• 27nov

    P. Alfredo Maroto

  • Queridos hermanos:

    Comenzamos hoy el tiempo litúrgico de Adviento en el que la Iglesia nos exhorta a prepararnos, como diría san Bernardo, para una triple venida de Cristo (cfr. In Adventu Domini, serm. III). La primera venida -que celebramos especialmente en la Navidad- es la encarnación y nacimiento del Hijo de Dios. El Señor vino entonces en carne y debilidad. En la última -a la que se refiere principalmente la primera parte del Adviento-, el Señor vendrá al final de los tiempos como Juez de vivos y muertos, en gloria y majestad. Y entre ambas hay una venida de Cristo permanente: Él está con nosotros ahora, siempre, en el gran misterio de la Iglesia. El Señor viene en su Palabra, en los sacramentos, particularmente en la Eucaristía…; viene, si le amamos de veras, continuamente a nuestros corazones: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Por eso hemos pedido a Dios todopoderoso en la oración colecta que avive en nosotros, “al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo”, que vino en su encarnación, viene continuamente al corazón de sus hijos por medio de su gracia poderosa y vendrá al final de los tiempos a cumplir definitivamente su plan de salvación sobre todos los hombres.

    En la primera lectura, hemos escuchado cómo el profeta Isaías, en ese larguísimo adviento que es todo el tiempo del Antiguo Testamento, se hacía portavoz ante el Señor de la profunda y humilde súplica del pueblo judío, diciéndole: “Tú eres nuestro Padre (...), nuestro Redentor (…), somos todos obra de tu mano”. Esta fe en la transcendencia soberana de Dios y, por eso mismo, en la dependencia y necesidad absolutas de Él, le mueve a exclamar: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!”. Aquí el profeta, además de recoger el clamor del pueblo elegido por la venida del Mesías, expresa asimismo la convicción y confianza plenas en que Dios vive ya en medio de ellos: “Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él”. Y termina con unas palabras llenas de delicadeza que reflejan la experiencia cotidiana del obrar de Dios: “Tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero”.

    En la segunda lectura nos habla un Apóstol, es decir, un testigo directo de que la primera venida de Cristo, anunciada y esperada durante siglos, ha tenido ya lugar. Recuerda san Pablo a los cristianos de Corinto -y sus palabras se aplican también a nosotros- que Dios nos ha concedido su gracia en Jesucristo, enriqueciéndonos con toda clase de dones, pues hemos recibido la plenitud de la Revelación. Sin embargo, a pesar de ello, debemos mantenernos firmes hasta el final, hasta que nuestro Señor Jesucristo se manifieste y nos haga compartir con él, en una unión vital de sabiduría y amor, su misma vida. Como veis, hermanos, también el discípulo de Cristo, al igual que el piadoso hijo de Israel, debe vivir en una cierta tensión espiritual, en un adviento continuo.

    Y éste es precisamente el mensaje central del Evangelio de este primer domingo de Adviento: la vigilancia. Con una sencilla parábola, Jesús nos enseña que no debemos dormirnos. Entre otras cosas, porque no sabemos cuándo volverá. Es verdad, Jesús siempre se negó a dar la fecha de su retorno glorioso, pues no quiso satisfacer nuestra curiosidad superficial y malsana. Precisamente, cuanto mayor es la incredulidad, cuanto más se extiende la apostasía y cuanto más prescinde el hombre de Dios -ésta es en gran medida la situación actual de nuestra sociedad-, más busca y se refugia en todo tipo de prácticas adivinatorias o mágicas. Mirad a vuestro alrededor y constataréis cómo proliferan las consultas de horóscopos, el recurso a personas que engañan a la gente con falsas visiones o aclaraciones sobre el porvenir. Las prácticas de hechicería o espiritismo, la quiromancia o las innumerables interpretaciones de presagios y de suertes, todo eso está “en contradicción con el honor y el respeto que debemos solamente a Dios”. Por eso la Iglesia, como recuerda expresamente el Catecismo, nos advierte seriamente que nos guardemos de esas o parecidas prácticas (cfr. CIC, nn. 215-217).

    La actitud genuinamente cristiana, la que el Señor condensa en las palabras del evangelio de hoy: “Vigilad”, “velad”… - tanto por lo que se refiere al retorno de Cristo al final de los tiempos, a las señales cósmicas que lo acompañarán y al momento en que sucederá; así como también al día y la hora de nuestra muerte y a las circunstancias en que nos sobrevendrá…-, la actitud cristiana auténtica, repito, es la de entregarnos confiadamente en las manos de la divina Providencia, que nunca se equivoca y que busca siempre nuestro bien. Y al mismo tiempo, activar en nosotros un fuerte sentido de responsabilidad que nos aleje totalmente del sopor espiritual y de la mediocridad moral. Queridos hermanos, si de verdad queremos vivir un santo y fructuoso tiempo de Adviento, busquemos lo esencial: el encuentro personal con Cristo. De este modo no tendremos miedo ni al porvenir ni a la misma muerte, pues, como escribió Benedicto XVI, “el futuro, a fin de cuentas, no nos pondrá en una situación distinta de la que ya se ha creado en el encuentro con Jesús” (Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, p. 66).

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