanos, si añado que por esta supresión del gesto de reverencia y por la profanación material hemos abierto la puerta al sacrilegio espiritual de comulgar en pecado grave sin previa confesión. Pues cuando se deja de adorar como es debido al Señor toda profanación es posible, y a veces pasa desapercibida al cristiano,pero llega inclusoa mirar a otro lado ante tales sacrilegios materiales.

    Pues así como tuvo que corregir Moisés a Josué y Jesús a Juan por unas objeciones humanas, no carentes de una cierta lógica, hoy con mucha más razón y vehemencia profética tendría que acallar el Señor a estos “renovadores de la vieja Iglesia” que corrigen airados a los fieles que comulgan de rodillas y en la boca: “¿Cómo pretendéis que apruebe vuestro proceder en contra de las normas de la Iglesia, vosotros que priváis de libertad a los fieles obligando a comulgar de pie y en la mano –cosas estas que tan solo están permitidas y toleradas contra la santa costumbre milenaria de comulgar de rodillas y en la boca?”

    La Eucaristía, lo ha expresado muy bien el concilio Vaticano II, es “la fuente y el culmen de la vida cristiana”. Pero ¿de qué sirve tan rotunda declaración de principios si después en la práctica estamos haciendo lo contrario, y no nos esforzamos en poner remedio una vez que nos hemos percatado de que esta moda eclesial ha debilitado la fe en la presencia real de Cristoen la Eucaristía y ha hecho caer vertiginosamente la asistencia a la Misa dominical?

    No hay más remedio que recomendar encarecidamente que se comulgue de rodillas, excepto en caso de imposibilidad física, y en la boca para ayudarnos a no cometer sacrilegios materiales y espirituales, que bastante ofendido está el Señor por los que no creen, para que seamos, los que queremos serle fieles, los primeros en hacerlo por secundar una moda eclesial fruto del humo de Satanás, del que dijo el beato Pablo VI se había introducido en la Iglesia.

    No puedo menos de hacerme eco de la invitación que ha hecho el Santo Padre a toda la Iglesia de que en este mes de octubre todos los fieles recemos el Santo Rosario todos los días para unirnos en comunión y penitencia, como pueblo de Dios, para pedir a la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, y a san Miguel Arcángel que protejan a la Iglesia del diablo, que siempre pretende separarnos de Dios y entre nosotros, invitándonos a terminar el rezo del Santo Rosario con la antigua invocación “Sub tuum praesidium”, “Bajo tu amparo” en español, y con la oración a San Miguel Arcángel, que protege y ayuda en la lucha contra el mal.El Papa muy discretamente no dice más en su llamamiento, pero cualquiera que esté mínimamente informado de las últimas noticias de la Iglesia sabe que tiene que estar pasando un calvario,pues los ataques los ataques a su persona hacen zozobrar la barca de Pedro. El peligro de cisma se hace cada vez más próximo y no sólo hemos de rezar, sino ayunar y hacer penitencia.

  • 14 Sep

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Cuando el libro del Génesis narra el relato del pecado original (Gn 3), centra su localización en un árbol dentro del Edén, el árbol de la ciencia del bien y del mal, él único de cuyo fruto Dios había prohibido al hombre que comiese (Gn 2,15-17). Allí tiene lugar la tentación de Satanás. De este modo, la caída del hombre se identifica con un árbol que se convierte en árbol de muerte por la acción seductora y embustera del demonio.

    ¿Cuál es la motivación del demonio? No es otra que la actitud de rebeldía contra Dios y de envidia frente al hombre (cf. Sab 2,23-24), nacida de la soberbia que le llevó a levantarse contra Dios para ser como Él y porque no podía admitir que, en sus designios de amor al hombre, el Hijo de Dios fuera a encarnarse y asumir la naturaleza humana. Para Lucifer, el ángel más hermoso, resultaba inaceptable que la naturaleza humana, inferior por sí misma a la angélica, fuera a ser ensalzada mediante la Encarnación del Verbo de Dios.

    La Creación entera y el hombre en particular, obras buenas salidas de las manos del Buen Dios, fueron inoculados así por Satanás con el veneno del pecado y del odio, en que vive él permanentemente. Para quienes no vivimos de odio porque el odio está ausente en nuestro interior, nos resulta muy difícil describir cómo es. Por eso, nos tenemos que remitir simplemente a describirlo conforme a los rasgos externos que podemos observar en quienes viven inmersos en él. Debemos rezar por ellos, pues en realidad son dignos de la mayor compasión.

