• 14sep

    P. D. Anselmo Álvarez

  • La idea de exaltación de la Santa Cruz, es decir, de celebración y glorificación de la misma, forma parte inseparable de la historia del cristianismo –y de la cristiandad-, porque va unida al propio misterio de la Cruz. Un misterio de redención, de muerte y resurrección, que lleva espontáneamente al amor y la alabanza que le tributan la Iglesia, el cielo, y la tierra, y que el Padre fue el primero en proclamar: “Lo he glorificado y le glorificaré” (Jn 12, 28).

    La expresión de este enaltecimiento de la Cruz ha tenido todas las manifestaciones que conocemos en el mundo cristiano, tanto colectivamente como en privado. De esto sabemos mucho entre nosotros, en todos los tiempos pasados, y también en el presente. España es el país de la cruz y de las cruces. Aquí ha arraigado en los corazones, en los templos, en los hogares, en los espacios públicos, en los cruces de los caminos, como árbol que ha encontrado un suelo fecundo, o como coloso erguido sobre un pétreo macizo.

    Aquí en el Valle la cruz ha crecido como fecundada impetuosamente por la fe y la piedad de todas las generaciones de españoles, para que en esta hora podamos volver a encontrar en ella nuestras señas de identidad, así como la fuente de nuestras ideas y energías a la hora de rehacer una sociedad profundamente fatigada y desorientada. Ella, la Cruz de Cristo es, al mismo tiempo, el faro, “la lámpara que ilumina el lugar oscuro” (2ª Pe, 1, 2), y ‘el vínculo de unidad’ que aúna lo disperso o enfrentado.

    Ambas cosas: confusión y discordia, siguen marcando nuestra sociedad y esperan una superación de sus causas y sus efectos, que tienen el mismo origen: el haber buscado la salvación en nosotros mismos. Pero es la Cruz la que nos ha sido dada como “fuerza y sabiduría de Dios” (1 Cor 1, 24)) para conducir nuestros pasos por el camino de la paz, de la rectitud y de la liberación verdaderas.

    La reconciliación del mundo con Cristo es premisa de todas las reconciliaciones pendientes entre los hombres. No es imaginable una humanidad o un pueblo armonizados entre sí a espaldas o contra Cristo. No hay entonces elementos duraderos de cohesión. Lo que se separa del núcleo, que es Cristo, se dispersa cada vez más aceleradamente, a no ser que se reintegre a él. Él es el que unifica los contrarios, las direcciones opuestas. Él es el Uno; lo que no pertenece a él no pertenece a la unidad, ni es factor de unidad, sino de dispersión.

    Se nos ha instado a que todos “seamos uno como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti” (Jn 17, 20). El camino hacia esa convergencia con Dios y entre los hombres parte de quien es Cabeza de la humanidad, y en el cual todos los hombres adquieren la condición de miembros de un único cuerpo y de hermanos entre sí. Todas las demás fraternidades se han demostrado apelaciones o proyectos insustanciales, porque no han estado amasadas con el amor y la sangre de Aquel que había anticipado: “cuando sea elevado a la Cruz atraeré a todos hacia Mí” (Jn 12, 32). Ella sigue siendo el único punto de encuentro entre los hombres, de la misma manera que el suyo es el “único Nombre en el que podemos ser salvados” (Hch 4, 12).

    De hecho, todos los demás son símbolos de reconciliación intrascendentes, que representan pero no producen lo simbolizado. La Cruz es un sígno vivo y eficaz que transmite y realiza en todos los tiempos las realidades que en ella tuvieron lugar: la salvación, la gracia, el perdón, la reconciliación con Dios y entre los hombres. Esa es la diferencia de los símbolos de reconciliación erigidos en el Valle: la Cruz, al altar, el templo. Son realidades vivientes, fuerzas que actúan, ahora y siempre, con la potencia original de Quien, sobre el ara de la Cruz y sobre los altares de nuestras iglesias, renueva sin cesar el ‘sacrificio de la reconciliación perpetua’.

    La Cruz no deja de ser lo que es, en su significado y en su eficacia, independientemente de la actitud de cada hombre hacia ella. La indiferencia o la hostilidad mantienen intacta su realidad salvadora. Cristo no tuvo en cuenta el grado de aceptación que tendría su muerte. Sabía que la Cruz sería motivo de escándalo y burla, pero ello no impidió que la aceptara para Sí y que en ella se realizara la redención de todos.

    La Cruz es el símbolo máximo de nuestra historia: la de España y la de Europa. No ha sido un signo de prepotencia, sino la memoria de la fe en la que han coincidido durante siglos los pueblos europeos, sobre la que se ha sostenido la experiencia espiritual de sus hombres y mujeres, y la que ha inspirado sus realizaciones humanas más altas.

    Ella ha sido la que ha permitido a estos pueblos reconocerse como miembros de una comunidad superior. La ‘unión europea’ había sido ya una realidad de hecho en el continente cuando sus pueblos, por encima de fronteras y de sus rasgos propios, se inclinaban conjuntamente ante la misma fe y la misma cruz. Ello representó un vínculo de unión, mucho más consistente que la unidad hecha sobre un mercado y una moneda, de los que, hoy, estamos contemplando su desplome. Aún hoy la cruz es el emblema más presente, aunque a veces camuflado, en cualquier país del continente, más aun que sus propias banderas, e incluso a veces presente en las propias banderas. Si ha pasado a ser el símbolo públicamente más discutido es también, todavía, el más amado, o al menos el más respetado, en el secreto de los corazones para, tal vez, la mayor parte de los europeos.

    Que esa cruz, que tiene aquí el icono más insigne levantado por el hombre, sea la protectora de España y del Valle, juntamente con la que llamamos Nra. Sra. del Valle, Patrona de este lugar, y que por su proximidad a ella, también podría ser llamada Nra. Sra. de la Cruz. Que Ella nos bendiga a todos desde su trono en esta Basílica.

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