• 25ene

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos:

    Los evangelios de los domingos posteriores a la fiesta del Bautismo del Señor nos presentan los comienzos del ministerio de Jesús, los primeros pasos de su vida pública. Los evangelistas muestran a ese maestro que recorría los caminos de Galilea anunciando la llegada del reino de Dios, proclamando los tiempos mesiánicos, enseñando, curando enfermos, consolando afligidos. Tal vez al contemplar a ese Cristo peregrino, un autor de nuestro tiempo se atrevió a decir que «el verdadero protagonista de la historia es el Mendigo: Cristo mendigo del corazón del hombre». Esta bella imagen no la podemos separar de esta otra: «el corazón del hombre [es] mendigo de Cristo» (L. Giussani). Sí, hermanos, hemos venido a esta celebración porque nuestra alma está sedienta de verdad, sedienta de plenitud, ansía escuchar palabras de vida eterna y sabemos que sólo él, Jesús, mendigo que llama a la puerta de nuestro corazón, puede saciarnos y colmar de sentido y esperanza nuestra realidad.

    Después de haber escuchado la Palabra de Dios, me gustaría compartir con vosotros dos reflexiones que se desprenden del relato evangélico. La primera es el mensaje de Jesús: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio». La segunda es su iniciativa de llamar a unos hombres como discípulos. Ambos, mensaje y llamada, constituyen dos hechos que encierran una enseñanza profunda y positiva para nosotros.

    Jesús exhorta a la conversión. Su llamada es apremiante como la de Jonás a los ninivitas o la de san Pablo a los corintios. Se trata de cambiar completamente de orientación y de conducta; se trata también de creer, de acoger la buena noticia, que consiste en que Dios va a intervenir para nuestra salvación y nos pide eliminar todo obstáculo. A nosotros el lenguaje de la conversión nos recuerda la Cuaresma y nos produce un cierto rechazo, porque lo relacionamos en seguida con privaciones, ascesis, erradicación de vicios y pecados tan arraigados en nuestra vida. Pero, en realidad, tenemos que agradecer esta llamada, debemos dar gracias por esta exhortación al arrepentimiento y al cambio: porque Dios quiere derramar su amor sobre nosotros, quiere transformar nuestra existencia para que sea bella, fecunda y plena de alegría. El de Jesús, además, es un anuncio positivo y esperanzador. Es como si dijera: «creed que la etapa final de la historia ha comenzado con mi presencia entre vosotros». Él es el Evangelio, anuncio de una victoria que lleva a los hombres la paz y el bienestar (A. Vanhoye).

    Podríamos añadir que la conversión en la Biblia incluye al menos dos aspectos o realidades: una conversión religiosa y una conversión ética. La conversión religiosa es la decisión de poner a Dios por encima de todo. No significa llegar a ser santos en seguida, pero indica la determinación radical de situarle sobre todas las cosas y de someternos a él. Se trata de un cambio de horizontes fundamental e importantísimo: mi vida tiene en cuenta la primacía de Dios y de él dependo en todo. La conversión ética, por su parte, es la manifestación visible y externa de la anterior: consiste en la decisión de no servir a los ídolos, de no ser esclavos del dinero, del placer desordenado, del éxito o el poder. Esta conversión es un don de Dios, no es fruto únicamente de nuestro esfuerzo; es el Espíritu Santo en nosotros, es Cristo que vive y actúa en nosotros. Por tanto, la decisión consiste en aceptar la idea de someternos a la guía del Espíritu Santo y de abrazar una vida nueva según el Espíritu (C.M. Martini). Estas dimensiones de la conversión son las que difunden el reinado de Dios en nuestro entorno y en nuestra sociedad.

    El segundo aspecto que quisiera comentar es la iniciativa de Jesús que llama a los primeros discípulos inmediatamente después del anuncio de la buena noticia. Se dirige a unos hermanos que trabajaban como pescadores en el lago de Tiberíades: Simón y Andrés, Santiago y Juan. Por un lado, el esquematismo de estas escenas de vocación encierra un significado doctrinal. La síntesis de una vocación cristiana es que Jesús ve, llama y el llamado lo sigue sin condiciones (M. Iglesias). Como veis, la iniciativa es toda de Jesús; a los discípulos no se les pide que tengan unas cualidades humanas especiales, sino una obediencia pronta. San Marcos nos dice que lo dejaron todo, abandonaron todo lo que tenían y a sus seres queridos, y fueron en pos de Jesús. Su camino posterior será un seguirle y estar con él, descubriendo lo que ha hecho de ellos sin mérito por su parte, aunque exigiéndoles la disponibilidad y el desprendimiento de todo lo que poseen y han sido hasta entonces.

