• 14 Feb

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    No pocas veces existe una imagen negativa y oscura de la Cuaresma, originada tanto por la mala comprensión que de ella tienen muchos cristianos, como por la visión que del cristianismo han querido y quieren dar los enemigos de él.

    Sin duda alguna, el carácter penitencial es propio de la Cuaresma y se debe reafirmar sin temor, pero muchas veces será necesario explicar con nitidez el espíritu con que se deben afrontar las prácticas penitenciales. Ante todo, la penitencia se hace con miras a la obtención de un gran fin: la conversión interior del corazón y el retorno del pecador al cobijo misericordioso de Dios. La Cuaresma, por tanto, es un período de profunda conversión del cristiano y así se nos recuerda en la lectura del profeta Joel que hemos escuchado: “Convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones, no las vestiduras: convertíos al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas” (Jl 2,12-13). También nos ha dicho el apóstol San Pablo: “ahora es tiempo de gracia, ahora es día de salvación” (2Cor 6,2).

    Jesús, que pasó cuarenta días con sus cuarenta noches de rigurosa penitencia en el desierto antes de iniciar su vida pública, nos exhorta a entregarnos a la oración, al ayuno y a la limosna, debiendo hacerlo desde la intimidad del corazón, donde nuestra oración, nuestro ayuno y nuestra limosna serán conocidos y recompensados por Dios (Mt 6,1-8.16-18). Más aún, Jesús nos anima a vivir nuestras prácticas piadosas, penitenciales y caritativas con alegría: “Cuando ayunéis no andéis cabizbajos, como los farsantes […]. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido” (Mt 6,16-18).

    Nuestro Padre San Benito nos alienta igualmente a este espíritu alegre en la Cuaresma. Recuerda al monje que, aunque su vida “debería responder en todo tiempo a la observancia cuaresmal, sin embargo, como son pocos los que tienen semejante fortaleza, por eso invitamos a guardar la propia vida en toda su pureza en estos días de Cuaresma, y borrar, todos juntos, en estos días santos, todas las negligencias de otros tiempos” (RB 49, 1-3). Como vemos, llama “días santos” a este tiempo, en el cual anima a entregarse a la oración, la lectura, la compunción del corazón y la abstinencia, añadiendo con permiso del abad algunas pequeñas cosas en lo que de ordinario hacemos y ofrecemos, también en el trabajo.

    San Benito, al igual que Nuestro Señor Jesucristo, desea en el monje un ánimo alegre en las prácticas cuaresmales, que se haga “con gozo del Espíritu Santo”, de tal modo que “con un gozo lleno de anhelo espiritual espere la santa Pascua” (RB 49, 6-7). Por lo tanto, estamos ante unos “días santos” que nos ayudan a prepararnos para la celebración del gran acontecimiento del misterio cristiano: la Pascua del Señor, la gloriosa Resurrección de Jesucristo, nuestro Redentor.

    Con este espíritu, pues, acojamos este santo tiempo de Cuaresma: tiempo de oración, de ayuno y penitencia y de limosna y caridad; tiempo de mayor dedicación a Dios, de vuelta a Él, de conversión a Él, y de conversión generosa también hacia las necesidades de nuestro prójimo. Un buen ayuno espiritual y caritativo puede ser que nos privemos de hacer críticas y malos comentarios relativos a nuestros hermanos.

    Que la Santísima Virgen María nos ayude a vivir la Santa Cuaresma con estas actitudes para imitar a su divino Hijo y poder unirnos a Él.

  • 2 Feb

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Tradicionalmente, la Iglesia ha celebrado en este día tres aspectos de una misma fiesta, conforme a la lectura del Evangelio (Lc 2,22-40): la Presentación del Señor en el Templo, la Purificación de la Santísima Virgen María y la Candelaria o Fiesta de Simeón, caracterizada por la procesión de las candelas.

    En la Presentación del Señor y la Purificación de María, contemplamos la humildad y la obediencia de Jesús, recién nacido, y de su Santísima Madre, virtudes manifestadas en la observancia fiel de los preceptos de la Ley dada a Moisés. Desde el Éxodo de Egipto, todo primogénito varón hebreo debía ser presentado y redimido en el Templo a los cuarenta días de su nacimiento para quedar consagrado a Dios y la madre debía someterse al rito de la purificación (Ex 13). Pero aquí está lo sorprendente: ¡el Hijo de Dios es presentado al mismo Dios, y su Madre, exenta del pecado original y de cualquier pecado, siendo Ella toda pura, se somete obedientemente a la Ley de Dios!

