• 11jul

    Mons. Renzo Fratini. Nuncio Apostólico

  • Reverendo Padre Abad,

    Querida Comunidad Benedictina,

    Queridos fieles en Cristo:

    Con sumo gusto he acogido la invitación presentada por Dom Anselmo Álvarez, Abad de este Monasterio de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, para presidir esta solemne celebración en la fiesta del Patriarca de los monjes de occidente y Patrono de Europa, San Benito de Nursia.

    El Santo Padre Benedicto XVI, a quien tengo el honor de representar en España, en una visita realizada a Subiaco, no muchos días antes de ser elegido Papa, decía: “Lo que más necesitamos en este momento de la historia son hombres que a través de una fe iluminada y vivida, hagan que Dios sea creíble en este mundo… necesitamos hombres como Benito de Nursia, quien en un tiempo de disipación y decadencia, penetró en la soledad más profunda logrando, después de todas las purificaciones que tuvo que sufrir, alzarse hasta la luz, regresar y fundar Montecassino, la ciudad sobre el monte que, con tantas ruinas formó un mundo nuevo. De este modo Benito, como Abraham, llegó a ser padre de muchos pueblos”.

    En estas sintéticas palabras se encierra, tanto la vida del santo en relación a la permanente huella que ha dejado su obra en la sociedad eclesial y humana, como, al mismo tiempo, nos orientan en torno a la necesaria vivencia interior de la que nace siempre todo lo verdaderamente nuevo. De donde brota esa capacidad de rehacer, en la paz, todas las cosas. Se trata de la búsqueda de Dios.

    En los tiempos que le tocó vivir a Benito, allá en los siglos V-VI, se palpaba una “disipación y decadencia”. ¿De dónde pueden provenir estos signos, sino de un desorden inherente al abandono de la Palabra, de la ratio, del Logos divino presente en la creación de un Padre bueno y providente, de un Hijo que viene “al encuentro de su obrero” (Regla Pról. 14), de un Espíritu Santo que, por la caridad, estimula a “no apartar el oído” (Pról. 3), ni cejar en el esfuerzo de las manos y del corazón llegando a “desear”, por un exceso de amor, las “cosas difíciles y ásperas por las que se llega a Dios”? (Regla Cap. VII). Precisamente, según S. Benito, es el mismo Espíritu Santo el que mueve a obrar por amor de dilección a Cristo y por la atracción de la virtud que no es otra cosa que expresión de Cristo (Regla Cap. VII final).

    Permítanme pues, queridos hermanos dos palabras, la primera en referencia a la situación humana en que nos encontramos, y la segunda a esa vivencia testimonial que portan los monjes y que se ha mostrado en la historia capaz de verdadera trasformación.

    El Beato Juan Pablo II, hablando de la situación actual en Europa, se refería a un vacío que produce lo que él llamaba “cultura de la muerte”. Esta se manifiesta en los temas que afectan a la vida y convivencia humanas. Esta manifestación partía para el Papa de las “ideologías del mal”. Preguntándose acerca del origen de las mismas escribe: “La respuesta, en realidad es sencilla: simplemente porque se rechazó a Dios como Creador y, por ende, como fundamento para determinar lo que es bueno y lo que es malo. Se rehusó la noción de lo que, de la manera más profunda, nos constituye en seres humanos, es decir, el concepto de naturaleza humana como "dato real", poniendo en su lugar un "producto del pensamiento", libremente formado y que cambia libremente según las circunstancias" (Memoria e identidad, Madrid 2005, p. 25).

    En la Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa afirma: “La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera”.

    En la Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa el Papa analiza la situación viendo las luces y sombras en que se halla el mundo occidental:

    “El siglo XX ha sido, en cierto sentido, el “teatro” en el que han entrado en escena determinados procesos históricos e ideológicos que han llevado hacia la gran “erupción” del mal, pero también ha sido espectador de su declive… El mal es siempre la ausencia de un bien que un determinado ser debería tener, es una carencia. Pero nunca es ausencia absoluta del bien. Cómo nazca y se desarrolle el mal en el terreno sano del bien, es un misterio. También es una incógnita esa parte de bien que el mal no ha conseguido destruir y que se difunde a pesar del mal, creciendo incluso en el mismo suelo”.

