• 07ago

    P. Alfredo Simón

  • Bienvenidos, hermanos todos, que habéis querido acercaros a esta Basílica del Valle de los Caídos, que es un auténtico Santuario de paz y de reconciliación, para la celebración eucarística con la comunidad benedictina que vive consagrada al ministerio de la alabanza y de la intercesión. Saludamos también a todos los que nos seguís por televisión e internet.

    Queridos hermanos:

    La Palabra que se ha proclamado este domingo nos invita a pensar dónde está Dios, o mejor dónde buscamos a Dios y dónde podemos encontrarle o a través de qué signos. Y la Palabra nos puede sorprender, como sucede a menudo, porque nos dice algo que no esperamos; muchas veces buscamos a Dios donde no está y naturalmente no le podemos encontrar. La primera lectura presenta a Elías en el “monte de Dios” (1 Re 19, 9) y nos enseña que el monte es el lugar donde Dios le habla y se le manifiesta. No lo hace en el estruendo del huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego llamativo, sino en el susurro, en el suave murmullo, en la calma.

    La figura del monte aparece de nuevo en el Evangelio. Jesús “después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar”. El monte aparece como lugar solitario idóneo para la oración. A lo largo de la historia los monjes han elegido frecuentemente los montes para la contrucción de sus monasterios. Como para Jesús, es el lugar privilegiado para el diálogo con Dios, el lugar simbólico para la epifanía y el encuentro con Él. A los monjes nos gusta el silencio de este valle porque favorece un clima espiritual. Esta misma Basílica es un monte donde nos hemos reunido para escuchar el susurro de Dios, para celebrar el sacramento de Dios que es Cristo, nuestra pascua, nuestro alimento, nuestra luz, nuestra salvación. En esta espléndida cúpula, el Pantocrátor tiene un libro con unas palabras que quizá alcanzáis a leer: Ego sum lux mundi (Yo soy la luz del mundo). Nosotros, aquí congregados, somos los hijos de la luz, la Iglesia que celebra, escucha y canta como una Esposa que ama a su Esposo, Cristo. La celebración litúrgica es el momento privilegiado de la manifestación luminosa de Dios y de nuestro encuentro amoroso con Él. El Prefacio y la Oración después de la comunión evocarán esta luz.

    Los monjes vivimos en el monte dedicados a la oración. Pero todo cristiano también debería ascender de vez en cuando al monte simbólico de su corazón para orar a solas, como Jesús, para escuchar el susurro de Dios, estremecerse y adorarle. El corazón del hombre puede albergar a veces algo de amargura, envidia, orgullo y rencor, y debería abrirse y purificarse con el fuego del amor, de la caridad, de la fraternidad y de la amistad. Las palabras de Jesús a sus discípulos en el Evangelio de hoy “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”, van dirigidas a cada uno de nosotros, para que liberemos nuestro corazón de miedos, dudas, inseguridades, y vivamos la alegría de la fe y la certeza del amor. Creer es como caminar sobre el agua. Es posible mientras confiamos plenamente en Jesús. Pero si nos dejamos arrastrar por las dudas, nos sucede como a Pedro, resulta una misión imposible y nos hundimos. La metáfora es válida para nuestra vida, sobre todo cuando experimentamos dificultades y crisis de fe. Es natural y sabemos que Jesús siempre tiende su mano para salvarnos. La confesión de los discípulos en el Evangelio la hacemos nuestra: “Realmente eres Hijo de Dios” y debe impregnar nuestra mente, nuestro corazón, nuestras palabras y nuestras actitudes. La barca de la Iglesia, como la llamaban los Padres, está segura con Jesús, y los vientos del mal y del miedo no pueden nada contra ella.

    La búsqueda de Dios, típica de los monjes, el quaerere Deum que pide la Regla de San Benito al que quiere iniciar la vida monástica fue presentada por el Papa Benedicto XVI como tema central de su famoso discurso en París al mundo de la cultura, en septiembre del 2008. El Papa vio en ese lema el ideal del itinerario espiritual de todo cristiano e incluso de todo hombre: buscar a Dios, en el fondo, es la actitud más razonable del hombre, le abre la vía de la felicidad verdadera y lo asienta en los dos pilares básicos de la experiencia cristiana: la escucha de la Palabra y la práctica del amor.

    S. Anselmo, en una bellísima oración de su Proslogion, expresa bien el deseo íntimo de todo hombre de buscar a Dios: “Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscándote te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré”. El introito que han entonado los cantores en la procesión de entrada de la Misa decía igualmente: “ne obliviscaris voces quaerentium te” (no olvides, Señor, las voces de los que te buscan).

    Y S. Bernardo, en esa obra maestra de la espiritualidad que es su Comentario al Cantar de los Cantares, glosa el tema de la búsqueda de Dios: “No se busca a Dios moviéndonos, sino deseándolo. Y el feliz encuentro no extigue los santos deseos: los prolonga... Desbordará de alegría, pero no se agota el deseo ni la búsqueda. Imagínate, si puedes, esa diligente búsqueda sin indigencia, ese afán sin ansiedad”.

    El encuentro con Dios, la experiencia viva de la fe, es un don y una decisión libre del hombre. Si uno la alcanza, ha encontrado el tesoro escondido. El himno Dulcis Iesu memoria, de un monje del siglo XII, que se canta en los monasterios en la fiesta de la Transfiguración del Señor, celebrada ayer, lo expresa así: “dans vera cordi gaudia... Quando cor nostrum visitas, tunc lucet ei veritas... et intus fervet caritas” ( Jesús da la verdadera alegría del corazón, la luz de la verdad, el fervor del amor y de la felicidad).

    Todos nos estamos preparando para la Jornada Mundial de la Juventud. Los monjes hemos querido unirnos a la visita de Benedicto XVI con esta imagen que veis detrás del altar en la que el Papa aparece en actitud orante, icono de la vida del cielo, de la gloria futura.

    Prosigamos nuestra celebración agarrándonos como Pedro a la mano extendida de Jesús, confiando plenamente en Él, caminando sobre las aguas del mundo con la fuerza de la fe, subidos a la barca segura de la Iglesia.

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