    El odio, como la envidia, es una enfermedad del alma de origen diabólico que, como un gusano, corroe permanentemente el interior de quien la padece. Impide vivir en paz y ser feliz, porque únicamente aspira a la eliminación o la humillación del adversario, aunque sea infamando su memoria incluso mucho después de que haya desaparecido físicamente y no reconociendo absolutamente nada bueno en él. Produce una continua insatisfacción, pues sólo se goza en la falsa y efímera alegría de disfrutar con el sufrimiento del adversario, a quien se ve como la única causa de los propios males. El odio destruye interiormente a quien lo sufre e impide la paz social. Nace, en último extremo, de la envidia de Satanás al hombre y él lo siembra entre los hombres para que se destruyan unos a otros. Una sociedad envenenada con el odio sólo puede caminar hacia su autodestrucción si no se sale del círculo vicioso de ese odio que, en vez de disminuir, lamentablemente crece de forma continua, porque es un fuego que no se apaga más que con el agua salutífera del amor y del perdón.

    Satanás se valió de un árbol para sembrar la soberbia, la envidia y el odio en la tierra. Pero Jesucristo, el Verbo de Dios humanado que ha venido a reconciliar al hombre y a la Creación entera con Dios, ha llevado a cabo su obra redentora con la máxima perfección posible y se ha valido de otro árbol para ella: el árbol de la Cruz.

    La Cruz, signo de muerte y de ignominia en el mundo antiguo, se ha convertido en el árbol de la Redención, de la Vida y del Amor, porque Jesucristo, como verdadero Dios, es la Vida y el Amor. Ya en el Paraíso, según dice el Génesis, estaba el árbol de la vida (Gn 2,9) como signo del definitivo, que es la Cruz de Jesucristo. San Buenaventura elaboró desde esta imagen un opúsculo que tituló precisamente El árbol de la vida (Lignum vitae), degustando doce frutos acerca del misterio de Jesús.

    Este árbol de la Vida y del Amor que es la Cruz de Cristo nos revela las entrañas más profundas del amor de Dios, como hemos escuchado al mismo Jesús en el Evangelio (Jn 3,13-17): “Tanto amó Dios al mundo, que entregó su Unigénito para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”.

    La Cruz, por tanto, es el árbol del amor, frente al árbol del odio de Satanás. Y lo es del amor en su vertiente suprema, es decir, la caridad, el mismo amor de Dios, que de Dios nace como fuente y a Él retorna como su meta, porque Dios es Amor (1Jn 4,8.16). Los brazos de la Cruz nos recuerdan los brazos abiertos de Cristo, brazos de amor y de perdón que a todos se extienden. Por eso aquí, en el Valle de los Caídos, rezamos por todos, por los que en nuestra guerra murieron en uno o en otro bando y que están enterrados en esta Basílica o en otros lugares de España.

    La construcción de una sociedad con viabilidad de futuro sólo puede encontrarse en el verdadero espíritu de reconciliación, y no hay otro posible para el hombre que el amor de Jesucristo, subido a la Cruz por amor, perdonando a sus verdugos desde ella y muerto y resucitado para nuestra salvación. Ése fue el perdón con el que tantos mártires murieron por amor a Cristo, entre ellos algunos de los Beatos cuyas reliquias conservamos en nuestra Basílica, como el pasionista Juan Pedro de San Antonio, de 46 años, quien dijo a la dueña de la pensión en la que estaba hospedado junto con el Beato Pablo María de San José: “Si alguno nos saca para fusilarnos, os pedimos que a nadie guardéis odio o rencor por el mal que piensan hacernos. El Señor lo permite así para nuestra santificación”. También es el caso del Beato José Gómez Matarín, párroco de Íllar (Almería), quien, justo antes de ser asesinado, se giró hacia sus verdugos y les dijo: “No sabéis lo que hacéis, permitid que os bendiga”. O el caso del Beato Enrique López Ruiz, joven párroco de Nacimiento, también en Almería, que a sus 35 años dijo semejantes palabras a quienes le iban a dar muerte. El párroco de Sorbas (Almería), Beato Fernando González Ros, tras recibir varios tiros de sus verdugos, dijo a éstos: “Que Dios me perdone como yo os perdono”. Y el Beato Antonio Martínez López, párroco de Serón (Almería), con 45 años, quiso igualmente bendecir a sus verdugos, cuya respuesta fue golpearle el brazo hasta fracturárselo.

