• 13feb

    P.José Ignacio González

  • Hermanos en el Señor Jesús: Cuando los fieles discípulos de Cristo nos reunimos en su nombre, es decir en el amor a su Persona divina, cuya presencia lo llena todo, entonces somos la asamblea santa que celebra las maravillas de Dios y su amor al hombre, a cada uno de nosotros en particular. Una vez más queremos ser conscientes y agradecidos por ese amor insospechado por la mente humana. Pero a la vez se despliega ante nuestra vista una misión de amor, una tarea de transformación de este mundo por el amor. Es más que una estrategia. Es la consecuencia natural de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios. Dios nos creó por amor a su imagen y semejanza, a imagen del que es amor.

    La imagen debe reproducir el amor de donde procede y al que se encamina. No existe modelo antropológico ni más elevado, ni más exigente. Nos atrae esa meta tan sumamente apetecible, pero cada uno nos damos cuenta que para llegar al punto en que toda mi vida responda al amor originario del que procedo, ha de cambiar casi todo en mi vida. O, al menos, tengo que dar un contenido a mi vida mucho más profundo de las coordenadas en las que habitualmente me muevo.

    Dejémonos llevar de la mano de la Palabra de Dios para descubrir esos horizontes que se perfilan ante nosotros y conservemos en nuestro corazón las palabras del salmista que hemos escuchado: «ábreme los ojos, Señor, y contemplaré las maravillas de tu voluntad. Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón».

    En la primera lectura del Eclesiástico y en la de san Pablo a los Corintios ha resonado con insistencia la admiración por la sabiduría de Dios, que es inmensa y grande su poder, y tan grande es Su sabiduría que no tiene su origen en este mundo. Es divina y ha estado escondida durante siglos, pero predestinada a ser conocida por el hombre gracias a la revelación que el Espíritu se ha dignado comunicarnos, -fijaos en el motivo- : para nuestra gloria.

    Si repasamos toda la historia de la Salvación sorprende comprobar cómo el hombre se ha dedicado a frustrar los planes de Dios una y otra vez. Y la respuesta de Dios ha sido el perdón, la ternura redoblada con su pobre criatura desvalida, la disculpa repetida por su ceguera. Ternura y misericordia no están reñidas con una enseñanza y una exigencia por parte de Jesucristo que ningún otro fundador de una religión se haya atrevido a proponer.

    Estamos destinados a compartir la gloria de Dios, y no sólo en el cielo, sino ahora, pues nos hemos dirigido al Señor en la oración colecta proclamando que Él se «complace en habitar en los rectos y sencillos de corazón». Mientras estemos en pecado grave aún sigue habitando el Señor en nosotros, intentando nuestra conversión por todos los medios. Habita en el alma en pecado mortal, pero de qué manera: con su corona de espinas, llagado, inmensamente dolorido y apenado. En el Sermón de la montaña, cuya lectura continua se inició hace dos domingos, el Señor no nos pone como condición para ser sus discípulos no cometer ningún pecado, sino tan solo eso que resume tan acertadamente la oración de la Iglesia, la rectitud y sencillez de corazón, pero hay que reconocer que a todos nos cuesta desembarazarnos de los obstáculos que pone nuestro egoísmo.

    El amor para Jesús no es algo etéreo, ni una palabra mágica para captar adeptos, aunque tantas veces lo veamos maltratado de esta manera. El amor se traduce en cumplir esa ley nueva que Él promulga como nuevo Moisés, pero revestido de una autoridad superior. El Moisés histórico transmitió en Deuteronomio 18 esta palabra de Dios bien grabada en la mente de todo fiel judío como debe estarlo en la nuestra: «Les suscitaré un profeta como tú de entre tus hermanos; y pondré mis palabras en su boca; él les hablará cuanto Yo le ordene. Si alguno no escucha las palabras que hablará en Mi nombre, Yo le pediré cuentas.»

    Y nos deja bien claro que para ser de los suyos debemos amar al hermano hasta el punto de pulir las palabras que no deben ser espadas mortíferas, pero ni siquiera alfileres punzantes. Uno de los motivos por los que rezamos el Padrenuestro antes de la comunión y la razón de ser de darnos la paz antes de comulgar es precisamente poner en práctica este mandato del Señor: «antes de presentar tu ofrenda en el altar vete a reconciliarte con tu hermano.» En el rito ordinario, como lo denomina el papa Benedicto XVI para distinguirlo del extraordinario o tradicional, hemos desvirtuado este gesto de reconciliación y nuestras asambleas se convierten en una sala de fiesta en la que todo el mundo se saluda, pero a nadie se le pasa por la cabeza el ir a reconciliarse con el hermano enfrentado. Y resulta que el momento en que nuestro recogimiento debía ser mayor para recibir al Señor -o para examinarnos previamente a ver si estamos en gracia para poder recibirlo-, nos encuentra desprevenidos y de ahí los lamentos de unos pocos pastores y fieles clarividentes por tantas comuniones sacrilegas o recibidas con poco fruto.

    La rectificación sobre la concesión hecha en el Antiguo testamento sobre el divorcio se abre con una exigencia de pureza aun sobre los pensamientos; nueva en cuanto a la profundidad e importancia que le otorga Jesús en consonancia con su ley nueva del amor que no admite medianías. Y si no somos limpios en e pensamiento un motivo más para ser humildes y pedir a Dios y a nuestra Madre Inmaculada la gracia que necesitamos para poner los medios en medio de una sociedad que le ha vuelto la espalda a Dios, y con la que nosotros corremos el riesgo de ser complacientes. Tan complacientes que hasta buenos cristianos y muchos de nuestros mayores incluso ven normal las uniones adúlteras de sus hijos. O bien se dice que dentro del matrimonio todo está permitido. Porque hoy día las cosas son así. Con lo cual ponemos de manifiesto que no acudimos a la Palabra de Dios para conformar nuestro pensamiento o dar un consejo, sino que nos alimentamos de la cultura sucia y repugnante en la que nos toca desenvolvernos.

    No quiero con esto decir que no haya aspectos positivos en nuestra cultura, sino que debemos er muy precavidos en cuanto al ambiente y contrarrestar con nuestra fidelidad aquello que no es digno de un hijo de Dios. Y aquí es donde conviene que detengamos ahora nuestra atención: precisamente en lo que estamos celebrando, la Eucaristía el memorial del sacrificio de Cristo. Sacrificio con el que venció el mal. Él no instituyó una fiesta en al que intercambiamos saludos vacíos que no van a la raíz de nuestras separaciones y dejan a salvo nuestro interior sin examinar si es recto y tiene esa sencillez de aceptar la Palabra de Dios y obedecerla en vez de acomodarla a nuestros bajos intereses no iluminados por el Evangelio. Jesús se ofreció al Padre cuando fue entregado por una traición que dominaba y pesaba en aquella cena pascual en la que instituyó el sacramento del amor. Humanamente hablando no estaba Jesús con ánimo de hacer un fiesta bullanguera. Venció el mal con el supremo bien de su propio sacrificio. Nosotros tenemos que acudir a la santa Misa dispuestos a vencer el mal que hay en nosotros y en todos los hombres con la gracia que brota de la entrega de Cristo y que se hace actual en este momento culminante. Sabemos que aquí en Majadahonda se ha vuelto a cometer un sacrilegio enorme llevándose los infractores todo un sagrario con 200 hostias consagradas. Es el momento también de reparar con nuestro amor el corazón tras pasado del Señor. Dispongámonos a recibir al Señor con la mejor actitud de escucharle, de hacer lo que é nos dice en su palabra y en nuestro interior.

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