• 12jul

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor Jesús: Los profetas y Apóstoles enviados por Jesús nos anuncian que el Reino de Dios está cerca. Los profetas, como es el caso de Amós, además de denunciar el alejamiento de Dios en su tiempo, por parte de los que detentaban el poder civil y religioso, anunciaron el Día de Yahvéh, que es el anuncio a un tiempo del Mesías y de la renovación espiritual que ello supone y del juicio de Dios tras los frutos que esa venida debía haber producido. Ni los profetas ni los Apóstoles de Jesús conocían las fechas de estos acontecimientos históricos.

    Nosotros tampoco conocemos la fecha exacta de la Segunda venida del Señor. Y resulta que tampoco es conveniente saberlo, dada nuestra manera de ser: pues satisfecha la curiosidad no actúa en nuestro interior como llamada a la conversión. Pero tanto los profetas como los Apóstoles nos hablaron de estos acontecimientos salvíficos de gran magnitud. Y nosotros no podemos ignorarlos. Y menos aún no desear que se produzcan, pues el Señor nos dice al respecto: “alzad vuestras cabezas, se acerca vuestra liberación”.

    Históricamente hablando, Amós es el primero entre los profetas que habla del Día de Yahvéh. No era una novedad. Y ya tiene que salir al paso de una falsa concepción del mismo con estas palabras: “¡Ay de los que ansían el Día del Señor! ¿De qué os servirá el Día del Señor? ¡Será tiniebla y no luz!,” (5,18) pues entre sus contemporáneos había algunos que lo reducían a día glorioso y de triunfo, lo cual es sólo una parte del mismo. En otro lugar habla del castigo de la casa de Israel y de su definitiva y gloriosa restauración en el pequeño resto fiel (9,5-15). De esta manera queda claro que Amós entiende el Día de Yahvéh como juicio muy severo lleno de dolor y obscuridad y a la vez como el Día de la gran misericordia y bendición para los que permanecieren fieles o se arrepintieran sinceramente y supieran ver en el castigo una llamada a la conversión.

    En el Salmo responsorial, el Salmo (84) propio del Adviento en la liturgia tradicional, también hemos percibido cómo en la perspectiva profética se anuncian unidas la doble venida mesiánica en la encarnación de Jesucristo, “La salvación está ya cerca y la gloria habitará en nuestra tierra”, y el establecimiento intrahistórico de su reino de justicia y amor todavía no cumplido, aunque sin aludir a la purificación previa: “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan. … El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto.”

    El Evangelio nos ha desvelado una faceta del ministerio de Jesús a la que se quiere poner sordina en la pastoral moderna. Se trata del envío a sus Apóstoles: “dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos”. Esa autoridad que Jesucristo les da sobre los espíritus inmundos la explicita más adelante y dice, en el mismo pasaje que se ha proclamado hoy, que “echaban muchos demonios y ungían con aceite a muchos enfermos y les curaban”. Lo cual es una buena noticia, porque ese poder también lo han recibido los sucesores de los Apóstoles que son los obispos. Éstos por su parte comunican a los sacerdotes ese poder en medida diversa, según sean sacerdotes exorcistas o no. Son muchas las diócesis españolas en las que esta faceta tan importante del ministerio apostólico no está atendida ni nombrados sacerdotes exorcistas.

    El Apóstol San Pablo da como una señal de los últimos tiempos, es decir, de ese tiempo al que se referían los profetas del Antiguo testamento con la expresión “el Día de Yahvéh”, la proliferación de doctrinas de demonios y del espiritismo en la primera carta a Timoteo: “El Espíritu dice expresamente que en los últimos tiempos algunos se alejarán de la fe por prestar oídos a espíritus embaucadores y a enseñanzas de demonios” (1Tim 4,1). Nosotros, tan súper informados como estamos, nos damos cuenta, si no miramos a otra parte, de la cantidad de sectas satánicas que aparecen cada día y que ya no se esconden, la ingente literatura sobre espiritismo que se pone en la actualidad incluso en manos de niños, la estadística escalofriante sobre la proporción de películas que tratan de estos temas, así como de vídeo juegos sobre esta temática con los que se contamina la juventud y los que no son tan jóvenes. Una buena parte de la apostasía en la que estamos inmersos procede de esta fuente. Y esta realidad constituye una señal más de la inminencia de los últimos tiempos.