    En cuanto a la profecía del anciano Simeón y de la profetisa Ana, no podemos pasar por alto que la Iglesia recita desde antiguo las palabras de Simeón en el rezo de las Completas al final del día: el Nunc dimittis (Lc 2,29-32). Y en estas palabras se nos presenta a Cristo como lumen Gentium: “luz de las gentes”, “luz de las naciones”, la luz que alumbra a todos los pueblos gentiles de la tierra, además de ser la gloria de Israel, el pueblo escogido por Dios desde el principio. Ciertamente, Él es la única y verdadera luz que nos puede iluminar a los hombres, la luz enviada por el Padre, “irradiación esplendorosa de la eterna luz” (Sab 7,25; Heb 1,3), “la luz del mundo” (Jn 8,12).

    La Iglesia celebra también hoy la jornada de la vida consagrada, de la vida de entrega absoluta a Dios. San Juan Pablo II recordó que la vida de quien se ha consagrado a Dios supone una existencia “cristiforme” (Vita consecrata, n. 14), modelada según Jesucristo, abrazada a Él e identificada con Él. Los consagrados, por tanto, no podemos sustituir a Jesucristo por otras cosas. Nuestro verdadero Maestro deberá ser Jesucristo, y Jesucristo crucificado, si queremos que Él nos lleve a la gloria; porque no habrá triunfo sin cruz.

    Pidamos al Señor que suscite en la Iglesia jóvenes deseosos de entregarse sin reservas y por completo a Él, de consagrar sus vidas a Él, de convertirle en el centro de todo, tal como nos exhorta San Benito a los monjes: “No anteponer nada al amor de Cristo!” (RB IV, 21 y LXXII, 11). Hacen falta respuestas generosas a la llamada de Dios y superar los miedos a la vocación religiosa, sabiendo que sólo Dios llena el alma y la vida completa del ser humano, como nadie ni nada es capaz de hacerlo. ¡Qué alegría cuando un joven escucha la llamada de Jesús a dejarlo todo por Él y se lo entrega todo!

    En fin, miremos a Jesús presentado en el Templo y a su Madre, la gran consagrada a Dios, la toda pura, para que sean siempre nuestro modelo.

  • 28 Jan

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: cuando acudimos a la Eucaristía, nos mueve una fuerza no sensible, que proviene del Espíritu Santo y que nos hace entender que sin la Eucaristía no podemos vivir, como proclamaban los primeros cristianos. En la Palabra de Dios hallamos una autoridad que nos atrae y nos envuelve en un santo de temor de no cumplirla bien. El respeto reverencial a la voluntad divina, expresado con palabras humanas en la S. Escritura, crea en nosotros una relación personal. A través de la Palabra nos relacionamos con Dios, hablamos con Él en la oración, pero antes le hemos escuchado en su Palabra, que nunca pasa, que tiene autoridad sobre nosotros, pues nos atrae y es omnipotente sobre toda realidad visible e invisible. El Verbo de Dios, Jesucristo, presente en cada celebración litúrgica, con su poder nos transforma, nos santifica e identifica con Cristo, Hijo del Padre. Toda esta realidad sobrenatural la hemos escuchado viva y palpitante en la historia de la salvación, tanto en la instrucción de Moisés al pueblo hebreo antes de entrar en la Tierra prometida, como en la enseñanza y en las curaciones de Jesús como signo de ser el enviado del Padre.

    Moisés preparaba al pueblo con sus explicaciones de la ley durante su trayectoria por el desierto, de Egipto a Palestina. Les mencionaba un profeta que había de suscitar Dios para que no tuviesen que oír directamente al Señor, que les hablaba en medio de la nube y con fragor de truenos. Pero al singularizar al profeta, siempre entendieron que estaba hablando del Mesías, que había de tener al menos la categoría de Moisés como legislador.

    En el Evangelio se comprueba que cuando Jesús hablaba en la sinagoga estaba investido de esa autoridad. Para que no faltase reconocimiento de ella, los demonios se ven obligados a confesar que Jesús es el Santo de Dios y enviado del Padre. Por tanto, la gente sencilla confiesa que ve cumplidos en Jesús los rasgos de que habló Moisés, porque esa autoridad se veía reflejada en la curación de enfermos, en la expulsión de demonios y en el poder sobre la naturaleza para calmar tempestades.

