• 15 May

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La solemnidad de Pentecostés, conocida a veces antiguamente como “Pascua del Espíritu Santo”, nos lleva a recordar y celebrar de un modo especial lo que sucedió a los cincuenta días de la Resurrección de Jesucristo, según hemos escuchado en la lectura de los Hechos de los apóstoles (Hch 2,1-11): el momento en que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, infundiéndoles luz y fuerza para anunciar al mundo entero sus enseñanzas y su salvación. En ese momento, la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, estaba con ellos.

    Jesús se lo había prometido a los apóstoles en el discurso de despedida antes de sufrir la Pasión: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. […] Mora en vosotros y está en vosotros” (Jn 14,16-17). “El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14,26). Él haría posible que los apóstoles dieran testimonio de Cristo (Jn 15,26-27).

    Por lo tanto, el Espíritu Santo acompaña, sostiene y alienta a la Iglesia en su caminar en el tiempo que va de la Ascensión de Jesucristo a los cielos hasta la Parusía, su segunda venida gloriosa al final de los tiempos. El Espíritu Santo es quien vivifica y santifica la Iglesia como enviado del Padre y del Hijo (cf. Jn 15,26). Por eso, como ha expuesto San Pablo en la primera carta a los Corintios, Él suscita la diversidad de dones, servicios, funciones y carismas para el bien común de la Iglesia (1Cor 12,3b-7.12-13). En la aparición recogida en el Evangelio de hoy (Jn 20,19-23), Jesús concedió ya el Espíritu Santo a los Apóstoles, pero no lo recibirían en plenitud hasta el día de Pentecostés.

    Según profesaremos al rezar el Credo, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Como sabemos, es la tercera persona de la Santísima Trinidad; es el Amor que une al Padre y al Hijo; es el Don, el regalo que ellos nos hacen, que nos dan, para que nos llene de vida y de santidad. Es el Fuego que enciende nuestras almas en el amor de Dios para conducirnos hasta el Cielo. Es el Paráclito, el Abogado, el Defensor que Jesús nos ha prometido al volver Él junto al Padre. Por eso el Espíritu Santo recibe todos esos nombres, como se reconoce en los bellísimos himnos a Él dedicados y en la secuencia que se ha cantado antes del aleluya.

    Lamentablemente, nuestra devoción al Espíritu Santo suele ser muy tenue, muy escasa, y en ocasiones incluso nula. Parece que nos resulta la persona más desconocida de la Santísima Trinidad, la más lejana, la más abstracta. Y sin embargo, Él es quien hace posible, no sólo la vida y la santidad de la Iglesia, sino la propia vida espiritual y la santificación de cada creyente. Como nos enseña San Pablo en la carta a los Romanos, por el Espíritu Santo recibimos la adopción filial de Dios, somos hechos hijos adoptivos de Dios en su Hijo unigénito, que es Jesucristo (Rm 8,14-17).

    El Espíritu Santo, según hemos dicho recordando las palabras de Jesús, mora en nosotros y está en nosotros (cf. Jn 14,17). ¿Cuándo sucede esto? Cuando nos encontramos limpios de pecado mortal (pues existe un pecado de muerte, como nos recuerda la primera carta de San Juan: cf. 1Jn 5,16-17); cuando nos hallamos en estado de gracia, el Espíritu Santo habita en nuestra alma. Y no sólo Él, sino que Él hace posible que habite en nuestra alma la Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo y el mismo Espíritu Santo. Jesús lo anunció también a los apóstoles: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23).

    Ésta es la inhabitación trinitaria en el alma, que es fuente inmensa de vida espiritual para el cristiano consciente de tal maravilla, pues de ella extrae una riquísima vida interior de unión con Dios, como la vivieron en su comunidad contemplativa la Beata carmelita Isabel de la Trinidad y en su vida seglar la oblata benedictina Ítala Mela. Y por eso, como se ha cantado en la secuencia antes del aleluya, llamamos al Espíritu Santo “dulce huésped del alma”. Él nos concede sus siete dones para que seamos dóciles a sus inspiraciones, elevarnos hasta Dios y asemejarnos a Él: son los dones de sabiduría, de inteligencia o entendimiento, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad y de temor de Dios. Y también nos concede sus doce frutos para la vida espiritual.