    El himno que abre la carta a los Efesios que se ha proclamado nos ha desvelado cómo Dios quiere “recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra”. Al presente parece que aquí en la tierra no le está sometido todo, pues los hombres hemos sido rebeldes, incluso una vez llevada a cabo la Redención del hombre por la muerte y resurrección de Cristo. Sin embargo, Dios, en su infinita misericordia, no desiste de su plan de reconducir todas las cosas a su origen. Queda pendiente, pues, la etapa que San Pablo denomina “la Redención completa del pueblo”, o sea la Parusía o Segunda venida de Cristo. Venimos de Dios y hemos de volver a Él. Y para ello es preciso que los hombres seamos purificados por la gran tribulación (Mt 24,21; Apc 7,14), paso previo a este recapitular todas la cosas en Cristo. Este es el gran acontecimiento de los últimos tiempos que parece ya muy próximo por el cumplimiento de las señales dadas por Dios, y del que no se quiere oír hablar.

    Hermanos, ¿qué nos quiere decir el Señor a nosotros con toda esta información que está a nuestro alcance y con otros datos que completan esta visión de conjunto?

    A mi modesto entender el mensaje es: no podemos caminar como sonámbulos cuando nos acecha tan gran prueba y peligro para nuestra fe. Hemos de tomar medidas personales y ojalá se tomasen también a nivel colectivo para no sucumbir ante la densa tiniebla que nos va a envolver y ante el juicio que pesa sobre esta generación en esta etapa de la historia de la Salvación. Lo cual el Señor ya nos lo había anunciado desde antiguo en la Sagrada Escritura. Nuestra tarea es leer con ojos lúcidos la información que nos ofrecen la Palabra de Dios por una parte y los medios de comunicación y nuestra experiencia del trato y comunicación entre todas las personas que nos rodean, por otra. El Señor quiere que, a pesar del gran revulsivo que esto supondrá, estemos serenos ante tanta confusión y muy unidos a Él. Si nuestra relación con Él es fría o la hemos dejado de lado es preciso recuperarla hasta su más alto grado de intimidad. Urge tomar el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo en toda su radicalidad como punto básico de nuestra preparación. Y para ello examinar los fallos que sin duda todos tenemos. Esos enfermos a los que iban a curar los Apóstoles somos cada uno de nosotros, y el Señor nos dice: habla con ese amigo, familiar o compañero de trabajo al que has decidido ignorar. Vive el mandamiento del amor, no te quedes en bellas teorías.

    Hemos venido aquí en busca de luz y salvación. La Eucaristía que celebramos nos introduce en el misterio de Cristo y nuestra participación incluye acoger la gracia que se nos ofrece en el plan completo de Dios de la Salvación, que incluye etapas que a nosotros nos son costosísimas de asumir. Queremos inmolar nuestra propia voluntad en aras de su voluntad salvífica que abarca mucho más de lo más que nosotros podemos comprender. Es una de las maneras que se nos ofrecen hoy de unirnos al sacrificio de Cristo en la Cruz del que ahora hacemos memoria sacramental.

  • 07jun

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El Concilio Vaticano II ha definido la Eucaristía como “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (Lumen gentium, 11), porque ella “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo” (Presbyterorum ordinis, 5). Por eso decía San Ireneo de Lyon en el siglo II que es el compendio y la suma de nuestra fe. No en balde es “el misterio de la fe” o “el sacramento de la fe” (mysterium fidei), como proclama el sacerdote en la consagración.

    Según recordó Benedicto XVI en su exhortación apostólica Sacramentum caritatis (2007) recogiendo la denominación ofrecida por Santo Tomás de Aquino: “Sacramento de la caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre” (n. 1). Y San Juan Pablo II, en la encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003) que nos regaló no mucho antes de su muerte, comenzaba diciendo (n. 1): “La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: ‘He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’ (Mt 28, 20)”.

    Por lo tanto, nos hallamos ante el más excelso de los siete sacramentos, según lo enseñaba claramente el Catecismo Romano publicado tras el Concilio de Trento, porque contiene a Jesucristo mismo, autor de la gracia y de los sacramentos.

    Según hemos podido observar en las lecturas que la Sagrada Liturgia nos propone para hoy, tomadas del Éxodo (Ex 24,3-8) y de la carta a los Hebreos (Hb 9,11-15), así como el salmo que se ha cantado (Sal 115,12-13.15-18), todas las cuales introducen al texto del Evangelio de San Marcos que hemos escuchado (Mc 14,12-16.22-26), la Eucaristía es el Sacrificio de la Nueva Alianza instituida por Jesucristo con su Sangre. Por eso se dice correctamente que la Santa Misa es el mismo Sacrificio de Cristo en la Cruz que se renueva y actualiza de forma incruenta en el Altar. Cada vez que se celebra la Santa Misa, nosotros estamos presentes en el mismo Sacrificio Único de la Cruz; es algo que milagrosamente sobrepasa el tiempo y el espacio.

