• 19may

    P. D. Anselmo Álvarez

  • "Esta es la voluntad del Padre: que todo el que Él me ha dado esté conmigo donde Yo estoy". Para un monje el desenlace de la muerte es una expectativa connatural, más allá de lo inevitable y de lo humanamente penoso de la misma. El monje vive en búsqueda permanente de Dios, porque tal es la finalidad y el sentido expresos que ha querido dar a su existencia humana. Por eso, cuando llega este momento lo que tiene lugar no es el final de una historia sino la transfiguración de esa historia en un encuentro personal con Dios. S. Benito recomienda al monje tener habitualmente presente en la mente la memoria de la muerte. Pero no con un sentido fatalista y sobresaltado, sino como la espera de algo que viene a coronar y a dar plenitud a la esperanza que ha alimentado todo su existir.

    Esta existencia debe concluir para que empiece la Vida auténtica. Entonces se cumple una de las afirmaciones más osadas del cristianismo: “la muerte ha sido absorbida en una victoria”. La muerte no estaba escrita en la historia del hombre diseñada por Dios; no pertenecía a su realidad inicial. La muerte vino por un pecado y por un hombre (Adán), pero por un Hombre, Cristo, ha venido la resurrección, de manera que por Él todos volverán a la vida.

    El misterio de la muerte pertenece al misterio del cristiano, del monje y de la Iglesia, porque pertenece al misterio de Cristo, como nos lo recuerda cada día y cada texto de este tiempo de Pascua. Una palabra que significa precisamente ‘tránsito’, y que se aplica ante todo al paso de la muerte a la vida que tuvo lugar en la resurrección de Cristo, preámbulo de la que se realizará en nosotros.

    Cuando ayer recibimos la noticia del fallecimiento de nuestro hermano nos disponíamos a recitar la salmodia de la primera hora del día. En ella volviamos a repetir estas palabras que todos tenemos que hacer nuestras: “Él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro. Los días del hombre son como la hierba, florecen como flor del campo, que el viento la roza y ya no existe; su terreno no volverá a verla” (Sal 102).

    Pero si esto es lo que dice la experiencia de cada hombre, la fe cristiana añade que “también la vida de Jesús se debe manifestar en nuestra carne mortal. De manera que aunque nuestro hombre exterior se vaya deshaciendo, nuestro hombre interior se renueva de día en día”. Porque ‘todos tenemos que ser transformados, de manera que lo que es corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y lo que es mortal tiene que vestirse de inmortalidad’ (cf 1 Cor 15). Y ello porque Dios nos ha hecho nacer para una esperanza viva gracias a la resurrección de Cristo de entre los muertos.

    Esta es la fe que inspira y sostiene cada día de la vida del monje, lo que da a su existencia una tensión pascual, por la que sabe que él también, a su manera, va a “pasar de este mundo al Padre” y en la que se cumple, de manera mucho más real, lo que profeta Jeremías decía de su pueblo: “caminaba Israel a su descanso” (Jer 31, 2).

    Durante ese camino, y sin esperar a llegar a su término, el monje adelanta ya los cantos de los que han llegado a la meta. Es lo que sucedía también ayer en los coros monásticos durante la salmodia matutina, cuando el P. Juan Antonio participaba ya en otro coro. Como si fueran nuestras, tomábamos las palabras escuchadas por San Juan en el Apocalipsis: “cantaban el Cántico del Cordero, diciendo: grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios omnipotente” (Ap 15).

    Hay una continuidad entre la vida presente del monje y la futura. Ambas resuenan con una melodía común, que es la que canta la gloria de Dios. Es la actividad que ocupa la vida de los ángeles y de los bienaventurados, y que para los monjes constituye, en el presente, la ‘obra de Dios’. Una obra que comprende todas las demás dirigidas a Dios y en favor de los hombres, porque al que hace de su vida una glorificación de Dios, todo lo demás se le da por añadidura.

    En la vida del P. Juan Antonio, como en la de todo monje, esta obra de glorificación y alabanza, tuvo siempre una primacía, que no se interrumpe y que prosigue en ese himno eterno entonado en el cielo desde la creación de los ángeles: “Santo, Santo, Santo…”

    Pero sabemos que la vida del monje es rica en todas las manifestaciones del espíritu, y ello tuvo su propia realidad en la de nuestro hermano. Muchos, presentes y ausentes, podrán recordar su actividad en muchos campos:

    - Escritor, conferenciante, maestro espiritual y al director de Ejercicios

    - Filósofo y teólogo, siempre interesado por los escritos de nuestros pensadores españoles, como buen discípulo que fue de dos grandes maestros abulenses: D. Alfonso Querejazu y D. Baldomero Jiménez Duque

    - Experto en temas litúrgicos y monásticos, cuya enseñanza prodigó

    - Colaborador con buen número de comunidades religiosas femeninas en los años difíciles de la adaptación a las reformas conciliares. Algunos de los monasterios actuales debe a sus desvelos su permanencia

    En este momento todos hacemos nuestras las palabras “Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor”; su vida es acogida por Aquel que es la “Resurrección y la Vida”

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