    Las lecturas proclamadas deberían cuestionarnos si hemos estudiado desde la fe a Jesús para saber quién es, si hemos comprendido que la religión no es un código de reglas morales, si hemos descubierto que Jesús no solo nos enseña un camino, sino que Él mismo es el Camino a seguir. Su amor debe estar en nuestro corazón, su cruz en todos los sufrimientos que nos depara la vida y su vida se nos transmite por los sacramentos y la oración. ¿Nos esforzamos para que la vida de Jesús se haga visible en la nuestra o preferimos seguir las insinuaciones del diablo para vivir a nuestro aire y juzgar todo con nuestro criterio?

    Nos hemos acomodado a vivir un cristianismo sociológico, pero el Señor nos llama a mucho más. No solo pide que creamos en Él, lo que ningún fundador de religión ha exigido de sus seguidores, sino también que nos entreguemos a Él en cuerpo y alma. De ahí su exigencia de tomar la cruz y de seguirle en su sacrificio de dar la vida por sus hermanos, no siempre con el derramamiento de la sangre, pero sí con un servicio atento a las necesidades de los que están junto a nosotros y con una convicción plena para dar testimonio de la verdad que nos ha enseñado en los ambientes en donde nos movemos.

    La carta a los corintios de S. Pablo nos puede ayudar a perfilar nuestra vida cristiana cuando habla de una entrega plena al Señor, que no solo incluye a los estrictamente llamados a la virginidad en los institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica. En la vida hay cruces impuestas, como la de Simón de Cirene, obligado a ayudar a llevar la cruz a Jesús camino del Calvario. Muchos casados son forzados a vivir en pobreza, obediencia o incluso castidad por enfermedad del otro cónyuge o por ruptura de la convivencia conyugal. Quien acepta bien esta cruz y la lleva para servir al Señor en su circunstancia dolorosa, tiene el mérito de haber elegido vivir su vocación libremente. La cruz bien asumida es luz en su vida y seguridad y sello de su fidelidad al Señor. Su propia salvación se fortalece frente a tantos que no se ocupan de ella y es faro para quienes caminan peligrosamente en las tinieblas. Estemos siempre preparados y vigilantes porque nadie sabe el día ni la hora en los que el Señor llamará a cada uno.

    Hoy se celebra la Jornada de la Infancia Misionera, una de las Obras Misionales Pontificias, junto con las Vocaciones Nativas y el DOMUND. Los niños pueden ayudar a difundir el Evangelio en todo el mundo, en el que faltaría algo vital sin su oración y aportaciones. Si les transmitimos esa inquietud, de mayores seguirán siendo misioneros de corazón y a su alrededor, pues España y todo Occidente necesita una nueva evangelización. Seamos generosos en la colecta de hoy, que se destinará en su totalidad a la infancia misionera o Santa Infancia. Pidamos a Ntra. Sra. del Valle que presente a su Hijo todas estas intenciones para que las bendiga. Que así sea.

  • 14 Jan

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: San Pablo exhortaba a sus fieles diciéndoles:Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa. Por tanto, quien esto desprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os ha dado su Espíritu Santo. (1 Tes 4,7-8) Esta vocación a una vida santa, a una vida en Dios, viviendo sus mandamientos y e interiorizándolos de tal manera que lleguemos a la santidad es un ideal muy sublime. Quizás pensemos que eso es inviable en el mundo en que vivimos, que más valdría pisar tierra, y, en todo caso, proponer algo que esté a nuestro alcance. Veamos qué solución nos da las lecturas que hemos escuchado en esta celebración.

    En el Salmo que se ha cantado, se nos ha dado una síntesis a modo de eco orante a la primera lectura y también del Evangelio, pues en una y otra se nos ha hablado de la vocación de hombres que se dejaron conducir por Dios, lo cual es modelo y guía válido para todo fiel que escucha en la Palabra la voz viva de Dios dirigida para él en este momento de su vida, en el hoy de nuestra celebración litúrgica, que será para muchos el alimento para toda la semana.

