• 19abr

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos queridos en el Señor Jesús: La celebración de la Pascua nos está abriendo perspectivas de esperanza de salvación, de perdón de nuestros pecados, de vida en el espíritu, en un mundo que se niega a tener otras miras que las egoístas centradas en el tener, en el poder y en el placer. Este cambio de horizonte no nos resulta fácil a ninguno. Pero cuando hemos tenido experiencia de lo bueno que es el Señor no queremos que se nos borre de nuestro ser este conocimiento tan rico de la vida sobrenatural.

    Las lecturas ilustran cómo se ha producido en la historia humana el cambio que ha tenido lugar con la muerte y resurrección de Jesucristo.

    Los apóstoles lo pasaron muy mal cuando tuvieron que decir la verdad sobre la muerte de Jesucristo. Las autoridades judías no dejaron de responder con la violencia para disuadirles de predicar tales cosas, que les hacían a ellos responsables de una muerte homicida. Pero enseguida, en armonía con las palabras de Jesús en la cruz, añaden que lo hicieron por ignorancia. Y así es: los hombres no somos capaces de entrar en la hondura del pecado. Cuando estamos en contacto con el pecado solo pasamos una pizca del horror que le acompaña. Sólo Dios alcanza a ver el horror del pecado. Y sin embargo somos responsables de nuestros pecados conscientes, aunque gracias a esa ignorancia de la inmensidad del pecado Dios encuentra una buena excusa para perdonarnos si hay por nuestra parte suficiente arrepentimiento. El apóstol no da un rodeo para no hablar del pecado: dice que lo entregaron cuando Pilato ya estaba decidido a soltarlo, que prefirieron el indulto del asesino y la muerte del inocente, matan al autor de la vida que resucita. Pues bien este que muere y resucita es el Salvador de los hombres e intercede día y noche por nosotros.

    Pedro, cabeza de la Iglesia naciente no está resentido con los perseguidores judíos que había dado muerte a su querido Maestro de Galilea y lo único que les pide que se arrepientan y se conviertan. Les invita a que se hagan beneficiarios de su amor. En la historia humana esto nunca se ha visto: que alguien por impulso humano perdone tan gran culpa y encima le invite a participar de sus riquezas. Solo de Dios puede venir tanto amor, o de personas que están llenas de Dios.

    Otro tanto hace el Apóstol Juan quien recomienda al que cometa pecado que pida a Jesús que abogue ante el Padre Dios, porque Él es víctima de propiciación de nuestros pecados. Esto es lo que celebramos en cada Eucaristía. El Señor se olvida de que le hemos ofendido cuando pedimos perdón. ¿Qué nos pide Dios? Que nos alejemos del pecado, que cambiemos nuestras vidas, y que vivamos felices en Su Amor. El Señor nos ama tanto y nos bendice. Guardemos Su Palabra. Seamos fieles a Sus mandamientos y esperemos el gran día que ha de llegar. Si nos pide compasión para su pobre Corazón que sufre día a día la ignominia de nosotros, que somos un pueblo rebelde y malvado. ¿A quién odiamos? A nuestro Hacedor, a nuestro Salvador, a quien nos ama desde el Sagrario, en un amor insondable y perdido. ¿No vamos a cambiar ante tanto amor que se nos ofrece tan generosa, tan gratuitamente?

    Los discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan. Es la oportunidad que tenemos hoy aquí y ahora. No podemos perder esta oportunidad. Es el año de gracia que ha convocado el papa Francisco. Y que no hay que esperar al día de la Inmaculada para aprovecharnos de él. Siempre es año santo para el que asiste a la Eucaristía con renovado amor, con la confianza de que las palabras de salvación que ha escuchado iban dirigidas a él. San Benito nos dice en la Regla que cuando hagamos esto, apartarnos del mal y hacer el bien, buscar la paz y seguirla, el Señor nos dirá: “pondré mis ojos sobre vosotros y mis oídos atenderán a vuestros ruegos, y antes de que me invoquéis os diré: Aquí me tenéis”. Y sigue san Benito: “Qué cosa más dulce para nosotros, hermanos carísimos, que esta voz del Señor que nos invita? Ved cómo en su piedad nos muestra el Señor el camino de la vida.”