    Cada vez que se celebra la Santa Misa, este Sacrificio único de Cristo se actualiza, se representa: no en el sentido de una representación teatral, sino de que se “re-presenta”, de que se hace presente de nuevo. Decimos también que este Sacrificio se renueva: no porque necesite ser hecho otra vez, no porque sea preciso renovarlo porque se haya quedado ya viejo, sino que con esta expresión se dice que se realiza de nuevo ante nosotros como una sola y única vez; es el mismo y único Sacrificio que Cristo ofreció una vez, del que en la Santa Misa nos hace ahora partícipes y del cual se derivan infinitos frutos, pero ahora se celebra de un modo incruento.

    cristo se ofrece en la Eucaristía a la vez como Víctima, Sacerdote y Altar; se ofrece a Sí mismo al Padre por nosotros. Él es la Víctima, la Hostia pura, la Oblación perfecta y única que puede mediar entre Dios y los hombres porque es a la vez verdadero Dios y verdadero Hombre; el único Mediador es Víctima y Sacerdote, porque ofrece el Sacrificio y éste no es otro que la ofrenda de Sí mismo. Y Él mismo es también el Altar sobre el que se celebra el Sacrificio: Él ofrece su propio Cuerpo y sobre su Cuerpo se derrama su propia Sangre.

    Nuestra actitud, por tanto, debe ser de amor, de adoración y de agradecimiento, que debemos expresar incluso físicamente, porque Él se ha quedado con nosotros en el Pan y el Vino consagrados para que podamos verlo y gustarlo alimentándonos con Él. Siempre que nuestras condiciones físicas lo permitan, debemos arrodillarnos ante Él, sobre todo en el momento de la consagración en la Santa Misa y cuando se encuentra expuesto en la custodia, al menos al principio y al recibir su bendición. Debemos hacer la genuflexión ante el sagrario donde queda reservado. Debemos hacerle compañía cuando está expuesto en la custodia o reservado en el sagrario, orando ante Él con devoción. Debemos recibirlo en la comunión estando en gracia de Dios, sin pecado mortal, recordando a Quién recibimos y con el alma enamorada de Él. Debemos recordar con cuánta delicadeza y ternura deben tratarlo los sacerdotes, cuyas manos han sido ungidas para conferir este Sacramento y tratar con las especies consagradas, e igualmente los diáconos, a quienes se ha ordenado para el servicio del altar y de la comunidad.

    Al final de la Santa Misa de hoy, acompañemos procesionalmente a Jesús Sacramentado y hagámoslo con María, la Mujer Eucarística, como la han definido los Papas recientes.

  • 04jun

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: La solemnidad de la Dedicación de esta basílica de Santa Cruz nos introduce en el misterio de la Iglesia. El edificio material que nos acoge, la iglesia como construcción recibe todo su sentido de la construcción que es el Cuerpo de Cristo, edificio no material formado por las piedras vivas que son los fieles. Jesucristo nos ha convocado a ser su Cuerpo, nos ha dado una dignidad increíble. Y para ello nos ha redimido con su muerte y resurrección, que nos disponemos ahora a actualizar sacramentalmente. Es la manera más perfecta de dar gloria al Padre en el Espíritu, ofrecerle el sacrificio de su Hijo.

    El ahora San Juan XXIII, papa que concedió el título de basílica a esta iglesia, veía proféticamente acercarse a ella multitud de peregrinos cuyo objetivo naturalmente no debía ser admirar un monumento o un museo digno de fotografiar, sino un lugar de culto en el que los sacramentos instituidos por Cristo, para regenerar a la humanidad envilecida por el pecado, pudieran ser recibidos en abundancia, para que dichos peregrinos encontraran aquí una fuente donde recuperar su imagen y semejanza con Dios.

    Tan elevado cometido exige de todos nosotros sin excepción que nos penetremos bien de este espíritu con el que quiere el Señor ser servido en su templo santo. Aquí nadie está de más ni tiene una misión irrelevante, a no ser que quisiera uno excluirse a sí mismo con gran dolor para el Corazón de Cristo. Todos debemos tener muy claro que el único liturgo es Jesucristo. Todos los demás somos ministros o servidores del único que puede ser absolutamente Pontífice o puente entre Dios y los hombres. El único servicio digno a Dios lo puede ofrecer su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que al revestirse de nuestra carne mortal introdujo en este destierro terrenal el único sacrificio y la única alabanza que le agrada. Nosotros en tanto ofrecemos su único sacrificio y su única alabanza y Él se digna hacerlos suyos y presentarlos al Padre en el Espíritu Santo podremos realizar esta participación en su santo servicio en el que nos da cabida misericordiosamente, pues ha hecho de nosotros un pueblo de reyes, sacerdotes y profetas.