    Que la Santísima Virgen María, que permaneció al pie de la Cruz y ejerce su Patrocinio sobre este lugar sagrado como Nuestra Señora del Valle, nos lleve siempre a orar por quienes nos odian, pidiendo a su Hijo que nos conceda, como Él lo hizo, saber amarles por encima de su odio, perdonarles por encima de sus deseos de venganza y querer su bien por encima del mal que nos puedan desear.

  • 9 Sep

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: Es el Señor quien os traído aquí a su celebración de su misterio pascual de la muerte y resurrección celebradas sacramentalmente en esta Eucaristía. Este es un tiempo de gracia en nuestras vidas. Como tal lo hemos de vivir. Con agradecimiento y admiración por esta y tantísimas intervenciones de gracia que Dios ha tenido en nuestras vidas. La agracia de Dios rara vez actúa de un modo sensible. Pero considerando nuestra vida en la oración advertimos cómo Dios nos ha hecho conscientes de que hemos sido favorecidos en muchos momentos de la vida por Él. Este es uno de esos toques de gracia. Aprovechemos este paso de Dios por nuestra vida. Esta pascua de salvación.

    ¿Y cómo sabemos que esto está sucediendo así? Porque nos hemos congregado en su Nombre. No debemos decir rutinariamente al principio de nuestras tareas “En el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” Pero todavía menos debemos dejarnos arrastrar por la rutina si lo hacemos presididos por los sacerdotes en la Santa Misa. Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo dan mucha importancia a esta y a todas las oraciones que dice el sacerdote ordenado para ser otro Cristo, para representarle a Él.

    Una parte fundamental de la Eucaristía es la proclamación de la Palabra de Dios. Un sacerdote ha portado el Libro Evangeliario en la procesión para honrar y agradecer a Dios que se digna hablarnos con palabras dirigidas a cada uno en particular cuando es proclamada su Palabra en la liturgia. Otra intervención de Dios en nosotros.

    El Señor ha querido recordarnos a través del profeta Isaías, que si Israel fue castigado por apartarse de Dios, la promesa de amor, que es la Alianza de Dios con su pueblo, va a tener un colofón grandioso cuando Dios restaure todas las cosas en Cristo. Es lo que pedimos en cada Eucaristía: ¡Ven, Señor Jesús! En el tiempo de Adviento nos atrevemos a instarle al Señor con mayor premura: ¡Ven, Señor, y no tardes más! ¿Sabemos lo que eso significa? Me temo que no todos. Pero para eso está la predicación, no para dar lecciones de teología, sino para disponer el corazón a recibir el mensaje de salvación que nos dirige el Señor en cada lectura. Hemos escuchado: “He aquí a vuestro Dios, llega el desquite, la retribución de Dios./ Viene en persona, y os salvará.” Venir en persona se refiere a la segunda venida o Parusía a hacer el “Juicio de las naciones” que confesamos en el Credo: “Y de nuevo vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos”. Dios tiene previsto por el Espíritu Santo convencer al mundo de sus pecados (Jn 16,8), lo cual significa que nos hará vernos ante Él para dar cuenta de nuestra vida antes de morir si su venida sucede antes. No sabemos el día y la hora en que volverá, pero las señales que nos ha dado de su segunda venida ya se han cumplido, luego tenemos que estar preparados, viviendo en gracia constantemente. No podemos aplazar nuestra confesión hasta el día en que nos apetezca, o cuando nosotros barruntemos que se acerca el Señor. Porque su venida será por sorpresa para el que no está preparado. Para el que no está con la lámpara encendida de la vida en gracia será semejante a un ladrón que viene cuando sabe que estás descuidado.