    En la primera estrofa nos hablaba de cómo se iba fraguando ese encuentro con Dios: Yo esperaba con ansia al Señor; Él se inclinó y escuchó mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios.¡Qué maravilla!, el hombre se dirige a Dios –en realidad cuando hacemos esto Dios ya está obrando en nosotros sin darnos cuenta que la iniciativa no ha sido nuestra sino de nuestro Padre que nos estaba llamando y resulta que apareció en las palabras del que compuso el Salmo, sin haberlo pensado, un cántico nuevo. Dios precede con su gracia a la iniciativa humana, aun cuando parece que hay personas que son buenas y les brota espontáneamente. Como si hubiesen nacido perfectos, santos ya hechos. En el caso de Samuel, por ejemplo, no se quedaba remolón en la cama, sino que hasta cuatro veces interrumpió el sueño para obedecer, para escuchar, que en la Biblia es lo mismo. Pero el Señor nos enseña en el Evangelio algo muy profundo, que nos revela su actuación secreta: Sin Mí, no podéis hacer nada. Con esto no anula Dios al hombre, sino que tiene como una secreta iniciativa amorosa y el hombre debe colaborar y llegar a descubrir que es Dios quien nos llama de mil maneras, incluso por medio del fracaso, del dolor y de la injusticia padecida directa o indirectamente. Dios tiene mil medios de hablarnos y quiere que los descubramos en la oración, o por la lectura de su Palabra, por los acontecimientos, o el consejo de otro, como Samuel. Juan Bautista siendo un gran maestro de vida espiritual les señaló a sus discípulos a quien podía enseñarles todavía mejor: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Y Andrés le enseña inmediatamente a su hermano Pedro: Hemos encontrado al Mesías, que significa Cristo. Y así se va formando una cadena. El que ha descubierto al Señor le enseña a otro su descubrimiento: es su testigo. Hay algunos que muriendo por Cristo le anuncian y dan a conocer de una manera sublime, grandiosa. En esta basílica reposan los restos de muchos de estos testigos. 54 ya han sido beatificados, otros lo pueden ser en los años siguientes o permanecerán anónimos hasta el juicio final.

    Y ahora viene la segunda estrofa del Salmo que a modo de síntesis nos guía en las lecturas de hoy: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, | y, en cambio, me abriste el oído; | no pides holocaustosni sacrificios expiatorios; entonces yo digo: «Aquí estoy | —como está escrito en mi libro— para hacer tu voluntad Con esto no se dice que al Señor no le gusta que le demos culto, como lo estamos haciendo ahora, ya que es incluso uno de sus mandamientos, sino que no quiere un culto pleno que sea realmente hacer su voluntad siempre y a todas horas. No creamos que con un solo mandamiento hemos hecho todo el bien que debemos hacer, pues los mandamientos son diez, y además quiere que vivamos las ocho bienaventuranzas. El cristiano tiene una agenda en la que no queda tiempo para remolonear en nuestras tareas; la pereza es un pecado capital y es el terreno en el que el demonio nos tienta, y tiene disfraces hasta de PERSONA LABORIOSA Y EFICAZ, ¡ojo! Nuestro egoísmo, en la vertiente de pereza, hace que nuestro servicio a Dios sea deficiente.

    Pero nos habíamos dejado la enseñanza de san Pablo en su carta a los Corintios. Una enseñanza muy actual. No dice lo que se suele oír hoy por todas partes: Yo soy dueño de mi cuerpo, o de mi tiempo, de mis cosas. Y esto en sentido absoluto. Ahí no se puede meter nadie. Pero en la práctica se nos mete el enemigo porque nos falta oración. En la oración y en la meditación de la Palabra de Dios, como ahora estamos haciendo, el Señor nos descubre que nuestro cuerpo es templo vivo de su gloria donde habitan las tres divinas personas. Luego no puedo dar mi cuerpo a la fornicación o a la impureza. Ni le puedo alimentar con cosas que le perjudiquen por la excesiva cantidad, o porque son dañinas como las drogas o el alcohol, o con los tatuajes, aunque sean imágenes piadosas. Hoy día estamos conculcando el dogma de la creación de muchas maneras. Queremos enmendarle y corregirle al Señor.

