• 31jul

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Las lecturas que hemos escuchado reflejan muy bien nuestra situación de personas sedientas y hambrientas de algo que no siempre sabemos definir. De momento solemos pensar en necesidades biológicas. Pero resulta que para muchos de nosotros, aunque las tengamos satisfechas, nuestra insatisfacción ahí sigue. Si rehuimos el hacernos preguntas trascendentes que nos saquen de nuestra comodidad o de nuestro orgullo de hombres autosuficientes nunca saldremos de nuestra angustia existencial. La única respuesta es confiar en que el Señor es capaz de sacarnos de estos callejones sin aparente salida. Dios nuestro Padre nos ha dado en Jesús sobradas pruebas de que confiar en Él no es una locura. En cambio, hoy día asistimos al derrumbamiento de los castillos que construye el orgullo humano, cuando basa su felicidad en satisfacer su egoísmo. ¿Seguiremos enmascarando nuestros fracasos y ocultando las cifras del horror que produce el vivir como si Dios no existiera?.

    El relato que hemos leído del Evangelio se ve claramente que no está edulcorado, pues se declara que la búsqueda de Jesús no era, la mayoría de las veces, porque estuvieran sedientos de su Palabra portadora de vida eterna. Tampoco los contemporáneos de Jesús buscaban siempre respuesta en sus palabras a las cuestiones trascendentes fundamentales. La necesidad que les urgía era en gran parte el ser aliviados del dolor. Jesús no se opone a curar sus cuerpos. Pero antes de curar Jesús solía hablar a todos, enseñando a poner su confianza en la amorosa voluntad de Dios, que quiere el verdadero bien del hombre, y a continuación curaba a los enfermos y repartía las limosnas que depositaban en sus manos. El lugar apartado sugiere esa prudencia de no dar pie a ser apresado por sus enemigos envalentonados con la muerte de Juan Bautista. Pero también es frecuente en Jesús el apartarse de los que no amaban la verdad y querían encontrar en sus milagros una excusa para sus acusaciones, aunque fueran inconsistentes. La gente sencilla no entendía por qué los jefes religiosos les ponían obstáculos para acercarse a Jesús y se arriesgaban a encontrarse con él en lugares más apartados. Jesús les enseñó siempre, de una manera u otra, que Él es el pan de la Vida y que en ese desierto o exclusión social, al que confinaban a Jesús muchas veces, les iba a dar el verdadero pan del cielo de su Palabra para que comieran y no murieran espiritualmente. La enseñanza de Jesús es doble.

    No sólo apunta a sus necesidades trascendentes, pues el hombre es inmortal y no se puede limitar a ocuparse de las necesidades materiales, sino que echa en cara a los apóstoles el quererse desentender de los necesitados. Jesús les dice que les den de comer pan, lo cual era imposible teniendo tan solo cinco panes y dos peces. Eso poco no lo han de guardar para ellos, sino darlo a la multitud. Después viene el milagro. Nuestra interpretación en muchos casos es decir: bueno, así es muy fácil. Y con la excusa de que estaba Jesús para hacer el milagro no atendemos a lo que Jesús quiere que hagamos, compartir lo poco que tenemos, poner a disposición de los demás nuestros pequeños o grandes bienes o talentos, no reservarlos para nuestros intereses. Y cuando esto hacemos, entonces sucederán no milagros llamativos, sino la oculta actuación de Dios que se ocupa de todo y de todos pero dejándonos a nosotros el amoroso trabajo de descubrir su Providencia en hechos poco llamativos y aparentemente casuales. Y este buscar el bien del otro en vez de encerrarse en los propios intereses es encontrar el camino de la verdad y resolver la gran cuestión: la vida eterna feliz solo se consigue amando al prójimo. “En la tarde de la vida te examinarán del amor” (S. Juan de la Cruz).

    A los desterrados en Babilonia Isaías también les urgía a buscar ese pan de vida en la palabra del profeta que les aseguraba la fidelidad de Dios a su alianza de amor con su pueblo. Es decir, el profeta ponía muy por encima de las necesidades materiales ese vínculo esencial del hombre con Dios que sin la libre afirmación del hombre acaba rompiéndose. El hombre que se separa de Dios y de la verdad que Él nos revela sobre el hombre hace inútiles los trabajos más imprescindibles por mantener su vida corporal.

    San Pablo completa esta visión de la opción libre del hombre ante Dios afirmando, con la audacia del que se siente iluminado por Dios, que el amor de Cristo es un vínculo tan fuerte que el que se decide por ser fiel a Cristo nadie le podrá separar de Él. Estas palabras consoladoras son las que tendríamos que escuchar interiormente por así decir al recibir la comunión. Tendríamos que acercarnos a comulgar con la certeza de que si queremos mantener la amistad, la filiación con Dios, Él va a estar tan de nuestro lado que los mayores tormentos o desgracias no nos podrán separar de Él. No debemos dejar pasar esta oportunidad que tenemos en esta Eucaristía, pues la Eucaristía no es sólo oír, como solemos decir: oír Misa. La Eucaristía es también responder, es escuchar obediencialmente, lo cual lleva consigo la puesta en práctica de la Palabra de Dios escuchada con el testimonio y compromiso de estar dispuestos a compartir el sacrificio de Cristo en nuestras vidas.

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