    Hoy Jesús, peregrino y mendigo, maestro y Señor, pasa también por nuestra vida, pasa junto a nosotros que andamos a menudo encerrados en nuestros quehaceres, cegados en nuestras ocupaciones, sin más horizonte que el terreno, con una fe pobre y adormecida… Y el Señor nos ofrece el don de ser sus discípulos; discípulos disponibles y audaces, que contagien la alegría de creer en el Evangelio, el gozo de servir en la propagación del reino de Dios. En realidad, no tienes que hacer cosas extraordinarias: basta que le escuches, que le mires, que le prestes atención, porque la vocación es una palabra que nos es dirigida, una semilla que nace y crece dentro de la relación con Dios. La vocación es aceptar un diálogo en el que yo no digo ni la primera ni la última palabra: sólo tengo que contestar.

    A los más jóvenes que participáis en esta eucaristía, os diría que una de las cosas más bellas de la vida es discernir la llamada del Señor. Sea cual sea la llamada, respondedle con prontitud y con generosidad, como hicieron los primeros discípulos, que no eran ricos, pero lo dejaron todo por él. El camino no es otro que tomar en serio la Escritura como palabra dirigida a ti. Su meditación diaria, perseverante, hace posible que Dios ilumine tu vida y la dirección que has de tomar.

    A la virgen María, primera discípula de Cristo, le suplicamos que nos ayude a alcanzar la verdadera libertad para vivir en estado de conversión y en una gratitud constante, porque la presencia de Jesús es el Evangelio capaz de dar vida al mundo.

  • 04ene

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos:

    Durante este tiempo de Navidad la Iglesia nos invita a tomar conciencia del acontecimiento central de la Encarnación, contemplando a Jesús recién nacido. Hacedlo con toda sencillez, sin pretender buscar elevadas reflexiones o elaborar demasiados razonamientos. Se trata sobre todo de llenarse de una presencia, de estar ante Él en silencio, en pobreza y humildad de corazón, adorándole y permaneciendo a su lado con amor y con inmensa gratuidad. Es ésta la mejor actitud con la que podemos presentarnos ante el niño Jesús. Él está aquí: ¡Jesús se encuentra en medio de nosotros, es «Dios con nosotros»! No habla, no actúa, no puede pronunciar palabras que nos iluminen, no sabe hacer nada útil; simplemente está. Y esto es lo que importa: que haya venido a estar entre nosotros. Permanecer ante él puede convertirse en una plegaria fecunda y provechosa para nuestra alma, en fuente de paz y de gozo, porque el niño Jesús cambia el corazón de quien lo contempla y lo adora, otorgándole un corazón de hijo de Dios.

    El pasado domingo, dentro de la octava del Nacimiento del Señor, contemplábamos a la familia humana de Jesús. Resulta conmovedor ese realismo con que el Hijo de Dios se ha insertado en nuestra historia: Jesús se encuentra con nosotros, aceptando desde el principio los inconvenientes de una existencia pobre; ha tomado sobre sí toda nuestra debilidad e impotencia. Lo cual constituye un testimonio de amor verdadero: «Tenía que hacerse en todo semejante a sus hermanos», subraya la Carta a los Hebreos. San Lucas por tres veces escribe que el niño fue depositado en un pesebre que se utilizaba para los animales. Este detalle apunta la extraordinaria precariedad de su primera situación en la tierra.

    La liturgia de hoy, por su parte, está centrada en nuestra relación con Dios: una relación que se ha vuelto verdaderamente estrecha, íntima, muy bella, mediante la Encarnación de Jesús. El Prólogo del evangelio de san Juan manifiesta que la Palabra de Dios es el Hijo unigénito de Dios, que se ha encarnado: «La Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios». Por consiguiente, existe una unión estrechísima entre la Palabra y Dios. Y al final del Prólogo se llama a la Palabra «Hijo único». La Palabra no es, por tanto, una criatura, sino una persona divina; es «Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero» como confesamos en el Credo (A. Vanhoye).