    En fin, puesto que el Espíritu Santo alienta la vida de la Iglesia, pidámosle por la Iglesia, encomendemos al Papa, a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a todos los fieles. Con frecuencia nos resulta más fácil criticar la Iglesia y criticar a otros. Pero, ¿rezamos por estas intenciones? ¿Rezamos por los que detentan responsabilidades, para que no se equivoquen en su gestión? Nuestras críticas forman parte de eso que el Papa llama con razón “la lengua que mata”. A veces justificamos nuestras críticas diciendo que son “constructivas”, pero en realidad son sólo destructivas y, si además caen en la difamación y en la calumnia, podemos estar al borde de incurrir en pecado mortal, si no es que caemos de lleno. En vez de tanto criticar, oremos, pues la murmuración deja en un estado de amargura, mientras que en la oración siempre encontramos paz.

  • 5 May

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos concelebrantes y monjes de las comunidades de Santa María de El Paular, Santa María de El Parral y Santa Cruz del Valle de los Caídos, hermanos todos en el Señor:

    Un año más, los monjes de las tres mencionadas comunidades próximas nos reunimos fraternalmente para celebrar esta memoria de Nuestra Señora del Valle, la fiesta de la Santísima Virgen como Patrona de este santuario enclavado en el centro de España como lugar de oración y de culto, de paz y de encuentro con Dios. María nos abraza a las tres comunidades como Patrona de todas y de cada una de ellas y nos abraza a todos los discípulos de Cristo, señalándonos cómo debemos buscar, seguir e imitar a su divino Hijo, a quien, como nos exhorta San Benito, nada debemos anteponer, y a quien, como nos enseña San Jerónimo, debemos conocer leyendo con amor la Sagrada Escritura.

    En este año de la Misericordia, el abrazo de María a estos sus hijos espirituales, que somos los miembros de la Iglesia, se intensifica como Madre de Misericordia. Por eso los cristianos la invocamos con amor, devoción y respeto, con fe y esperanza, confiando en la fuerza poderosa de su intercesión ante Dios en nuestro favor.

    María es la más perfecta, la más excelsa y la más hermosa de todas las criaturas salidas de las manos de Dios. Más aún: siendo por naturaleza inferior a los ángeles, ha sido sin embargo elevada por Él a la dignidad de Reina de los Ángeles. A Ella la honran y sirven estas criaturas espirituales por ser la Madre del Verbo encarnado, a quien contemplan y alaban. La razón de esta singular dignidad y excelsitud de María radica en que, desde la eternidad, Dios la eligió amorosamente para ser la Madre de su Hijo. Por lo tanto, la Maternidad divina es la raíz de todos los otros privilegios y gracias con que Dios la ha ennoblecido. En verdad, María no es únicamente Madre de Jesús-hombre, sino Madre de Jesucristo entero, verdadero Dios y verdadero Hombre, como en su momento sentenció de manera bien clara el Concilio de Éfeso.

    La estrechísima unión existente entre María y su Hijo ha llegado hasta tal punto que Él la asoció a su obra redentora: por su fiat en la Anunciación nos llegó el Salvador, luego lo crio y lo cuidó amorosamente, más tarde lo acompañó muchas veces y finalmente unió su dolor al suyo en la Pasión, sufriendo una verdadera “Compasión”, es decir, “padeciendo con” Cristo. Por eso es la primera Colaboradora a la obra de la redención y con acierto el papa Pío XI no dudó en denominarla “Corredentora”.

