• 20mar

    P. Carlos Mata

  • Queridos hermanos en Xto el Señor:

    Xto, al comenzar su vida pública, entre todos los hijos de Israel únicamente escogió a doce, que serían sus apóstoles, para que convivieran con Él, le siguieran y aprendieran sus enseñanzas. De estos doce, tres fueron sus más íntimos: Pedro, Juan y Santiago, que fueron testigos de experiencias que nadie más pudo observar; entre las que destaca, de un modo privilegiado, la Transfiguración.

    La transfiguración de Xto tuvo lugar para que estos tres discípulos fueran fortalecidos en la fe dado que iba a ser probada de un modo muy especial. Su reacción, al ver al Maestro transfigurado fue, como era lógico, de total anonadamiento.

    Poco tiempo después encontramos a los mismos protagonistas de hoy en otra situación. En Getsemaní Xto, al igual que hoy, se lleva con Él a Pedro a Juan y a Santiago para que oren junto a Él y no caigan así en la tentación. En este caso la reacción es bien distinta pues los tres, a una, se quedan dormidos. Han pasado del resplandor del Tabor a la contemplación de un hombre hundido, profundamente triste y aterrorizado.

    Vemos que del “que bien se está aquí” hemos pasado al olvido y abandono del Maestro y, acto seguido, a la cobardía y deserción cuando llegan para prenderlo. Los tres discípulos fallaron cuando se les puso a prueba y su fallo fue más grande que el de los restantes dado que a ellos se les concedió mayores gracias que a los demás.

    En Pedro, Juan y Santiago nos deberíamos ver reflejados los católicos de hoy en día: ellos fueron llamados por Dios para compartir más de cerca que los demás su intimidad, que es exactamente nuestro caso; y ellos abandonaron a Xto en un momento de dificultad e igualmente muchos de nosotros hacemos otro tanto.

    En estos tiempos en lo que nos ha tocado vivir, solemos protestar y quejarnos de cómo van las cosas, de que el mundo que nos rodea y la sociedad que vive en él parece estar en una profunda crisis de valores… Nos quejamos y nos lamentamos como si nosotros fuéramos unos simples espectadores que no tienen capacidad para remediar ninguno de los males que nos rodean. Ante esto nos tendríamos que preguntar: ¿quién debería influir sobre quién: el mundo sobre la Iglesia o la Iglesia sobre el mundo? Toda institución, del carácter que sea, se nutre de la sociedad en la que aquélla existe, y la Iglesia no es una excepción. Si la sociedad occidental parece reblandecida y sin valores, los miembros de la Iglesia serán más o menos igual. Esto parece lógico, pero no lo es.

    Retrocediendo en el tiempo podemos constatar como la Iglesia primitiva fue capaz de influir sobre un mundo paganizado y amoral; e influyó tanto que lo transformó totalmente. En aquel entonces fue la Iglesia la que claramente cambió al mundo y no al contrario.

    ¿Por qué hoy no sucede igual? El pasado 20 de diciembre el Santo Padre Benedicto XVI pronunció un discurso a la Curia Romana para el intercambio de felicitaciones con ocasión de la Navidad. El Papa se expresa en dicho discurso con cierto pesar acerca de la situación actual de la Iglesia, o mejor dicho, de nosotros sus hijos. Entre otras cosas afirma:

    ‘Cuando su palabra poderosa apaciguó la tempestad, Él echó en cara a los discípulos su poca fe. Quería decir: en vosotros mismos, la fe se ha adormecido. Lo mismo quiere decirnos también a nosotros. Con mucha frecuencia, también en nosotros la fe está dormida. Pidámosle, pues, que nos despierte del sueño de una fe que se ha cansado y que devuelva a esa fe la fuerza de mover montañas, es decir, de dar el justo orden a las cosas del mundo’.

    Continúa el Santo Padre describiendo una visión que tuvo santa Hildegarda en el año 1170. En dicha visión se muestra la imagen de una mujer de extraordinaria belleza pero con el rostro cubierto de polvo, con el vestido rasgado y con los zapatos sucios. Comentando esta visión el Papa comenta:

    ‘En la visión de santa Hildegarda, el rostro de la Iglesia está cubierto de polvo, y así es como lo hemos visto. Su vestido está rasgado por culpa de los sacerdotes. Tal como ella lo ha visto y expresado, así lo hemos visto este año. Hemos de acoger esta humillación como una exhortación a la verdad y una llamada a la renovación. Solamente la verdad salva. Hemos de preguntarnos qué podemos hacer para reparar lo más posible la injusticia cometida. Hemos de preguntarnos qué había de equivocado en nuestro anuncio, en todo nuestro modo de configurar el ser cristiano, de forma que algo así pudiera suceder. Hemos de hallar una nueva determinación en la fe y en el bien. Hemos de ser capaces de penitencia. Debemos esforzarnos en hacer todo lo posible en la preparación para el sacerdocio, para que algo semejante no vuelva a suceder jamás’.

    Son palabras muy duras del Papa; él se refiere, en este instante, a los sacerdotes que se han visto envueltos en casos de pederastia; pero, sin llegar a tal extremo, hemos de preguntarnos en qué medida debemos hacernos nosotros receptores del fondo del discurso del Papa.

    El Santo Padre culpa principalmente a los sacerdotes del estado actual de la Iglesia. ¿En qué podemos estar fallando? Cuando analizamos la situación moral del mundo tendemos a fijar nuestra atención en los grandes poderes del mismo, en el hecho de que el diablo campa a sus anchas por nuestra sociedad, en los enemigos declarados o encubiertos de la Iglesia y, en general, en todos aquellos que no participan de nuestro modo de ver o de percibir los grandes problemas morales y existenciales de hoy. Pero muy pocas veces nos inculpamos a nosotros mismos pensando que no somos partícipes de la situación moral y espiritual por la que el mundo y la Iglesia está atravesando. En muchos casos, incluso la mayoría si se quiere, no contribuiremos activamente a tal situación, pero también se puede cooperar por desidia, negligencia, conformismo, egoísmo o desentendimiento. El Santo Padre se pregunta acerca de qué hacer, afirma que únicamente la verdad salva, que hallemos una nueva determinación en la fe y en el bien, que hagamos penitencia. Es decir, el Santo Padre nos está diciendo a todos, especialmente a los sacerdotes, que no podemos mirar a otro lado y que por medio de nuestro buen ejemplo, de nuestra entrega, de nuestra oración y de nuestro sacrificio hemos de colaborar con Xto en la redención de la humanidad.

    Hoy Xto nos quiere fortalecer en la fe para que cuando lleguemos a Getsemaní no nos durmamos y no huyamos. Actuemos como auténticos discípulos de Xto y, como dice Dios Padre, escuchémosle.

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