    Esta persona divina se ha encarnado verdaderamente. De este modo, ahora, para orientar nuestra vida, no sólo disponemos de una ley o de una institución, sino de una persona que ha asumido una naturaleza como la nuestra. Por eso Jesús se ha hecho camino para nosotros. Los ejemplos de su vida entre los hombres son verdadera norma de conducta, senda por la que caminar seguros hacia Dios y hacia la felicidad eterna. Desde que Jesús se ha hecho camino y se ha considerado siervo («Yo estoy entre vosotros como el que sirve», dirá), nuestra vida cristiana encuentra en el servicio a Dios y al prójimo uno de sus núcleos más fuertes y fecundos. El camino del servicio sencillo, alegre y discreto está en la base de nuestra espiritualidad. Si llegamos a gozar de ser servidores tendremos alegría permanente A la beata Teresa de Calcuta le gustaba decir que el fruto del silencio es la oración, el fruto de la oración es la fe, el fruto de la fe es el amor, el fruto del amor es el servicio y el fruto del servicio es la paz. En la realización del servicio de amor, que cada uno realiza según su vocación y carisma, podemos tener presente también la frase atribuida a san Ignacio de Loyola: «Trabaja como si todo dependiera de ti, sabiendo que todo depende de Dios». Se trata de la indiferencia: haz las cosas lo mejor que puedas, pero recuerda que eres sólo un servidor, así que deja que las cosas fructifiquen por sí mismas. Deja a Dios hacer su trabajo.

    Ahora bien, el Hijo único de Dios, que acampó entre nosotros, no nos ha reducido a una servidumbre sin horizontes. Es Él quien nos da la posibilidad de llegar a ser hijos adoptivos de Dios. Nosotros no somos dioses como lo es Jesús, pero participamos de una manera profunda en esta filiación de la Palabra encarnada. Dice san Juan: «A cuantos recibieron [la Palabra] les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre». Ése es el objetivo de la Encarnación: el Hijo único de Dios se ha hecho hombre no sólo para estar entre nosotros, sino para ser precisamente uno de nosotros e introducirnos en una relación íntima con el Padre celestial. Jesús nos trae esta adopción filial y nos confiere una dignidad extraordinaria. Acojamos y agradezcamos este magnífico don.

    En vísperas de la gran solemnidad de la Epifanía, tomemos conciencia de la única seguridad en la que podemos apoyarnos: la seguridad de ser amados por Dios, de amarle y amar a todos. Las cosas materiales, los regalos están bien en la medida en que son un gesto de amor y apertura hacia los demás. Pero no nos quedemos ahí. Dios mismo quiere entregársenos como don supremo, el único don que puede saciar nuestra sed de felicidad, de dicha en plenitud. Al mismo tiempo no deja de llamarnos para anunciar la persona de Cristo, convirtiéndonos así en don para los demás. Que nuestra meditación de este gran misterio se traduzca en servicio, en disponibilidad, en testimonio de Jesús hecho hombre por amor a nosotros.

    Que por la intercesión maternal de la Virgen María gocemos de los bienes de esta vida como don de lo alto y que agradezcamos siempre el abajamiento del Verbo encarnado que se ha hecho camino y nos ha alcanzado la gracia de ser hijos de Dios.

  • 25dic

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El texto del Evangelio de San Juan de hoy (Jn 1,1-18) sintetiza y resume a la perfección, en unas palabras breves y a la vez profundas, todo el misterio de Jesucristo. Él es la Palabra, el Verbo de Dios, el Logos divino coeterno con el Padre y que ha asumido la naturaleza humana, haciéndose verdadero hombre sin dejar de ser Dios.

    Con acierto se ha indicado en muchas ocasiones que el cristianismo, a diferencia de otras religiones, no es tanto una doctrina y un culto, como más bien fundamentalmente una Persona: Jesucristo. Él es el Hijo de Dios hecho hombre para religar al hombre con Dios, para redimir al hombre caído, para devolverle la dignidad perdida a consecuencia del pecado y conducirle de nuevo a la comunión amorosa con el Dios que es comunión de Personas en el amor. Jesucristo, verdadero Dios, ha traído al hombre la plenitud de la revelación del Dios vivo: por eso nos ha dicho San Juan que Él es “la luz verdadera que alumbra a todo hombre”; Él, “el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”, quien nos hace posible conocer al Dios único en esencia y trino en Personas.

    En la Carta a los Hebreos hemos escuchado (Heb 1,1-6) que el Hijo de Dios es “el reflejo de su gloria” ?de la gloria del Padre? e “impronta de su ser”. Y tal como se nos dice, está por encima de los ángeles, porque Dios no dijo jamás a un ángel: “Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado”; el Padre sólo puede haber dicho esto a su Hijo Unigénito, engendrado por Él eternamente, en ese “hoy” que es el “hoy” eterno. Al conocerse y amarse a Sí mismo, el Padre engendra eternamente una Imagen perfecta de Sí mismo, que es el Hijo, el Verbo. En efecto, San Pablo dice a los Colosenses que es “imagen del Dios invisible” (Col 1,15) y ya en el libro de la Sabiduría se anunciaba que es “una exhalación de la potencia de Dios y un limpio efluvio de la gloria del Todopoderoso”, “irradiación esplendorosa de la eterna luz y espejo inmaculado de la energía de Dios y una imagen de su bondad” (Sab 7,25-26). La generación del Verbo por el Padre, por tanto, se realiza en un “hoy” eterno, sin un antes y un después temporal. Por eso decimos en el Credo niceno-constantinopolitano, frente a la vieja herejía de Arrio, que es “engendrado, no creado”, y en la exactísima formulación griega y latina afirmamos que es “consubstancial” al Padre”, homoousios.