    Vuestra visita a este lugar sagrado os la habéis planteado quizás como llevaros un recuerdo o una foto cuando los guías están mirando a otra parte o atendiendo a las preguntas de algún visitante. San Agustín decía con respecto a lo que solemos hacer por los difuntos: “Las flores se marchitan, las lágrimas se evaporan, pero la oración permanece”, es decir, la oración es lo único que tiene una trascendencia que no pasa como anécdota pasajera y trivial. Es importante que veáis cómo el Señor os ha inclinado a venir aquí sin daros cuenta, pero para tener un encuentro con Él, en la Eucaristía, en la confesión, en la adoración silenciosa ante el Sagrario o ante el Santísimo expuesto a la adoración de los fieles. En este santuario lo venimos haciendo este verano de 2 a 5 de la tarde con el fin de rogar por la reconciliación de los españoles por su conversión y para que este lugar sea preservado como lugar de culto. Aquí se conservan las reliquias de al menos 54 mártires que están esperando que les invoquemos para derramar las gracias que obtienen de Dios por estar aquí enterrados. Todos deseamos el bien de España y la convivencia pacífica, además de llegar a la eterna bienaventuranza. Pero si ahora no amamos a Dios, no le damos gloria celebrando sus sacramentos y alabándole con los actos de culto, tampoco lo haremos en el cielo ni tendremos la protección de Dios aquí en la tierra. Hagamos la prueba: démosle gloria a Dios y veremos cómo el Señor nos escucha. También se puede rogar por las intenciones dichas fuera de este lugar. Pero es importante ese encuentro personal con el Señor insustituible. Todos nos tenemos que convertir. Todos somos pecadores y tenemos que acercarnos a la fuente de la gracia.

    Hermano que estás hoy aquí presente, cómo decirte que debes contemplar este Cristo que está ante tu vista acordándote de que su Corazón no sólo lo rompió la lanza del centurión, sino sobre todo tu desamor, tu ingratitud, tu falta de fe en tu Salvador. El Señor no sólo está ante ti ahora, sino día y noche donde quiera que te encuentres tratando de conquistar tu amor, de atraer tu mirada a su dolor, a su Sangre vertida por ti, pero miras a otros dioses, dioses de barro y arcilla que se romperán y nunca acudirán a tu llamada de auxilio y nunca borrarán con su solo amor todo el dolor y angustia de tu corazón. No prestas atención a sus advertencias de amor y las cosas de este mundo te atraparán y tellevarán al infierno si tú no atiendes a su llamada. Tu madre del cielo espera igualmente que la mires para ayudarte a darte cuenta que te acosa el enemigo de tu salvación y no te das cuenta. Despierta. No aplaces tu confesión, tu encuentro con el Señor. Dios te ofrece todas la hermosuras del cielo, porque eres su hijo y tú te empeñas en estar sólo en el horror del mundo en compañía de las tinieblas. Viene a reinar tu Salvador y no te dispones a recibirlo en gracia en la comunión, a hacerle compañía en la oración, a encomendarle tus necesidades y a pedir la conversión de tu familia.

    El Evangelio cuenta cómo los enfermos acudían al Señor y no paraban de alabarle, aunque se lo prohibía. Nosotros que podemos ser curados hoy aquí nos entretenemos en sacar fotos que van a ser recuerdo ¿de qué? ¿De que le dimos la espalada al Señor?, ¿de que no quisimos recibir su gracia?, ¿de que no nos interesaba la vida eterna que nos ofrecía?

    Hemos leído un breve pasaje del Apóstol Santiago (2,1-5), pero sería interesante leerla en casa entera. En especial llamo la atención sobre el capítulo 3. ¡Cuántos pecados debidos a la lengua! Jesús nos insta en el Evangelio(Mt 5,21-26) a que no nos irritemos contra el hermano, y la grave pena que eso produce. Pues bien, estas semanas se ha difundido la noticia de que el Papa Francisco ha reducido su penitencia a un Cardenal acusado de delitos graves por aprobar y enseñar a los candidatos al sacerdocio que las relaciones homosexuales no serían pecaminosas.

    No nos engañemos. No somos tan ingenuos como para no admitir que se pudiera dar algo reprobable en la conducta del Papa. Pero comentarios que están circulando tan llenos de injusticia y animadversión dejan bien a las claras que es un ataque del enemigo contra la cabeza visible de la Iglesia: “Heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas” (Mt 26,31). Y nuestro deber es aunar nuestras oraciones como leemos en Hch 12,15 a propósito de Pedro. La oración de todos los fieles le libró de la cárcel. Dios nos libre de caer en la trampa de que se trata de simples comentarios olvidándonos de la dura condena que hace Jesús de estas críticas nefastas. Pongamos la oración por el Papa entre nuestras prioridades. Eso es hacer Iglesia. Gracias.