    Tan asociada estuvo a su Hijo, que Éste nos la quiso dejar por Madre a la Iglesia y a todos los hombres desde la Cruz, cuando se la encomendó a San Juan Evangelista y a él se lo entregó como hijo. De aquí nace la Maternidad espiritual de María, que Ella ejerce como Abogada y Medianera de todas las gracias desde el Cielo. Y de esta Maternidad espiritual procede el que los hombres la invoquemos como particular Patrona en las naciones, en las regiones, en las poblaciones, en los barrios, en los monasterios, en las asociaciones piadosas, en las cofradías, en diversas entidades e instalaciones religiosas, civiles y militares, etc.

    Los monjes del Valle hemos comprobado muchas veces la protección de María: en momentos turbulentos y en situaciones adversas, el recurso a Ella ha detenido la mano amenazante, ha paralizado el mal que se cernía, ha disuelto misteriosamente el peligro inminente. Su manto maternal ha cubierto nuestras vidas y ha protegido a nuestro monasterio y al Valle del ataque de la vieja serpiente. No deberíamos olvidar la lección, sino aprenderla y recordar que, asistiendo a María, mirando e invocando a la Estrella que es María –como exhortaba San Bernardo– podremos salir adelante en todas las dificultades personales y comunitarias, internas y externas.

    Que la “llena de gracia” nos alcance de su divino Hijo a los monjes de las tres comunidades hermanas las gracias necesarias para nuestra salvación y la gracia de vivir santamente y con fidelidad nuestra vida monástica, como monjes de Cristo y de Santa María. Y que Ella alcance también a todos los fieles la santidad en su estado de vida.

  • 24 Apr

    P. Juan Pablo Rubio

  • Hemos iniciado esta celebración, queridos hermanos, con palabras del salmo 97: «Cantad al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas». ¿Qué cántico es éste al cual se nos invita? En realidad, el «cántico nuevo» sois cada uno de vosotros, que por el bautismo habéis vuelto a nacer, gracias a la Resurrección de Jesucristo. La novedad de vuestro canto consiste en la santidad de vuestra vida. Somos un cántico nuevo cuando vivimos santamente (cf. san Agustín), somos un cántico nuevo cuando damos testimonio real del amor de Cristo. Este es el corazón de la liturgia de este día: ser un cántico nuevo que actualice el mandamiento siempre nuevo del amor de Jesús. Lo acabamos de escuchar en el evangelio: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado».

    Este domingo, por tanto, en el marco de la Pascua, viene a ser una llamada a afianzar el signo distintivo de nuestro compromiso cristiano, es una invitación a «hacerse disponible para amar», a reaccionar amando en toda circunstancia por difícil que sea. Dios ha tomado la iniciativa amándonos a cada uno con amor irrepetible.

    «Hacerse disponible para amar» suena bien, pero no es fácil; significa tomar una postura de irse configurando día tras día con Jesús: comprometerse cada vez más a pensar como Él, a valorar las cosas como Él y a reaccionar amando como Él. Muchas veces nos pesa y hasta nos vence nuestro pasado o nuestra fragilidad. Hemos de reconocer que no hemos amado bastante a Dios y a los hermanos, y debemos sentir una profunda pena por ello. Ahora bien, lejos de desalentarnos, esto nos debe estimular a dar un «sí» hondo y auténtico. Juan Pablo II repetía que «no somos la suma de nuestras debilidades y fracasos, sino [la suma] del Amor de Dios y de nuestra capacidad de comenzar siempre de nuevo». Dios sabe muy bien que puede brotar una gran generosidad incluso allí donde hay debilidad y pecado. Ante Cristo crucificado, que tantas veces ha sido un «adorno» para mí, debo preguntarme: ¿qué hago yo por Jesús? ¿qué debo hacer por Él? (san Ignacio).

    El mandamiento nuevo del amor nos urge porque formamos un solo cuerpo, una comunión, una fraternidad, ascendemos juntos hacia la cumbre, «encordados» unos con otros; es decir, mis actos y omisiones repercuten en toda la Iglesia, en toda la humanidad y la creación. Nuestra fecundidad apostólica está también en relación directa con esta fidelidad de amor.

