• 15ene

    P. Alfredo Maroto

  • Queridos hermanos:

    Tanto la primera lectura como especialmente el evangelio que se nos acaba de proclamar nos presentan un tema esencial y fascinante: el encuentro personal, vivo y transformante, con Dios. Sólo si se produce este encuentro con Él; sólo si se da en cada uno de nosotros una experiencia íntima de Dios, conseguiremos comprender y testimoniar en todas sus dimensiones lo que Él es en sí mismo: Padre, Hijo y Espíritu Santo, es decir, vida trinitaria en comunión de Personas, y lo que quiere llevar a cabo en nosotros.

    Samuel oyó la voz insistente de Dios, que le llamaba por su nombre: “¡Samuel, Samuel!” En un primer momento el profeta, porque todavía no tenía experiencia del modo de hablar de Dios, no sabía que era Dios mismo quien se dirigía a él. Esto también nos suele pasar a nosotros. A veces, por ejemplo, pensamos que Dios está mudo y ausente, que no tiene nada que decirme ni que se interesa por mí. O incluso que es imposible relacionarme directamente con Él… Y esto porque todavía no le conocemos. Pero la verdad es que Dios nos está hablando continuamente, pues “en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hech 17, 28). Así pues, es necesario que comprendamos por experiencia (y en esto nos debemos ejercitar cada día) los modos que Dios tiene de hablarnos y de actuar en nosotros. Enumeremos algunos:

    En primer lugar, Dios nos habla en lo íntimo de nuestras conciencias, sobre todo cuando están rectamente formadas y buscamos la verdad de Dios, de nosotros mismos y de las cosas (y no nuestra verdad, nuestra conveniencia o interés egoísta). Por eso, para captar esta voz de Dios dentro de nosotros, necesitamos silencio, paz, armonía interior, oración profunda…

    Dios nos habla también a través de personas concretas (sobre todo si están en plena sintonía con la Iglesia y viven santamente) que nos ayudan a distinguir el bien y la verdad de los múltiples males y mentiras que nos acechan. Son instrumentos de la voluntad de Dios para nosotros. A Samuel le ayudó Elí, a Juan y Andrés, Juan el Bautista. Dios siempre nos las pone a nuestro lado.

    Otro modo de hablarnos Dios es a través de las circunstancias y acontecimientos, ordinarios y extraordinarios, gozosos y tristes, satisfactorios y dolorosos… ¡Ojalá supiésemos ver en todo lo que nos sucede, como lo hacen las almas grandes, generosas, santas, la mano amiga, providente y amorosa de Dios nuestro Padre! ¡Qué ejemplo nos dan tantas personas sencillas que aceptan como un beso de Dios las tribulaciones de la vida y le dan gracias en medio de sus penas!

    Pero demos ahora un paso más en nuestra reflexión. Este encuentro personal con Dios puede preparar y desembocar en una total entrega a Jesús y a la Iglesia en el sacerdocio, en la vida religiosa o monástica. Así les sucedió a Juan, a Andrés y a su hermano Pedro, los primeros que siguieron a Jesús, según el evangelio de San Juan. Y en este punto me gustaría dirigirme especialmente a los jóvenes aquí presentes y a los que nos siguen por televisión.

    El evangelista San Juan nos dice que estando Juan el Bautista con dos de sus discípulos se fijó en Jesús que pasaba. Este es un primer momento del encuentro con Dios y de una posible vocación: darme cuenta de que Jesús está pasando por mi vida. Normalmente necesitamos la ayuda de otros para percibir ese paso de Dios. Cuando Dios pasa a nuestro lado hay que estar muy atentos. Cuando sentimos un toque íntimo, luminoso dentro de nosotros, decimos: ahí está Dios. Su paso siempre deja paz, amor, deseos profundos, incluso en medio del sufrimiento.

    El segundo momento está caracterizado por el deseo de seguir a Jesús. En los evangelios, sobre todo en San Juan, es la palabra clave que define la vocación. Significa ir detrás de Cristo, pisar sus mismas huellas; es imitar su estilo de vida y reproducir en nosotros sus sentimientos y actitudes. Es aprender gradualmente a ser discípulo del único Maestro. Seguir a Jesús supone ya una decisión personal comprometida. Es la convicción de quien ha comprendido y experimentado que Jesús es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 16) y está dispuesto a dejarlo todo por Él.

    Pero este seguimiento es una respuesta libre y gozosa del hombre, a una iniciativa misteriosa y eterna de Dios. Por eso Jesús eleva y purifica constantemente el corazón de los discípulos hasta adentrarles en su intimidad: “Rabí, ¿dónde vives?” “Venid y lo veréis”.

    Éste es el núcleo de la vocación: vivir con Jesús, estar con Él, compartir su misma vida, hacer experiencia de su amistad, participar de sus sentimientos más profundos, entrar en una comunión de vida y amor con Él.

    Vivir con Jesús es mirarle y dejarse mirar por Él; es escuchar con ansia su palabra y dejarse transformar por ella. Y esto no durante unas horas, sino continuamente. Es hacer de la propia existencia un vivir siempre con Él. Es querer gozar con Jesús y también sufrir con Él. Es compartir su vida y su destino, su misión y sus trabajos…

    Queridos hermanos, especialmente vosotros jóvenes, que os estáis abriendo al amor y a la vida, si descubrís esta mirada tierna y fuerte de Jesús, si experimentáis el paso de Dios a vuestro lado, decidle también vosotros, como los discípulos del evangelio: “Maestro, ¿dónde vives?” Y el mismo Jesús os responderá: “Venid y lo veréis”.

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