    San Juan nos ha dicho que se hizo carne, se hizo hombre, y habitó entre nosotros. Efectivamente, se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno virginal de María, que es así verdadera Madre de Dios. Y al llevar esto a cabo, Jesucristo, verdadero Hombre, ha elevado la naturaleza humana a la máxima dignidad al asumirla perfectamente y llevarla a su glorificación.

    Por todo ello, el cristianismo hace gala de su nombre y es cristocéntrico. Jesucristo es sin lugar a dudas el centro y el eje de la Historia, el Esperado de las naciones (Is 42,4 y Mt 12,21; Is 11,10.12 y Rom 15,12), manifestado en la plenitud de los tiempos (Gal 4,4; 1Pe 1,20), nacido de una Mujer (Gal 4,4) que es verdadera Madre de Dios. En la Carta a los Hebreos (Heb 1,1-6) hemos escuchado también una afirmación de esta centralidad de Jesucristo como eje de la Historia de la Salvación y de la Historia entera del mundo, pues “ahora, en esta etapa final, [Dios] nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo”.

    Autores cristianos antiguos han explicado la Historia precisamente en torno a esta idea de “las edades del mundo” culminantes en Jesucristo: San Agustín, San Gregorio Magno, San Isidoro de Sevilla, San Beda el Venerable y todos Padres de la Iglesia que han expuesto una teología de la Historia con mayor o menor profusión han recogido y expuesto esta visión.

    En fin, con el deseo de tener presente en nuestro recuerdo y en nuestra oración a los cristianos del Próximo Oriente que están viviendo una época especialmente dura de persecución y violencia, podría ser bueno y hermoso meditar en estos días el misterio del Verbo encarnado conforme a los textos de las fórmulas y declaraciones cristológicas comunes que con los Papas Pablo VI y Juan Pablo II, beato ya el primero y santo el segundo, se alcanzaron con diversas Iglesias separadas de aquellas tierras, siendo la primera de ellas la del Beato Pablo VI y el Patriarca Copto Shenuda III de Egipto en 1973, en la cual, lejos de toda sospecha de herejía monofisita que antes se atribuía erróneamente a los coptos no católicos, se hacen afirmaciones tan bellas como la confesión en que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo Único de Dios, se encarnó por nosotros y “en Él su divinidad está unida a su humanidad en una unión real, perfecta, sin mezcla, sin confusión, sin alteración, sin división, sin separación. Su divinidad no se separó de su humanidad ni un solo instante, ni un abrir y cerrar de ojos. Él, siendo Dios eterno e invisible, se hizo visible en la carne y tomó sobre Él la forma de siervo. En Él se mantienen todas las propiedades de la divinidad y todas las propiedades de la humanidad, juntas en una unión real, perfecta, indivisible e inseparable”.

    Que María, a quien los católicos y todos estos cristianos orientales separados confesamos como verdadera Madre de Dios, les conceda a ellos la paz y a todos alcanzar un día la unidad en la contemplación del misterio del Verbo encarnado. Feliz Navidad para todos.

  • 24dic

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Desde niños, todos vivimos esta noche con un gozo especial. Incluso cuando en ocasiones puede transcurrir con dureza por la falta de alguien que ya no está físicamente entre nosotros o por alguna circunstancia que nos causa dolor, hay algo siempre que la traspasa y la llena de un sentido especial. Ese algo no son los adornos, las luces de colores, las cenas o las reuniones familiares. Es, por supuesto, algo mucho más trascendente lo que da un significado especial a esta noche. Aun por oscura que en ocasiones nos pueda sobrevenir, en ella brilla una luz, como nos ha dicho la oración colecta de la Misa: es el Nacimiento de Cristo, la luz verdadera. Éste es el acontecimiento que ilumina esta noche, como sucedió en Belén.