    Muy recientemente la voz más autorizada en este terreno después del propio papa Francisco, el cardenal Sarah, Prefecto de la Sagrada Congregación para el culto y los Sacramentos, acaba de declarar que fue el Papa Francisco quien le encomendó al asumir su cargo continuase “la buena obra en la liturgia comenzada por Benedicto XVI”, en contra de los que algunos pretendían iba a ser una tarea de desmantelamiento y marcha atrás. Y esta tarea que el Papa encomienda a dicho cardenal es lograr que la liturgia sea ante todo adoración a Dios todopoderoso y no un evento social donde lo primero es expresar nuestra identidad e ideología, que suelen ser excluyentes y donde queden bien reflejadas nuestras propias ideas más allá de las opciones legítimas permitidas por los libros litúrgicos actualmente en uso. En segundo lugar se trata de promocionar una sólida formación litúrgica, pues la propia reforma litúrgica del Concilio no podría llevarse a cabo dice el mismo Concilio, si antes los mismos pastores de almas no se impregnan totalmente del espíritu y de la fuerza de la liturgia y llegan a ser maestros de la misma”. Pero sacerdotes y fieles han sufrido en este postconcilio a un ejército de pseudo-liturgistas que han manipulado la liturgia y, en cambio, aquellos que se han esforzado por ser fieles a la letra y al espíritu de la liturgia han sufrido una marginación humillante. Dios quiera que recuperemos la paz y dignidad de la liturgia que ha sido la nota dominante durante siglos y que todavía no hemos alcanzado.

    La liturgia que se celebra en cualquier iglesia del mundo por pequeña que sea o por exigua que sea la asamblea de fieles que allí se reúne, debe ser una liturgia que sea reflejo de la que se celebra en la Jerusalén celestial. Ese el privilegio que tenemos y que debemos aprovechar. No podemos que darnos en lo superficial, tenemos que hacer el esfuerzo de entrar en el misterio que celebramos y unirnos a él en espíritu y en verdad.

    En cada celebración litúrgica debemos esforzarnos para que nuestra mente y nuestro cuerpo concuerden con nuestros labios. En todo momento hemos de procurar no sólo mantener la mente fija en las oraciones o lecturas atención cerebral , sino también que el cuerpo adopte una postura digna que nos ayude a rezar. Pero es sobre todo la atención cordial, ese celo por entrar en comunión con los sentimientos del Corazón de Cristo, que ardía en celo por la casa de Dios y por su gloria. Quitemos pues aquello que rebaja este alto y digno servicio que el Señor espera de nosotros.

    Hay algo que nos puede ayudar de manera eficaz a conectar con los sentimientos de Cristo, y consiste en que cuando recibimos la comunión le pidamos a la Santísima Virgen que sea Ella quien reciba a Jesús en nosotros. De esa forma, Jesús vendrá muy gustoso a nosotros porque está el seno virginal de su Madre dispuesto a recibirlo. Suple en nosotros lo que no somos capaces. Pero esta mediación maternal está a nuestro alcance y acudir a nuestra Madre no es cansarla como algunos dicen, sino darle la alegría de emplear las gracias que por la misericordia de Dios puede dispensar generosamente.

  • 24may

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    En la solemnidad de Pentecostés que hoy celebramos, recordamos cómo el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles a los cincuenta días de la Resurrección de Jesucristo, infundiéndoles luz y fuerza para anunciar al mundo sin miedo sus enseñanzas y su salvación, según hemos escuchado en la lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-11). Por eso sabemos que el Espíritu Santo es quien guía, alienta y santifica la vida de la Iglesia después de la Ascensión del Señor a los Cielos, como nos ha expuesto San Pablo en la primera carta a los Corintios al hablar de la diversidad de dones, servicios, funciones y carismas que Él suscita para el bien común de la Iglesia (1Cor 12,3b-7.12-13).

    Y sin embargo, ¡cómo ignoramos los católicos con frecuencia al Espíritu Santo! Con mucha razón, un gran teólogo dominico español fallecido hace unos pocos años, el P. Royo Marín, le denominó “el Gran Desconocido” en un libro que dedicó a la tercera persona de la Santísima Trinidad. Sin embargo, los cristianos orientales son grandes devotos del Espíritu Santo y son muy conscientes de su acción eficaz en la vida de la Iglesia y en los sacramentos.

