• 05dic

    P. Joaquín Montull

  • Introducción

    Bienvenidos seáis todos a esta celebración sagrada.

    El Señor viene a salvarnos, proclamamos de muy diversas maneras a lo largo de este tiempo de Adviento. Él nos salva iluminando el sentido del presente, y el futuro que anuncia este presente. Abrid a Cristo las puertas de vuestro corazón: él colmará vuestro espíritu de optimismo y alegría.

    Por eso, antes de esta celebración eucarística pidamos al Señor que nos descubra lo irredento, ya que ahí se halla el origen de nuestros pecados.

    Homilía

    1.- En la oración que habéis hecho vuestra con vuestro Amén, hemos pe-dido al Señor que los afanes de este mundo no nos impidan salir animosos al encuentro de Jesucristo, pues queremos participar plenamente de su vida. Que las preocupaciones del momento no nos abrumen ni impidan salir animosos al encuentro de Cristo.

    El profeta Isaías, con sugerentes expresiones, anunciaba los tiempos me-siánicos: habitarán juntos el lobo y el cordero, la pantera se tumbará con el ca-brito... porque sobre el renuevo del tronco de Jesé, esto es, sobre Jesucristo, se posará el espíritu del Señor; en sus días florecerá la justicia y la paz abundará eternamente.

    Las Sagradas Escrituras anuncian estas certezas; han sido escritas para nuestra enseñanza, nos decía San Pablo; las Escrituras reflejan siempre la acción providente de Dios en la historia. Ellas nos exhortan a mantener viva la esperanza; las desolaciones que nos afectan purifican siempre la virtud de la esperanza.

    Vemos, pues, cómo las Escrituras nos guían al encuentro de Cristo; ellas dan un sentido más pleno a la exhortación del Bautista: Convertios, porque está cerca el reino de Dios. Cambiad de actitud ante esta vida temporal, que sólo ofrece la muerte cómo final de todo; vuestro espíritu, creado por Dios, anhela una existencia sin fin.

    2.- A la conversión nos invita la Cruz de Jesucristo, que aquí en el Valle de los Caídos tiene un significado tan singular. Su Cruz anuncia siempre su resurrección. El misterio de la Cruz nos transforma en vida a imagen de Jesucristo, y nos permite vivir en el tiempo anticipos de lo que será el reino de los cielos; anticipos que anuncian los tiempos mesiánicos de Isaías.

    No os extrañe que os sintáis oprimidos mientras vivís vuestro propio misterio de la Cruz; la Cruz ilumina siempre lo irredento que existe en nosotros para conocer mejor los propios pecados, la acción de la gracia y cuál debe ser nuestra colaboración para sentirnos hijos de Dios; por eso necesitamos ser sostenidos por la celebración cristiana del domingo, la comunión frecuente y la frecuente celebración de la reconciliación sacramental.

    A esa conversión nos exhorta la muerte cruenta de todos aquellos que aquí en el Valle la vemos asociada a la muerte redentora de Cristo; todos ellos, nuestros héroes y nuestros mártires, nuestros Caídos, que ya conocen el miste-rio de sus vidas, interceden por nosotros, interceden por España, y anuncian conjuntamente que sólo Cristo es nuestra paz, que sólo él puede reconciliar en la verdad a los pueblos enfrentados; a judíos y griegos, decía San Pablo; a iz-quierdas y derechas, podemos, debemos decir nosotros, que tenemos a Cristo como punto de referencia. Cristo, con su muerte derriba el muro del odio que separa a los pueblos (Cf. Ef 2,13-18).

    3.- Revistiéndonos de Cristo, viviendo las circunstancias de nuestra vida con el espíritu de Cristo, nos convertimos en instrumentos de paz, en instrumentos de reconciliación, porque vemos sobre todo la huella divina presente en las personas y no las lacras del pecado; Cristo ha muerto por todos. No cabe el pesimismo ante las angustias del tiempo presente. El alma cristiana de España, que evocó Juan Pablo II en su momento, saldrá siempre adelante purificada; se quedarán en el camino quienes no sintonicen con el espíritu de la verdad, con el espíritu de Cristo. Dios se halla siempre presente; la sucesión de ciclos históricos, la sucesión de culturas, la sucesión de pueblos, es el resultado de la vitalidad impresa en el espíritu de la creación; consecuentemente, por muchas que sean las alternancias de los acontecimientos, los progresos y retrocesos, la dirección es siempre positiva. Porque la dirección de la historia es siempre positiva, las decisiones erradas, en contra de la verdad, generan siempre su propio antídoto; ya se encargará la historia de rectificar en su momento.

    4.- Que estas ideas os mantengan animosos mientras avanzáis al encuen-tro del Señor; animosos, sobre todo, porque ya comprobáis cómo Dios llega siempre a tiempo; su tiempo no es el tiempo de nuestra impaciencia, sino el tiempo de su misericordia. Muy cerca de vosotros se halla la presencia maternal de la Virgen María; dentro de unos días celebraremos el misterio de su Concepción Inmaculada; que podáis sentir cómo ella os conduce hacia el Señor. Que Así sea.

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