• 07mar

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos en Cristo Jesús:

    Las lecturas de hoy inciden en la importancia de la fe, de los preceptos del Señor y del cumplimiento de su voluntad para alcanzar nuestra salvación. En las tres se observa una exhortación a no caer en una mera actitud externa carente de mayor profundidad en nuestras vidas: “Meteos mis palabras en el corazón y en el alma”, ordena Moisés a su pueblo, y “no todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”, acabamos de leer en el Evangelio. Por lo tanto, no se trata simplemente de cumplir los mandamientos, los ritos del culto y las normas exteriormente, sino de que la observancia de todo ello nazca de la interioridad más íntima de nuestro espíritu.

    En la época de Jesús, los judíos y especialmente los fariseos, con frecuencia habían terminado cayendo en un simple formalismo externo de observar al mínimo detalle las prácticas visibles de la Ley mosaica. Ésta ciertamente había servido de pedagogo para conducir hacia Cristo (Gál 3, 23-29), pero la observancia ritual había quedado así muchas veces vacía de contenido. Por eso San Pablo advierte que las obras de la Ley, de por sí, sin la gracia y sin la fe, no justifican ni salvan al hombre.

    Sin embargo, este pasaje paulino de la carta a los Romanos fue entendido de forma incompleta por Lutero y los principales iniciadores del movimiento protestante y se hizo necesaria una aclaración por parte de la Iglesia Católica. El Sacro Concilio de Trento (Sesión VI, año 1547), teniendo presente asimismo la carta de Santiago en la que se afirma que la fe sin obras es una fe muerta (“muéstrame tu fe sin obras, y yo por mis obras te probaré mi fe”; St 2, 14-19), enseñó que la gracia divina que opera en el alma requiere la libre colaboración del hombre y que la virtud teologal de la fe, que ciertamente es un don de Dios, debe traducirse también en obras externas, tanto en la observancia del Decálogo y de las prescripciones de la Iglesia, como muy especialmente en las obras de esa otra gran virtud teologal que es la caridad y que es la plenitud de la Ley (Rom 13, 8-10). Por eso las obras sí constituyen mérito para la vida eterna, aunque sin duda alguna han de proceder de una fe sincera. La fe sin obras, pues, puede ser la del hombre necio que construye su casa sobre arena: “escucha estas palabras mías y no las pone en práctica”, nos dice el Señor, mientras que el hombre prudente “escucha estas palabras mías y las pone en práctica”, edificando su casa sobre roca.

    Esta parábola nos facilita una segunda reflexión: la necesidad de la perseverancia y de la fidelidad en los grandes proyectos de nuestra vida. Uno de los mayores males de la sociedad occidental de hoy es la inestabilidad: en el trabajo, en los matrimonios, en las vocaciones religiosas y sacerdotales… Los grandes proyectos de vida se conciben hoy con frecuencia no como algo permanente, sino como una “experiencia” y si, llegado un momento nos parece que eso no funciona, cambiamos. Pero este mal está engendrando una sociedad débil e inerme, con grandes sensaciones de frustración, dolor y soledad. La clave, en realidad, está en no dejarnos llevar por nuestros sentimientos del momento, sino en comprender el sentido trascendente de la vocación, que se ha de buscar a la luz de la oración, de los sacramentos y de la apertura de conciencia en la dirección espiritual. Nadie está exento de debilidad interior, pero debemos procurar arraigarnos firmemente en Cristo para perseverar en el proyecto divino sobre nuestra vida.

    En otro orden de cosas, la Iglesia celebra este domingo el “Día de Hispanoamérica”, insistiendo en la necesidad de orar por las Iglesias nacionales y locales de allí y en el deber de colaborar económicamente con sus proyectos. Para los españoles y los portugueses, es sin duda una obligación, pues la fusión de lo hispánico y de lo luso con lo indígena americano gestó una cultura católica cuyos integrantes suponen casi la mitad de los católicos del mundo. ¡Cuántas veces Juan Pablo II se admiraba ante la labor de los misioneros españoles y portugueses en aquel continente! Una labor que fue posible gracias a la iniciativa de la Sierva de Dios Isabel la Católica, quien prohibió la esclavitud de los indios, a los que denominaba “mis hijos”, y ordenó que fueran tratados dignamente como personas, echando así las bases de las Leyes de Indias, que son un monumento sin igual de la Historia del Derecho en virtud de sus fundamentos católicos. Cuando en una ocasión algún consejero le dijo que de esas tierras no obtendría nada, ella replicó: “Aunque no hubiera más que piedras, seguiría allí mientras haya almas que salvar”.

    Hispanoamérica (que no Latinoamérica) es una promesa para la Iglesia universal, como señaló muchas veces Juan Pablo II. Ha dado frutos copiosos de santidad: el indio San Juan Diego, cuya humildad fue premiada por la Santísima Virgen en Guadalupe; el mulato San Martín de Porres, “fray Escoba”, hijo del mestizaje que caracterizó la obra de España y de Portugal; dos contemplativas como Santa Rosa de Lima o la chilena Santa Teresa de los Andes, u otro compatriota de ésta dedicado al apostolado social con los más pobres y al sindicalismo católico, como San Alberto Hurtado; unos mártires de sublime relieve como los cristeros mexicanos, entre ellos un modelo de político como el Beato Anacleto Flores, que nunca aceptó el “mal menor”; y otros muchos hombres y mujeres ya en los altares o camino de ellos.

    Pero hoy la Iglesia en Hispanoamérica afronta serios problemas que debemos conocer. Por una parte, aberrantes injusticias sociales a las que no se puede mirar de lado hipócritamente para evitar las iras de las oligarquías interesadas en mantener una situación de privilegio y que tampoco se pueden resolver con ideologías materialistas ajenas a la fe cristiana ni tampoco con ese intento de fusión de ellas y del cristianismo que fue la “Teología de la Liberación”, sino con la verdadera Doctrina Social de la Iglesia. Por otro lado, es preocupante la acción corrosiva de las sectas y hay un peligro grave en la restauración de los viejos cultos idolátricos y panteístas por parte del indigenismo. Asimismo, la Iglesia se enfrenta con proyectos que procuran introducir en la legislación el divorcio, el aborto y otras prácticas contrarias a la Ley Natural.

    Por eso, teniendo en cuenta estos problemas y al mismo tiempo el deber singular que los españoles y los portugueses tenemos hacia Hispanoamérica, colaboremos con la ayuda económica y la oración en todo lo que esté a nuestro alcance. Que la Santísima Virgen en sus advocaciones del Pilar, Patrona de la Hispanidad, y de Guadalupe, Emperatriz de las Américas, bendiga a todos los fieles de aquellas tierras que son esencialmente cristianas y marianas.

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