    Por otra parte, en la fuerza y la belleza del amor radica la verdadera esperanza. Y es esta esperanza la que debemos irradiar a nuestro alrededor. Pablo y Bernabé recorrían incansables las comunidades cristianas animando a todos y exhortándoles a perseverar en la fe (cf. Primera lectura). ¡Qué importante es que nos iniciemos en esa ascética de alentar, aconsejar y animar! (J. Esquerda). El desaliento nace del ver la realidad a medias. Hemos de llegar a ser personas positivas que sepan construir y alentar, desde la convicción de que, en medio de cualquier problema, se puede caminar con esperanza.

    Siempre es posible reaccionar amando como Cristo. En las circunstancias más adversas, no tienes nada que perder, puesto que nada ni nadie te puede impedir hacer lo mejor, que es amar. Se trata de un amor siempre atento a las necesidades de los hermanos. Un amor ágil, rápido, que no conoce lentitudes; un amor tangible y real, que posee nombre y rostro; un amor que es alegre. Si no hay alegría en el servicio generoso, significa que no hay verdadero amor. Un amor que cuida los pequeños detalles. Santa Teresa de Lisieux lo pedía en una preciosa oración: «Dios mío, lo único que te pido es el Amor. No puedo hacer obras brillantes, pero mi vida se consumirá amándote. No tengo otro medio de probarte mi amor que no dejar escapar ningún pequeño sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra, aprovechar todas las pequeñas cosas y hacerlas por amor». Teresa había comprendido que «el amor encierra en sí todas las vocaciones [y] que el amor lo es todo».

    La novedad del anuncio del Señor, hermanos, está lejos del consumismo reinante que nos destruye y nos agota, en un afán desmedido de usar y tirar, de querer estrenar constantemente sensaciones. La novedad de Cristo se encuentra en el corazón que ama, que no deja resquicio a la envidia, ni al orgullo, ni al amor propio, sino que en situaciones límite, busca el perdón, la ayuda fraterna, la compasión y la misericordia. Cuando practicamos el mandamiento nuevo del amor, se cumple y se experimenta la descripción del vidente del Apocalipsis, porque se enjugan las lágrimas, se acompaña el dolor, se potencia la capacidad de bondad, se alcanza la experiencia necesitada de saberse amado, se difunde la consolación del alma (A. de Buenafuente). El secreto de la novedad reside en el amor que nos tengamos.

    Pidamos a santa María que nos ayude a comprender que por nuestros gestos de amor, por pequeños que sean, hacemos presente a Cristo en el mundo; que ella nos enseñe a dar siempre fiel testimonio de aquel amor que Dios ha querido que sea el distintivo de los discípulos de Jesús.

  • 17 Apr

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: En este IV Domingo de Pascua, en el que el Evangelio nos presenta a Jesús como Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, en España se celebran, por acuerdo de la conferencia episcopal dos jornada mundiales: de oración por todas las vocaciones y de oración por las vocaciones nativas. Casi el 40% de las circunscripciones en las que se organiza la Iglesia Universal dependen directamente de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Son iglesias implantadas en territorios de misión que todavía no son capaces de mantenerse por sí mismas, y reciben por tanto la ayuda de la Obra Misional Pontificia de San Pedro Apóstol. Esta Obra Misional Pontificia es la menos conocida de las 3 que se celebran durante el año, junto con la santa infancia en enero y el domund en octubre, pero la jornada y la colecta de hoy son tan obligatorias como las de las otras 2 jornadas. La colecta que luego se recogerá con vuestras aportaciones se destinará pues a este fin.