  • 19 Aug

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: las lecturas hoy proclamadas nos invitan a meditar sobre la Eucaristía, por desgracia hoy tan olvidada por demasiados católicos. Nuestra situación actual se parece mucho a la de Israel, que se alejó de Dios y se volvió a sus ídolos, a pesar de los avisos de los profetas. Esta situación culminó en la Pasión del Señor, cuando el pueblo escogido, instigado por el demonio, gritó: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”.

    Los católicos nos lamentamos de carecer de recursos humanos, como si Dios necesitara un poderoso ejército o un imperio de medios de comunicación, que en su mayoría manipulan la información para convertirla en munición contra la Iglesia Católica. A Dios le basta el resto de Israel, un puñado de fieles que no carezcan de nada porque de verdad le busquen a Él en cualquier estado de vida. Lo triste es que por mucho que Él los busca, no los encuentra. Sta. Clara, que celebramos hace días, religiosa muy frágil y debilitada por la enfermedad y el sacrificio, puso en fuga al ejército musulmán que subía las escaleras de su convento con intención de arrasarlo, con la única arma de una custodia con el Señor sacramentado.

    Estamos a años luz de comprender el significado de la Eucaristía para los santos. Ellos volvían del banquete eucarístico con el rostro transfigurado, como Moisés cuando venía de hablar con Dios y sacaban de él la fuerza para afrontar las contrariedades de la vida con ánimo alegre. Para algunos incluso, por gracias especiales, el pan vivo bajado del cielo era delicioso alimento espiritual y también el único material, cumpliendo así al pie de la letra las palabras de Jesús: “el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”.

    Jesús sacramentado es todo un caballero que nos invita a aprovechar la ocasión, porque vienen días malos, pero siempre respeta nuestra libertad. Él se inmola día y noche por nosotros en el sagrario, donde nos espera constantemente para alimentar nuestra alma con su Cuerpo y Sangre divinos y los católicos nos excusamos de su invitación a participar en su mesa o incluso respondemos con desprecio o indiferencia. ¿No será que no le amamos en todo y sobre todas las cosas sino que en el fondo anhelamos cualquier otro banquete y que por eso el eucarístico no atrae a todos nuestros hermanos los hombres? Pensad por un momento cómo devoramos ansiosos el móvil en busca del último video o chiste libertino, sin que nadie corte esa borrachera de insensatez y consumimos noticias con avidez, tanta más cuanto más subidos de tono sean los titulares, pero no siempre dedicamos ni unos minutos al día para dar gracias por todo a nuestro Padre del cielo, que nunca nos abandonará.

    Queridos hermanos: con media hora diaria de oración ante el Stmo. podemos ganar indulgencia plenaria, aplicable por uno mismo o por un ánima del purgatorio, alma que rogará por nosotros hasta que por la gracia de Dios, merezcamos participar de su gloria en el cielo. Ganamos dicha indulgencia si además excluimos todo afecto al pecado, oramos por las intenciones del Papa, comulgamos y recibimos la absolución individual. Si el Señor ahora mismo infunde la ternura de su amor en vuestro corazón, descargad en él todo vuestro agobio, no lo dejéis para mañana: sed valientes y confesaos ya mismo, sin esperar a que acabe esta eucaristía, porque ese es el primer requisito para comulgar en gracia de Dios. Como dice el himno eucarístico que se cantará hoy en vísperas, “He aquí el pan de los ángeles, hecho viático nuestro; verdadero pan de los hijos, no lo echemos a los perros”. Aunque nos privemos del “pan que ha bajado del cielo” y de las infinitas gracias de una comunión bien recibida, no dejemos que nos engañe el diablo una vez más: no debemos comulgar sin haber examinado nuestra conciencia ni en pecado grave.

    Queridos hermanos: desde hoy no dejemos pasar ni un día sin comulgar en gracia de Dios, sin visitar el Stmo. o al menos sin la comunión espiritual. Digamos por ejemplo: “Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza humildad y devoción con que os recibió vuestra Stma. Madre, con el espíritu y fervor de los santos”. Pidamos a nuestro Padre Dios, que nos ha creado con amor infinito y nos ofrece la vida eterna, anhelar ese encuentro íntimo con Él, sin el que jamás gustaremos ni veremos qué bueno es el Señor ni experimentaremos la alegría incomparable de sentirnos hijos suyos.

