• 31ago

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos:

    Hemos comenzado la celebración con el canto de entrada gregoriano, en el que nos hemos dirigido a Dios con estas palabras del salmista: «Piedad de mí, Señor; que a ti te estoy llamando todo el día; porque tú eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan» (Sal 85, 3.5). El Dios único e infinito, que obra maravillas, es sobre todo admirable porque mira y escucha, atiende y responde a quien acude a Él con sencillez filial. El Dios que ha resucitado a Cristo de entre los muertos, en la aurora del domingo de Pascua, renueva hoy su oferta de salvación, su oferta de felicidad. De nosotros depende acercarnos a ese manantial o cavarnos cisternas agrietadas, colmar de sentido y de esperanza nuestra vida o marchar tras los ídolos que dejan vacío y seco nuestro corazón.

    La liturgia de la palabra, por su parte, nos interpela con un evangelio duro y exigente; diría que poco apto para este relajado tiempo del verano. El domingo anterior contemplábamos cómo Pedro, inspirado por Dios, confesaba la condición mesiánica de Jesús. Ahora el propio Maestro explica a los suyos qué significa esto en realidad: tiene que ir a Jerusalén y allí padecer mucho, ser ejecutado y resucitar al tercer día. Un programa como ése choca frontalmente con las expectativas de gloria y poder de los discípulos, que se disputaban los primeros puestos del nuevo reino. En este momento es cuando Pedro lo toma a parte y lo invita a cambiar de lenguaje, a variar el discurso, a no desalentar la moral de sus soldados: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no te puede suceder a ti».

    Si os fijáis, Simón se ha colocado delante del Maestro y se ha convertido, sin darse cuenta, en obstáculo, en tropiezo en el «camino» hacia Jerusalén. Y Jesús reacciona duramente, como diciéndole: —Cambia de mentalidad, Pedro, conviértete en discípulo; ponte detrás de mí y sígueme. Pedro, como a menudo hacemos nosotros, quiere enseñar a Dios lo que tiene que hacer. Demasiadas veces, en lugar de seguir al Señor, queremos precederlo, indicándole la dirección y las soluciones a los problemas, porque en el fondo no nos fiamos de su presencia ni de su acción.

    Vemos también en este pasaje de qué modo Jesús está decidido a abrazar la voluntad de Dios, porque sabe que es una voluntad llena de amor, que tiene un significado positivo. La pasión es necesaria, porque sin lucha no se puede obtener la victoria. Jesús debe enfrentarse al mal, al pecado y a la muerte para abrir un camino a través de estas realidades de la existencia humana (A. Vanhoye).

    Con este primer anuncio de la pasión por parte de Jesús comienza la etapa más difícil en el crecimiento de la fe. Los apóstoles han de purificar el sentimiento primero (Mt 4, 20); no sólo han de superar el sueño nacionalista de un triunfo político-religioso, sino que deberán superar el plano de la «sabiduría» de los hombres, para vivir en el plano de la sabiduría de Dios, en lo que san Pablo llama «la locura de la cruz» (M. Iglesias).

    Esta experiencia acontece también en nuestra vida, independientemente de nuestro estado. En la vida familiar, laboral, en la vocación sacerdotal o religiosa, al principio tenemos un gran ideal, mucho entusiasmo, y anhelamos conquistar nuestras aspiraciones más hermosas siguiendo a Cristo. Con el tiempo surgen las dificultades y las contrariedades. Las cosas ya no son como las imaginamos y el camino se llena de obstáculos y a veces de oscuridad. Es precisamente ahí cuando podemos dar un paso decisivo en nuestro seguimiento del Señor: de las meras motivaciones humanas a las motivaciones sobrenaturales.

    El profeta Jeremías experimentó una fuerte tensión interior algo similar a la que se creó entre Jesús y Pedro. La gente se burlaba del él, porque sus profecías anunciaban siempre desgracia, violencia, opresión. Por eso ya nadie quería oírle hablar. Él preferiría ser profeta de buenas noticias, pero se ha convertido en un insoportable aguafiestas, al que todos odian. Surge entonces la tentación de abandonar, pero a Jeremías le sujeta la fuerza irresistible de la Palabra de Dios, que actúa como una llama ardiente que lo ha seducido.

    La parte final del evangelio recoge la importante enseñanza que Jesús dirige a sus discípulos y también a nosotros, que queremos andar tras sus huellas. Esta enseñanza, cruda y directa, ajena a las leyes del marketing, se sintetiza en tres imperativos que resuenan como un gran reto. Si quieres ser discípulo mío: Niégate a ti mismo. No te pongas en el centro del universo, no quieras sobresalir ni hacer prevalecer tus criterios o interesas a toda costa. Sitúa a Cristo en el centro, con libertad de adulto, de hombre nuevo. Pero cuidado, negarse a sí mismo, renunciar al propio yo y a la voluntad propia, sólo vale si nace del amor. En segundo lugar, carga con tu cruz. No tengas miedo de amar hasta sufrir, de amar hasta perderte. Por desgracia, una cierta devoción ha terminado trastocando la simbología de la cruz y convirtiéndola en el emblema del dolor; la cruz, sin embargo, es para nosotros la medida del amor de Dios. Dios no ama el dolor, lo que sucede es que a veces amar significa también soportar y sufrir. Por último, sígueme. Comparte la elección de Jesús, su proyecto, su suerte. Seguir a Jesús significa cambiar el horizonte, conocer la Palabra y dejar que sea la fe quien motive y quien cambie nuestras opciones. El tiempo verbal del texto griego indica continuidad, porque seguir a Jesús no se hace de una vez para siempre, sino que debe renovarse día tras día.

