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    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos en Cristo Jesús:

    La Iglesia Católica ha celebrado tradicionalmente el día 1 de enero, cerrando la Octava de Navidad, la Circuncisión del Señor, del Emmanuel, Dios con nosotros. Aquel rito había sido establecido como signo de la alianza de Dios con el Pueblo de Israel y Jesucristo lo sustituiría por el sacramento del Bautismo, a través del cual se nos borra el pecado original y adquirimos la condición de hijos de Dios. Al ser circuncidado, Nuestro Señor derramó por primera vez su Sangre en un anticipo de lo que sería su Pasión. Muchos autores antiguos y del Medievo meditaron este hecho y se enternecieron ante el Niño Dios, que demostró así ser verdadero hombre. Además, unida a la Circuncisión, se ha celebrado la fiesta del Santísimo Nombre de Jesús el domingo entre la Circuncisión y la Epifanía. El nombre de Jesús, como sabemos, significa Salvador, y sólo pronunciarlo nos debe inspirar profundo respeto y sincera devoción.

    Pero asimismo la Santa Iglesia Romana había celebrado desde muy antiguo el día 1 de enero la Maternidad divina de la Virgen María, que en la Iglesia oriental se fija en el 26 de diciembre. Con Pío XI se había establecido el 11 de octubre, pero en la última reforma litúrgica se recuperó la fecha primitiva. El Papa Pablo VI, en un deseo de revalorizar el culto a la Santísima Virgen, que en los debates del Concilio Vaticano II en torno a la constitución Lumen gentium había sufrido severos vaivenes, introdujo con fuerza la advocación de Santa María, Madre de la Iglesia y quiso potenciar el inicio del año civil vinculando la jornada por la paz a la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, porque Ella es la Reina de la Paz.

    María es la más perfecta, la más excelsa y la más hermosa de las criaturas salidas de las manos de Dios. Más aún: siendo por naturaleza inferior a los ángeles, ha sido sin embargo elevada por Él a la dignidad de Reina de los Ángeles. Y todo esto lo es porque desde la eternidad Dios la eligió amorosamente para ser la Madre de su Hijo. Por lo tanto, la Maternidad divina es la raíz de todos los otros privilegios y gracias con que Dios la ha ennoblecido.

    María no es únicamente Madre de Jesús-hombre, sino Madre de Jesucristo entero, verdadero Dios y verdadero Hombre. En Jesucristo se unen la naturaleza divina y la naturaleza humana en la Persona única del Verbo de Dios, la segunda de la Santísima Trinidad, el Hijo, en unión de síntesis con distinción de naturalezas, pero sin mezcla ni confusión ni división. Ésta es la unión hipostática, como quedó definida en los primeros concilios ecuménicos de la Iglesia frente a las herejías que erraban con respecto a la doctrina trinitaria y cristológica. Y por esa unión de ambas naturalezas en la Persona única y divina del Verbo, María es verdadera Madre de Dios, según lo definió el Concilio de Éfeso del año 431 frente a Nestorio. Debemos elogiar al gran protagonista de aquel sínodo, que realzó la dignidad de María y con ella la dignidad de la mujer: San Cirilo de Alejandría, a quien se ha tratado de vilipendiar en una película reciente que ha supuesto uno de los más estrepitosos fracasos del cine español de nuestros días -¡uno más de tantos fracasos!-

    Por su Maternidad divina, Dios salvaguardó la Virginidad perpetua de María: Virgen antes del parto, en el parto y después del parto. Convenía que la que había de ser Madre de Dios conservara intacta su integridad y su pureza. María es verdadera Madre Virgen por acción directa del Espíritu Santo en la Encarnación del Verbo divino en su seno: sin intervención de varón, el Espíritu Santo creó en las entrañas de María un cuerpo y un alma humanos y en ese mismo instante la Persona del Verbo se unió a ellos, asumiendo la naturaleza humana sin despojarse de la divina. Además, con acierto ha sido comparado el nacimiento de Jesús, sin quebrantar la Virginidad de María, con la luz que atraviesa un cristal sin romperlo. Por la Maternidad divina en la Encarnación, María ha sido asociada a la familia divina de la Santísima Trinidad como Hija del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Espíritu Santo, según rezamos en el Santo Rosario.

    Por razón igualmente de su Maternidad divina, Dios concedió a María otro privilegio único: la Inmaculada Concepción. Puesto que no podría transmitir a Jesucristo el pecado original y en atención a los futuros méritos redentores de su Hijo, Dios la preservó del pecado original en el instante de su Concepción. Este dogma sería definido por el Beato Pío IX en 1854 y confirmado por la Santísima Virgen en Lourdes en 1858. En consecuencia, Dios ha colmado a María de gracias, virtudes y santidad, haciendo de su alma y de su cuerpo un blanco resplandor de pureza que es motivo de imitación para el cristiano.

    Dios quiso unir tan estrechamente a María con su Hijo, que Éste la asoció a su obra redentora: por su fiat en la Anunciación nos llegó el Salvador, luego lo crió y lo cuidó amorosamente, más tarde lo acompañó muchas veces y finalmente unió su dolor al de Él en la Pasión, sufriendo una verdadera Compasión, es decir, padeciendo con Cristo. Por eso es la primera Colaboradora a la obra de la redención y con acierto el papa Pío XI no dudó en denominarla Corredentora. Tan asociada estuvo a su Hijo, que Éste nos la quiso dejar por Madre a la Iglesia y a todos los hombres desde la Cruz, cuando se la encomendó a San Juan Evangelista y a él se lo entregó como hijo. De aquí nace la Maternidad espiritual de María, que Ella ejerce como Abogada y Medianera de todas las gracias desde el Cielo.

    Pero, al hablar del Cielo, llegamos a otro dogma definido solemnemente por el papa Pío XII en 1950: su Asunción gloriosa en cuerpo y alma a los cielos por los ángeles. Convenía que quien había compartido tan estrechamente con su Hijo su vida y su misión, fuera asociada a la gloria de Éste resucitado y reinante en el Cielo. Allí se le concedería la Realeza, unida a la de Cristo Rey, y es así verdadera Reina, con una dimensión esencialmente espiritual pero también con una dimensión social, que se manifiesta sobre todo como Reina de las diversas patrias del mundo y Reina de la Paz, según la invocara Benedicto XV en la I Guerra Mundial. Encomendemos a María la paz del mundo por la que hoy ora la Iglesia.

    ¡Qué bella debe de ser la Virgen!, exclamaba Pío XII extasiado en un amor devoto hacia Ella, pensando en su mirada, su sonrisa, su dulzura y su majestad, y añadía: Como brilla la luna en el cielo oscuro, así la hermosura de María se distingue sobre todas las hermosuras, que parecen sombras junto a Ella, que es la más bella de todas las criaturas. Cuando a Santa Bernardita, la vidente de Lourdes, le enseñaron una preciosa imagen de la Virgen, respondió: es la menos fea de todas las que han hecho. En efecto, ¡qué bella debe de ser la Virgen! Pidámosle sentir en esta vida su mano protectora y poder contemplarla un día en el Cielo junto a su Hijo, alabando su belleza conforme a las palabras del Cantar de los Cantares aplicadas a Ella: Eres hermosa como la luna y refulgente como el sol (Ct. 6, 9/10).

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