• 03abr

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en Nuestro Señor Jesús:

    Hemos escuchado estas palabras de Jesús: «Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». Y, efectivamente, al venir a este mundo y hacerse uno de nosotros, Jesús renovó a la humanidad dándole esos inefables tesoros que conocemos: su misma vida ejemplar única e irrepetible, sus enseñanzas que son la verdad definitiva, su muerte y resurrección cuyo efecto redentor atraviesa toda la historia, y además nos ha dejado sus huellas vivas de manera palpitante y eficaz en los Sacramentos.

    Los destinatarios de esta luz son todos los hombres, lo sabemos de sobra. Pero la revelación divina nos muestra no sólo quién es Dios, también nos advierte de la dureza del corazón humano tras el pecado original. Esto hace que paradójicamente las personas más abiertas a la revelación y a la acción de Dios sean precisamente aquellas que este mundo considera de inferior categoría social o intelectual. Habitualmente no son ni los más fuertes, ni los más ricos, ni los más inteligentes, aunque hay muchas excepciones honrosas. También es conocida de vosotros una frase que me atrevería a calificar de las más reveladoras sobre el criterio y las preferencias de Dios: «Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos». Este criterio de Dios, por llamarlo de alguna forma, choca tanto con nuestra mentalidad, que aunque la hemos meditado muchas veces no informa nuestra vida. Muchos de nosotros estamos encerrados en una mentalidad muy racionalista y nos cuesta rendirnos a las comunicaciones sobrenaturales, y a percibir en los acontecimientos que están sorprendiendo al mundo entero una consecuencia de haber dado la espalda a Dios y al valor sagrado de la vida humana. Nos atrevemos a preguntar por qué Dios nos envía tales desastres naturales y no queremos reconocer que le hemos dado la espalda y pisoteado la ley eterna y universal que ha impreso en nuestro espíritu, y a cambio nos hemos echado en los brazos del Maligno al aprobar leyes que justifican el crimen de niños inocentes en el seno de su madre, leyes que favorecen la descomposición de la familia, y nos hacemos cómplices ante el increíble cinismo de dar por legítimos otros supuestos modelos de unión familiar, verdaderas aberraciones que van contra la naturaleza y el derecho natural. Nos hemos puesto de parte del príncipe de este mundo renegando de la imagen de Dios, que es nuestro tesoro más preciado; y nos sorprende que el padre de la mentira nos engañe y, en vez de ser más felices liberándonos de la responsabilidad de cuidar de las vidas que Dios nos regala y agradecerle tal don, resulta que tal asesinato no sólo siembra una inquietud incurable por medios humanos, sino que le damos poder al demonio para que trastorne la naturaleza a su antojo. Nos atrevemos a provocar la ira de Dios profanando los lugares sagrados. El Señor espera ansioso nuestro arrepentimiento y nuestra reparación para abrazarnos de nuevo. Pero, ¿daremos ese paso?

    Desde que Jesucristo ascendió al cielo y hasta el próximo establecimiento de su reinado en este mundo, la luz de Cristo no aparece tan diáfana y sufre persecución en los que se atreven a ser sus testigos y hay que esforzarse para encontrarla. El ciego de nacimiento del evangelio de hoy es el modelo de todos los sencillos y esforzados héroes anónimos que han sido capaces de ver la luz cuando todo a su alrededor parecía confabulado para apartarle de Jesús. Daos cuenta de que una característica del pueblo judío es ser muy firme en sus tradiciones, ése era el sentido de la polémica expresión pro perfidis iudeis de la liturgia del viernes santo en la llamada forma extraordinaria del rito romano.