    No estemos aturdidos sin darnos cuenta de lo que el Señor quiere: si pasamos días enteros durante semanas para tostar nuestro cuerpo con los rayos del sol, dediquemos al menos unos minutos al día para broncearnos ante el Stmo., nuestro mayor tesoro. No nos acabamos de creer que las promesas divinas superan todo deseo y que el Señor nunca se deja ganar en generosidad. El día del Juicio Final, ya tarde, nos daremos cuenta de que nuestra oración personal, que para demasiados católicos por desgracia es una beatería del todo inútil, fue el tiempo mejor aprovechado, para nuestra propia salvación y la de todos nuestros hermanos los hombres.

    Precisamente hoy esta comunidad benedictina os invita a la adoración eucarística en la Capilla del Stmo., que se expondrá al acabar la S. Misa de 1, sobre las 13:40 y se reservará antes de la de 17:30. Será un acto exclusivamente religioso, solicitando la poderosa intercesión de los al menos 54 beatos mártires cuyas reliquias custodiamos en esta basílica y de otros muchos caídos que D.m. en los próximos años serán beatificados y cuyos restos reposan en el inmenso relicario que es esta basílica menor. Gracias de antemano por vuestra participación. Pidamos a la Virgen del Valle, nuestra madre, que interceda ante su Hijo para que nos conceda la gracia de dejarnos llenar por el Espíritu, anticipo de las que, por la misericordia de Dios, gustaremos en el cielo. Que así sea.

  • 15 Aug

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El dogma de la Asunción de la Virgen fue definido por el Venerable Pío XII en 1950, al afirmar que María Santísima fue elevada en cuerpo y alma a los Cielos por los ángeles (Munificentissimus Deus, nn. 3, 8 y 15-16). La Tradición de la Iglesia ha contemplado siempre a María como la “figura portentosa en el cielo”, la “mujer vestida del sol, con la luna por pedestal, coronada con doce estrellas”, según se nos ha dicho en la lectura del Apocalipsis (Ap 12,1). En Occidente pero especialmente entre los cristianos orientales, se venera también este misterio como la “Dormición” o el “Tránsito” de María.

    Por haber compartido la vida y la misión redentora de su Hijo, era conveniente que Ella fuera asociada a la gloria de Jesucristo resucitado y reinante en el Cielo. Eso fue lo que reconoció Pío XII cuando proclamó el dogma de la Asunción y a los cuatro años instituyó la fiesta de la Realeza de María, que celebraremos dentro de una semana. En la segunda lectura, (1Cor 15,20-26), San Pablo nos ha dicho que Cristo ha resucitado el primero de todos, como primicia de la resurrección de los cuerpos y garantía de la inmortalidad del alma. María, ciertamente, ha sido la primera en compartir esta misma realidad. Y así, María, viene siendo felicitada por todas las generaciones, pues el Poderoso ha hecho obras grandes en Ella, su humilde esclava, como hemos escuchado en el Evangelio (Lc 1,39-56).

    La Asunción de María a los Cielos y su Coronación como Reina y Señora de todo lo creado es su exaltación gloriosa y el culmen de todos los privilegios que ha recibido por su Maternidad divina, es decir, por haber sido escogida por Dios desde la eternidad para ser la Madre de su Hijo.

    Pero, al igual que su Hijo Jesucristo, a cuyo misterio está asociado plenamente el de María, el camino hacia esa exaltación ha sido un camino de abajamiento y de humildad, de pequeñez y de sencillez. De hecho, Ella se ha definido a sí misma como “la esclava del Señor” (Lc 1,38).

    Como explica San Pablo en el capítulo segundo de la carta a los Filipenses, Jesucristo asumió un camino de anonadamiento, de abajamiento, de despojamiento, de humillación, de lo que en griego la teología conoce como la kénosis (Flp 2,5-11): sin perder su condición divina, sin embargo se anonadó y se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo y asumiendo la naturaleza humana por la Encarnación, obrada por el Espíritu Santo en el seno de María Virgen. Y en esta condición de hombre, y reconocido por nosotros como tal, también se humilló a sí mismo y quiso obedecer al Padre celestial hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso el Padre lo exaltó después sobre todo y se le debe la máxima adoración universal, de tal modo que “Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”.

