• 01may

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Estamos celebrando un día grande de fiesta, en primer lugar por el acontecimiento cumbre de nuestra Redención. Hoy es la octava de la Resurrección del Señor. El Señor, a pesar de ser rechazado por su pueblo y por la humanidad pecadora y rebelde a reconocer a Dios como Padre misericordioso, por su muerte y resurrección, venció al pecado y su amor desbordante sigue conquistando hijos pecadores, sí, pero arrepentidos y deseosos de amarle de todo corazón.

    Hoy también es la Fiesta de la Divina Misericordia, fiesta instituida por el beato Juan Pablo II a partir de las revelaciones que tuvo santa Faustina Kowalska. Fiesta muy querida por él, pues con mucho trabajo y empeño logró rescatar la devoción a la Divina Misericordia de la sospecha de falsedad o inadecuada a la piedad cristiana. Y precisamente hoy está teniendo lugar en Roma su beatificación. El día ha sido escogido a propósito como reconocimiento de la Iglesia a su empeño apostólico de instituir la fiesta de la Divina Misericordia y dar cauce a la devoción a la misma, con todo el cúmulo de beneficios que está reportando a todos los fieles.

    Y en tercer lugar es la fiesta del colegio-escolanía, que se llama del obispillo y se remonta al Medievo. Fiesta entrañable en la que todos se someten por un día al elegido obispillo que preside todos los actos.

    Las lecturas de esta celebración nos señalan cuáles fueron entonces y cuáles deben ser hoy los frutos de la Pascua de Cristo tras su muerte y resurrección gloriosa. La vida de la comunidad primitiva gira en torno a la enseñanza y testimonio de los apóstoles, que hacen milagros en nombre de Jesús, mostrando de esa manera que está vivo, porque ha resucitado y ha sido glorificado por el Padre. La Palabra de Dios está viva en la predicación de los Apóstoles y hace que los fieles estén unidos en esa enseñanza portadora de vida, pues está en unión estrecha con la de Jesús, la fuente única de donde proceden las palabras de vida eterna.

    Otro rasgo distintivo de la comunidad eclesial primitiva es la vida en común, que se concretiza en la comunidad de bienes: lo ponían todo en común y en el compartir nadie pasaba necesidad. Es un milagro infalible: cuando se comparte hay para todos. El egoísmo es el que provoca las diferencias escandalosas y las carencias inhumanas y humillantes.

    Esa comunión de vida de la comunidad de los fieles no se limita a compartir las cosas materiales, sino que también ora reunida tanto en la fracción del pan, la forma de llamar entonces a la Eucaristía, y en la oración comunitaria de alabanza al Señor: «alabando a Dios con alegría y de todo corazón», hemos escuchado.

    La presencia del Espíritu en la comunidad es el rasgo distintivo de su comunión de vida con el Resucitado, que está vivo y sigue obrando maravillas cuando se ora en su nombre. El Espíritu se manifiesta también en el prodigioso aumento de la comunidad de los elegidos. La comunidad eclesial crece y se desarrolla espiritualmente de tal forma que su testimonio no pasa desapercibido: «eran bien vistos de todo el pueblo y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando».

    Jesús ha sido la piedra desechada por los constructores del antiguo Israel, las autoridades judías, quienes lo rechazaron condenándolo a muerte. Pero ahora se ha convertido en piedra angular por su resurrección. Su resurrección es un derroche de misericordia con nosotros. Por eso la fiesta de la Divina Misericordia se sitúa en este domingo, ocho días después de su muerte en la Cruz, misterio de misericordia donde el pecado es sepultado y el mundo renovado por la vida que brota del costado abierto de Jesús.

    La misericordia de Dios Padre nos ha dado bienes incalculables que san Pedro en su carta enumera: nos ha hecho nacer para una esperanza viva, para una esperanza incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo.»

    Esta misericordia está a nuestro alcance y sentimos que nos abraza y nos llena de consuelo cuando se nos perdonan los pecados. Jesucristo se aparece a los apóstoles y les comunica la paz. Y no sólo eso, también les da poder de perdonar los pecados, de comunicar ellos esa paz interior que no tiene precio y que todos ansiamos.

    Ahora también podemos y debemos alcanzar esta paz. En este domingo de forma especial prometió el Señor a santa Faustina Kowalska una indulgencia especialísima a los que se confesaran con este deseo de alcanzar no sólo el perdón, sino también la remisión de la pena que subsiste aun cuando estuviera perdonada la culpa del pecado. Uno de tantos detalles de amor como tuvo el Señor con nosotros fue el darnos a su Madre en la Cruz pocos instantes antes de expirar. Este don se renueva siempre que se nos comunica la gracia de Cristo en sus sacramentos.

    Desde hace dos semanas tenemos la dicha de disfrutar de la presencia bien visible de la imagen de la Virgen del Valle, que estaba como sabéis en aquel lugar de la basílica en que pasaba desapercibida. Ahora tenemos la ventaja de que su vista siempre que celebramos la Eucaristía nos permite recordar que, si queremos aprovecharnos de la misericordia infinita que supone recibir a Jesús en la Comunión, es sumamente conveniente pedir a su Madre santísima nos consiga la gracia de recibir a Jesús con la pureza, humildad y devoción con que Ella lo recibió. Si nos fiamos de nosotros mismos y de que basta con pedir con a Jesús que le recibamos bien nos veremos privados no pocas veces de sacar fruto abundante de cada comunión. Pues si bien es cierto que en rigor basta con pedírselo a Jesús, no es menos cierto de que muchas veces nuestro fervor está ausente, las distracciones nos hacen olvidadizos y hay otros mil inconvenientes. En cambio, si acudimos a nuestra Madre la recepción fructífera de la Eucaristía está muchísimo más asegurada. No nos permitamos perder orgullosamente este auxilio materno.

    Quizás muchos de vosotros compartiréis conmigo la convicción de que el éxito pastoral del pontificado del Beato Juan Pablo II se debe a que hizo vida el lema mariano de su escudo pontificio: Totus tuus. Tuvo a la Santísima Virgen por la inspiradora y auxiliadora en todas sus empresas pastorales. Y el resultado está a la vista. El próximo jueves día 5 en que celebramos los monjes la fiesta de Nuestra Señora del Valle, al final de la santa Misa será bendecida solemnemente la imagen que presidirá en adelante todas las celebraciones de la Basílica. A ella estáis invitados todos los que podáis asistir.

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