• 30oct

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos aquí presentes y los que nos seguís a través de la TV:

    Las lecturas de este domingo os habrán sorprendido sin duda por las exigencias de Jesús a los pastores, a los guías y ministros de Dios encargados de administrar a los fieles la gracia de su salvación. ¡Cuánta es la grandeza que encierra este ministerio y cuántas veces tendríamos que dar gracias a Dios, porque por medio de los sacerdotes Jesucristo vive entre nosotros en la Eucaristía, podemos recuperar la gracia cuando la hemos perdido, ser instruidos en la fe y alentados en nuestras caídas y fracasos!

    Las palabras que hemos escuchado son exigentes pero, a pesar de su aparente dureza, no tienen nada que ver con esas campañas difamatorias de algunos medios de comunicación que pretender minar la fuerza sobrenatural nada menos que del Vicario de Cristo, el Papa, con sus acusaciones calumniosas que se grabarán en muchas conciencias como impedimento para acercarse a Dios y a su Iglesia. Las secretas intenciones de las campañas aludidas, quedan camufladas hipócritamente bajo una apariencia de denuncia social.

    En cambio, las advertencias tanto del profeta Malaquías como de Jesús son portadoras de salvación. Corrigen y muestran el buen camino. Aunque las de Jesús vayan dirigidas nominalmente a escribas y fariseos, todos los sacerdotes, y cualquier persona que tiene alguna influencia o responsabilidad sobre otras personas, sabemos que están igualmente dirigidas a nosotros. Dios quiere, como lo ha expresado la oración colecta del comienzo de esta celebración, «hacer digno y agradable, por favor suyo, el servicio de sus fieles». Si Dios corrige por medio de sus profetas es porque quiere dignificar y hacer valioso no sólo el ministerio de los sacerdotes, sino también el servicio de todos los fieles expresado de mil maneras diferentes. Sin su gracia sería imposible. «Uno sólo es vuestro Padre, el del cielo», el único que misericordiosamente tiende una mano al hombre tan eficazmente que siempre es posible superar nuestra debilidad si queremos acoger esa gracia, si la secundamos, la agradecemos y pedimos se haga presente en todos nuestros quehaceres.

    Los reproches de Malaquías son plenamente actuales, pero conviene hacer hincapié en cómo se cumple esa palabra que hemos escuchado. Pues al decir «os apartasteis del camino, habéis hecho tropezar a muchos en la ley, habéis invalidado mi alianza», ¿no tendríamos que reprocharnos pastores –y también los fieles que tienen una función directiva y de enseñanza en tantos campos– el hecho de no alzar la voz contra ese invalidar la alianza con Dios cada vez que se comete un aborto? A veces, sí, decimos que el aborto va contra la razón o utilizamos expresiones muy atenuadas y creemos que eso es prudencia pastoral. Pero nadie podrá discutir que el Concilio Vaticano II fue un concilio pastoral, y sin embargo denominó al aborto «crimen abominable» (Gaudium et spes, 51). Y a tantos españoles adultos se les grabó a fuego las palabras y el énfasis que puso Juan Pablo II en el año 82 en nuestro suelo patrio al denunciar proféticamente que el aborto no podía ser legitimado de ninguna manera. Nuestro pecado es que preferimos ser bien considerados y no ejercer el testimonio profético al que todo cristiano está obligado. Las próximas elecciones nos las tenemos que plantear a la luz de la Palabra de Dios y no sólo considerar cómo salir de la crisis económica. Nadie pone en duda lo apremiante que es solventar la penuria económica que afecta a tantas familias cuya situación dramática tendría que sacudir la conciencia de todos. Pero muchos hemos declinado toda responsabilidad en los gobernantes y nos hemos olvidado de que nuestra contribución solidaria debe ser más frecuente y abundante. Muchos de nosotros vivimos de espaldas a la realidad. Nos duele muy superficialmente la desgracia ajena y somos inoperantes. Pero también es verdad que, sin descuidar la más mínimo la crisis económica, acabar con el holocausto de vidas humanas que supone el aborto debe ser fin prioritario de todo partido que pretenda ser justo con todos, pues el no nacido también tiene sus derechos, pero no nos dejemos engañar, pues o bien se respeta la vida de todos, o lo mismo que se conculca el derecho a la vida de los indefensos mañana sufriremos la muerte civil los no adictos a sus ideas maltusianas. Una vez más: no sólo la prudencia humana debe guiar nuestra elección. ¿Pedimos con insistencia la luz del Señor para que nuestra mente se deje guiar por Él en este aspecto?

    El Señor nos enseña cómo evitar una mala gestión por parte de los pastores. Puesto que es corriente que el que preside reciba ciertos honores, debe empeñarse el pastor en no dejarse halagar, buscar sólo la gloria de Dios y ser servidor de todos. A este propósito es obligado recordar que ayer en la catedral de la Almudena el señor cardenal-arzobispo declaró beata a la sierva de Dios Catalina Irigoyen Echegaray que pasó sus últimos 37 años de vida destinada en Madrid por las Siervas de María, ministras de los enfermos a las que pertenecía por su profesión religiosa. Aunque murió en 1918 hay una frase de esta religiosa dedicada a los enfermos, que todo cristiano y especialmente los sacerdotes deberíamos hacer nuestra: «Sólo sirvo para servir». O somos servidores de nuestros hermanos o perdemos la marca de identidad del verdadero discípulo de Cristo, que es amarnos unos a otros como hizo el único que merece el título de maestro de modo absoluto.

    San Pablo al desahogarse afectuosamente con los tesalonicenses resulta que nos dice sin querer hasta donde debe llevar el celo del buen pastor, hasta ir más allá sobrenaturalmente de los cuidados que una madre procura por instinto natural a sus hijos. Pero también dice que el estímulo de su entrega es que sus fieles le dieron la grata sorpresa y lección de que se tomaron la Palabra de Dios no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes.

    Finaliza mañana, Dios mediante, el mes de octubre en que la santísima Virgen, nuestra Madre, nos brinda su ayuda de modo especial. Pero los creyentes tenemos un frente de batalla muy concreto mañana por la noche: darle a nuestro Padre del cielo la alegría de que sus hijos estamos muy contentos con su amor misericordioso y hacérselo notar rezando el rosario y todo lo que nos sugiera el Espíritu para contrarrestar el culto a Satanás que, bajo apariencia de fiesta inocente de disfraces y de reparto de regalos, el enemigo pretende burlarse de Dios. Empecemos hoy mismo con un ataque directo al envidioso de nuestra salvación: la Eucaristía que estamos celebrando y una sincera confesión le harán perder una batalla más, pues no es posible comparar la táctica vampiresca de succionar la sangre de sus víctimas quitándoles la vida, con el plan de salvación de Dios que entrega a su Hijo para que, derramando su propia sangre en reparación de los pecados de todos los hombres, los que se adhieran a Él obtengan la vida eterna, siendo así coherederos de Cristo resucitado.

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