• 5 May

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: En el tiempo pascual Jesús se aparece a sus apóstoles y discípulos para confirmarlos en la fe y para confiarles la misión de anunciar el Evangelio con testimonio de palabra y de vida. Tal como Él lo hizo, sus seguidores caminarán tras sus huellas que conducen al calvario. La misión que se ha proclamado en el Evangelio la vemos realizada históricamente en el testimonio escrito en los Hechos de los Apóstoles. Hemos escuchado que los Apóstoles dieron testimonio valiente ante el sanedrín jugándose la vida por decir la verdad. Para nosotros esto supone una confirmación de nuestra fe: sin la fuerza que viene de Dios no serían capaces de hablar con esa valentía. Luego Jesús esta vivo, ha resucitado. Pero la armonía de las Escrituras no se detiene ahí. La lectura del libro del Apocalipsis refleja algo de las celebraciones litúrgicas de las primeras comunidades cristianas, a la vez que establece una relación entre la liturgia terrestre y la celeste. Nuestras celebraciones se suman a estos acordes del testimonio de que Jesús es nuestro Salvador, es el Cordero degollado, digno de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor la gloria y la alabanza. Nosotros también nos postramos y adoramos como se hace en el cielo. Y pedimos la fuerza para ser testigos de Cristo hasta el derramamiento de la sangre, si el Señor nos eligiera para esa misión.

    Si los 10 mandamientos se pueden resumir en dos palabras: el amor a Dios y al prójimo, sorprende que Jesús supere esta concisión. La última palabra que hemos escuchado resume todo el mensaje que Jesús nos ha transmitido: SÍGUEME. La vida cristiana no consiste en una doctrina: no es la nuestra una religión del libro. Nuestra religión se puede decir que consiste en seguir a Jesús. Es la palabra clave que pronuncia Jesús en todo llamamiento. Solo Él tiene poder para llamar con verdad de esta forma, y en boca de cualquier otra persona sería una pretensión vacía de contenido.

    En el Evangelio emerge la figura de Jesús en una continuidad de su enseñanza sin fisuras tanto en los comienzos de su misión como en su culminación, ya en cuerpo glorioso. Pero después de su resurrección, si cabe, acentúa la conexión de su seguimiento con la cruz. No se refiere sólo a la cruz como conclusión de una misión, sino sobre todo a la cruz de cada día, la que en algunos de sus seguidores se culmina en una imitación de su muerte cruenta en cruz, como lo fueron dos de sus apóstoles, los hermanos de sangre Pedro y Andrés.

    El discípulo de Jesús ha de recoger toda su enseñanza y conservarla viva en su corazón sin disminuir aquellos aspectos que se hacen difíciles de aceptar a nuestra naturaleza caída. La enseñanza del Señor no se limita a la materialidad de la Escritura. El Señor advirtió a los Apóstoles que no podían cargar con toda su enseñanza, que el Espíritu Santo iría recordando y revelándoles todos los desarrollos que estaban contenidos en su palabra como en germen. De hecho tantas personas a lo largo de la historia e incluso hoy día no conocerán las enseñanzas contenidas en la Biblia y no pocos de las que las leen no son capaces de conocerla en profundidad. Dios ha previsto el hablar a través de la naturaleza y de la conciencia de todo hombre. Su providencia amorosa no lo ha abandonado todo a la fortuna de que tuviésemos buenos maestros desde nuestra infancia. Afortunados son aquellos que se han visto rodeados de buenos e íntegros preceptores que les han guiado con mano firme y bondadosa a la vez por el camino del bien íntegro. Esta circunstancia es muy rara en la vida, pese a lo que nos imaginamos a veces los que hemos nacido en una buena familia cristiana. Pero en esa misma familia hay carencias o desviaciones parciales en la transmisión de la enseñanza que nos ha traído el Señor. El Señor ha de proveer continuamente a que nos llegue su luz por todos los medios posibles. Abramos nuestro corazón, dejémonos enseñarnos por los humildes mensajeros que nos envía.