  • 05abr

    P. Santiago Cantera

  • Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo Emérito de Segovia; Rvdmo. P. Abad Emérito y queridas Comunidad Benedictina y Escolanía; queridos hermanos todos en el Señor:

    Como hemos escuchado al final del relato del Evangelio (Jn 20,1-9), estaba profetizado: Cristo “había de resucitar de entre los muertos”. Las santas mujeres y los Apóstoles estaban desconcertados ante su Muerte, ante su aparente fracaso, y no daban crédito al principio de lo que había sucedido con la Resurrección. Pensaban incluso que se lo había llevado alguien del sepulcro. Tuvieron que verlo ya resucitado con sus ojos, palparlo con sus manos e incluso hasta comer con Él e introducir –en el caso de Santo Tomás– su dedo en los agujeros de los clavos y la mano en la herida de su costado, para creer realmente que aquello era verdadero, que realmente había resucitado. Por eso resulta imposible pensar que los Apóstoles inventasen el relato de la Resurrección: lo que los evangelistas recogen es una realidad y una verdad ante la que se toparon los primeros discípulos y que no estaban predispuestos a creer y menos aún a inventar.

    Siempre debemos afirmarlo, por tanto, y lo repito tal cual lo decía esta noche en la Vigilia Pascual: la Resurrección de Cristo es una verdad fundamental de nuestra fe y un auténtico dogma que hay que creer sin temor. Se trata de un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia (Catecismo de Iglesia Católica, nn. 639, 647 y 656). No fue una sugestión colectiva de los Apóstoles y discípulos, ni una presencia simplemente espiritual entre ellos. El cuerpo de Jesucristo realmente resucitó. Jesucristo realmente salió del sepulcro y se apareció en los días siguientes, con un cuerpo glorioso, a las santas mujeres, a los Apóstoles y a otros discípulos.

    La Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es la culminación de su Pasión redentora, que hemos celebrado y conmemorado especialmente estos días, pues con ella ha vencido a la muerte, al pecado y al demonio. Los misterios de dolor conducen a los misterios de gloria, y su Ascensión a los Cielos hará posible también que sea enviado sobre la Iglesia el Paráclito, el Espíritu Santo. Por eso la realidad de la Resurrección define y determina por completo la vida de la Iglesia y del cristiano.

    El relato expuesto por San Lucas en la lectura de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado (Hch 10,14.37-43), resume a la perfección esta verdad: Jesús pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, y luego lo mataron colgándolo de un madero. Hasta aquí, todo podría haber sido una gran labor social y de predicación moral y religiosa, pero habría sido un fracaso si terminara ahí. Ciertamente, el nombre de Jesús podría haber pasado a la historia como el de una persona buena que habría muerto injustamente y nos habría dejado un ejemplo, pero su obra habría quedado incompleta. Por eso añade San Lucas: “Pero Dios lo resucitó al tercer día” y lo hizo ver “a los testigos que Él había designado” para dar “solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos”. Por tanto, Jesucristo ha triunfado, ha vencido sobre la muerte, sobre el pecado y sobre el demonio; ha resucitado y vive eternamente y es el Juez supremo, como verdadero Dios que es, y es el único Mediador entre Dios y los hombres, como Dios y Hombre verdadero que es.

    Nuestra fe es una fe de esperanza porque cree de lleno en la Resurrección de Cristo. San Pablo lo dijo claramente a los Corintios: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe. […] Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados. […] Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad” (1Cor 15,14.17.19).

    En efecto, si todo hubiera terminado con la muerte en la Cruz, habría sido realmente un fracaso. Sin embargo, Jesucristo es verdadero Dios y una de las pruebas más grandes de su divinidad es precisamente su Resurrección gloriosa. Gracias a ella, nosotros podemos tener la esperanza de nuestra inmortalidad, la certeza de que nuestra alma es inmortal y de que nuestro cuerpo resucitará como el suyo al final de los tiempos para reunirse definitivamente con el alma. Gracias a su Resurrección, podemos estar seguros de la existencia de la vida eterna y de que estamos llamados a gozar de Dios en ella. Así puede decir entonces San Pablo en la misma primera Carta a los Corintios: “Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto” (1Cor 15,20). Él ha sido el primero en resucitar para siempre, abriéndonos la esperanza de la vida eterna que habíamos perdido por el pecado de Adán.

    Pidamos a María Santísima, que vivió con singular gozo la alegría de la Resurrección de su Hijo, que seamos capaces de penetrar en la comprensión de estos misterios de gloria para poder llegar al Cielo.