    En esta jornada se nos recuerda que debemos orar con perseverancia al Señor de la mies para que sigan surgiendo vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en esos territorios de misión, pues es allí donde precisamente Dios hoy suscita la mayoría de vocaciones. Jesucristo necesita sacerdotes, religiosos y laicos que lleven al mundo la buena noticia de la salvación. Dios nos ha dado muestras más que suficientes para fiarnos de Él. A través de Jesucristo nos ha mostrado la vocación última a la que nos llama: ser hijos suyos. Todos los cristianos estamos llamados a concretar esta actitud fundamental en una vocación específica. El Señor sigue suscitando vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales comprometidas con la misión de su Iglesia de anunciar a todos los hombres la buena noticia. Debemos rezar incesantemente al Señor, el dueño de la mies, para que suscite vocaciones en su Iglesia, confiando en Él, que tiene la iniciativa en toda llamada vocacional, ámbito y espacio eclesial. La Iglesia necesita hombres y mujeres que, con generosidad y confianza, entreguen su vida a Dios y a sus hermanos.

    El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda oportunamente que la iniciativa libre de Dios requiere la respuesta libre del hombre. Una respuesta positiva que presupone siempre la aceptación y la participación en el proyecto de Dios sobre cada uno; una respuesta que acoja la iniciativa amorosa del Señor y llegue a ser para todo el que es llamado una exigencia moral vinculante, una ofrenda agradecida a Dios y una total cooperación en el plan que Él persigue en la historia. Atraídos por Él, desde los primeros siglos del cristianismo, muchos han abandonado familia, riquezas y todo lo humanamente deseable, para seguir generosamente a Cristo y vivir sin ataduras su Evangelio, que se ha convertido para ellos en escuela de santidad radical. El testimonio de esos hermanos recuerda al pueblo de Dios “el misterio del Reino de Dios que ya actúa en la historia, pero que espera su plena realización en el cielo”, como decía S. Juan Pablo II. Todavía hoy muchos avanzan por ese mismo camino exigente de perfección evangélica y realizan su vocación con la profesión de los consejos evangélicos.

    Mª, Madre especialmente de los sacerdotes y de las personas consagradas, es el modelo de toda vocación cristiana. Ella, que confió en Dios y respondió con generosidad a su llamada, nos enseña hoy a confiar y a responder a la llamada que Dios nos hace. Encomendemos a Mª, en su advocación de Virgen del Valle, a cuantos descubren la llamada de Dios para encaminarse por la senda del sacerdocio ministerial o de la vida consagrada, para que sientan siempre su maternal protección. Que así sea.

  • 26 Mar

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Las santas mujeres que fueron al sepulcro del Señor escucharon de los ángeles la misma afirmación que se nos ha transmitido en el texto evangélico, que este año es el de San Lucas (Lc 24,1-12): “Ha resucitado”. Él mismo lo había anunciado en Galilea, como también los ángeles se lo recordaron a ellas: “El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar”.

    En consecuencia, nos encontramos ante una verdad, ante una realidad profetizada por los antiguos profetas de Israel y por el mismo Cristo. El Mesías, el Siervo sufriente de Yahvé que ha muerto en la Cruz para redimirnos del pecado, ha resucitado, triunfando sobre el pecado, la muerte y el demonio.

    La Resurrección de Cristo, por lo tanto, es una verdad fundamental de nuestra fe que no podemos negar ni reelaborar conceptualmente para tratar de adaptarla a escepticismos humanos que dudan de hechos extraordinarios. La Resurrección de Cristo es un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia, como lo recuerda el Catecismo de Iglesia Católica (nn. 639, 647 y 656).

    La Resurrección de Cristo define sustancialmente nuestra fe y toda nuestra actitud ante la vida, según se lo hemos oído a San Pablo en la carta a los Romanos (Rom 6,3-11): “si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más”. Por Él nosotros renacemos a la vida de la gracia y resucitaremos a la vida eterna. Su Resurrección cambia por completo la condición humana, la eleva, la perfecciona y la abre de lleno a la gloria eterna participando de la naturaleza divina (cf. 2Pe 1,4). Con la Resurrección de su Hijo, Dios ha obrado una nueva creación del hombre, ha realizado la recreación del hombre, ha elevado aún más la dignidad del hombre, nos ha propuesto el modelo del “hombre nuevo” del que habla San Pablo en varias cartas (así, Ef 4,22-25 y Col 3,9-10). Un autor monástico copto-egipcio muy reciente, el P. Matta el Maskine (“Mateo el Pobre”), verdadero “Padre del Desierto” de nuestro tiempo, dedicó una bella obra a reflexionar sobre esta verdad.

