• 13nov

    P. Juan Pablo Rubio

  • Hemos comenzado esta Eucaristía, queridos hermanos, escuchando en el canto de entrada un pasaje del profeta Jeremías: Dicit Dominus: Ego cogito cogitationes pacis, et non afflictionis… «Dice el Señor: —Tengo designios de paz y no de aflicción; me invocaréis y yo os escucharé» (cf. Jer 29, 11). En el pórtico de nuestra celebración dominical, estas palabras son como una luminosa revelación de cómo es el corazón de Dios, nos permiten asomarnos a su pensamiento, a su voluntad: Dios es un padre lleno de bondad y misericordia, compasivo y fiel; no es un dios rival de nuestra felicidad, como a veces imaginamos, sino el Dios garante de la razón, de la libertad, del bien, de la verdad, de la belleza y de la vida del hombre. En la historia humana nunca ha habido un vacío de amor en el corazón de este Dios que nos escucha siempre que le invocamos. El texto nos dice que el corazón divino ha trazado designios de paz para los hombres, por eso en el horizonte de toda existencia se vislumbra una gran esperanza. Los monjes queremos encarnar este profundo anhelo de paz en este lugar, donde vivimos consagrados a alabar e interceder, con la certeza de que Dios acoge nuestras súplicas en favor de tantos y tantos hermanos que sufren.

    Este bello canto de entrada está relacionado con la parábola de los talentos que acaba de ser proclamada. Una de sus enseñanzas consiste precisamente en ayudarnos a tener una idea recta, buena y positiva de Dios. No debemos pensar que es un juez terrible que aguarda dónde poder sorprendernos en un fallo para aplicarnos un duro castigo. Si tenemos una idea equivocada de Dios, nuestra vida no puede ser fecunda: viviremos con miedo o con indiferencia, y ello no nos inspirará nada positivo. Jesús insistió en mostrarnos que Dios no es un amo severo, sino un padre lleno de ternura y de generosidad (A. Vanhoye).

    Al mismo tiempo, Dios tiene un proyecto exigente para nosotros. La parábola del evangelio lo simboliza en esos talentos que son entregados a cada uno de los empleados. Se trata de exigencias que proceden del amor y que no deben infundir miedo, sino confianza, porque Dios está siempre dispuesto a ayudarnos, porque Dios no embarca a nadie sin embarcarse también Él; aunque repetidas veces nos equivoquemos, Él está siempre dispuesto a acogernos como a hijos, dándonos una nueva oportunidad de llevar una vida buena, generosa, verdaderamente digna del hombre y de Dios. A Juan Pablo II le gustaba repetir que «no somos la suma de nuestras debilidades y fracasos, sino [la suma] del Amor de Dios y de nuestra capacidad de comenzar siempre de nuevo». Si tu vida se ha torcido, si ves que no superas ciertos defectos o ciertos pecados, no te desanimes; acude a la confesión, frecuenta la oración, busca un sacerdote que te ayude y, sobre todo, no te alejes de Dios ni de tu comunidad eclesial: Jesús, que conoce muy bien el corazón humano, sabe que puede haber una gran fidelidad incluso allí donde hay defectos, incluso allí donde hay debilidad o falta de generosidad. Queridos hermanos, este misterio nos debe llenar de esperanza y de confianza; es más, debe infundirnos deseos de corresponder con todas nuestras fuerzas al designio de paz y de amor de Dios.

    Pero cabe preguntarse, ¿cuál es el camino concreto que nos propone la liturgia de hoy para llevar esto a la vida? Creo que la respuesta la encontramos en la oración colecta. En ella hemos implorado así: Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti… consiste el gozo pleno y verdadero. Tu vida también puede convertirse en un discreto y fecundo servicio a Dios y a los hermanos, un servicio que te irá llenando de la alegría auténtica. Tal vez alguno se diga, ¿y cómo puedo yo servir al Señor? ¿Cuándo estoy realmente sirviéndole? Mirad, toda acción caritativa y generosa en favor de los demás es un verdadero servicio que hacemos a Dios mismo: Lo que hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo me lo hicisteis, leemos en el evangelio de Mateo (Mt 25, 40).

    Por otra parte, fijaos que la oración colecta une dos actitudes que nuestra generación considera incompatibles: la alegría y el servicio. Hoy se piensa que una persona dedicada a servir no puede estar contenta ni ser feliz, porque servir implica sacrificio y renuncia. Sólo puede estar alegre el que no se sacrifica por nada ni por nadie, el que consume abundantes bienes materiales. Pues bien, es en ese servicio a Dios realizado en los hermanos donde radica –nos dice la oración–, no un gozo efímero o superficial, sino el gozo pleno y verdadero, el que de verdad sacia el corazón del hombre. Debemos reconquistar una actitud de «mesurada renuncia», a fin de que los instintos no nos esclavicen y nos volvamos incapaces de servir a los demás: ¡tenemos que aprender a renunciar!; no se puede llevar a cabo todo lo que determinen las ganas y los deseos del momento. Algunas cosas sólo se consiguen renunciando a ellas: la felicidad, hermanos, se alcanza olvidándose del propio deseo de ser feliz y contribuyendo a la felicidad de los demás.

    En la espera del día del Señor, que vendrá como un ladrón –como hemos escuchado en la segunda lectura–, se nos invita a mantener una actitud vigilante, de entrega generosa a los hermanos, se nos propone ser fieles en lo poco, en las cosas pequeñas que van saliendo al paso de nuestra vida, sabiendo que «la vida nos la jugamos en los rincones grises de lo cotidiano, en aquello que no llama la atención. Es ahí donde Dios nos habita y se hace presente, en los gestos sencillos, en las pequeñas alegrías y en las renuncias discretas. Allí donde parece que no hay nada espectacular ni extraordinario se va haciendo presente la gloria de Dios» (C. Jiménez).

    Nadie sabe cuándo llegará el día del Señor, pero lo importante para nosotros es saber que «todo es mensaje de Dios Amor: las cosas, las personas, los acontecimientos, los momentos de dolor y los de gozo. Dios ha creado todo y dispone todo como epifanía o transparencia suya» (J. Esquerda). Al repasar cada día, descubrimos que nunca estuvimos solos; en todos los recodos de nuestro camino había huellas de Dios. En el atardecer de la vida, ésta será una de nuestras sorpresas más gratas: era Él, era el Señor, que nunca faltó a la cita. Caminamos, pues, hacia «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21, 1): ésta es nuestra esperanza que da sentido a la vida (2Pe 3, 13).

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