    Cristo es la luz que ilumina los corazones y las almas, que da calor al mundo, que alumbra el camino de nuestra existencia, que aclara el misterio de la vida y de la muerte, que brilla en medio de las tinieblas para la Iglesia que se deja guiar por Él (cf. Is 9,2-7, primera lectura). La luz es necesaria para no tropezar, para descubrir la ruta que tenemos que seguir, para saber alcanzar la meta. Jesucristo es la verdadera luz de nuestra vida y no hay otra. Él es la luz enviada por el Padre, “irradiación esplendorosa de su gloria”, como nos dice el libro de la Sabiduría y lo repite la Carta a los Hebreos (Sab 7,25; Heb 1,3). Él mismo lo ha dicho: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).

    ¿Por qué puede hacer esta afirmación de Sí mismo? Porqué Él, como nos han advertido todas las lecturas y el salmo de hoy, es el Mesías, el Salvador. Él es verdaderamente el Hijo unigénito de Dios, que viene a salvarnos, habiéndose encarnado en el seno virginal de María y naciendo como verdadero hombre. Al haber asumido nuestra naturaleza, uniéndola a la naturaleza divina en la única persona del Verbo de Dios, ha querido compartir nuestra flaqueza y nuestra debilidad para redimirnos del pecado y elevarnos hasta Dios. Así se ha mostrado como verdadero Salvador, superando la distancia existente entre Dios y el hombre.

    Queridos hermanos: en esta noche y en estas fechas siempre tenemos presentes a todos aquellos que queremos y cuya compañía no podemos compartir o sabemos que pasan por circunstancias difíciles e incluso dolorosas. Extendiendo nuestra mirada más allá de los más próximos por motivos familiares o de amistad, debemos tener muy presentes en esta noche y en estos días a tantos hermanos nuestros, a tantos cristianos que especialmente en Siria e Irak están padeciendo una de las más crueles persecuciones religiosas de toda la Historia de la Iglesia y una de las situaciones de mayor violencia de todos los tiempos. Nuestro pensamiento y nuestro corazón no deben olvidar hoy a tantas personas y familias que habrán de pasar la Navidad expulsados de sus hogares y de sus iglesias, con miembros de su familia asesinados y secuestrados y con la carencia para poder cubrir sus necesidades básicas.

    No podemos dejar de pensar en los cristianos de la llanura de Mosul, la antigua Nínive, en Irak, comarca en la que este año no se escuchará el sonido de las campanas anunciando el Nacimiento de Cristo. No podemos dejar de pensar en estos cristianos iraquíes que, en el mejor de los casos, han podido llegar refugiados a la región norteña del Kurdistán. No podemos dejar de pensar en el pueblo sirio, del cual más de la mitad se encuentra desplazado de sus hogares.

    Sin embargo, en medio del dolor causado por esta situación de guerra y de terrorismo, la luz que es Jesucristo sigue iluminando la noche. En medio del sufrimiento, la luz de Cristo alumbra infundiendo esperanza a los cristianos de aquellas tierras y de todo el mundo. Como ha dicho el Papa Francisco, la realidad que allí se vive está haciendo posible un “ecumenismo del martirio”, porque éste lo están padeciendo tanto cristianos católicos como ortodoxos y está favoreciendo el camino de la deseada unidad. Ahora se hace posible, por tanto, incidir con esperanza en la fe común que nos une: después de muchos siglos de incomprensiones, la Iglesia Católica y las Iglesias orientales han ido profundizando en lo que parecía separarlas y descubriendo la misma fe en Jesucristo, siendo necesario aún penetrar en otros puntos que nos diferencian. Por ceñirnos al caso de Irak, cabe recordar la Declaración cristológica común de San Juan Pablo II y el Patriarca de la Iglesia Asiria Mar Dinkha IV en 1994, donde, lejos de toda sospecha de la vieja herejía nestoriana, se confiesa a Jesucristo como verdadero Dios y verdadero hombre, cuya divinidad y cuya humanidad están unidas en la única persona divina del Verbo, y se reconoce que María es verdadera Madre de Dios.

    Que Ella, que alumbró en Belén a la Luz del mundo, traiga la paz a esos pueblos y os conceda a todos una Feliz Navidad.

  • 21dic

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: En este domingo ya se respira un aire navideño. Se confunde ya casi la preparación con la fiesta de Navidad. Lo importante es que en esta celebración del Nacimiento de Cristo, los festejos externos que se hacen en estas fechas, las luces, los regalos, el consumismo, que ha logrado que sea la Navidad uno de sus epicentros, no ocupen el lugar de lo que es esencial en la Navidad, y que está expresado muy bien en lo que el ángel anuncia a los pastores: “Os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. El centro insustituible para nosotros no deben ser las costumbres sociales propias de estos días, los adornos que ponemos para recordarnos el gran acontecimiento, y mucho menos algunas de estas costumbres navideñas, que aunque son perfectamente admisibles cuando son comedidas, pueden transformarse en el el único motivo de la fiesta por falta de interioridad: me refiero a las comidas, los regalos, los viajes, las vacaciones y hasta los excesos que se cometen en estas fiestas y que deberían avergonzarnos a todos pues no pocos seres humanos como nosotros se degradan y pisotean su dignidad humana y más aún su condición sagrada de hijos de Dios. No podemos decir que este triste panorama no nos afecte.