    Tal nacimiento a la nueva realidad del hombre justifica que en esta noche santa se lleve a cabo el bautismo de los catecúmenos, de los adultos que se han venido preparando para recibir el sacramento por el que se les borrarán el pecado original y todos los pecados y por el que serán constituidos hijos de Dios y miembros de la Iglesia. En nuestra ceremonia nadie va a recibir el bautismo, pero justo a continuación de la homilía comienza la liturgia bautismal y en ella, después de invocar la intercesión de los santos con el canto de las letanías, procederemos a la bendición del agua y a la renovación de las promesas que nosotros hicimos o que nuestros padres y padrinos hicieron en nuestro nombre el día en que recibimos el primero de los sacramentos. La inmersión de Cristo en el sepulcro y su salida gloriosa de él resucitando para nuestra salvación, con la cual se enlaza de lleno la liturgia y la espiritualidad bautismal, será simbolizada con la inmersión parcial del cirio en la pila. Entendamos que nosotros hemos sido asociados de este modo a la Muerte y a la Resurrección de Cristo al recibir el bautismo: si estábamos muertos por el pecado, por Cristo resucitamos y nacimos a la verdadera vida, como nos lo ha explicado San Pablo en la carta a los Romanos.

    La vida nueva es la vida de la gracia, que culminará en la gloria celestial. Exige de nosotros, por tanto, el rechazo al pecado y la lucha contra el demonio y contra nuestras malas tendencias, derivadas de la herida causada por el pecado original. Para esta batalla contamos precisamente con el auxilio de la gracia divina, de la vida nueva en Cristo alentada por el Espíritu Santo: un auxilio, el de la gracia, al que debemos colaborar por nuestro libre albedrío.

    En fin, vivamos este tiempo pascual que hoy iniciamos con alegría, conscientes de la gran victoria de Cristo por su Cruz y su Resurrección. Que esa alegría nos transforme interiormente como transformó a las santas mujeres, a los apóstoles y a todos los discípulos. Compartamos también la alegría de María Santísima, dichosa por la Resurrección de su Hijo y fiel auxiliadora de la Iglesia desde sus primeros pasos.

    A todos, feliz Pascua de Resurrección.

  • 25 Mar

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Cuando el Gran Rabino de Roma, Zolli, leyó y meditó bajo la acción de la gracia divina los textos de la profecía de Isaías sobre el Siervo de Yahveh, el Siervo sufriente de Dios, de la cual está tomada la primera lectura que hemos escuchado (Is 52,13-53,12), comprendió que se cumplía detalladamente en Jesucristo. Eso le hizo abrazar el cristianismo, recibiendo el bautismo de manos del Venerable Pío XII y tomando el nombre de Eugenio en su honor.

    En efecto, Jesucristo es el verdadero Mesías Redentor, anunciado por los profetas del Antiguo Testamento; es el Hijo de Dios, como se ha proclamado en la lectura de la Carta a los Hebreos (Hb 4,14-16;5,7-9), la cual nos lo presenta como el Sumo Sacerdote que se ha compadecido de nuestras flaquezas y ha sido probado en todo, igual que nosotros, excepto en el pecado, de tal modo que ha dado satisfacción por nuestros pecados y se ha convertido así en autor de salvación eterna. No existe otro Salvador, Redentor y Mediador que Jesucristo. No tiene sentido que busquemos promesas mesiánicas en discursos políticos, económicos o de sectas pseudorreligiosas. Sólo Él, verdadero Dios y verdadero hombre, nos puede salvar; Él es el modelo de la humanidad perfecta, el nuevo Adán y el camino para llegar a Dios.

