• 03jul

    P. Alberto Soria

  • Muy queridos todos en el Señor Jesús: las lecturas de este XIV domingo del tiempo ordinario son un canto a la humanidad de Cristo, que aparece ante nuestros ojos con todo el atractivo de hombre perfecto, no encorsetado en cualidades que le distancien de nuestra miseria, sino lleno de esa dulzura y misericordia que se abaja a nosotros para allanar nuestro camino y aligerar nuestra carga. Esta imagen de Dios con entrañas de misericordia ya se hallaba en el Antiguo Testamento, como se nos ha proclamado en la profecía de Zacarías: “mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno”. Si no vemos a Dios de esta manera, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, es que nos falta sencillez de corazón. Por eso Jesús, con su ejemplo cautivador y atrayente, quiere transmitirnos humildad y mansedumbre, virtudes de Jesús que a Dios Padre le encanta ver reflejadas en nosotros.

    Jesús también es el Rey prometido y esperado, cuyo reino será eterno y universal, como se nos ha proclamado en el salmo responsorial: un Rey “clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad”. Un Rey que ninguna otra religión había imaginado siquiera, “cariñoso con todas sus criaturas”. La imagen de los dioses en toda la literatura contemporánea o anterior a las Escrituras es indigna de imitar, simple reflejo de las más bajas y vergonzosas pasiones humanas. Y a nosotros todavía nos cuesta recrearnos en el mensaje de la revelación y en demasiadas ocasiones pasamos el tiempo escuchando noticias manipuladas, sectarias y partidistas. El relativismo que nos rodea nos ha vacunado para aguantar estoicamente esta tortura nauseabunda. ¡Qué pena que no apreciemos no ya sólo la palabra de Dios en sí misma, sino el prodigio oculto que se produce si la leemos hoy bajo la guía del Espíritu Santo, pues está dirigida a cada uno de nosotros en esta etapa de nuestra vida!

    El pasaje proclamado de la carta a los Romanos merecería ser meditado esta misma tarde por cada uno de nosotros, en un ambiente contemplativo, sosegado y silencioso, quizás ante un bello paisaje, para comparar la belleza de la naturaleza con esa otra maravilla increíblemente mayor de Dios en nuestro interior al hacernos templos de la Santísima Trinidad. Queridos hermanos: ¿No habéis oído las palabras de san Pablo?: “Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros”. Y poco después se nos ha proclamado: “Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis”. No se nos propone hacer esfuerzos inalcanzables para nuestra escasa energía vital, sino una apertura a la fuerza sobrenatural del Espíritu, que obra en nosotros una vida nueva, que tiene su inicio en la presente, pero que se proyecta en la eterna. Si en el Antiguo Testamento se nos ha proclamado la ternura de Dios con todas sus criaturas sin excepción, la lectura del Santo Evangelio tendría que reflejar en nuestro rostro la mayor alegría de nuestra vida.

    Queridos hermanos: os ofrezco tres pinceladas para que en esta tarde contemplativa en nuestro hogar, jardín, parque o iglesia, tengamos por donde empezar la conversación con Jesús, al que nos podemos imaginar con todo realismo a nuestro lado, con el propósito de que sea un diálogo interminable, aunque nos tengamos que marchar físicamente de donde estábamos tan ricamente instalados. La primera pincelada consiste en que Jesús da gracias al Padre por haber revelado sus secretos a la gente sencilla y quiere contar entre esa gente a todos nosotros, incluidos los que nos seguís por la pequeña pantalla. Nos llama sus amigos, porque en otra ocasión nos había dicho que el siervo no sabe lo que hace su Señor y en cambio el amigo sí lo sabe. La segunda sugerencia, queridos hermanos, es que a Jesús le parece poco que seamos sus amigos y quiere que seamos hijos en Él mismo, el Hijo por naturaleza, nos equipara a sí mismo, porque dice que “nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

    La tercera idea es otra locura de amor. ¿Quién no se ha sentido muchas veces cansado y agobiado en este mundo de vértigo y tan equivocado de la confrontación fratricida, de vivir enajenados por la codicia, la envidia, el placer, el afán de poder y de sobresalir por encima de los demás? Jesús no sólo nos ofrece un programa inédito (“aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis vuestro descanso”), sino que solo con acudir a Él ya nos alivia. No seamos indiferentes ante Jesús que está en nuestro hermano triste, enfermo o deseando comunicar una pena o alegría y no encuentra quien le escuche. No dejemos a Jesús abandonado en el Sagrario sin que haya en vela siempre uno de los que se digna llamar amigos e hijos.

    En definitiva, queridos hermanos, si, como se hos ha proclamado en el Evangelio, “cargamos con ese yugo llevadero”, el Señor nos aliviará y encontraremos nuestro descanso también en esta vida. A veces nos resistimos a cumplir la voluntad de Dios para evitarnos un trabajo que nos impide descansar en nuestro egoísmo, pero al final ese incumplimiento de la voluntad divina supone que no descansemos sino que nos inquietemos.

    Por último, en este primer domingo de julio, la Iglesia española celebra la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico. En este comienzo de las vacaciones de verano, durante las que se desplazarán millones de vehículos a lo largo y ancho de nuestra patria, los obispos españoles nos invitan a circular con prudencia y a poner mayor atención en respetar las normas del tráfico, para no poner en peligro la vida propia ni la de los demás. Pero sobre todo, antes de ponernos en camino, deberíamos encomendarnos muy especialmente a Mª, madre de Jesús y madre nuestra, que por su humildad y pobreza de espíritu, por su obediencia a la voluntad de Dios, es imagen de lo que la Iglesia aspira a ser. Que así sea.

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