• 14dic

    P. Alberto Soria

  • Muy queridos hermanos en Cristo Jesús: la lectura del Evangelio quizás os ha dejado un sabor un tanto amargo por la actitud de los judíos y su embajada de sacerdotes y levitas a Juan en busca de hacerle un proceso a Jesús, el Mesías, y darle al pueblo judío un Mesías diferente, el promocionado por ellos. Juan Bautista era un hombre de Dios que a todos admiraba por su vida de oración y penitencia, nunca vistas entre sus vecinos. Los judíos tenían el poder religioso en sus manos, aunque en lo político estuviesen sometidos a los romanos en tiempos de Jesús. Si lograban engolosinar a Juan Bautista con la idea de ser él mismo el Mesías, también tendría que sujetarse a lo que ellos dispusieran, puesto que eran sus promotores. No sería el Mesías prometido por Dios, pero sabían engañar a la gente y con tal de mantener su poder religioso, ¿qué importaba una mentira más? Esta falta de escrúpulos nos es muy conocida. La política de todos los tiempos ha sido siempre la misma.

    Pero en este pasaje algo nos anima y alienta: la persona insobornablemente fiel de Juan el Bautista, hombre honrado y sencillo cuya profundidad y conocimiento íntimo de los planes de Dios nos deja asombrados. Su silencio es la mejor respuesta, la resistencia que presenta a esa embajada de hombres presuntamente religiosos convertidos en políticos corruptos cuyo objetivo es oponerse a la luz. San Juan Bautista habla, pero se niega rotundamente a entrar en diálogo con la tentación de pasar por el Mesías. Sus tres noes: “no soy el Mesías”, “no soy Elías”, “no soy el Profeta”, son toda una lección para los que nos dejamos llevar tan fácilmente por las alabanzas humanas y pretendemos hacer prevalecer nuestras capacidades, incluso degradando a posibles competidores para encumbrar nuestro prestigio personal. El precursor se presenta como un sencillo mensajero que anuncia al Mesías que viene. No quiere hacer sombra al esposo y menos aún suplantarle, aprovechándose de la malicia de los que se oponen a la luz.

    Para llevar una vida que se acerque a la figura grandiosa del Bautista necesitamos aplicar los consejos de San Pablo a los Tesalonicenses con la perspectiva de que nuestro espíritu, alma y cuerpo sea custodiado hasta la parusía de nuestro Señor. No dice este gran apóstol que con custodiar el espíritu ya está el cristiano en el camino de la salvación. No es así, pues concibe que el hombre es a la vez espíritu, alma y cuerpo y que por tanto el cuerpo también entra en el proceso de santificación y prueba de ello es que un poco antes recomienda que “os apartéis de la impureza; que cada uno trate su cuerpo con santidad y respeto, no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios”.

    La lectura del profeta Isaías nos ha ofrecido una perspectiva grandiosa que abarca ambas venidas del Señor: la de su encarnación, en la que trajo la salvación a los que sufren por estar separados de Dios y cautivos en las redes del mundo, del demonio y de su propia carne y la futura restauración definitiva, que no solo incluye la liberación personal de esos tres enemigos, sino también el reconocimiento, por parte de todos los pueblos, del señorío absoluto del Señor sobre el mundo, porque todo le estará sometido.

    Tomemos a María como modelo para preparar la Navidad. Quizá nunca hemos pensado con qué amor se prepararía ella para dar a luz al Hijo de Dios. Pidamos por fin al Señor que nos ilumine y que se compadezca de nosotros. Que así sea.

  • 08dic

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La solemnidad de la Inmaculada Concepción de María que hoy celebramos se afianzó con rango universal en la Iglesia desde la definición del dogma por el Beato Pío IX en la bula Ineffabilis Deus en 1854, cuando proclamó que la Santísima Virgen fue preservada inmune de toda mancha del pecado original desde el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios, en atención a los méritos de Nuestro Señor Jesucristo. Ella misma lo confirmó a Santa Bernardita en Lourdes cuatro años después.

    Como todos los privilegios concedidos por Dios a María, deriva de su Maternidad Divina, ya que convenía que, si había de ser la Madre de Dios y no podría transmitir a Jesucristo el pecado original, Ella misma debería ser preservada de éste. María, como verdadera Madre de Dios, es desde el principio la “llena de gracia”, según se nos ha dicho en el Evangelio (Lc 1,26-38); es la toda limpia, la toda pura, la toda santa. En consecuencia, Dios la ha colmado de gracias, virtudes y santidad. Por eso la Iglesia aplica a Ella las palabras del Cantar de los Cantares (cf. Ct 4,7): “Toda hermosa eres, María, y no hay mancilla en ti”.