    Nadie tenemos las manos limpias, hermanos queridos, es cierto. Venimos aquí a que el Señor con su sombra santificadora nos purifique, como cuando el sacerdote hace sombra con sus manos para que santifique el pan y el vino y se conviertan por obra del Espíritu Santo en el Cuerpo y la Sangre del Señor. El Señor cuando iba entre la multitud le tocaban con fe y quedaban curados. Pasó y pasa ahora en sus sacramentos haciendo el bien. También nos anuncia, por los acontecimientos de todo tipo que estamos viviendo, el cumplimiento de las señales de su segunda venida, que va a venir. Y su primera llegada será en nuestro corazón; y nos hemos de preparar, para que no nos coja desprevenidos. Pero hay algo muy consolador propio de la misericordia divina: que la medida de nuestra preparación, por pequeña que sea, dará sus frutos en aquellos momentos de purificación y de prueba que vienen a este mundo a la hora que el Señor fije, que nos va a sorprender a todos como cuando nos asalta un ladrón. El miedo viene del demonio y la paz acompañará a los que, dóciles como los animales que saben buscar cobijo en la tormenta, se resguardan en los sacramentos bien recibidos y con frecuencia y perseveran en el cumplimiento de su Voluntad. Esa es la Buena noticia que nos da el Señor. El que sigue con prontitud la Voluntad de Dios no ha de temer su venida. Al contrario, está deseando ese encuentro de iluminación de las conciencias y de santificación.

  • 6 Jan

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La solemnidad de hoy tiene en España y en otros países del Occidente cristiano un simpático y entrañable carácter por la celebración de la fiesta de los Reyes Magos, que despierta siempre las sonrisas de los niños y a todos nos llena de gozo, tanto al ver sus rostros felices como al recordar nuestra propia infancia. En su vivencia popular, nos invita a la generosidad, a saber compartir y a transmitir alegría. En otros países, sobre todo del centro y del este de Europa, es la figura de San Nicolás quien suscita semejantes valores y virtudes. En cualquier caso, todo esto refleja una vez más el carácter hondamente cristiano de las fiestas navideñas: sin el Niño Jesús, la Navidad carece de sentido y de esencia. Por eso, es absurdo dejar de felicitar la Navidad para decir un indeterminado y anodino “Felices Fiestas”, es malintencionado eliminar los belenes para ofrecer una versión de la Navidad paganizante y vacía de contenido y es perverso utilizar las cabalgatas de Reyes para ideologizar a los niños.

    Sin Jesucristo, ciertamente, falta la luz al mundo. Ninguna estrella creada artificiosamente por el hombre para intentar apagar la luz de la estrella que guio a los Magos puede ser luz para nosotros. Sólo Jesús, que es “la luz del mundo” (Jn 8,12), nos puede iluminar y demostrar que toda otra luz nace de Él y a Él orienta.

    Eso es lo que descubrieron aquellos misteriosos Magos de Oriente, sabios del mundo antiguo de los que nos habla el relato de San Mateo (Mt 2,1-12), buscadores de la verdad, astrónomos de la época, escudriñadores de las escrituras sagradas de religiones antiguas y de los mismos textos bíblicos, en los cuales fueron capaces de comprender que venía el Mesías, el Salvador del mundo, el Redentor de todos los hombres, para darnos la única y definitiva luz que nos sacaría de las tinieblas. Muy posiblemente eran sacerdotes de la religión de Persia reformada por Zoroastro, como el nombre de “magos” refleja, aunque es posible que alguno viniera de otras tierras, como Etiopía o el sur de Arabia. Nada obsta a que además pudieran tener condición regia, como la tradición afirma conforme a las profecías mesiánicas, entre ellas el salmo 71 que se ha cantado, y como los conocimientos históricos nos permiten deducir.

    La gran enseñanza que nos ofrecen estos Magos es la búsqueda del Niño nacido en Belén, a quien ellos reconocieron como el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”, el verdadero “Mesías”, el “Cristo”, el “Ungido”, Jesús, el “Salvador” del mundo. Ellos han sido testigos beneficiados de esta

    “Teofanía” o “Epifanía” del Señor, es decir, de su manifestación a todos los pueblos, anunciando que ha venido al mundo para salvar a todos los hombres y no solamente a los judíos. Así, como nos ha anunciado el profeta Isaías (Is 60,1-6), desde Jerusalén y Judea, donde la gloria del Señor ha amanecido, su luz ilumina ahora a la tierra que estaba cubierta de tinieblas y a los pueblos que caminaban en oscuridad. Es el misterio que San Pablo expone a los Efesios y que antes estaba reservado sólo a los judíos (Ef 3,2-3a.5-6).