    A todos, feliz Pascua de Resurrección.

  • 04abr

    P. Santiago Cantera

  • Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo Emérito de Segovia y Rvdmo. P. Abad Emérito, queridas Comunidad Benedictina y Escolanía, queridos hermanos todos en el Señor:

    La frase que acabamos de escuchar en el Evangelio de San Marcos (Mc 16,1-8), expresada por el ángel a las santas mujeres en el Sepulcro de Jesús, define esencialmente nuestra fe: “Ha resucitado”. En efecto, la Resurrección de Cristo es una verdad fundamental de nuestra fe y es un auténtico dogma que hay que afirmar sin temor. Se trata de un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia como nos recuerda el Catecismo de Iglesia Católica (nn. 639, 647 y 656). No fue una sugestión colectiva de los Apóstoles y los otros discípulos ni una presencia simplemente espiritual entre ellos. El cuerpo de Jesucristo realmente resucitó. Jesucristo realmente salió del sepulcro y se apareció en los días siguientes, con un cuerpo glorioso, a las santas mujeres, a los Apóstoles y a otros discípulos.

    Si los Apóstoles y los otros primeros discípulos de Jesús hubieran querido inventar la historia de su Resurrección, no lo habrían podido hacer peor. En los Evangelios, ciertamente, lo que se refleja es su sorpresa, su estupefacción y hasta su incredulidad. No creen la noticia hasta que no comprueban por sí mismos que es verdad. En el relato que acabamos de escuchar, las santas mujeres “salieron corriendo del sepulcro, temblando de espanto, y no dijeron nada a nadie, del miedo que tenían”. Por lo tanto, no es posible decir que se trate de un relato inventado por los primeros discípulos para superar el golpe psicológico ocasionado entre ellos por la Muerte de Jesús. Esa actitud aterrada y escéptica de las santas mujeres, de los Apóstoles y de los otros primeros discípulos, es una de las pruebas más evidentes de la verdad de la Resurrección.

    Y la verdad de la Resurrección define esencialmente nuestra fe, porque supone la certeza de la victoria de Cristo como auténtico Mesías Salvador, como Hijo de Dios hecho hombre, sobre la muerte, el pecado y el demonio. Es la demostración más clara de que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, que ha asumido nuestra naturaleza humana hasta identificarse con nosotros en el sufrimiento y en la muerte, y que por su naturaleza divina es también capaz de recuperar la vida.

    La Resurrección de Cristo define además nuestra fe porque nos sitúa ante una nueva postura en la vida: estamos llamados a andar en una nueva vida, según nos la dicho San Pablo en la carta a los Romanos (Rom 6,3-11). “Porque, si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya”, hemos escuchado. Con la Resurrección de su Hijo, Dios ha obrado una nueva creación del hombre, ha realizado la recreación del hombre, ha elevado aún más la dignidad del hombre, nos ha propuesto el modelo del “hombre nuevo” del que habla San Pablo en varias cartas (así, Ef 4,22-25; Col 3,9-10). Y esta nueva creación del hombre, esta nueva vida a la que estamos llamados y que culminará con la resurrección del cuerpo al final de los tiempos y la gloria eterna, se nos transmite desde que recibimos el sacramento del Bautismo y se nos aumenta cada vez que recibimos la Sagrada Eucaristía. Lo ha señalado también San Pablo en la carta que hemos leído: “los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”.

    Esta vida nueva es la vida de la gracia, que culminará en la gloria celestial. Exige de nosotros, por tanto, el rechazo al pecado y la lucha contra el demonio y contra nuestras malas tendencias, derivadas de la herida causada por el pecado original. Para esta batalla contamos precisamente con ese auxilio de la gracia divina, de la vida nueva en Cristo alentada por el Espíritu Santo: un auxilio, el de la gracia, al que debemos colaborar por nuestro libre albedrío.

    ¡Qué grande es, por tanto, hermanos, la obra creadora de Dios al haber dado origen a la naturaleza humana, y cuánto más grande aún la nueva creación que ha realizado por medio de la Encarnación y de la obra salvadora de su Hijo, culminada en la Resurrección! La oración del sacerdote en la mezcla del agua y del vino para su posterior consagración lo expresa maravillosamente, sobre todo en su formulación más clásica, vigente en la forma extraordinaria del rito latino: “¡Oh Dios!, que de modo admirable has creado la dignidad de la naturaleza humana y de un modo más admirable aún la has restaurado; concédenos, por este misterio del agua y del vino, participar de la divinidad de Aquel que se ha dignado participar de nuestra humanidad, Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor”.