    Hemos sido hechos para la plenitud de la vida, para la felicidad. Hemos sido hechos, ante todo, para amar. Por tanto, debemos orientarnos en la dirección de progresar en el amor, de intentar ofrecer nuestra vida por amor a Jesús. En ese mismo sentido va la enseñanza de san Pablo, que exhorta –en la segunda lectura– a ofrecer nuestros cuerpos como sacrificio vivo. El sacrificio es una realidad positiva, porque significa abrir nuestra propia vida al amor que viene de Dios. Para hacer esto, es necesario renunciar a la mentalidad de este mundo, que consiste en la búsqueda de los placeres, el dinero y el poder. Todas ellas son búsquedas egoístas que llenan de insatisfacción. El apóstol nos invita, en cambio, a renovar nuestras mentes a fin de poder discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada. Y su voluntad consiste en que vivamos en el amor, no en el egoísmo (A. Vanhoye).

    Acojamos en esta Eucaristía esta propuesta tan exigente, sí, pero también tan prometedora. Seamos siempre discípulos que van detrás del maestro, siempre buscadores, nunca satisfechos. Que santa María, primera discípula de la nueva Ley, nos ayude con su intercesión maternal para que, haciendo más religiosa nuestra vida, el Señor acreciente el bien en nosotros y, a través de nosotros, llegue también a muchos hermanos.

  • 24ago

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: El Señor nos ha convocado a reunirnos en su casa de oración para hacernos partícipes de sus dones. Pero no siempre estamos preparados para recibir estos dones suyos, porque no nos hemos parado a considerar qué dones son ésos y si nos convienen. Generalmente despachamos el asunto con la pregunta implícita de si nos gustan, no si nos convienen. Y la respuesta que damos a esa pregunta se contenta con el análisis del aspecto más superficial e inmediato. Su aspecto nos parece poco cómodo e ingrato. No estamos para meternos en profundidades: tenemos muchas cosas que hacer, tenemos que pisar tierra, -nos decimos- y damos de lado lo más necesario para nuestra existencia impelidos por lo urgente valorado según lo que hace la inmensa mayoría, que es pasar de preguntas y necesidades trascendentes y contentarse con las fugaces necesidades físicas y sensibles del momento.

    El Señor nos ha convocado a escucharle a Él, pues su Palabra y sus dones no se limitan a las necesidades materiales del momento o al bienestar físico actual. El Señor tiene una visión muy amplia de la realidad. La nuestra es miope, desfigura lo que está mínimamente alejado de nuestros ojos. La oración colecta que hemos rezado al principio nos descubre lo que ha hecho el Señor con nosotros sin darnos cuenta sensiblemente: "Oh, Dios que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo". Si nosotros le agradecemos al Señor esa gracia de despertarnos a su amor continuamente Él multiplicará sus dones, como en definitiva hace pues le pedimos a continuación, inspirados por su Espíritu: "inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría".

    Vamos pues a ver cuál es esa verdadera alegría del corazón humano y qué hay que hacer para alcanzarla. La Palabra de Dios es la que nos proporciona esa seguridad de no andar equivocados en lo que nos conviene verdaderamente, en andar acertados y salir al encuentro de Dios que es el primero que toma la iniciativa y además nos da fuerza para resistir la tentación de refugiarnos en la superficialidad.

    La primera lectura nos ha relatado la comunicación que le hace el profeta Isaías de parte de Dios a Sobna, mayordomo del palacio de David, de que iba ser sustituido por Eliacín, del que se dice algo tan extraordinario que los intérpretes, gracias a Dios, convienen en que no se refiere a él mismo sino a Jesucristo, el Mesías. Nosotros podríamos decir que esta lectura es una promesa mesiánica y quedarnos tan satisfechos. Y ciertamente no es para menos. Lo que ocurre es que toda la palabra de Dios es elocuente, no sólo determinadas frases, mientras nos saltamos otras muy comprometidas para nuestros intereses rastreros. La cuestión es cómo debemos leer la Sagrada Escritura. Una buena manera de llegar a la verdad sobre nosotros mismos es buscar nuestro nombre escrito tras aquellos personajes que no quedan bien en el relato. Tenemos que tener el valor de decir: ése Sobna orgulloso que se labraba un sepulcro en un altozano para ser honrado por la posteridad aprovechándose de su poder, ése soy yo.

    Jesús es el Mesías, es Dios de quien nos dice san Pablo -en las breves, pero densas palabras de la carta a los Romanos que se han proclamado-, que es origen, guía y meta del universo. Y san Pedro también confesó que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y Jesús le colocó al frente de su Iglesia. Pero aunque no se haya leído el resto del relato todos sabéis que Pedro se atrevió a contradecir a Jesús cuando les anunció a los apósotoles que iba a ser condenado a muerte ignominiosa por los dirigentes religiosos de su pueblo. Y sorprendentemente Jesús le llama Satanás, porque de esa manera se oponía al plan de Dios sobre el Mesías, que era el del Siervo sufriente del profeta Isaías y no el Mesías Rey triunfador sobre los enemigos políticos de Israel.

    En alguna ocasión sale a relucir en los Evangelios esa pretensión de los Apóstoles, antes de ser transformados el día de Pentecostés, de dar órdenes a Jesús.

    Confesar a Jesús como Mesías sin nosotros reconocer que somos pobres criaturas, sin ponernos en nuestro lugar ante Dios es una confesión inconsistente. En cuanto veamos que queda al descubierto nuestra fragilidad intentaremos salirnos del plan de Dios y entonces ya nos estamos arrogando el poder discutirle a Dios su voluntad en un plano de igual a igual. Sorprende cómo los hombres y mujeres espirituales de todos los tiempos en cuanto los hombres les alaban rebaten enseguida sus palabras, porque no quieren perder su imagen de criatura y cambiarla por la de poseedor por derecho de conquista de una virtud incuestionable o de un poder espiritual superior. Tal es así que un monje del siglo VII, Isaac el Sirio, pronunció estas palabras que evidencian una perspectiva espiritual en la que el hombre reconoce que no puede discutir a Dios sus disposiciones, sino aceptar siempre que los hombres somos infieles a la alianza de amor e incapaces de cumplir todos los mandamientos:

    «Aquel que reconoce sus propios pecados… es más grande que aquel que, por su oración resucita a los muertos. Aquel que gime durante una hora por su alma es más grande que aquel que abraza al mundo por su contemplación. Aquel a quien se le ha dado ver la verdad sobre sí mismo es más grande que aquel a quien se le ha dado ver a los ángeles.»