    Ella es la Mujer que en el Protoevangelio, en el texto del Génesis de la primera lectura, aplasta la cabeza de la serpiente, vence al diablo y a sus insidias (Gén 3,15). Desde el principio de su elección para ser Madre de Dios y especialmente desde el momento de la Encarnación, quedó asociada al Redentor y Mediador, su Hijo Jesucristo, para ser auténtica Corredentora y Medianera. Y además, como hemos leído en el texto del Evangelio (Lc 1,26-38), es modelo también de orante y contemplativa, deseosa de obedecer la voluntad de Dios, y es ejemplo de humildad, pues a sí misma se presenta como la “esclava del Señor”.

    La devoción a la Inmaculada Concepción está muy arraigada en España, cuya Patrona es oficialmente desde 1760, y también lo es de nuestra Infantería desde 1585. En España nació una Orden dedicada a Ella dentro del círculo de Isabel la Católica, las concepcionistas, y las Universidades españolas en los siglos XVI y XVII se comprometieron a defender este privilegio mariano.

    En esta fecha tan bonita vais a recibir la Primera Comunión dos niños de nuestra Escolanía y el hermanito de otro: Mario, Leonardo y Rodrigo. Vestís las cogullas blancas de escolanes, como signo de la pureza y la sencillez de ángeles que debe caracterizar a los niños y como reflejo de la Virgen María, que es toda limpia y pura. Es de una gran importancia que se conserve la inocencia y la limpieza en los niños.

    Cuando viene una visita a casa, nos gusta recibirla con la casa limpia. Jesús nos visita cada vez que lo recibimos en la Eucaristía: de ahí la necesidad de tener la casa limpia para Él. La Virgen María tenía limpia la casa donde recibió a Jesús: la casa de su cuerpo y de su alma. Así también debe ser en vosotros. Por eso es conveniente confesarse con frecuencia, para poder recibir en mejores condiciones a Jesús Sacramentado. Vuestra alma permanecerá limpia si rechazáis el pecado, hacéis el bien y amáis a Dios.

    María Inmaculada recibió y llevó a Jesús en su seno: vosotros recibiréis ahora a Jesús como Ella, para que viva dentro de vosotros y os dé vida. La Eucaristía es un auténtico “Pan de ángeles”, según lo vemos en la Biblia y la Iglesia lo comprende. Vosotros tenéis que pareceros a María y a los ángeles. Alimentaos de Jesús, como los ángeles se alimentan al verle siempre en el Cielo.

    Que María Inmaculada, Reina de los Ángeles, Reina de España y Reina de nuestra Escolanía, os bendiga y os lleve en su Corazón Inmaculado. Y que Ella misma bendiga también a los antiguos escolanos que estos días nos acompañan y nos honran con su presencia.

  • 07dic

    P. Juan Pablo Rubio

  • Muy queridos hermanos:

    El inicio del Adviento está marcado por la exhortación del Señor a la vigilancia. «Velar» era la palabra que condensaba el mensaje central del pasado domingo. Se trata de una actitud que en la Biblia adquiere diversos sentidos o motivaciones: Jesús habla del dueño de la casa que pasa la noche en vela cuando teme que venga el ladrón. La suya es la vigilancia de la cautela, de la precaución. A su vez, el siervo que espera a su amo, desea que éste al llegar le encuentre en su puesto de trabajo, para que no parezca un vago, un inepto o un hombre disipado; ésta es la vigilancia de la fidelidad. Por último, está la actitud de la esposa que aguarda al esposo, evocada sobre todo en el Cantar de los Cantares. La mujer espera al amado de su corazón y su vigilancia es la del amor (cf. C. M. Martini). La vigilancia que se nos pide en este tiempo es la síntesis de estas tres actitudes: precaución, fidelidad y amor.

    En este segundo domingo de Adviento, es la metáfora del “camino” la que ocupa el centro de la liturgia de la palabra. Se nos habla de un camino; un camino que sobre todo hay que preparar, porque a través de él viene el Señor a nuestro encuentro. Ese camino está representado, en la primera lectura, por el retorno que el pueblo de Israel se dispone a emprender desde el exilio de Babilonia hasta Jerusalén. La preparación conlleva, según el profeta Isaías, eliminar los obstáculos que puedan dificultar su tránsito, es decir, los valles, los montes, las colinas, los pasos escabrosos. La exégesis tradicional ve en los valles todos esos vacíos en nuestro comportamiento ante Dios, nuestros pecados de omisión: nuestra falta de oración, de solidaridad y generosidad con los necesitados, de paciencia, de amabilidad, etc. Los montes y las colinas son todos esos impedimentos de nuestro orgullo, nuestra soberbia y nuestra prepotencia, que debemos allanar a fin de revestirnos de la mansedumbre y la humildad de Cristo (A. Vanhoye).