    En fin, que la Resurrección nos transmita la alegría pascual, propia del cristiano consciente de esta victoria de Cristo. Que la alegría pascual nos transforme interiormente como les acabaría sucediendo a las santas mujeres, a los Apóstoles y a todos los discípulos. Vivamos esta alegría con María Santísima, a la que, según la Tradición de la Iglesia y aunque no lo recojan los Evangelios, su divino Hijo se aparecería antes que a nadie.

    A todos, feliz Pascua de Resurrección.

  • 03abr

    P. Santiago Cantera

  • Excmos. y Rvdmos. Sres. Obispos Eméritos de Mérida-Badajoz y Segovia; Rvdmo. P. Abad Emérito y queridas Comunidad Benedictina y Escolanía; queridos hermanos todos en el Señor:

    Jesucristo es el verdadero Mesías Redentor, anunciado por los profetas del Antiguo Testamento, como hemos escuchado en la profecía de Isaías sobre el Siervo de Yahveh, el Siervo sufriente de Dios (Is 52,13-53,12). “Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores […]. Nuestro castigo saludable vino sobre Él, sus cicatrices nos curaron. […] El Señor cargó sobre Él todos nuestros crímenes”. Él ha entregado “su vida como expiación”. Y por eso, como afirma la Carta a los Hebreos (Hb 4,14-16;5,7-9), Él es el Sumo Sacerdote que se ha compadecido de nuestras flaquezas y ha sido probado en todo, igual que nosotros, excepto en el pecado, de tal modo que ha dado satisfacción por nuestros pecados y se ha convertido así en autor de salvación eterna.

    Llevados de un sentimiento meramente humano, podemos pretender que Cristo no vino a redimirnos de este modo y que el Padre no lo envió con la intención de que nos redimiera así, pues nuestro horror a la cruz nos puede dar la impresión de un Padre cruel. Sin embargo, obrando nuestra Salvación así, Jesucristo ha pagado la satisfacción redentora por el pecado y eso ha sido a la vez la culminación del amor de Dios a los hombres, como lo comprendieron, entre otros, San Anselmo y Santo Tomás de Aquino. Jesucristo asumió de lleno la voluntad del Padre de obrar así la Redención: “por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre” (Jn 12,27-28). Y lo repitió en la Agonía de Getsemaní: “hágase tu voluntad” (Mt 26,39.42; Mc 14,36; Lc 22,43).

    Su Pasión y Muerte era la satisfacción que el Hijo de Dios había de ofrecer al Padre para reparar la falta del hombre. El pecado es una injuria contra el honor de Dios, porque es negarle el honor debido, y hasta que no se le devuelve tal honor se permanece en la culpa. Y como consecuencia del pecado de Adán, que fue un pecado de naturaleza y en él pecó toda la naturaleza humana, que estaba comprendida en él, se hacía necesaria una satisfacción oportuna. Tal satisfacción no podía darla más que Dios mismo, pero a la vez no podía hacerla más que un hombre: por lo tanto, Dios dispuso algo que desborda los cálculos y las posibilidades mismas del hombre: dispuso la Encarnación de su Hijo, el Verbo, Jesucristo, para que, como Dios y como Hombre, pudiera dar a Dios cumplida satisfacción por el pecado.

    Pero este sentido de la satisfacción de la deuda debida no excluye, ni mucho menos, la razón más profunda de la Encarnación y de la Redención a través de la Pasión, la Muerte y la Resurrección del Hijo de Dios: esa razón profunda, que revela la entraña más íntima de Dios, es su Amor infinito y misericordioso por el que ha querido realizar de este modo el rescate del hombre.

    En efecto, Dios creó al hombre para que pudiera gozar de Él mismo, el Sumo Bien, el Bien infinito y eterno. Y para que su obra creadora no quedara frustrada por el efecto del pecado libremente cometido por el hombre, Dios, en su Sabiduría y en su Amor infinitos, ha querido realizar así la Salvación del hombre, sobrepasando con su gracia la gravedad del pecado del hombre. Si Dios ha redimido al hombre por medio de la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo, aunque con ello haya restaurado una situación de derecho que requería una satisfacción por una deuda contraída por el hombre, lo ha hecho asimismo por querer devolver al hombre a aquella vocación a la bienaventuranza eterna para la que le había creado. ¿Qué es esto sino amor puro al hombre?