    Son necesarios pues testigos de la esperanza que animen esas raíces cristianas que hacen fecunda a la sociedad.

    II Entramos pues en la segunda palabra que quiero dirigirles.

    La Vocación del monje, ¿Qué puede hacer un monje? Primero y fundamental “ser” monje. Por el hecho de vivir las exigencias de su vida ya está trasformando el mundo, ya está presentando al Señor al mundo viviendo “con Cristo escondido en Dios” y aportando al mundo la Presencia divina que anuncia con su austera vida.

    El tesoro de la vida monástica presenta, con la vida, la unión que se da entre Dios y el hombre a través del Dios - Hombre, Jesucristo, único mediador. Esa unión nace de las exigencias conjuntas de la naturaleza y de la gracia. Sí, de la naturaleza y de la gracia. Esta expresión como sabéis es de S. Gregorio cuando comenta “Hubo un hombre de vida venerable, por gracia y por nombre Benito, que desde su infancia tuvo cordura de anciano”. El nombre “Benito” evoca la primera palabra del Canto de Zacarías. Benito es el hombre unido al Precursor del Señor, que expira su último aliento en la Capilla de S. Juan el Bautista.

    El Bautista dio sentido en Jesús a la esperanza mesiánica de Israel, e identificándose con Cristo, al que señala presente entre los hombres, sólo vivía del anhelo de menguar para que Cristo creciera. Ese es también el único anhelo de su émulo, de Benito: Que Cristo crezca en mí por la acción del Espíritu Santo, por la actitud de obediencia y humildad; que crezca en mi comunidad, que su presencia se haga viva en el mundo a través de fraternidades unidas en el vínculo de la paz, por la búsqueda de Dios.

    La búsqueda del monje no empieza sobre lo que desconoce en absoluto. El punto de partida es la fe, la fe en Jesucristo y la esperanza en sus promesas deseando que Cristo reine en el corazón.

    ¿Cómo reina Cristo en mi corazón? ¿Cómo es posible que crezca mediante una configuración mayor con El? El sabio Maestro Benito enseña muchas cosas. Señalemos las siguientes:

    1º “Busca la paz y corre tras ella” (Regla prólogo):

    La verdadera paz es la que viene de Dios y se asienta en él. Por eso el que no busca la paz-tranquilidad, sino que busca a Dios, vive desde la bondad de Dios, desde el amor, siendo capaz de ver con los ojos bondadosos de Dios y reinando en él la paz que al mismo tiempo irradia. Es capaz de ver como Dios ve, de verse a sí mismo, su propia vida, y a los demás desde el amor infinito de Dios. Y ya sabéis que está escrito: el amor excluye todo temor. El que abre su corazón a la bondad irradia la paz de Dios, nadie teme a su lado, pues nadie se ve en peligro de ser humillado. Esa bondad es capaz de sanar el temor y el pecado ajeno, como si se tratase de un contacto con el mismo Dios. Esa paz es hermana de la mansedumbre y hace presente la longanimidad de Dios que es "lento a la cólera". La bondad sólo puede proceder de un corazón pacificado en el Señor, que encuentra su seguridad en El por propia experiencia, no deseando otra cosa.