    Para nosotros son sumamente apetecibles esos carismas espirituales que dan tanto prestigio, como ha ocurrido en las vidas de los santos. Y nos engañamos porque para nosotros pecadores sería el comienzo de nuestra perdición. Ha habido santos que han resucitado muertos, que han tenido una contemplación muy elevada, etc, pero también que ha habido otros que después de gozar de carismas extraordinarios se han perdido. Isaac el Sirio como todos los verdaderos espirituales prefirieron no tener esos gracias extraordinarias e incluso verse pecador y llorar su pecado para asegurar que sólo la misericordia de Dios puede asegurar su salvación y no sus fuerzas y méritos.

    El reconocimiento no sólo de nuestra pequeñez sino aún de nuestro pecado, —lo cual supone descender mucho más—, no seríamos capaces de hacerlo sin una confianza inquebrantable en la misericordia de Dios. Tan imprescindible es nuestra humildad como la confianza en su misericordia. Si falta una u otra de modo absoluto estaríamos instalados en un pecado contra el Espíritu Santo. Ofensa es el pecado contra los mandamientos, pero el que desconfía de la misericordia de Dios y no pone los medios para alcanzarla hiere profundamente el Corazón de un Padre cuya esencia es amar. Es un insulto muy grave a su persona.

    Al participar en la Eucaristía las normas litúrgicas establecen unos ritos que nos ayudan a manifestar nuestra adoración ante este hecho trascendente que celebramos: que Dios se haya hecho hombre y dado su vida por rescatarnos de la muerte eterna a la que nos conducen nuestros pecados. Así por ejemplo siempre que se pronuncia el nombre de Jesús se ha de hacer una inclinación de cabeza y profunda cuando en el Credo se dicen las palabras: «Y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre». Y también ayuda a recibir bien la sagrada comunión hacerlo de rodillas como signo corporal de adoración, pues además de no tener pecado mortal que nos lo impida, el hacerlo de rodillas nos recuerda que el poder comulgar siempre es un regalo de la misericordia de Dios. Pero se necesita vencer respetos humanos, pues la costumbre mayoritaria de hacerlo de pie y en la mano es ya una barrera social. Con lo cual cuesta vencer la vergüenza y después la vanidad.

    En los cantos de esta celebración nos ayudan a los monjes los participantes en el Curso de Canto Gregoriano que tiene lugar esta semana en nuestra hospedería. Además de agradecerles esta valiosa colaboración pidamos también para ellos que aquello que cantan sea también objeto de su oración y aún lleguen a testimoniarlo con su vida.

    Y sobre todo sea objeto de nuestra oración constante la persecución de los cristianos en el próximo Oriente y en África de parte de extremistas musulmanes. Ellos son un ejemplo profético para nosotros, pues la persecución amenaza a extenderse a occidente en breve plazo.

  • 25jul

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Cuando Jesús vio a los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, repasando las redes junto al mar de Galilea, los llamó para una gran misión (Mt 4,18.21; Mc 3,17), para fundar sobre ellos y sobre los otros Apóstoles su Santa Iglesia. Hizo de ellos Apóstoles, enviados para proclamar el Evangelio a los pueblos de la tierra. Y fue grande el privilegio que les concedió haciéndoles sus más íntimos junto con Simón Pedro. A San Juan le hizo vivir por más tiempo, quedando el último de sus testigos más directos, mientras que a Santiago le otorgó la gracia de morir mártir el primero de todos los Apóstoles. San Juan proclamó la fe de Cristo en su Evangelio y en sus otros escritos y su hermano Santiago lo hizo derramando su sangre en la persecución de Herodes, según hemos leído en los Hechos de los Apóstoles (Hch 4,33. 5.12.27b-33; 12,1b), haciendo así que en él se cumpliera la profecía de que bebería su mismo cáliz (Mt 20,20-28).

    Conforme a la tradición, Santiago vino a predicar el Evangelio a España y fue sepultado en Compostela, lugar que ha sido punto de confluencia de los pueblos de Europa. Santiago se ha convertido en una estrella iluminadora para España y para Europa entera recordando sus raíces cristianas, como señaló San Juan Pablo II.

    Hoy España debiera mirar de nuevo hacia ese astro refulgente a quien en los siglos medievales se invocaba como “luz y espejo de las Españas”. Parece como si en España tuviéramos miedo o vergüenza a hablar hoy de Patria y de patriotismo, cuando el citado San Juan Pablo II nos decía que la Patria es un patrimonio, “el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados”, que “incluye también valores y elementos espirituales que integran la cultura de una nación” (Memoria e identidad, 2005, p. 78). Y nos recordaba que el patriotismo es parte del cuarto mandamiento de la Ley de Dios y que “significa amar todo lo que es patrio: su historia, sus tradiciones, la lengua y su misma configuración geográfica. Un amor que abarca también las obras de los compatriotas y los frutos de su genio”. Frente al riesgo del nacionalismo, que quiere sólo el bien de la propia nación sin contar con los derechos de las demás, el santo Papa proponía precisamente el patriotismo, porque es un amor social ordenado, un amor a la Patria que reconoce a todas las otras naciones los mismos derechos que reclama para la propia (ibid., pp. 85-88).