    Jesucristo, por tanto, nos ha redimido por su Pasión y su Muerte en la Cruz, lo cual supone indudablemente la expresión máxima del amor, como Él mismo ha dicho: “nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13). También San Pablo lo ha expresado con claridad: Cristo “me amó y se entregó por mí” (Gál 2,20). Y no debemos perder esto de vista: lo que dice San Pablo, lo debemos aplicar a cada uno de nosotros. La Pasión de Cristo no sólo nos ha redimido a los hombres en conjunto, sino que me ha redimido a mí, a cada uno de nosotros. Tenemos que meditar esto y decirnos esto frecuentemente cada uno, y muy especialmente en estos días: Cristo ha muerto por amor a mí; me ha amado hasta el extremo dando su vida por mí (cf. Jn 13,1). Él ha sido azotado por mí, ha sufrido burlas por mí, ha sido escupido por mí, ha llevado la corona de espinas por mí, ha cargado con la cruz por mí, ha sido clavado en ella por mí, ha sido traspasado por la lanza por mí… Así, de verdad, podemos comprender que sus cicatrices no sólo curaron a la humanidad en conjunto, sino a cada hombre, a mí mismo.

    Al pie de la Cruz, como María, tratemos de contemplar así a Jesús, viendo en Él a nuestro Redentor, a mi Redentor, y acompañémosle hasta el Sepulcro para resucitar con Él a una nueva vida de gracia, siguiendo los pasos de María, que permaneció en la esperanza de su Resurrección.

    En estos días del Triduo Sacro, por concesión de la Santa Sede a esta Basílica, se puede ganar indulgencia plenaria con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.

    Por otra parte, la colecta de hoy va destinada, como todos los años, a los cristianos de Tierra Santa. Tengamos así presente especialmente, al pie de la Cruz, la persecución sufrida por nuestros hermanos de Próximo Oriente y de algunos países de África.

  • 02abr

    P. Santiago Cantera

  • Excmos. y Rvdmos. Sres. Obispos Eméritos de Mérida-Badajoz y Segovia; Rvdmo. P. Abad Emérito y queridas Comunidad Benedictina y Escolanía; queridos hermanos todos en el Señor:

    El Jueves Santo celebramos tres acontecimientos de primer orden en la vida de la Iglesia: la institución de la Eucaristía, la institución del sacerdocio ministerial y el día del amor fraterno. Los tres se encuentran estrechamente unidos entre sí y beben de la misma fuente, que es el Corazón Sacerdotal y Eucarístico de Jesús, el cual se dispone a entregarse al Supremo Sacrificio de la Cruz por nuestra Redención.

    En la institución del Santísimo Sacramento de la Eucaristía en la Última Cena descubrimos este Corazón porque fue un verdadero anticipo de su Pasión: en realidad, es el mismo Sacrificio de Cristo en el Calvario, que supera las coordenadas de tiempo y espacio y acontece el Jueves Santo en el Cenáculo, al igual que sucede hasta hoy y hasta el final de los tiempos cada vez que se celebra la Santa Misa. Porque, cada vez que se celebra la Santa Misa, nosotros estamos presentes en el mismo Sacrificio Único de la Cruz; es algo que milagrosamente sobrepasa el tiempo y el espacio.

    Cristo se ofrece en la Eucaristía a la vez como Víctima, Sacerdote y Altar; se ofrece a Sí mismo al Padre por nosotros. Él es la Víctima, la Hostia pura, la Oblación perfecta y única que puede mediar entre Dios y los hombres porque es a la vez verdadero Dios y verdadero Hombre; el único Mediador es Víctima y Sacerdote, porque ofrece el Sacrificio y éste no es otro que la ofrenda de Sí mismo. Y Él mismo es también el Altar sobre el que se celebra el Sacrificio: Él ofrece su propio Cuerpo y sobre su Cuerpo se derrama su propia Sangre.