    Frente a esta realidad de nuestros días nosotros tenemos el privilegio de haber acudido hoy a la santa Misa para prepararnos a aprovechar las gracias inmensas de la celebración cristiana de la Navidad. Contemplando estos días una fotografía de un belén artístico precioso por las figuras tan bien talladas y decoradas magistralmente, de pronto caigo en la cuenta de que el artista ha modelado a sus personajes, a María, José y los pastores, con los ojos bajos, casi cerrados. No se puede saber de qué color y forma son sus ojos, pues lo que destaca es que sus párpados están solo entreabiertos mirando al niño entre pajas en el suelo. Los grandes pintores y músicos han utilizado recursos muy ingeniosos para acercarnos un poco al misterio. La lección del tallista del belén está bien clara: el centro es Jesús recién nacido y no debemos mirar a otra parte o distraernos mentalmente si queremos beneficiarnos de estos días de gracia. Tenemos que entrar en relación personal y de amistad con Jesús. Tenemos que contemplar en silencio el designio amoroso de Dios que san Pablo nos ha recordado en la segunda lectura que “permaneció siglos en secreto y ahora se nos ha manifestado en la Sagrada Escritura […] para atraer a todas las naciones a la obediencia de la fe.” A partir de ahí brota, por la acción del Espíritu Santo, la alabanza, la acción de gracias por venir a salvarnos, el dolor de haber sido tantas veces impermeables a su gracia y un sin fin de cosas que tendremos que admirar y cantar de gozo ante tan gran misterio.

    La piedad cristiana no ha permanecido indiferente ante el contenido tan maravilloso del Evangelio que se ha proclamado de la Anunciación a María. Se la denomina Anunciación por porque es el anuncio de una gracia muy singular, un anuncio trascendente para toda la humanidad. Y esa consideración incansable en el corazón ha dado lugar a que muchos artistas hayan pintado esta escena tantas veces, que es quizás el motivo histórico más recurrente de toda la pintura junto con la crucifixión de Jesús. Pero mucho más destacable es el rezo del Ángelus. Una oración que multitud de cristianos han meditado cotidianamente al comienzo, al mediodía y al atardecer sin que les pareciese tedioso este ejercicio espiritual, pues han considerado que se trata de un misterio decisivo para nuestras vidas. Los monjes cartujos añaden una cuarta vez en su vigilia nocturna.

    La oración del Ángelus tres veces al día, o al menos una al mediodía, que suele ser lo más extendido, cuando suenan las doce, es un resumen muy provechoso de los misterios de la Redención, la obra maravillosa que supera en grandeza a la obra de la Creación. Quienes rezan esta oración meditan, alaban y agradecen a la Santísima Trinidad el designio de salvar al hombre caído en pecado, cuando dicen: “El ángel del Señor anunció a María y Ella concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.” En la segunda invocación: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” agradecen a María su sí incondicional a la Voluntad de Dios, pero en realidad Ella refiere las alabanzas y nuestra gratitud a Dios autor de la gracia que la hizo fiel. En la tercera se dirige nuestra admiración contemplativa a la obra del Hijo: “Y el Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros”. Le agradecemos la obra de la Redención no sólo al Hijo, sino a las tres divinas Personas, pues sabemos que es obra de la Trinidad, aunque atribuida principalmente al Hijo. Y en la oración hay una referencia más explícita al misterio pascual de la muerte y resurrección: Le pedimos al Padre que “los que hemos conocido por el anuncio del ángel la Encarnación de tu Hijo Jesucristo, lleguemos por los méritos de su Pasión y su Cruz a la gloria de la Resurrección.”