    El papa emérito Benedicto recientemente ha recordado lo importante que es la revelación a través de la naturaleza en materia moral. Y cómo “entre las libertades por las que la Revolución de 1968 peleó estaba la libertad sexual total, de tal manera que ya no tuviera normas. La voluntad de usar la violencia, que caracterizó esos años, está fuertemente relacionada con este colapso mental. De hecho, las películas sexuales ya no se permitían en los aviones, porque podían generar violencia en la pequeña comunidad de pasajeros. Y dado que los excesos en la vestimenta también provocaban agresiones, los directores de los colegios hicieron varios intentos para introducir una vestimenta escolar que facilitara un clima para el aprendizaje. Parte de la fisionomía de la Revolución del 68 fue que la pedofilia también se diagnosticó como permitida y apropiada” . Lo que la Biblia no dice expresamente hasta las compañías aéreas imponen unas normas morales deducidas de la observación de la conducta humana alterada por ver películas pornográficas. Cuántas veces se ha oído que la Iglesia debe escuchar y seguir lo que dice el mundo, y hasta se alude a los principios de la revolución del 68. ¡Qué ceguera entre los miembros de la propia Iglesia: mientras las compañías aéreas perciben los efectos nocivos de la revolución y obran en consecuencia, todavía hay miembros de la Iglesia que aplauden sus principios!

    “El cielo y la tierra pasarán, más Mis Palabras no pasarán”, nos dice el Señor. No pasarán nunca, son más estables que el cielo. Sus palabras están escritas en nuestros corazones de piedra por el mismo Alfarero que nos creó; están escritas sus Leyes en nuestro corazón: allí las puso Dios, para que sean nuestro alimento día y noche; meditémoslas en el silencio de nuestro corazón, hermanos, y no nos cansemos de orar y pensar en ellas, porque allí está nuestra salvación: en la obediencia a sus Mandatos.

    Sí, hermanos, hoy hemos escuchado sus Palabras aquí convocados por Él a esta Eucaristía, pero también ha puesto sus Leyes en nuestro corazón; son el camino del amor y de la salvación de nuestra alma: apliquémonos a aprenderlas, digámoslas en nuestro corazón, saboreemos cada Palabra, cada Mandato, dejemos que nuestra alma se sacie de ellas y llevémoslas a la práctica en nuestra vida, para que un día nuestros ojos ojos vean la Luz y nuestra alma la Salvación. No nos arrepentiremos de obedecer sus Palabras, las que hoy nos dirige, nosotros que somos hijos del Alma de un Padre que vela por nosotros, porque en ello va nuestra salvación y el camino de nuestra vida.

    Sus Mandatos, tienen que ser para nosotros como miel en nuestra boca, dulces al paladar, rocío para nuestras almas secas de tanto caminar por este valle de desolación en el que hemos convertido este mundo. Pero hoy nos dice nuestro Redentor con esa intimidad que se dirigía a Pedro: ¿me amas? A nosotros también nos dice: hijo de Mi Alma, ven, ven a Mi Santo Corazón, y repasa, aprende, medita y lee Mis Mandatos y saborearás junto a Mí lo que es Amor, lo que es Verdad y Justicia, lo que es Caridad, el Bien y el Amor, la Paz en tu alma. No desoigas Mis consejos y ponte a caminar, obedece a tu Señor y, aquel día cuando estés ante Mí, te alegrarás con un gozo nuevo que aún, hijo, no conoces.

    Obedezcamos sus Palabras y reparemos, con nuestra obediencia, su dolor: el dolor de su Santo Corazón, porque este mundo no le escucha y no obedece sus Mandatos de Amor. El camino de este mundo es la perdición porque se ha separado de su Santo Amor. El que no obedece sus Leyes de Amor, se separa de su Amor; y la desobediencia al Amor es el camino de la perdición. Esta Eucaristía tiene que ser para nosotros un punto de partida de ver las cosas desde la perspectiva del Corazón de Cristo de vivir en el Amor de Cristo en la fidelidad a su Amor, con el arrepentimiento sincero de todo aquello con que le ofendemos cada uno y el trabajo espiritual y apostólico para lograr la vuelta de los que se han convertido en enemigos de la Cruz de Cristo (Flp 3,18-19).

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