• 18sep

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Al hombre moderno, como al de todas las épocas, le cuesta reconocer la grandeza y superioridad del juicio divino sobre el humano. No se somete fácilmente. Esta dificultad parte de la desobediencia de Adán y Eva, que introdujo en este mundo el pecado. Una de las consecuencias del pecado original es la facilidad con el enemigo puede distorsionar en nuestra imaginación la verdadera imagen de Dios que nos ofrece el mismo Señor en su Palabra.

    La lectura del profeta Isaías nos ha recordado que «como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes.» Y el Salmo ha cantado la gloria de Dios por sí mismo; y, en especial, poniendo de relieve no sólo su justicia, sino sobre todo esa bondad que le hace abajarse al más pobre y desvalido: «El Señor es justo en todos sus caminos,/ es bondadoso en todas sus acciones;/ cerca está el Señor de los que lo invocan,/ de los que lo invocan sinceramente.»

    Este acorde bíblico inicial nos pone a tono para comprender mejor la hondura que se encierra en el Evangelio proclamado. Esta parábola del propietario que sale a contratar jornaleros a diversas horas del día cumple uno de los requisitos más sobresalientes del género, su carácter desconcertante. Tal es así, que abundan las interpretaciones dispares, aunque todas suelen ser aceptables. Una de las posibilidades de lectura es fijar la atención en los distintos acuerdos que establece el propietario con cada grupo. La Palabra de Dios supera todos los controles de precisión. Cada palabra está calculada, medida, y hasta pesada con balanza que supera toda técnica conocida. Veamos.

    Del grupo primero que ve el propietario al romper el día narra el Evangelio en estilo indirecto que «salió el propietario a contratar jornaleros para su viña al amanecer y después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña». Antes de ordenarles algo media un contrato en regla y después ya viene la orden de ir a la viña. Estos trabajadores no se dejan explotar. A denario por jornada completa. Yo pongo el trabajo y tú el dinero.

    El propietario sale de nuevo. Es incansable en su afán por encontrar trabajadores. Con el segundo grupo de los trabajadores de mediodía, de una segunda salida a mediodía y a media tarde el propietario no negocia, sino que directamente propone algo que supera las expectativas de los trabajadores, pues no le ponen pega ninguna. La proposición es directa y breve: «Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido». Aquí no hay contrato que valga, simplemente es una promesa. Muy arriesgado.

    Veamos qué les propone a los trabajadores que encontró cuando salió al caer la tarde, cuando prácticamente iba a anochecer en el momento de comenzar el trabajo. Lo sorprendente es que les dice lacónicamente: «Id también vosotros a mi viña». Aquí falta de todo; ni hay contrato, ni tan siquiera una promesa como en el segundo grupo. La única garantía es la palabra del propietario.

    En los tres acuerdos algunos aprecian las distintas maneras de entrar en relación con ese propietario que es nuestro Padre celestial. Los de la hora primera representan a los que ven a Dios como un empresario con el que uno se ve forzado a tratar si quiere ganar dinero, o, en nuestro caso, si quiere alcanzar la salvación eterna. Y aun en este caso tan trascendente a veces rebajamos la relación al plano comercial: “cumplo los mandamientos con las instrucciones del mínimo necesario y Tú me dejas entrar en el cielo.” En la propia revelación escrita tendríamos el caso del Israel carnal, que quedó desencantado con Jesús como Mesías, pues no entraba en su programa el sacudirse el poder romano que los dominaba.

    El segundo grupo no hace contrato laboral, pero se aferra a las promesas del propietario. Este grupo está representado por los apóstoles, antes de ser sumergidos en el Espíritu Santo, a los que el Señor primero les promete que por haberle seguido, cuando llegue la regeneración o Parusía, se sentarán con Él a juzgar. Pero de camino a Jerusalén les va desvelando los bautismos de sangre por los que hay que pasar para llegar a reinar con Él. Y ya sabemos cómo de momento la promesa no les evitó huir de la cruz.

    Y el tercer grupo es el de los místicos, diríamos. La palabra mística hace referencia al silencio. Y es de los que van a trabajar sólo fiados de esa palabra que profiere el Señor. Es un mandato, sí, pero ellos no lo ven con desconfianza, como una carga insoportable, como nos suele pasar a la mayoría. Ellos se fijan en que el Padre les ama y no les puede mandar sino lo que es lo mejor sin discusión, porque se fían totalmente de Él. Aquí se puede tomar como referencia la fe de Abraham, o, mejor aún, la confianza sin fisuras de María, la madre de Jesús. Está claro que para Ella no hubo promesas gozosas.

    Este pasaje evangélico lleno de mensajes para nosotros reclama dedicarle un tiempo añadido a la celebración para hacer una lectura más atenta de tantas frases que no podemos comentar por falta de tiempo, una meditación en la que contraste mi vida –¿en qué grupo estoy yo?, ¿anhelo siquiera estar en el grupo de los que una sola palabra del Señor les basta para hacer su Voluntad?–, una oración en que le exprese al Señor mi dolor de haber hecho con Él tantos contratos basura, mi decisión de amarle, de fiarme de Él; y necesito tiempo también para una contemplación en la que guste del abrazo con el Amado, en la que cante sus grandezas y le muestre mi amor de mil maneras, y cuya presencia me impida dialogar con la tentación en la que se cuele la sospecha de que quizás no sirve de nada mi esfuerzo por hacer oración a diario y me considere un infeliz que no ha disfrutado de este mundo como otros a los que la vida les sonríe viviendo al margen de los mandamientos.

    Si todavía estoy entre los del primer grupo, que se creen que pueden comprar a Dios con un cumplimiento formal y exterior de los mandamientos, esta Eucaristía me tendría que servir para pedir al Señor me afiance en mi propósito de ser más sincero en mis confesiones y de pedirle la confianza amorosa en Él, pues mi conciencia mal formada no me proporciona la paz que tanto ansío. Y si mi situación actual es la de los que se aferran a las promesas, pero sin confiar del todo en quien me ama de manera totalmente distinta a ese miserable amor mío que tomo como referencia para aplicarlo a todos los demás, a Dios incluido, entonces he de pedir a la Santísima Virgen, que Ella me alcance esa confianza suya en que Dios es Padre de todos y su Palabra permanece por siempre. Viene bien recordar la fecundidad que logran los que se fían totalmente de Dios. La beata Teresa de Calcuta es un ejemplo, sobre todo durante un largo período en sus últimos años. Estos años transcurrieron sumida en una profunda oscuridad espiritual y sufriendo angustiosas dudas de fe. Ella misma se sorprendía cuando le confesaban las personas que hablaban con ella cómo las afianzaba en su fe. Y nosotros ¿cuándo nos convenceremos de que, en estos momentos de tribulación para la fe, el Señor está más cerca de los que lo invocan?

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