    Ahora bien, todo este esfuerzo ascético hemos de realizarlo con alegría, porque se trata de preparar la venida de aquel a quien amamos. Y cuando esperamos en nuestra casa la visita de un ser querido, lo disponemos todo con el mayor esmero y con la mayor alegría. Así hemos de preparar la llegada del Señor, queridos hermanos, con gozo, con esperanza, sin miedo y sin desaliento. Porque ella nos trae un gran consuelo, el consuelo de Dios.

    Podríamos decir que la imagen del camino está íntimamente unida a la idea del consuelo. El consuelo divino se manifiesta en la lectura de Isaías, primero, a través de su intervención en la historia, poniendo fin a la esclavitud de su pueblo; y además, presentándose como un pastor que guía su propio rebaño. Es muy bello contemplar cómo Dios se adapta al caminar de cada uno. Él ama a cada persona como es y no deja de invitarla a ser mejor, a despejar el sendero por el desea entrar en comunión plena con ella. La delicadeza de Dios, Buen Pastor que conduce a su pueblo de vuelta a la tierra prometida es verdaderamente conmovedora, pues a los corderos los lleva en brazos, a las madres las cuida con especial solicitud, es decir, conoce y tiene en cuenta las circunstancias y posibilidades de cada uno (cf. G. Zevini).

    A su vez, en el evangelio que hemos escuchado, el evangelista san Marcos comienza su relato aludiendo precisamente al texto de Isaías y viendo en el ministerio de Juan el Bautista la preparación del camino para encontrar a Jesús. La figura del Bautista, austera y penitente, nos interpela y nos ayuda a disponer bien nuestra propia senda. De algún modo, cuestiona nuestra vida de fe tantas veces adormecida y superficial. También hoy Dios nos sigue hablando por medio de profetas y testigos que comparten las angustias de sus hermanos, nos sigue hablando por quienes saben oponerse a las modas y se solidarizan con los más necesitados, haciéndose mediadores del consuelo divino.

    Es evidente, pues, que el mensaje de este domingo complementa muy bien al del domingo anterior y es muy positivo para nuestra vida cristiana. Podríamos afirmar que preparar el camino es una forma de estar vigilantes y una forma de amar. Esta celebración eucarística nos está invitando a tomar dos actitudes: la apertura a la palabra de Dios, que quiere entrar en nuestro corazón y fructificar en nuestras obras y la disponibilidad para que esa palabra llegue a través nuestro a otros hermanos.

    Adviento nos urge, en definitiva, a revisar nuestro camino de amor a Dios y nuestro camino de amor y servicio al hermano; no existe esperanza auténtica sin esa virtud, porque es falsa la espera de quien no ama. Nuestra esperanza ha de procurar siempre el amor y la paz, en medio de una sociedad dañada por el odio y la división, que niega la venida del Señor y se resiste a ella. La oración colecta nos impulsa también a salir, salir con ánimo al encuentro de Cristo, sin que los afanes de la vida presente nos lo impidan. Es verdad que a veces nos pone a prueba ver cristianos desilusionados, desanimados, que no se tienen en pie, que no caminan ni creen que vale la pena caminar. Con nuestra vida y nuestra palabra seamos portadores del consuelo, del aliento y del amor de Dios. A Madre Teresa de Calcuta le gustaba decir: «Yo creo que Dios ama el mundo a través de nosotros, a través de vosotros y a través de mí (…). Especialmente en tiempos como éstos, en los que algunos intentan decir que Dios fue, somos tú y yo, con nuestro amor, con nuestra compasión, quienes probamos al mundo que Dios es».

    Que el pan de la eucaristía, que ahora vamos a partir, nos dé la fuerza necesaria para que, superando los afanes y preocupaciones de este mundo, vivamos en actitud de conversión A nuestra Madre Inmaculada, cuya fiesta celebraremos mañana, le suplicamos que todos vean en nosotros signos vivos del amor y de la salvación de Dios.

  • 20nov

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    En el aniversario de su muerte, ofrecemos hoy especialmente el Santo Sacrificio de la Misa por las almas de José Antonio Primo de Rivera y de Francisco Franco, a las que unimos, como se hace en esta Basílica todos los días, la intercesión por las almas de todos los Caídos en la Guerra Española de 1936-1939, indistintamente del bando al que pertenecieran. Los dos difuntos por los que hoy oramos de un modo más particular manifestaron en sus testamentos la confianza de ser acogidos por la Misericordia divina a la hora de la muerte, el deseo de morir en el seno de la Iglesia Católica y una expresión de perdón y de paralela petición de perdón a quienes tenían algo contra ellos.