    María, al igual que su Hijo, ha abrazado el mismo camino de anonadamiento y de humildad, por el cual ha sido al final exaltada por el Dios uno y trino. Habiendo sido elegida por Dios desde la eternidad para la vocación más elevada a la que podía ser llamado un ser humano, se declaró a sí misma como “la esclava del Señor” y vivió en lo escondido de una casa de Nazaret, un lugar menospreciado entre los antiguos judíos. Allí, en lo oculto de su oración en una habitacioncilla de la casa, fue visitada por el arcángel San Gabriel para anunciarle que en su seno iba a encarnarse el Hijo de Dios: allí, en el silencio y en lo más desapercibido, Dios quiso obrar en María, con María y por María el inicio de nuestra Redención.

    María vivió un auténtico anonadamiento, un querer reducirse a la nada ante el todo inmenso e infinito de Dios, como “la esclava del Señor”, sometiéndose a la prueba de poder ser difamada por quedar embarazada antes de vivir en la plenitud del matrimonio con San José. Vivió su anonadamiento, su abajamiento y humillación, su despojamiento de sí misma, por su entrega absoluta a la voluntad de Dios, en obediencia fiel al Padre celestial y dándose de lleno a su Hijo bajo la guía del Espíritu Santo, teniendo que sufrir la falta de acogida en Belén y habiendo de dar a luz en las condiciones de la mayor pobreza. Vivió este anonadamiento afrontando el exilio a Egipto hasta la muerte de Herodes el Grande para salvar la vida de Jesús. Vivió su anonadamiento en una vida escondida y sencilla en Nazaret. Sufrió la viudedad a la muerte de José y vivió su despojamiento cuando quedó sola al dejar Jesús la casa paterna para iniciar la predicación del Reino de Dios. Pero, sobre todo, María, en obediencia a la voluntad divina, vivió su anonadamiento en la Pasión y la Muerte de Cristo, donde, permaneciendo fielmente a los pies de la Cruz, tuvo que soportar los insultos y menosprecios que a Él se dirigían y compartió en lo más profundo de su Inmaculado Corazón los golpes, los clavos y la lanzada que hicieron derramar sobre nosotros la Sangre que nos trajo la salvación.

    Sin embargo, precisamente porque María vivió este anonadamiento a imitación de su Hijo y por estar su vida estrechamente unida a la de Él, fue finalmente ensalzada, gozándose de su Resurrección y de su gloria, siendo elevada a los Cielos en cuerpo y alma para ser allí coronada como Reina por la Santísima Trinidad por los siglos de los siglos.

    Hermanos: en nuestra vida, y quizá al menos en algún momento de ella, habremos de experimentar el anonadamiento y despojamiento de uno mismo. Será una fase fundamental en nuestro crecimiento espiritual y el punto de inflexión en nuestro camino hacia Dios. Esa purificación interior, ese crucificarnos con Cristo y adentrarnos en el misterio de su kénosis, esa noche que habremos de atravesar en el camino de una fe que no ve pero cree, espera y ama, sólo podremos vivirla y superarla con éxito si descubrimos que Jesús y María nos han dado el ejemplo para no desfallecer y poder proseguir. Será necesario, por lo tanto, hacer lo que han hecho entonces los santos: agarrarnos de la mano de Jesús y de María, abrazarnos a Él en la Cruz y acogernos a los brazos maternales de Ella al pie del Calvario, para al final poder ser también nosotros premiados por Dios y ser exaltados a la gloria celestial, a la dicha eterna sin fin, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y con María asunta a los Cielos y Reina.

  • 24 Jul

    P. D. Anselmo Álvarez

  • Cada vez que celebramos esta fiesta del Apóstol Santiago nuestra imaginación se remonta ante todo al pasado: a la tradición de su presencia en España, a la aparición de la Virgen que le visitó en Zaragoza para animarle ante el escaso fruto de su evangelización en estas tierras. Lo que no dice la tradición es si aquella decepción se refería sólo al desinterés de aquellos celtíberos, o también a la premonición sobre la deserción de los actuales ante aquel mensaje del Evangelio.

    Santiago nos dejó la siembra y las raíces de lo que fue el constitutivo esencial de lo que más tarde sería España. Porque todo lo que hemos sido y hecho de más importante bajo la condición de españoles lo hemos identificado, tanto nosotros mismos, como desde fuera de nuestras fronteras, con la adhesión a Cristo, a su fe y a su Evangelio. Ellos han sido nuestra inspiración permanente, aunque con las inevitables limitaciones humanas.