    Tenemos que rescatar esta oración del olvido de otros muchos cristianos, pues es poner cada cosa en su sitio. Y no pensemos que es un simple recuerdo; es un vínculo de amor el que se establece entre las Personas divinas, la Santísima Virgen y nosotros. Se suele decir de algunos: “Esta es una persona que tiene la cabeza bien amueblada.” Queremos expresar con ello que es una persona sensata que no se ha dejado arrastrar por atractivos y pasiones humanas desordenadas y rige su vida con sensatez. Pues el rezo del Ángelus nos ayuda a algo mucho más importante: a ser hijos de Dios que saben de dónde procede la máxima dignidad del hombre, la de estar llamado a la comunión con Dios y por ello no se cansan de agradecer y alabar ese plan misericordioso de Dios. Y más todavía. Saben que esa oración que parece que se han propuesto ellos hacer cada día, no procede de impulso humano, sino que es inspiración y obra del Espíritu, pues Jesús nos ha enseñado: “Sin Mí no podéis hacer nada”. En realidad es ponernos conscientemente en sintonía con Dios que rige nuestra historia y la hace trascendente. Es salir del engaño a que nos conduce el mundo por sí mismo, para decirnos a nosotros mismos: ni en los periódicos ni en los medios se nos recuerda este hecho trascendental de la historia, nuestra Redención, es la primera gran noticia que no debo olvidar y agradecer cada día, pero a mí me ha concedido Dios “conocer el misterio escondido durante siglos eternos y manifestado ahora” (Rom 16,26) y lo agradezco con sumo gusto.

    El misterio de la Encarnación no lo celebramos sólo el día 25 de diciembre, lo estamos celebrando en nuestro corazón todos los días, pero sobre todo en la Eucaristía. Ahora se actualiza tan gran misterio al conmemorar sacramentalmente el sacrificio de Cristo en la Cruz y su resurrección. Hagamos todo lo posible por vivirlo ahora y muchas veces cada día y veremos cómo se transforma nuestro corazón y se hace más sensible a las necesidades ajenas, cómo se hace más amable nuestro trato con los demás, cómo va atenuándose ese egoísmo tan arraigado en nosotros, pues esta sencilla oración hecha con el corazón nos irá cambiando sin darnos cuenta.

  • 14dic

    P. Alberto Soria

  • Muy queridos hermanos en Cristo Jesús: la lectura del Evangelio quizás os ha dejado un sabor un tanto amargo por la actitud de los judíos y su embajada de sacerdotes y levitas a Juan en busca de hacerle un proceso a Jesús, el Mesías, y darle al pueblo judío un Mesías diferente, el promocionado por ellos. Juan Bautista era un hombre de Dios que a todos admiraba por su vida de oración y penitencia, nunca vistas entre sus vecinos. Los judíos tenían el poder religioso en sus manos, aunque en lo político estuviesen sometidos a los romanos en tiempos de Jesús. Si lograban engolosinar a Juan Bautista con la idea de ser él mismo el Mesías, también tendría que sujetarse a lo que ellos dispusieran, puesto que eran sus promotores. No sería el Mesías prometido por Dios, pero sabían engañar a la gente y con tal de mantener su poder religioso, ¿qué importaba una mentira más? Esta falta de escrúpulos nos es muy conocida. La política de todos los tiempos ha sido siempre la misma.

    Pero en este pasaje algo nos anima y alienta: la persona insobornablemente fiel de Juan el Bautista, hombre honrado y sencillo cuya profundidad y conocimiento íntimo de los planes de Dios nos deja asombrados. Su silencio es la mejor respuesta, la resistencia que presenta a esa embajada de hombres presuntamente religiosos convertidos en políticos corruptos cuyo objetivo es oponerse a la luz. San Juan Bautista habla, pero se niega rotundamente a entrar en diálogo con la tentación de pasar por el Mesías. Sus tres noes: “no soy el Mesías”, “no soy Elías”, “no soy el Profeta”, son toda una lección para los que nos dejamos llevar tan fácilmente por las alabanzas humanas y pretendemos hacer prevalecer nuestras capacidades, incluso degradando a posibles competidores para encumbrar nuestro prestigio personal. El precursor se presenta como un sencillo mensajero que anuncia al Mesías que viene. No quiere hacer sombra al esposo y menos aún suplantarle, aprovechándose de la malicia de los que se oponen a la luz.

    Para llevar una vida que se acerque a la figura grandiosa del Bautista necesitamos aplicar los consejos de San Pablo a los Tesalonicenses con la perspectiva de que nuestro espíritu, alma y cuerpo sea custodiado hasta la parusía de nuestro Señor. No dice este gran apóstol que con custodiar el espíritu ya está el cristiano en el camino de la salvación. No es así, pues concibe que el hombre es a la vez espíritu, alma y cuerpo y que por tanto el cuerpo también entra en el proceso de santificación y prueba de ello es que un poco antes recomienda que “os apartéis de la impureza; que cada uno trate su cuerpo con santidad y respeto, no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios”.