    El mes de noviembre es propicio precisamente para la meditación sobre la muerte, pues es el misterio que nos descubre en gran medida el sentido de la vida. La muerte es una realidad ante la que todos nos habremos de encontrar un día y que no podemos esquivar. Sin pensar en ella de un modo tétrico, debemos sin embargo tenerla presente con frecuencia y estar siempre preparados para el momento en que nos hayamos de encontrar ante el juicio de Dios. El hecho de palpar la muerte ha llevado a cambios radicales en la vida de muchas personas, como al propio José Antonio, quien tras el asesinato de Matías Montero advirtió que la cacería en la que él había estado mientras sucedía aquello sería “el último acto frívolo de mi vida”. Asimismo, la inmediatez de la muerte condujo a un oponente suyo, Manuel Azaña, a redescubrir la fe al final de su vida, recibiendo los últimos sacramentos y humedeciéndose sus ojos de lágrimas al besar el crucifijo. La muerte nos descubre, ciertamente, que “no vale la pena vivir la vida si no es para quemarla al servicio de una empresa grande”, como dijo el primero parafraseando a un autor espiritual francés.

    También el olor de la muerte en el Madrid de los años terribles de la guerra llevó a un filósofo agnóstico como Manuel García Morente a su conversión, producida de modo definitivo en una noche que quedaría grabada para siempre en él y que, con el tiempo, le haría profundizar en el ansia de eternidad propio del estilo español y que había hecho exclamar a Santa Teresa aquel “muero porque no muero”.

    El hombre no puede colmar en esta vida todas sus esperanzas e ilusiones. Debe trabajar en la tierra para mejorar las condiciones de sus hermanos, los hombres, sin olvidar que su última meta está en el Cielo. Precisamente, la conciencia de que al final de su vida habrá de rendir cuentas al Altísimo, será el mejor estímulo para buscar la verdad, el bien y la justicia. El legítimo amor a la Patria terrena, que es una virtud derivada de la piedad filial, del cuarto mandamiento de la Ley de Dios, debe complementarse con el anhelo de alcanzar la Patria definitiva, la celestial, la dicha eterna gozando de la visión de Dios y de la compañía sin fin de los ángeles y de los santos. Allí el hombre ya no necesitará la fe y la esperanza, pues no necesitará creer lo que ya ve ni esperar lo que ya tiene, sino que sólo permanecerá la caridad, el amor más excelso, el amor de Dios y a Dios que se traduce en amor a los demás.

    Ese amor a los demás, ya aquí en la tierra, debe manifestarse en la capacidad de perdonar y de pedir perdón. La convivencia social es imposible si se intenta construirla desde la revancha, la venganza y la damnatio memoriae, que son formas de odio. El odio sólo conduce a la autodestrucción, tanto a nivel personal como a nivel social. Frente al odio, sólo cabe la caridad, que es el amor que nace de Dios y a Dios se devuelve, y es también el amor a los hombres por amor de Dios. La lección máxima del amor se ha dado desde la Santa Cruz, donde Jesús nos ha reconciliado con el Padre y nos ha enseñado a perdonar. Los brazos de la Cruz de Cristo son así brazos redentores que derraman el amor y el perdón de Dios sobre todos los hombres. Así lo entendió antes de morir un joven laico de 27 años preso por motivos religiosos en Lérida en 1936, Joaquín Lacort, que escribía a su madre animándola a “amar al prójimo, hasta a nuestros enemigos, que ellos dicen, porque yo no los tengo al perdonar a todos”. Antes de ser asesinado, dejó además escrito en las paredes de la celda: “Hermanos, nunca os abandonaré desde el Cielo. Perdono a todos. Para mí no hay enemigos. Morir por Cristo no es morir, es pasar a una vida de gloria inmensurable”.

    Que María Santísima interceda por las almas de todos aquellos a quienes encomendamos y para que nosotros, sabiendo amar a todos sin excepción, podamos alcanzar un día nuestra meta final: el Cielo.

  • 16nov

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: En este domingo la Palabra de Dios nos descubre un secreto muy valioso para alcanzar con seguridad nuestra salvación. Tenemos que venir siempre con ese anhelo profundo. Es lo más importante en nuestra vida. El joven rico le hizo esa pregunta que siempre debemos hacernos: “¿Qué debo hacer para ganar la vida eterna?” Lo demás es secundario. La salvación o la condenación no son un misterio que se nos revela cuando nos presentamos al juicio particular cuando muramos. En este mundo, en nuestra vida terrena, sabemos ya si nos vamos a salvar o a condenar.

    Corrijamos desde el principio nuestro lenguaje humano tan imperfecto cuando trata de lo sobrenatural. La vida eterna no la puede ganar el hombre con sus merecimientos en sentido absoluto. Es un regalo, un don de Dios. Pero no es un regalo barato. Porque nuestra pequeña contribución a nosotros nos cuesta superar una carrera de obstáculos durante toda la vida. Y, a pesar de nuestro gran esfuerzo, es un regalo de la infinita misericordia divina. Así que sobre todo es don. Pero el mismo Evangelio es el que usa la expresión “ganar” la vida eterna. Nuestros méritos son muy importantes, pero no dejan de ser una chispita en comparación con el gran precio de la Redención que Cristo ha pagado con su muerte y resurrección.

