• 30may

    P. Joaquín Montull

  • Introducción

    Bienvenidos seáis todos a este lugar sagrado

    La Solemnidad de la Santísima Trinidad que hoy celebramos nos invita a acer-carnos a la huella divina impresa en nosotros, ya que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios.

    Por esta razón es oportuno que en este día tengamos presente el inmenso don que significa para la Iglesia la presencia en ella de la vida contemplativa; los consa-grados en este carisma singular pueden irradiar a su alrededor la cercanía de la sa-biduría divina, cuyas delicias se hallan con los hijos de los hombres (Prov. 8,31).

    Bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo...

    Homilía

    La Solemnidad de la Stma. Trinidad y la verdad teológica de nuestro bau-tismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo me mueve a ofrecerles algunas consideraciones sobre el inmenso don que representa para la sociedad el testimonio de la vida contemplativa; este testimonio nos invita a potenciar el sello divino presente en nosotros, y comprobar cómo el Dios, Uno y Trino, ha hecho su morada en nosotros (Cf Jn 14,23), o lo que es lo mismo, cómo en esta vida temporal se puede alcanzar la experiencia del Dios vivo.

    No es del otro mundo afirmar que los desajustes que existen en la sociedad tienen su origen en la inconsciencia de la presencia de Dios en ella.

    Dios se halla ausente en nuestros gobernantes; no los veo conscientes del sen-tido trascendente de su misión. Nuestros políticos, tan enfrentados unos con otros, no parece que tengan presente que el dinamismo de sus espíritus tiene un mismo origen: la Causa trascendente de todo cuanto existe; o lo que es lo mismo: el Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo. Por eso traicionan tantas veces la finalidad origi-nal de la diversidad de criterios; de suyo son siempre complementarios, por ser éste el designio del Creador. Podía seguir aludiendo también a los desajustes en el cam-po del trabajo, o en el campo de las finanzas... Es necesario que a todos les llegue el testimonio elocuente de la vida contemplativa... La vida contemplativa proclama la cercanía divina, cuyas delicias se hallan entre los hijos de los hombres (Prov. 8,31), como manifestaba la primera lectura.

    La vida contemplativa es lo mismo que la vida monástica. Los monjes y las monjas, conscientes de hallarse en la presencia del Señor (Gn 17,1), viven de su tra-bajo; éste trabajo depende siempre de las circunstancias geográficas de los monaste-rios. Los monjes desean que la presencia del Señor les transforme radicalmente; será éste un dinamismo que vivirán a lo largo de su vida temporal, siendo Cristo su pun-to de referencia.

    La vida monástica tiene su antecedente en las comunidades proféticas del An-tiguo Testamento. Existen suficientes datos bíblicos para pensar que en el Antiguo Testamento ya existía institucionalizada la vida monástica, como existe ahora en el Nuevo Testamento; incluso, se puede pensar que cuando San Pablo alude al carisma del profetismo (1Cor 12,28-29; Ef 2,20; 4,11), se refiere a la vida religiosa institucio-nalizada.

    Los profetas no son propiamente los que predicen lo que va a suceder; ahora bien, los profetas, por la experiencia del Dios vivo, que cada vez se hace más intensa en ellos, perciben las constantes que se dan en la historia, las analogías que existen en los acontecimientos, sean singulares o sociales los protagonistas de los mismos; en virtud de estas constantes y analogías, y siendo el Todopoderoso el origen de to-da vitalidad, pueden intuir el sentido profundo de todo cuanto acontece y la direc-ción positiva de todo; dirección positiva que no percibimos quienes nos movemos más a ras de tierra que los profetas. Esta visión profunda que de la historia tienen los profetas la alcanzan los monjes que viven en la verdad la verdad del carisma de su vida monástica. La cercanía divina otorga siempre un mejor conocimiento de las pautas que rigen el dinamismo humano.

    En el dinamismo espiritual de los profetas se hizo presente un momento importante que queda muy clarificado en la experiencia religiosa de Abrahán. Una experiencia similar también se hace presente en la vida monástica.

    Abrahán era anciano cuando Dios le concedió el hijo que le había prometido (Gn 17,16; 21,1-2). Y sin embargo “fue puesto a prueba y ofreció a Isaac; él, que había recibido las promesas, ofrecía al Unigénito del que le había dicho Dios: continuará tu descendencia. Abrahán pensaba que Dios tiene poder para resucitar a los muertos. Y así recobró a Isaac como figura del futuro” (Heb 11,17-19).

    La fidelidad a la llamada divina en los inicios de toda vida consagrada, conlle-va también la forja de unos proyectos, de unas perspectivas que ilusionan, y que suscitan una mayor fidelidad al Señor siguiendo el camino que ya se ha iniciado. Pe-ro llega el momento en el que Dios pide el sacrificio de esos mismos proyectos, si se quiere vivir con el corazón dilatado. Abrahán no perdió a su hijo, pero su relación con él cambió radicalmente, y mereció escuchar del Señor: “Ya veo que temes a Dios, porque no me has negado a tu hijo, tu hijo único” (Gén 22,12).

    Queridos hermanos, quiero terminar ya. La impronta de la Stma. Trinidad impresa en nosotros porque Dios nos ha creado a su imagen y semejanza, me ha movido a ofreceros estas consideraciones sobre el inmenso don que significa la pre-sencia de la vida contemplativa en la sociedad. Nuestra sociedad necesita de la pre-sencia de testigos del Dios vivo que, teniendo a Jesucristo como punto de referencia, le enseñen a mirar con optimismo el presente y el futuro de la historia. Todo es gra-cia, todo es historia de salvación, porque la vitalidad existente en el mundo tiene su origen en el mismo Dios. Desde la experiencia del Dios vivo podemos sobreponer-nos a todo cuanto de negativo sucede; y es que además Cristo, en la Eucaristía, se halla presente entre nosotros hasta el final de los tiempos, para revestirnos de él, sea cual fuere nuestra profesión, y así alcanzar la experiencia del Dios vivo, de la que quieren ser testigos los contemplativos.

    Que así sea, hermanos, con la protección de la Virgen María, a la que de modo especial hemos honrado en este mes de mayo que ya concluye.

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