    A la vez que Jesús instituyó el Sacramento de la Eucaristía en la Última Cena, instituyó también el Sacramento del Orden. Para que su Sacrificio quedase perpetuado en la Santa Misa y su presencia entre nosotros fuera constante y permanente, Cristo instituyó el Sacerdocio ministerial y jerárquico. Los sacerdotes, identificándose y configurándose con Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, renuevan y actualizan su Sacrificio único y redentor en la Santa Misa y permiten además que la Sagrada Eucaristía quede reservada en el Sagrario para que los cristianos adoremos a Jesucristo en este Sacramento, lo contemplemos, lo amemos, nos saciemos de Él y vivamos de la gracia divina que Él nos transmite.

    Es verdad que todos los cristianos somos sacerdotes, y éste es el sacerdocio universal o común de los fieles (cf. Ex 19,6; Is 61,6; 1Pe 2,5.9; Ap 1,6; 5,9-10): todos estamos llamados a participar de la Pasión de Cristo y a colaborar en su obra redentora asociándonos a Él con nuestros ofrecimientos. Pero también es verdad que Cristo quiso hacer partícipes de un modo especial de su Sacerdocio supremo a algunos hombres varones, y éste es el sacerdocio ministerial y jerárquico, distinto no sólo en grado, sino también esencialmente, respecto del sacerdocio universal de los fieles (Concilio Vaticano II, LG 10). Lo instituyó comenzando por los Apóstoles, los primeros sacerdotes y obispos de la Iglesia ordenados por Él mismo el día de Jueves Santo en el Cenáculo al instituir la Eucaristía y darles el mandato de hacer eso mismo en memoria suya. El sacerdote participa así del Sacerdocio de Cristo y debe, por tanto, configurarse de lleno con Cristo, hacerse uno con Él, ser “otro Cristo” (alter Christus), como dijera el Papa Pío XI (Ad catholici sacerdotii, n. 30), vivir como San Pablo “crucificado con Cristo”, porque realmente es ya Cristo quien vive en él (Gál 2,19-20).

    En fin, en la Última Cena, Jesús nos ha dado también el gran mandamiento del amor: “Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado” (Jn 15,12.17); y lo explica aún más a continuación: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Él va a entregar su vida por nosotros, muriendo en la Cruz para redimirnos del pecado, asumiendo sobre Sí la carga de todos nuestros pecados. Por eso, además de porque es Dios verdadero y tiene autoridad sobre nosotros, está autorizado también para darnos este mandamiento del amor fraterno.

    En el lavatorio de los pies (Jn 13,1-15), que vamos a recordar a continuación con doce niños de la Escolanía representando a los doce Apóstoles, Jesús nos ha dado un ejemplo de humildad y de servicio. Y a través de la disputa con San Pedro, también nos ha enseñado la importancia de la virtud de la obediencia, que en realidad nace de una actitud humilde. La vida común entre hermanos en Cristo no surge de una noción abstracta del amor o de bellas palabras acerca de la caridad, sino que debe arraigarse en el conocimiento del propio Cristo y en el crecimiento en las virtudes, muy especialmente en la humildad, la obediencia y el servicio.

    Que María Santísima, la Mujer Eucarística –como la han denominado algunos Papas–, la Reina de los Apóstoles y Madre amorosa de los sacerdotes y la que sirvió de vínculo de unión y amor en los primeros pasos de la Iglesia, nos ayude a penetrar en los misterios celebrados el Jueves Santo.

    En estos días del Triduo Sacro se puede ganar indulgencia plenaria con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.

  • 29mar

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El Domingo de Ramos nos abre la puerta de la semana más grande del año litúrgico, en la que contemplamos el amor infinito de Dios en la forma en que ha obrado la Redención del hombre. La Semana Santa nos descubre, en efecto, un amor que lo ha dado todo: Dios nos ha entregado a su Hijo Unigénito (Jn 3,16-17) y Éste mismo nos ha amado hasta el extremo (Jn 13,1), entregándose voluntariamente a la muerte más cruel para devolvernos la vida. La Pasión de Cristo, que es su aparente derrota al sucumbir a manos de los hombres, es sin embargo su victoria, porque con su Muerte por amor y con la culminación en la Resurrección se ha obrado nuestra Salvación. La Resurrección de Cristo será su triunfo sobre el pecado, sobre la muerte y sobre el demonio; será la victoria que nos devuelva la gracia perdida y nos conduzca a la vida eterna y a la contemplación del supremo misterio de amor: el amor existente entre las tres personas de la Santísima Trinidad. La Cruz se convierte así en símbolo de vida, señal de honor y anuncio de gloria: Cristo vence en la Cruz.