    Vamos por orden. En el Antiguo Testamento se nos revela cómo uno debe aprovechar la vida para hacer el bien a los demás: como la mujer ideal, buena administradora de una parte de la hacienda familiar. Pero la posible alusión a la vida eterna queda muy velada. El libro de los Proverbios considera la simpatía y hermosura de una mujer, que para una mirada superficial es lo principal, un baremo engañoso, e incluso puede convertirse en un impedimento para alcanzar la vida eterna si se convierte en una idolatría por parte del hombre o de la mujer. Lo único que tiene consistencia, es si una persona teme al Señor. Es la expresión típica de los libros sapienciales. Pero no dice por qué. En el Antiguo Testamento sólo de una manera velada e incipiente, pero segura, se habla de la retribución eterna. Era algo grabado en el fondo en la conciencia del israelita, no lo ignoraba, pero no podía dar muchas explicaciones de ella.

    El Salmo 127 que ha cantado el salmista considera que un hogar con muchos hijos es signo de la bendición divina.

    En cambio, en el Nuevo Testamento ya se habla con toda claridad de la retribución eterna. En la carta a los Tesalonicenses se aborda el tema del día del Señor, expresión que usan con frecuencia los profetas del Antiguo Testamento y constituye el tema central del Apocalipsis: todo el libro es la descripción del día del Señor (Ap 1,10). San Agustín comenta que ese día es un período en el que el Señor instaura su Reino en este mundo y que abarca también la purificación previa, denominada gran tribulación. Es un punto importante del símbolo de nuestra fe: “Y de nuevo vendrá a juzgar a vivos y muertos”. Se trata de un juicio intrahistórico diferente del juicio particular que tiene lugar inmediatamente que uno muere y del juicio final, el cual tiene lugar como colofón del fin del mundo.

    San Pablo también nos da unas claves muy importantes para estar preparados para el día del Señor, que viene como ladrón, no porque el Señor no nos dé señales abundantes y claras, sino porque una de las calamidades que se procuran los hombres que dan la espalda a Dios en los últimos tiempos es precisamente la ceguera o incapacidad para interpretar los signos de los tiempos. Lo tenemos ante los ojos, lo comentamos incluso a menudo, pero nos falta la clarividencia espiritual para aplicárnoslo a nuestra propia vida. No somos capaces de tomar las medidas pertinentes que nos pondrían a salvo de sucumbir en la persecución por la fe y ser uno más de tantos apóstatas. Nos arriesgamos a no ser capaces de dar testimonio de Cristo en el momento de la prueba. Si no estamos firmemente anclados en la fe el miedo nos arrastrará a la apostasía como a muchos creyentes que no fueron fortalecidos por sus pastores, previniéndoles de lo que iba a suceder y que está anunciado en tantísimos lugares de la Sagrada Escritura, además de que en la misma Escritura hay dos libros expresamente dedicados a ello, uno en el Antiguo Testamento, el libro de Daniel, y otro en el Nuevo, el ya mencionado Apocalipsis. Es necesario estar vigilantes por medio de la oración y el examen de conciencia y la sobriedad, cuya falta hace que caigamos en el sopor y olvido de la venida del Señor y de los signos de su advenimiento.

    Pero es en el Evangelio donde se nos reserva la sorpresa maravillosa capaz de unificar toda nuestra vida en torno a una clave que ordene nuestra vida espiritual bajo un enfoque que nos evite caminar como sonámbulos. Vayamos por partes. La parábola de los talentos es tan conocida y popular que ha obrado una transformación semántica por la que de una moneda histórica de Palestina ha catapultado su significación para significar en el lenguaje corriente las cualidades de una persona. “Esta es una persona que tiene muchos o pocos talentos”, solemos decir. Pero algún avisado comentador, que por desgracia no abundan, propone con notable acierto, dar la significación a la palabra talento de la parábola a toda ocasión que se nos presenta en el día a día de convertir las cosas pequeñas o grandes, las desgracias o cruces que solemos decir en el lenguaje espiritual basado en el Evangelio, y también las alegrías y dones que nos da el Señor, en ocasión de unirnos a la Voluntad de Dios o de rebelarnos contra esa Voluntad que contraría nuestros planes, o se nos presenta como un sufrimiento o una dificultad que no estamos dispuestos a afrontar. Nuestra vida pasaría de este modo a ser una continua ofrenda hecha al Señor de los mil y un instantes del día en que a nuestra libertad se nos presenta una elección : acepto o no la realidad a la que no puedo negarme sin un mayor o menor quebranto para mí y los que me rodean. Nuestra vida es en realidad un mosaico inmenso de momentos en los que nuestra libertad tiene que decidir entre dos opciones : o bien acepto lo que se me presenta en este instante como ofrenda agradable a Dios por mi elección en comunión con la Voluntad de Dios, o me cierro en banda y digo que no, que yo por ahí no paso, que ya estoy harto, que todo en la vida tiene un límite, que la cruz es para aquellos que van de santos por la vida, que yo me apeo y me organizo mi vida a mi antojo que ya soy mayorcito y que me dejen en paz.