    Lamentablemente, España atraviesa hoy uno de sus períodos más estremecedores y que más hacen peligrar su futuro. Nada se puede construir de cara al mañana sin arraigarse en el pasado. Y hoy, sin embargo, se pretende construir una España que, renegando de la fe católica que la configuró a los largo de los siglos y de su Tradición, llegue a ser algo absolutamente nuevo y, en realidad, desconocido. Como bien dijo nuestro P. Abad hace unos años, “España ha llegado a ser la antítesis de sí misma”.

    Si España pierde la fe católica, esencial a ella porque históricamente la configuró, pierde también irremediablemente el sentido de la unidad de sus pueblos en torno a una Tradición y a un proyecto comunes, como hoy podemos comprobar. Si la moral católica se relega o desaparece, surge a mansalva la corrupción, porque no hay valores que limiten la insaciabilidad de la ganancia, la codicia, la avaricia. La actual crisis económica hunde sus raíces, más que en la misma economía, en una más profunda crisis moral y espiritual.

    Asimismo, es altamente preocupante asistir hoy, tanto en España como a nivel mundial, al proyecto global de invertir y subvertir el orden natural, atentando contra la verdad de la vida humana, del matrimonio y de la familia. En Galicia, región de la que Santiago es Patrono particular, se ha aprobado en abril una ley (Ley 2/2014, de 14 de abril; DOG nº 79 de 25 de abril) en la que, entre otras cosas, se define la familia como “la derivada del matrimonio, de la unión entre dos personas del mismo o distinto sexo, en relación de afectividad análoga a la conyugal, registrada o no, del parentesco, de la filiación o de la afinidad […]” (art. 15) y se establece que “no exista ninguna discriminación por razón de orientación sexual o identidad de género” a la hora de la adopción de niños (art. 16). Además, se ordena que la Consejería de Educación incorpore “la realidad homosexual, bisexual, transexual, transgénero e intersexual en los contenidos transversales de formación de todo el alumnado de Galicia” y que se visibilicen en la educación “los diferentes modelos de familia establecidos en esta Ley” (art. 22). ¡Una minoría está imponiendo a nivel mundial sus hipótesis! ¡Y los católicos callamos ante políticos que ingenuamente pensamos que son “un mal menor”!

    Pero, al lado de todo esto, Dios nos da razones para la esperanza. La actitud ejemplar de tantos estudiantes jóvenes en las últimas semanas en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense frente al proyecto laicista de eliminar la capilla es un estímulo para confiar en que la verdadera España sigue viva. Han velado día y noche junto a la capilla y a la entrada de la Facultad, superando sin odio los insultos y sin miedo a posibles venganzas y suspensos injustos. Con bastantes profesores que han testimoniado su fe, han asistido a las Misas de campaña que los capellanes han celebrado a la puerta de la capilla. Todos ellos han sido verdaderos apóstoles, venciendo al peor enemigo de un apóstol, en palabras del cardenal Wyszynski y del Beato Popieluszko: “el peor defecto en un apóstol es el miedo”.

    Que ejemplos como éste, por tanto, y que nos recuerdan a nuestras Misas de campaña hace unos años, sostengan nuestra esperanza en el Señor y en el auxilio de la Santísima Virgen, como ellos sostuvieron la fe de Santiago para afrontar el martirio que le llevó a la gloria eterna.

  • 06jul

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Las lecturas de hoy resultan sugerentes para tratar diversos aspectos, pero quisiera centrarme en uno solo: la atracción inmensa que ejerce Jesucristo no únicamente con sus palabras, sino en sus gestos y en sus actitudes, como sucede en el Evangelio que acabamos de leer (Mt 11,25-30). Muchas veces puede sucedernos que nos fijemos sólo en las palabras y el mensaje de Nuestro Señor, y ciertamente debemos atender de lleno a ello. Pero nunca debemos pasar por alto otros elementos y detalles que nos llevan a conocerlo y amarlo más de cerca y, en consecuencia, también a tratar de imitarlo.

    ¡Qué fuerza poderosa ejerce, por ejemplo, la mirada de Jesús cada vez que un evangelista se refiere a ella, como cuando se fija en los hermanos pescadores y les llama a ser sus Apóstoles, o cuando hace otro tanto al ver a Leví-Mateo, o cuando el sobrio San Marcos (que transmite el testimonio de San Pedro) señala el detalle de que Jesús miró con amor al joven rico (Mc 10,21), o cuando su mirada penetrante hace a Pedro caer en la cuenta de su traición (Lc 22,61)!

    También ejerce una fuerza poderosa la figura de Jesús cuando los evangelistas nos indican que se retira a solas a orar, que se sube a una barca para predicar o que se aparta con sus Apóstoles para estar a solas con ellos. Todo en Jesús tiene una atracción misteriosa que enamora al creyente, incluso cuando escuetamente se nos dice que se sienta, se levanta o se echa a andar. Nadie en el mundo ha sido capaz de ejercer la atracción que Él, siglo tras siglo, sigue suscitando, hasta el punto de que muchos cristianos continúan hoy dejándolo todo para seguirle más de cerca en la vocación consagrada y en el sacerdocio y otros muchos confiesan su nombre a pesar de que eso les suponga la persecución y la muerte. Esta atracción de Jesucristo es una prueba evidente no sólo de que es el Hombre perfecto y modelo para el hombre, sino que es verdadero Dios. El tiempo puede con los líderes políticos, los personajes del espectáculo y del deporte y otros afamados; Jesucristo, en cambio, jamás pierde actualidad.