    En la primera parte de la celebración de hoy, hemos tenido presente la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, recibido como el Mesías esperado, en cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. Lo hemos escuchado en la lectura del Evangelio (Mc 11,1-10) y lo hemos acompañado en la procesión de entrada, recordando el canto de los niños hebreos en honor del Hijo de David, el Mesías Salvador.

    En la segunda parte, nos centramos ya en la Pasión de Aquel que, tan sólo unos días después de haber sido así aclamado, es condenado a muerte y, muchos de los que lo habían recibido con honores, manipulados ahora, exigen que se le crucifique. Pero esto también se hace cumpliendo lo que habían anunciado los profetas y por eso en la primera lectura se nos ha traído a colación un texto de Isaías que recoge lo más esencial de la profecía del Siervo de Yahveh, el Siervo de Dios que con su sufrimiento redime al pueblo de Israel y al mundo entero (Is 50,4-7). Es en Jesucristo, efectivamente, en quien se cumplen esas palabras que hemos escuchado: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos”. Meditando esta profecía, el Gran Rabino de Roma, Zolli, descubrió que Jesucristo es el auténtico Mesías anunciado en el Antiguo Testamento y se convirtió al catolicismo, siendo bautizado por el Papa Venerable Pío XII y tomando el nombre de Eugenio en su honor.

    La Pasión de Cristo, además de ser la fuente de nuestra salvación, es también fuente de consuelo, especialmente en los momentos de dolor y sufrimiento, y en ella encontramos a Cristo como el modelo de todas las virtudes. Así, en la carta de San Pablo a los Filipenses lo hemos visto como modelo de abajamiento, de despojamiento de Sí mismo, de humildad (Flp 2,6-11). La angustia que a veces podemos experimentar ante las dificultades, la experimentó Cristo en el Huerto de los Olivos y en la Cruz, donde en su naturaleza humana sintió el silencio de Dios, hasta el punto de que hizo suyo el salmo 21 que ha cantado el salmista y que el evangelista recoge en sus primeras palabras incluso en arameo: “Eloí, Eloí, lamá sabactaní” (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?).

    Nunca deberíamos perder de vista que la Pasión de Cristo se realiza de nuevo, ahora de forma incruenta, cada vez que se celebra la Santa Misa. Por eso no existe nada igual al Santo Sacrificio de la Misa sobre la faz de la tierra. De ahí que una vivencia auténtica de la Semana Santa deba animar no sólo a la participación en las procesiones, sino también en los Santos Oficios del Jueves y del Viernes Santo, en la Vigilia Pascual y en las Misas de hoy y del Domingo de Resurrección, además de conducir a la asistencia a la Misa dominical a lo largo del año ?y mejor aún si es más frecuente y diaria? y a una vida de oración y de búsqueda de Dios.

    En fin, meditemos los misterios de la Semana Santa junto a María, que permaneció fiel al pie de la Cruz de su Hijo, lo sostuvo luego muerto en sus brazos y esperó con fe serena su Resurrección.

  • 22mar

    P. Juan Pablo Rubio

  • Hermanos:

    El Evangelio de este domingo es verdaderamente sugestivo. Por un lado, nos presenta a un grupo de griegos, simpatizantes del judaísmo, que pide ver a Jesús, encontrarse con él. Por otro, la respuesta sorprendente de Jesús encierra toda una revelación sobre el sentido de su misión y sobre la llegada de su «hora».

    San Juan narra, en efecto, que un grupo de gentiles, que había acudido a Jerusalén con motivo de la Pascua, se dirige al apóstol Felipe y le expresa su deseo de ver a Jesús. Hombres seguramente religiosos, habrían oído hablar de aquel maestro que realizaba signos admirables y sentían curiosidad por conocerle en persona. «Quisiéramos ver a Jesús»: en esta petición se percibe el anhelo secreto de la humanidad entera de conocer la verdad, el sentido de la vida; percibimos también la profunda aspiración y la inquietud de nuestro corazón que quiere encontrarse y unirse con ese Dios que nos ha hecho para sí.