    En la parábola se nos presenta a los dos primeros empleados que aceptan el reto de su señor que se va de viaje y les hace un depósito de dinero para que negocien con él. Se toman la cosa como suya. Asumen lo que les plantea su señor, se fían de él y lo ven proporcionado a sus fuerzas. No lo ven ni como una trampa, ni como una responsabilidad desmedida. Pero el tercero se niega a entrar en el juego y le contesta al señor: “fui a esconder bajo tierra tu talento. Aquí tienes lo tuyo”. Para este empleado el señor es un explotador que siega donde no siembra y recoge donde no esparce. Pero el señor de la parábola no se inmuta ante la acusación y demuestra al empleado que es injusto al catalogarle de esa manera, pues aceptaba como trabajo justificativo simplemente llevar el dinero al banquero. El empleado en realidad no se fía de su señor ni de los banqueros, de nadie.

    La consecuencia queda patente para nosotros: nuestra salvación es una empresa que tiene su dificultad. Pero sería injusto acusar a Dios de jugar sucio y estar a la altura de los explotadores con los obreros indefensos por la falta de trabajo bien retribuido. Si somos capaces de fiarnos de Dios, de apostar por este Padre bondadoso que busca nuestro bien aunque en ocasiones tengamos que trabajar sin ver el fruto de nuestros sudores, o tarde en llegar la recompensa, para aquilatar el grado de nuestra confianza, si confiamos en Dios nuestra salvación está asegurada. Pero ojo no es una confianza facilona o barata, como la presentan ciertos pastores que han dimitido de su función: aquí todo el mundo se salva porque Dios es bueno y nadie se condena. Eso es falso.

    Nuestra salvación requiere un esfuerzo, el esfuerzo de asegurarnos con la meditación concienzuda de la Palabra de Dios y con el trato personal en la oración, además del repaso de nuestra experiencia bien objetivada, de que Dios es tan bueno que nadie puede acusarle de no ayudar a sus hijos, ni nadie es capaz de superar su bondad. Nadie puede acusarle de tacaño en sus dones. Si creo que esto no es verdad tendré que volver a leer con honestidad su Palabra y ver por mí mismo si Dios es de fiar o no.

    Pero una vez que estoy seguro de la bondad de Dios soy el más afortunado de los hombres. He encontrado un tesoro. Estoy seguro de que el más mínimo esfuerzo que yo haga encontrará una correspondencia increíble en el Padre más amoroso que jamás pueda imaginar. Me veré envuelto en un halo de luz, porque mi vida ha encontrado un sentido jamás imaginado. Ahora la confianza en Dios unifica mi existencia. No necesito otro polo de atracción. Es el resorte que me hace afrontar trabajos pesados, que me hace perdonar ofensas que me parecían imperdonables, que me capacita para sufrir mortificaciones a mis gustos, contradicciones a mis opiniones, privaciones que antes no podía soportar y ahora me parecen livianas. Por fin tengo la certeza de que voy a alcanzar la salvación. Porque podré cometer pecados que me priven de ella, pero como sé que Dios quiere mi salvación y no me ha tendido una trampa, aunque me avergüence mi pecado iré presuroso a pedir perdón me cueste lo que me cueste, porque sé que hallaré misericordia y paz para mi espíritu. Una paz y una felicidad eternas que nada ni nadie fuera de Dios me puede dar. Este Evangelio nos abre horizontes insospechados. Todos nos debemos decir: Si tengo confianza en Dios lo tengo todo. Nadie puede poseer una riqueza más grande. Si alguien quiere persuadirme de lo contrario me reiré de sus argumentos y me dará pena la actitud de quien me contradiga, pero mi opción es de por vida. Quien contradiga la confianza que un creyente tiene en Dios comete el pecado imperdonable contra el Espíritu Santo. Deposito en manos de la Santísima Virgen mi opción para que por su intercesión no permita me desdiga nunca de ella y ruego sea esta la opción de todo creyente incluso si no profesa nuestra fe católica. Que la sangre de la que participamos en esta Eucaristía rubrique nuestro compromiso de por vida.