    En el texto evangélico de hoy, Jesús nos descubre su Corazón, que es manso y humilde, y nos lo ofrece como refugio y lugar de descanso. Nos invita a depositar todo nuestro agobio, nuestra angustia, nuestras preocupaciones en su Corazón y nos anima a llevar el yugo y la carga que nos ofrece, “porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

    Precisamente hemos concluido hace unos días el mes de junio, que está dedicado de un modo especial al culto del Sagrado Corazón de Jesús, el cual no es mera sensiblería beata de épocas pasadas. Bien al contrario, y como han recordado varios Papas de la época contemporánea, en el Corazón de Jesús está simbolizado todo el Amor de Dios, de un Dios que por amor a los hombres ha querido encarnarse para redimirles del pecado y devolverles la dignidad perdida. En el Corazón de Jesús está expresado el supremo Amor del Redentor, un amor capaz de entregarse hasta la muerte, pues “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

    El evangelista San Juan nos desvela ya el misterio de este Corazón cuando, estando al pie de la Cruz en el Calvario, observa cómo un soldado romano, viendo que Jesús ya estaba muerto, le traspasó el costado con una lanza y al punto salió sangre y agua (Jn 19,34). Cristo entonces lo entregó todo, nos dio todo su Amor y nos descubrió que la vía de su Humanidad nos permite llegar a lo íntimo de su Divinidad: penetrando por la llaga de su Costado, podemos alcanzar su Corazón y sumergirnos en la inmensidad del Amor divino.

    El mismo San Juan, en la Última Cena, ya había reclinado su cabeza sobre el pecho de Jesús (Jn 13,23), enseñándonos así a dejar reposar nuestras vidas en Él y escuchar los latidos de un Corazón que arde de amor hacia nosotros. Es ése el Corazón que se enterneció y compadeció ante la viuda de Naím, quien acababa de perder a su hijo único y para la cual decidió resucitárselo (Lc 7,11-17); es el Corazón que llora ante la muerte de su amigo Lázaro y también lo resucita, alcanzando así el consuelo y el gozo de Marta y María de Betania (Jn 11); es el Corazón lleno de delicadeza que se preocupa de que den de comer a la hija de Jairo, igualmente resucitada por Él (Lc 8,55); es el Corazón, en definitiva, que nos llama a resucitar en esta vida apartándonos del pecado que nos destruye y que nos invita a resucitar gloriosamente para la eternidad.

    Acudamos sin miedo al Corazón de Jesús, como Él invitaba a la mística benedictina Santa Gertrudis y siglos más tarde a la religiosa salesa Santa Margarita María de Alacoque. Descubramos en Él la infinitud de la Misericordia divina, como se la mostró a Santa Faustina Kowalska. Se ha cantado en el salmo (Sal 144): “El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas”. El Corazón de Jesús es la síntesis del Amor infinito de Dios por el hombre, cuya manifestación más elocuente ha culminado en la Pasión de nuestro Redentor, que ha abierto a raudales la Misericordia divina sobre el mundo entero, sobre todas nuestras almas, para que arrepentidos sinceramente y confiados veamos lavados nuestros pecados en la Sangre y en el Agua que brotan del Costado abierto. Refugiémonos en el Corazón de Jesús y acudamos en Él al tesoro infinito de la Misericordia divina, con la confianza que nos da el maternal Corazón Inmaculado de María para hacerlo así.

  • 29jun

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos muy amados en Cristo: Celebramos la fiesta de los dos Apóstoles que son columnas no solo de la sede de Roma, sino de toda la Iglesia. San Pedro es columna porque el mismo Señor le cambió su nombre Simón por el de Pedro para significar que sería la piedra sobre la que se asentaría la Iglesia y fue el primero de una larga sucesión de Vicarios de Cristo; y San Pablo por haber hecho una labor misional amplísima sólo realizable bajo un impulso muy especial de la gracia, y habernos legado en sus cartas una revelación doctrinal insustituible sobre la fe cristiana.

    En las lecturas proclamadas en esta celebración podemos recolectar unos cuantos rasgos acerca del ministerio apostólico que son parte de la fe de la Iglesia. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles sobre el encarcelamiento y liberación milagrosa de Pedro hay algo conmovedor. Me refiero a la oración unánime e ininterrumpida de los fieles: «Mientras Pedro estaba en la cárcel, la comunidad no cesaba de orar a Dios por él.» La responsabilidad que pesa en las espaldas del Vicario de Cristo es enorme, como todos sabemos. Pero no todos los católicos solemos ser lo suficientemente coherentes con nuestra fe y la responsabilidad que implica de rezar y sacrificarnos para que el Papa pueda cumplir bien su ministerio. Es más frecuente leer noticias sobre lo que ha dicho el Papa o anécdotas de su ministerio y comentarios sobre el mismo, que orar con perseverancia por él. Y además resulta que hay en nuestras filas muchos que tienen fallos notables en la fe, bien sea porque se atreven a hacer comentarios negativos que minan su autoridad moral, o porque se trata de alabanzas hechas con actitud hipócrita a ciertas expresiones del Papa para reforzar sus opciones personales con silencio calculado de otras enseñanzas del Papa que no concuerdan con lo que esas personas piensan. La unión en la misma fe y en el mismo sentir supone un gran esfuerzo y no pocas renuncias, pero el fruto es nada menos que disponer de la palanca que mueve a dar el paso de fe que a tantos alejados les cuesta dar. ¡Cuántos alejados se acercarían a la Iglesia si tuviesen no sólo el impulso de la gracia para acercarse, sino también el estímulo de una comunidad de cristianos que profesan la misma fe sin grietas visibles y escandalosas!