    Esta festividad y todo lo que evoca nos invita a reflexionar sobre el momento actual de aquella predicación que nos engendró para el Evangelio y que inspiraría con el tiempo lo más significativo de nuestra trayectoria histórica.

    Una Nación no es sólo el conjunto de sus habitantes, de sus hechos históricos o de su cultura. Una nación, lo mismo que una persona, es ante todo su alma, su espíritu, sus valores sustanciales, lo que define la línea más profunda sobre la que se han sustentado el vivir de las sucesivas generaciones, lo que ha alimentado las convicciones más profundas de sus individuos y de sus comunidades. Son aquellas afirmaciones básicas en las que ha creído y a las que servido, y sobre las que ha constituido la base de su estructura fundamental.

    Lo que hoy está en juego para nosotros es que España pueda seguir siendo ella misma cuando la estructura básica de sus instituciones y ciudadanos ha sido sustituida por realidades antagónicas.

    La ruptura, en España, con casi todo lo que nos ha venido dando una identidad común dentro de una diversidad secundaria, se volverá contra nosotros. Dejaremos de reconocernos un pueblo común y todo lo que hemos sido y hecho en su nombre: los sacrificios y las grandezas, la riqueza sencilla de la vida cotidiana y las acciones históricas más significativas. España será entonces el nombre de una realidad pasada. Porque ya no habrá una tierra que nos transmita una savia colectiva.

    Entonces tendremos, tal vez, la amistad de los poderes de este mundo, por los que nos hemos dejado empujar hacia esa catástrofe moral. Y tendremos el aplauso de esa modernidad, demoledora de todos los auténticos valores humanos. Pero no tendremos la de Dios. Y si no es Dios quien inspira y “construye nuestra ciudad”, en palabras de la Biblia, si no damos a Dios lo que es de Dios, en la esfera personal y pública, en vano trabajaremos para edificar un futuro y una nación habitables.

    Sin Dios ni nos respetaremos entre nosotros, porque ya no nos reconocemos ni como hermanos ni como compatriotas, ni nos haremos respetar por nadie, porque sin Él nadie ni nada es respetable para nadie. Y si no es Él “quien custodia la ciudad y sus habitantes”, sigue diciendo la Escritura, nadie tendrá ni capacidad ni voluntad de asumir esta tarea de una forma acorde con la verdadera naturaleza del hombre.

    Hemos llegado a un punto en el que hemos anulado todas las convicciones del pasado respecto a la realidad del hombre y de la historia, y con ello nos hemos quedado fuera del hombre y de la historia. Porque no somos nosotros quienes determinamos las reglas del juego, es decir, las normas y finalidades esenciales que rigen la vida personal y colectiva de acuerdo con la voluntad del Creador.

    Si no existiera la ley natural, el Evangelio, la Palabra de Dios, la muerte de Cristo por el pecado del hombre, podríamos tener alguna justificación, aunque entonces habría que preguntarse si merece la pena esta historia en la que cada uno piensa, cree y hace lo que le parece bien, como si en una orquesta cada uno tocara su propia partitura. Pero escuchamos a Jesús que dice: “ si Yo no hubiera venido y no hubiera hablado no tendrían pecado, pero ahora no tienen excusa” (Jn 5, 22 porque Él ha venido y hablado como sólo corresponde a ese Artífice del mundo y del hombre.

    Hay una única historia: la de Dios, en Sí mismo y en Su obra; en Sí mismo y en el hombre. El mismo Jesús, Hijo de Dios, no llevó a cabo otro destino que realizar la obra que el Padre la había encomendado: “he concluido la obra que me encomendaste (Jn, 4, 34); “Todo está consumado” (Jn 19, 30), ni pronunció otras palabras que las que el Padre le confió (Jn 7, 17), ni hizo otra cosa que la voluntad del Padre: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 5,36; 6, 28).

    La misión de Santiago entre nosotros puso las bases del genio religioso y cristiano de la futura España. Ello hizo posible que, durante siglos, nuestra nación conociera una de las aproximaciones colectivas más perseverantes a este bosquejo de Dios sobre el hombre. Nuestro tiempo, en cambio, ha conocido la voluntad de poner fin a este destino de la providencia, de “cambiar la conciencia de España”, como se proclamó en la tribuna del Congreso de los Diputados hace unos pocos años.

    Pidámosle que este designio nunca se consume y que, por el contrario, reafirmemos esa conciencia en cada uno de nosotros.

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