• 26feb

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos en Cristo:

    Con la imposición de la ceniza el pasado miércoles hemos inaugurado el tiempo cuaresmal. Cuaresma significa cuarenta días hasta el Jueves Santo. El número encierra ya un carácter simbólico: cuarenta fueron los días que Noé pasó en el arca; cuarenta, los años que Israel anduvo por el desierto; cuarenta fueron también los días que Moisés permaneció en el Sinaí y el profeta Elías en el monte Horeb. Es, pues, el tiempo provisional que conduce a un encuentro, un tiempo especial para la conversión, es decir, para entrar de nuevo en nuestro interior y reorientar hacia Dios el mundo de los deseos, de los afectos y proyectos. Se nos presenta a los creyentes como un itinerario de revisión y renovación personal y comunitaria. «Se trata –nos ha dicho el Papa Benedicto XVI– de acercarse al Señor con corazón sincero y llenos de fe, de mantenernos firmes en la esperanza que profesamos, con atención constante para realizar junto con los hermanos la caridad y las buenas obras» (Mensaje para la Cuaresma 2012). Al mismo tiempo, la Cuaresma está asociada al desierto; tiene algo de ese «tiempo a la intemperie», donde la soledad y el silencio invitan a escuchar y a profundizar. Allí aprendemos a dominar nuestro egoísmo, a identificar nuestros vicios y apegos, y a combatirlos.

    Hemos comenzado nuestra celebración con un bello canto tomado del salmo noventa: Él me invocará y yo lo escucharé; lo defenderé, lo glorificaré… (Sal 90, 15-16). Este texto lo podemos referir, en primer lugar, a Cristo tentado en el desierto. San Marcos, en el evangelio que acabamos de escuchar, narra que Jesús, impulsado por el Espíritu, se adentró en el desierto donde fue tentado. Jesús no tenía ninguna necesidad de conversión, aunque, en cuanto hombre, sí necesitaba prepararse para el ministerio decisivo de anunciar el Reino de Dios. En su lucha contra el maligno, Jesús no deja de invocar al Padre, persevera en la plegaria y es escuchado. Me invocará y lo escucharé: he aquí una primera enseñanza que se desprende de poner en relación el canto de entrada y el evangélico de hoy. Nosotros, que nos vemos rodeados de tentaciones y arrastrados hacia el pecado, necesitamos en verdad este tiempo de preparación espiritual, necesitamos invocar a Dios sin desfallecer, con la confianza de que Él nos escucha siempre y permanece a nuestro lado.

    Pero si os fijáis, el texto del salmo noventa habla también de una glorificación: lo defenderé, lo glorificaré. ¿Qué significa esta expresión al inicio de un tiempo penitencial? Podemos ver en ella una alusión a la victoria de Jesús en el desierto, pero sobre todo una alusión a la victoria pascual. Creo que con ello se nos está indicando, en cierta manera, que emprendamos el camino cuaresmal con la mirada puesta en la victoria de Cristo. Cuando san Benito pide a sus monjes que, en los días de Cuaresma, intensifiquen su austeridad habitual (oraciones, ayunos, vigilias…), les recuerda también que deben guardar viva la memoria de la santa Pascua y que han de esperarla con alegría ardiente (cf. Regla, cap. 49). A nosotros, durante estos días de perdón se nos urge también a cultivar la fraternidad, a intensificar la oración, a abrazar privaciones voluntarias ¡sin perder de vista la Pascua!, que es la gran victoria de un amor llevado hasta el extremo. El corazón de la Cuaresma consiste, por tanto, en orientar nuestra vida en el sentido de ese mismo amor.

    Jesús se dejó tentar por Satanás, nos dice san Marcos. Y podemos preguntarnos, ¿qué es la tentación para un cristiano y, sobre todo, cómo debe afrontarla? Es un empuje al pecado de parte de cualquier potencia maligna. No es lo que me gusta y me prohíben, sino lo que me engaña… lo que me promete bien y, sin embargo, me lleva a contribuir a un mal que no deseo. Pero la tentación en sí misma no es mala. «Nuestra vida –dirá san Agustín– en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido». La Palabra de Dios, entrando en el corazón humano, queda sujeta a la tentación. Prueba, tentación, tribulación, como quiera llamarse, es una situación ordinaria en nuestra vida. Sin embargo, Jesús ha querido hacer suya y vivir en sí mismo la prueba y la lucha entre el bien y el mal que sufre todo hombre sobre la tierra. Todo lo que te pesa, lo que te hace sufrir, lo que te cuesta, todas esas tentaciones que experimentas lo son también de Cristo. La carta a los Hebreos afirma que Jesús «tenía que ser en todo semejante a sus hermanos: para poder ser sumo sacerdote compasivo» (Heb 2, 17) y, en particular, debía hacer frente a las tentaciones y vencerlas.

    En el umbral de esta Cuaresma, te pedimos, Señor, que nos guíes con tu Espíritu Santo por el camino de la verdadera libertad; haz que nuestras privaciones voluntarias nos enseñen «a dominar nuestro afán de suficiencia y a repartir nuestros bienes con los necesitados» (Prefacio III de Cuaresma). En este tiempo de gracia, hermanos, intensificad vuestra plegaria: visitad al Señor cuando paséis junto a una iglesia, frecuentad el sacramento del perdón, participad en la Eucaristía incluso durante la semana, sed sensibles a las necesidades de vuestros hermanos; que la Palabra divina y la sagrada liturgia sean el alimento de vuestro espíritu y vuestra fuerza frente a toda adversidad.

    Que santa María, Madre de la reconciliación, sea la estrella que nos guíe en la travesía cuaresmal hacia el encuentro con Cristo glorioso; a ella acudimos para que nos ayude a perseverar en la oración y a tener la certeza de que la victoria de Cristo es ya la nuestra.

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