    El testimonio de San Pablo a modo de testamento que hemos escuchado en su carta a Timoteo es aleccionador para todos. A los santos ocurre que les toca llevar un fardo considerable de sufrimiento por el pecado de los demás. Pablo se vio solo muchas veces ante las fauces del león, como él mismo dice gráficamente. Cuando se quejaba ante el Señor de esta penosa situación, sintió que el Señor le respondía: «Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.» Y San Pablo confiesa que era el amor de su advenimiento lo que le sostenía. Quiere esto decir que la esperanza de la Parusía del Señor le proporcionaba la fuerza necesaria para no sucumbir en la adversidad. Nosotros, que rezamos diariamente en la Eucaristía: «Ven, Señor, Jesús», ¿lo decimos con el mismo convencimiento y deseo que San Pablo, o más bien le decimos en el fondo al Señor: quédate en el cielo hasta que yo muera, que no quiero pasar por la purificación previa a tu venida? Sin duda tenemos una idea falsa de la Segunda venida del Señor, que no se basa en lo que nos enseña la Sagrada Escritura, en los muchos textos que hablan de ella, y es una de tantas lagunas que están pendientes de llenar con el estudio y la profundización en la oración del testimonio que nos ofrece la revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento, así como del Magisterio de la Iglesia, aunque sólo fuera a través de ese resumen autorizado que es el Catecismo de la Iglesia Católica en su explicación de la frase del Credo: «Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos».

    Vengamos a la gran revelación que es el Evangelio, donde no sólo las palabras de Jesús son revelación, sino también su misma vida es camino de salvación para nosotros y vida que se nos comunica por la contemplación de sus actitudes en las que rebosa, se clarifica y amplía la verdad enseñada por su palabra. La sorpresa es que la revelación sobre el misterio de la Persona de Jesús nos llega de la boca de Pedro, pero la certeza de que es así nos la da el Señor al decirle que esas palabras de Pedro —«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo»—, se las había revelado su Padre que está en los cielos. Pedro habló inspirado sin darse cuenta. Y nosotros, ¿nos damos cuenta de que el Espíritu Santo nos ha inspirado en tantas decisiones buenas que tomamos, en tantas veces que cumplimos bien nuestro deber, en tantas palabras con las que enseñamos o simplemente comunicamos cosas buenas a personas que están relacionadas con nosotros de alguna manera? La humildad consiste, entre otras muchas cosas, en saber agradecer a Dios los dones que nos da de forma habitual a través de nuestras cualidades, o de forma puntual en esas ocasiones esporádicas en que no habíamos preparado ni discurso acomodado a la circunstancia, ni hecho propósito de actuar de tal manera. Lo malo es cuando nos lo apuntamos en nuestro haber, y por esa soberbia impedimos en gran parte la intervención del Espíritu Santo… habitualmente. Si fuésemos humildes y agradecidos veríamos la mano de Dios haciéndose presente en nuestra vida a cada paso.

    La celebración de la Eucaristía es una excelente ocasión para orar por el Papa, pues la fuerza para mantener la unión en torno al Vicario de Cristo nos viene precisamente de este sacramento de la unidad. Quitemos la Eucaristía y aparecerán multitud de divisiones y sectas en la Iglesia. La celebración que se ajusta a las normas de la Iglesia y en la que se fomenta la unión personal de cada fiel con el Señor en la entrega total para participar en su sacrificio redentor es el fundamento inconmovible de la fe y sólo de ese modo se logra que podamos estar unidos en torno a un Vicario humano de Cristo. Hay en nuestro ambiente y dentro de nosotros mismos muchas fuerzas disgregadoras que nos impulsan a amoldar la fe a nuestros criterios de grupo o personales. Solo la Eucaristía tiene la fuerza de perseverar unidos. Del Papa es la responsabilidad en tantas decisiones, pero nuestra es la obligación de sostenerle en el acertado discernimiento de la Voluntad de Dios con nuestra oración y sacrificio.

    Se hallan entre nosotros, junto con sus padres, los niños candidatos a reemplazar a los escolanes veteranos que han terminado su servicio litúrgico en esta basílica. Pidamos para que tengan valor de emprender animosos el servicio de contribuir a la gloria de Dios en el culto con sus voces angelicales. Y para sus padres, la capacidad de aceptar el sacrificio de la separación en aras de una formación musical y humana especial en la Escolanía.

  • 15jun

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: La liturgia de este domingo de la Santísima Trinidad no hace sino recordarnos algo que es propio de la liturgia en su más genuino sentido. Así como en la piedad privada o en la llamada piedad popular nos dirigimos a una determinada persona de la Stma. Trinidad, o a algún santo en particular, la liturgia, bien sea en los Sacramentos o en el Oficio divino o Liturgia de las horas, siempre está dirigida a las tres divinas Personas. No a una en concreto, sino a las tres en su conjunto, aunque, por ejemplo, en la Eucaristía celebremos el sacrificio de Cristo en la Cruz y en la Confirmación el don del Espíritu Santo. En realidad, incluso en aquellas oraciones privadas o de piedad extralitúrgica no puede faltar un último objetivo que es alabar, suplicar y agradecer a Dios uno y trino, fuente última de toda vida y de la gracia.

    La santísima Trinidad debe ser el sello que impregne y ratifique toda nuestra vida espiritual. Es decir, toda nuestra vida no debe ser otra cosa que una búsqueda constante de la gloria de la Trinidad. Nuestro objetivo debe ser el vivir de hora en hora sin pensar en la siguiente, como si fuera la última hora de nuestra vida. Esa hora tenemos que vivirla abandonados a la Voluntad de Dios y sólo con el fin de agradar al Dios uno y trino. Si de nuestra boca y, sobre todo del corazón, no se cayera la alabanza continua a las tres divinas Personas el hombre no sería humillado constantemente por Satanás. Qué alivio y qué luz encontraríamos en tantas ocasiones en que no sabemos qué camino tomar o en otras muchas en las que actuamos por nuestra cuenta al margen de Dios, trabajando inútil y dando pasos en falso, si entráramos en nuestro interior para adorar a la Stma. Trinidad diciendo algo así: «Hágase tu Voluntad, Padre, Hijo y Espíritu Santo», o bien: «Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo» u otras oraciones similares.

    No tendría que hablarse de tener devoción a la Stma. Trinidad, como nadie dice: “yo tengo por costumbre dormir por las noches”, porque lo único digno de mención sería lo contrario. Todos deberíamos tener esta devoción porque es la devoción de las devociones, la que funda todas las demás devociones.