    La reacción del Señor cuando le comunican el deseo de aquellos gentiles nos sorprende. Jesús comienza a hablar inmediatamente de su «hora», como si la reconociese en esa petición de verle (A. Vanhoye). Y con sus palabras contesta a los apóstoles de forma indirecta, como si dijera: «Si quieren verme, que me vean en la cruz» (M. Iglesias). Hay aquí un cambio de tono en ese discurso premonitorio de su propia Pasión. La «hora», en el Evangelio de san Juan, no indica una precisión temporal, sino que se refiere a la llegada del momento salvífico, como si fuera a entrar en escena el desenlace final. No es la primera vez que el evangelista emplea esta expresión tan significativa. Desde el comienzo de su ministerio público, con ocasión del primer signo obrado en Caná, Jesús había respondido a su madre: «Todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2, 4), algo que se sucede hasta este momento crucial, en el que declara: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre» (Jn 12, 23). La «hora» del Hijo es la hora de su muerte. No se trata de una muerte cualquiera, sino una muerte enteramente asumida por amor; se trata de una cruz convertida en icono del amor supremo y transformada en «causa de salvación eterna». Desde aquí se entiende que san Juan presente la Pasión, con todo lo que de humillante y dolorosa tiene, como una verdadera glorificación de Jesucristo. La gloria de Jesús no es otra que la de haber amado hasta el extremo a través del sufrimiento.

    Por otra parte, el Señor habla de su «hora» recurriendo a la metáfora del grano de trigo. Para dar fruto en abundancia ha de caer en tierra y morir. Él, que ha descendido por la Encarnación hasta nuestra humanidad, debe además morir para tener una fecundidad universal (A. Vanhoye). Este proceso de abajamiento podemos aplicarlo a la vida cristiana: cuando aparentemente todo está perdido y arruinado, surge allí la vida, con una fecundidad y una fuerza inesperadas (J. Sanz); es la fecundidad propia del amor crucificado.

    En estas palabras de Jesús, hay también un detalle que nos revela su interior, que nos permite penetrar en sus sentimientos más íntimos: «Ahora mi alma está agitada…» (Jn 12, 27). El pensamiento de la pasión es desconcertante para él, y sin embargo, no pide verse libre de ella, sino la glorificación del nombre del Padre: no piensa en salvar su propia vida, sino en la salvación de todo el mundo.

    Nosotros vislumbramos aquí el camino exigente del discípulo de Cristo: es necesario abandonarse a la gracia de Dios para revestirse de la lógica del amor y de la donación, para convertir la propia vida en servicio a los demás. Vislumbramos también que los momentos de sufrimiento pueden ser los más fecundos en nuestra vida. Cuando nos vemos rodeados de oscuridad debemos conformarnos con los pequeños pasos de la vida cotidiana, que son los únicos pasos posibles de nuestro caminar hacia el amor. Sin amistad y relación personal con Cristo, no es posible encontrar sentido a la vida en los momentos de prueba, de soledad y de silencio de Dios (J. Esquerda).

    En esos momentos es esencial la oración. Precisamente la segunda lectura que acabamos de escuchar nos muestra a un Cristo orante en el momento supremo de afrontar la angustia de la pasión: a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al Padre. Jesús intensifica la plegaria al llegar su «hora», es decir, intensifica el diálogo de amor y de comunión con el Padre, mostrándonos cómo actuar nosotros cuando nos veamos sacudidos por cualquier clase de prueba o tribulación.

    En el tramo final de nuestro itinerario cuaresmal, ojalá nos reconozcamos en el deseo de aquellos gentiles de querer ver a Jesús, atraídos por Él, seducidos por su amor extremado (Gál 2, 20). Y ojalá que suscitemos ese mismo deseo en tantos hermanos nuestros que buscan a Dios, aun sin saberlo, a veces por caminos que Dios jamás frecuenta y se niegan a emprender los senderos en los que Él les está esperando. Este es nuestro desafío: caminar hacia el encuentro con Jesús y ayudar a otros a que lo conozcan y lo amen.

    A santa María le pedimos en este domingo, cercano ya a la celebración de la Pascua, que como el apóstol Felipe, guiemos a otros hermanos hasta Jesús desde nuestra experiencia del Dios vivo. Que María, presente en el sacrificio de su Hijo, nos ayude a comprender que el amor de donación es la clave para descifrar la «hora» de la cruz.

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