  • 15nov

    P. Santiago Cantera

  • Querido Fray Miguel:

    Cuenta la vida del antiguo monje celta irlandés San Enda, del siglo V-VI († 530), que era un valiente guerrero y rey de clan que llegó a comprender, gracias a su hermana Santa Fanchea, que nada de aquello en lo que había puesto hasta entonces su corazón podría darle la plena felicidad: ni el poder, ni la gloria terrena y la fama, ni un amor humano como el de la chica de la que se había enamorado y acababa de morir. Sólo Dios podría de verdad hacerle del todo feliz. Entonces acabaría abrazando la vocación monástica y fundando un monasterio en la isla de Inishmore, en un ambiente duro y con un clima severo, pero ante el cual él exhortaba a sus monjes diciendo que “no se puede sentir frío en los corazones que arden por el amor de Dios”.

    El amor de Dios era la condición esencial que ponía a los candidatos a la vida monástica un verdadero “Padre del Desierto” de nuestro tiempo, el monje copto egipcio Matta el Meskin (1919-2006), impulsor del monasterio de San Macario en pleno desierto de Escete - Wadi el-Natroun: “A quien quiere entrar en el monasterio, yo simplemente le pregunto: ‘¿Amas al Señor?’ Y si él me responde: ‘Sí’, yo le hago otra pregunta más importante: ‘y ¿has sentido que Jesús te ama?’ Si a esta pregunta también responde ‘sí’, entonces puede entrar. En efecto, es el amor del Señor que nos ha reunido y quien conduce día a día nuestra vida: el único objetivo de nuestra vida es el de someternos a la voluntad de Dios por amor a él”.

    San Benito exige examinar ante todo esto mismo en el candidato a la vida monástica: “si de veras busca a Dios, si es solícito para la obra de Dios (el Oficio Divino), la obediencia, las humillaciones” (RB 58, 7).

    Nuestra vida, querido Fray Miguel, queda vacía de contenido si de ella desplazamos a Dios, si lo dejamos en un lugar secundario, si sustituimos su centralidad y su primacía por otras cosas, otros intereses u otros afectos internos o externos al monasterio, si nos llenamos de sucedáneos sin contenido. Estaremos totalmente equivocados si, como monjes, buscamos fuera de Dios lo que sólo en Dios podemos encontrar. Nada ni nadie será capaz de darnos jamás lo que sólo Dios es capaz de dar: la verdadera paz interior, la alegría espiritual, la felicidad del alma aun en medio de las dificultades y de los sufrimientos, que se han de vivir siempre en clave de cruz redentora, en clave de participación en la obra salvadora de Cristo.

    Nuestra vida no es fácil, a pesar de que un monasterio benedictino como el nuestro no ofrezca las austeridades de las islas de la costa occidental de Irlanda ni de los desiertos de arena de Egipto. No es fácil porque exige de uno mismo crecer en el amor de Dios a través de un seguimiento absoluto de Cristo mediante el esfuerzo ascético de las virtudes, en la renuncia de sí mismo por el camino de la humildad y de la obediencia, y que culmina en la imitación y la identificación total con Él en la Cruz. Y los términos “esfuerzo, virtudes, renuncia, humildad, obediencia y cruz” no son hoy precisamente los más populares, quizá incluso entre nosotros mismos. Sin embargo, son los que mejor permiten al hombre perfeccionarse como hombre, mirándose en el Modelo perfecto, “el Hombre Jesucristo” (cf. 1Tim 2,5), que es verdadero Dios y verdadero Hombre y como tal nos da la clave de la perfección humana según la medida de Dios.

    Los votos que vas a profesar por tres años son los clásicos de la Tradición monástica: estabilidad, conversión de costumbres y obediencia (RB 58, 17), el segundo de los cuales conlleva la pobreza y la castidad. Porque, ciertamente, abrazas el seguimiento y la imitación de Cristo viviendo los consejos evangélicos: pobreza, obediencia y castidad. Y al hacerlo, quieres llevar a sus últimas consecuencias lo que recibiste a la hora del Bautismo, como nos recuerda San Juan Pablo II: “En la Tradición de la Iglesia, la profesión religiosa es considerada como una singular y fecunda profundización de la consagración bautismal en cuanto que, por su medio, la íntima unión con Cristo, ya inaugurada con el Bautismo, se desarrolla en el don de una configuración más plenamente expresada y realizada, mediante la profesión de los consejos evangélicos” (Vita consecrata, 30).

    Querido Fray Miguel, te voy a proponer, aplicadas a ti, las siguientes palabras que el Papa Francisco dirigió este verano en el encuentro con religiosos y religiosas en su viaje a Corea: “La firme certeza de ser amado por Dios está en el centro de tu vocación: ser para los demás un signo tangible de la presencia del Reino de Dios, un anticipo del júbilo eterno del cielo. Sólo si tu testimonio es alegre, atraerás a los hombres y mujeres a Cristo. Y esta alegría es un don que se nutre de una vida de oración, de la meditación de la Palabra de Dios, de la celebración de los sacramentos y de la vida en comunidad”.

    Por mi parte, y teniendo además en cuenta que hoy es sábado, te añado una cosa más: acude siempre a la Santísima Virgen, “mira la Estrella, invoca a María” (San Bernardo), Modelo para todo religioso. Estate seguro de que Ella jamás te fallará.