    La lectura del profeta Isaías nos ha ofrecido una perspectiva grandiosa que abarca ambas venidas del Señor: la de su encarnación, en la que trajo la salvación a los que sufren por estar separados de Dios y cautivos en las redes del mundo, del demonio y de su propia carne y la futura restauración definitiva, que no solo incluye la liberación personal de esos tres enemigos, sino también el reconocimiento, por parte de todos los pueblos, del señorío absoluto del Señor sobre el mundo, porque todo le estará sometido.

    Tomemos a María como modelo para preparar la Navidad. Quizá nunca hemos pensado con qué amor se prepararía ella para dar a luz al Hijo de Dios. Pidamos por fin al Señor que nos ilumine y que se compadezca de nosotros. Que así sea.

  • 08dic

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La solemnidad de la Inmaculada Concepción de María que hoy celebramos se afianzó con rango universal en la Iglesia desde la definición del dogma por el Beato Pío IX en la bula Ineffabilis Deus en 1854, cuando proclamó que la Santísima Virgen fue preservada inmune de toda mancha del pecado original desde el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios, en atención a los méritos de Nuestro Señor Jesucristo. Ella misma lo confirmó a Santa Bernardita en Lourdes cuatro años después.

    Como todos los privilegios concedidos por Dios a María, deriva de su Maternidad Divina, ya que convenía que, si había de ser la Madre de Dios y no podría transmitir a Jesucristo el pecado original, Ella misma debería ser preservada de éste. María, como verdadera Madre de Dios, es desde el principio la “llena de gracia”, según se nos ha dicho en el Evangelio (Lc 1,26-38); es la toda limpia, la toda pura, la toda santa. En consecuencia, Dios la ha colmado de gracias, virtudes y santidad. Por eso la Iglesia aplica a Ella las palabras del Cantar de los Cantares (cf. Ct 4,7): “Toda hermosa eres, María, y no hay mancilla en ti”.

    Ella es la Mujer que en el Protoevangelio, en el texto del Génesis de la primera lectura, aplasta la cabeza de la serpiente, vence al diablo y a sus insidias (Gén 3,15). Desde el principio de su elección para ser Madre de Dios y especialmente desde el momento de la Encarnación, quedó asociada al Redentor y Mediador, su Hijo Jesucristo, para ser auténtica Corredentora y Medianera. Y además, como hemos leído en el texto del Evangelio (Lc 1,26-38), es modelo también de orante y contemplativa, deseosa de obedecer la voluntad de Dios, y es ejemplo de humildad, pues a sí misma se presenta como la “esclava del Señor”.

    La devoción a la Inmaculada Concepción está muy arraigada en España, cuya Patrona es oficialmente desde 1760, y también lo es de nuestra Infantería desde 1585. En España nació una Orden dedicada a Ella dentro del círculo de Isabel la Católica, las concepcionistas, y las Universidades españolas en los siglos XVI y XVII se comprometieron a defender este privilegio mariano.

    En esta fecha tan bonita vais a recibir la Primera Comunión dos niños de nuestra Escolanía y el hermanito de otro: Mario, Leonardo y Rodrigo. Vestís las cogullas blancas de escolanes, como signo de la pureza y la sencillez de ángeles que debe caracterizar a los niños y como reflejo de la Virgen María, que es toda limpia y pura. Es de una gran importancia que se conserve la inocencia y la limpieza en los niños.

    Cuando viene una visita a casa, nos gusta recibirla con la casa limpia. Jesús nos visita cada vez que lo recibimos en la Eucaristía: de ahí la necesidad de tener la casa limpia para Él. La Virgen María tenía limpia la casa donde recibió a Jesús: la casa de su cuerpo y de su alma. Así también debe ser en vosotros. Por eso es conveniente confesarse con frecuencia, para poder recibir en mejores condiciones a Jesús Sacramentado. Vuestra alma permanecerá limpia si rechazáis el pecado, hacéis el bien y amáis a Dios.

    María Inmaculada recibió y llevó a Jesús en su seno: vosotros recibiréis ahora a Jesús como Ella, para que viva dentro de vosotros y os dé vida. La Eucaristía es un auténtico “Pan de ángeles”, según lo vemos en la Biblia y la Iglesia lo comprende. Vosotros tenéis que pareceros a María y a los ángeles. Alimentaos de Jesús, como los ángeles se alimentan al verle siempre en el Cielo.

    Que María Inmaculada, Reina de los Ángeles, Reina de España y Reina de nuestra Escolanía, os bendiga y os lleve en su Corazón Inmaculado. Y que Ella misma bendiga también a los antiguos escolanos que estos días nos acompañan y nos honran con su presencia.

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