• 22ene

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos:

    La llamada del Señor a la conversión, de la que se hacen eco las lecturas de este domingo, es plenamente actual en el contexto histórico en que vivimos, cuando tantos intereses inmediatos nos impiden ver más allá de lo que tiene un valor material o placentero. Seguir a Cristo se ha convertido hoy en algo que va contra contracorriente en nuestra sociedad. Con el testimonio nos arriesgamos a perder el trabajo o la estima social de los más cercanos. Y sin embargo no podemos aplazar la respuesta al Señor, no le podemos dar la espalda o pedir una moratoria, porque eso sería traicionar no sólo a quien nos ama siendo el mismo Amor y tiene poder de dar vida eterna, sino que sería traicionar a los que podríamos confirmar con nuestro testimonio en su seguimiento de Cristo.

    El profeta Jonás se hace portavoz de una sentencia inminente: “Dentro de 40 días, Nínive será destruida”. Jesús es profeta del reino de Dios inaugurado con su misma persona y llama a la conversión con apremio: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio”. La conversión, lo único que no admite demora en nuestra vida, tiene que ser continua y real. A esta llamada le precede la gracia, es el Reino de Dios que viene a nosotros sin que hayamos hecho méritos para ello. La conversión es la gracia que nos permite fiarnos de su Palabra, que es la que nos enseña que todo lo terreno lleva marca de caducidad y que sólo debe usarlo el cristiano en tanto en cuanto es imprescindible a su humanidad, pero con la vista puesta en lo trascendente, como dice san Pablo: “los que compran, como si no poseyeran… porque la representación de este mundo se termina”.

    El que ha tenido una mínima experiencia de Dios ha comprobado en su vida reiteradamente que la Palabra de Dios es ancla segura que no permite evadirse del mundo, pero sí liberarse de los apegos que encadenan a las cosas como fin último y felicidad verdadera. El que ha sabido en alguna medida usar con parquedad los bienes terrenos o compartir las desdichas del prójimo desconocido, ha visto una y otra vez que la palabra de Dios no engaña, ha sentido por anticipado, al poner en práctica el mandato del amor, la irrupción de la vida eterna en medio de su peregrinar en este mundo, pues hay una felicidad mucho más honda que no desaparece como lo caduco, ni proviene del cerrado círculo de los amigos o familiares, sino que abre perspectivas inmensamente más grandes que las temporales y una fraternidad sin fronteras.

    La conversión tiene sus dimensiones sociales y hay que estar atentos para que no se nos pase este momento en que Dios nos pide un esfuerzo por compartir lo que tenemos. Estamos atravesando una crisis social muy aguda y se puede convertir en una revolución social si no ayudamos a los que pasan tan graves necesidades. No podemos lamentar la poca sensibilidad social de otros y desentendernos de lo que está a nuestro alcance. Gracias a Dios, no hemos llegado a la escasez de recursos y por eso estamos a tiempo de compartir lo que tenemos, pues cuando se comparte, la divina Providencia se encarga de que alcance a todos. En cambio, cuando una parte de la sociedad se repliega egoístamente sobre sí misma, Dios permite que sean sacudidas las conciencias por los disturbios sociales. ¿No será mil veces mejor dejarnos interpelar por la Palabra de Dios y salir al paso de las necesidades ajenas, antes de que el robo, el pillaje, las disputas callejeras y el crimen sean la norma común de conducta y perdamos la paz social?

    Un motivo nada marginal de interés es la Jornada de la Infancia misionera, que este año se celebra bajo el lema: “Con los niños de América… hablamos de Jesús”. Los niños también pueden contribuir a difundir el Evangelio en todo el mundo, en el que faltaría algo vital sin su oración y aportaciones. Si hoy día les transmitimos la inquietud de llevar el Evangelio hasta los confines del mundo, de mayores seguirán siendo misioneros de corazón y a su alrededor, pues los países de antigua cristiandad están necesitados de una nueva evangelización. La colecta de hoy se destinará a este fin. Por último, hasta el día 25, fiesta de la conversión de S. Pablo, apóstol de los gentiles, celebramos el Octavario de Oración por la unidad de los cristianos, este año con el lema: “Todos seremos transformados por la victoria de Nuestro Señor Jesucristo”. El Papa escribió: “Mirando al pasado, a las divisiones que a lo largo de los siglos han desgarrado el Cuerpo de Cristo, se tiene continuamente la impresión de que en momentos críticos en los que la división estaba naciendo, no se ha hecho lo suficiente por parte de los responsables de la Iglesia para conservar o conquistar la reconciliación y la unidad; se tiene la impresión de que las omisiones de la Iglesia han tenido su parte de culpa en el hecho de que estas divisiones hayan podido consolidarse. Esta mirada al pasado nos impone hoy una obligación: hacer todos los esfuerzos para que a todos aquellos que tienen verdaderamente el deseo de la unidad se les haga posible permanecer en esta unidad o reencontrarla de nuevo”. Por eso, en esta semana, desde hace años se vienen multiplicando los gestos para llegar a una reconciliación, no solo con nuestros hermanos ortodoxos y protestantes, sino también con los de la Fraternidad S. Pío X y con los de otros grupos que siguen su estela. Encomendemos todo ello a María, reina de la unidad y reina de los cristianos.

    Que así sea.

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