    2º San Benito nos recuerda: “los monjes no son dueños ni de su propio cuerpo ni de sus voluntades”. Y es que, como nos dice San Pablo: “hemos sido comprados a un algo precio, al precio de la sangre de Cristo”. Somos propiedad de Dios por partida doble: por la creación y al ser rescatados de las ataduras del pecado. Cuando San Benito nos recuerda que al monje ya no le pertenece ni siquiera su propio cuerpo ni su voluntad, le está invitando a vivir en plenitud su propiedad divina, su dependencia de Dios. El monje ha optado por someter su voluntad a la de Dios, reconociendo así su pertenencia a El. Por eso San Benito, al vivir esa pertenencia, es considerado hombre de Dios. Su Regla nos invita a adentrarnos en esa pertenencia, que pasa necesariamente por la renuncia a pertenecernos a nosotros mismos. Cuando esto se vive en una comunidad cristiana, las relaciones fraternas cambian profundamente. ¿Dónde queda la reivindicación de mis derechos?, ¿dónde el abatimiento por lo que me sucede o deja de suceder?, ¿dónde las envidias, los celos, los enfrentamientos? ¡El monje debe ser hombre de Dios!, ¡vivir según el corazón de Dios!, entonces comenzará a sentir que es la misma comunidad la que pertenece a Dios entrando en la comunión perfecta de los que se sienten una cosa en Cristo Jesús, a pesar de tantas limitaciones y debilidades que siempre nos van a acompañar.

    Pero todo esto pasa por la purificación del corazón, pues es ahí donde se fragua el conocimiento de Dios. Dar el corazón es dar la propia vida y eso sólo puede vivirse desde la confianza abandonándose plenamente en el Señor reconocido en el Abad, en la Regla y en los hermanos.

    3º Por dos veces habla Benito de la prelacía de Cristo sobre todas las cosas. Cristo, Ideal con el que se identifica el monje: «Nihil amori Christi praeponere» (RB 4). Y aún más: «Christo omnino nihil praeponant». Nada absolutamente se ha de anteponer al amor de Cristo.

    Sin duda alguna ésta es la máxima principal de la Regla. Toda la espiritualidad de San Benito es cristocéntrica. La búsqueda de Dios no es algo especulativo, sino eminentemente concreto: buscar a Dios es conocer a Cristo, dejarnos revestir de Cristo, seguirle; la vida comunitaria está toda ella envuelta en ese deseo, por lo que el amor fraterno no es más que la expresión del amor de Cristo. Cristo está presente en todas partes, en el corazón mismo de la vida monástica, que es comunión en su propia vida. Los monjes lo reverencian en el abad (2,2), le sirven en los enfermos (36,1), lo agasajan en los huéspedes (53,1.7.15), militan bajo su estandarte (Pról. 3); lo imitan al renunciar a su propia voluntad (7,32), en su obediencia hasta la muerte (7,34); comparten sus sufrimientos con la esperanza cierta de compartir un día su gloria (Pról. 50). Cristo es lo que da sentido a la propia generosidad, a las renuncias, a los sacrificios. El monje todo lo soporta gracias al que nos amó (7,39).

    Desde el prólogo hasta el final de la Regla, San Benito nos recuerda cómo Cristo es el camino del monje, su ideario de vida, la meta hacia la que se dirige y su propia vida ya en el monasterio. La decisión del monje concretizada en el vivir con Cristo conduce a la plenitud de vida en Cristo.

    Ese Cristo es el que os proporcionará aquel buen celo del que habla S. Benito en el capítulo 78 de su Regla, con el que deseo terminar mi reflexión sabiendo que sus palabras no sólo estimulan a los monjes, sino que también nos hacen valorar y apreciar a todos la grandeza de vuestra vida y de vuestro alto ideal:

    “Si hay un celo malo y amargo que separa de Dios y conduce al infierno, hay también un celo bueno que aparta de los vicios y conduce a Dios y a la vida eterna. Este es el celo que los monjes deben practicar con el amor más ardiente; es decir: «Se anticiparán unos a otros en las señales de honor». Se tolerarán con suma paciencia sus debilidades tanto físicas como morales. Se emularán en obedecerse unos a otros. Nadie buscará lo que juzgue útil para sí, sino, más bien, para los otros. Se entregarán desinteresadamente al amor fraterno. Temerán a Dios con amor. Amarán a su abad con amor sincero y sumiso. Nada absolutamente antepondrán a Cristo; (Christo omnino nihil praeponant), y que él nos lleve a todos juntos a la vida eterna”.

    Que así sea.

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