• 25 Aug

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos queridos en el Señor: Al acudir a esta celebración es en realidad el Señor quien ha salido a nuestro encuentro. Nos hemos dejado seducir por el encanto que ejerce su persona sobre cada uno de nosotros. Es algo indescriptible. Y deseamos que vaya en aumento. No retrocedamos nunca en el nivel de amistad al que hayamos llegado con el Señor. No queremos tener que sufrir que nos diga: “No sé quienes sois”. Estamos invitados a ver la gloria de Dios, lo mismo aquellos que nunca oyeron del Señor ni vieron su gloria manifestada en portentos que superan las realidades creadas. Pero la Palabra de Dios nos habla también del camino que lleva a esa amistad estrecha con el Señor y a esa contemplación de su gloria.

    El despliegue de imágenes que el profeta Isaías pone ante nuestros ojos en realidad se queda corto ante la realidad inefable de la presencia de Dios. Una realidad que de algún modo, más o menos tenue todos hemos experimentado en nuestra vida. Y que podría ser más frecuente si nosotros nos esforzásemos un poco en ponernos en las condiciones que favorecen esos encuentros. Todos aspiramos y deseamos vivir en esa Jerusalén celestial y no sólo por librarnos de los inconvenientes de vivir en este mundo que se va contaminando de pecado de modo creciente si Dios no lo detiene, sino porque llevamos grabado a fuego el amor de Dios en nuestros corazones.

    El largo discurso de Hebreos, del que sólo se acaba de leer un corto pasaje, pero admirable y verdadero oasis y descanso para el creyente verdadero, nos advierte que mientras vivamos en esta Jerusalén terrestre no transfigurada por la presencia del Espíritu, hay que dejarse corregir. A nadie gusta ir al médico, por las sorpresas con las que nos podemos encontrar ante el espejo verdadero de nuestra salud corporal. Porque hay enfermedades que no vemos. Podemos tener deteriorada la dentadura u otra parte de nuestro cuerpo y no percatarnos de ello apenas porque no nos duele. Pero en cuanto nos duele acudimos rápidamente al médico para quitarnos ese dolor. No buscamos tanto el buen funcionamiento de nuestro organismo para cuidar de la creación de Dios y darle gloria a Él, sino para acabar con esa molestia tan grande. Paralelamente, nos sucede lo mismo con la corrección, es una molestia muy grande para nuestro amor propio, al que somos tan sensibles, y por eso no nos gusta la corrección de nuestra conducta. Andamos ocupados en otras cosas, las nuestras, las rastreras y egoístas, las orientadas a la comodidad y honores que nos pueden venir de los que nos rodean. Y enseguida echamos en falta esas cosas que tanto nos halagan. Rectificar nuestros malos hábitos nos cuesta mucho, porque no tenemos puesta la vista en el verdadero objetivo de la vida, ni en el camino que conduce a ese fin y hacia esa meta de la Jerusalén celeste. Y eso que es allí donde se encuentra la paz que tanto deseamos.

    El Evangelio también habla de sentarnos en la mesa del Reino de Dios, pero previamente dice que hay algunos que son admitidos y otros excluidos. Y que no sabemos quienes serán elegidos o rechazados, pero sí la manera de participar en ese banquete. Y podríamos añadir: y además desde ahora es posible beneficiarnos de ese banquete, aunque no sea en las mismas condiciones, pero si hay un deseo sincero de Dios en eso no hay engaño, aunque el envidioso de nuestra salvación nos hace ver imaginativamente que vamos a ser excluidos a pesar de nuestros esfuerzos, o, por el contrario, que vamos a ser elegidos a pesar de nuestra despreocupación e indolencia en seguir el camino que conduce a la patria celestial.

    El Señor dice aquí y en la parábola de las vírgenes prudentes e insensatas una expresión de exclusión muy semejante: “No os conozco,” o bien: “No sé quiénes sois.” Y en otra ocasión repite el evangelio la expresión: “Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios y más que holocaustos.” Con lo cual tenemos una realidad suficientemente detallada de la materia de examen por el que de han de pasar los elegidos o excluidos del Reino de Dios.

    No conoce el Amo de la casa al que llama, si el que pide que se abra la puerta no se ha esforzado en conocer al Amo. Si no ha acudido al Evangelio a buscar al Señor, a saber cuál es su voluntad y esforzarse en vivir conforme a los mandatos del que allí habla de una manera inteligible para toda clase de personas, cultas o ignorantes, ricos y pobres, niños o ancianos, el Señor le dirá: No te conozco. Solo se reducen a dos los mandatos del Señor si nos atenemos a las palabras del Señor: el amor a Dios y al prójimo. Quien se esfuerce en ello de verdad, ese se está esforzando en entrar por la puerta estrecha. Incluso podríamos decir que es uno solo el mandato de Jesús: SÍGUEME, es como si dijera: Imita a Jesús, busca en el Evangelio cómo vivió y esfuérzate en hacer tú lo mismo.

    Jesús dejó bien claro cuáles son las cosas necesarias para ser su discípulo. “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará” (Lc9,23-24) Y también: “El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará.” (Jn 12,26) “Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío” (Lc 14,33).

    El Amor de Dios fue derramado en nuestras almas y desde entonces lo busca, lo anhela, lo necesita, lo quiere, suspira por él, pero sólo en Dios lo puede encontrar. Cuando el esfuerzo, la fe, nos hace vivir en la puerta estrecha, el alma sigue suspirando por el Amor que anhela, pero el hombre sucumbe al esfuerzo, al esfuerzo de la fe, y va tras sucedáneos del amor: la mentira de Satanás. Porque sólo hay un Amor, y ese está en Dios.

    Hermanos, seamos valientes y aguerridos en la batalla de vivir en la fe cada día, seamos fuertes en esperar todo de Dios y no nos conformemos con la mentira, con el placer inmediato que nos llevará a las puertas del infierno; no, batallemos en el camino de la fe y esperemos todo de nuestro Dios y Señor, que Él verá nuestro esfuerzo y correrá hacia nosotros con sus consuelos, el gozo del Amor.

    Jesús nos llevará al Padre de su mano; nos presentaré ante Él, porque ha recorrido el camino con nosotros; Él sabe de nuestros sufrimientos y dolores. Él hablará al Padre de nosotros, nos presentará ante Él y defenderá nuestra vida como Abogado de nuestra alma ante El que todo lo escruta y todo lo sabe.

    El que juzgará nuestra alma, la llevará ante el Padre, la presentará ante Él. No nos asustemos porque de su mano estaremos ante el Creador del mundo que nos ama con un Amor tan infinito que envió a su Único Hijo a una muerte cruel y llena de ignominia por Amor a nosotros para un día tenernos ante Él y vivir una eternidad de Amor con nosotros.

    El Santo Espíritu nos asiste en cada momento, y nos lleva con Sus Santas Inspiraciones por el camino del Amor y la Salvación. Escuchémosle en nuestros corazones, qué gemidos de amor dirige al Padre en favor nuestro. Eso es orar en espíritu y verdad.

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