    El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo según profesamos en el Credo, es igualmente enviado por el Padre y por el Hijo para vivificar la Iglesia y para dar vida espiritual en nuestras almas. Es el Amor que une al Padre y al Hijo y es el Don, el regalo que ellos nos hacen, que nos dan, para que nos llene de vida y de santidad. Es el Fuego que enciende nuestras almas en el amor de Dios para conducirnos hasta el Cielo. Es el Paráclito, el Abogado, el Defensor que Jesús nos ha prometido al volver Él junto al Padre: “el Paráclito, el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14,26). En la aparición recogida en el Evangelio de hoy (Jn 20,19-23), Jesús concedió ya el Espíritu Santo a los Apóstoles, pero no lo recibirían en plenitud hasta el día de Pentecostés, como hemos visto en la primera lectura.

    Necesitamos acudir a este “dulce huésped del alma” que es el Espíritu Santo, según lo hemos invocado en la secuencia antes del aleluya. Necesitamos rogarle que nos conceda sus siete dones, esos siete regalos que nos da para que seamos dóciles a sus propias inspiraciones para elevarnos hasta Dios y asemejarnos a Él: son los dones de sabiduría, de inteligencia o entendimiento, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad y de temor de Dios. Debemos pedir estos dones, que son disposiciones permanentes que nos hacen dóciles para seguir los divinos impulsos del Espíritu Santo.

    ¡Cuántas veces, hermanos, no somos conscientes de la riqueza interior a la que Dios nos llama! Nosotros nos aferramos a las cosas de la tierra, a las riquezas materiales, al bienestar temporal, y con harta frecuencia despreciamos o ignoramos la vida espiritual, que es la verdaderamente importante. Nada nos vamos a llevar de este mundo al otro cuando muramos. Y sin embargo, el Espíritu Santo nos quiere introducir en la más íntimo y profundo de la vida de Dios, en la vida de amor existente entre las tres divinas personas de la Santísima Trinidad.

    Oremos al Espíritu Santo, pidámosle que nos conceda sus siete dones, que haga efectivos en nosotros sus frutos, que nos permita conocerle mejor a Él mismo y conocer mejor al Padre y al Hijo, que nos aliente el deseo del Cielo y el ansia de penetrar en la vida trinitaria. Pidamos también al Espíritu Santo que nos haga ser conscientes de que Él suscita la santidad de la Iglesia y de que Él hace realidad lo que se celebra en los sacramentos y que éstos sean eficaces para nuestras almas. Advirtamos que, cuando en esta Santa Misa tenga lugar la consagración, Él va a descender sobre las especies del pan y del vino para que se transformen realmente en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Y tomemos conciencia de que, si recibimos la Comunión en las debidas condiciones, Él va a hacer que fructifique en nosotros este alimento espiritual, haciendo que, como decía San Agustín, nos transformemos en aquello mismo que recibimos, es decir, en Jesucristo Nuestro Señor.

    Momentos muy adecuados para pedir la luz y la fuerza al Espíritu Santo son, por ejemplo: cuando un sacerdote se dispone a confesar, cuando una persona debe dar un consejo, cuando tenemos un problema que no sabemos cómo resolver, cuando vamos a estudiar o a redactar algo, cuando nos asalta una tentación, etc.

    Que María Santísima, que estaba presente con los Apóstoles el día de Pentecostés, nos ayude a conocer mejor al Espíritu Santo para progresar con provecho en nuestra vida espiritual penetrando en el misterio de Dios. Pidámosle también que Ella ruegue para que el Espíritu Santo fortalezca a los cristianos perseguidos, por los que la Iglesia española ha venido orando especialmente durante esta semana.

  • 17may

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Al igual que la Resurrección del Señor, su Ascensión a los cielos es un hecho real y verdadero, acontecido en un momento histórico determinado y en un lugar geográfico concreto. No se trata de un hecho imaginario ni de un producto de la sugestión de los Apóstoles, que eran bastante incrédulos hacia este tipo de fenómenos extraordinarios. Tanto el relato de los Hechos de los Apóstoles como el del Evangelio del mismo autor, San Lucas, que no corresponde leer este año, lo dicen expresamente. El primero nos ha indicado que los Apóstoles “lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista” y que ellos “miraban fijos al cielo, viéndole irse”, cuando dos ángeles les aseguraron que volvería (Hch 1,9-11). En cuanto al Evangelio de San Lucas, dice que “mientras los bendecía, se separó de ellos subiendo hacia el cielo” (Lc 24,51).

    La Ascensión del Señor es, por tanto, una verdad que debemos creer y por eso lo vamos a profesar al rezar el Credo. Ya en el Antiguo Testamento nos encontramos con una prefiguración de este acontecimiento en la asunción de Enoc (Gén 5,24; Sir 44,16) y en la del profeta Elías (2Re 2,11; Sir 48,12).

