• 29ene

    P. Carlos Mata

  • Queridos hermanos en Xto:

    Xto hoy libera a un poseído del demonio. Mucho se empeñan en afirmar que cuando en el Evangelio se habla de poseídos o del infierno o del demonio, realmente lo que se está haciendo es narrar algo simbólico; bueno, roguemos a Dios que comprendan antes de su muerte que la condenación eterna, por mucho símbolo que afirmen ser, es eterna y es condenación.

    Los creyentes que aceptamos, gracias a Dios, la doctrina de la Iglesia Católica en su totalidad, cosa que es menos habitual de lo que podría parecer en un primer momento, sí afirmamos sin dudarlo que existe el demonio, que existe el infierno y que existe la condenación eterna. En resumidas cuentas existe el mal como algo que se opone, con todas sus fuerzas y recursos al Bien, al Bien supremo, infinito, todopoderoso y misericordioso que es Dios.

    Es decir el mal está ahí, convivimos con él y, lo que es más grave, muchísimas veces colaboramos o transigimos con él. Cuando hablamos del mal del mundo, cuando nos horrorizamos por la inmensa injusticia y desigualdad que existe, tendemos a fijarnos en los grandes males que vemos a nuestro alrededor: los millones de personas que mueren de hambre, los pueblos que viven sometidos por el miedo, las guerras, los grandes conflictos sociales; también identificamos el mal del mundo con las perversiones morales como el aborto, la eutanasia o la esclavitud sexual. En resumidas cuentas, para una gran mayoría, el mal del mundo es algo con el que no solemos colaborar.

    Sin embargo, el mal es mal, independientemente de si es grande o pequeño, o mejor dicho, independientemente de si nosotros lo consideramos grande o pequeño. Porque, hemos de considerar, que nosotros colaboramos al mal del mundo con demasiada frecuencia. Ahora vivimos una época en el mundo, y más concretamente, en España, en la que la crisis económica está haciendo estragos en muchos millones de personas. Pues bien, nosotros cooperamos al mal del mundo cuando miramos hacia otro lado y no prestamos ayuda a los casi cinco millones y medio de españoles que están en el paro, o cuando no hacemos nada por intentar ayudar a las más de 150.000 familias que no tienen el más mínimo ingreso económico mensual. Tendríamos que sentir vergüenza si a estás alturas aún no nos hemos enterado de que vivimos inmersos en una gran crisis económica, y únicamente podremos decir que nos hemos enterado si, aunque no nos sea necesario, nuestro tren de vida lo hemos bajado porque lo que nos sobra lo empleamos en ayudar a lo que no tienen.

    Pero podemos cooperar al mal del mundo sin necesidad de tener a mano una crisis de esta magnitud. Cuántas veces hemos hecho mal a nuestro alrededor; cuántas veces hemos destrozado la fama y el honor de una persona por haberla calumniado o difamado; cuántas veces nos hemos permitido hacer comentarios o acusaciones de personas, que tal vez nos sean próximas, contribuyendo con ello a hacer pensar mal de ellas a, por ejemplo, nuestros compañeros de trabajo o a nuestros superiores.

    Podemos seguir enumerando modos de contribuir con el mal del mundo. Porque no siempre es preciso contribuir directamente con el mal, a veces puede ser hasta peor cuando callamos, cuando permitimos pudiendo evitarlo o cuando transigimos con el mal. Pensemos en todos los pecados de omisión que realizamos y que normalmente no tenemos en cuenta pues no nos fijamos en que no basta con no hacer el mal, también tenemos que hacer el bien. Aquí podíamos incluir las veces que por comodidad, por vergüenza o por miedo no damos testimonio de que somos creyentes, prefiriendo callarnos en los momentos en los que se pisotea el nombre de Xto o el de su Iglesia.

    En resumidas cuentas, el mal del mundo no es algo ajeno a nosotros; somos hombres, y como tales, estamos heridos por el pecado original y nuestra naturaleza está inclinada al pecado, queramos o no. Si con esto terminara la homilía, me habría quedado a medias pues, gracias a Dios, la historia no termina aquí. El Hijo de Dios se hizo hombre, padeció, murió en Cruz y resucitó para reconciliarnos con el Padre y abrirnos las puertas del Cielo. Esto, que se dice en tan pocas palabras, equivale a volver blanco lo negro y a que triunfe el Bien donde antes sólo podía existir el mal. Xto vino al mundo y venció al demonio y a la muerte; Xto nos elevo a la condición de hijos de Dios; Xto nos dio la Iglesia; Xto nos concedió su gracia infinita para que de pecadores pudiéramos transformarnos en santos; Xto nos dio todo, y en este todo se incluye a Él mismo pues nos dejó la Eucaristía hasta el final de los tiempo. Con estas armas podremos triunfar y vencer ese mal del que hemos hablado. Por ello, queridos hermanos, no vivamos sin esperanza pues sabemos que siempre que caigamos en el pecado Dios, si nos arrepentimos, nos perdonará y nos salvará.

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