    Pero la vía por la que Él ha obrado la redención de los hombres no es la que, desde una perspectiva meramente humana, nosotros habríamos escogido. Nosotros, hombres de la tierra, habríamos pretendido alcanzarla por medio de una revolución social y política o a través de guerras, por medio de signos y manifestaciones gloriosas o empleando grandes discursos, métodos llamativos o haciendo relucir el nombre de los supuestos redentores. Así lo pretendían los judíos contemporáneos de Jesús y en especial algunos grupos como los guerrilleros zelotes, a los cuales muy probablemente pertenecía Barrabás. Y lo mismo pretenden hoy los supuestos redentores de nuestros días, los mesianismos y las vanas utopías de nuestro tiempo, que han nacido de ideologías que ya han demostrado más que suficientemente su fracaso estrepitoso en experiencias previas, aunque pronto lo hayamos olvidado.

    Sin embargo, Jesucristo ha escogido un camino “a lo divino”, opuesto a nuestras maneras, pero que desde entonces se ha convertido en el modelo que, como cristianos, debiéramos seguir para todas nuestras acciones y para nuestra actitud general ante la vida. Él ha optado por el “abajamiento”, el “despojamiento”, la kénosis, hasta el punto de que, siendo Dios, ha abrazado la muerte más ignominiosa del mundo antiguo: la Cruz. Este camino de renuncia y de sometimiento fiel a la voluntad del Padre es lo que precisamente ha obrado la salvación de los hombres y lo que ha hecho que el Padre lo exalte como verdadero Rey, dándole el nombre sobre todo nombre, según hemos cantado antes del Evangelio, de un texto tomado de la carta de San Pablo a los Filipenses (Flp 2,8-9).

    En este año jubilar de la Misericordia, la narración de la Pasión por San Juan (Jn 18,1-19.42) nos ofrece algunos aspectos muy sugerentes para la meditación y contemplación. Por una parte, todo el conjunto de la aceptación de Cristo de su Pasión redentora: lo ha hecho como expresión máxima de amor y misericordia, tal como se lo había dicho a los apóstoles: “nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13).

    Por otro lado, dándole su Madre a Juan, “el discípulo que tanto quería”, nos la ha entregado también a nosotros como Madre: María, por su asociación como auténtica Corredentora con Jesucristo, ha sido constituida Madre espiritual de la Iglesia y de todos los hombres, Abogada y Medianera de todas las gracias y, en consecuencia, verdadera Madre de misericordia que intercede por nosotros.

    En fin, San Juan recoge el episodio de la lanzada en el costado de Cristo. Además del detalle médico, la Tradición considera que del costado abierto ha brotado la Iglesia, confirmada por el Espíritu Santo el día de Pentecostés. La sangre y el agua que brotaron del costado abierto de Cristo son signo de que lo ha dado todo y de que se ha entregado a sí mismo para nosotros. El agua y el vino que se mezclan en el ofertorio de la Misa lo recuerdan, significan también la unión de la divinidad y la humanidad en Cristo y nuestra participación en su sacrificio y en su divinidad, pues Él se ha dignado compartir nuestra naturaleza humana para hacernos partícipes de su naturaleza divina (cf. 2Pe 1,4). El costado abierto nos permite además penetrar en el conocimiento del Corazón de Jesús, símbolo de su amor por el hombre. Y, en fin, en la visión que Santa Faustina Kowalska tuvo de Jesús y que se ha plasmado en el cuadro de la Misericordia divina, vio un rayo rojo y otro pálido que salían de él, símbolo del agua que justifica a las almas y de la sangre que las vivifica (Diario, 299).

    Contemplemos a Jesús, al pie de la Cruz, como María, y penetremos hasta lo profundo de su Corazón por la herida del costado abierto, de la que brota la Misericordia divina y nace la Iglesia. Y esperemos también con María su Resurrección gloriosa.

    En estos días del Triduo Sacro, se puede ganar indulgencia plenaria en esta Basílica con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa. Por otra parte, la colecta de hoy va destinada a los cristianos de Tierra Santa.