    De las varias lecciones que podemos extraer de este hecho, hay dos que quizá debamos destacar ahora.

    Por una parte, la Ascensión hace efectivo el cumplimiento de la promesa de Nuestro Señor de enviarnos al Espíritu Santo como Paráclito, como Abogado, como Defensor y Consolador que iluminará y dará fuerza a la Iglesia naciente para predicar el Evangelio: “os conviene que Yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito” (Jn 16,7). Jesucristo no nos abandona, pues lo ha dicho claramente en el Evangelio de hoy: “sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Esta presencia, que nos da fuerza para anunciar la buena nueva, se hace efectiva por la misión del Espíritu Santo, por el envío de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo alienta la vida de la Iglesia, hace eficaz la gracia divina que se derrama a través de los sacramentos, de la oración y de las buenas obras, y nos permite conocer así a Jesucristo, quien a su vez nos muestra al Padre y nos conduce a Él (cf. Jn 14,6-11). La acción del Espíritu Santo, que se ha hecho posible plenamente a raíz de la Ascensión de Jesús, nos introduce de este modo en la vida de la Santísima Trinidad.

    Otra lección muy importante de la Ascensión del Señor es la promesa del Cielo para nosotros. Jesucristo nos ha abierto el camino a la gloria eterna. El descenso de su alma humana al seno de Abraham después de la muerte en la Cruz, yendo a rescatar a los justos del Antiguo Testamento para llevarlos al Cielo, así como su Resurrección en la carne, nos dan la clave de su misión entre nosotros: Cristo ha venido al mundo, enviado por el Padre, para rescatarnos del pecado, para reconciliarnos con Dios y para abrirnos las puertas de la gloria eterna. Su cuerpo resucitado nos enseña el estado glorioso al que nuestro cuerpo está llamado también cuando tenga lugar la resurrección de la carne al final de los tiempos, algo que no sólo la fe nos enseña, sino que además la realidad metafísica de la persona humana exige, como enseña la filosofía iluminada por la fe.

    San Beda el Venerable, monje inglés de los siglos VII-VIII, lo expresa claramente: “He aquí que con la Ascensión al cielo del Mediador entre Dios y los hombres hemos sabido que les había sido abierta a éstos la puerta de la patria celestial. Por tanto, apresurémonos con todo nuestro afán hacia la eterna felicidad de esa patria” (Homilía en la Ascensión del Señor).

    Este mismo Doctor exhorta a buscar el cielo por medio de las obras de caridad. En esta semana podemos centrar de un modo especial nuestra caridad en la oración y también en la ayuda económica a favor de los cristianos perseguidos, acogiendo la iniciativa de la Iglesia y de un modo muy especial de la Iglesia española y de nuestro Arzobispo. Todos sabemos la cruda realidad que están viviendo hermanos nuestros de fe en muchos países, sobre todo en estos tiempos en varias naciones del Próximo Oriente y de África bajo la presión del islamismo más violento, que además supone una amenaza para Europa y el mundo entero. La pretensión de esos grupos islamistas es acabar por completo con las minorías religiosas y de un modo particular con el cristianismo, y se corre el riesgo auténtico de que esto llegue a suceder, como estamos comprobando en Irak. Sin embargo, a pesar de esa presión y del terror más salvaje, no deja de sorprendernos el ejemplo heroico de aquellos cristianos, que en no pocas ocasiones están afrontando el martirio de manera admirable, con la mirada puesta únicamente en Dios y en la vida eterna. En medio de nuestras comodidades, ellos deben ser un estímulo para nuestra fe aletargada.

    Que María Santísima cubra con su manto protector a estos hermanos perseguidos y ruegue por nosotros para que el Espíritu Santo nos llene de semejante fe y fortaleza.

  • 10may

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos:

    En la celebración de la Pascua conmemoramos el acontecimiento central de nuestra fe: Jesús de Nazaret, el Crucificado, ha resucitado de entre los muertos al tercer día, según las Escrituras. Dios Padre ha aceptado su sacrificio por nosotros. La victoria de Cristo, que es la victoria de un amor llevado hasta el extremo, es también la nuestra. Por eso, como nos recuerda la oración colecta, estos son días de alegría y gozo: ¡Cristo vive resucitado y nos ha prometido su presencia hasta el final de la historia! La palabra de Dios, escuchada y meditada en nuestro interior, nos ayuda también en este otro sentido: la luz de la resurrección no hace desaparecer la cruz, sino que ayuda al creyente a comprender el misterio del amor que se desprende de ella (C.M. Martini). El tiempo pascual no se vive tratando de olvidar nuestras cruces o de evadirnos de nuestros problemas, sino mirándolos con ojos nuevos, a fin de penetrar en el valor y el sentido que tienen en nuestra propia vida.