    La Iglesia antigua celebraba juntos tres aspectos de esta Epifanía o Teofanía, como tres elementos de una misma manifestación del Dios Salvador a todos los hombres: la adoración de los Magos, el Bautismo de Jesús en el Jordán y el milagro de las bodas de Caná. Todavía hoy la Iglesia, y muy singularmente los monjes, recordamos los tres hechos en el canto de una preciosa antífona de Laudes. En el Oriente cristiano se mantiene muy clara la conciencia de la vinculación de los tres aspectos y para la Iglesia de Etiopía es la gran fiesta del año litúrgico, aunque en los calendarios orientales suele haber ciertas diferencias en la situación de las fechas.

    El mensaje de la Epifanía es un mensaje esperanzador, que nos anuncia la buena nueva de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres. Cristo ha venido a salvarnos y debemos gozarnos de ello y transmitirlo a todos. En consecuencia, por intercesión de los Magos, a quienes en la Tradición de la Iglesia veneramos como santos reyes, encomendemos la conversión de todos los pueblos y recordemos especialmente a los pueblos de Oriente. Pidamos al único Dios verdadero, trino en la unidad y uno en la Trinidad, que se dé a conocer a los musulmanes que pueblan mayoritariamente aquellas tierras. Y tengamos muy presentes a los cristianos que sufren una persecución angustiosa allí mismo. En estos días, los coptos de Egipto, herederos de la antigua civilización egipcia enriquecida por el helenismo y llena de un nuevo vigor gracias al aliento vital del cristianismo, vienen sufriendo una presión durísima con atentados contra sus iglesias, casas, comercios y personas. La relación entre sus patriarcas, a los que llaman también “papas”, y los papas católicos desde Pablo VI, viene siendo excelente, y actualmente lo es entre Tawadros II y el papa Francisco. Pidamos a Jesucristo, el único Salvador, en torno a quien afirmamos ya una misma fe sobre su divinidad y su humanidad, que sostenga a nuestros hermanos coptos en la persecución y que pueda llegar el día en que alcancemos con ellos la plena unidad, gracias a la sangre de sus mártires que les honra.

    Con María Santísima, a quien los Magos tuvieron la dicha inmensa de conocer al llegar a adorar al Niño Dios, queramos mostrar en Él al Emmanuel, haciendo visible el mensaje de la Epifanía, es decir, la manifestación de Dios al mundo para anunciar la salvación a todos los pueblos.

  • 25 Dec

    P. D. Anselmo Álvarez

  • Hoy hemos amanecido con la noticia, seguramente poco difundida, de que Dios ha nacido esta noche, aunque el anuncio no proviene de los medios de comunicación habituales, sino del Evangelio y de la liturgia cristina, que son bastante más fiables.

    Cristo ha venido a la vida dos veces: en la Navidad, en la que fue dado a luz por su Madre María, y cuando por sí mismo retomó la vida en la resurrección. Lo cual quiere decir que Él es el dueño de la vida: nacido eternamente del Padre, nacido en el tiempo de una Mujer, María, cuando Él lo determinó, y renacido por sí mismo a ella tras la muerte transitoria que el hombre le impuso y que él aceptó voluntariamente: porque ‘nadie me quita la vida; soy Yo quien la doy, quien la entrego, cuando quiero, y quien la retomo cuando quiero’ (cf Jn 10, 18).

    El nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, no es sólo un acontecimiento histórico, precisamente el que divide la historia en dos mitades: ‘antes y después de Cristo’, continuamos diciendo, sino el acontecimiento humano decisivo. En él la vida se encuentra con su autor original, con Aquel “en quien vivimos y existimos” (Hch 17, 28), con quien la da y la quita soberanamente, aunque sea para devolverla a continuación.

    Porque en Él está la vida presente y eterna. Pero no sólo en su forma existencial, sino en su significado esencial. Jesús no vino solamente para ser uno más entre nosotros. Cierto que “fue semejante en todo a nosotros, menos en el pecado” (Hbr 4, 15). Ese pecado que significa el alejamiento de Dios , y que pone en entredicho la verdad y calidad de nuestra existencia, porque significa nuestro desvarío en relación con el designio divino sobre nosotros. De hecho esa condición humana, formada a imagen de la divina, es la impronta definitoria del hombre.

    La finalidad de esta presencia de Dios entre nosotros no tiene otro objeto que el persuadirnos de que nuestra existencia sólo tiene como meta su realización según el plan de Dios. Dios es el alma y la vida del hombre y del mundo. Cuando se desposee de ellos de forma habitual el ser humano se vacía de sí mismo hasta que, falto de sustancia vital, su estructura interna se desvanece y su consistencia histórica se desintegra. Si permanece en la negación de esa realidad, que es la que justifica su presencia en el mundo creado por Dios, tendríamos tal vez que preguntarnos si hay todavía razón para seguir hablando de una historia humana cuando el hombre ya no cumple en ella su fin primordial. Entonces sólo la voluntad y el amor creadores de Dios siguen dando una oportunidad a la rectificación hasta que el tiempo se agote.