    Hoy tenemos un ambiente cargado, lleno de confusión ideológica y hasta eclesiásticos y teólogos con muchos estudios en su currículum se ven afectados por las ideas erróneas difundidas con la apariencia de verdad o con mezcla de errores. Y la mayoría participamos en alguna medida del juego. Hemos pervertido el lenguaje, no queremos oír aquellas verdades evangélicas que conllevan una lucha constante para no suplantar el hombre a Dios, o pretendemos alcanzar la felicidad al margen de Dios sin pasar por la renuncia a lo que nos esclaviza. Hemos desconfiado del amor y la sabiduría de Dios contenida en sus mandamientos y nos hemos encontrado con que nos ha engañado y se ha reído de nosotros nuestro nuevo señor, el demonio, al que abrimos espacios amplios en nuestra vida. Preferimos verdades a medias, sólo lo positivo. Creer hoy con fe viva, es decir, acompañada de caridad, tiene un mérito similar al del ciego de nacimiento.

    Al fin de cuentas resulta que una verdad a medias es más perjudicial que un error fácilmente detectable, pues la verdad a medias engaña y contamina a muchos incautos sin que se den cuenta y también somos demasiado débiles para oponernos a las corrientes de moda.

    Para tener la luz de Dios nos ha dicho san Pablo es preciso buscar lo que agrada a Dios, no a los hombres que obran a escondidas: aquellos que dan la impresión de ser buenos cristianos o celosos sacerdotes, pero en realidad conducen a los fieles no hacia Cristo, sino hacia sí mismos. El papa ha advertido recientemente del peligro de comunidades cristianas que se «autocelebran». Autocelebrarse consiste en utilizar las celebraciones litúrgicas para propagar ideas opuestas al magisterio de la Iglesia, o llenar las iglesias, antes vacías, sirviéndose de procedimientos festivos novedosos que no requieren de sus adictos ningún esfuerzo, y que vacían la liturgia de su sentido trascendente. Pero mucho más vacíos quedan los que asisten a ellos por no analizar si esos engendros merecen llamarse liturgia católica.

    Las imágenes difundidas por todo el mundo de la liturgia papal nos enseñan de una manera discreta cómo tener viva en la celebración la conciencia de que la liturgia es ante todo obra de Dios. Todos hemos observado en tales imágenes el gran crucifijo y los candelabros en el altar que tanto ayudan a hacer verdaderas las palabras que pronunciamos en la introducción al prefacio: «Levantemos el corazón». «Lo tenemos levantado hacia el Señor». Cuando un fiel o incluso un consagrado no se alimenta con asiduidad de la Palabra de Dios y de los sacramentos, buscando lo que le agrada a Dios, es víctima del primer embaucador con el que se encuentra, aunque haya realizado estudios de teología o haya recibido pasivamente multitud de sesiones formativas.

    Pero volvamos al evangelio que os invito a releer en vuestras casas o ante el sagrario. Jesús cura al ciego de nacimiento y al punto se escabulle. Le deja libre en su decisión. El ciego, agradecido, le busca a pesar de que le cuesta ser humillado por sus jefes religiosos con la expulsión de la sinagoga y la infamia de ser un apóstata, insulto terrible, que en la enseñanza de Jesús merece el infierno al que lo pronuncia, porque siempre provoca la tentación de odiar la fe. Jesús le pregunta si cree en el Hijo del Hombre, es decir si cree que Jesús es el Mesías llamado Hijo del Hombre por el profeta Daniel. Y entonces del agradecimiento pasa a la fe.

    En este domingo a los catecúmenos se les entregaba el Credo, pronunciaban su acto de fe. Nosotros en esta Eucaristía nos podemos preguntar en qué se muestra que soy creyente: ¿comparto mis bienes con los necesitados y me dejo interpelar por la palabra del Señor que dice que el mero cumplimiento de los deberes religiosos sin caridad no le agrada? ¿Leo a menudo la Palabra de Dios y conozco bien a Jesucristo, o lo considero muy aburrido porque lo apasionante para mí es tal o cual espectáculo, o viajar, etc? ¿He intentado con cierta constancia mostrar mi amor preferencial a Dios siendo puntual a Misa o adelantándome para poder rezar el rosario o sacar más provecho procurando atender a lo esencial y me uno al sacrificio de Jesús poniendo mi vida en sus manos para lo que Él disponga? Si tememos que no pasamos el examen pidamos a María nuestra Madre nos ayude a ser como Ella.

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