• 28feb

    P. Francisco Vivancos

  • Muy queridos hermanos en Jesucristo:

    Las lecturas de este Domingo nos advierten de la inconveniencia del apego a las riquezas y también nos animan a confiar en la Divina Providencia, en ese cuidado que Dios da a sus criaturas, porque todo, hasta lo más pequeño del Universo, existe porque Dios lo sostiene en su Ser. Y podemos ver en estas lecturas de hoy dos aspectos de este cuidado amoroso de Dios: confianza en la Divina Providencia en cuanto a nuestras necesidades materiales y confianza también en cuanto a lo que nos depara el futuro.

    Isaías, en la primera lectura, recoge las quejas del pueblo. Quejas que quizá se hayan también esbozado en nuestro interior. Palabras doloridas que brotan de un corazón herido por la angustia y envuelto en la soledad. Quebranto de quien se ha visto cerca de Dios, y de pronto se ve lejos, abandonado, perdido, solo. Es la noche oscura del alma, de la que habla san Juan de la Cruz, que no tenía otra cosa que a Dios, y que por la causa que sea se ve sin Él, desnuda y desamparada, sin tener dónde agarrarse, sin encontrar apoyo que la sostenga en su caminar vacilante.

    "Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado". No es verdad, hermanos. Dios nunca nos olvida. Él sólo permite que nosotros, libremente, nos alejemos y le olvidemos. Entonces, cuando uno se da cuenta de la gran equivocación, cuando uno percibe lo que significa estar sin Dios, entonces viene la zozobra y la angustia, el escozor de la peor soledad que pueda afligir al hombre. Y al no encontrar ni paz ni sosiego en nada ni en nadie, el hombre vuelve sobre sus pasos y acude de nuevo a Dios.

    Y, ¿cuál es la reacción divina? “¿Puede una madre olvidarse de su hijo?, pregunta Dios enternecido. Pues aunque todas las madres se olvidaran de sus pequeños, Dios no se olvidaría de ti. Toda la carga de amor, toda la dulzura, todo el cariño de todas las madres, todo el cúmulo afectivo de la maternidad es algo nimio en comparación con el amor de Dios. Él sólo está esperando que le llamemos para acudir corriendo a nuestro lado. Él sólo necesita que le pidamos perdón para perdonarnos inmediatamente.

    Sobre el apego a las riquezas Jesús nos da una imagen sacada de la esclavitud de aquel entonces. Nos dice que quien pretenda servir a dos amos se va a ver en dificultades, pues por tratar de obedecer a uno, descuidaría al otro. Y con esta comparación pasa a darnos la idea: no se puede servir a Dios y al dinero (Mt. 6, 24). No quiere decir que no haya que tener bienes materiales y que no haya que procurarlos. El Señor se está refiriendo a que el hombre no debe ser esclavo del dinero, o sea, a dejar que el dinero nos domine. Cuando el dinero se convierte en lo más importante en nuestra vida, nos puede llegar a esclavizar.

    El dinero es un pésimo amo que tiraniza al hombre quitándole la libertad de servir y amar a Dios y a los hermanos. Dios, en cambio, único y supremo Señor, es tan bueno, que, cuando el hombre se pone a su servicio y se abandona con confianza en sus manos, lo libra de los afanes de la vida y, dándole seguridad en su providencia, le hace generoso con los demás. La crisis que está viviendo nuestra sociedad radica en la codicia que existe en el corazón del hombre egoísta, en el hombre que se considera autosuficiente y que no necesita de su Creador. Ante esta situación debemos volver nuestra mirada a Cristo, el único capaz de liberar al hombre del egoísmo para llamarlo a la solidaridad y al compromiso activo y alegre a favor de los demás. Las naciones ricas de la civilización opulenta no pueden permanecer indiferentes ante la tragedia de la pobreza y de la miseria, tomando cada ves más conciencia de esta tragedia y manifestar el amor providente de Dios ayudando a aquellas poblaciones que luchan cada día por sobrevivir. Es tarea de los gobernantes proveer a los ciudadanos de todo lo necesario para que puedan participar dignamente y de forma equitativa de todos los bienes de la tierra creados por Dios para todos sus hijos.

    Cuántas personas se creen ricas por poseer mucho dinero y bienes materiales y en cambio viven sumidos en la indigencia espiritual porque carecen de la gracia y de la paz que sólo Dios puede dar. En cambio, los pobres de espíritu viven ya anticipadamente lo que poseerán en el Cielo, participan ya, aquí en la tierra, de los bienes que Dios da a los que lo aman, y estos bienes son los frutos del espíritu: la vida de gracia, la paz, la alegría, la mansedumbre, la comprensión, la servicialidad…..Aquí tendríamos que recordar aquella preciosa frase de s. Agustín: “Son ricos los que tienen a Dios, pero son más ricos los que sólo tienen a Dios”.

    Como medida del recto uso del dinero y de los bienes materiales, tendríamos que preguntarnos: ¿me está sirviendo el dinero, y lo que obtengo con él, a cumplir mejor la voluntad de Dios, o me aleja de ella? ¿El dinero y las riquezas que tengo me ayudan a que Dios sea mi Señor, mi Dueño, o me alejan de este ideal?

    Busquemos primero el Reino de Dios y su justicia. Es decir, nuestra preocupación debe estar en buscar ante todo los bienes espirituales, las cosas de Dios, lo que Él desea de nosotros, buscar lo que necesitamos para llegar a poseer los bienes eternos del Cielo. Si buscamos a Dios primero, lo demás, lo material, nos viene dado como un bono adicional, sin tener que buscarlo. Si Dios es nuestro Padre, ¿qué debemos temer? Acaso, ¿no valemos nosotros más que las aves del cielo y la hierba del campo? ¡Cómo no nos va a cuidar más aún a nosotros por quienes envió a su Hijo al mundo para salvarnos y que estamos destinados a vivir para siempre con Él! El Señor quiere lo mejor para sus hijos y tiene los planes más bellos que nunca pudimos soñar. Todo lo tiene planeado para nuestro mayor bien. Por eso, la felicidad está en conocer lo que Dios quiere de nosotros en cada época de nuestra vida y realizarlo. Lo cual supone una entrega sin condiciones y una aceptación total y llena de amor a la Voluntad de Dios. Para ello es necesario que cada día vaya creciendo nuestra fe. Porque para tener confianza plena en la Providencia Divina, hay que tener mucha fe: la confianza en Dios es una consecuencia de nuestra fe en Él.

    El otro aspecto de la Providencia Divina se refiere al futuro. Nos dice Jesús que no debemos preocuparnos por el mañana, porque el día de mañana traerá ya sus propias preocupaciones. A cada día le bastan sus propios problemas. Todos los seres humanos pasamos en algunos momentos de nuestra vida por problemas, vicisitudes, adversidades, sufrimientos. Por eso el Señor nos advierte que preocuparnos por el mañana es agregar más penas a las que ya tiene el día de hoy. El Señor nos está diciendo que hay que vivir el presente, que ya eso es bastante. Vivamos el presente, confiemos en la Divina Providencia para nuestras necesidades materiales y para el futuro, y no dejemos que el dinero nos esclavice, porque Dios es nuestro único Señor. De Dios viene mi salvación y mi gloria, como nos ha cantado con su preciosa voz angelical el niño de la Escolanía; Él es mi roca firme, Dios es mi refugio. Pueblo suyo, confiad en él. Desahogad ante él vuestro corazón. Que así sea.

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