    El hombre ha sido concebido como templo de Dios. Cuando este templo se declara vacío u ocupado por otras divinidades, su destino es la extinción, porque entonces el hombre es ya un espejismo en el que se extingue a la vez la finalidad de su existencia, la raíz de su naturaleza específica, y su propia razón de ser. El que se ha desvanecido, en realidad, no es Aquél que existe por Sí mismo, según el nombre hebreo de Dios, sino el hombre que se ha desconectado de su matriz originaria.

    De hecho, el vacío que se produce al expulsar a Dios de la existencia no es llenado con ninguno de los infinitos sucedáneos con que lo sustituimos. La idea que se ha impuesto en los últimos tiempos de que es el hombre el que se da íntegramente su propia figura, conduce más bien a su propia anulación.

    Hoy se considera un atentado contra el hombre seguir afirmando la actualidad de Cristo y de su Evangelio. Pero la frivolidad radical de nuestro tiempo, tanto como su inhumanidad extremada, desdicen por sí mismas esa pretensión. Cristo espera su tiempo para reafirmar, de manera inapelable, que Él es el único centro del hombre y de la historia, los cuales tendrán que ser reconstruidos sobre la piedra angular en que fueron asentados. Porque, como dice el salmo 44, “Tu Trono, oh Dios, permanece para siempre”, o como escuchamos tantas veces en el tiempo de Adviento y de Navidad, Él es el Padre del siglo futuro, el único que posee y configura por sí mismo el presente y el porvenir.

    Hoy nos encontramos con que hemos desarmado la estructura humana y espiritual que sostiene el mundo, la que el Hijo de María, nacido esta noche, vino a restablecer, no sólo desde el aposento de María, sino desde el seno de la humanidad. Nos encontramos con que hemos borrado las palabras de verdad que han dado consistencia al hombre, y que hemos anulado las realidades fundamentales que están en el origen y en el curso de nuestra historia. Lo que queda es la perplejidad de quienes, como resultado, se preguntan dónde estamos y qué es lo que nos espera. Por eso volvemos a encontrarnos con la pregunta con la que se abren l os salmos que se recitan en el Oficio nocturno de la noche de Navidad: “¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean un fracaso?” (Sal 2, 1).

    Pero no hay otras respuestas que las que nos ha ofrecido Aquel que las dio a conocer desde los orígenes y que, en el tiempo, ha “venido para dar testimonio de la verdad”. Esa verdad que dice: “de Mí sale la ley, mis mandamientos son luz de los pueblos” (Is, 31..). La misma que hemos oído en el Evangelio: “En Él estaba la vida, y la vida era la luz y la vida de los hombres” (Jn 1, 4). Fuera de ella sólo nos queda la vida natural, semejante a la de los restantes seres vivos de la naturaleza. Pero este no es el proyecto de Dios sobre el hombre, ni esa vida natural nos permite participar en la vida de los hijos de Dios, ni en la semejanza con Él, que es la única razón de ser del hombre. Jesús repite en este nuevo nacimiento que celebramos, y lo reitera cada año y cada día: ‘Yo soy la Luz, Yo soy la Ley del mundo. El que me sigue no camina en tinieblas’ (cf Jn 8, 12)

  • 24 Dec

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Esta “noche santísima”, como la ha denominado la oración colecta, es una noche grande, una noche especial, una noche que desde niños todos hemos vivido con gozo. Incluso aunque pueda presentársenos a veces con cierta dureza por el recuerdo y la falta de alguien que ya no está físicamente entre nosotros o por alguna circunstancia que nos cause dolor, todos somos capaces de descubrir que existe algo que traspasa esta noche y le da un sentido trascendente. No son, desde luego, los anuncios publicitarios, los adornos, las luces de colores y ni siquiera las cenas o las reuniones familiares que, en ocasiones, como digo, pueden tener lugar ya sin alguien que antes nos acompañaba. Es algo mucho más profundo lo que da un significado singular a esta noche. Es, sin duda, el Nacimiento de Cristo, la luz verdadera que alumbra a todo hombre, la luz que brilla en medio de la tiniebla, como sucedió en Belén, donde apareció esa “luz grande” anunciada por el profeta Isaías en la primera lectura (Is 9,2-7). Por eso, según el texto del Evangelio de San Lucas (Lc 2,1-14), “la gloria del Señor envolvió de claridad” a los pastores.

