• 20nov

    P. D. Anselmo Álvarez

  • La Iglesia celebra hoy en toda la cristiandad, y para la generalidad de los hombres, la fiesta de Jesucristo Rey del Universo. En este día la Iglesia reitera cada año la proclamación de que Jesús, por designio del Padre y por exigencia de su propia naturaleza divina, es Señor de la historia, de la sociedad y de los corazones humanos. Porque ellos son obra de Dios; porque de Él reciben su ser, su destino y su ley; porque esta humanidad ha sido recreada y salvada por Cristo gracias a Su muerte y resurrección, y finalmente porque Él será el “Juez de vivos y muertos”, como le podéis contemplar en la figura sedente y mayestática de la cúpula.

    Yo os invito hoy a todos vosotros, entre los que os encontráis los que habéis venido a uniros en una oración común por las almas de Francisco Franco y José Antonio, en el aniversario de su muerte, a que reconozcáis, con la palabra y con la vida, al que es Señor de los señores, el origen y fundamento del orden humano, sobre el que descansa la justicia y rectitud del mismo. Él es Cristo Rey. Un título especialmente querido por muchos de vosotros y que tiene todas las resonancias que seguís recordando. Pero en ese título se compendian muchos otros de los rasgos que conforman la figura de Cristo como piedra angular de toda construcción humana. Él es Cabeza de la humanidad, cimiento y cumbre de la historia y del mundo, del pasado y del futuro; clave de bóveda y centro en el que convergen todas las direcciones humanas. “Nadie puede poner otro fundamento” distinto al que ha sido establecido (1 Cor 3, 11), y cuando se intenta sólo erigimos estatuas con pies de barro, como todas las que hemos levantado hasta ahora a la gloria del hombre, o del Estado, o del orgullo y el poder que aspiran a suplantar a Dios.

    Desde hace mucho tiempo venimos intentando abolir o falsear el reinado de Cristo, pero eso sólo conduce a su sustitución por la hegemonía del Príncipe y de los príncipes de este mundo, que en el lenguaje de la Escritura representan el poder de las tinieblas y del mal. Algo de lo que los hombres de nuestro tiempo tenemos una experiencia directa. “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (…), proclamaron los apóstoles ante esos poderes del mundo. Y nosotros hemos aprendido de nuestra historia que es mejor pertenecer al reino de Dios, cuyas leyes son sabiduría y prudencia, y en el cual los hombres constituimos “una raza elegida, un pueblo de reyes y sacerdotes” (Hch 5, 29), en lugar de quedar reducidos a una masa de la que sólo se espera el tributo de sus votos y de sus impuestos. El de Cristo es el reino del espíritu, de la libertad en la verdad, de la reconciliación y la unidad, de la justicia y del amor.

    “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28, 18), afirmó Jesús momentos antes de ascender a los cielos. Un poder y un reino que no son como los de este mundo, según Él mismo declaró, pero que sí obedecen al propósito de que “todo tenga a Cristo por Cabeza” (Ef 1, 10)), a fin de que todas las cosas y toda la humanidad caminen al unísono con quien es el Guía y conductor de su propia creación.

    En ello está la garantía de nuestra sabiduría en las decisiones que conciernen a los asuntos humanos. Y en ello está también la condición de la unidad y de la paz de los hombres y los pueblos entre sí: en el reconocimiento de un solo Dios y Padre cuyo autoridad y señorío abarca a toda la familia de los hombres, y cuyo amor está llamado a regir el recto orden de las relaciones humanas. Un amor exigente e insobornable que funda la dignidad y la justicia, la libertad y la paz de la sociedad. Así se construye el Reino de Dios y en él la sociedad de los hombres.

    Pero entenderlo así requerirá un giro decisivo en la conciencia de todos, una especie de nuevo nacimiento como el que Jesús propone en el Evangelio: “si no naces de nuevo no podrás acceder al reino de Dios” (Jn 3, 3).Todos estamos de acuerdo en que es necesaria una resurrección de nuestro pueblo, para lo que es imprescindible que renovemos nuestro viejo tronco con la savia que lo ha fortalecido durante tantos siglos.

    España será otra vez ella misma cuando ‘vuelva a nacer’, cuando reconozca el camino de retorno a la Casa del Padre y sepa de nuevo dar a Dios lo que es de Dios, y en Él encuentre la inspiración y la fuerza para reconducir sus caminos de acuerdo con su Ley. Una España que no siga empeñada en desconocerse, en alterar los datos sustanciales de su historia y de su entidad como nación.

    Es una condición inscrita en las entrañas de la historia: lo que no tiene el impulso y el destino de Dios camina a la nada. Decía Benedicto XVI, en una alocución reciente: “Dios-Amor lleva en sí una esperanza invencible que permite al creyente atravesar con una lámpara de luz la noche de la muerte… Si quitamos a Dios, si quitamos a Cristo, el mundo cae en el vacío y en la oscuridad”.

    Lo cual es extensible a una de las urgencias que siguen pendientes entre nosotros, como es el logro de una reconciliación completa y definitiva de nuestra sociedad. No hay paz donde no hay lugar para quien es “Padre y Príncipe de la Paz”, como los profetas llamaron a Cristo, de quien en el Nuevo Testamento se afirma que fue enviado para “traer la noticia de la paz; paz a los de lejos y a los de cerca” (Ef 2, 11).

    Esta es la causa a la que sirve esta institución del Valle. En él se ha escrito una invocación a la Unidad, la Paz y la Reconciliación, escrita en las piedras que componen los únicos símbolos auténticos del Valle: la Cruz, esta Basílica que podríamos denominar Basílica de la Paz, y el Monasterio donde se ora permanentemente por la concordia y la prosperidad, la unidad y la fe de los españoles. Que desde este Valle de la Cruz y desde esta Basílica de la Paz descienda sobre toda España la bendición de Aquel cuyo “nombre eterno es “Paz en la Justicia, Gloria en la Piedad” (Ba 5, 4). Que Dios ilumine también vuestra elección en el día de hoy.

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