  • 07nov

    P. Santiago Cantera

  • Querido Fr. Pelayo:

    Cuenta un hermoso Apotegma de los Padres del Desierto, aquellos primeros monjes de Egipto, que en una ocasión el obispo Epifanio de Chipre, antiguo monje, quiso reencontrarse con el abad Hilarión, y que, en la comida, aquél le ofreció un ave, a lo que éste dijo: “Padre, discúlpame, pero desde que he vestido este hábito, no he comido carne”. A lo cual respondió el obispo Epifanio: “Y yo, desde que tomé este hábito, jamás he permitido que nadie se acostara teniendo algo contra mí ni yo me he dormido con resentimiento contra alguno”. Hilarión le contestó entonces: “Perdóname, tu práctica es mejor que la mía”.

    Son muchos los Apotegmas de los “Padres del Desierto” que exponen con una sencillez bellísima el valor del hábito como signo de una nueva vida. Aquellos monjes, revestidos de la “melota” o piel de camello, habían puesto sus ojos en los hábitos vestidos por Elías, Eliseo, los profetas del Antiguo Testamento que vivían en comunidad y San Juan Bautista: un manto, unas pieles, la descalcez… Todo ello exteriorizaba la austeridad y el desprendimiento de una vida que miraba a la consecución de la dicha eterna. Incluso dieron con frecuencia un significado espiritual particular a cada pieza del hábito, como lo reflejan Evagrio Póntico y Juan Casiano.

    También San Gregorio Magno nos cuenta cómo N. P. S. Benito, habiéndolo dejado todo para buscar únicamente a Dios, se retiró del mundo y recibió el hábito monástico de manos del monje Román (Diálogos, II, 1). En el monacato antiguo, la vestición de hábito venía a identificarse con la profesión de los votos monásticos. Y cuando San Gregorio Magno emplea la designación conversationis habitus al describir este pasaje, manifiesta la eso, un cambio a un nuevo estilo de vida, una transformación para abrazar toda una vida dedicada al servicio de Dios.

    En la Santa Regla, la toma de hábito y la profesión de los votos van unidas en el pensamiento de San Benito. Por eso, el abandono de las vestimentas seglares para recibir las monacales significa y conlleva el cambio total de vida, la asunción del estado monástico (RB 58, 26-28).

    El conocido dicho “el hábito no hace el monje” tiene una gran parte de verdad, pues lo que hará al monje ser realmente tal será su vida de monje. Sin embargo, también es verdad que el hábito puede y debe contribuir no poco a que el monje sea un auténtico monje, según nos recuerda Ludovico Blosio: “No traigas el hábito de monje en vano, haz obras de monje” (Espejo de monjes). El hábito, en efecto, conlleva una exigencia de vivir como monje; recuerda de continuo a quien lo lleva su consagración a Dios y sus deberes de estado, sus obligaciones y aquello que no es propio que haga. Su vigor queda realzado por el Magisterio reciente de la Iglesia: el Concilio Vaticano II (Perfectae caritatis, n. 17) y los Papas recientes (Bto. Pablo VI, Evangelica testificatio, n. 22; S. Juan Pablo II, Vita consecrata, n. 25) lo han definido como “signo de consagración” y han pedido vivamente su uso.

    Y el fundador de nuestra Congregación Solesmense, Dom Próspero Guéranger, nos recuerda que el hábito es “signo visible de la separación del mundo”. Por eso los monjes le tendrán un soberano respeto y se revestirán siempre con este sentimiento; se esforzarán en conservarlo con una gran limpieza y no se lo quitarán jamás sin necesidad (Notions sur la vie religieuse et monastique, I, 1).

    Querido Fray Pelayo: que la santa librea que ahora vas a vestir sea también de verdad para ti signo de esta nueva vida que deseas abrazar. La Iglesia establece unos tiempos prudenciales de discernimiento en la vocación religiosa, por parte del candidato y por parte de los formadores y de la comunidad que le acoge. Pero todos queremos confiar en que cada paso lo des con convencimiento y que la gracia de Dios se derrame sobre ti para ser un buen monje, viviendo las virtudes que el santo hábito exige. Y si principalmente eres capaz de vivir la humildad y la obediencia, en las que más insiste N. P. S. Benito, y buscas de veras a Dios y eres solícito en el Oficio Divino, como él pide, podrás correr con inefable dulzura de amor por el camino de sus mandamientos con el corazón ensanchado (RB, Pról., 49). Sé fiel al hábito que ahora vas a recibir y él te ayudará a ser fiel en la vida monástica.

    Que Santa María, Reina de los monjes, y todos los santos de nuestra Orden, a los que hoy conmemoramos, intercedan ante Dios para que te conceda la fidelidad.

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