  • 24 Mar

    P. Santiago Cantera

  • Afirmaba un dicho popular que el de hoy es uno de los tres jueves del año que relucen como el sol o más que él. Ciertamente, estamos ante una de las mayores fiestas del año litúrgico, en la que celebramos conjuntamente tres acontecimientos de primer orden en la vida de la Iglesia: la institución de la Eucaristía, la institución del sacerdocio ministerial y el día del amor fraterno. Los tres se hallan estrechamente unidos entre sí y beben de la misma fuente, que es el Corazón Sacerdotal y Eucarístico de Jesús, el cual se dispone a entregarse al Supremo Sacrificio de la Cruz por nuestra Redención.

    La institución del Santísimo Sacramento de la Eucaristía en la Última Cena supone un verdadero anticipo de su Pasión, porque el Sacrificio único de Cristo supera las coordenadas de tiempo y espacio. Cada vez que se celebra la Santa Misa, asistimos a él verdaderamente, así como a su Resurrección y a su Ascensión.

    El Concilio Vaticano II ha definido la Eucaristía como “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (Lumen gentium, 11), porque ella “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo” (Presbyterorum ordinis, 5). Por eso, ya explicó San Ireneo de Lyon en el siglo II que es el compendio y la suma de nuestra fe. No en balde es “el sacramento de nuestra fe”, “el misterio de la fe” (mysterium fidei), como dice el sacerdote en la celebración de la Santa Misa.

    Según señaló San Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003) que nos regaló no mucho antes de su muerte: “La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: ‘He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’ (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza” (n. 1). Y como dijo Benedicto XVI en su exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis> (2007) recogiendo la denominación ofrecida por Santo Tomás de Aquino: “Sacramento de la caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre” (n. 1).

    Por este amor infinito de Dios por cada hombre, es lógico que, al celebrar la institución de la Sagrada Eucaristía, celebremos también el día del amor fraterno. En la Última Cena, Jesús nos ha dado el gran mandamiento del amor: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado” (Jn 15,12.17). Además, en el lavatorio de los pies (Jn 13,1-15) que vamos a recordar a continuación con doce niños de la Escolanía representando a los doce Apóstoles, Jesús nos ha dado un ejemplo de amor, de humildad y de servicio.

    El amor fraterno, por tanto, nace del amor de Dios; es la faceta de la caridad entre los hombres. La caridad es la tercera y la más importante de las tres virtudes teologales, la única que permanecerá en la eternidad y de la que principalmente se nos juzgará; como decía San Juan de la Cruz, “al final de la vida te examinarán del amor”. Y como nos ha enseñado San Pablo: “Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, esas tres; la mayor de ellas es la caridad” (1Co 13, 13). La caridad no es otra cosa que el amor, el grado supremo del amor, es decir, el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo y a nosotros mismos por este amor de Dios.

    En fin, no habría vida eucarística en la tierra sin los sacerdotes. Hoy es también la fiesta de la institución del sacerdocio ministerial, pues Jesucristo lo instituyó en la Última Cena en las personas de los Apóstoles al darles el mandato de hacer eso mismo en memoria suya. El sacerdote participa así del sacerdocio supremo y único de Cristo y debe, por tanto, configurarse de lleno con Cristo, hacerse uno con Él, ser “otro Cristo” (alter Christus), como dijera el Papa Pío XI (Ad catholici sacerdotii, n. 30), viviendo como San Pablo “crucificado con Cristo”, porque realmente es ya Cristo quien vive en él (Gál 2,19-20).

    Que la Santísima Virgen nos ayude a penetrar en los misterios celebrados el Jueves Santo y a vivir todo este Triduo Pascual con espíritu contemplativo. Precisamente, en estos días del Triduo Sacro se puede ganar indulgencia plenaria con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa. Aprovechémoslo especialmente en este año de la Misericordia proclamado por el papa Francisco.

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