• 22abr

    P. D. Anselmo Álvarez

  • El relato de la Pasión que hemos escuchado se convierte en esa profesión de fe de la Iglesia contenida en el Credo: “Por nuestra causa fue crucificado, muerto y sepultado”. Es la síntesis de numerosas afirmaciones de la Escritura, según las cuales “Xto murió por nuestros pecados”, porque nosotros “estábamos muertos a consecuencia de ellos” (Ef 2, 4), por lo cual “fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (1 Cor 15, 3), de manera que, “mediante su muerte, se realizó la purificación de nuestros pecados” (Hbr?)

    Es una afirmación que llena las páginas de la revelación en el NT cuando se nos explica el misterio de la cruz y de la muerte del Señor. Ambas tienen por causa inmediata el pecado y responden al designio de Dios de realizar la liberación del mismo y de restablecer su alianza con la humanidad mediante el sacrificio de su propio Hijo: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. “Él ha hecho la paz por la sangre de la Cruz”, a fin de llevar a cabo la liberación eterna (cf Hbr 9,12), para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia” (1 Pe) “y lleguemos a ser santos, sin mancha y sin reproche en su presencia” (Col…), nos dicen los textos sagrados.

    La suya es la “sangre de la alianza nueva y eterna derramada por todos para la remisión de los pecados”, como decimos en las palabras consecratorias del vino. En la oración preparatoria para la Comunión que se reza en la Misa damos gracias a Cristo, que ha ‘devuelto la vida al mundo –le ha vivificado- por medio de su muerte’, “convirtiéndose así en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Heb 5, 10). El pecado es el peso más grave que cargamos sobre Dios y sobre nosotros; en Dios hasta llevarlo a la cruz y a la muerte; en el hombre hasta oponerle a Dios y a sí mismo y poner en riesgo su destino eterno.

    La verdadera dimensión de esta realidad se revela en el precio que ha debido ser ofrecido para que pudiéramos recuperar la armonía con Dios, algo que constituye el objetivo máximo de la historia humana posterior al pecado original. Durante siglos el espíritu religioso de los hombres les hizo comprender que era totalmente necesario y razonable vivir dentro de esta concordia con Dios, porque eso era lo único que podía dar sentido a todas las demás realidades humanas. Concordia que se establece sobre la conformidad con la voluntad y con los mandamientos divinos, los cuales no constituyen un código arbitrario, sino el orden dentro del cual el hombre acoge y desarrolla la imagen de Dios que le constituye en su verdadero ser.

    Por eso la muerte de Cristo tuvo esa finalidad que llamamos ‘salvación’ o ‘justificación’, es decir, la recuperación de la rectitud y de la santidad originales, fuera de las cuales el hombre apenas posee nada valioso. Lo que estuvo en juego en aquella muerte de Cristo fue la causa del hombre, es decir, la voluntad divina de reconciliarlo con Dios y consigo mismo para hacer posible su plena realización humana. Cristo nos dijo desde la Cruz que el hombre se había distanciado infinitamente no sólo de Dios sino de sí mismo, como demostraba el hecho de querer suprimir en Cristo al Dios y al hombre verdaderos. Lo cual, aunque deja intacto a Dios, mutila profundamente la realidad y las perspectivas del hombre.

    Pero se trata de una cuestión que no afecta sólo al hombre del pasado. Cuando hoy el mundo suprime la conciencia del pecado o lo considera algo connatural e irrelevante, o cuando niega de nuevo a Dios y rehusa la paz y la verdad que Él le ofrece, podemos decir que vacilan los cimientos de la tierra (sal 17). Cuando el hombre levanta su ciudad, su nombre y su presunto poder frente a Dios, está socavando la realidad humana en sus mismos fundamentos.

    Lo que sucede es que nosotros hemos decidido que el hombre debe crecer y Dios debe disminuir o desaparecer. Muchos consideran que esto constituye una causa justa y que es la condición para la libertad y el desarrollo pleno de la humanidad. Creemos, además, que lo estamos consiguiendo, y que es la hora de que Dios repita: “Me han olvidado como a un muerto, Me han desechado como a un cacharro inútil” (Sal 30). “Ellos me miran triunfantes, se reparten mis vestidos, echan a suerte mi túnica”.

    Ciertamente, hoy parece aniquilado, vencido por el hombre, y son muchos los que actúan como si tuvieran el propósito de repartirse sus despojos. Naturalmente, es un espejismo: mañana aparecerá victorioso de la muerte y de los que ayer y hoy pensaron que podían reducirle al silencio. El burló desde el primer momento esa pretensión: “deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos”. De hecho, cuando los hombres le quitaron la vida Él ya vivía para siempre, antes de resucitar, en la carne y la sangre de la Eucaristía que había instituido la tarde anterior.

    Lo que debiéramos entender, sin embargo, es que hemos de asumir y compartir con Cristo nuestra parte de purificación. Si nosotros no aceptamos esta sangre redentora que Dios sigue ofreciendo para purificar el pecado y las iniquidades del hombre, se nos repetirá la advertencia que Él mismo lanzó sobre su pueblo: esta sangre “caerá sobre vosotros y sobre vuestros hijos”. Por las mismas razones: la muerte del Hijo de Dios no puede quedar impune ante la burla o el rechazo de la misma, ante la negativa a la reconciliación ofrecida a la humanidad para entrar de nuevo en la comunión con Dios, según aquella advertencia: “convertíos y creed en el Evangelio; se aproxima el reino de Dios”.

    Esta purificación que no aceptamos, o que no nos imponemos nosotros mismos, nos puede sobrevenir de modo bastante más riguroso, porque el mundo debe ser profundamente sanado para que pueda volver a recuperar la verdadera libertad en la comunión con Dios y consigo mismo. En todo caso, la imagen del crucificado es la toda la humanidad, que se crucifica y se da muerte a sí misma cuando niega a Dios y pretende sustituirse a Él, a su verdad y a sus mandatos. En este día debemos tener un recuerdo filial hacia la Virgen. La salvación del mundo ha sido el precio de la sangre de su Hijo y de las lágrimas de María. Como dijo S. Juan Mª Vianney, “la caridad de la Sma. Virgen nos ha preferido a su Hijo. Era necesario o sacrificar a su Hijo para salvar nuestras almas, o dejar perder al género humano para guardar a su Hijo; pero Ella ha preferido entregarle para salvarnos”. De ahí ese sentimiento de gratitud hacia la que estuvo y está tan estrechamente unida a la salvación del mundo.

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