    El Niño Jesús en el portal de Belén, recostado sobre el pesebre porque la Sagrada Familia no tuvo sitio en la posada, nos enseña en esta noche cuál es su camino: camino de humildad y de pobreza. Jesucristo ejerce su realeza y su señorío por su condición divina, pues como Dios es Señor de toda la Creación. Pero este Rey universal hecho Niño pobre nos ha dado ejemplo de cómo ejercer ese señorío sobre todas las cosas desde la humildad y el abajamiento, desde el anonadamiento, desde lo que en griego se denomina la kénosis y San Pablo ha expuesto magistralmente en la carta a los Filipenses (Flp 2,5-11). Él, siendo Dios, se ha anonadado asumiendo la naturaleza humana para elevarnos a nosotros hacia Dios e introducirnos en la vida divina, vida de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Todo un Dios eterno y omnipotente se ha hecho Hombre y ha nacido Niño por nosotros.

    De forma natural, los niños suscitan en nosotros la ternura, y ¡cuánto más si consideramos que el Niño al que contemplamos es todo un Dios de poder infinito que se ha hecho pequeño y débil para hacerse uno de nosotros y vivir entre nosotros! Por eso, si el Verbo encarnado nos enseña este camino de anonadamiento y humildad, es por lo que San Pablo nos exhorta a imitarle: “Tened los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Flp 2,5). Es decir, tenemos que imitar a Cristo e imitarle desde Niño. Él es el modelo supereminente del hombre nuevo redimido por su Sangre, es quien nos esclarece el misterio del hombre como dice el Concilio Vaticano II (Gaudium et spes, n. 22) y, como enseña Santo Tomás de Aquino, “el mismo Verbo encarnado es causa eficiente de la perfección de la naturaleza humana” (Summa Theologiae, III, q. 1, a. 6 in c).

    ¿Cómo imitarle, entonces? Como exhorta San Pablo: teniendo sus mismos sentimientos, pensando como Cristo y amando como Cristo. Es decir, como también señala el Apóstol en el texto de Filipenses al que me refiero, viviendo unidos y concordes “con un mismo amor y un mismo sentir”, no obrando por rivalidad ni por ostentación, considerando superiores a los demás, buscando el interés de los demás y no encerrándonos en nuestros propios intereses (Flp 2,2-4).

    Es un camino de humildad muy distinto de los caminos que este mundo y el demonio nos proponen. Jesús nos ha enseñado ese camino de humildad haciéndose Niño, asumiendo la debilidad humana, naciendo incluso en pobreza material. Sin dejar de ser Dios, se anonadó asumiendo nuestra naturaleza humana y en ella misma se humilló por obediencia a los designios del Padre celestial, asumiendo la muerte e incluso una muerte de cruz, la más ignominiosa del mundo romano. Pero eso precisamente fue lo que llevó a su exaltación gloriosa, a su Resurrección con la que ha abierto las puertas a la elevación del hombre hacia Dios.

    Éste es, pues, el Niño que, como nos ha dicho Isaías, “lleva al hombro el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de la paz”. Este Rey y Redentor universal nos enseña el valor de la pobreza: primero y ante todo, la pobreza de espíritu, que es propiamente la humildad; pero también el desprendimiento de todo lo superfluo, de todo lo innecesario, de lo que nos ata a lo temporal y perecedero y nos impide volar libremente hacia las realidades celestiales y eternas, que son las más importantes y las que debemos esperar. En estos días de las fiestas navideñas, no nos dejemos arrastrar por el consumismo que nos hace olvidar cuál es el sentido profundo de la Navidad y el verdadero objetivo de nuestra vida.

    Este año, gracias a Dios, nuestros hermanos cristianos perseguidos de Irak están pudiendo volver a sus ciudades y hogares destrozados. Tengámoslos presentes en nuestras oraciones para que puedan reconstruir sus bienes, sus vidas y la presencia cristiana en aquellas tierras donde rezan en arameo, la lengua que habló Jesús en Palestina.

    Que María, José y el Niño os concedan a todos una Feliz Navidad.

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