• 21feb

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos en Cristo:

    El evangelio de este domingo nos presenta una de las revelaciones más importantes del Nuevo Testamento (A. Vanhoye) y, al mismo tiempo, más desconcertantes. Jesús dice a sus discípulos: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, rezad por los que os persiguen y calumnian (Mt 5, 44). Quizá esta triple exhortación sea una de las expresiones más fuertes en la predicación de Jesús. Pedimos al Señor que nos otorgue la luz del Espíritu Santo a fin de penetrar en el verdadero sentido de estas palabras y de acogerlas en nuestro interior, confrontando con ellas nuestra propia vida.

    Una pista fundamental nos la ofrecen los textos de la liturgia de este día. Hemos iniciado la celebración cantando en el introito: Domine, in tua misericordia speravi («Señor, yo confía en tu misericordia»), que expresa un acto de fe en ese Dios, que es fuente infinita de Amor perfecto. En la lectura del Levítico se nos ha invitado a no incubar odio ni rencor contra el hermano; es más, a amar al prójimo como a uno mismo (cf. Lev 19, 17-19); es decir, ya en el Antiguo Testamento existe una orientación clara en la línea del amor. A esta lectura sagrada hemos respondido con el Salmo 102, cantado tan bellamente por el solista de la Escolanía: en él hemos confesado que el Señor es compasivo y misericordioso, que perdona, que cura, que rescata, que colma de gracia, que no nos trata como merecen nuestros pecados, que la ternura que siente hacia cada uno de nosotros es una ternura de Padre. Pienso que es precisamente aquí donde encontramos una clave para interpretar adecuadamente el precepto del amor hacia los enemigos. Un precepto, desde luego, difícil de aceptar en la teoría y en la práctica: ¿cómo se puede llegar a querer a alguien que busca tu mal? ¿Por qué Jesús nos pide un amor como éste que excede nuestra capacidad?

    La respuesta, apuntada ya en los textos citados, radica en que somos hijos, hijos de un mismo Padre, y por eso somos también hermanos, y lo somos en Cristo y por Cristo. Él nos puede pedir un amor así; gracias a Él hemos nacido a una vida nueva que nos configura con su persona. ¡Su propia vida testimonia un amor llevado hasta el extremo! De los labios de Cristo crucificado brotan palabras de perdón, de intercesión y de misericordia hacia todos. A nosotros nos cuesta entenderlo, pero todo hombre, aun el más depravado de la sociedad o el peor de los criminales, todavía tiene un sitio en el corazón de Dios. En la vida del cardenal Nguyen Van Thuan, prisionero en Vietnam del norte, una vez le advirtieron sobre ciertos católicos con los que trataba, que en realidad eran espías del gobierno comunista. «Es de locos tratar con esa gente malvada», le decían. Pero en una ocasión él replicó: «¿Por qué no les damos una segunda oportunidad? ¿Quién sabe en qué se convertirán sin somos amables con ellos?».

    La fidelidad a Cristo nos lleva a trascender nuestras miras egoístas y pasionales, y a mirar con ojos nuevos. El amor a los enemigos que reclama Jesús se demuestra con la comprensión, el hacerles bien, el hablar bien de ellos, el orar por ellos… (J. Esquerda). En algunos casos, nos puede parecer imposible, pero la fuerza del amor de Cristo viene en nuestra ayuda. En nuestras circunstancias concretas, ante los ataques que sufrimos, la defensa es legítima y obligatoria, pero, aun antes de ejercer nuestros derechos, la postura cristiana reclama el amor, reclama reaccionar amando en el pensar, en el hablar y en el actuar. Ahora bien, este amor no se improvisa, sino que es fruto de una vida de oración y de una vida de fidelidad en las cosas pequeñas y en la vida ordinaria.

    No nos quedemos en una mera consideración de quiénes son nuestros enemigos, de qué es lo que pretenden o de por qué nos odian. De ese modo, tal vez no reparemos en lo más importante: la actitud que nos está pidiendo el Señor hacia ellos. Para nosotros, monjes benedictinos de Santa Cruz, y para todos vosotros que amáis este lugar de intercesión y de alabanza, meditar en el evangelio de este domingo entraña volver la mirada hacia dentro y ver qué obstáculos estamos poniendo al amor de Cristo en nosotros. El amor a los enemigos, núcleo de la «revolución cristiana», es la única fuerza capaz de desequilibrar el mundo del mal hacia el bien, a partir del decisivo «mundo» que es el corazón del hombre. Ésta es la novedad del evangelio que cambia el mundo sin hacer ruido. Éste es el heroísmo de los «pequeños», que creen en el amor de Dios y lo difunden incluso a costa de su vida. No consiste en rendirse ante el mal, sino en responder al mal con el bien, en «afrontar el mal con las armas del amor y de la verdad» (cf. Benedicto XVI, Angelus, domingo 18 de febrero de 2007).

    Pidamos a santa María, que acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina, que nos ayude con su eficaz intercesión para que, en medio de las dificultades del tiempo presente, seamos apóstoles intrépidos y firmes, apóstoles que sepan dar en esta generación un testimonio de amor hacia todos los hombres. Que así sea.

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