• 16ene

    P. Francisco Vivancos

  • Muy queridos hermanos:

    La comunidad benedictina os acoge un domingo más con gran alegría para la celebración de la Eucaristía en esta Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, a la vez que también siente muy cercana la presencia de todos aquellos que nos acompañan desde sus hogares a través de TV. Nuestro sincero y profundo agradecimiento a Intereconomía por este medio de evangelización.

    El domingo pasado, al celebrar la fiesta del Bautismo del Señor, Jesús era presentado por el Padre como su Hijo amado en quien se complace. La liturgia de hoy tiene también un carácter epifánico. En este caso es el Bautista quien nos presenta a Jesús, pero como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Jesús es el cordero inocente que será ofrecido en sacrificio por la salvación, no sólo de los judíos, sino de todos los hombres.

    Jesús, el Mesías, es el Siervo de Yahvé anunciado por Isaías, que toma sobre sí las iniquidades de los hombres y las expía con su muerte. Por medio de su sacrificio en la cruz se convierte en el orgullo de Dios y se hace luz y salvación, para que todo el que crea en Él vea y se salve. Hoy, hermanos, Jesucristo sale al encuentro de cada uno de nosotros para que conozcamos la verdad y esa verdad nos haga libres. Cristo se nos presenta como Aquel que trae al hombre la libertad basada sobre la verdad. Y, ¿de qué verdad se trata? Qué sólo el Señor Jesús puede liberar y salvar al hombre. Que Él es el único Hijo de Dios, el reflejo de la grandeza de Dios, su imagen perfecta, es la mejor manifestación del amor que Dios nos tiene. Solamente en Él podemos encontrar nuestra salvación definitiva. Los poderes de este mundo se disipan como el humo: los partidos políticos cambian, los sistemas económicos se desvanecen y las ideologías pasan, pero solo Dios permanece desde siempre y para siempre. De ahí la necesidad de orar para que los que tienen en sus manos los destinos de las naciones abran sus puertas a Cristo y puedan encontrar soluciones a los problemas que las angustian y el mundo entero pueda gozar de paz y de prosperidad. Cuando no se reconoce a Dios como Dios se traiciona el sentido profundo del hombre y se perjudica la comunión entre los hombres.

    Los cristianos, debemos plasmar en nuestras vidas la figura entrañable de Cristo. Tenemos que ser también manifestación del amor de Dios y motivo de orgullo para el Señor. Los que creemos en él tenemos que ser, una llamada a la esperanza. Y así cada cristiano que viva seriamente sus compromisos será como un punto de luz. Y, todos encendidos, construiremos un mundo mejor, iluminado por el resplandor del amor de Cristo. Y para conseguirlo sólo tenemos un camino, el de identificarnos totalmente con Jesucristo. Hemos de esforzarnos por imitarle, para vivir como él vivió, para morir como él murió, para ser como él es: reflejo de la bondad de Dios, orgullo del Padre eterno. Hasta tal punto que podamos hacer realidad en nuestra vida las palabras del apóstol san Pablo: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”, quien sufre en mí, quien perdona y pide en mi por la conversión de los enemigos de la Iglesia.

    En estos momentos en los que la sociedad actual se ve afectada por una grave crisis de valores cristianos y humanos, cuando se está prescindiendo de Dios en todos los ámbitos, las lecturas de hoy nos invitan a seguir al Cordero de Dios. Nos recuerdan que nuestra vocación debe ser la misma que la del Bautista: preparar el camino al Señor. La palabra recia y exigente de Juan había llegado hasta las salas palaciegas, hasta el rey Herodes a quien recriminaba públicamente su conducta deshonesta. Al Bautista no le importó el peligro que aquello suponía. Por eso hablaba con claridad y con valentía a cuantos le escuchaban. Para todos tuvo palabras libres y audaces que denunciaban lo torcido de sus conductas y que era preciso corregir. Qué buena lección para tanto silencio y tanta cobardía como a menudo hay entre nosotros, hermanos. Juan fue fiel a la misión que se le había encomendado y ello supuso el fin de su carrera, dar paso a quien venía detrás de él, ocultarse de modo progresivo para que brillara quien era la luz verdadera.

    Podríamos decir que esta etapa final de la historia es el momento de los cristianos, es la hora que se manifieste el poder de la Cruz; es la hora en que como Cristo se manifestó ante el mundo como luz y salvación, todos los bautizados, empezando por los consagrados, dejando a un lado los prejuicios y el qué dirán, nos llenemos de valentía y fortaleza y demos testimonio de nuestra condición de hijos de Dios. Que defendamos lo que con tanto trabajo, esfuerzos, sacrificios e incluso llegando a entregar la propia vida, nuestros antepasados nos han legado: la fe. No podemos permanecer impasibles ante los ataques directos que está sufriendo nuestra religión, ante la persecución de tantos hermanos nuestros por causa de su fe. Ha llegado la hora de que los cristianos nos unamos en el Señor, mediante la Eucaristía, que es vínculo de unión fraterna, para defender nuestro credo y orar por la conversión de nuestros enemigos. Decía Bossuet, filósofo francés del s. XVII, “Me inclino a creer más a quienes se dejan matar por la verdad que defienden”. Por lo tanto, hermanos, nuestra vida no puede estar basada en un mero sentimiento, sino que debemos mostrar con hechos que creemos en Jesús, que lo amamos, aunque nos cueste un gran sacrificio. Recordemos que si sufrimos y morimos con Cristo también viviremos con Él y participaremos de su triunfo. Que así sea.

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