    La palabra que vertebra e ilumina la celebración de este domingo es el amor; ese amor que ha alcanzado su expresión máxima en la muerte y la resurrección de Cristo. Las lecturas nos proporcionan dos de sus cualidades esenciales: que la fuente del amor es Dios, que ha tenido la iniciativa de amarnos primero, y que es universal, es decir, que alcanza a la humanidad entera.

    El relato evangélico nos indica que Dios es la fuente del amor: el amor procede del Padre, pasa a través del corazón de Jesús y llega hasta nosotros. Pensar que la fuente somos nosotros es una falsa ilusión. Es más, san Juan se atreve a decir que «Dios es amor», que no es una potencia despiadada, un juez intransigente o un tirano. La Biblia nos lo revela como generosidad absoluta y benevolencia infinita (A. Vanhoye). Estamos ciertamente en el punto más elevado de la revelación del Nuevo Testamento. La frase de san Juan no es el resultado de muchos años de estudio e investigación. El discípulo amado fue testigo de la hora de la Cruz y fue allí, contemplando a Jesús traspasado por nuestros pecados, perdonando a sus verdugos e implorando la misericordia de Dios sobre todos, fue allí –digo– donde Juan comprendió que el misterio de Dios es ante todo un misterio de Amor. Considerad, de nuevo, cómo el recuerdo de la Cruz a la luz de la Resurrección ayuda a entender el amor que Dios nos tiene. Por eso os decía que este tiempo es propicio para dirigir una mirada diferente, sanadora y esperanzada, hacia nuestras propias cruces, hacia nuestras pruebas y heridas, a fin de descubrir en ellas el sentido positivo que encierran en el proceso de asemejarnos a Cristo.

    Que Dios es amor o caridad, como traducen algunas biblias, indica al menos dos cosas: que en Jesucristo, Dios se ha manifestado a sí mismo como alguien que nos ama; y que Dios actúa así porque él mismo es pura donación personal desinteresada (M. Iglesias). Jesús es consciente de que recibe el amor del Padre, de que él es el mediador de ese amor y nos lo debe transmitir, y lo hace dando su vida por nosotros. En la Última cena dio gracias al Padre, que ponía en su corazón un amor infinito y al que se adhería con todo su ser humano y divino. Así, pretendía ofrecer su propia vida por las personas que amaba: no sólo por sus discípulos, sino también por todos los hombres.

    De esta manera, Jesús nos hace comprender que nuestro amor no puede reducirse a un amor afectivo, un sentimiento superficial, sino que ha de ser también efectivo, que se manifiesta en la observancia de sus mandamientos: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor». El amor ha de resplandecer en las obras de la vida concreta, debe brillar en las acciones y gestos cotidianos; de lo contrario, se torna un amor ilusorio.

    El reto que se nos plantea es amar como Jesús, pero esto nos resulta imposible si no tenemos en nuestro interior su mismo corazón. La Eucaristía tiene precisamente la finalidad de poner en nosotros el corazón de Jesús, de modo que éste sea eficaz en nuestra vida y toda ella esté guiada por sus sentimientos generosos (A. Vanhoye).

    Fijaos, además, que el Señor nos muestra un amor lleno de delicadeza y de generosidad: «Ya no os llamo siervos… A vosotros os llamo amigos». El amor de Jesús lleva el sello de la amistad. No sé hasta qué punto somos conscientes de que ser amigos de Jesús es algo extraordinario, porque él es el Hijo de Dios, lleno de santidad y de perfección. ¿Quiénes somos nosotros o qué hemos hecho para merecer su amistad y su amor? Esta amistad él la manifiesta con la confianza, con la comunicación de los pensamientos y de los sentimientos de Dios: «Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer». La vida cristiana es una vida de confianza con Jesús, y esto también es maravilloso. Naturalmente, por nuestra parte, debemos estar atentos para acoger sus mensajes de amor. Para ello es fundamental la oración: si no oramos, si no meditamos, no podremos acoger lo que Jesús quiere decirnos en el fondo de nuestra alma. Vivir en esta intimidad con Jesús, ser guiados por él, vivir en el amor efectivo es lo que infunde en nosotros la alegría más perfecta.