    Contemplando el misterio del Dios-con-nosotros, o del Dios-vuelto-hacia-nosotros, advertiremos enseguida con la luz del Espíritu Santo, que «la substancia del Padre es Amor. La substancia del Hijo es Amor —amor tan grande al Padre y al hombre que se entregó a sí mismo al sufrimiento para salvar a éste y dar gloria al Padre—. Y la substancia del Espíritu Santo es el Amor, concurriendo con el Padre y el Hijo a la gloria de la Trinidad, tomando parte en el misterio de la encarnación, dotando del espíritu profético a Jesucristo en su predicación, atestiguando su divinidad y sellando la obra de la redención, y amparando a la Iglesia, su Esposa inmaculada. La substancia del Padre es el Amor y el poder; la substancia del Espíritu santo es el Amor y la vida; la substancia del Hijo es el Amor y el dolor. La substancia de las tres divinas personas es la caridad, es el amor más puro de la comunicación, que por eso se llama caridad, porque se comunica y es el amor más perfecto, el amor de caridad.»

    «El dolor, o sea la cruz divinizada por el Hijo, es el sólo y único escalón para subir al amor de caridad. ¿Comprendéis ahora el valor de la cruz? Si observamos a nuestro alrededor, y por lo que conocemos de la vida de los santos, los más crucificados son los que más aman, porque el amor acrisolado por el dolor, insignia de Jesús, es de muchos más quilates que cualquier otro y por ello arrastra en pos de sí a las tres divinas Personas,(244) y en el alma que sufre unida a Jesús habitan los tres con tal resplandor que irradian hacia los demás la presencia trinitaria.»

    «El misterio de la encarnación nos lleva al misterio trinitario. «El Padre era desde toda la eternidad. Él produjo de sí mismo, de su misma substancia y de su misma esencia al Verbo, pero eternamente, no como nosotros nos lo representamos en la imaginación. También desde toda la eternidad, porque en el principio ya eran tanto el Verbo de Dios, como el Padre Dios, dos Personas en una misma substancia divina. Pero nunca, ni un instante, estas Personas, Padre e Hijo, estuvieron solas o fueron solamente dos, sino que en la misma eternidad, aunque producido por el Padre y el Hijo, era también el Espíritu Santo, reflejo y substancia y esencia del Padre y el Hijo, y también Persona»

    «Esta comunicación de la misma substancia, de la misma esencia, de la misma vida y perfecciones que forman y es una sola esencia, substancia, vida y perfección, constituye las complacencias de la Trinidad».

    Esto nos hace exclamar con la liturgia: «A ti, Dios Padre no engendrado, a ti, Hijo único del Padre, a ti, Espíritu Santo paráclito, santa e indivisa Trinidad, te confesamos con todo el corazón y con los labios, te alabamos y te bendecimos. ¡A ti gloria por los siglos!»

    «Ante esta grandeza cada uno de nosotros nos sentimos como un átomo insignificante, pero a la vez nuestra alma con sed de infinitud, recibiendo un pequeño reflejo de aquella grandeza, se ensancha gozosa al ver la felicidad, la eternidad e incomprensibilidad de su Dios.»

    «Y ¿desde ese trono descendió el Verbo al vil átomo de la tierra? ¡Oh eterno Dios!, ¿cómo aceptar que te hayas dignado a tanto? Sólo el amor divino podía descender al seno purísimo de María por obra del Espíritu Santo que desplegó su fecundidad divina de tal manera que el Verbo se hizo hombre: humillación profundísima que sólo el amor divino podía realizar, aunque no por ello dejó de ser Dios.»

    «Para nosotros todo esto no debe ser una especulación sobre Dios, o cosa de místicos e inasequible para el común de los creyentes, sino una experiencia de amor que percibe, en la hondura de la vida íntima de Dios, la razón de ser de su amor a los hombres»: Lo acabamos de escuchar en el Evangelio: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. (Jn 3,16)

    Este amor de Dios nos llega en cada Eucaristía, pues aquí el sacrificio de Cristo cobra actualidad y eficacia y solo basta abrirnos a compartir la cruz de Jesús en nuestras vidas para participar hondamente en los sentimientos de Jesús en el momento de la entrega de su vida por nosotros. Las tres divinas Personas se hacen aquí presentes, pues la obra de la Redención no es obra exclusiva del Hijo, sino ante todo de la Trinidad, que desea que el hombre participe de la excelsitud de su misterio de amor y unidad.»(1)

    Hoy celebramos la jornada “pro orantibus”. Pedimos al Señor que los consagrados que han recibido el carisma de dedicar su vida a orar por toda la Iglesia, sean fieles a su vocación. Pero también cuando recibáis la comunión y pidáis a la Santísima Virgen que reciba en vosotros a Jesús, salid en vuestra oración a presentar a aquellos que no creen este milagro del amor de Dios que se abaja gustosísimo a habitar en la fría e inhóspita cueva de Belén que es nuestra alma, porque allí está el inmaculado seno de María para recibirle. Decidles que está deseando hacer lo mismo con ellos. Compartid con nosotros este carisma del Espíritu de orar por todos los hombres sin saber cuál será el fruto de vuestra oración. Y Jesús dará gracias al Padre en el Espíritu por aquellos que lo hagan, pues es el Padre quien les habrá revelado a los sencillos aceptar este don del Señor para bien de toda la Iglesia.

