• 11dic

    P. Carlos Mata

  • Queridos hermanos en Xto, el Señor:

    “No era él la luz, sino testigo de la luz”. El evangelista nos aclara que no es en el Bautista en quien hemos de poner nuestra mirada, en quien hemos de esperar nuestra salvación, a quién hemos de tender en todo momento de nuestra vida. Juan Bautista tenía totalmente claro cuál era su papel en este mundo y, ni por un instante, intentó usurpar un protagonismo y una figura que no le correspondía en absoluto. Con toda tranquilidad podía haberse dado a sí mismo el título de Mesías pues su mismo auditorio casi lo daba por hecho; sin embargo, él se limitó a cumplir su función, aquélla para la que Dios le había enviado al mundo; misión que, por otro lado, era importantísima.

    Juan, el mayor hombre nacido de mujer, como lo calificó el mismo Xto, dijo de sí mismo que no era digno de desatar la correa de la sandalia de aquel que venía detrás de él. Mucho tendríamos que aprender de San Juan.

    Si nosotros actuáramos del mismo modo pudiera ser que las cosas cambiaran en este mundo. Porque eso de figurar, de llamar la atención, de ser los protagonistas allá donde estemos, de usurpar los papeles que no nos corresponden es algo que nos encanta. Da igual lo que seamos y no importa lo que tengamos, siempre queremos más. Nos pasamos la vida disimulando nuestras carencias, intentamos ser el centro de atención allá dónde estamos y disfrutamos al acaparar el protagonismo. Pensemos, por ejemplo: en una simple conversación con otra persona, lo habitual es que prefiramos oírnos a nosotros mismos y normalmente no prestamos atención al otro. Cada uno lo que queremos es contar nuestra propia historia porque damos por sentado que es bastante más interesante e importante que cualquier otra que nos puedan contar. Pues este simple ejemplo podemos extrapolarlo a cualquier situación de la vida.

    Y por seguir poniendo ejemplos, diré que en muchas ocasiones los sacerdotes cuando predicamos, lo que realmente estamos haciendo es intentar lucirnos, da igual lo que digamos mientras quede bien y parezca profundo; si predicamos a Xto esa es otra cuestión, lo bueno es que me van a felicitar por la homilía tan buena que he pronunciado; y, si no me felicitan, da igual, ya me felicitaré yo mismo. Es decir, intentamos, muchas veces ser la luz y no testigos de la luz. Pensemos en cuál es el motivo por el que las predicaciones, buenas o malas, normalmente no nos llevan a la conversión, muy pocas veces remueven nuestras conciencias y en contadas ocasiones hacen que nos replanteemos nuestra vida. No creo que el problema radique en las predicaciones en sí mismas sino, más bien, en la vida de santidad o de carencia de ésta del mismo sacerdote. A los hombres no nos mueven las palabras sino los hechos y por ello, normalmente, estaremos dispuestos a seguir, únicamente, a alguien que sea congruente con lo que afirma creer y por lo que afirma vivir (Pensemos en el Santo Padre, por ejemplo). ¿Cómo voy a pensar que mis palabras pueden calar en el corazón de alguien si primero no me las aplico yo? Vuelvo a lo mismo: no nos damos cuenta de que somos testigos de la luz pero no somos la luz.

    Todos tenemos, o deberíamos tener, algo de Juan Bautista. Su padre Zacarías dijo de él que sería llamado Profeta del Altísimo porque iría delante del Señor a preparar sus caminos, enseñando a su pueblo la salvación por el perdón de sus pecados. Esta misión de Juan es, literalmente, la misma que la nuestra. Dios, a todos nosotros, nos ha concedido el don de la fe para que la propaguemos y para que enseñemos a todos que Xto es quien nos perdona y quien nos salva y que fuera de Él nos existe la salvación. Nosotros, como Juan, deberíamos ir delante del Altísimo preparando sus caminos pues ha de volver, en gloria y majestad, para juzgar a su pueblo. El adviento es la época litúrgica del año en el que se nos recuerda la próxima y definitiva venida de Xto a este mundo para concedernos la salvación eterna, si es que la queremos aceptar. Y hasta que llegue ese momento, todos deberíamos, al igual que Juan, preparar los caminos del Señor; digo preparar los caminos del Señor, no nuestros propios caminos. De ahí la urgente necesidad de que caigamos en la cuenta de lo fundamental de nuestro papel en este mundo y de lo mucho que Dios ha puesto en nuestras manos. A pesar de no ser dignos de desatar la sandalia de aquél que viene tras nosotros, hemos sido constituidos colaboradores excepcionales de Él. Hemos de ser conscientes de que lo que nosotros no hagamos por estar entretenidos en nosotros mismos, nadie lo hará por nosotros. Dios nos ha destinado para que demos fruto y fruto abundante y, además, fruto de vida eterna.

    Hoy San Juan Bautista nos está indicando cuál es nuestra obligación y cómo realizar nuestra misión. Nos está enseñando que lo que somos, sin intentar parecer lo que bajo ningún concepto somos, es todo cuanto necesitamos para cumplir con la misión encomendada por Xto. Consiguientemente dejémonos de tanta suficiencia, vanidad y soberbia e imitemos, no ya a Juan, sino al mismo Xto que siendo Dios se humilló hasta la muerte para reconciliarnos con el Padre.

    La Virgen María nos ayudará porque es una excelente maestra de humildad y de cumplimiento de la voluntad de Dios y porque, además, es nuestra Madre y quiere lo mejor para nosotros. Y no hay nada mejor que el mismo Dios.

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