    Teresa del Niño Jesús, sobrecogida por este misterio, oraba así: «Dios mío, lo único que te pido es el Amor. No puedo hacer obras brillantes, pero mi vida se consumirá amándote». Y su programa era muy concreto: «aprovechar todas las pequeñas cosas y hacerlas por amor». Cuando descubrimos, como san Juan, que Dios es amor de donación, ya sólo tiene sentido en nuestra vida agradecer, alabar, hacerse disponible para amar en toda circunstancia. No esperes a que las cosas cambien para empezar a amar. En las circunstancias más adversas, no tienes nada que perder, puesto que nada ni nadie te puede impedir hacer lo mejor, que es amar. Cristo siempre pensó en ti amándote y esto te basta para no sentirte frustrado.

    Pidamos a María, que concibió al Hijo creyendo y creyendo esperó su resurrección, que nos disponga para dejarnos transformar por los misterios que estamos recordando y así seamos testigos audaces y valientes del Resucitado, presente en su Iglesia hasta el fin del mundo.

  • 05may

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos concelebrantes y monjes de las comunidades de El Paular y el Valle de los Caídos –y recordamos también a nuestros hermanos jerónimos de El Parral, que no han podido venir–, hermanos todos en el Señor:

    La Iglesia siempre mira a María como Madre que nos acoge y como modelo de virtudes, como estrella que nos guía y como puerta del Cielo. Sin Ella, la vida del cristiano sería mucho más triste. Y es que Dios, en su infinita bondad y en su conocimiento perfecto de la naturaleza humana que Él mismo ha creado, no ha querido dejar de darnos a los hombres aquello que más necesita un hijo: una Madre. Él mismo, desde toda la eternidad, dispuso dar una Madre a su propio Hijo, quien había de encarnarse para redimirnos del pecado y elevar nuestra condición introduciéndonos en la vida divina por la acción eficaz del Espíritu Santo.

    Elegida amorosamente por Dios desde la eternidad para ser la Madre de su Hijo, María es por eso la más perfecta, la más excelsa y la más hermosa de las criaturas salidas de sus manos de Dios, hasta el punto de que, siendo por naturaleza inferior a los ángeles, ha sido sin embargo elevada por Él a la dignidad de Reina de los Ángeles y a Ella le sirven como Señora todas las criaturas espirituales. La Maternidad divina es, en efecto, la raíz de todos los otros privilegios y gracias con que Dios ha ennoblecido a María.

    Hemos dicho que es Madre que nos acoge. Ella ha estado asociada estrechamente a su Hijo como auténtica Corredentora y Él nos la ha querido dejar por Madre a todos los hombres desde la Cruz, cuando se la encomendó a San Juan Evangelista y a él se lo entregó como hijo. De aquí nace su Maternidad espiritual sobre la Iglesia y sobre toda la humanidad, que Ella ejerce como Abogada y Medianera de todas las gracias desde el Cielo. En consecuencia, como bien se le dice en la bella oración del “Acordaos”, “jamás se ha oído decir que ninguno que haya acudido a Vos, implorado vuestra asistencia o reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos”. Por eso acudimos desde las dificultades de la vida confiados en que nos escuchará y nos sostendrá. Como la invocamos en las letanías lauretanas, María es verdaderamente para nosotros salud, refugio, consuelo y auxilio.

    También es modelo de todas las virtudes. Colmada por Dios de gracias y privilegios en razón de su Maternidad divina, es el ejemplo más sublime de pureza de alma y de cuerpo por su Virginidad intacta, y al ser verdaderamente Inmaculada desde el mismo instante de su Concepción, a Ella debemos acudir en nuestra lucha contra el pecado. María reúne en sí la síntesis más completa y más perfecta de todas las virtudes: las teologales, las cardinales y las otras virtudes morales. En su fiat al ángel descubrimos su fe, en su serenidad ante la muerte de Jesús y a la expectativa de su Resurrección encontramos una Mujer llena de esperanza, y en su solicitud hacia todos los que la rodean palpamos su caridad desbordante. En Ella observamos asimismo la justicia, la prudencia, la fortaleza, la templanza, la obediencia, la humildad, la laboriosidad y todas las virtudes que podamos buscar.

    En consecuencia, María es la estrella que nos guía en esta vida y la puerta que nos abre el Cielo. Es conocida la homilía de San Bernardo en la que exhorta repetidamente al fiel a buscar el amparo de María, la “estrella del mar”: ante la duda, ante la tribulación, ante la tentación, ante el peligro, como una barca en el mar –nos dice él–, “mira la estrella, invoca a María” (En alabanza de la Virgen Madre, homilía II, 17).

    Por tanto, María, que es el Acueducto por el que Dios nos envía sus gracias y es nuestra Abogada ante Él, es igualmente la puerta del Cielo, como nos recuerda el nombre de una de las cartujas españolas. Ella, Madre de misericordia, nos alcanza el perdón de Dios para poder llegar al Cielo, donde reina sobre toda la Creación en unión de su Hijo.

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