    (1) Estos párrafos, con ligeros cambios para facilitar la comprensión, están tomados de la obra CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA, Diario espiritual de una madre de familia. Preparado por M.M. Philipon, Madrid. Ciudad Nueva, 1999. Pags. 244- 246

  • 18may

    P. Juan Pablo Rubio

  • Hemos iniciado esta celebración, queridos hermanos, con palabras tomadas del salmo 97: «Cantad al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas». ¿De qué cántico se nos habla aquí? ¿dónde radica la novedad de ese canto al cual se nos invita? Mirad, el «cántico nuevo», en realidad, sois cada uno de vosotros, que por el bautismo habéis vuelto a nacer gracias a la Resurrección de Jesucristo. La novedad de vuestro canto consiste en la santidad de vuestra vida. Sois un cántico nuevo cuando vivís santamente (cf. san Agustín), sois un cántico nuevo cuando dais testimonio real y concreto del amor de Cristo en vuestro entorno. Éste es el corazón de la liturgia de este día: ser un cántico nuevo por haber emprendido el camino del amor que Cristo ha abierto con su Pasión y su Resurrección.

    Sin duda Cristo como «camino» constituye uno de los puntos centrales de la liturgia de hoy. El hombre ha sido siempre un caminante. Hay algo que nos espolea el corazón: búsqueda, deseo, insatisfacción, sed de plenitud… Ante nosotros se presentan caminos cotidianos y ordinarios, al tiempo que encrucijadas trascendentales, de las que depende toda una vida. La metáfora del camino tiene un amplio eco en el AT, de modo particular en el Libro de los Salmos. El salmista pide a Dios que le indique el camino que ha de seguir (cf. Sal 142, 8), que le aparte del «camino falso» (Sal 118, 29). El sabio reconoce que la senda de la vida está en la voluntad de Dios, en el cumplimiento de su ley y por eso suplica al Señor: «Muéstrame el camino de tus leyes y lo seguiré puntualmente» (Sal 118, 33). El camino justo y recto que lleva a Dios es la realización de sus mandamientos (cf. Sal 118, 30).

    Ahora, en los tiempos de la alianza nueva y definitiva, es la persona de Jesús quien se presenta como «el camino» abierto a todos. Nosotros, seres humanos, necesitábamos un amigo, un hermano que nos tomara de la mano y nos acompañase hasta la «casa del Padre» (Jn 14, 2); necesitábamos a alguien que conociese bien el camino. Y Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó (Ef 2, 4), envió a su Hijo no sólo a indicárnoslo, sino también a hacerse él mismo «el camino» (Benedicto XVI).

    Fijaos que la expresión con artículo («el camino, la verdad, la vida»), viene a decir que existen muchos caminos, pero Jesús es el único camino seguro; existen muchas verdades, pero Él es la verdad por esencia. En realidad, en esta frase del Señor pronunciada en su discurso de despedida durante la cena pascual el énfasis recae en la primera de las tres palabras, de manera que podríamos formularla así: «yo soy el camino verdadero que conduce a la vida». Para el evangelista Juan «el camino» no es meramente una moral, como «la verdad» no es una serie de proposiciones doctrinales; el camino y la verdad son una persona viviente: Jesucristo, nuestro único mediador para ir al Padre (M. Iglesias).

    Nosotros, que constituimos la comunidad de Jesús, tenemos que recorrer un camino, lo cual expresa el dinamismo de esta vida, que es progresión. Es un vivir que va perfeccionándonos. Pero su término puede ser éxito o fracaso. Cristo nos señala la dirección en que el hombre se realiza y que él mismo ha abierto: la solidaridad con los hermanos y la entrega, el servicio y el amor creciente. Ahí se encuentra el éxito de la vida y la vida definitiva. Todo otro camino lleva a la nada y a la muerte. Pero Jesús además nos comunica la energía (el Espíritu) que nos impulsa en esa dirección. Con el Espíritu, Jesús crea una onda de solidaridad con el hombre, de amor desinteresado que sigue sus pasos y conduce a la humanidad al encuentro final con el Padre (J. Mateos).

    Cristo es el camino de los que poseen la vida y, con ella, la verdad, para llevarlas a su pleno desarrollo. El camino ha quedado expresado en el mandamiento nuevo de amor (Jn 13, 34s). Si lo pensamos bien, Jesús lo es todo para nosotros: es el sitio a donde vamos y es también el camino por el que podemos llegar a ese sitio. En efecto, cuando afirma: «voy a prepararos un sitio en la casa del Padre», el sitio está en su cuerpo martirizado y después resucitado. Ahora todos somos miembros de su cuerpo, porque nos ha preparado un sitio en Él. Es más, podemos decir que el sitio preparado está en su corazón: Jesús permitió que su corazón fuera traspasado, para que, en cierto sentido, pudiéramos entrar en Él (A. Vanhoye).

    Pidamos hoy la gracia de seguir a Jesucristo como se sigue un camino; pidamos la gracia de imitarle viviendo en el amor, porque Él es camino precisamente por el hecho de habernos amado hasta el extremo; el suyo es un camino de amor generoso. Este tipo de amor no es fácil de realizarlo. El amor nos atrae, hermanos, pero el amor generoso nos da miedo, porque entraña sacrificio, renuncia y donación de sí mismo.

    Me gustaría concluir parafraseando a san Agustín, con una invitación a alabar al Señor en este domingo de Pascua, a alabarle con vuestra vida no menos que con vuestra voz; a alabarle con la unión de vuestras voces y de vuestros corazones. Cantad el cántico nuevo siguiendo el camino del mandamiento nuevo. Cantad como cantan los viajeros, sin cesar de caminar; cantad para consolaros en medio de vuestras fatigas, pero no os dejéis llevar por la pereza. Cantad y caminad. ¿Qué quiere decir caminad? Avanzad, haced progresos en el bien, haced progresos en la fe, en la pureza de las costumbres. No os extraviéis, no os volváis atrás, no os dejéis seducir por los placeres vanos de este mundo. Cantad y caminad.

    Que santa María, nos ayude a comprender que por nuestros gestos de amor, por pequeños que sean, hacemos presente a Cristo en el mundo; que ella nos ayude a seguir a Cristo-camino, a conocer a Cristo-verdad y a acoger a Cristo-vida, y así alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna.

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